Just Nature
Notas de la Autora: Holi =3
CAPÍTULO X: SOLO TE DOLERÁ UN POQUITO AL PRINCIPIO.
- ¿A qué estamos esperando? - dijo Rinoa, impaciente, cruzándose de brazos ante las puertas de aquel restaurante.
Llevaba un vestido negro ajustado que le llegaba hasta medio muslo, cuyos tirantes se cruzaban tras su cuello en un sencillo lazo, dejando la espalda al aire casi al completo. Era exactamente el mismo vestido que llevaban las demás, excepto Selphie, para la cual habían escogido uno un poco más corto y vaporoso, de un tono plateado que brillaba y reflejaba la luz cuando se movía como si la tela cobrase vida a cada gesto de la muchacha. Sin embargo, todas iban preparadas con una apropiada chaqueta para refugiarse de las temperaturas nocturnas de Deling, algo más frías que las de Balamb.
- Se ha empeñado en verlos salir antes de irnos – dijo Quistis, ajustándose la chaqueta de cuero negra que Shu le había prestado para la ocasión.
Rinoa se abrochó el primer botón de su americana color champán, a juego con sus zapatos, y después se lo volvió a desabrochar, como llevaba haciendo desde hacía un buen rato.
- ¿Por qué nunca llevas el pelo suelto? - preguntó Shu, tras Quistis, intentando quitarle el pasador que siempre llevaba.
- Porque es más cómodo así – dijo ella, intentando apartarse de Shu.
La muchacha se había tomado varias copas de vino durante la cena, y era más que obvio que aguantar el alcohol no era una de sus más destacables virtudes. Se quejó un poco, mientras sonreía e intentaba soltarle el pelo, y Quistis aprovechó la notable diferencia de estatura natural más el incentivo de sus tacones negros para evitarlo. Se llevó las manos tras la cabeza, y terminó de coger el pasador que Shu le había dejado medio suelto. Se lo quitó, y lo sujetó con los dientes, comenzando a acomodar de nuevo su pelo para recogérselo otra vez.
- Te queda mejor suelto – dijo Rinoa, mirando hacia ella y metiendo las manos en los bolsillos de su americana.
- ¡Ya salen! - exclamó Selphie, y se llevó dos dedos a la boca. Silbó con fuerza, y los ojos de Irvine se dirigieron directamente a ellas.
Llevaba un elegante frac de color blanco, y había prescindido del sombrero para aquella ocasión, llevando una media coleta que le recogía el flequillo y el pelo de la zona más alta de la cabeza, mientras el resto caía suelto sobre sus hombros. El resto de sus acompañantes llevaban un traje de color gris muy oscuro, con corbata.
- ¿Por qué les quedan tan bien los trajes? - preguntó Rinoa, observando a Squall con una sonrisa radiante, mientras lo saludaba moviendo el brazo sobre su cabeza.
- ¿¡Preparados!? - gritó Selphie desde el otro lado de la calle, y pudo ver que Irvine le sonreía y asentía enérgicamente.
Zell salió el último, hablando animadamente con Trueno, y cuando Irvine salió corriendo, calle abajo, todos lo miraron sin entender qué hacía.
- ¡Oye! - exclamó el karateka, y salió corriendo tras él en cuanto vio que Selphie también corría, aunque en la dirección opuesta, calle arriba.
Nida se quedó parado junto a Squall y Seifer, y los tres observaron al grupo rival en aquella curiosa competición, sin demasiadas ganas de ponerse a trotar después de la copiosa cena que acababan de zamparse.
- ¿Po' qué leh quedan tan bien eso' vestíos? - preguntó Trueno, tras ellos, también observándolas.
- Porque esta despedida no la ha organizado Selphie – dijo Squall, recordando cinco años atrás cómo fue la suya.
La habían planeado Selphie e Irvine, y todos habían pasado un día entero recorriendo las tranquilas calles de Dollet con unos extraños trajes, obra de Selphie, que se adaptaban al cuerpo humano para asemejarse lo máximo posible a chocobos y moguritos, sin llegar a poder llamárseles disfraces. Había sido divertido, hasta cierto punto, pero nada cómodo. Squall maldijo durante todo el día al primer iluminado que decidió celebrar su último día de libertad antes del matrimonio de una manera tan ridícula como aquella.
Desde entonces, quedó bien claro que Selphie nunca volvería a hacerse cargo de ninguna celebración que permitiese tal grado de ridiculez. Así pues, él y Rinoa habían optado por algo un poco más elegante, aunque Selphie e Irvine habían conseguido convertirlo en un evento un poco más divertido. Habían decidido planificar un pequeño juego en el cual competirían entre ambos grupos siguiendo una ruta por los diferentes locales nocturnos de la ciudad de Deling, recolectando prendas interiores de los sexos opuestos. Squall estaba convencido de que nunca podrían vencerlas, pero aun así Irvine había aceptado el reto encantado.
Seifer observó a Quistis, que miraba en dirección a la figura de Selphie que se alejaba rápidamente y se colaba en el primer local de copas que había en aquella calle. Aún tenía el clip sujeto con los dientes, y terminó de acomodar los últimos mechones de pelo tras su cabeza antes de cogerlo y volver a ponérselo con facilidad. Se llevó una mano a la frente, y la pasó hacia atrás, permitiendo que los mechones que caían lacios a ambos lados de su cara volvieran a colocarse de una manera natural y cómoda. Al hacerlo, miró hacia ellos, y Seifer le dedicó una sonrisa felina.
- ¿Podemos irnos ya? Estos zapatos me están matando – dijo Rinoa, mirando hacia sus pies. Estaba acostumbrada a sus botas, y aunque le encantaba cómo le quedaba la ropa un poco más formal, no solía encontrar muchas ocasiones para ponérsela.
- COINCIDENCIA – dijo Viento, junto a ellas, mirando también hacia sus pies. Shu la miró frunciendo el ceño, y durante unos instantes parecía absorta en sus pensamientos.
Durante aquellos segundos, Quistis le aguantó la mirada a Seifer con seriedad, hasta que comenzó a sentir un leve rubor calentando sus mejillas, y finalmente se giró para comenzar a caminar en la misma dirección que Selphie había tomado.
- ¿Coincidencia? - preguntó finalmente la joven bibliotecaria, que se había mantenido algo más apartada del grupo de lo normal - ¿Los pies duelen por coincidencia?
- No se refiere a ese tipo de coincidencia, Jo, si no a que ella coincide con lo que he dicho – aclaró Rinoa, caminando también con las demás -. Quiere decir que está de acuerdo conmigo, ¿verdad, Viento?
La muchacha simplemente asintió, y Jo las miró como si no acabase de entenderlas. Aunque hacía años que salía con Zell, aún había pequeñas cosas en aquel grupo de amigos que se le escapaban.
- Es cuestión de práctica – dijo Rinoa, encogiéndose de hombros.
Que Viento pasase tiempo con ellas no era lo más habitual, pero en los últimos años habían tenido ocasiones más que suficientes para conocerse todas un poco mejor.
Después de tres horas, cinco locales diferentes y más de 100 calzoncillos recolectados, Quistis se había permitido el lujo de salir unos minutos a tomar el aire. Tal y como ya les había dicho al resto del grupo, no pensaba beber en toda la noche, y después de que ellas llevasen un par de copas de más, ninguna se había vuelto a oponer a su decisión. A esas alturas todas estaban lo suficientemente perjudicadas como para tener que estar haciendo las veces de niñera de todas ellas, y aquello estaba resultando más agotador que pasar la noche corriendo de un bar a otro intentando recolectar prendas interiores masculinas. Lo cual, en su humilde opinión, era una guarrada en todos los sentidos posibles. Por suerte, Selphie, Rinoa y Shu se bastaban solitas para que prácticamente ningún chico les hubiese dicho que no. En consecuencia, tenían una bolsa bastante llena, a la que ella no pensaba acercarse más de un metro.
Sacó su teléfono móvil de uno de los bolsillos de la chaqueta de Shu, y durante un buen rato fingió prestarle atención. Prefería aquello a aguantar comentarios o miradas inoportunas de cualquiera que pasase por allí. Un rato después, oyó un silbido no demasiado lejos de donde ella estaba, y una voz masculina algo ahogada por el ruido de la música que escapaba entre las puertas que tenía tras ella. Prefirió no levantar la mirada, y continuó mirando hacia la pantalla de su teléfono. Unos segundos después, oyó un claro "sexy" gritado en una voz no tan desconocida, y levantó los ojos disimuladamente en la dirección de la que provenía. Al otro lado de la calle, pudo ver a Zell, moviendo los brazos enérgicamente para que lo viese. Levantó la cabeza, y lo saludó sonriendo. Habían planificado la ruta de ambos grupos para ir pasando por todos los locales que había en aquella céntrica calle de la ciudad sin llegar a coincidir en ninguno de ellos. Aun así, ya se habían topado un par de veces en sus respectivos ir y venir.
- Cada día está más guapa – dijo Zell, aún sonriendo hacia ella. Seifer le aguantaba la puerta, y se asomó al otro lado del muro tras el que casi no podía vérsele para mirar en la misma dirección que el karateka. Vio a Quistis, y la observó unos instantes en silencio.
- ¿Tú no tenías novia? - le preguntó después, mirándolo con picardía.
- Que tenga novia no significa que sea ciego – le contestó él - ¿¡Cómo vais!? - gritó después hacia ella, preguntándole obviamente por la competición que estaban llevando a cabo.
Quistis levantó un pulgar en el aire como toda contestación, y Zell le hizo un gesto con un puño alzado, como dándole ánimos para que continuasen esforzándose. No tenía especial interés en que ganase una parte u otra, pero su espíritu competitivo le permitía disfrutar de pequeños juegos como aquel.
- Gallina, ¿entras, o qué? - le preguntó Seifer un rato después, y Zell se giró hacia él con el ceño fruncido – Sí, ya... que deje de llamarte así...
- Eres insoportable – le dijo el muchacho, y pasó junto a Seifer con paso decidido, entrando en el local.
Al otro lado de la calle, Quistis se había girado también y volvía a entrar en aquel otro bar. Seifer la observó en silencio, y una sonrisa algo más traviesa se dibujó en su cara antes de que diese un paso hacia adelante, volviendo a pisar la acera.
Cuando apoyó los codos sobre la barra, se rascó una ceja y el camarero la miró con una sonrisa amable.
- ¿¡Tienes granadina!? - le preguntó ella, inclinándose un poco más sobre la barra y hablando casi a gritos por tal de hacerse oír por encima de la música.
- ¿¡Te ha tocado conducir!? - le preguntó el muchacho, cogiendo una botella y una copa.
Ella lo miró y sonrió, negando con la cabeza.
- ¡No, pero me ha tocado cuidar de cuatro locas! – le dijo, señalando hacia un pequeño escenario circular que había en el centro de la sala. En él, Selphie bailaba con los ojos cerrados, mientras Shu y Rinoa paseaban una cesta llena de calzoncillos entre la multitud, bailando también. Viento por su parte hacía rato que había desaparecido después de no haberse separado de la barra del segundo bar en la media hora que pasaron allí dentro, y Jo se había quedado vigilando las pertenencias de las demás en un cómodo sofá un poco más al fondo, mientras Quistis salía a despejarse un poco.
El chico le llenó la copa después de meter en ella un par de cubitos de hielo. Justo antes de dársela, le sonrió y le puso una pequeña y colorida sombrillita de papel.
- ¡Ánimo! - le dijo, y le acercó la copa.
Ella la levantó ante él agradeciendo aquel gesto, y después sacó la sombrillita y dio un largo trago mientras el camarero se alejaba. Justo entonces, sintió el calor de otro cuerpo pegándose a su trasero, y se giró sobresaltada, derramando la copa sobre aquel intruso e intentando darle un puñetazo en la cara.
Seifer se cubrió todo lo deprisa que pudo, ya que aquel líquido rosado y dulzón lo había cegado, y el puño de Quistis colisionó con su antebrazo derecho. Lo oyó gruñir, y sujetarse el brazo haciendo una mueca de dolor, y Quistis sintió el impulso de volver a golpearlo.
- ¡Maldita sea, Seifer! - le gritó, dándole un manotazo en el codo - ¿¡Qué demonios haces!?
- ¿¡Qué haces tú!? - le increpó él - ¿¡No puedes abofetear como el resto de mujeres!? ¿¡Tienes que dar puñetazos!?
Se pasó las manos por la cara, intentando limpiarse, y Quistis miró hacia su copa vacía suspirando con resignación. Cuando Seifer se hubo retirado la mayor parte de aquella cosa de la cara, se pasó la lengua por los labios, intentando adivinar qué era lo que estaba bebiendo. Después estiró la mano para coger una servilleta de la barra y limpiarse un poco mejor, mirándola con el ceño fruncido.
- ¿Yo no puedo beber y tú sí? - le preguntó con rencor, acercándose a ella para no tener que gritar.
- Es jarabe de granadina, no tiene alcohol – le aclaró ella, después se encogió de hombros –. O mejor dicho, no tenía alcohol... Gracias, Seifer.
Se giró de nuevo hacia la barra, y le hizo un gesto al camarero cuando volvió a mirar en su dirección.
- Casi no te he visto desde la última vez – le dijo Seifer, apoyándose en la barra y secándose el cuello de la camisa con la servilleta. Se había aflojado un poco la corbata y desabrochado el primer botón, y tenía el pelo un poco más desordenado de lo normal - ¿Dónde te metes?
- Se llama trabajar – le dijo ella, sin mirarlo -. La gente medianamente responsable lo hace de vez en cuando.
Seifer la miró de arriba a abajo, sonriendo. Se había quitado la chaqueta en cuanto entró de nuevo al local, y cuando Quistis se inclinó sobre la barra para volver a pedirle otra copa al camarero él extendió la mano con un billete entre los dedos. Lo puso frente a la cara del muchacho, y él miró a Quistis y después a él sin saber qué hacer.
- ¡Lo que te ha pedido, y una cerveza sin alcohol! – le dijo, y el chico cogió el billete y asintió, sonriendo amablemente.
- ¿¡Entonces eres tú el que conduce, o también estás para hacer de canguro!? - les preguntó. Quistis negó con la cabeza.
- Ni siquiera lo conozco – mintió, e intentó apartarse un poco de él mientras Seifer reía a su lado.
- ¡No me mires así, sí que me conoce! - le aseguró, acercándose de nuevo a ella, y cogiendo el botellín de cerveza que el muchacho le tendía pasando un brazo por encima del hombro de Quistis - ¡De hecho estamos intentando tener un bebé, y me ha obligado a firmar un contrato en el que pone que no podemos beber alcohol!
- ¡Seifer! - gritó Quistis a su lado, dándole un golpe en un brazo y sonrojándose rápidamente.
El camarero los miró alzando ambas cejas, y Seifer comenzó a rebuscar algo en el bolsillo interior de su americana, riendo a carcajadas. Sacó una tarjeta identificativa del Jardín de Balamb, y la puso frente a la cara del muchacho para que pudiese confirmar que su nombre era exactamente el que ella acababa de gritar.
- ¿¡Ves como sí me conoce!? - le dijo, aún riendo. El chico levantó una ceja, y rió también con él, aunque con algo menos de convencimiento.
- Xian, eres insufrible – la oyó murmurar, y en cuanto el camarero le tendió su copa, lo empujó y comenzó a alejarse de él.
La sujetó por un brazo antes de que llegase a alejarse más de un par de pasos, y Quistis se balanceó sobre sus tacones, chocando con un par de personas antes de girarse de nuevo y soltarse de su agarre con un fuerte tirón.
- ¡Vete de una vez, no quiero que te vean aquí! - le dijo, gritando por encima de la música para no tener que acercarse a él.
- ¿¡Por qué!? - le preguntó - ¿¡No quieres que me vean contigo!? ¡Estamos los dos en la misma ciudad, y haciendo lo mismo, no es tan raro que coincidamos, ¿no?!
- ¡Lo hemos preparado todo para no tener que coincidir! - le recordó ella - ¡Vete!
Cuando intentó girarse, Seifer volvió a agarrarla del brazo, y tiró de ella hasta que su hombro chocó contra su pecho, la sujetó por la cintura y se acercó para no tener que continuar gritando.
- Acompáñame a los baños – le dijo al oído.
Quistis lo miró con los ojos muy abiertos, volviendo a sonrojarse de inmediato, e intentó empujarlo frunciendo el ceño.
- ¡Seifer Almasy! - exclamó - ¡Suéltame ahora mismo!
Él simplemente sonrió, e intentó acercarse un poco más a ella. Quistis volvió a mirarlo a los ojos, furiosa, y le aguantó la mirada durante unos segundos. Desde aquellos tacones estaba casi a la misma altura que él, y mantener una posición autoritaria y dominante le era incluso más fácil de lo normal.
- ¿Estás intentando flirtear conmigo? - le preguntó, dejando que aquella acusación sonase con una mezcla de amonestación y desagrado.
Por sus palabras y el tono de voz que usó, dejaba bien claro que había una inmensa diferencia entre lo que habían acordado hacía semanas, y lo que ella entendía como flirtear deliberadamente intentando sacar algo más. A Seifer no se le escapaba aquella implicación, y negó lentamente con la cabeza al mismo tiempo que continuaba sonriendo.
- Xian, ni loco – le dijo, acercándose un poco más hasta que sus narices se rozaron -. Pero se me ha pasado por la cabeza que tal vez sería una buena oportunidad para hacer algún intento... extra.
Quistis frunció un poco más el ceño, y respiró lentamente. Podía sentir la ira creciendo en su interior, y finalmente le dio un fuerte empujón apartándolo de ella. La copa de granadina volvió a terminar sobre la solapa de la americana de Seifer, y él miró de su traje manchado a ella mientras la sonrisa iba desapareciendo poco a poco. Se aguantaron la mirada unos segundos más, y después ella se giró dándole la espalda. Rinoa los observó de lejos, y achinó los ojos intentando verificar si aquel hombre era, tal y como le parecía a pesar de su estado, Seifer. Cuando Quistis llegó a la mesa en la que habían dejado todas las cosas, se sentó en una de las butacas con un furioso "hmf". Rinoa se había acercado para terminarse la copa que había dejado allí hacía rato, y la miró confusa.
- ¿¡Qué hacía aquí!? - le preguntó, levantando una ceja, y gritando desde el otro lado de la mesa.
Quistis la miró durante un rato, y después arrugó un poco la nariz y se encogió de hombros.
- ¡Ni idea, pero ya le he dicho que las reglas del juego son las reglas del juego! - le contestó, y se recostó sobre el respaldo de la butaca, cruzando los brazos sobre su pecho en un gesto decidido de indignación.
Rinoa levantó ambas cejas mientras la miraba con los ojos algo vidriosos y perdidos, después sonrió levemente, encogiéndose de hombros, se acabó lo que quedaba en el que suponía que sería su vaso, y se giró hacia la pista de baile. Selphie había inmovilizado a un muchacho, y Shu intentaba quitarle los pantalones mientras el pobre se retorcía y resistía, con una sonrisa de oreja a oreja que no terminaba de casar con su supuesta actitud defensiva. Quistis miró hacia Jo, y le hizo un gesto hacia su propia muñeca. Era la única que llevaba reloj, y la chica le acercó la mano para que pudiese ver la hora ella misma.
Pasaban veinte minutos de las dos de la madrugada, y empezaba a dolerle todo el cuerpo, en especial la cabeza. La música a todo volumen y el ritmo del resto del grupo estaban resultando realmente difíciles de llevar, y lo último que necesitaba era lidiar también con él.
No encontrarse a Seifer más de dos o tres veces en los últimos 12 días había sido fácil. No tener que cruzar ni una sola palabra con él también lo había sido. No pensar en lo que había ocurrido la última vez que se habían visto a solas, ya era otra historia. Después de casi dos semanas dándole vueltas, estaba cansada de sentirse mal e intranquila a todas horas.
Sabía perfectamente que hacer aquello tenía sus riesgos, pero mientras más pensaba en aquella estúpida balanza, más convencida estaba de que merecía la pena arriesgarse. Al fin y al cabo, ¿qué era lo peor que podía pasar? ¿Que acabase disfrutando de aquello? ¿Qué pudiese acostumbrarse a acostarse con Seifer? Nada que no pudiese superar una vez hubiese acabado todo. Además, podría haber sido peor, podría haberse comportado como un animal, hacer lo que le diera la gana, y convertir aquellos encuentros en algo horrible y desagradable. Sentía que al menos podía confiar en él lo suficiente como para saber que no haría algo así.
- ¿¡Vamos al siguiente!? - gritó alguien a su lado, y Quistis dio un gracioso saltito sobre la butaca, sorprendida. Selphie se balanceaba levemente junto a ella, con un puñado de ropa interior masculina en las manos, y Quistis arrugó la nariz intentando apartarse de ella.
- ¿¡No tenéis suficiente!? - le preguntó - ¡Tal vez va siendo hora de poner rumbo a Centra, mañana hay que madrugar!
Shu acababa de aparecer tras Selphie, con Rinoa a su lado y aquella cesta llena de más calzoncillos. Las tres se miraron, y después comenzaron a reír a carcajadas, y agarraron sus chaquetas y bolsos al mismo tiempo que tiraban de los brazos de Quistis, arrastrándola hacia el próximo bar.
El cansancio comenzaba a tornarse en auténtico fastidio, y la muchacha se levantó a regañadientes de la butaca mientras se dejaba llevar en contra de su voluntad. Por un momento se le pasó por la cabeza huir de ellas y esperarlas descansando tranquilamente en el Lagunamov. Levantó una ceja, sopesando aquella posibilidad, y decidió que podía ser un buen plan B si no conseguía convencerlas para volver todas juntas a lo largo de la próxima hora.
Lo había visto por el rabillo del ojo en cuanto apareció y se apoyó en el marco de la puerta, pero había preferido ignorarlo. Aun así, hacía ya un par de minutos que continuaba allí, observándola. Quistis le dio un par de golpes más a aquel saco de boxeo, y finalmente se giró hacia él, enfadada.
- ¿Vas a quedarte ahí toda la mañana? - le preguntó.
Llevaba el pelo recogido en una coleta alta, de la cual tan solo escapaban algunos mechones algo más cortos de su flequillo, y vestía unos leggins de color negro y una camiseta gris que le iba un poco grande, sobre un sujetador deportivo. Aquel atuendo no era el más habitual en ella, ni tampoco la disciplina con la cual había decidido entretenerse durante aquel par de horas muertas antes de tener que prepararse para la ceremonia, pero aun así allí estaba: sudando y golpeando aquel gran saco relleno de arena.
- No, toda no – dijo Seifer encogiéndose de hombros. Después sonrió, y se acercó a ella lentamente.
Quistis frunció el ceño, y volvió a golpear el saco con la estúpida idea de que así le daría a entender que no tenía ganas de hablar, y por lo tanto se iría. Seifer sin embargo se colocó al otro lado de su objetivo, y lo sujetó para permitirle golpearlo con más fuerza y firmeza. Algo muy común cuando se entrenaba el combate cuerpo a cuerpo con un objetivo colgante, pero que a Quistis no le gustaba demasiado. Al fin y al cabo un objetivo real nunca se quedaría quieto para poder ser golpeado con más fuerza y firmeza. Ella prefería tener que amoldar sus movimientos al ir y venir errático y poco previsible del saco.
- No necesito ayuda – le dijo entre golpes.
Seifer no le contestó nada, y ella volvió a golpear un par de veces más, con más fuerza todavía. Lo vio apretar los labios, y cambiar la postura de su cuerpo para poder sujetarlo mejor y que sus golpes no lo sacudiesen también a él.
- Vengo a... - comenzó a decir, pero Quistis no lo dejó acabar.
- ¿Pedirme perdón por cualquier tontería? - le preguntó con acritud, después volvió a golpear, y lo miró con cara de pocos amigos – Deja de hacerlo, cada vez te pareces más al perro faldero que todos dicen que eres.
Él la miró sorprendido, y Quistis apretó las mandíbulas y continuó golpeando el saco con fuerza. No era la primera vez que oía ese mote, pero nunca hubiese imaginado que lo oiría de uno de ellos. Bueno, tal vez de Zell, pero Quistis...
La siguiente vez que intentó un golpe directo, Seifer empujó el saco hacia ella, y Quistis lo paró con las palmas de las manos.
- Pues no, no venía a pedirte perdón por nada, maldita zorra insensible – le dijo entre dientes.
Nunca había hablado de aquello con ninguno de ellos, pero lo cierto es que aquellas dos palabras dolían más de lo que jamás había querido admitir.
Quistis le sostuvo la mirada igual de enfadada, y después empujó levemente el saco, haciendo que se balancease entre los dos.
- Pues entonces déjame en paz – le dijo, y volvió a darle un fuerte puñetazo, apartando los ojos de él y centrándose de nuevo en su entrenamiento.
Seifer la observó durante unos segundos más, y finalmente bufó y se giró hacia la salida. Ella lo miró un par de veces, por el rabillo del ojo, y finalmente sujetó el saco con ambas manos y dejó escapar un suspiro molesto.
- Seifer, espera – le dijo.
Él se paró, y se giró de nuevo hacia ella, con el ceño fruncido. Lo vio levantar una ceja, y Quistis cogió aire y lo dejó escapar lentamente.
- ¿Qué querías? - le preguntó, algo más calmada. Intentando que su tono de voz sonase lo más tranquilo posible.
- Selphie te está buscando – dijo él.
- Pensaba que estaría durmiendo la mona – murmuró, comprobando en su reloj que solo eran las 9 de la mañana.
Hacía apenas cinco horas que habían vuelto de la despedida, y aunque la falta de sueño hacía que se sintiese levemente mareada e incómoda, suponía que el resto del grupo debía estar bastante peor que ella.
Se levantó las cintas de velcro que agarraban los guantes acolchados a sus muñecas, y Seifer la observo cruzándose de brazos. Podía ver algunas marcas finas y antiguas sobre su piel, en sus brazos, como finísimas cicatrices. Siempre había supuesto que debían pertenecer a su infancia, aunque ahora que pensaba en ellas, no las recordaba en el orfanato. Después de quitarse el primer guante se quedó un rato pensativa. Finalmente se lo volvió a poner y se giró otra vez hacia el saco, apretando una vez más aquellas cintas. Seifer levantó una ceja, y la observó golpear aquel pobre objeto colgante con verdadera rabia. No conocía los hábitos nocturnos de aquella mujer, pero le costaba imaginar que aquel mal humor se debiese solamente a la falta de sueño.
- ¿Debo disculparme... por lo de anoche? - preguntó unos minutos después, con cara de circunstancias.
Quistis se giró hacia él, como si no supiese de qué hablaba, y Seifer levantó ambas cejas esperando una respuesta.
- ¿Por qué lo dices? - le preguntó, sujetando el saco para que dejase de moverse.
- Bueno, estás de un humor de perros – le dijo, acercándose a ella de nuevo, con las manos en los bolsillos -. Tampoco es que suelas ser todo sonrisas y calidez, pero al menos sueles optar por una especie de... amabilidad neutral.
- ¿Amabilidad neutral? - le preguntó con curiosidad.
- Al menos conmigo es lo que parece – contestó él encogiéndose de hombros -. No eres especialmente borde, aunque tampoco parece que te agrade demasiado mi compañía.
- No estoy molesta contigo – le dijo ella finalmente, y se giró de nuevo para golpear otra vez el saco.
Seifer se quedó a dos pasos de ella, observándola.
- ¿Seguro? - le preguntó un minuto después, viendo que lo ignoraba. Lo había evitado deliberadamente desde hacía casi dos semanas, y después de que él se le hubiese acercado más de lo normal la noche anterior, la encontraba así y le escupía aquellas crueles palabras a la cara.
Dejó de golpear el saco una vez más, y la vio mirar hacia el techo y suspirar sonoramente.
- Si necesitas saberlo, hoy me he despertado con la maravillosa certeza de que no hemos conseguido nada en esa otra misión nuestra, como tú lo llamas – le dijo, señalando aquellas dos palabras con unas claras comillas dibujadas en el aire con los dedos de sus manos. Después volvió la cara hacia él y lo miró con los ojos un poco entrecerrados durante unos segundos -. Puedes culpar a mis hormonas o a la decepción, pero mi mal humor no tiene nada que ver con lo de anoche.
Volvió su atención de nuevo hacia el saco, y lo golpeó un par de veces más, algo más suavemente.
- Lo siento... - lo oyó murmurar varios minutos después.
Su respiración sonó entrecortada al reír dejando salir el aire por la nariz, y Seifer la vio mover la cabeza de lado a lado mientras continuaba golpeando el saco.
- No lo sientes... Si estuviese embarazada no tendría por qué volver a acostarme contigo – murmuró.
Se le pasaron una docena de comentarios graciosos y humillantes por igual para contestarle, pero Seifer prefirió esperar sin decir nada durante unos segundos. Podía sentir en el silencio tenso que siguió a sus palabras que era la ira la que hablaba por ella.
- ¿Pensabas que sería tan fácil? - le preguntó él con calma.
Quistis dejó de golpear, pero mantuvo la posición de defensa con los puños ante su cara.
- Por supuesto que no – murmuró -. Pero sigue siendo frustrante...
Dio otro golpe más, y después apoyó la palma de la mano sobre el saco mientras este se balanceaba y giraba sobre sí mismo.
- Siento haberte llamado así... - dijo un minuto después, y Seifer se encogió de hombros, aunque ella no podía verlo.
- Yo te he llamado maldita zorra insensible – le recordó él.
La oyó reír en voz baja, y Seifer casi no tuvo tiempo de apartarse para esquivar el derechazo que lanzó hacia su cara, girándose rápidamente hacia él.
- ¿¡Pero que puñetas haces!? - exclamó, sacando las manos de sus bolsillos y colocándolas frente a su cuerpo.
Quistis mantenía una postura claramente ofensiva, con las piernas flexionadas y un pie algo adelantado. Sin embargo le sonreía con una mezcla de entretenimiento y malicia.
- Pelea conmigo un rato – le dijo.
Volvió a atacarlo, y Seifer la esquivó fácilmente después de desviar su puño con un manotazo rápido y suave.
- ¿Pelear con una mujer con las hormonas en rompan filas? - dijo él, achinando la mirada.
Quistis levantó una ceja en un movimiento rápido y desafiante, y su sonrisa se ensanchó un poco más, como si se burlase de él.
- Solo te dolerá un poquito al principio – le dijo ella, y lo oyó soltar una sonora carcajada antes de que se abalanzase contra ella.
Salió del Jardín caminando con aire tranquilo, pero a un ritmo algo más rápido de lo habitual. No le gustaba llegar tarde, pero tampoco le gustaba que se notase, así que para esas ocasiones había perfeccionado aquella extraña técnica consistente en mover el resto del cuerpo de manera relajada y caminar con una expresión tranquila y una suave sonrisa en los labios, para evitar que la gente se fijase excesivamente en el ritmo al que movía los pies.
La mayoría de los habitantes de aquella academia se asomaban a los diferentes balcones, o habían salido a la zona del pórtico, ahora situada en las llanuras de Centra, a poco más de trescientos metros del antiguo orfanato en el que Irvine y Selphie habían decidido celebrar la ceremonia. Los demás alumnos y empleados del Jardín no estaban expresamente invitados a la boda, pero tampoco pretendían negarles la asistencia, así que los cientos de curiosos se limitaban a observar y comentar desde cierta distancia, mientras los más cercanos a la pareja iban acercándose y tomando asiento frente al improvisado altar que habían preparado a las puertas del orfanato.
- ¡Quisty!
La vocecilla de Aura hizo que sonriese mucho antes de llegar a verla corriendo hacia ella, y cuando la pequeña saltó a sus brazos, ella la agarró en el aire y dejó escapar un sonoro bufido con una cálida sensación de déjà vu.
Seifer caminaba detrás de Quistis, a varios metros de ella, y la observó en silencio mientras la veía hablar con la hija del comandante después de besarla en la frente. La pequeña se removía en sus brazos y le tocaba el pelo, sin que a ella pareciese molestarle especialmente que pudiese estropearle el sencillo recogido que se había hecho para la ocasión. Aura miró hacia él por encima del hombro de Quistis, y lo saludó moviendo su pequeña manita en el aire. Él le devolvió el gesto con una leve sonrisa, y Quistis se giró para mirarlo también por encima de su hombro.
- ¿Dónde te habías metido? - le preguntó Rinoa cuando Quistis llegó hasta donde ella estaba.
- Estaba matando el tiempo en el gimnasio – le contestó, dejando a la pequeña sobre las rodillas de su madre. Llevaba una muñequera en la mano derecha, y Rinoa la miró y bebió de una pequeña botella de agua que tenía en las manos.
- ¿Te has hecho daño? - le preguntó.
Bajo el maquillaje podía intuir las claras ojeras y la cara de resaca que seguramente compartiría con más de uno de los invitados.
- Nada serio – le dijo Quistis, sentándose en una silla también en primera fila, como ella. Al hacerlo, Rinoa reparó en la forma de Seifer y la marca algo inflamada que había sobre su pómulo derecho, que comenzaba a amoratarse.
- ¿Te has peleado con Seifer? - le preguntó, atando cabos.
Quistis miró hacia él, y lo vio saludando y probablemente felicitando a Irvine, a pocos metros de ellas. Después miró hacia su regazo y se alisó un par de arruguitas que se habían formado sobre su vestido al sentarse. No era tan revelador ni provocativo como el de la noche anterior, pero la tela de color malva pálido hacía un extraño efecto de casi transparencia al moverse un poco suelta sobre su piel.
- No sé de qué me hablas – le dijo, sin mirarla.
- ¡El abuelo Fury me ha regalado esto! - dijo Aura de repente, enseñándole una diadema cubierta de pequeñas florecillas blancas y lo que parecían ser perlas. Conociendo a Calway, no debía haber sido barato.
- El abuelo Fury es muy bueno regalando cosas – murmuró Rinoa.
La relación de la joven bruja con su padre no había mejorado demasiado después de diez años y una hija. Aun así, se toleraban mutuamente con más facilidad, y por el bien de Aura, solían mantener una tregua a base de cordialidad y aceptación mutua durante las reuniones familiares, y ni ella ni Squall ponían pegas a llevar a su hija a ver al abuelo algún que otro fin de semana al mes. De hecho, que se hubiese prestado voluntario para quedarse con ella durante la noche anterior les había ahorrado andar buscando canguro.
- Entonces... - dijo de repente Rinoa, cambiando de tema y recuperando una sonrisa que Quistis conocía muy bien.
Se inclinó un poco hacia la derecha, acercándose a la ex-instructora, y le dio un leve golpecito en el brazo con el codo
- ¿Es coincidencia que los dos hayáis llegado casi a la vez? - preguntó, haciendo un gesto con la cabeza hacia Seifer.
Quistis miró hacia él, y después a ella con una expresión de incomprensión e inocencia.
- ¿Hemos llegado a la vez? - le preguntó, y miró otra vez a Seifer con naturalidad – No me he dado cuenta.
Seifer se giró hacia ellas, aún hablando con Irvine, y al verlas mirándolo se quedó callado. Frunció un poco el ceño, y después se giró con aire molesto.
- Sabes, recuerdo vagamente algo raro de anoche – dijo Rinoa, en un tono distraído -. Recuerdo haberte visto hablando con Seifer, y que estaba bastante cerca de ti.
La miró frunciendo el ceño, como si sospechase claramente de Quistis, y después miró hacia la botella de agua que tenía entre sus manos.
- Supongo que te estaría hablando al oído o algo así, pero desde mi perspectiva, casi parecía que os estuvieseis besando – añadió un segundo después. La miró de reojo, esperando alguna reacción extraña, mientras Aura se llevaba las dos manos a la boca y se ponía en pie mirando a Quistis con los ojos muy abiertos.
- ¿¡Has besado a S-!? - le intentó preguntar, y Quistis se apresuró a taparle la boca de nuevo antes de que terminase aquella frase.
- No, no lo he hecho – dijo con calma, mirando hacia Rinoa con el ceño fruncido -. Tu madre ayer no estaba en condiciones de ver nada de manera correcta, y obviamente, se equivoca.
Rinoa levantó una ceja, y Quistis llenó los pulmones de aire fingiendo tranquilidad.
- Ayer Seifer acabó en el local equivocado, y lo eché, nada más – dijo, cruzando una pierna sobre la otra, y balanceando el pie que le quedaba en el aire -. Seguramente también se pasó bebiendo y ni siquiera sabía dónde debía ir.
La sonrisa de Rinoa se ensanchó un poco más, y acercó su silla unos centímetros a la de Quistis hasta que estuvieron totalmente pegadas.
- Squall me ha dicho que no bebió nada en toda la noche – comentó Rinoa, y se acercó un poco más para poder hablarle al oído -. Casi parece que los dos quisierais estar frescos y despejados para cuando los demás no nos tuviéramos en pie.
Quistis se giró hacia ella con el ceño fruncido, y le dedicó una de sus miradas más estrictas.
- No sigas por ahí – le advirtió -. Sabes que lo que estás insinuando es absurdo e imposible.
- También desaparecisteis en el cumpleaños de Auri – dijo Rinoa, sonriendo -. Y desde entonces estás... diferente.
Quistis tragó saliva, y Aura agarró otra silla y la acercó al otro lado de la de Quistis, colocándola también totalmente pegada a la de ella, como había hecho su madre, y sentándose después el asiento con los brazos cruzados.
- Yo os vi hablando todo el rato – le dijo la pequeña, y Quistis la miró sorprendida. ¿Acaso iba a aliarse con su madre? - tía Selph y mamá decían que nunca te habían visto hablar así con él, y yo dije que los dos hacíais muy buena pareja. Entonces empezaron a reírse las dos.
- ¿Te das cuenta de que a tu edad ni siquiera tendrías que estar compartiendo este tipo de conversaciones con nosotras? - le dijo Quistis, esperando que usando su famoso tono de instructora la niña dejase de hacer comentarios como aquel. Rinoa no necesitaba a nadie para confabular locuras con respecto a las vidas privadas ajenas.
- No es malo que te guste alguien – le dijo ella encogiéndose de hombros.
- ¡Así se habla! - dijo Rinoa, y dejó la mano con la palma extendida hacia arriba frente al regazo de Quistis, la pequeña Aura se la chocó con una sonrisa de oreja a oreja, y Quistis miró de una a otra sin poder creerlas.
- No, me gusta, Seifer – dijo, marcando cada palabra y pronunciándolas lentamente para que les quedasen claras -. Hablo con él como con cualquier otra persona del Jardín, aquella noche me fui porque no me encontraba bien, y no estoy diferente.
- ¿Y la discusión por aquello que no guardó nosedonde? - le preguntó Rinoa, recordando el incidente de hacía un par de semanas. Quistis se sonrojó un poco, y se puso ambas manos sobre la cara intentando ocultarlo, mientras emitía un suspiro furioso.
- ¡Xian, Rinoa, deja de imaginar locuras! – le pidió. Y después se levantó y se alejó hacia donde estaban Cid y Edea, huyendo de ellas dos.
- Pues no entiendo por qué no le gusta, es muy guapo – dijo Aura, pasando de su silla a la que había ocupado Quistis, junto a su madre.
- ¿Tú crees? - dijo Rinoa, sonriendo.
- Y también es divertido – añadió después - ¿A ti no te gusta?
Rinoa la cogió por los costados, y la levantó hasta sentarla en sus rodillas, abrazándola y apretando su mejilla contra la de la pequeña.
- Pues sí, la verdad - le dijo después, sonriendo. Divertida con la idea de que los gustos de su hija se pareciesen tanto a los suyos.
- ¡Auri! - la llamó Squall, y la niña se apartó de Rinoa buscándolo con la mirada. Se acercaba a ellas trotando, con una pequeña cesta de mimbre entre las manos.
- Selphie está a punto de salir, ¿estás lista? - le preguntó, dándole aquella cesta llena de pequeñas florecillas.
- ¡Sí! - dijo ella, entusiasmada, y después salió corriendo hacia la entrada del Jardín, adelantando a Cid.
Poco a poco todos los invitados fueron tomando sus asientos mientras Aura se preparaba frente a la novia, y Selphie se agarraba del brazo de Cid, sonriendo hacia Irvine. Quistis volvió a su sitio, junto a Rinoa, y le dedicó una última mirada algo seria mientras esta se ponía de pie y se preparaban para recibir a su amiga. Rinoa sonrió, y después miró hacia Quistis.
- Hoy es su día, Rinoa – se adelantó la ex-instructora, haciendo un gesto con la cabeza hacia Selphie -. Deja de decir tonterías.
- Solo iba a decirte que el vestido es muy bonito – contestó Rinoa, con una sonrisa traviesa.
Obviamente, aquello no era lo que iba a decir.
