Capítulo nueve


—¿Llevas todo?

—Eso creo.

—No quiero escuchar tus quejas cuando estemos allá —advirtió el rubio, su amigo, en respuesta, viró los ojos.

—No me quejaré —respondió con un bufido.

—Bien, entonces, volveré a revisar mis cosas. Tengo que llevar lo necesario para pasar la noche.

—Como digas —respondió cantarín, mirando a su amigo desaparecer por el pasillo.

Acampar. Aquella había sido una sugerencia del mismo hombre que estaba ahora con el de hebras plateadas; el día que salió con el escritor a dar una caminata por el parque, un mensaje llegó a su teléfono celular, recitando las siguientes palabras: "Vamos a acampar, dile a tu escritor, yo le digo a su editor, y podemos invitar a más personas. Cómo tú quieras, pero, no aceptaré un no por respuesta".

Al leer las palabras de su mejor amigo, la propuesta para el pelinegro salió de forma casi automática de sus labios, al principio; el aludido titubeó ante repentina propuesta, pero, después de un par de minutos de insistencia y promesas de diversión por parte del ruso, el escritor aceptó. El empresario, feliz de que su acompañante hubiera accedido, le dijo que podía decirle a Phichit, y si así lo quería a los chicos que lo ayudaban también.

Ese mensaje había llegado hace dos semanas, tiempo que tuvieron que esperar para que el par de hombres de negocios se organizara para tomar un día libre, acentuando también el hecho de que hubo días donde la lluvia no cooperaba de buena manera. Pero al fin, había llegado el momento de salir, eran principios de marzo y los rayos del sol prometían una tarde amena.

—Por cierto —le dijo Viktor al suizo, elevando el tono para que pudiera escucharlo a través del pasillo—, aún no me has dicho a dónde iremos.

Pronto, los pasos apresurados de Chris se escucharon de regreso a la sala de su apartamento; se había colocado unos lentos de sol y venía con una maleta, la cual dejó caer en el mueble más grande.

—¿No? —musitó, mirando al ruso negar—. Bueno, iremos a Green Lake.

—Oh, claro, Green Lake… ¿¡Green Lake!? —exclamó—. Ahí no se puede acampar, solo se puede ir durante el día.

El suizo, al escuchar al empresario, rió levemente a la par que comenzaba a caminar de un lado a otro.

—Viktor…Viktor —pronunció, colocando una de sus manos sobre el hombre ajeno—. Tengo mis contactos —terminó por decir chasqueando los dedos. El aludido arqueó una ceja.

—No quiero saber qué tipo de contactos.

—Cierra la boca, deberías agradecerme —le dije.

—¿Agradecerte?

—Sí… Acaso, ¿no querías ir allí?

—Bueno, yo, eh…

—Sí, sí, ahórrate lo que vayas a decir —dijo, tomando la maleta que había preparado anteriormente—. Démonos prisa, le dije a Masumi que los veríamos afuera de la librería.

—Entonces, aceptó ir.

—Claro, tampoco aceptaría un no por respuesta de su parte —musitó, guiñando un ojo—. Ahora, andando.

Viktor tomó la mochila que había llevado con todo lo necesario para cruzar la puerta junto a su amigo y adentrarse en su vehículo, emprendiendo marcha al punto de reunión con las demás personas incluidas en el plan. El suizo tenía en su poder una camioneta, así que el espacio para todos al viajar no sería un problema.

Después de un par de minutos, el conductor captó a tres personas mirando a su dirección, mirando claramente quienes conforme se iba acercando a la acera para aparcar el vehículo. Habiendo parado satisfactoriamente, el dúo bajó de la camioneta para saludar a Masumi, Phichit, y Eros.

—Veo que vienes totalmente preparado, Chris —comentó Masumi, inspeccionando el exterior de su vehículo.

—Siempre —contestó, guiñándole un ojo—. ¿Pondrán eso en la cajuela? —dijo, señalando las pequeñas mochilas que tenían por sus pies.

—Claro. Phichit, ayúdame quieres —preguntó al tailandés, encaminándose ambos junto al suizo para acomodar las cosas en la parte trasera del vehículo, dejando medianamente solos al empresario y al escritor.

El pelinegro rascó un poco su brazo mientras sus ojos viajaban alrededor, entretanto, el mayor inconscientemente miraba el atuendo casual que había elegido; un pantalón holgado de color negro, tenis del mismo color que su prenda inferior, una camisa blanca de manga corta y rayas negras, la cual era parcialmente cubierta por una sudadera con cierre color azul marino, y claro, su cabello azabache perfectamente alineado hacia atrás con sus lentes de pasta azul sobre su tabique. Viktor vestía de manera similar, siendo diferentes únicamente el pantalón y sudadera, ya que los de él eran grises, y su playera era sin rayas.

El de ojos azules sacudió un poco su cabeza al caer en cuenta de que, probablemente, estuvo mirando un punto en específico por mucho tiempo.

—Y… Eros —le llamó—, ¿listo?

—Eso creo —rió tímidamente—, nunca he pasado la noche en una casa de campaña.

—¿Nunca? ¿Ni cuando eras más chico?

—Bueno, no tuve tiempo de hacerlo —respondió, haciéndole recordar al ruso sobre su inestable posición geográfica.

—En ese caso, auméntalo a la lista de cosas que harás por primera vez conmigo —rió, acto seguido, suavizó la mirada—. Será divertido, aunque sea solo por un día, te divertirás —alcanzó la mano ajena, sosteniendo débilmente los dedos del escritor con los suyos—. Lo prometo.

Los dígitos del japonés temblaron levemente ante al acto, acompañándole a sus pómulos un leve color rosa, el cual, quiso atribuirle a que la sudadera azul comenzaba a elevarle la temperatura junto con el sol. Bueno, eso quería creer.

—Sí... —respondió finalmente en un hilo de voz.

No dijeron nada más por un ínfimo lapso de tiempo, cortando la atmósfera silenciosa un golpe abrupto proveniente del cierre de la cajuela.

—¡Todo listo! —avisó el rubio—. Pueden empezar a subir.

Viktor miró fugazmente al narrador antes de abrir la puerta de la parte trasera de la camioneta.

—Tú primero —le indico con una sonrisa, agradeciendo Eros silenciosamente. El ruso dejó la puerta abierta para Phichit y Masumi, ascendiendo el ruso al asiento del copiloto.

El suizo espero a que estuvieran todos en el interior del vehículo para acelerar e iniciar el recorrido hacia su destino, los que podían, miraban el fugaz paisaje a través de los cristales, manteniendo el ambiente silencioso.

—Y… ¿creí que Otabek y Jean nos acompañarían? —pronunció Viktor, atrayendo la atención de los hombres ubicados en los asientos traseros.

—Al parecer tenían deberes por hacer —respondió Phichit.

—Traducción —le interrumpió Masumi—, probablemente Jean arrastró a Otabek a una de sus fiestas universitarias.

—Siguen siendo deberes por hacer —le dijo Phichit, sacando la lengua.

El grupo de hombres rió levemente, Chris alcanzó el radio del vehículo para amenizar un poco la atmósfera silenciosa, siendo la pregunta de Viktor el detonante para que, entre todos, comenzaran una amena charla.

—Entonces, ¿primera vez que pasan la noche afuera? —preguntó el suizo, mirando de reojo por el retrovisor.

—Si sacar una casa de campaña en tu patio cuenta, entonces no —respondió Masumi.

—Lo mismo que Masumi —dijo Phichit, más el rubio desvió los ojos verdes a cierto escritor silencioso.

—¿Qué hay de ti? —preguntó a Eros—. ¿También acampabas en casa con tus amigos?

—Eh…No realmente.

—¿No? ¿Salías, entonces? O, ¿ahora en Nueva York?

El pelinegro se crispó en su lugar, llevando el dedo índice a su sien para rascarla nervioso. Era una pregunta simple, sin embargo, no acostumbraba a gritar a los cuatro vientos que la mayoría de las veces no pasaba de un par de cuadras de sus alrededores, o peor aún, que realmente no conocía La Gran Manzana.

Viktor miró por el retrovisor exterior la agobiada expresión del menor, y, aunque rió brevemente a sus adentros por mirarle siempre tan angustiado cada vez que alguien trataba de hurgar en su vida privada, decidió intervenir para desviar un poco el tema.

—Tenido o no una experiencia previa, es la primera vez de todos en Green Lake… ¿no? —preguntó, las miradas pensativas de sus compañeros lo desconcertaron un poco, pero suspiró aliviado al recibir una respuesta afirmativa de parte de todos.

El ambiente regresó a su estado normal, y, al mismo tiempo, el tranquilizado escritor llamó la atención del ruso; reflejando su rostro en el pequeño espejo de afuera, movió sus labios, esperando que el mayor entendiera su casi inaudible palabra. Así lo hizo, el empresario captó perfectamente el "gracias" recitado en su boca, como respuesta, se limitó a guiñarle un ojo a través del cristal.

Después de aproximadamente cuatro horas de viaje, en las cuales, gracias a una estación de radio que Chris encontró, todos compartieron su particular gusto por canciones de los ochenta —cantándolas a todo pulmón—, llegaron finalmente a su destino: Green Lake.

El suizo aparcó la camioneta en el estacionamiento para que todos pudieran bajar sus pertenencias. Era viernes, gracias a que era el último día de la semana, no había demasiada gente en los alrededores, eso lo podían dejar para el fin de semana.

—Lindo —expresó el tailandés, mirando el paisaje que tenían enfrente.

Pese a no ser muy grade, los alrededores eran bastante agradables; el lago era el centro del lugar, el agua tenía un color azul claro que te hacía no querer apartar la vista de él, los débiles rayos del sol pegaban contra la superficie, dándole un aspecto brillante, como una hermosa pintura de acuarela. A un lado de la orilla, se hallaba un pequeño puente para poder apreciarlo mejor. Había una zona verde con locales para comer, y unos metros más lejos, canchas para jugar y una zona exclusiva si te gustaba el golf. El lugar donde tenían permitido trasnochar, estaba localizada justo detrás del lago, era un área que contaba con diversos árboles de diferentes tamaños, estando lo suficientemente despejado para mirar el cielo por la noche, contando con el espacio necesario para hacer una fogata y que todo saliera en orden.

—Bien —dijo Masumi—. ¿Qué hacemos primero?

No necesitaron una palabra más para salir corriendo como niños en un lugar nuevo para empezar a explorar.

Tras un par de minutos, descubrieron que tenían servicio para rentar un bote y cruzar el lago, en él podía ingresar dos personas, máximo tres, ya que se movía gracias a que contaban con un sistema de pedales donde los pasajeros eran los responsables de hacerlo avanzar. Tras darles su respectivo chaleco salvavidas, Masumi, Chris y Phichit subieron a uno, Viktor y Eros en otro.

—¿También es tu primera vez en un bote? —preguntó burlón el ruso, provocando que el escritor riera.

—En un bote de este tipo, sí —respondió.

—Oh, con que en otros botes si has estado, ¿barcos? —inquirió curioso, para el pelinegro ya era algo normal que el mayor preguntara más cosas.

—Te dije que me la pasaba viajando, dedúcelo tú mismo.

—Tramposo —dijo el ruso.

—No es cierto —contestó el otro, ambos detuvieron sus movimientos para que el bote avanzara, conectando brevemente sus miradas.

¿Alguna vez has sentido esa especie de trance donde todo lo demás parece desaparecer? Dónde solo estás tú y la persona que estás mirando, Viktor no sabía si era porque los ojos castaños del escritor le recordaban al otoño, Eros tampoco sabía si era porque los ojos azules del empresario le recordaban a un cielo despejado de invierno, pero estaban seguros que podían perderse con tranquilidad dentro de aquel paisaje, aquel extenso y bello paisaje.

—¡Avancen! —gritó alguien a su costado, haciéndolos salir de sus ensoñaciones al sentir agua fría en sus rostros.

El bote donde el resto de sus acompañantes estaba al lado del suyo, y los tres hombres les miraban de forma juguetona, probablemente, ideando un plan que involucraba molestar su quietud momentánea.

—¡Phichit! —exclamó el japonés, limpiando con la sudadera el agua que había caído sobre su cara.

—¿Qué? —le dijo, haciéndose el desentendido.

—¿Piensan quedarse ahí para siempre o avanzar? —dijo Chris, asomando la cabeza—. Porque si no se mueven… los haremos moverse.

El ruso posicionó sus pies sobre los pedales.

—¿Debería empezar a temer? —preguntó.

Un intercambio de miradas digno de una película del viejo oeste, sin embargo, los ojos del empresario no fueron lo suficientemente rápidos para captar el asecho repentino del otro bote.

—¡Vamos! —gritó el tailandés, acto seguido, el dúo observó cómo se acercaban peligrosamente a ellos para rozar la punta del bote. Una especie de "carritos chocones" sobre el agua…y con botes.

—¡Phichit! ¡Masumi!

—¡Chris!

—¡No los escuchamos! —respondió el grupo, siguiendo con su juego.

Rápidamente, las exclamaciones de regaño pasaron a ser risas, siguieron en su actividad entre choque y huida, terminando apenas unos minutos después, producto del llamado de atención proveniente del encargado de la renta de botes.

El resto del día pasearon entre los locales, jugaron un poco de golf y estuvieron aprovecharon cada cancha para practicar los diferentes deportes que podían. El ruso miraba con cierta fascinación como el escritor se desinhibía un poco más cada minuto, terminando por reír sonoramente a cada ocurrencia de sus amigos; le llenaba profundamente el ver que efectivamente, se estaba divirtiendo con cada actividad. Pronto, el sol se comenzaba a esconder y la gente comenzaba a irse —excepto ellos, por el permiso para quedarse—, antes de ser absorbidos por la oscuridad, debían preparar donde dormirían, tenían colchonetas y un par de casas de campañas, las cuales terminaron de instalar alrededor de las nueve de la noche. Aún les faltaba un poco antes de dormir, y también, Viktor esperaba cerrar con broche de oro este pequeño viaje.

Tras ponerse más cómodos, el grupo de hombres estaban sintiendo el calor de una fogata mientras exponían un par de bombones con chocolate al fuego.

—Fue un buen día, aunque muy corto —comentó Chris, mordiendo una de sus golosinas.

—Deberíamos repetir en un futuro —dijo Masumi.

—Apoyo eso —exclamó Phichit, alzando la mano.

—¿Qué hay de ti? —preguntó el ruso al escritor—. ¿Repetirías?

El pelinegro tragó el trozo de bombón que tenía en los labios para responder.

—Claro —contestó con una sonrisa, provocando que los irises ajenos brillaran.

—Entonces, cuando consiga tiempo libre, ¿me acompañarías a un par de lugares? —le dije, resbalando un poco del tronco donde estaba sentado para acercarse al aludido.

Eros le miró con diversión.

—Sí, Viktor. Cuando quieras —respondió.

—¡Perfecto! —exclamó con satisfacción, posando en su rostro aquella particular sonrisa en forma de corazón que hacía reír a su acompañante.

Dejaron que la noche fluyera entre anécdotas simples y divertidas, disminuyendo el contenido de las bolsas de golosinas, mirando como lentamente el fuego de extendía más cada minuto, en lugar de sentirse somnolientos, parecía que despertaban más al paso del tiempo, eso pasaba con todos menos con cierto pelinegro que traba de luchar contra sus ojos, enfocando su atención en las palabras dichas por los demás.

El joven escritor siguió con los ojos abiertos lo suficiente como para poder admirar el resplandor que emanaba la luna ante el cielo totalmente despejado del lago, sin embargo, hubo un punto de la velada donde sus parpados prácticamente se cerraban solos; apenado, se despidió silenciosamente de los más que despiertos hombres que seguían cocinando dulces al fuego. Se limitó a quitarse únicamente la sudadera para quedar en su playera blanca de manga corta, para cubrirse después con una frazada.

Al momento de conectar su cuerpo con la colchoneta, todo pensamiento dentro de su mente desapareció, cayó dormido al instante, siendo su sueño imperturbable a lo largo de varias horas, hasta que un tenue sonido proveniente del exterior le hizo abrir los ojos lentamente.

—¿Hmm? —murmuró, sus parpados se movieron lentamente para abrir sus ojos en sorpresa al escuchar el crujir de las ramas—. ¿H-Hola? —musitó en voz baja, sentándose sobre el plástico para mirar a su alrededor.

Los ojos castaños captaron una sombra a las afueras de su casa de campaña, tanteó con sus manos el suelo para dar con sus lentes y distinguir mejor, el ruido provocado por un par pies aplastando las hojas se iba haciendo más notorio, dando a entender que, lo que estuviera afuera, se estaba acercando a él.

El escritor tomó una linterna a su costado, preparándose para lanzarla en cuanto algo osara perturbar su tranquilidad, y entonces, la sombra de afuera se posicionó delante de la tela, no tardando en escucharse el sonido del cierre bajándose poco a poco, a punto de abrir completamente la especie de puerta de la casa de campaña, el pelinegro cerró los ojos.

—¿Eros?

—¡Ah! —gritó el menor, lanzando el diminuto artefacto luminoso delante de él, dando manotazos al aire.

—¡Ouch! ¡Espera, espera, soy yo! ¡Soy Viktor! —dijo el empresario, tomando las muñecas contrarias entre sus manos para detener sus movimientos. Eros abrió los ojos.

—¿Viktor?... ¡Viktor! ¡L-Lo siento! —dijo, alarmado de haberle lanzado algo segundos atrás.

—No te preocupes —rió—. Creo que debí llamarte desde afuera, pero, no pensé que estarías despierto.

—¿Estás bien? —preguntó, arrodillándose cerca de él, acercando la yema de sus dedos a la frente contraria, retirando un par de mechones plata de su rostro, revisando si el artefacto le había golpeado.

Viktor sintió la calidez de su tacto y sonrió.

—Estoy bien —respondió, conectando sus ojos azules con la mirada del escritor, el cual, fue consciente de lo que hacía y retiró lentamente sus manos del rostro ajeno con un tenue color rosa en sus mejillas.

—Me-Me alegro —pronunció, desviando un poco su mirada—. Pero... ¿qué haces despierto a esta hora? —preguntó.

En respuesta, el ruso salló de la casa de campaña para levantarse, una vez de pie, miró al escritor con una radiante sonrisa.

—Quería mostrarte algo, ¿me acompañas? —pidió, tendiéndole la mano derecha.

El pelinegro, aún desorientado por su repentina aparición, apretaba los dedos de sus manos meditando la respuesta, no sabía exactamente qué hora era, aún no era apreciable la luz del sol. Pero... ya estaba ahí, estaba despierto, ¿qué más daba?

Sacudió su cabeza para despejar las dudas que pudieran llegarle, observando el paradero de sus anteojos en el proceso, las tomó para colocarlos sobre el puente de su nariz y mirar con claridad a Viktor; el escritor acercó su mano a la que el ruso le había tendido, haciendo chocar ambas palmas.

—Vamos.