Un dios entre los hombres
10º capitulo:
El mosaico de la piscina, que representaba un delfín, se desdibujó en el agua cuando Megara se humedeció la mano.
—Envidio a esos dos peludos gatos, porque pueden dormir cada noche en tu habitación.
Hércules hablaba en susurros para que Adriana, que a cada momento arrugaba más el entrecejo y acercaba más la oreja, no lo escuchara.
—Ya habrá tiempo para eso. El resto de nuestras noches, espero.
Hércules sintió una punzada de desazón y apartó la mirada de ella para detenerla en sus propias manos. Se miró las palmas a la vez que intentaba averiguar de qué forma podría hacer realidad ese deseo. Un lento suspiro escapó de sus labios.
Megara se percató de su cambio de humor. Su mirada se había tornado dubitativa y arrugó el entrecejo. A veces no comprendía su forma de actuar. Durante la cena lo había visto relajado, incluso feliz, y no había dejado de mirarla con los ojos del deseo. Pero ahora… Parecía preocupado, inseguro.
—Meg… —la tomó de la mano, interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Estás segura de lo que dices?
La joven, parpadeó, confundida.
—Claro que estoy segura, Aurelio. Ahora que te conozco deseo acompañarte hasta Hispania cuando antes me parecía una locura. Y espero ser feliz a tu lado, aunque para ello tenga que alejarme de lo que más quiero, que es mi familia. ¿Acaso tú no estás de acuerdo?
Hércules a punto estuvo de dejar escapar las lágrimas. ¡Por los dioses, ojalá pudiera hacer cumplir ese deseo! Lo que había empezado por pura curiosidad, ahora se había convertido en una anhelante necesidad que apenas lo dejaba respirar.
Pero no pudo responder. Ni pudo dejar de mirarla con la expresión de un condenado caminando hacia el patíbulo.
Megara, absolutamente confundida por su actitud, decidió ser pragmática y cambió de tema.
—Háblame de Hispania. ¿Es bonita?
Ahora su mirada se tornó sorprendida. Pero sonrió y le apretó la mano con cariño.
—Donde vivo es un lugar cálido, con fantásticas montañas y prados. Pero es agradable compartir esos momentos cuando llega el invierno junto al fuego del hogar mientras fuera el viento aúlla sobre las vastas llanuras de pasto perenne, donde pacen las reses lanudas… y pronto, un día regresa la primavera y con ella los cardos de flores violetas cubriendo los valles y las colinas con un manto parecido al de una diosa virgen…—iba a decir que allí vivía su familia en Grecia, pero se detuvo para rectificar, y la pequeña sonrisa que había empezado a dibujarse en sus labios se esfumó—, donde los romanos jamás han puesto el pie, se alzan majestuosas las montañas, que parecen querer besar el cielo para después reflejarse vanidosas en los lagos.
Su mirada, impregnada de ternura, se posó sobre los ojos de Megara.
Hércules acarició su rostro con las yemas de los dedos. Delicadamente, deteniéndose en su barbilla. Nunca había sentido tanto miedo como en esos instantes. Porque nunca antes había decidido que su destino estaba junto a ella.
Meg era la dueña de su alma. Y él quería pertenecer la suya también. Y así sería. Ya hallaría la forma.
—Ayer, cuando te vi en el agua, con tu blanca y húmeda piel brillando a la luz de la luna, pensé que eras la misma diosa Afrodita.
Megara le brillaban los ojos ahora como dos estrellas, y su cuerpo lucía tenso como el de un depredador. Sin embargo, no sintió miedo alguno, sino deseo. Y entreabrió los labios, ansiosa y dispuesta a recibir...
Un beso que Adriana interrumpió.
— A ver ¡basta ya! ¡Basta ya! Cortar el royo chicos.
Los dos se quedaron estupefactos.
—Tranquilízate —protestó Hércules.
— Ya estás en mi lista chico, así que no lo empeores. Y en cuánto a ti, querida a la cama pero ¡YA!
—Pero…— protesto Meg
—¡He dicho que a la cama!
Hércules se levantó del banco e instó a Megara a hacer lo mismo.
—Perdoname, Meg, será mejor que me vaya—dijo, haciendo caso omiso del puchero de su amada—. Es hora de descansar —esta vez se dirigió a la liberta, que ya se encontraba a menos de dos pasos de distancia, y solicitó—: Pero me gustaría que al menos permitiera a la dama acompañarme hasta la puerta de salida.
Adriana, poniendo los brazos en jarra, refunfuñó. —A solas —se apresuró a apuntar, serio.
Entonces la liberta maldijo y nombró a todos los infelices del inframundo. Pero ante la mirada de súplica de Megara, cedió.
—Está bien —dijo, acercándose a Hércules con gesto muy severo y apuntándolo con el dedo—, pero no olvides tus sandalias.
Una vez estuvieron a solas en el vestíbulo, el gladiador que se hacía pasar por centurión acarició el dulce rostro de Meg.
—Deseo que me acompañes, Meg. Deseo compartir contigo el fuego de mi hogar durante las frías noches de invierno, y hacerte el amor junto a él mientras escuchamos las gotas de lluvia caer sobre el tejado. Quiero hacerte mi mujer y demostrarte que puedo ser el mejor de los esposos. Porque eres como el agua de mis lagos, la reina de mis sueños.
Y mientras posaba sus labios sobre los de ella, y le entregaba su corazón en un beso, pensó que aunque no tenía derecho a mancillar esas aguas, confiaba en que estas serían capaces de limpiar su alma.
Cuando sus labios se separaron, Meg sonrió emocionada. No tenía palabras para responder a semejante declaración y solo pudo acariciar su mentón con la punta de la nariz.
Pero a él le bastó ese dulce gesto para reafirmar su decisión y, contento por haber encontrado su camino, sonrió hasta que le dolieron las mejillas.
—Te espero mañana junto al Panteón —acarició sus suaves pómulos con los pulgares—. Deseo hacer un juramento ante todos los dioses.
La muchacha respondió con un hilo de voz, emocionada.
—Allí estaré.
Cuando la risueña cara de Megara desapareció tras la puerta, Hércules se quedó mirando fijamente la gruesa madera durante unos instantes. Esa era la realidad. Lo que hasta el momento había entre él y Meg era un fuerte obstáculo, poderoso e infranqueable.
Haría falta mucho más que una mentira para derrumbarlo. Pero estaba dispuesto, firmemente dispuesto a derribarlo, aunque para ello tuviera que morir en el intento.
No tenía ánimos para regresar al ludus y necesitaba recabar información que le permitiera pensar con claridad y planear bien cómo debía actuar para poder cumplir su sueño, esquivando los incómodos carruajes se dirigió rápidamente hasta el barrio donde se encontraba el lupanar de Ceri.
Sin prestar la menor atención a las mujeres y sus sugerentes reclamos, entró y atravesó el pasillo. Tampoco se detuvo a admirar las pinturas eróticas expuestas sobre los dinteles de las puertas que daban a las habitaciones, desde las que se escuchaban jadeos de clientes y prostitutas.
A paso ligero, se dirigió al fondo de la planta baja, donde se hallaba la taberna.
Se sentó en una mesa oscura y alejada y esperó que una de las chicas le sirviera algo de beber mientras hacía caso omiso a la bacanal que se cocía a su alrededor.
Saboreó la cerveza. Se le antojó vulgar en comparación con el vino dulce que había tomado hacía un rato en casa de Creonte, pero no había acudido a ese lugar para disfrutar de la bebida, sino para hablar con Ceri, que tardó muy poco en acercarse tras advertir su presencia.
—Mis ojos son dichosos, querido. Te veo radiante —dijo, mientras se sentaba junto a él y le dedicaba una cariñosa sonrisa.
Hércules respondió de igual forma. Se podría decir que Ceri era lo más parecido a una amiga que había conocido.
—Más afortunado es mi paladar, te lo aseguro.
La meretriz arqueó una ceja y sonrió de medio lado.
—La cortesía siempre te obligó a mentir con descaro, aunque eso jamás te restó encanto querido, al contrario —la mujer dio un sorbo a la bebida que había traído consigo y continuó—: Bien sabes que puedes escoger a cualquiera de mis chicas, aunque hoy estoy de buen humor y me gustaría ser la afortunada.
Hércules soltó una carcajada.
—Me halagas, pero he venido por otra cuestión.
La mujer no sintió desilusión, al contrario, lo miró con cariño, pues también había utilizado el recurso de la cortesía. Conocía a Hércules desde que era un adolescente y por él solo sentía la ternura de una hermana mayor.
—Qué lástima —esbozó un fingido puchero—, otro día pues. Pero al menos acepta la bebida. Invita la casa.
—No deberías malcriarme tanto, Ceri.
La mujer expuso unos dientes blancos y perfectamente alineados.
—Bien, querido, ¿cuál es el asunto que te ocupa?
Hércules se tomó su tiempo. Le dio un buen trago a su cerveza, y tras colocar la jarra sobre la mesa.
—Creonte y sus negocios.
La expresión de Ceri cambió de forma instantánea.
—Pronunciar esa palabra es peligroso para mi negocio —lo reprendió en voz baja.
—Disculpas, Ceri.
Cuando la mujer volvió a parecer relajada, lo instó a continuar con un gesto.
—No te quiero comprometer, solo necesito que me digas todo cuanto sepas acerca de su familia.
Ceri, prudente, miró a su alrededor y, tras comprobar que nadie les estaba escuchando, se acercó más al Hércules y le habló entre susurros.
—Bien. Se dice que hace negocios con los Cristianos. Cuentan que esta gente se reúnen al abrigo de la noche en lugares ocultos, donde sacrifican a un niño, degollándolo para empapar su sangre en el pan, del que comen un pedazo cada uno en una especie de comunión que…
Hércules arqueó una sola ceja, escéptico. No imaginaba a Creonte, ni Eurídice, y mucho menos a Megara participaran en esos actos, sus creencias eran otras…
—Bueno —rectificó la meretriz al reconocer que podría haber exagerado—, tal vez solo sean leyendas urbanas, pero lo que sí es cierto es que jamás se arrodillan ante la estatua del divino emperador.
Vaya, tampoco él gustaba de arrodillarse ante la imagen de ningún romano divinizado. Pero necesitaba saber cosas más concretas y no simples supercherías, por lo que empezó a hacer preguntas a diestro y siniestro.
—¿Dónde se reúnen? ¿Qué los diferencia del resto? ¿Cómo sé que…?
Ceri lo reprendió con la mirada, y Hércules la dejó hablar.
— Sus reuniones secretas se llevan a cabo en las catacumbas, al abrigo de los muertos. Aunque, por su propia seguridad, se esconden en las mismas casas de los fieles. Y si quieres reconocerlos, busca el símbolo de un pez acompañado de esta palabra.
—¿Y qué días suelen reunirse? —preguntó.
Ceri aseveró el gesto.
—Me preocupa que te mezcles con esa gente, querido. El emperador tiene pensado condenar al fuego a un grupo de ellos durante los juegos.
Hércules sintió una fuerte presión en el pecho. Ver a Meg atada a una pira, por ayudar a esa gente … Por los dioses, prefirió ni tan siquiera pensarlo. —Descuida —aseguró—, solo estoy investigando para Burbo.
Ceri pareció tranquilizarse.
—Pues no tengo ni idea de qué días se reúnen. Pero hazme caso, si quieres seguir con vida aléjate de ellos, ¿me has entendido? —al ver que Hércules tenía la vista perdida y parecía no prestarle atención, volvió a insistir—: ¡Hérc!, ¿me has entendido?
El gladiador la miró y asintió.
—No te preocupes. Iré con cuidado.
La mujer sonrió.
—Bien, ¿eso es todo? Porque tengo que ver cómo están mis chicas, no vaya ser que algún soldado ebrio se sobrepase y tenga que hacerte pagar esa cerveza con tus servicios de esbirro.
—Sí, es todo. Gracias, Ceri.
La meretriz ya se había levantado para irse, cuando de pronto pareció recordar algo y se dio la vuelta.
—Me olvidaba. Neibet, la esclava personal de Velatra, ha venido esta mañana preguntando por ti. Si quieres que te dé un consejo, cuídate de esa arpía. No es trigo limpio.
Hércules tomó otro trago y asintió con la cabeza. Sin embargo, le restó importancia a la advertencia. Esa zorra era el menor de sus problemas y, desde luego, la última de sus preocupaciones.
Bien, tenía lo que había venido a buscar, así que ya era hora de marcharse, pero se quedó unos instantes para terminarse la cerveza.
Mientras tanto, su mente comenzó cavilar.
A cada momento veía más claro que su única salida era luchar en la arena, obtener la rudis, y después raptar a Meg para llevársela a Grecia. Aunque, con la debida diligencia, podría hacer lo mismo evitando la arena del coliseo.
En cualquier caso, el primer paso era hacerle otra visita al verdadero Aurelio Decimus y después ya vería cómo se las ingeniaría. Dio un último sorbo a su cerveza y se levantó.
Cada cosa a su tiempo, pensó para sí mientras se despedía de Ceri con un gesto. Pero cuando estaba a punto de salir de la cantina se cruzó con Fornelius, que estaba acompañado por una encapuchada.
—¡Aurelio! —exclamó tras darle una palmada en el hombro.
Hércules parpadeó hasta reconocerlo. Después emitió una mueca que pretendió parecer una sonrisa.
—Fornelius, cuánto tiempo… —bromeó.
El organizador de los juegos respondió con una sonora carcajada.
—Las veladas de Creonte suelen ser cortas, así que he venido a consumir el resto de la noche —su mirada se tornó pícara—. Muchacho, no oso decirte lo que debes hacer, pero con la mujer que estás a punto de desposar me parece un delito que vengas a saciar tus deseos por aquí. Por supuesto, no pretendo desmerecer a las damas de Ceri, pero Megara es exquisita.
Hércules, sorprendido por enrojecerse, de inmediato alegó:
—Oh, no. No me malinterpretes —su rostro se tornó serio, sin dar opción a la duda—. He venido por la cerveza.
Fornelius sonrió sinceramente.
Ya en el interior de una de las habitaciones, y tras una placentera velada, Deyanira masajeaba la espalda del complacido Fornelius sin poder creer lo que horas antes había escuchado.
—Querido —indagó mientras acariciaba los tensos hombros del romano—. ¿Quién es ese tal Aurelio a quien has saludado en la taberna?
—¿Ese joven alto y pelirojo que se parece un Dios. Su nombre es Aurelio Deciums, príncipe de Hispania. Pero no te hagas ilusiones, el muchacho parece estar enamorado hasta las trancas.
Deyanira sintió en el corazón la punzada de los celos, sin embargo halló fuerzas suficientes para formular la siguiente pregunta:
—¿De quién, si puede saberse?
—De Megara, la hija de Creonte, es griego pero tiene un gran negocio aquí en Roma.
Mientras ataba cabos, la sangre de sus venas acogió el agrio veneno de la inquina.
La luz roja del atardecer se reflejaba en cada una de las letras de bronce que presidían el friso del pórtico. Para Megara, el Panteón de Agripa era el templo más hermoso de toda Roma.
Tras una repentina ráfaga de aire, se colocó la modesta capucha que se había puesto para asegurarse de no ser reconocida, y se adentró dentro del templo. Alzó la vista y sonrió. Las ocho columnas de mármol que se alzaban lograban engañar la perspectiva del ojo humano.
Al cruzar el umbral y redescubrir la perfecta cúpula semiesférica, formada en el interior por cinco filas de casetones que decrecían en tamaño hacia el centro, donde era perforada por un impresionante óculo que dejaba pasar la luz del sol, que en aquel momento casi besaba el suelo.
—Es perfecto, ¿verdad?
La voz de Aurelio, aunque suave, se escuchó amplificada por la acústica de la que gozaba el templo. Volteó la vista hacia él, y corroboró que ese hombre podría haber servido perfectamente de modelo para recrear la imagen de un Dios.
—No solo es perfecto, sino que es exacto, como un reloj o un calendario —apuntó la joven—. Fíjate en la base de la cúpula: se divide en seis partes, en conexión con las seis divisiones del cielo, y la luz que entra por el orificio central se va proyectando a lo largo del día sobre diferentes lugares. En invierno, a causa de la posición del sol, luce más alta, pero en verano llega a besar el suelo.
Hércules quedó impresionado.
—¿Dónde has aprendido todo eso?
Megara sonrió.
—Soy hija única y, tal vez por eso, mi padre se empeñó en darme la educación del varón que habría deseado. Matemáticas, astrología… Incluso oratoria —soltó una carcajada—. Una completa pérdida de tiempo, ya que al fin y al cabo solo soy una mujer, según algunos...
Hércules se indignó.
—Una mujer preciosa, inteligente y culta —apuntó—. Y ningún hombre podría ser más afortunado que yo.
La muchacha sonrió sinceramente.
—Lo mismo pienso yo, Aurelio. Soy muy, muy afortunada.
Aunque no estaba en absoluto de acuerdo, a Hércules lo conmovió la fresca inocencia de su amada. Y bromeó.
—¿No has pensado que tal vez estés equivocada?
Megara arqueó una sola ceja y lo miró divertida.
—Ciertamente no.
Al ver su alarde de suficiencia Hércules se puso fanfarrón.
—Te veo demasiado segura de ti misma, cariño.
—Porque es cierto, fortachón. Acéptalo.
—¿Y por qué motivo, si puede saberse?
Hércules, muy pegado a ella la miró con ternura, junto con una sonrisa de medio lado que habría fundido a cualquier otra mujer. Pero no a Megara, que ya estaba bien entrenada y rio relajada.
—Gladiador arrogante y presuntuoso… No pienses ni por un instante que voy a regalarte los oídos.
En un principio, Hércules quedó desconcertado, pero reaccionó de inmediato y tras comprobar que se hallaban solos, la tomó de la cintura, acercándola a su cuerpo y la besó a modo de venganza.
La joven se amoldó a su abrazo y correspondió con deseo. Después, al sentir como él apartaba los labios de ella para mirarla a los ojos, emitió un gemido de protesta.
—No soy ni arrogante ni presuntuoso, Meg. Tan solo soy un hombre que te desea sobre todas las cosas.
Megara sonrió.
—¿Lo ves? Te dije que yo nunca me equivoco.
Hércules dejó escapar una carcajada que resonó gracias a la maravillosa acústica del lugar.
—¿Por qué no te habrán consultado los filósofos? Se habrían ahorrado tiempo y dolores de cabeza.
De pronto, se escucharon unas voces en el exterior, y Megara, juguetona, tras arrugar la nariz de forma graciosa, lo tomó de la mano instándolo a esconderse tras el enorme pedestal de mármol, donde se apoyaban las estatuas de las divinidades.
Hecho que Hércules agradeció, porque pudo besarla de nuevo.
Y esta vez no fue para acallarla. Deslizó su lengua hasta el interior de su boca, acariciando primero sus labios y después, jugando con la suya.
Megara respondió con similar entusiasmo. Le encantaba el olor a especias que desprendía Aurelio, y el sabor de su boca, a menta fresca. La suavidad de sus labios, y las expertas caricias de su lengua, tibia y suave.
—Aurelio… —logró decir durante los breves instantes en que sus labios se separaron, cuando él pretendía desabrocharle el manto.
Pero Hércules volvió a sellar sus labios con otro beso. Le resultaba duro escuchar ese nombre en voz de Meg. Deseaba ser sincero con ella, y aunque de momento eso no era posible, no quería que su mentira enturbiara la dulzura del momento.
De pronto, se escuchó un ruido. Sorprendidos, se escondieron más todavía tras el pedestal de las estatuas, y cuando comprendieron que alguien había cerrado las puertas de bronce ya fue demasiado tarde para hacerse ver. Habían quedado encerrados en el interior del templo.
