Gracias a Yuun Kingdom, Jade Edaj, Macka, Miranda5iv, Iszy Whatshername, Crazy Lissi, KAI ANIKI HIWATARI, untouchrk, Bea1258, June JK, MoonyStark y JuneIparis01 por sus reviews. Permitidme un guau porque es que guau. Estoy sorprendida por la cantidad de gente que sigue la historia.
CAPÍTULO IX
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Rin sintió, más que vio, la reacción de Haruka cuando las palabras de Makoto adquirieron un significado en su mente.
Fue como si la temperatura del aire a su alrededor descendiera unos diez grados; quizá tuviese algo que ver con la brisa nocturna que se había colado en la tienda junto a Makoto, pero Rin estaba seguro de que, a pesar de que el brazo que rozaba el suyo era cálido, era su contacto lo que le había provocado un escalofrío. Por no hablar del intento de replicar que terminó en un ruidito indefinido, impotente, que se asfixió en cuanto salió de los labios del joven, o del temblor apenas perceptible, casi una leve vibración, que se transmitía a través de su piel.
El cambio más evidente en Haruka, sin embargo, fue la huida de la sangre de su cara. Rin creyó ver algo simple, primitivo, en su mirada, antes de que su voz regresara cargada de furia:
—¿Por qué? —le espetó a Rin, volviéndose hacia él. El Príncipe retrocedió, alarmado; la reacción más primaria de Haruka a los problemas era la ira, y no estaba seguro siquiera de que el arranque de unas horas antes hubiese amainado completamente—. ¿Qué pretendes con esto?
En esta ocasión, Rin no se movió. Frunció el ceño mientras ponía a su mente a trabajar; la noticia le sorprendía tanto como a los demás, por no hablar de que era un contratiempo a tener en cuenta.
Sólo Gou sabía su destino; además, si todo hubiese salido según lo planeado Rin ya estaría en la costa, en lugar de compartiendo tienda con Haruka. Makoto y los demás se habían esmerado en hacerlo pasar por un esclavo en Tar Shai; y, por mucho que le doliese en el orgullo, había sido útil para que no lo reconocieran. Y, tras eso, se habían limitado a viajar por el desierto…
Aunque el plan no había salido a pedir de boca. Rin no sólo había tratado de escapar en Tar Shai; había terminado llegando a las manos con tres matones, y era consciente de que su postura no era –no había forma humana de que lo fuera–, ni por asomo, propia de alguien cuya vida no pertenece a sí mismo.
—Alguien debió de reconocerme en Tar Shai —concluyó finalmente. Esa explicación no aplacó el fuego letal de la mirada de Haruka.
—Aun así, ¿cómo nos han encontrado? —inquirió Makoto—. Las noticias no viajan tan rápido.
Por fin, Haruka apartó la mirada de Rin para fijarla en su mejor amigo.
—El asalto en el oasis nos retrasó mucho —se llevó una mano al punto en el que, bajo ropa y vendajes, aún tenía la herida de flecha distraídamente—. Y la tormenta de antes también… —aún con la mano en su hombro, volvió a mirar a Rin—. ¿Qué quieren? ¿Sólo a ti?
El Príncipe entornó los ojos.
—Supongo —se mordió el labio—. Tendré que regresar a Al-Dimah —se le encogió el estómago ante la perspectiva: regresar, ser coronado, no salir jamás de los cuatro muros de Palacio—. Y seré Sultán.
—Lo que deberías —resumió Haruka. Rin apartó la mirada—. Si te entregamos sin discutir, se irán y no nos darán problemas —murmuró, como para sí mismo, mientras se estiraba para coger el arsenal de objetos afilados del que se había deshecho para dormir y los escondía en pliegues estratégicos de su ropa.
—Y con un poco de suerte, no nos cortarán la cabeza —agregó Makoto.
—Y no nos cortarán la cabeza —corroboró Haruka—. A lo mejor nos dan una recompensa por haber cuidado de su Príncipe —agregó, pensativo.
—Aunque quizá eso es ser demasiado optimista.
Ambos parecían sumidos en una única línea de pensamiento, completando los razonamientos del otro. No era la primera vez que Rin asistía a un espectáculo así entre ellos, tan sincronizado que resultaba casi siniestro, pero en ese momento no podía evitar que la idea de estar encerrado en una jaula llena de lujos y opulencia hundiese su corazón más y más. Respirar empezaba a ser doloroso, y la sequedad de su boca no ayudaba a aliviarlo.
No podía esperar nada distinto, sin embargo; pedir a Haruka y Makoto que contrariaran directamente a gente más poderosa que ellos hubiese sido demasiado egoísta, incluso tratándose de él.
Haruka cerró los dedos en torno a su antebrazo, agitándolo ligeramente para sacar a Rin de su amargo trance. El Príncipe alzó la mirada hacia sus ojos azules serios, preocupados.
—¿Nos creerán si decimos que no estás con nosotros?
Rin perdió brevemente la capacidad de razonar.
—¿Qué? —exclamó Makoto, exteriorizando lo que Rin sentía—. Haru, no podemos mentir…
—¿Nos creerán? —repitió Haruka, ignorando magistralmente a su mejor amigo.
Rin encontró finalmente su voz.
—No… no creo. Si están aquí es porque están bastante seguros de lo que hacen —respondió—. Y si no lo están insistirán en registrar el campamento.
Haruka se volvió a Makoto en cuanto el Príncipe cerró la boca.
—¿Cuántos son?
—Haru, no —nunca antes Rin había oído tal firmeza en la voz de Makoto. Makoto, con su eterna amabilidad, miraba a Haruka con una dureza que no parecía pertenecerle. Claro, pensó Rin, que tampoco hubiera podido imaginarse a Makoto matando a nadie a sangre fría antes del ataque en el oasis.
—Cuántos —exigió saber Haruka, sin mudar la expresión.
—Me alegro de que te lleves mejor con Rin, pero no puedes…
—Makoto, cuántos son.
—¡No voy a poner a todos en peligro por un impulso tuyo! —casi gritó Makoto—. ¡Da igual cuántos sean, es la Guardia de Palacio! ¡Tú mejor que nadie deberías entenderlo!
Una sombra de temor oscureció de nuevo la mirada de Haruka, pero desapareció rápidamente para dar paso a un brillo determinado.
—¿Eso significa que son pocos? —inquirió, en voz más suave.
—Eh, yo también tengo algo que decir respecto a esto —intervino Rin, encogiéndose un poco cuando ambos jóvenes lo miraron—. No quiero volver a Palacio, pero la Guardia está bien entrenada y os traería problemas. Makoto tiene razón.
Haruka lo fulminó con la mirada antes de volverse, una vez más, hacia su mejor amigo.
—¿Cuántos?
Rin tuvo la impresión de que hubiese conseguido lo mismo quedándose callado. Makoto, sin embargo, suspiró derrotado.
—No más de quince, según Kisumi.
—No son muchos.
—Haru —gimió Makoto, suplicante—. Sin Kazuki y Takuya, somos sólo ocho. Y has oído a Rin: saben lo que hacen…
—Nueve.
Makoto enarcó las cejas, sorprendido.
—¿Cómo?
Haruka se miró las manos, cerradas en puños sobre su regazo.
—Rin también.
El Príncipe estaba demasiado ocupado asegurándose de que no estaba soñando para percatarse del rubor que tiñó sus mejillas.
—No quiero que muera nadie —intervino, sin embargo—. Ni vuestros amigos, ni la Guardia…
—¿Entonces quieres ser Sultán? —la voz de Haruka destilaba sarcasmo, un humor oscuro que no provocó ninguna risa. Rin no respondió, y el joven se volvió hacia Makoto—. Sólo lucharemos si es necesario.
—Aún estás herido —protestó su amigo débilmente, como si él no tuviese un brazo en cabestrillo. Haruka no se movió, y tras unos segundos Makoto suspiró, resignado—. Está bien. Pero lo que ocurra será tu responsabilidad.
Los nudillos de Haruka se quedaron blancos cuando el joven apretó los puños aún más, y Rin quiso decir algo, pero el joven asintió antes de que tuviera la oportunidad.
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La probabilidad de resolver la disputa diplomáticamente era pequeña, y disminuía aún más conforme la Guardia de Palacio se acercaba al improvisado campamento de los hombres de Makoto, que también se dirigían con calma hacia los intrusos.
Haruka no había mentido cuando le había dicho a Makoto que sólo recurrirían a la violencia si era absolutamente necesario, pero tampoco había mencionado que esa posibilidad era bastante grande; de todas formas, no era como si su amigo no lo supiera. Haruka simplemente había evitado que le diese más vueltas de la cuenta a ese dato.
Para cuando llegaron a una distancia a la que podían hablar, no era Haruka el único que tenía localizadas las dagas más cercanas. Kisumi acariciaba el puño de su sable con una sonrisa cálida, como si se tratase de una mascota, y el cayado de Momotarou estaba especialmente seleccionado para tener más funciones además de servirle de apoyo hasta que su pierna se curase.
Una punzada de preocupación se aferró al corazón de Haruka. Era cierto que confiaba en sus compañeros –quizá no tanto como en Makoto, pero sabía que podía contar con ellos–, pero objetivamente no estaban en las mejores condiciones para luchar. No sólo habían perdido a Kazuki y Takuya; Makoto tenía un brazo completamente inservible, y la movilidad de Momotarou estaba considerablemente mermada. El propio Haruka notaba los ocasionales pinchazos en su hombro, pero evitó que su mente divagara más de lo necesario.
Tenían a Rin, se dijo, mirando durante unos instantes hacia atrás, hacia su tienda, donde el Príncipe se había quedado peleándose con su turbante y preparándose para salir a echarles una mano si era necesario.
Volvió a mirar al frente. No podría ignorar el hecho de que, si bien gran parte del motivo por el que había convencido a Makoto de desafiar abiertamente a la Guardia de Palacio era que se negaba a dejar que Rin continuase con su vida como si nada, como si no hubiese puesto del revés el alma de Haruka, tampoco le parecía remotamente justo que el Príncipe se convirtiese en Sultán y se asfixiase entre lujos y estatus. Lo había sabido desde antes de que Rin confesase que quería verlo todo; había visto el temor a anclarse en su mirada, el deseo de poder llamar casa a todo el mundo. Era todo lo contrario que él, cuyo concepto de hogar se limitaba a la siempre tranquilizadora presencia de Makoto, pero Haruka lo respetaba, y arrebatarle eso a alguien le parecía demasiado cruel.
Cerró los ojos con fuerza antes de volver a abrirlos. Necesitaba dejar de pensar en Rin y concentrarse en el presente.
—Buenas noches, señores —saludó Makoto, flanqueado por Haruka y Kisumi.
El que parecía liderar la comitiva se adelantó un paso. A Haruka le sorprendió descubrir que debía de ser de su edad; con unas gafas rojas que parecían empecinadas en resbalarse por su nariz y una postura regia, parecía querer aparentar más edad. Con todo, la primera reacción de Haruka no fue desagrado, sino más bien una mezcla de curiosidad y condescendencia que no tardaron en convertirse en algo parecido al desdén.
—Buenas noches —replicó tras unos segundos—. Mi nombre es Rei Ryugazaki, y he sido nombrado líder de esta comitiva, formada por varios de los mejores hombres de la Guardia de Palacio, por la Princesa Gou.
Si a Haruka no le fallaba la memoria, la Princesa Gou era la hermana de Rin. También, si no le fallaba la memoria, el Príncipe le había dicho que ella quería ser Sultana en su lugar. Se preguntó por qué había cambiado de idea y ahora quería a su hermano de vuelta.
—¿Y qué les trae tan cerca de nuestro campamento? —inquirió Makoto. Su capacidad para mantener la calma en situaciones tensas, pese a que generalmente era fácil hacer que se aturullara, siempre asombraba a Haruka—. Si tienen hambre, podemos compartir la cena. Tenemos que racionar la comida hasta que lleguemos a Zukat, pero habrá para todos.
Haruka tampoco alcanzaría a entender jamás cómo Makoto podía ser amable en esos momentos, cuando ambos sabían que esos hombres no querían simplemente pasar un buen rato con ellos.
—No, gracias; nosotros también tenemos comida —respondió Rei—. Nuestro objetivo aquí es distinto: estamos buscando algo. Así pues, con la autoridad otorgada por la Familia Real, registraremos su cargamento.
—¿Qué buscan, exactamente? —Haruka se preguntó cómo Makoto seguía empeñándose en continuar el juego—. Somos mercaderes; todo lo que tenemos son perfumes, telas y baratijas.
—¿Eso es todo? —preguntó Rei—. ¿No poseen ningún esclavo?
Makoto dirigió una breve mirada implorante a Haruka, que no mudó la expresión. Esa pregunta era la confirmación de sus sospechas: la Guardia de Palacio iba en busca de Rin.
—No —Makoto cerró las manos en puños para disimular el temblor de sus dedos—. Todos mis hombres son hombres libres.
—¿Seguro? Según el informe de la Puerta Sur de Tar Shai, este grupo poseía un esclavo. Uno en bastantes buenas condiciones, de hecho; los vigilantes estaban sorprendidos…
Los dedos de Haruka rozaron el puño de un cuchillo escondido bajo sus pantalones.
—¿Por qué no dicen lo que quieren? —intervino. Empezaba a impacientarse—. Será más rápido.
El guardia lo miró.
—Está bien —cedió tras unos instantes—. Registraremos las tiendas y el cargamento en busca del futuro Sultán; si no tienen nada que esconder, no habrá ningún problema.
Haruka pensó que, si la situación fuese otra, podrían haberse salido con la suya; Rin no era un futuro nada, o al menos no tenía intención de ello.
—Me temo que no puedo permitirlo —replicó Makoto—. No sería la primera vez que la Guardia de Palacio destroza todo lo que tiene a su alcance simplemente porque puede y nadie lo impide.
Algo en el tono del joven hizo que Haruka se estremeciera. Cuando comprendió el motivo miró a Makoto, pero su amigo no apartaba la vista de Rei.
El guardia suspiró.
—Confiaba en poder hacer esto con calma —miró a los hombres que contemplaban la conversación en silencio y les hizo un gesto que resultó en trece espadas desenvainadas.
Makoto y los demás se pusieron en guardia al punto, y cuando Kisumi esquivó una estocada la trifulca comenzó oficialmente.
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Rin supo que la diplomacia no había dado resultado cuando escuchó las primeras órdenes dadas a gritos, las llamadas alarmadas de unos a otros y los tintineos metálicos de los cuchillos.
Se asomó por la abertura de la tienda para curiosear; efectivamente, donde unos minutos antes había habido dos grupos de gente perfectamente definidos, separados por varios metros, ahora se desarrollaba una batalla campal. Si hubiese estado a menos distancia, Rin podría haber distinguido a la Guardia por sus llamativos uniformes, pero se las ingenió para diferenciar los movimientos perfectamente coordinados de los soldados de los ataques más fluidos, espontáneos, de quienes habían tenido la realidad como único manual para aprender a pelear. A la luz de un amanecer que se adivinaba en la claridad del horizonte, los sables y las espadas lanzaban destellos plateados; si la pelea no estuviese levantando polvo, Rin podría haber sido capaz de localizar a Haruka.
Se mordió el labio. Las órdenes de Makoto eran claras: Rin no debía salir salvo que estuviesen en una desventaja considerable. No obstante, el Príncipe no podía olvidar el asalto. Para bien o para mal, sólo había podido entrar en la trifulca cuando las cosas estaban más feas para el grupo de mercaderes, y habían muerto dos personas.
Comprendió que había llegado su momento cuando se percató de que había tres personas que no participaban en la lucha. Recordó el brazo herido de Makoto, la cojera de Momotarou y las muecas de dolor que Haruka se esforzaba por disimular y supo que tenía que intervenir; la diferencia entre los hombres de Makoto y la Guardia era abismal si ni siquiera podían mantenerlos ocupados a todos.
Tanteó su cinturón para asegurarse de que tenía el puñal que le había prestado Haruka y se aseguró de tener el turbante bien puesto antes de salir de la tienda; pese a que les había dicho a Haruka y Makoto que ocultar su llamativo pelo no serviría para evitar que hombres que lo habían visto crecer lo reconociesen, ellos habían insistido en intentarlo. Rin era consciente de que probablemente se le caería en cuanto entrara en la trifulca –eso si sobrevivía al trayecto; mientras el Príncipe corría, notaba la prenda bamboleándose en su cabeza–, pero al menos así mantendría contentos a sus compañeros.
Para cuando se dieron cuenta de su presencia, Rin estaba a apenas unos metros de ellos. Su vista estaba fija en los tres hombres que se mantenían aparte, por lo que no se percató de quién estaba luchando contra quién. El guardia apenas tuvo tiempo de dar unos pasos antes de que Rin cayese sobre él, acertando un puñetazo en su mandíbula y encajando la rodilla en su estómago.
Los demás no tardaron en intentar ayudar a su compañero. Rin se apartó de un salto cuando uno de ellos empuñó su cimitarra; lanzó una patada en dirección al tercero, que éste esquivó por unos milímetros, y entonces lo reconoció.
Rei Ryugazaki, el guardia con el que su hermana se llevaba tan bien.
La impresión sólo lo paralizó unas décimas de segundo. Rin se alejó de él y decidió poner todo su empeño en desarmar al guardia de la cimitarra; no fue fruto de un razonamiento lógico, sino más bien del deseo de no hacer daño a alguien a quien Gou estimaba.
No obstante, alguien reclamó al adversario antes de que el Príncipe pudiese acercarse. Tratando de encontrar un hueco entre los rápidos movimientos de Haruka, el guardia no tardó en olvidarse de él.
Rin quiso ayudarle; pese a que en la oscuridad no podía discernir la expresión de Haruka, sabía que aún no tenía el hombro completamente curado.
Los dedos que se cerraron en torno a su cuello le impidieron avanzar. Rin intentó dar un codazo al guardia que lo intentaba estrangular desde atrás, pero no consiguió librarse; si acaso, la presa se reforzó aún más. Apenas pudo reaccionar cuando escuchó una voz conocida; se estaba quedando sin aire y sólo atinaba a arañar las manos que le impedían coger más. Por el rabillo del ojo se dio cuenta de que Momotarou había caído, así como de la espada que se acercaba a él.
Haruka también se dio cuenta, y ese instante bastó para que recibiera un golpe en el brazo que le hizo soltar la daga en el suelo y llevarse una mano al hombro herido.
Quizá fue el pánico, o el destello de la daga al caer, lo que encendió una idea en la ofuscada mente de Rin. Luchando contra la oscuridad que se asomaba a su campo de visión, el joven alcanzó el puñal de Haruka y deslizó la hoja por el brazo del tipo que lo estaba estrangulando, logrando, por fin, que le permitiese respirar.
Cayó de rodillas en la arena, tratando de tomar aire mientras todo su cuerpo se estremecía con violentas toses que hacían que le ardiese la garganta. Vio a Haruka, que había sacado otro cuchillo de los Dioses sabrían dónde, defenderse como podía, aunque los movimientos del lado donde tenía la herida tenían considerablemente menos fluidez.
El instinto, o quizá un razonamiento demasiado rápido para dividirlo en partes, guio a Rin hasta la única solución posible.
Tienen que parar.
Se quitó el turbante y lo dejó caer al suelo mientras se ponía en pie a duras penas, frotándose la garganta. Localizó a Rei y tomó aire.
—¡Basta! —ordenó. Apenas se percató de la sorpresa que desfiguró el rostro del guardia—. ¡BASTA!
El grito no alivió ni un ápice el dolor que había dejado su reciente estrangulamiento. Sin embargo, el tipo del que Rin se había librado no volvió a atacarlo, ni tampoco lo hizo ningún compañero.
Rei dio unos pasos hacia él, boquiabierto.
—¡¿Alteza?!
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El sol empezaba a calentar Al-Dimah cuando la Princesa Gou quemó el discurso que había pasado las últimas horas redactando. Al igual que había hecho el día anterior, y el de antes; si el Consejo encontraba lo que planeaba decir en su coronación, terminarían de convencerse de que la joven se había deshecho de su hermano para ocupar su lugar, y todas las posibilidades de Gou de convertirse en Sultana desaparecerían.
Sin embargo, no sabía qué más podía hacer. Pese a que adoraba las horas que pasaba con Nagisa, no podía ordenarle pasar el día entero en su habitación; no sólo era tremendamente egoísta, sino que implicaba enfrentarse a los rumores que empezarían con los guardias apostados en la entrada de sus aposentos. Sousuke tenía que asistir a las reuniones del Consejo para estar al día de qué se traían entre manos, y la Sultana Kaori tampoco estaba exenta de trabajo.
Gou lo odiaba. Odiaba tener que estar encerrada en sus aposentos, sin poder hacer nada útil, teniendo que depender de los demás incluso para estar al día de lo que ocurría en el propio Palacio. Y odiaba, también, no saber nada de su hermano, ni si Rei lo había encontrado. Odiaba estar actuando justo como se había jurado que jamás haría, siendo poco más que un adorno en su habitación.
Llamaron a sus aposentos cuando la última esquina de su discurso de coronación se veía reducida a cenizas. Gou se apartó de la lámpara de aceite y se acercó a la entrada.
—¿Quién va?
Sólo con la risita supo de quién se trataba.
—¿Permitiríais a un vulgar titiritero disfrutar del honor de vuestra presencia unos minutos, Alteza?
Las comisuras de los labios de Gou se elevaron a pesar de la rabia, de la impotencia y del miedo antes de abrir la puerta. El joven hizo una reverencia antes de entrar en la habitación, y Gou no habló hasta que el enorme tablón de madera volvió a separarlos de los guardias que vigilaban sus aposentos.
—Aún es temprano para mi cuento —comentó la joven, dirigiéndose al diván en el que solía sentarse cuando Nagisa iba a su habitación.
El joven titiritero dudó.
—Vuestro amigo, Yamazaki, me ha pedido que viniera.
—¿Qué ha pasado? —inquirió Gou al punto.
—Nada —Nagisa sonrió ampliamente—. Sólo ha dicho que os alegraríais de verme.
Gou no pudo contener una pequeña sonrisa. Parecía que, después de todo, Sousuke empezaba a aceptar los caprichos de la Princesa.
Pese a que era consciente de lo importante que era el protocolo, a Gou no le importaba ser más flexible con él en privado; Nagisa había cogido poco a poco la confianza necesaria para no negarse al punto cuando la Princesa le aseguraba que no pasaba nada porque se sentase en el mismo diván que ella, y últimamente parecía cómodo mientras jugaba con sus títeres para contarle una historia.
En esa ocasión, el cuento trataba de un príncipe y un ladrón. El príncipe estaba enamorado de las estrellas, pero llevaba años sin verlas, ya que el ladrón las había robado. Furioso, un día el príncipe fue en pos del ladrón, queriendo recuperar sus estrellas, sólo para descubrir que se las había llevado a otro cielo, uno que cubría un oasis perdido en el desierto que le robó el corazón. El ladrón admitió que había robado las estrellas porque no tenía a nadie más; así pues, decidió quedarse con él, haciéndole compañía a él y a las estrellas.
Gou se sumió en un silencio pensativo cuando Nagisa terminó el cuento.
—Es una historia extraña —dijo finalmente—. No hay princesa.
Nagisa se encogió de hombros.
—Tampoco acaban casados. La primera vez que lo oí, me pareció un cuento muy bonito.
—Lo es —Gou acarició la cabeza del muñeco que representaba al príncipe—. Quizá el príncipe no sólo amaba a las estrellas.
No podía evitar que su mente se desviase hasta su hermano, que retrocediese hasta llegar a aquel día en que Rin le había hecho jurar que jamás diría nada de lo que había oído. Se preguntó si su hermano encontraría algún ladrón con el que compartir las estrellas.
—Cuando me lo contaron creí que mataría al ladrón y devolvería las estrellas a su cielo —admitió Nagisa, sacando a la Princesa de sus recuerdos—. O que los Dioses crearían más estrellas.
—Los Dioses no suelen ser tan benévolos —Gou miró de nuevo al joven—. Lo cierto es que creía que el ladrón era un mago; por eso podía robar las estrellas.
—Entonces era mejor que yo.
La risa de ambos se mezcló en la silenciosa habitación.
—No es muy difícil ser mejor mago que tú —replicó Gou.
Nagisa se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.
—Princesa, creo que os equivocáis —declaró—. Es sólo que los Dioses no tienen en sus planes que haga magia pronto.
Algo pequeño, saltarín e imprudente rio en el interior de Gou. La joven intentó –de verdad– contenerlo, pero cuando sintió el ligero temblor que sacudía sus manos supo que sería inútil. El querer era más intenso que todas las restricciones que siempre había seguido al pie de la letra.
—Entonces, haré magia yo —Nagisa ladeó la cabeza, extrañado—. Cierra los ojos; no quiero hacerte daño.
La duda brillaba en la mirada del joven, pero de todas formas obedeció; fue Gou la que, con los ojos abiertos para no perderse ni un detalle de su rostro, soñó. Soñó con ser Sultana, soñó con un mundo en que la habilidad importase más que la sangre. Soñó con una realidad en la que lo que se disponía a hacer no estuviese mal por un millar de motivos diferentes.
Pero, cuando sus labios encontraron los de Nagisa, cerró los ojos y dejó de soñar.
Notas de la autora: Y eso, niños, es un claro ejemplo de lo que un miembro de la realeza no debe hacer. En otro orden de cosas, aún tengo pendiente escribir el cuento de Nagisa.
En fin, ¿qué os ha parecido?
