Disclaimer:Bakuten Shoot Beybladeno me propiedad deTakao Aoki.
Su mirada era como un cazador admirando los insectos que coleccionaba. La presa se acercaría, estaba seguro, a su destino letal. Ambos rusos lo miraron en busca de una respuesta: ¿Qué debía hacer? Era la primera vez que le preguntaban si deseaba hacerlo y sí, era la primera vez que genuinamente lo quería. Aún así, permitirse tomar algo por su voluntad, no estaba seguro de que funcionara. Asintió con la cabeza y se acercó al sofá de piel donde le miraban los otros dos, más por presión que por anhelo. Mientras Kai se desataba la corbata, su dueño arrojaba su propia camisa al piso. ¿Debía seguirlos? ¿En dónde se hallaban las lascivas manos que quemaban su piel en un solo tacto o la ropa desgarrada que desnudaba el asco por su existir? El rugir del deseo ajeno aún no ensordecía sus sentidos. Ya era una costumbre para él abusar de analgésicos y vasodilatadores, esto era distinto, se sentía diferente y no tenía la menor idea de que paso debía dar.
Su temblorosa mano repasó los botones de su propia ropa pero no alcanzó a desabrochar alguno: él ya estaba ahí. El hombre que alguna vez amó se paró junto a su delgado cuerpo y le sostuvo con gentileza por las muñecas para que se detuviera. Habría preferido las violentas acciones con las que estaba familiarizado, pues sabría ignorarles y seguir el turbio camino que había recorrido hasta ahora. En cambio recibió el lacerante beso que durante años añoró. Ardía, su sangre quemaba su cuerpo. Quería abrir su piel, derramarla, que Hiwatari no se enterara de que era una simple presa del delirio y que las flores en su interior lo asfixiaban, que ya no podía respirar más. Sus ojos, húmedos, se ocultaron al abrazar a Kai por el cuello. La conmoción se derramó en una lágrima que recorrió sus prominentes mejillas de grana y eso no pasó desapercibido para los otros.
Vistiendo sólo el pantalón de su traje, Bryan se acercó por detrás y, sin tratar de destruir tan afable beso, ayudó a que el chino se despojara de sus prendas con mayor facilidad. La seda resbaló con gentileza por sus brazos cuando ya no hubo botones que le sostuvieran. No sé preocupó por la camisa negra de diseñador que él mismo le había obsequiado a Rei, ya habría oportunidad de que cayera por completo, anunciando que era el momento propicio. Dejó que su labios recorrieran la suave piel de sus hombros, apacibles montes, que siempre disfrutaba mordisquear.
La tintineante desesperación envolvía el cuerpo del más joven y dejaba que su lengua lo gritara en la boca de su gran amor. Su cuerpo se contrajo en dolorosas oleadas de confusión. ¿Lo disfrutaba? ¿Lo deseaba? El hilillo de saliva era ahora la única unión entre los labios de ambos. Respiró agitado mientras soltaba por completo a ambos y abría paso para que la prenda oscura descendiera hasta la alfombra. Y así, en movimientos rígidos cual muñeca, giró su rostro hasta encontrarse con el festín que Kuznetsov se daba con su piel: bocados empapados en deseo, mordiscos que esparcían la culpa que se gestaban en el cuerpo del que ahora era su dueño por haber abandonado a su gran amor. Como una acuarela, una sonrisa suave comenzó a diluirse en su rostro y fue el momento que aprovechó Kai para arrebatar de su inhumano cuerpo la ropa restante. De alguna manera, ahora tenía al japonés acechador, desnudo, listo para degustar el banquete que le habían ofrecido la tarde en la que Rei había sido vendido. Y todo habría sido justo como su vida en el Edén, excepto porque, sin saber cómo, su patética existencia realmente deseaba que lo tomaran ahí, que las marcas inundarán su piel y despedazaran el anhelo de salir de esa mansión, tétrica jaula, que lo mantenía atado a su pasado.
Ambos atacantes le desnudaron por completo liberando su vulnerabilidad. Bajó la mirada, cubriendo su pecho mientras los otros se acercaban a él: entendía lo que querían, había vivido un largo tiempo de ese oficio. Arrodilló su cuerpo y tomó con las manos los palpitantes miembros frente a su rostro y, en un movimiento certero, comenzó a masturbarles, engulléndoles de forma alternativa. Ambos miraron al joven chino con una sonrisa. Evocaba emociones distintas para cada uno, maravillosas, en todo caso. Kai, por su parte, se sabía triunfante, pues había recuperado aquello que tanto echó de menos por cuatro años; Bryan, añoraba a su podrido ángel al sentir las tersas manos y la corrompida boca devorarlo. Los dos compartían el mismo sentimiento al final: aquel devastado ente que se postraba a sus pies y les complacía era su única razón para permanecer en ese mundo.
Kuznetsov no lo soportó, era víctima del erótico egoísmo que le incitaba a preocuparse únicamente por su placer. Se sentó con las piernas abiertas y tiró de la mano libre de Rei para atraerlo a su regazo y el más joven obedeció colocándose en cuclillas a éste, dándole por completo la espalda, pues no era a quien le interesaba ver. Un movimiento rápido: ya se encontraba dentro de Kon. La experiencia lo había hecho con elasticidad y pudo prescindir de algún lubricante, un sobrio quejido abandonó su cuerpo y se reprodujo conforme el mayor se movía en su interior. Kai admiró la escena; no quería que fuera su amigo de la infancia quién le produjera regocijo, necesitaba detenerlo. Inclinó su cuerpo, cual depredador acecha, y lamió un par de veces la erección que su pequeño apenas lograba sostener. Era claro que Bryan Kusnetzov no representaba una amenaza, pues a pesar de jamás haber hecho eso antes, sabía lo que le gustaba. Alzó la vista y su pecho se contrajo al sentirse iluminado por los brillantes soles que lo admiraban moverse en su entrepierna. Sonrió complacido y aceleró los movimientos de su cabeza y de su mano. Cada vez se endurecía más y eso era lo que de verdad necesitaba. Detuvo toda acción y se acercó, con el mismo felino desplazamiento, hasta los enrojecidos labios de su joven amante. Un suave contacto envolvió a ambos amantes en cuestionamientos: ¿Cuántos otros habían probado las mieles que el chino podía ofrecer? ¿A quién había llevado a cada paso entre las piernas? Frunció el entrecejo furioso por no saber la respuesta y aún más por poder imaginarlo.
Sórdidos inmundos que se habían atrevido a manchar la piel del chino con su aroma, ¿habían sido muchos? El borraría sus manos hasta que Rei supiera que sólo era suyo, hasta que lo llevara impregnado y todos y cada uno de los repugnantes futuros del moreno pudieran saborear el nombre de Kai Hiwatari en los besos que le ofrecían. Tampoco perdonaría al otro ruso, que un sonido hueco generaba al chocar de sus caderas. Tironeó gentilmente de los mechones negros y agrandó el beso, colándose por entre sus labios y acabando el último aliento que le restaba al más pequeño. Sin aviso a los otros dos, la excitada erección del japonés entró con fuerza y los llenó de sorpresa. Ninguno de los tres había experimentado una doble penetración; a ninguno le pareció mal. Aunque al inicio su cuerpo parecía quemar de la parte ultrajada, pronto se dio cuenta de que eso era lo que deseaba, que no habría cúspide alguna sin la manera en la que Kai se imponía sobre él para que nadie más le mirara. Bryan sintió una sería confusión cuando el vaivén del otro comenzó y su pene rozó con el de su socio, ni siquiera logró soportarlo y estalló dentro del chino.
Ésa había sido una fuerte humillación para su hombría, pero no más grande que el hecho de que Rei se colocó sobre el dueño de la mansión y, entre furibundo besos, nadie notó su bochornoso incidente. Claro, estaba marcado en su destino el patético ser que sería. Los admiró por un segundo y salió de la habitación sin siquiera tomar su ropa. Y era verdad: en el mundo del moreno sólo existía Kai, como siempre lo había hecho, y añoraba derramar los tórridos besos por su cuerpo, el abismo del querer que, hambriento, devoraba el sol en su mirar. Gentiles ríos brotaban de sus ojos al sentir la depravación de las manos asoladoras que tanto amaba, porque sí, le amaba, siempre lo había hecho y eso era lo que convertía la distancia en tan irascible arder.
¿Y si abandonaba aquellas turbias esperanzas de cristal y aceptaba que, ahí, en el regazo de su gran amor, era donde pertenecía? Diáfana mirada de oro que no podía ocultarle al ruso-japonés lo que su pecho albergaba. Hiwatari lo miró complacido tras morder con gentileza su cuello. Gentileza: ése no era un adjetivo con el que lo calificarán a menudo. Quizás, de alguna manera, era el chino el que devoraba toda fortaleza de él y lo convertía en el muerto fruto del amor. Una sonrisa anunció el aumento de velocidad en sus caderas y sin saber cómo, su abdomen estaba envuelto en la calidad espuma del pequeño que sostenía.
—Lo lamento —se disculpó tras algunos espasmos que arrojaban dulces gemiditos desde su pecho —. No quise hacerlo, pero no pude…
—Está bien —susurró el ruso mientras besaba su frente sudorosa —. Tú lo sentiste y está bien.
¿Qué clase de demonio comprensivo era aquél? Entreabrió sus mordisqueados labios ante la sorpresa, sólo para encontrarse con el suave ósculo que tanto había añorado. Cerró por completo los vidriosos ojos, nadie debía entender sus emociones, incluso si, sin necesidad de verlo, sabía el otro lo que sentía porque lo conocía como a la palma de su mano.
El olor de la carne sanguinolenta entraba por las fosas nasales del pequeño rubio. ¡Cuánta agonía! Se cuestionaba al borde de la locura sin poder derramar una lágrima siquiera, ya no había más en su cuerpo. No sabía cuánto tiempo había pasado ahí, era la oscuridad perpetua, sólo acompañado por aquel demonio de mirada perdida que lo visitaba todas las noches. ¿Habría de esperar demasiado para morir? ¿Por qué no lo habían asesinado los otros dos mientras dormía? Una almohada habría acabado con el sufrimiento de todos.
—Me atraparon cuando recibí mi especialidad, porque robaba los contenedores con corazones para transplantes —su voz era acaramelada a pesar de escupir tal veneno —, así que tuve que esperar un tiempo antes de poder fingir mi recuperación.
El rubio frunció el ceño y Yura supo interpretarlo. Estaba harto, lo sabía, podía verlo en aquella rota mirada celeste. Estaba amordazado para que no tratara de morderse la lengua, no quería perderlo, era su mejor amigo, un confidente que no se iría, que no lo traicionaría, no llo obligaría a hacer cosas que se negaba a hacer.
—Sé que no te gusta que te hable de esas cosas mientras me como tu pierna —cortó un pedazo del muslo, menos fibroso que el resto —como no te puedo desatar, no puedo dejar que te pruebes y entiendas lo especial que eres —se metió el bocado a la boca y habló aún con la carne en el interior —. No entiendo porque Kai se deshizo de ti.
Los ojos azules se abrieron de golpe y su pecho comenzó a contraerse. ¿Qué había dicho? Había sido su gran amor quién lo había vendido a un loco para que lo dejara asi, como un costal de carne incapacitado, sin brazos, sin piernas, sin pene, amordazado y a la disposición del otro. Era alimentado cuando el joven de cabellos grana lo deseaba, cuando esa sádica muñeca de porcelana con el interior podrido lo quería. Un grito ahogado se atascó en la mordedera que mantenía atascada su mandíbula. Rogaba, a todos los dioses, a la vida, que todo se acabara pronto y que su cuerpo no viera nunca más otro despertar.
Igual que la luna, todos tienen una cara oculta.
