Superando Obstáculos
-UA-Lemon- Kagome se ha enamorado de un hombre comprometido: Inuyasha Taisho; testarudo, orgulloso, desagradable, caprichoso. ¿Qué es lo siente él por ella?. Un accidente cambiara sus vidas y ellos tendrán que aprender a superarlo…juntos.
––––––
Capítulo X: La búsqueda
Inuyasha había llegado a trabajar tarde esa mañana, algo no demasiado común en él, a decir verdad. Había pasado una noche agradable al lado de Kagome, sólo haciendo del lado el hecho de que ella no hubiese querido decirle lo que le había pasado, habían hecho el amor más de dos veces, y había dormido como un bebe, cosa no hacía hace mucho, desde que no estaba con ella, de hecho. Había amanecido con Kagome abrazada a él y la sensación era tan abrumadoramente extasiante, que no había podido quitar esa sonrisa bobalicona que aún conservaba en ese momento.
—¿Una noche agradable con Kagome? —La voz conocida de su socio, lo sacó del aletargado encanto en el que estaba sumergido.
—Miroku —masculló entre dientes, no muy contento de que su amigo leyera en sus expresiones lo que le sucedía.
—Vamos, no tienes que torcerme el gesto —se quejó con un fingido dramatismo—. Lo de Kagome y tú no es nada nuevo. Me sorprende que aún no la hayas convencido de que se case contigo.
—No se lo he vuelto a sugerir —explicó simplemente. Y si la intención de Miroku era conseguir que sus ánimos se volvieran sombríos, pues bien, lo había conseguido.
—Debes estar bromeando.
Inuyasha le disparó una mirada fría desprovista de emoción.
—Oh… no bromeas… pero, ¿porqué?, ¿porqué no lo has vuelto a hacer?, pensé que las cosas iban mejor entre ustedes.
—A decir verdad, no lo sé. Nunca sé realmente lo que Kagome piensa exactamente y por eso al final ella siempre termina diciéndomelo y no es sino hasta entonces que comprendo las cosas. Ella me rechazó una vez… probablemente no quiera casarse, y aunque yo lo quería, ahora no estoy seguro.
Miroku lo observó atentamente esculcando en busca de la verdad. Para Inuyasha era bastante difícil descifrar sus propios sentimientos, y cuando los descubría le era difícil exteriorizarlos por su cuenta. Por suerte, tenía amigos que se encargaban del trabajo sucio por él. Miroku y Sango siempre se encargaban de restregarle en la cara lo que él mismo no había podido deducir, aunque siempre era lo suficientemente orgulloso como para no admitirlo. Reconocer que estaba enamorado de Kagome no había sido fácil, para él, ella era su amiga, después, quizás su amante o alguien a quien le guardaba cariño. Al principio no podía entender que le atraía de ella cuando tenía a Kikyou como prometida. Kikyou era más sofisticada y elegante, además de ser rica, con estudios y un interesante desempeño en el mundo de los negocios. Kagome era una chica sencilla, bastante común, a veces histérica y con la tendencia de meter sus narices en todo donde no se la llamaba. Y aún así se había metido en sus pensamientos de forma tal que no podía concentrarse con facilidad en las demás cosas sin que recordara su perfume, sus sonrisas, su cabello, su piel… o cualquier momento con ella. Su perfecto y organizado mundo en los negocios se había distorsionado para girar en torno a esa mujercita exasperante.
Miroku notó como su amigo se había ido ya a un lugar muy lejano lejos de esa oficina donde ambos estaban. Miraba concentrado algún punto interesante en su escritorio, pero sabía perfectamente que estaba divagando en su mente sobre algún asunto, y él sabía exactamente qué. Tenía que hablar con Sango, para que a su vez ella hablara con Kagome. Si no les daban un par de empujones a aquellos testarudos jamás llegarían a ningún lado, meditó el ojiazul saliendo de la oficina.
En tanto, Inuyasha seguía en sus cavilaciones.
Sango entró algunas horas después con una pila de papeles en mano. Tal como le había explicado Miroku, Inuyasha seguía observando el mismo punto interesante en su escritorio. Probablemente alguna mancha que le recordaba a Kagome o algo como eso.
—Hola Kagome.
Inuyasha levantó enseguida la mirada esperando encontrar a la susodicha allí, enfrente suyo, sin embargo sólo era Sango con una molesta pila de papeles que seguro tenía que firmar.
—Sabía que reaccionarías así —apuntó su secretaria acercándose a él y depositando los papeles en el escritorio—. Estos son los contratos que tienes que aprobar para aquella nueva distribuidora que te pide crédito, prometiendo unos buenos intereses a cambio.
Inuyasha la miró a ella y a los papeles alternativamente.
—¿No puede hacerlo Miroku? —preguntó, como un niño cuando quiere eludir su responsabilidad.
—No, él se ha encargado de todo ultimadamente mientras tú suspiras idiotamente todo el tiempo por tus problemas de pareja con Kagome. Y no es como si no me importara, pero ya que ni siquiera haces algo por resolverlos y sólo divagas inútilmente, pienso que será mejor que ocupes todo ese tiempo en algo útil—le recriminó—. Ahora mismo, Miroku está intentando lidiar con un hombre que debe bastante dinero desde hace algunos años. Sería más fácil si tú estuvieras allí para negociarlo, pero tu presencia últimamente ha sido en vano.
Sango se dio media vuelta con una sonrisa divertida al observar el rostro anonadado de Inuyasha. Quizás no todo lo que había dicho era tan cierto, Miroku tampoco tenía mucho que hacer en realidad. Las cosas iban bien y lo único cierto era la parte del deudor, pero seguro que un poco de trabajo distraería a su amigo mientras ella tenía una larga y profunda charla con Kagome.
***
Esa misma mañana, Kagome se había quedado en la cama adormilada sin muchas ganas de levantarse. Shippou llegó hasta ella acusando a Inuyasha y ella, a pesar de tener la intención, no pudo mentirle y tuvo que confesarle que ella estaba al tanto y que, de hecho, había presenciado todo.
—¿En serio…? —Shippou la observó acusadoramente.
—Si —respondió sintiéndose un poco culpable—, lo siento, en realidad él lo hizo sin más y yo no tuve palabras para detenerlo. ¿Estás muy enfadado?
Shippou se sonrojó al ser consciente de todo. Él era un niño, pero no era un tonto, y le bastaba con recordar la estúpida sonrisa de Inuyasha por la mañana para comprender que algún tipo de asunto entre adultos había sucedido. Alguna platica que hiciera feliz a Inuyasha, quizás…
—Bueno… —comenzó el niño—No. Pero lo olvidaría más rápido si me compras uno de esos helados que venden aquí cerca —sugirió ya más tranquilo.
—De acuerdo —asintió Kagome agradecida por el carácter comprensivo del chiquillo.
Pronto estuvo vestida fuera de la cama y en camino a la calle a esa heladería.
—¿Te sientes mejor, muchacha? —la intervino la anciana Kaede en la puerta justo cuando salían.
—Oh si abuela, me siento mucho mejor—le aseguró amablemente. Kaede no era nada suyo en realidad, pero la anciana había sido tan amable con ella, que sin querer había comenzado a llamarla "abuela" afectuosamente—. Volveremos pronto.
Cuando Shippou estuvo satisfecho con su helado, lo dejó jugando con la consola de videojuegos portátil. En realidad era su consola, la había comprado porque le recordaba las tardes de videojuegos con su hermano Souta. A Kagome le gustaban bastante, pero cuando conoció a Inuyasha el dulce aparatito fue abandonado tristemente, y ahora de nuevo regresaba al mundo para caer en las manos de Shippou.
Kagome dejó de sonreír. Con Shippou distraído, ella tenía la oportunidad de resolver ciertos asuntos que requerían de su especial atención.
Salió rápidamente de la posada sin ser vista, y tomó el primer bus que encontró hasta que llegó al templo Higurashi. La perla estaba allí, estaba casi segura, y si Naraku no la había encontrado, es porque estaba lo suficientemente bien escondida. Ella no se había atrevido a profanar el sagrado lugar donde se encontraba oculta, en parte por miedo y en parte por respeto. Pero ahora era cuestión de vida o muerte que se hiciera con la sagrada reliquia.
Avanzó con paso decidido hasta que llegó a la entrada de una pequeña estancia en el patio y cuando abrió la puerta corrediza un aire frío salió desde el interior golpeándole el rostro de manera casi escalofriante.
—Cálmate Kagome —se dijo así misma— sólo es una vieja bodega con un simple pozo de sacrificios y deshechos antiguo.
El lugar olía a humedad y las telarañas se extendían por todo el lugar, enredándose en su cabello de forma molesta.
Algo peludo y veloz se atravesó por sus pies y ella gritó asustada.
—Oh por Dios, oh por Dios ¡Ratas! —Kagome dio unos saltos histéricamente unos minutos y después se obligó a tranquilizarse—. Vamos, tranquilízate, no seas cobarde… además, lo peor aún no llega.
La pelinegra tragó en seco. Su cabello estaba recogido en una coleta alta, y había ido preparada con tenis. Las zapatillas de vestir no siempre eran la mejor opción para esa clase de trabajo sucio.
El pozo en el medio de la pequeña estancia de madera estaba sellado, pero ella llevaba un martillo para sacar los clavos que mantenían la tapa en su lugar. La lámpara de mano con la que se había armado no le brindaba la luz necesaria, por lo que la tarea de extraer los clavos había sido extenuante y en más de una ocasión tuvo ganas de abandonarlo todo.
—¡Al fin! —expresó triunfante cuando al fin logro quitar la tapa del pozo vacio. Con la lámpara iluminó apenas el fondo. Eran aproximadamente cinco metros hasta abajo. Kagome tuvo que volver a pasar saliva por su seca garganta—. Ten valor, Kagome, ten valor…
La perla estaba enterrada en el fondo del pozo. Kagome recordaba como su madre lo había hecho cuando ella tan sólo era una niña.
Kagome bajó con cuidado la escalera de cuerdas y madera hacia el fondo. La madera crujía con cada pie que ella colocaba sobre los peldaños y final e inevitablemente la madera, seguramente podrida, se rompió haciéndola caer pesadamente al suelo los últimos dos metros.
—¡Ouch! —Se quejó sonoramente intentando contener las lágrimas de dolor que se le escaparon—. Oh no… —se lamentó finalmente cuando fue consciente de la situación en la que se acababa de meter. Estaba atrapada, en un pozo oscuro y mohoso donde nadie la podría encontrar y donde seguramente moriría de inanición. Fantástico—. ¡¡Auxilio!!
***
—¡¿Qué has dicho?! —preguntó Inuyasha encolerizado.
—Que Kagome salió desde el medio día y no ha llegado —repitió Shippou, lentamente y arrastrando las palabras, burlándose claramente de Inuyasha—. Ya has escuchado, no sé porque vuelves a preguntarlo.
El hombre gruñó a modo de advertencia, dando vueltas una y otra vez por la estancia, tratando de asimilar el significado de las palabras "Kagome no está". Eso podría significar cualquier cosa, desde que pudiera ir al baño hasta el hecho de que ella hubiera huido de él otra vez… Y si ese era el caso, bueno, él no podría soportarlo.
—¿No vamos a salir a buscarla? —preguntó Shippou en un tono más conciliador.
—No.
—¿Por qué? ¿Qué no es tu mujer?
Inuyasha le dirigió una mirada de odio y salió hecho una furia de la posada.
¿Buscarla? ¿Acaso debía buscarla y seguirla como un perro si era el deseo de ella estar lejos de él? Pues no. No iba a buscarla más. Aún si le dolía hasta lo más profundo, no iba a ir más tras esa maldita mujer.
—¡Eres un perro desgraciado! —le gritó Shippou cuando Inuyasha desapareció en la puerta.
Bien, ahora se quedaba sólo ante ese nuevo gran problema. ¿Y que si le había pasado algo a Kagome? ¿Si la habían vuelto a secuestrar? ¿Si se había desmayado? Él no podía creer que Inuyasha fuera tan insensible y tampoco podía permitirse que algo malo le pasara a Kagome, pero… ¿Qué podía hacer él?
Una mujer ataviada en unos jeans entallados y una blusa roja con un precioso cabello castaño oscuro apareció de pronto por allí por donde se había ido Inuyasha algunos minutos antes. La anciana Kaede la saludaba afablemente y después llamó al pequeño para hacer las presentaciones.
—Shippou, esta señorita es amiga de Kagome, su nombre es Sango —le indicó la anciana.
—Con que tú eres el famoso Shippou. —La mujer lo miró por unos instantes, contemplándolo y después afablemente le ofreció la mano a manera de saludo—. ¡Un gusto en conocerte! Kagome me ha hablado mucho de ti por el teléfono.
Shippou sonrió de oreja a oreja. Quizás, después de todo, podría hacer algo para buscar a Kagome sin la ayuda de Inuyasha…
En la siguiente media hora, después de la cálida presentación, el pequeño pelirrojo se encargó de contar a Sango el problema e informarla de lo sucedido la última vez en el templo Higurashi, esto, sin omitir ningún detalle. Necesitaba ayuda, y estaba casi seguro que esa muchacha no se negaría en dársela, después de todo, si era amiga de Kagome, le daría su apoyo.
—Pero —comenzó la castaña— ¿estás seguro que no dijo a donde iba?
El pequeño se sonrojó.
—Bueno… es que yo estaba jugando y…
—Entiendo —comprendió —. Kagome no desaparece así sin más. Estoy segura que ella e Inuyasha habían solucionado un par de cosas esta mañana. Quizás como tú dices algo le ha pasado.
Shippou asintió frenéticamente.
—Haré unas llamadas —dijo ella —tengo un mal presentimiento de todo esto, y necesitaremos ayuda. —Pronto levantó su móvil y alguien contestó inmediatamente después de que pudiera esperar más de dos veces el tono de marcado —¿Miroku?
***
Kagome no podía saber cuánto tiempo había pasado. Había intentado contar los segundos y minutos, pero su paciencia explotó después de la primera hora. Su garganta dolía demasiado después de gritar sin obtener resultados. Y podía deducir, por el frío que sentía, que la noche había caído.
—Genial, a lo mejor muero de hipotermia antes de morir de hambre —se dijo así misma con evidente sarcasmo.
De pronto a su cabeza llego esa película del "Titanic" donde Rose esperaba interminables horas en un madero flotando en el Atlántico. Kagome pensó en ella misma en ese momento, y se le antojó una situación bastante similar, claro, con algunas diferencias, como que no había un Leonardo DiCaprio junto a ella lo cual lo hacía bastante más penoso; tampoco estaba flotando en el agua, lo cual también era un tanto descorazonador, porque ni siquiera podría guardar la esperanza de ser comida por un tiburón.
¿Quizás podría intentar salir de allí? pensó vagamente, observando sin muchas esperanzas la distancia que quedaba todavía entre ella y la salida. Tenía suerte de que la lámpara siguiera funcionando, ella no la había apagado en ningún momento, en parte por miedo a las ratas y además por una antigua aflicción de claustrofobia. Si se apagaba la luz, seguramente sufriría alguna clase de ataque de histeria, y necesitaba alargar el momento de lucidez.
—¿Por qué maldita sea no tengo un celular? —se lamentó, bastante molesta consigo misma—. Empiezo a hablar como Inuyasha… —reflexionó sintiéndose más tranquila tan sólo por mencionar su nombre. ¿Estaría él buscándola? ¿Estaría preocupado? ¿Y Shippou? —Perfecto, nada como un poco de culpabilidad autoimpouesta para sentirse peor.
***
El manto de estrellas ya cubría el cielo, había pasado el resto de la tarde hasta aquel momento, rondando sin rumbo, conduciendo por las calles al azar. Sentía como si gran parte de su mundo estuviera desmoronándose, y todo era culpa de Kagome. Decir que se sentía herido era una descripción pobre de lo que en realidad le aquejaba. Traicionado, decepcionado, burlado, sí, eso encajaba mejor con sus sentimientos actuales. ¿Cómo había podido irse Kagome después de la noche que pasaron juntos?... aunque claro, aquello pudo haber sido su manera de despedirse, y maldita fuera si había sido así, porque aún en esos instante podía sentir en su lengua el sabor de su piel… cada caricia, cada beso, cada roce, todas eran sensaciones claramente vívidas que le quemaban, dudaba que algún día fueran a dejarlo tranquilo, mientras que la responsable estaba en algún lugar muy lejos de él.
Inuyasha profirió una maldición, y otra, y otra más, y unas diez más después de esa.
Detuvo el carro hasta que se dio cuenta hasta donde había ido a parar: al templo Higurashi. ¿Por qué estaba allí? Un lugar que, aunque no fuera más de Kagome, desprendía la esencia de ella. ¿Por qué tenía que seguir buscándola efímeramente en cada lugar?
Su móvil sonó insistente, y pese a que no tenía ningún interés por contestar, una fuerza desconocida y más poderosa que él, movió su mano para hacer lo propio con el insistente celular.
—¡Qué! —contestó oscamente con toda la intención de descargar su ira contra cualquier infeliz que tuviera el atrevimiento de molestarlo.
—Woha, andamos de mal humor—respondió divertida la voz por el teléfono —. Pero no tengo tiempo para esto, Inuyasha.
—¿Qué demonios quieres, Miroku?
—Kagome desapareció, ¿no sabías, cierto?
—¡¿En serio?! —expresó con una exagerada voz sobreactuada —¡Qué terrible!
—Parece que ya estás bastante bien informado, y claramente molesto, por lo que puedo deducir.
—Me sorprende tu perspicacia. Deberías ir y contarle a la traidora de Sango, para que le cuente a su amiga, que no pienso buscarla esta vez, que no tiene que temer.
—Y a mí me sorprende tú falta de perspicacia, amigo. Sango no tiene idea de donde esta Kagome. Ella esta buscándola como loca porque tu novia no le dijo nada, y tú sabes bien que Kagome no hace nada como eso sin la valiosa ayuda de mi Sanguito. Ahora bien, se por una fuente bastante fiable que Kagome se desmayó, em, ¿ayer? y que luego la secuestraron, caray ¡y no nos contaste nada!, me abruma la confianza que le tienes a tus amigos. Pero como te decía, si tú quieres pensar que ella se fue de esa manera tan drástica, sin siquiera llevar consigo equipaje, ni dinero o alguna pertenencia, entonces que poca fe tienes en ella, sólo me sorprende que no te haya dejado antes. —Una pausa se escuchó por un momento sin que ninguno de ambos dijera nada —. En fin, debo irme ya, Sango esta buscándola con ese niño amigo de Kagome. Yo también me uniré al grupo de búsqueda… en estos tiempos una mujer sola por la noche y en las calles de Tokio no tiene el mejor de los destinos. Suerte con tus meditaciones, amigo—. Y de pronto el tono del teléfono se le antojó terriblemente agobiante.
La realidad lo golpeó lo suficientemente fuerte como para hacerlo sentir como el más grande idiota de la historia.
—¿Y ahora…? —se preguntó así mismo, recibiendo cómo única respuesta el silencio de su soledad.
***
El teléfono móvil de Sango sonó con el tono de mensaje. Ella lo levantó y abrió la tapa formulándose al instante en sus labios una clara sonrisa de triunfo.
—¿Qué pasa? – preguntó Shippou a su lado.
—Todo está resuelto —comentó casualmente la castaña —. Inuyasha la buscará.
—Pero el dijo que no lo haría…
—Ah mi buen Shippou, Inuyasha a menudo necesita que lo hagamos reevaluar sus decisiones de manera subliminal. En este caso Miroku tuvo el placer de hacerlo. Y ahora sólo debemos esperar, nuestro amigo tiene un sexto sentido de rastreador, seguro la encuentra. —Sango le guiñó un ojo a Shippou, y él pensó que en ella había ganado a una amiga más.
***
Inuyasha se bajo de su porche azotando la puerta al cerrarla. Si pudiera patearse así mismo ya lo hubiera hecho. ¿Qué si le había pasado algo a Kagome? ¿Qué si estaba herida? ¿Si le habían hecho algo? ¿Qué si…? Jamás se lo iba a perdonar. Y bueno, también sentía la urgente necesidad de justificar sus pensamientos anteriores, es decir, tenía derecho, ¿no?. Ella lo había dejado una vez, además de rechazar su sincera propuesta de matrimonio, cualquier en su lugar hubiera pensado lo mismo ¿a que sí?, nadie podía culparlo por ser un cretino total, porque no lo había hecho premeditadamente.
Sin notar en qué momento, él ya estaba en la cima de la escalinata de la entrada del templo. No sabía por dónde comenzar la búsqueda, no tenía ninguna pista o indicio que le indicara donde podría estar Kagome. Simplemente siguió el camino del templo por inercia. Estar en el templo Higurashi, lo hacía sentir más cerca de ella.
Inuyasha se acercó hasta el árbol enorme centrado en una de las alas del patio. Respiró profundamente, aquel aire parecía más limpio, incluso cuando estaba aún dentro de la ciudad, el lugar daba la impresión de estar dentro de una capsula alejado de todo.
Una presión se acumuló en su pecho, necesitaba desahogarse. Estaba molesto, molesto consigo mismo, sumándole a eso la preocupación y la angustia, seguramente iba a morir antes de cumplir los treinta, y no es que le faltara demasiado tiempo. Finalmente no pudo contenerse, e hizo lo primero que le dicto su instinto: gritar.
—¿Inuyasha? —Kagome había escuchado el grito desgarrador no muy lejos, y, o ella estaba empezando a alucinar o él estaba muy cerca de allí, pero, ¿cómo sabía él donde se encontraba ella?... tonterías, lo importante es que estaba allí y que no iba a morir comida por los gusanos o las ratas, de desnutrición, deshidratación, asfixia o abandono. Su garganta dolía, pero eso no le impidió contestar al llamado: —¡Inuyasha! ¡Inuyasha! ¡Inuyasha! ¡Estoy aquí, Inuyasha! ¡Inuyasha! —Bien, eso había sido suficiente, había puesto lo último de su potente voz en ello, sólo quedaba esperar…
Inuyasha escuchó sobresaltado su nombre y la confundible voz que lo entonaba. No podía equivocarse, era la voz de Kagome, y muy cerca de allí a decir verdad… ¿Sería posible…?
—¡¿Kagome?! ¡Kagome, respóndeme, Kagome! —había solicitado Inuyasha, pero Kagome realmente no podía volver a gritar—¡¿Kagome?!
El joven hombre había intentado seguir la voz de la muchacha, incluso había llegado a la entrada de una pequeña bodega desgarbada de madera. Adentro estaba completamente oscuro, no parecía que ella estuviera allí, pero en el umbral de las puertas corredizas abiertas llamó en la oscuridad a Kagome.
—¿Inuyasha? —Kagome habló, apenas elevando la voz demasiado ronca y apenas reconocible.
—¿Dónde estás?
—Dentro del pozo.
—Pero que dem… —Cuando entró intentó rápidamente que su ojos se adaptaran a la oscuridad y, caminando a tientas en la oscuridad, choco con el brocal de madera del dichoso pozo, y entonces volvió a hablar: —¿Kagome? —levantó la voz, confiando en estar cerca como para que lo escuchara.
—Aquí estoy —susurró apenas una vocecilla desde el fondo y que parecía quebrarse por el llanto.
—¡Oh por Dios!
El tiempo a partir de allí corrió rápidamente para Kagome, aunque no demasiado para Inuyasha quien estaba susceptible y especialmente desesperado. Después de unas cuantas llamadas, Miroku acompañado de Sango, quien arrastraba al inútil de Shippou con ella, habían llegado al lugar de los hechos. Llevaban unas linternas y una escalera plegadiza, que Inuyasha esperaba fuera lo suficientemente larga como para llegar al fondo del pozo.
—Sabía que la encontrarías, Inuyasha —le sonrió afablemente y aparentemente satisfecha Sango—. ¿No te lo dije Shippou?
—¡Keh! —bufó molesto arrebatándole las cosas de las manos a Miroku y regresando a la vieja bodega.
Lo primero que hizo Inuyasha fue iluminar el agujero oscuro, y hasta abajo, quizás con unos cuatro o cinco metros de profundidad divisó la mata de cabello azabache y un rostro manchado de tierra.
—¡Kagome! —la llamó una vez más esta vez con asombro. Ella parecía bien dentro de lo normal e Inuyasha pudo respirar una vez más con cierta tranquilidad—. Vamos a bajar la escalera —le informó —debes subir por ella.
La escalera estuvo abajo justo cuando Inuyasha terminaba de hablar. Kagome sintió ganas de llorar por la emoción. De alguna manera había enfrentado la posibilidad de morir de una forma lenta y desesperante, y ser de pronto salvada le daba fuerzas que antes no había sentido. Pronto comenzó a escalar con dificultad los peldaños de la escalera de metal y antes de llegar a la cima sintió como un par de manos la ayudaban a ascender en su totalidad.
—Maldición —profirió Inuyasha al sentir la piel de Kagome tan fría. De inmediato la colocó en suelo firme junto a él y le puso su propia chaqueta sobre los hombros—. ¿Estás bien?
Kagome asintió débilmente acurrucándose en la chaqueta que aún guardaba el calor de su dueño. Respiró profundamente y colocó su cabeza contra el pecho de Inuyasha. Tenía tantas ganas de derrumbarse allí mismo, tenía el cuerpo entumecido, la garganta destrozada y una pesadez indescriptible se estaba apoderando de ella.
—Tengo sed —articuló con mucho trabajo en apenas un susurro que apenas logró escuchar Inuyasha.
—¡Kagome! —Shippou la había abrazado de inmediato.
—Nos preocupaste, amiga. —Sango, quien observaba inquisitivamente a la joven, sonrió aliviada.
Inuyasha levantó a Kagome con la facilidad con la que siempre lo hacía, ignorando los reproches de Shippou, las recomendaciones de Sango y las burlas de Miroku; ella no había protestado en ningún momento tampoco. Se adelantó por el camino de regreso, dejando atrás a sus amigos y antes de que ellos pudieran alcanzarle el ya había subido a Kagome a su porche y estaba rodeándolo para subirse él.
—Espera —le gritó Shippou —, yo voy con ustedes.
—No —puntualizo seriamente—. Que sango te lleve a la posada, necesito hablar con ella.
—Pero…
—Shippou —habló seriamente Inuyasha sin un ápice de grosería en su tono, observándolo por primera vez a los ojos, el pequeño se quedó asombrado —por favor.
El chiquillo no supo que responder, se quedó allí observando como aquel hombre tan impredecible se subía al auto y arrancaba hacia algún lugar.
—Por Dios —musitó casi para él mismo —, me dijo "por favor", estaba seguro de que Inuyasha nunca hacía esas cosas…
—Está aterrado —dijo Miroku quien acababa de llegar con la escalera—. Se enfrentó a la posibilidad de perderla otra vez, además, claro, de sentirse culpable por haber supuesto que ella lo dejaría. Nuestro Inu es un chico bastante sensible.
El pequeño entrecerró los ojos y lo miró inquisitivamente, ¿estaban hablando del mismo Inuyasha?
—No te preocupes Shippou, Kagome va a estar bien con él, déjalos estar. ¿No te gustaría venir a nuestra casa?
***
Inuyasha no tenía otro destino en mente más que el hospital. Kagome no parecía herida, sólo cansada, pero sentía una terrible necesidad de que alguien se lo confirmara. Ella había permanecido en un escueto silencio todo el tiempo, de hecho se debatía para permanecer despierta mientras él la transportaba de un lado a otro en sus brazos como a una muñeca de trapo.
No habían tardado mucho en atenderla. Hubo algún vendaje ocasional en su tobillo luxado, algunas gasas en los raspones visibles, recomendaciones de descanso y la receta de algunas medicinas para el dolor, nada demasiado grave y sin embargo Inuyasha seguía lo suficientemente inquieto por aquel silencio que había logrado desesperar a Kagome.
—Estoy bien, de veras —logró decir finalmente ella después de beber una dulce mezcla de miel que había sido como un elixir de la vida para su dolida garganta.
—¿Qué estabas haciendo allí?
—Caí… se rompió la escalera por la que bajaba y quedé atrapada.
—¿Y qué rayos hacías bajando por un pozo viejo?
Ella bajo su mirada, incapaz de contarle toda la verdad. Instintivamente llevo sus manos a su cuello donde ahora colgaba la perla de Shikon, oculta bajo su ropa, que había desenterrado justo después de haber caído. La joya le traía un inesperado peso de consciencia y lo peor es que no podía hablar de ella, no podía arriesgarse o arriesgar a Inuyasha.
—Buscaba algo… un recuerdo de mi niñez. —Al menos no era del todo mentira, se dijo así misma, sintiendo una punzada de remordimiento.
—¿Estás loca? —articulo exasperado —¿y porqué fuiste sola? ni siquiera te llevaste al mocoso, ¿sabías lo preocupado que estuvo por ti?
—Lo siento.
—¿Sabes lo que yo pensé? —Kagome negó con la cabeza—. Pensé que te habías ido, que me habías dejado como la última vez que te fuiste a Shikoku —confesó amargamente—. No me mires así, es tú culpa, siempre vas por allí cambiando de opinión y tomando decisiones por tu cuenta, nunca puedo saber lo que piensas.
—No soy muy diferente de ti entonces —se defendió ella sin estar verdaderamente enojada—. Siento haberte preocupado, pero no puedo creer que pensarás que te abandonaría con… bueno, con lo que hicimos ayer.
Inuyasha se encogió de hombros.
—Pudo haber sido alguna especie de despedida de tu parte —comentó—. Has demostrado no querer estar conmigo después de todo.
—¿Cuándo he hecho eso? —preguntó asombrada.
—Rechazaste mi propuesta en el hospital la última vez y no quisiste vivir conmigo…
—Ah… —de pronto había comprendido todo, y una sonrisa de algo que no supo descifrar se formuló en sus labios—. ¿Inuyasha?
—Dime.
—Pregúntalo de nuevo.
—¿El qué?
—La pregunta que me hiciste en el hospital, no recuerdo, en realidad no recuerdo mucho a pesar de que fue hace poco.
Inuyasha entornó los ojos observándola sin comprender.
—Anda —le instó ella.
El rubor había subido a las mejillas de aquel hombre increíblemente gruñón, arrogante y agresivo haciéndolo lucir totalmente diferente con un aire casi tierno que hizo que el corazón de Kagome latiera muy fuerte contra su caja toráxica.
—Pregunté si querías casarte conmigo…
—Sí.
Continuara…
Ese tonto de nuyasha, luego luego de paranoico al principio... pero bueno, al menos no le duró mucho la duda. En fin, Kagome ¡¡aceptó!! ¿Y ahora que hará Inuyasha? Sería muy poco masculino de parte si se desmayará de la impresión, ¿no? Hahahaha.
En fin, creo que este fue un capitulo extraño, pero ella tenía que encontrar la perla, ahora esperemos ver qué pasa con ella, Inuyasha y Naraku. Aún faltan un par de cosillas por resolver, pero por allí va la historia.
Muchas gracias por leerme y por sus cálidos comentarios y ánimos hacia la historia, ¡son realmente valiosos para mí!.
Nos vemos hasta el próximo capítulo, muchos abrazos y besos de mi parte.
