Un Poco De Ayuda
La primera reunión de profesores, la mañana antes del ingreso de los estudiantes a Hogwarts a su juicio fue: extenuante. Hermione, huía a las largas conversaciones que no llegaban a ninguna parte, era concreta y efectiva con sus palabras, le parecía desperdiciar el aire y el tiempo de los demás hablar por el simple hecho de hacerse notar.
Quince profesores, ubicados uno junto al otro, alrededor de una mesa de cedro, completaban la nómina para ese año. El efecto producido por su cercanía, elevó unos cuantos grados la temperatura del despacho perteneciente a McGonagall.
Entre las charlas, Hermione, advirtió el conflicto latente entre los docentes de Hogwarts, cada uno con su afán de sobresalir rebatiendo la importancia de su materia, a fin de obtener mejores espacios, instrumentos y horas de clase. Granger, escuchaba atentamente respondiendo con una sonrisa meramente cortés, para no hacer evidente el fuerte de deseo en salir pronto de aquella asamblea de presuntuosos.
Hermione bordeaba distraída con la punta de sus dedos las vetas de la mesa, sacudió su melena refrescando su cuello en el momento que un murmullo en el cual escucho repetir su nombre varias veces la saco de su lapsus, el aire denso, se hacía difícil de respirar y los ojos chocolate atolondrados, pasearon por los rostros incomodos que evitaban su mirada.
— Espero que esté de acuerdo en su nombramiento como jefa de Gryffindor — repitió Minerva, advirtiendo la distracción de Granger.
— Pero mírala solamente Minerva: es una chiquilla. — interrumpió una regordeta mujer de cabellos vino tintos, sin darle tiempo de responder a Hermione — ¿Cómo sabrá dirigir una casa? No tiene experiencia en la enseñanza, y eso sin mencionar que aún no ha terminado sus estudios
Granger, se enderezó sobre su asiento, torciendo los labios sin percatarse, en evidente señal de molestia; aquella mujer, la había visto hace unas horas y ya se creía con el derecho de proferir algún concepto sobre ella. Y amplió aún más el gesto de descontento, rodando los ojos, al ver la complicidad de algunos maestros asintiendo frente a las palabras de aquella bruja.
— Querida Oliveira — respondió McGonagall, con más amabilidad de la necesaria — Jamás subestimes el poder de la señorita Granger, tiene el liderazgo suficiente para iniciar y finalizar una guerra si se lo propone, y aunque la inteligencia siempre ha sido su característica más sobresaliente. — Aseguró la bruja, mirando por encima de sus lentes a Hermione. — Yo me atrevería a decir que su mayor cualidad, es la capacidad de inspirar, tanto a sí misma como a los demás, y es lo que necesitamos en esta nueva etapa. Por ello me mantengo en esta decisión y espero su completo apoyo a nuestra nueva maestra de estudios Muggles y jefa de Gryffindor.
Hagrid y Flitwick, estallaron en sonoros aplausos resquebrajando el halito de silencio. Hermione incomoda, se revolvió en su silla y bajó la mirada buscando ocultar su vergüenza. Progresivamente se unieron otras palmas menos animadas.
Dando por terminada la reunión, los profesores se retiraron, mientras Hermione guardaba en el bolsillo de su túnica una lista brindada por el maestro Horace en la cual explicaba en detalle con confusa caligrafía, los materiales necesarios para su último año, haciendo tiempo para tener el momento de estar a solas con la directora.
— ¿Necesita hablar conmigo Hermione? — indagó Minerva, cuando su oficina se encontró sin más que ellas dos.
— Si, directora McGonagall. — contestó la castaña echándose su cabello hacia atrás.
— Hermione, por favor llámeme Minerva — solicitó la bruja mientras se acercaba a la nueva profesora, levantando una ceja — Ahora, estamos en la misma posición y no son necesarios los formalismos. — continuó con tono severo, igual al que usaba para reprender a los alumnos — Si me quiere pedir que me retracte de la decisión sobre su elección como jefa de Gryffindor: le aviso que pierde su tiempo.
La joven bajó la mirada, siendo descubierta por su maestra, no deseaba empezar su labor en Hogwarts con la oposición de algunos profesores, pero tampoco estaba dispuesta a desestimar la propuesta de McGonagall
— No es eso. — Mintió, Hermione — Necesito pedirle un permiso, debo comprar algunos materiales y elementos para las pociones, prometo re…
— Vaya con toda tranquilidad Hermione — interrumpió la directora, levantando la palma de su mano para acallar a la joven — Debe estar aquí para antes de la cena, puede usar la chimenea de mi oficina si quiere.
— Gracias Dir…Minerva — Respondió incomoda.
Minutos después, estaba saliendo por la chimenea de la Librería Flourish y Blotts, la recorrió por alrededor de una hora tocando los lomos de los libros y sintiendo el olor de los pergaminos del lugar, escogió un par necesarios para el material de estudio de su último año y después de pagar, sus pisadas la llevaron hasta la antigua tienda de los gemelos Weasley.
Hermione se detuvo, apoyó sus manos contra el cristal, y acercó su rostro a estas con el fin de tener una visión nítida del lugar. Le ensombreció el alma ver los estantes empolvados como síntoma de olvido, el mismo olvido en el que ella tenía sumidos a los Weasley.
Odiaba ser tan egoísta; cuando empezaba algo nuevo tenía la aborrecible facultad de prescindir del resto del mundo para enfocarse en sus propios planes, por eso en ese momento era una hija ingrata y una amiga desleal. No podía permitirse continuar comportándose de aquel modo con aquellos a quienes más amaba, ignorando la fragilidad de la vida.
Se retiró del cristal dejando una capa de vapor donde antes estaba su rostro, al alejarse en dirección a su siguiente destino, se propuso con la convicción de su corazón no abandonar a quienes le importaban, por ello prometió visitar a los Weasley en cuanto tuviera oportunidad y por supuesto no volvería a relegar a sus padres.
Con la intención de obtener algunas prendas para Malfoy, ingresó a la Tienda de Túnicas de Segunda Mano dónde había visto a los Weasley en varias ocasiones adquirir su ropa por precios económicos. Barrió el lugar con la mirada, observando los estantes con la intención de ubicar la sección masculina, con pasos tímidos y verificando a su alrededor que nadie la observaba, se acercó a los anaqueles donde colgaban las togas, deslizó sus dedos percibiendo las texturas notando el desgaste, la perdida de brillo y color. Separando los trajes disimuladamente para hallar la etiqueta que designaba su valor, pasó saliva sonrojándose, a pesar de las precios en aquella tienda; eran irrisorios comparados con la túnicas de Madame Malkin, sin embargo su presupuesto actual era una vergüenza.
Deseaba ayudar a Malfoy, pero su sueldo en Hogwarts tardaría un mes en llegar y no podía darse el lujo de gastar sus últimos ahorros vistiendo a Draco, la idea le pareció hilarante por lo que soltó un risita sacudiendo la cabeza. Bajó la mirada al suelo en aras de hallar una solución, cómo último recurso tendría que acudir a la ropa de su padre o revisar en las colectas que solía hacer su madre como voluntaria de un centro de apoyo.
Pasó desapercibida al aprovechar que el dependiente del lugar estaba ocupado con un cliente y buscó la chimenea del local, generalmente no era permitido a quienes no hacían compras hacer uso de la red Flu y por ello se introdujo a prisa entre las llamas verdes; emergió instantes después en la oficina de McGonagall quien reclinada en su silla había transformado una libreta en una golondrina, al ver a Hermione salir de la chimenea, se irguió en su poltrona.
— Hermione. — saludó animada la directora. — pensé que tardaría más tiempo.
— No, Directora, no necesitaba muchas cosas — respondió Granger, sacudiendo su túnica y enseñando la bolsa de libros a la mujer que la observaba desde su escritorio.
— Ya le dije que no debe llamarme así. — reprendió McGonagall, observando a Hermione por encima de sus lentes.
— Discúlpeme, me cuesta tratarla de ese modo, es difícil perder la costumbre, además siento que así soy irrespetudosa. — argumentó la castaña.
— No hay cuidado, además yo se lo estoy pidiendo y…¿encontró todo lo que necesitaba? — preguntó Minerva, más por cortesía que por interés real.
— Si…— contestó Hermione, un tanto pensativa — Aunque, estuve buscando algo de ropa Muggle, quisiera usarla en mis clases para explicar la evolución cultural de la ropa y la connotación de género que se le ha asignado a través de la historia según el papel de la mujer y el hombre en la vida cotidiana, pero no conseguí nada para ello.
McGonagall, ilusionada con la idea, asintió con una sonrisa en los labios. — De hecho, Hermione — manifestó la bruja mayor, levantándose de su puesto, y dirigiéndose al exterior con pasos agiles seguida de la joven — Tengo algunos objetos perdidos, que han dejado los estudiantes a lo largo del tiempo, estoy segura de tener mucha ropa que puede servir para su proyecto. Me encanta la idea Hermione. — aplaudió Minerva, entrando a su antigua oficina. — No sabe cuánta alegría me da tenerla entre nosotros.
Revolcando entre varios cajones y estantes, la directora logró reunir un buen cumulo de prendas para la satisfacción de la castaña quien las recibió de buena gana. Pensó en un hechizo extensor para cargarlas hasta casa de Hagrid sin levantar sospechas. Sin embargo necesitaba intentar una cosa más, haciendo un llamado a su buena suerte se atrevió a preguntar:
— ¿Puedo pedirle un favor más dir…Minerva? — preguntó encogiéndose de hombros, restándole importancia a la verdadera trascendencia de la respuesta en sus planes para Draco.
— Si esta en mis manos hacerlo, no tema decirlo. — respondió la mujer, disimulando la curiosidad.
— Cómo usted sabe, quiero aprobar cada EXTASIS y el profesor Horace me ha dado una larga lista de ingredientes, algunos de ellos son realmente difíciles de conseguir, he invertido toda la mañana en ello sin tener frutos, y me preguntaba si existe alguna posibilidad de ser autorizada por usted a ingresar al antiguo despacho del profesor Snape y hacer uso de lo que encuentre útil.
Minverva, masticó por algunos segundos la petición de Hermione un tanto elaborada para su gusto, ignorando la contraproducente manía de Hermione de hablar en exceso cuando se encontraba nerviosa o deseosa por deslumbrar; de toda la situación no le agradaba imaginar a ninguna persona en el despacho de aquel hombre con carácter intrincado y difícil de descifrar, a pesar de su muerte, Minerva evitaba atravesar el pasillo frente a su oficina, sentía una extraña sensación de sentirse vigilada desde rincones invisibles.
— Me parece más prudente, que usted solicite los materiales de los cuales carezca al profesor Slughorn, estoy segura, él, no dudara en ayudarla.
— Lo sé — Repuso Hermione, pensando rápidamente — Pero no busco causar molestias, no quiero que otros piensen en mi como una favorecida y a su vez acarrearle problemas al profesor Horace.
McGonagall, observó con detenimiento a Hermione, era una persona la cual merecía enteramente su confianza, sopesó las posibilidades de algún evento desafortunado con el acceso de Granger a las posesiones de Severus y no halló ningún argumento en su contra, con la seguridad vibrante en su lengua respondió:
— Esta bien, Hermione, puede hacer uso de lo que encuentre allí, pero le pido prudencia y responsabilidad, la contraseña es Demiguise.
Granger asintió complacida y un pinchazo de culpa pellizco sus entrañas, por un instante su boca se abrió para escupir la sarta de miedos y necesidades bailoteando en su interior, si Draco era descubierto en Hogwarts, su mentora se vería envuelta en un conflicto también; un leve golpe en la puerta evito pronunciar las palabras que buscaban salir a borbotones y la castaña lo tomó una complicidad del destino.
Después de su breve encuentro con Malfoy durante el almuerzo, Hermione estaba segura de la necesidad del joven por ser ayudado, odiaba reconocer la lástima que impulsaba sus actos, era un sentimiento alojado en la boca del estómago desde la noche que lo halló indefenso en el bosque, el cual no le permitía pasar más de una hora sin pensar en el cruel destino de Draco y la impulsaba en la arriesgada misión de cubrirlo sin imaginar un límite en ello.
La puerta crujió ante el movimiento de las bisagras y lanzó otro lastimero sonido con la presión de Hermione para cerrarla tras de sí, con la varita en sus manos conjuró un Lumus aclarando el interior de la atestada estancia. Arrugó la nariz hastiada por la espesura del olor emanada en la variedad de frascos de diversas índoles, descubriendo así que tardaría días para hallar su búsqueda.
Exhaló el aire de sus pulmones ruidosamente y acomodó un mechón de cabello tras su oreja, elevó su brazo hacia el techo para lanzar la chispa que encendería la lámpara colgante, pero nada sucedió. Durante el recorrido del mismo, la punta de la varita alumbró una fracción de la estancia en el muro de apariencia un tanto brillante, la castaña sintió un escalofrió reptar por su espalda al notar un movimiento y escuchar una voz por encima de su cabeza.
— ¿Pero que tenemos aquí? — silbó la antipática voz — La insufrible señorita Granger, ahora se cree con el derecho de revisar lo que no le pertenece.
Con la varita en el aire, tomo valor en la convicción de su misión y restándole importancia a los comentarios puntiagudos que de sobra sabía Snape no callaría, apunto su varita a iluminar el rostro puntiagudo del antiguo profesor de pociones. El cabello grasoso brilló, enmarcando la mueca de fastidio ya habitual en el retrato de Severus que la miraba con displicencia, en una infinita postura, desde la pared. Hermione, sintió el vacío en su pecho antecedido por la angustia de ver frustradas sus acciones incluso antes de haberlas emprendido, sin embargo una chispa de esperanza se encendió en su mente; de todas las personas en el mundo tal vez Snape sería la casualidad apropiada.
— Lo siento, no pensé que lo encontraría aquí. — Contestó de manera honesta, Hermione, parpadeando confusa.
— Se me olvidaba que usted junto con sus amigos, siempre se han creído dueños de todo — regaño el maestro, entrelazando sus dedos con impaciencia — Lárguese de mi oficina
Hermione infló su pecho y de manera osada, levantó su cabeza con altivez y lo miro a los ojos, ya no como la alumna que se incomodaba con sus expresiones ofensivas si no como la bruja valiente y segura de sus acciones, con el convencimiento de no salir de allí hasta obtener la respuesta esperada, se dispuso a hablar.
— No me voy a ir de acá y usted no tendrá una opción más que escucharme y ayudarme
— No sea ingenua Granger — rió Snape, con rostro arrogante — Me puedo largar a cualquier retrato y usted no tendrá otra opción más que salir a lloriquear sin poder encontrarme
Sólo por un segundo, Hermione bajo la mirada cubriéndose de duda, pero el mismo tiempo tardo en maquinar su respuesta:
— De ser eso cierto, hace tiempo hubiera salido de esta oficina — discrepó la castaña levantando una ceja — Usted no se atreve a salir de este lugar porque siente vergüenza de sus actos, ningún otro retrato lo aceptaría después del daño causado por usted
La palabras de la castaña resonaron entre los frascos cubiertos de telaraña de los estantes, temblaba ligeramente de la cabeza a los pies con la comprobación de haberse excedido en su comentario al ver la ira regurgitando en el rostro del retrato
— ¡CALLA NIÑATA ESTÚPIDA! — gritó Severus, mostrando algo de la vida que extrañaba desde el más allá — No conoces la razón de mis acciones.
— En eso se equivoca — contestó con parsimonia Hermione, subiendo un poco su varita para tener una mayor visión del rostro de Snape, quien la vigiló con amargura — Conozco sus motivos, pero también sé que para lograr su fin tuvo que sacrificar las vidas e intereses de otros, y por eso estoy aquí, por una de esas personas que ahora lo está pasando muy mal a causa de sus juegos y estrategias.
— Yo también fui una pieza en ese juego, no soy el creador y pague mis culpas por ello — respondió con cierta tristeza el hombre quien dio la espalda a Hermione para ocultar su rostro melancólico — No me quiera hacer responsable por las decisiones de otros.
Pasando saliva con el propósito de bajar la bola de ansiedad de su garganta, Hermione relajo sus hombros y con los dedos de su mano libre jugueteo con el borde de la túnica. Su mano elevada, temblaba de forma tenue por lo cual titiló la punta iluminada de su varita.
— Solo le pido que me escuche, después, decidirá si es parte de su responsabilidad, o no. — dijo la castaña suavizando el tono de su voz. — Le prometo que si lo hace aunque decida no intervenir, no me vera de nuevo.
Un movimiento en la túnica del retrato, cuya figura se enderezó y ladeó escasamente la cabeza, le dio a entender a Hermione que la atendía. Era una ligera esperanza que hizo correr la sangre por sus venas como un caudal desenfrenado y la alentó a hallar las palabras convenientes para los oídos del impávido Snape.
— Estoy aquí por Draco Malfoy, Necesita su ayuda, sus padres fueron asesinados unos meses atrás — empezó Granger, notando la tensión en la espalda de la pintura, y la verdad brotó a chorros a través de sus labios — La situación de Malfoy es delicada, él, ha estado escondido por un tiempo lo que ha hecho pensar al Ministerio su presunta culpabilidad en la muerte de estos, sin embargo sé que él se ha ocultado sencillamente porque es un hombre lobo.
Por una eternidad de minutos desperdigados, Snape, no habló, no se movió, parecía una fotografía detenida en el tiempo de un hombre sin rostro y sin interés en el mundo de los vivos. Hermione creyó ilusoriamente que la sola alusión a la licantropía de Malfoy estremecería hasta la medula al mago.
— ¿Qué espera de mí? — indagó con voz parca, sin mover una sola hebra de su opaca pintura — ¿Que corra a abrazarlo, darle el sentido pésame y arroparlo cada noche?
— ¡Espero que tenga compasión! — chilló la castaña, y los recipientes se estremecieron por una fuerza invisible que sacudió el retrato e hizo virar a Snape — Sólo necesito la poción matalobos, eso es todo.
— Draco, sabe de sobra preparar la poción — soltó Severus — Yo mismo le enseñe todo cuanto pude para que se las apañara él solo, incluso lo dote de parte de mis ingredientes.
Todo desapareció alrededor de Hermione, las palabras estallan en su cabeza como bruma salada dejando en el paladar un sabor a oxido por la desazón de imaginar los meses, o tal vez años, en los cuales Draco cargó a cuestas la perenne mutación.
— ¿Usted ya lo sabía? — finalmente preguntó la castaña cuando el gusto a herrumbre desapareció — ¿desde cuándo…?
— Por supuesto que lo sabía — respondió el mago, entrecerrando los ojos con desconfianza — acaso, ¿usted no? — viendo que Hermione no le contestó, rió con crueldad — Al fin una respuesta que no tiene la sabelotodo.
— No…conozco los detalles…ni él sabe que yo lo sé.
Snape, frunció el ceño confundido por la confesión y con voz grave interrogó
— ¿De qué manera se enteró?
— Lo rescate en el bosque hace un par de días — vaciló Hermione, hablando con un hilo de voz, se recostó contra uno de los estantes — Estaba herido, con mal estado físico y en medio de una transformación.
— ¿Él sabe quién ha matado a sus padres? — averiguó Snape inclinando su nariz ganchuda hacia delante
— No…lo sé, no le he preguntado y tampoco sé si me daría la respuesta — negó confundida Hermione, tocándose el puente de la nariz — Solo sé que sufre mucho por su perdida — respondió recordando a Draco clamar por su madre entre sueños
— Disculpara usted mi atrevimiento al cuestionar su brillantez — interrumpió sarcástico el hombre desde el retrato jugueteando con los puños de las mangas — Como diablos se supone, le suministrara usted la poción, si él es ignorante, que usted conoce su condición de licántropo
Y allí falló el plan de Hermione, no tenía precisamente una idea de una charla pacifica con té y pasteles, era consciente que de ser necesario usaría la fuerza a fin de cumplir con un acto de humanidad altruista.
Snape, no necesitó leer la mente de la castaña para darse cuenta de su obstinada determinación; recordó la serie de circunstancias ininterrumpidas en la vida de Draco y de las cuales fue participe, reconociendo en cada una de ellas aunque fuera una milésima de responsabilidad por su parte y algo vivo en el interior del óleo movido por el amor que alguna vez sintió, lo conmovió frente a la situación de Malfoy, y sin darle mucho tiempo de pensar, permitió a dicho sentimiento hablar por él
— Le enseñare a preparar la poción — culminó Snape — De los métodos de ingesta, se encarga usted.
Y sin más discusión, le narro cada uno de los ingredientes reglamentarios y le dio autorización para regresar si necesitaba alguna consulta durante su preparación cuando la luna se hallara en el cuarto menguante.
Draco se había sumergido nuevamente en la lectura, no tenía mucho por hacer allí y aunque lo hubiera deseado tampoco se sentía con la energía adecuada para invertirla en ninguna empresa. Su apabullado cuerpo buscaba descanso en cada oportunidad, extrañaba la vida en la mansión de sus padres donde con chasquear los dedos aparecía todo cuanto su mente deseaba; sin embargo, cambiaria todo aquello por tan solo tener la fortuna de decirles adiós por una última vez, entregaría todas las posesiones de las cuales aún no sabía ya no era acreedor, por obtener aquella reliquia capaz de traer a sus padres a la vida por unos instantes y pedirles perdón al no haber hecho algo más digno por ellos.
Pensando en esto, se sumió en una melancolía la cual temblaba por dentro estremeciéndole el estómago y el corazón, sin poder contenerlo lloró sin vergüenza nuevamente en aquel sillón polvoriento por sus padres sin tumba, y eso lo condujo a cuestionarse: por qué continuaba allí y no estaba buscando venganza con vehemencia, sus padres eran lo único que le quedaba después de la guerra y si alguna vez le preguntaran por el amor, describiría sin dudarlo el sentimiento de seguridad y protección que estos le daban. Así, concluyó que la razón de continuar en casa de Hagrid era la cobardía, esa vieja amiga tan bien conocida en cada momento de su vida que lo llevaba a repetir con más frecuencia de la debida la frase tan propia "mi padre se enterará de esto" al encontrar todo el refugio necesario bajo la túnica de Lucius y de la cual no podría hacer uso nunca más en su vida.
Secándose las lágrimas con la sudadera que vestía, sorbió la nariz y afrontó su realidad: no tenía el valor de emprender esa búsqueda que tal vez lo conduciría hacia la muerte o camino a Azcaban. Le achacaría la responsabilidad de su permanencia en la casucha del gigante: a su malestar físico, la inutilidad de su brazo y su visible desnutrición, pero antes de un mes, cuando la luna hiciera estragos en su cuerpo debería desplazarse lejos de allí para tal vez no volver.
Ruidosamente la castaña ingresó a la casa, se sacudió con fuerza el barro atrapado entre las suelas de las botas y descubrió su rostro de la colorida bufanda anudada alrededor de su cuello la cual le había sido útil para cubrirse de la ventisca en el exterior.
La noche había caído unas horas antes y la actividad en Hogwarts con el recibimiento de los alumnos para dar inicio al nuevo año la había dejado exhausta, sumado con el cansancio de la noche anterior.-
Se calentó las manos con el vapor de su boca y saludó a Malfoy con una sonrisa.
— ¿Que tal ha estado tu día? — indagó Hermione, acercándose al sillón y sacando su varita para encender el fuego en la chimenea
Draco, algo incómodo, se movió, haciéndole campo en el reducido espacio libre que Fang no abarcaba.
— Veo que has usado la ropa que te di. — observó Hermione disimulando su risa, al ver los cortos pantalones del rubio.
— Ujum, gracias — respondió, aun distraído por el recuerdo de sus padres, esforzándose por alargar los extremos halándolos hacia abajo.
Hermione, lo detalló, reconociendo en sus parpados caídos las lágrimas contenidas que se peleaban por salir y su boca curvada hacia el suelo, la desdicha devorándolo por dentro. No existía rastro del porte altanero y lustroso del joven Malfoy y eso la preocupo aún más. Guiada por el comportamiento de su padre en el cual no existía mal que no pudiera ser remediado con la comida, tomo rápidamente el bolso cruzado a su espalda y extrajo un recipiente con trozos de carne de cerdo en salsa agridulce.
El olor emanado fue absorbido por Malfoy, dilatando sus pupilas y pegando las tripas entre sí, un sonido acuoso proveniente del estómago se levantó por encima del ruido de las chispas estallando la madera en la chimenea y Malfoy llevo la mano a su vientre un tanto avergonzado pero con los ojos iluminados por el placer de comer. Se encaminó a la cocina y buscó algunos cubiertos, no esperaba repetir su escena salvaje de la tarde, su madre Narcissa se había esmerado mucho en enseñarle modales, el uso apropiado de los tres juegos de cubiertos y la disposición del menaje, para que él ahora en su ausencia olvidara todo aquello.
Hermione, acomodó las sillas en lados opuestos de la mesa para quedar frente a Malfoy, y ubicó los diferentes manjares que había obtenido nuevamente gracias a la complacencia de los elfos en la cocina. Se sentaron a comer y Fang, revivido por el olor de los alimentos se sentó junto a Draco en espera de recibir algún cariño que llenara su estómago.
El ambiente era acogedor, ignorando las gruesas cuerdas y herramientas colgando del techo, la atmosfera estaba tibia y a pesar de no hablar durante la cena, ninguno de los dos admitiría esa noche, lo cómodos que se sentían con el silencio del otro y lo fortificante de una compañía conocida. Pequeñas pizcas de cerdo, caían al suelo para ser lamidas por el hocico de Fang que rápidamente las desaparecía del mismo limpiando toda evidencia. El señor Granger tenía razón, los alimentos no sanaban el dolor en el alma pero tenía un efecto similar al aliviar el ardor del estómago.
Al terminar, Hermione levanto los platos, y conjuró el hechizo para limpiarlos, aprendido por Molly a fuerza de verla en repetidas ocasiones ejecutarlo. Draco, la observó con curiosidad desde el comedor, frotándose el estómago a causa de la indigestión al haber comido demasiado pastel de frutas con queso azul, suspiró buscando aliviar la sensación y agradeció en silencio, toda la ayuda recibida por parte de Hermione, era consciente que Hagrid no lo hubiera recibido en su cabaña de no ser por la ayuda de la Gryffindor.
Entre tanto, Hermione, tomó su bufanda arcoíris y la anudo a su cuello con intención de retirarse y emprender la caminata hacia el dormitorio asignado en Hogwarts.
Draco, al notar el ritual previo a la despedida, frunció el ceño y hundió su espalda contra la silla de madera. No estaba acostumbrado a vivir en soledad. Amaba los días en su dormitorio escuchando las respiraciones de los otros, sus chistes y comentarios estúpidos. Incluso en su casa, algunas noches solicitaba la presencia de los elfos para que hicieran rondas en su cuarto de manera ocasional, su padre lo veía como parte de una maldad infantil hacia las criaturas a su servicio, sin embargo, Draco, lo hacía con el ánimo de sentir una presencia a su alrededor. Los días pasados en el bosque, fueron una dura experiencia de noches sin sueño y días de búsqueda de alguna especie de vida en la maleza a la cual aferrarse, alguna criatura que le permitiera notar que no estaba en el purgatorio sino que aun vagaba por el plano terrenal.
Hermione, experta en leer las expresiones de la gente no necesitó ni una palabra para comprender la necesidad del mago, liberó el cabello aplastado por la presión de la bufanda y se encaminó nuevamente al comedor, pero en esta ocasión eligió una silla cercana al rubio.
— ¿Sabías que me eligieron jefe de Gryffindor? — empezó Hermione sin darle importancia al hecho.
— No, pero no me extraña — expresó finalmente Draco, pasando las manos por el cabello para recomponerlo — Siendo la preferida de la directora, no me esperaría otra cosa
— No me eligieron por ser la preferida de nadie — alegó Granger — Si no por mis grandes capacidades para liderar
Y por primera vez, Draco, curvo sus labios en una sonrisa de una manera tan débil que Hermione dudo de la veracidad de su visión, sin embargo fue el inicio de una extensa conversación dirigida la mayor parte del tiempo por Granger, quien a pesar de su renuencia a hablar demasiado no sintió el cansancio de la lengua ni tampoco percibió agobio en su interlocutor, Draco, de vez en cuando asentía y daba cortas respuestas que mostraban su interés.
La charla, no se vio interrumpida ni si quiera por la presencia del gigante que no participo de la conversación pero acompaño la larga noche con los ronquidos lanzados desde su dormitorio. Sólo cesaron las palabras cuando los parpados empezaron a pesar demasiado para ser sostenidos, Draco fue el primero en sucumbir ante los delirios del sueño, siendo arropado por Hermione y su fiel amigo Fang.
Hola.
Yo de nuevo por aqui.
Me siento muy feliz con la acogida de la historia, y agradezco a todas quienes votaron en la página de Facebook FanFics Dramione para que le hagan seguimiento a este fic, son lo máximo.
Un abrazo a ustedes por seguir leyendo, a pesar de que no actualizo con la misma regularidad de antes, trato con todas mis fuerzas de escribir en cada oportunidad posible.
Y a las nuevas lectoras les doy la bienvenida.
Gracias a los lindos reviews loremmac, crazzy76, ivicab93, johannna, Maya, Natdrac, Nathy Malfoy, anabel malfoy y un review anónimo, es maginifico recibir su retroalimentación.
Es genial hablar con ustedes a través de los mensajes, o en mi perfil de Facebook Sta Granger, y gracias a tooodos los mensajes de felicitación por mi cumpleaños, nunca me había sentido tan recordada. Creo que este es el último capítulo del año, seguramente el próximo será hasta el 6 de enero. No es más que un hasta pronto, deseo a cada una de ustedes unas felices fiestas con su familia, amigos o mascotas.
Y por último (que no se note que no quiero despedirme) ya empezaron las nominaciones en los Amortentia Awards en Facebook, esta disponibles para postular sus fics hasta el 7 de enero y hay categorías para todos los gustos, mejor villano, mejor escritor, mejor pareja etc. Así que pásense por ahí, es un tiempo invertido para agradecer a sus escritoras que tardamos horas y días incluso, para alimentar las historias que nos hacen soñar.
Ahora si fin del comunicado.
No olvides dejar tu review, el ultimo del año para esta historia.
Un abrazo enorme.
Sta Granger.
