Disclaimer: los personajes de Magi no me pertenecen. Son propiedad de Shinobu Ohtaka.

Parejas: Sinbad x Alibaba, Kouen x Alibaba.

Advertencias: Spoilers relacionados con el manga, YAOI, MPREG, alusión a violación.

ACLARACIONES: Esta historia contendrá partes fieles al manga, tanto diálogos como escenas, pero habrán ciertas modificaciones para su adaptación.


— Capítulo 10 —

La elección del corazón

Aunque fueron muchas las veces que imaginó que se produciría aquel encuentro, la impresión mantuvo a Alibaba clavado en el suelo. Reencontrarse con Sinbad resultaba más impactante de lo que esperaba, incluso desde que puso un pie en Sindria y asimiló que lo volvería a ver a los ojos.

—¡Alibaba!

Le oyó pronunciar su nombre, y, al igual que siempre, su piel se erizó y el corazón saltó dentro de su pecho.

Sinbad dejó la mesa para acercársele con el rostro lleno de expectación, aun así Alibaba no podía leerlo con claridad. De hecho, nunca pudo hacerlo. Leer los ojos de Sinbad era imposible; estos siempre escondían algo, como si dentro de ellos hubiera un secreto que no podía vislumbrar.

—No imaginé que vendrías tan pronto.

Durante el viaje, Alibaba intentó imaginar la reacción que tendría Sinbad frente a su llegada. Visualizó desde ira hasta desprecio; desde incomodidad hasta decepción, pero nunca imaginó que lo rodearía con sus brazos y lo estrecharía contra su pecho como si su vida dependiera de ello. De inmediato su aroma saturó sus sentidos y sintió una punzada en el pecho.

Sinbad lo apartó para verle a los ojos y le ofreció una cálida sonrisa; la misma que vio muchas veces y que terminó por conquistar su corazón. Le siguió una caricia en el rostro mientras sus pies aún permanecían inmóviles en suelo. Sus labios temblaban y su voz se había apagado. Intentaba salir de su sopor y entender qué estaba haciendo allí, porque su mente se nubló y sucumbió ante Sinbad.

—Estoy tan contento de que estés aquí. Hay tanto de qué hablar. Pero dime, ¿qué motivo te trajo aquí?

La expresión de Alibaba se contrajo en un gesto de temor y ansiedad. Sostuvo la mirada en los ojos de Sinbad y movió los labios con la intención de contestar, pero abrieron repentinamente la puerta, y Ja'far cruzó por ella.

—Sin, tienes que saber que Alib... —Interrumpió sus propias palabras cuando reconoció a Alibaba de pie junto a Sinbad. —Oh, Alibaba está aquí... —continuó, ofreciéndole una sonrisa.

—Es una grata sorpresa —señaló Sinbad, apoyando de manera casual ambas manos sobre los hombros de Alibaba—. Precisamente iba a llamarte para que te encargaras de organizar una gran cena por su llegada. Quiero lo mejor.

—¿Alguna idea? —preguntó, y mientras Sinbad proponía con entusiasmo lo que quería ver en la mesa, Alibaba notó que Ja´far le ofreció una mirada que le incomodó. Percibió un sentimiento distinto al que conocía en sus ojos complacientes. No sabía bien qué era ni cómo interpretarlo, pero de una cosa estaba seguro: Ja´far no estaba contento con su llegada.

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Tal como Sinbad lo pidió, Ja'far se encargó de organizar una gran cena por el regreso de Alibaba a Sindria. Sus ocho generales más los miembros domésticos de Alibaba estuvieron invitados para disfrutar de un gran banquete en el ostentoso palacio, y con un ambiente grato y familiar, todos compartían entre risas, vino y comida. Pero aunque todo era perfecto, Alibaba no se sentía a gusto. Parecía sentirse por primera vez incómodo bajo el mismo techo que Sinbad, como si fuera un intruso compartiendo la mesa con un desconocido. Por lo que de cuando en cuando sentía la necesidad de mirar hacia una de las grandes ventanas que daban hacia la costa, y al perderse en el horizonte oscuro y profundo, su mente viajaba a Balbadd, recordando las ocasiones en las que compartió la mesa con Kouen y los demás, descubriendo que, a pesar de todo, la familia Ren era como cualquier otra.

—¿Alibaba? —La voz de Sinbad llamándolo lo trajo de vuelta a sus sentidos. Desde hacía un rato se había desconcentrado mientras Sinbad comentaba los progresos que había logrado en sus nuevas negociaciones comerciales con países vecinos—. ¿Estás bien? No has tocado tu cena.

Los ojos de todos los presentes se volvieron hacia él.

—Perdón, me distraje un momento.

Sinbad sonrió y continuó hablando. Antes no lo había notado —o tal vez no lo había querido hacer—, pero Alibaba sentía que su presencia era insignificante. Incluso tras su llegada, el protagonismo era de Sinbad, y que él pasaba a ser solo un espectador más del rey orgulloso de cada uno de sus logros.

—¿Y cómo te has sentido en Balbadd? —Esta vez la voz de Ja´far lo sobresaltó.

—Es verdad —añadió Sinbad—. Dinos cómo han estado las cosas por allá. Ahora que el Imperio Kou tomó el control de tu país.

Alibaba frunció levemente el ceño. Sinbad podía actuar con tanta falsedad, que le molestaba.

—Todo está bien —contestó.

Morgiana, Toto y Olba intercambiaron miradas con inquietud por la manera en la que Alibaba permanecía reservado frente a Sinbad, cuando siempre solía emocionarse hablando lo más que pudiera para llamar su atención.

—¿Solo eso? —Sinbad arqueó las cejas con sorpresa.

—Ahora que el Imperio Kou invadió Balbadd, hacen lo que se les antoja. —Drakon, uno de los ocho generales, habló.

—Esos infelices no descansarán hasta adueñarse del mundo y convertirlo en su imperio —añadió Sharrkan con un dejo de fastidio—. Pero nunca tomarán Sindria. Antes tendrán que matarnos, ¿verdad Sinbad?

Todos parecían coincidir en ello, menos Alibaba, que no estaba a gusto al ver el rumbo que estaba tomando la conversación.

—Debe ser difícil para Alibaba compartir con ellos —dijo Yamuraiha—. ¿Te han tratado bien?

—Seguro lo tratan como un subordinado más. —Alibaba empuñó las manos sobre la mesa ante tal comentario. —O peor aún, como un esclavo al servicio de sus caprichos. Esos malditos están todos locos.

Un golpe seco sobre la mesa y todos se volvieron hacia Alibaba, que yacía de pie con las manos fuertemente empuñadas.

—¡Ellos no son como dicen! —espetó—. No están locos, no son malos. ¿Acaso pensar distinto los convierte en malas personas? —Nadie contestó. —Es cierto que sus ideologías difieren completamente a las de ustedes, pero creen estar haciendo lo correcto para construir un futuro sin guerras. Y no me tratan mal, ellos... —Cerró los ojos con fuerza, y al volverlos a abrir añadió: —Koumei es muy respetuoso y muy inteligente. Siempre se queda dormido en cualquier parte por trabajar mucho. Se esfuerza por las personas de Balbadd, que ahora no se mueren de hambre y viven tranquilos. Y Kouen... él... es malhumorado, grita mucho y tiene muchas manías pero... él... él es...

Fue en ese momento, frente a la mirada atónita de todos, que se dio cuenta de todo lo que había reprimido desde su llegada. Las palabras finalmente habían explotado tras acumularse en su pecho, traicionando su propia voluntad.

Abrumado, bajó la cabeza y se disculpó.

—Lo siento. Yo...

Abandonó el salón rápidamente y en completo silencio. Morgiana quiso seguirlo, pero Sinbad se le adelantó, dándole alcance en las afueras del palacio, en uno de los corredores que daba hacia los jardines.

Se detuvo a observando en silencio por unos instantes, y reparó en su semblante pálido y alicaído.

—No fue intención de nadie ofender a la familia Ren —dijo, llamando la atención de Alibaba.

Él volteó a verle, pero apenas sus miradas se encontraron, rompió el contacto y vio al suelo.

—Lo lamento —murmuró—, me alteré innecesariamente. Es que...

—Desde que llegaste no has dicho nada —dijo Sinbad, acercándosele—. Y quisiera saber el motivo real de tu visita. Se supone que decidiste cortar lazos con Sindria, pero estás aquí.

—¿Aún no sabes por qué estoy aquí? —Alibaba lo encaró.

El semblante de Sinbad se volvió sombrío.

—Lo sé, pero quiero que tú me lo digas —dijo.

Alibaba lo vio fijamente a los ojos y se le erizó la piel. Su cercanía lo cegaba, lo sofocaba y estremecía, pero se dio cuenta que ahora era de una manera distinta a cuando dejó Sindria.

—Yo no he tomado en serio tus palabras —continuó Sinbad—. Para mí tú sigues siendo importante.

—Pero no lo suficiente para demostrarlo —le rebatió Alibaba, con un tono firme y convincente.

Sinbad retrocedió y negó con la cabeza.

—No necesito demostrarte nada. Ambos supimos desde el principio los términos de esta relación.

—¿Términos? —repitió Alibaba confundido—. ¿De qué términos estás hablando? Nunca pusiste términos. Eso lo estás diciendo ahora para no comprometerte con lo que sientes.

El ceño fruncido de Sinbad se acentuó y sus párpados se entornaron.

—Tengo muy claro lo que siento, ¿pero tú?

Alibaba enmudeció y su cuerpo tembló, hecho que no pasó desapercibido para Sinbad.

—Tú cortaste la relación por seguir al Imperio Kou —señaló—, y ahora vienes aquí y esperas que diga algo para convencerte de que mis sentimientos por ti son verdaderos.

—Si estoy aquí es para entender lo que me pasa contigo —explicó—. Necesitaba verte a los ojos para escuchar a mi corazón.

—¿Y qué te dice? —preguntó Sinbad, expectante.

Con la vista fija en el suelo, Alibaba aguardó en silencio.

—Aún no lo sé —musitó al cabo de unos segundos.

—Mi opinión respecto a tus decisiones no ha cambiado —dijo Sinbad, en un tono templado y condescendiente—. Para mí es importante alcanzar mis metas. Lamento si no cumplo tus expectativas.

—¡No se trata de expectativas! —exclamó Alibaba—. ¡Se trata de lo que sentimos, de lo que vivimos juntos! —Con gesto cansado, se restregó los ojos, borrando cualquier atisbo de llanto. —¿Tan poco te importo? —preguntó.

Sinbad dio un paso hacia adelante y alcanzó el rostro de Alibaba, acariciándolo y alzándolo para que lo viese a los ojos.

—Me importas —contestó—. Pero Sindria estará primero siempre.

Alibaba apartó su mano y mantuvo la distancia.

—No te entiendo —dijo, arrugando la frente—, ¿por qué no puedes aceptar ambas cosas y cuidarlas?

—Somos distintos, Alibaba —aclaró Sinbad, con el semblante sombrío—. Tú eres capaz de involucrarte emocionalmente en todo lo que haces, pero yo distingo lo que me conviene de mis deseos. Soy el rey de Sindria, y no puedo dejar que nada ni nadie me impida ejercer mi rol.

—¡Ya! —exclamó Alibaba, indignado—. Entonces soy un estorbo.

—Eres importante en mi vida —aclaró Sinbad—. Te quiero, pero...

—Con decirlo no basta —rebatió Alibaba, cruzándose de brazos. —Con decir que me quieres no compensa el dolor que me causaste por dejar que eligiera Balbadd por encima de lo nuestro.

—Tú elegiste —corrigió Sinbad—; no te forcé a hacerlo. Pensaste como rey y no consideraste lo nuestro.

—¡Porque no me dejaste otra salida!

Sinbad negó.

—La tenías —replicó—, pero elegiste a Balbadd.

—¡Eso no...!

Ja´far apareció en ese instante, interrumpiéndolos.

—Perdón, Sin, pero te necesitan —dijo, mirando de hito en hito a ambos—. Es urgente.

Sinbad solo fue capaz de echarle un vistazo fugaz a Alibaba y se alejó. Parecía lamentar tener que dejarlo, pero fue más importante atender esa urgencia que continuar escuchándolo.

Sin las fuerzas para retenerlo, Alibaba lo siguió con la mirada, hasta que lo vio desaparecer tras las grandes puertas que conectaban al palacio. Una vez a solas, Ja´far se le acercó.

—Sé que no debo entrometerme —dijo con seriedad—, pero quiero que sepas que Sin te quiere. Desde que decidiste quedarte en Balbadd, estuvo preocupado por ti.

—Agradezco tus palabras, Ja´far —se apresuró en contestar Alibaba al ver sus intenciones—, pero sé que dices eso porque lo estás defendiendo.

—Te equivocas. —Ja´far dio un paso hacia adelante. —Nunca me pareció correcto que sostuviera una relación contigo. Y no me malentiendas, no es que no me agrades, pero Sin es una persona obsesionada con sus metas, y temí por ti más que por él. —Su semblante serio se convirtió en una expresión llena de ansiedad y preocupación. —Él llegó a enamorarse de ti, pero su rol como rey de Sindria siempre será más importante, incluso más que escuchar a su corazón.

Alibaba caminó hacia él y, al pasar por su lado, le ofreció una sonrisa opacada por tristeza.

—Ahora lo sé.

Ja´far lo vio atravesar el corredor e internarse en el palacio, y fue inevitable que su expresión se tornara sombría mientras sus manos se empuñaban con frustración. Había sido un iluso al creer que todo podía considerarse concluido tras la partida de Alibaba a Balbadd. Al final aquello solo había sido un pequeño interludio al desastre al que Sinbad se dirigía irremediablemente. Siempre supo que su relación con Alibaba no produciría nada bueno, y al ver la reacción que este tuvo en la cena lo confirmó: él representaba un peligro para Sindria y en especial para Sinbad, que por mucho que quisiera actuar como el gran rey que todos admiraban, sus sentimientos por Alibaba podían jugarle una mala pasada y nublarle el juicio. Y aunque fueron muchas las ocasiones en las que intentó convencerle que terminara su relación con Alibaba antes que se marchara a Balbadd, su terquedad lo había dejado sin argumentos, comenzando con un desconocido miedo, porque Sinbad estaba adentrándose inconscientemente a un camino desconocido y peligroso.

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Koumei decidió que ya era tiempo de salir a buscar a Kouen y traerlo de regreso al palacio, como cada noche, desde que Alibaba partió a Sindria. Dejarlo solo para que pensara tranquilo resultaba mucho más provechoso que forzarlo a ignorar el agobio del que era víctima por la ausencia de Alibaba y entorpecer sus labores como gobernante de Balbadd. Y aunque estaba de acuerdo con lo que su hermano sentía, su melancolía lo inquietaba, porque habían pasado demasiados años desde la última vez que vio esa dolorosa expresión en su rostro, y no deseaba volver a hacerlo.

Salió en su búsqueda y fue directo a único sitio que había hecho su refugio para enfrentar la ausencia de Alibaba, y al que solo la familia imperial Ren y sus respectivos miembros domésticos tenían acceso. Hierbas verdes, bambúes densos, mantos de flores y un estanque artificial daban paso a un jardín apartado del bullicio y miradas curiosas. Koumei cruzó el único puente arqueado que conectaba a ese lugar y llegó hasta un quiosco octogonal rodeado por el estanque artificial con flores de loto.

—Te esperé para cenar —dijo al ver a Kouen sentado en el quiosco, con la mirada puesta en el estanque; una pálida luna llena se reflejaba en el agua.

—No tengo hambre.

Koumei suspiró y tomó asiento a su lado.

—Con ponerte en huelga de hambre no harás que regrese más pronto.

—Si es que regresa —refutó Kouen.

—¿Acaso no confías en él?

Apartando la vista del estanque, Kouen pretendió retomar la lectura que había dejado a medias tras perderse en sus propias cavilaciones.

—Ya te dije que no confío en ese tipo. No me agrada ni mucho menos la manera en la que hace que ese idiota viaje especialmente a verlo.

—Alibaba solo quiere hacer bien las cosas —explicó Koumei con tranquilidad—, no puedes culparlo por eso. Deberías alegrarte de que al menos tienes una posibilidad con él, de lo contrario no hubiera hecho ese viaje.

—Antes... jamás se lo hubiera permitido.

—¿Y por qué lo hiciste? —Koumei sintió curiosidad.

Kouen resopló y volvió a dejar a medias la lectura.

—Porque quiero que sea libre de elegir el rumbo de su vida —contestó.

—Es muy noble de tu parte. —Koumei intentó no burlarse de la nueva actitud de Kouen. Antes, él jamás hubiera dicho ni pensado algo así, pero la presencia de Alibaba en su vida era la responsable.

—No se trata de nobleza... —rebatió Kouen.

—Se trata de amor —señaló Koumei. Suspiró y cerró los ojos de manera reflexiva—. Nunca imaginé que podría volver a verte así por otra persona.

Se levantó y encaminó hacia la salida del quiosco, pero antes de marcharse giró la cabeza hacia Kouen.

—El amor nos cambia; es peligroso. Debes tener cuidado —le advirtió con seriedad.

Kouen frunció el ceño.

—Cumples a cabalidad tus responsabilidades —continuó—, te enfocas solo en fortalecer al Imperio y dedicas tu vida a ello. Pero quizás ese amor que estás sintiendo por Alibaba te...

—Eso no pasará. —Kouen se levantó y lo encaró. —Sé bien lo que tengo que hacer.

Una sonrisa casi imperceptible se adueñó de los labios de Koumei.

—Sé que harás lo correcto —dijo—. Confío en ti, hermano.

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Después de la infructuosa y desmotivadora charla con Sinbad, Alibaba se encerró en su dormitorio con la esperanza de dormir para olvidarse de todo lo sucedido en el día. Habían pasado demasiadas cosas y cada una de ellas le había mermando las fuerzas hasta dejarlo sin deseos siquiera de terminar su cena ni disfrutar de un paseo nocturno por las calles de Sindria, que eran bien conocidas por su vida nocturna.

Tendido boca abajo en su cama, observaba distraídamente hacia la ventana, de la cual se apreciaba la luna y algunas nubes dispersas a su alrededor. La brisa de Sindria se colaba por el cortinaje entreabierto, refrescando la habitación.

En su mente, el único deseo que percibía era el de subir al barco que Kouen puso a su disposición y volver a Balbadd. Se sentía demasiado incómodo y solo como para pensar en quedarse más tiempo del que había estimado, y al darse cuenta de ello, solo quería llorar y dormir.

Escuchó un golpeteo en la puerta y luego la voz de Morgiana dentro de la habitación.

—Alibaba.

Ni siquiera tuvo fuerzas para voltearse y contestarle. Morgiana era la única que conocía los detalles de su actual situación, pero en estos momentos no se sentía capaz de mirarla a la cara y decirle que Sinbad había terminado por romperle el corazón.

—Si esto está resultándote demasiado difícil, podemos volver a Balbadd cuando quieras —dijo ella—. Cuentas con nuestro apoyo.

Negándose a voltear su cuerpo, Alibaba se removió tan solo un poco. Las palabras de Morgiana siempre eran un alivio para su corazón, pero ahora no conseguían devolverle las fuerzas perdidas.

—Gracias —murmuró, hundiendo el rostro en la almohada y los brazos bajo esta.

—Olba quiere ir a una de las tabernas cerca del puerto. Deberías venir con nosotros para distraerte un rato.

—Estoy cansado —contestó.

—Pero...

—Morgiana, por favor. —Alibaba apenas se movió. —Necesito estar solo.

Morgiana no insistió y se marchó en silencio.

Los siguientes minutos Alibaba los pasó mirando la luna mientras se sumergía en sus propios pensamientos. Estaba dispuesto a no pensar en nada ni en nadie para poder dormir, pero no supo en qué minuto su mente se desconectó de su entorno, hasta que escuchó su nombre de los labios de Sinbad. Sorprendido, se irguió, encontrándolo de pie en medio del dormitorio.

—Lamento si irrumpí de esta forma. Creí que aún estarías despierto.

Alibaba esquivó la mirada y se encogió de hombros con cierta displicencia.

—Me conoces bien —dijo.

—Nuestra conversación se interrumpió, y quedaron cosas pendientes.

—Creo que ya todo fue dicho —aclaró Alibaba.

—Escucha, Alibaba. —Sinbad avanzó unos pasos. —Sé que te sientes decepcionado, pero fui sincero en todo lo que dije e hice mientras estuvimos juntos.

Con una sonrisa amarga, Alibaba asintió mientras se levantaba de la cama.

—Lo sé —murmuró—. Desde que te conocí creí ciegamente en ti.

—Y llegó el momento de tomar nuestros propios caminos —añadió Sinbad.

Alibaba sintió que algo se oprimía dolorosamente en su pecho, y las primeras lágrimas acudieron a sus ojos.

—Pero... —Sinbad se le acercó hasta alcanzar su rostro y acariciarlo. —Si quieres seguir a mi lado, lo aceptaré.

Sorprendido por sus palabras y la manera en que las dijo, Alibaba alzó la mirada para reprochárselas, pero al ver su cercanía y la expresión dispuesta en su rostro, supo con toda certeza lo que iba a suceder. Cuando sus labios se encontraron, de inmediato su mente se nubló y se olvidó de todo. Atrás quedó el sufrimiento, la ansiedad y la tristeza; Sinbad ejercía ese indescriptible poder en él. Sintió su lengua lamerle los labios y adentrarse impaciente y ávida entre ellos buscando la suya y su cuerpo convulsionó, porque el inconfundible sabor de sus labios y la forma en la que movía ardorosamente su lengua en cada rincón de su boca lo transportaban a un sitio del que no podía escapar. Pero cuando sus manos comenzaron a descender lentamente por sus brazos ansiando el calor de su piel, el rostro de Kouen vino a su memoria y un escalofrío repentino sacudió su cuerpo.

Cerró fuertemente los párpados, intentando concentrarse y alejar de su mente la imagen de Kouen, pero fue imposible. Su respiración se volvió entrecortada y el pulso se le aceleró.

—No... —murmuró entre los labios de Sinbad. Había prometido volver a Balbadd, había decidido hacer ese viaje para terminar con el sufrimiento que aquejaba su corazón, pero ahí estaba, sucumbiendo una vez más, como si su voluntad careciera de determinación y fuerza. Sin embargo, algo mucho más espeluznante que la culpa comenzó a taladrar su cabeza, como si de pronto un golpe de corriente lo hubiera sacudido, mostrándole un recuerdo que luchaba por olvidar.

Sinbad logró guiarlo de regreso a la cama y lo recostó en ella. Su cuerpo no reaccionaba, pero aquellas escenas comenzaron a estremecerlo, mientras Sinbad besaba y lamía su cuello con afanoso interés y sus dedos se deslizaban por su cuerpo en busca de aquellas zonas más sensibles que conocía de memoria.

—Basta... —pidió en un suspiro tembloroso, pero Sinbad lo ignoró. Su boca comenzó a lamer y marcar con sólidos besos su hombro derecho, igual que en los viejos tiempos. Tembloroso, le apresó el antebrazo que descendía por su pecho e intentó apartarlo, pero sus propias manos no obedecieron. Su mente estaba siendo invadida por cientos de imágenes, y cuando abrió los ojos, se vio en aquella habitación secreta en Rakushou; vio a los miembros de Al-Thamen a su alrededor y aquella sombra hiriéndolo—. ¡No! —gritó, empujando a Sinbad con brusquedad. Se aferró de los brazos e intentó aplacar el estremecimiento y el frío repentino que se precipitó en todo su cuerpo.

—¿Qué pasa? —Desconcertado, Sinbad tendió el brazo para acariciarle el rostro, pero se detuvo al percatarse de los temblores que sacudían el cuerpo de Alibaba. —¿Estás bien?

Alibaba no contestó. No entendía porqué de pronto aquellas imágenes invadieron su cabeza. El contacto de Sinbad en su piel le había aterrado, como si sus manos hubieran sido las mismas que lo tocaron esa noche en Rakushou.

—N-Nada. Yo... no creo que esto sea correcto. —Intentó desviar la atención de Sinbad antes que descubriera su secreto. Él jamás debía enterarse de lo que había vivido a manos de Al-Thamen, no porque fuera capaz de hacer algo contra ellos, más bien era la incertidumbre que le producía lo que Sinbad fuera a pensar de eso.

Lo vio ponerse de pie y pudo contemplar con detenimiento su semblante.

—Si crees que no es correcto, está bien. —Sinbad caminó hacia la puerta, pero al llegar a ella se detuvo. —¿Puedo preguntarte algo?

Con un gesto cabizbajo, Alibaba apenas asintió.

—¿Por qué se suspendió el matrimonio entre tú y Kougyoku? ¿Por qué Ren Kouen te sacó del salón?

Alibaba alzó el rostro petrificado. Había olvidado por completo que Sinbad estuvo presente ese día, escuchando y viéndolo todo.

—¿Por qué? —repitió aturdido—. F-Fue... fue por... —¿Cómo decirle que Kouen se le había declarado ese día?

—Kouen es un príncipe... impredecible —señaló Sinbad, y Alibaba no pudo contener el estremecimiento que le produjeron esas palabras—. Pero parece que no estás de acuerdo con eso. Disculpa a mis generales por hablar mal de la familia Ren. Entiendo que el compartir con ellos te hizo comprender un poco más su filosofía de vida. —Retomó el paso y sin darle tiempo a Alibaba de pronunciar palabra alguna, añadió: —Eres esa clase de persona, que perdona a su enemigo. —Abrió la puerta y antes de salir al pasillo giró la cabeza hacia Alibaba. —Buenas noches. —Y sin esperar respuesta se marchó.

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Alibaba vio el amanecer desde la ventana de su dormitorio. No fue sorpresa que después de la visita de Sinbad, sus deseos de dormir se hayan esfumado, terminando por ver tendido en la cama el amanecer iluminando las tierras de Sindria.

En su desvelo intentó reordenar sus ideas, pero en especial, entender porqué el contacto de Sinbad le había causado tanto temor. Inicialmente el beso solo provocó que su mente se enfocara en Kouen, pero reaccionó con un pavor descontrolado al sentir las manos de Sinbad tocando su cuerpo. No podía ser posible que tuviera miedo de él a causa de aquel evento en Rakushou. Desde que Kouen le ayudó a reponerse de aquello había estado llevando una vida relativamente normal. No desconfiaba de las personas; tampoco las rechazaba ni tenía la necesidad de hacerlo, pero ahora, frente a un contacto más íntimo, sus recuerdos lo traicionaban.

Cerró los ojos un momento y repasó la otra parte responsable de su insomnio. Finalmente había llegado a la conclusión que su etapa con Sinbad podía considerarse terminada. Lamentaba haber llegado a esa conclusión final, pero Sinbad le había demostrado que continuar forzando las cosas e insistir en recuperar la relación era una causa perdida. Insistir y aferrarse a ello era un daño unilateral que no estaba dispuesto a soportar por mucho que quisiera luchar. Ahora su meta debía ser otra, y estaba en Balbadd, esperándolo.

Sin proponérselo, Kouen había pasado a convertirse en una parte importante de su vida. Incluso ahora, cuando más necesitaba esclarecer sus sentimientos, no podía apartarlo de su cabeza. No quería admitirlo, pero muchas veces se dormía recordando algún momento compartido, el calor de sus manos cuando por casualidad las tocaba, el aroma inconfundible de su perfume y el tono de su voz hablándole mientras le miraba fijamente a los ojos. Pero también imaginaba cómo se sentiría abrazarlo, cómo sería poder tomarlo de las manos y probar el sabor de sus labios.

No conseguía entenderlo realmente; desde que se le declaró se sentía distinto, y durante días intentó convencerse de que la incomodidad y el nerviosismo que experimentaba cuando pensaba en ello era normal, pero no podía engañarse, porque mucho antes de escuchar su declaración ya se sentía atraído hacia él, tal vez porque Sinbad lo había lastimado y en Kouen había encontrado una persona diferente, que lo trataba como nunca nadie lo había tratado antes. Y habiendo llegado a esa conclusión, mientras los primeros rayos del sol tocaban Sindria, fue capaz de tomar una decisión.

Salió del dormitorio y fue directo a la oficina de Sinbad. En el camino ordenó las palabras que le diría y, tras llamar a la puerta e ingresar a la habitación, se plantó frente a él y lo vio directamente a los ojos.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sinbad mientras dejaba su trabajo para atenderlo. Reparó en su mirada y notó algo diferente en ella.

—Volveré a Balbadd —contestó Alibaba sin vacilación.

El rostro de Sinbad permaneció inmutable, pero en sus ojos se vio un atisbo de decepción.

—¿Cuándo?

—Ahora.

Sinbad suspiró y se reclinó en su sillón.

—Si eso fue lo que decidiste, lo aceptaré.

Contrariado por su respuesta, Alibaba frunció el ceño y empuñó las manos.

—¿Eso es... todo lo que dirás? —preguntó mientras su expresión comenzaba a crisparse.

—Tu decisión ya está tomada. No hay nada que yo pueda hacer.

—¡Eres un idiota! —Sinbad abrió los ojos con sorpresa. Alibaba nunca le había gritado de esa manera ni mucho menos insultado. —¡Ni siquiera porque me iré eres capaz de hacer algo para demostrarme que te importo! ¡No eres capaz de siquiera fingir que te afecta que salga de tu vida!

Endureciendo la expresión de su rostro, Sinbad negó con la cabeza.

—Si no fui lo suficientemente claro anoche, lo lamento, pero creí que habías entendido que a pesar de lo que siento por ti, no puedo priorizarlo.

—Podrías si quisieras —le rebatió Alibaba.

—Podría, pero no debo.

Alibaba soltó una carcajada que sorprendió a Sinbad.

—Son... tan diferentes —La sonrisa se mantuvo en sus labios, mientras que en sus ojos aparecía un brillo que Sinbad nunca antes había visto—. Ahora lo entiendo.

—¿De qué hablas? —le preguntó.

—Ahora entiendo todo —continuó Alibaba de manera reflexiva. Vio a Sinbad y le sonrió—. Lo que vivimos fue importante y nunca lo olvidaré. Gracias por enseñarme tantas cosas, por dejarme formar parte de tu vida.

Su sonrisa se amplió y se inclinó levemente.

—Adiós Sinbad.

Dio media vuelta, y las patas del sillón de Sinbad rechinaron en el suelo.

—Espera. —Alibaba sostenía la puerta, a punto de salir—. Nunca quise lastimarte. Lo que siento por ti...

—Lo sé, y está bien —contestó Alibaba, mirándolo por encima del hombro—. La próxima vez que nos volvamos a ver será en la cumbre, en bandos contrarios. —Le ofreció una última sonrisa y añadió: —Cuando Aladdin regrese, dale mis saludos.

Salió al pasillo y cerró la puerta antes de que sus lágrimas terminaran por desbordarse frente a Sinbad. Buscó rápidamente a Morgiana y a los demás y les avisó que ya era momento de partir de regreso a Balbadd. De inmediato, recogieron sus cosas y abordaron el barco, y solo cuando comenzaron a alejarse del puerto, Alibaba permitió que las primeras lágrimas cayeran, seguidas de un llanto amargo que brotó de su garganta mientras veía desde la popa del barco cómo se alejaba lentamente de Sinbad. En su mano derecha sostenía el artículo mágico que él le obsequió, y que había pasado a convertirse en el último vínculo que tenían. Fueron tantas las ocasiones que pensó en deshacerse de él, pero nunca tuvo el valor de hacerlo al sentir que aún quedaba algo que rescatar. Lo contempló apreciando sus finos detalles y reteniendo en su memoria cada uno de ellos, y, tras esbozar una amarga sonrisa, lo dejó caer al mar, terminando así para siempre su historia con Sinbad.

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Kouen llevaba cerca de una hora caminando en círculos por su oficina. Koumei, sentado al otro lado del escritorio, intentaba terminar de leer un documento para la reunión que tenían dentro de poco, pero el ir y venir de Kouen lo estaba mareando.

—Si sigues así le harás un agujero al piso —se quejó.

—Se fue hace una semana y aún no vuelve. —Kouen insistía en caminar visiblemente alterado. —Ni siquiera se ha comunicado.

—¿Y cómo esperas que lo haga? —preguntó Koumei sin apartar la mirada del pergamino que leía—. De todos modos su viaje no fue precisamente para vacacionar. Necesitar enfocarse en terminar con el rey de Sindria.

—Una semana... una semana... —repetía Kouen con el semblante enojado y el cuerpo en tensión.

—¿Y ya tienes pensado qué harás cuando regrese?

Kouen interrumpió bruscamente su ir y venir. Resuelto a conquistar a Alibaba, buscó información en todos los libros que tuvo a disposición. Desde novelas románticas hasta ensayos filosóficos y manuales eróticos, pero nada de eso logró darle la respuesta que necesitaba. Finalmente y, en su desesperación, terminó consultándole a la única persona que podía ayudarle.

—Supongo que... seguir los consejos de Kougyoku —señaló.

—Así que después de todo le consultaste. —Koumei no pareció sorprendido.

—¿Y qué esperabas? —masculló, retomando su caminata—. Me leí todos los malditos libros que hablaban de ese asunto pero no entendí nada. Nunca imaginé que fuera tan complicado.

—Siempre he admirado tu inteligencia y tu capacidad para armar poderosas e invencibles estrategias de guerra. —Koumei terminó de leer y dejó el pergamino sobre el escritorio. —Naciste para eso, pero en asuntos de romance eres un idiota.

—¿Estás aquí para alentarme o insultarme? —protestó Kouen con el ceño fruncido—. No es mi culpa no saber de estas cosas. De todos modos no entendí nada de lo que dijo. Habló de flores, de poesía, pero eso es ridículo.

—¿Y le dijiste de quién se trataba?

Kouen volvió a detener su alterado paseo por la habitación.

—Tuve que hacerlo —contestó—. Es mi hermana después de todo. A ella no puedo ocultarle ese tipo de cosas. Como sea, ella ya lo intuía. Cuando estuvo aquí se dio cuenta, así que apenas le pregunté se puso como loca. Fue absurdo escucharla durante una hora hablando de eso. Y resultó una pérdida de tiempo porque no le entendí nada.

—¿Qué es lo que realmente te complica?

Con un largo suspiro, Kouen tomó asiento en el sofá junto al ventanal. Apoyó los brazos en los muslos y se inclinó hacia delante. Una expresión nostálgica se apoderó de su mirada.

—Quisiera que me viese solo a mí —murmuró con la vista fija en el suelo—, pero para eso tendría que encerrarlo. Solo así podría sentirme tranquilo, luego de arrancar a ese rey de su cabeza.

Koumei entrecerró los ojos con cierta intriga.

—¿Y por qué no lo haces?

Kouen suspiró y negó con la cabeza.

—Al principio lo pensé, pero entendí que si lo hiciera él no sería feliz. Después de todo lo que he hecho, solo quiero que sonría. Eso me basta, supongo. —Frunció el ceño y con gesto cansado se apartó los cabellos que, alborotados, le caían sobre la frente. —Ni siquiera sé lo que digo. Solo prefiero verlo sonreír y no tener que soportar sus gritos e insultos cuando se enoja. Encerrarlo y forzarlo a olvidarse de ese sujeto solo lo fastidiará.

No existía una fórmula secreta ni mucho menos un libro que diera la respuesta, pero Koumei estaba convencido que lo que Kouen experimentaba era amor y nada más que eso, porque el querer solo lo mejor y la felicidad para una persona, sin esperar nada cambio, no podía significar ninguna otra cosa más que ese peligroso y complejo sentimiento.

—Estoy seguro que Alibaba se dará cuenta y te recomenzará —comentó.

—No me interesa si me recompensa —refutó Kouen, colocándose de pie para retomar su ir y venir por la habitación—. Solo quiero entender cómo conseguir que me quiera sin forzarlo.

Adoptando una postura pensativa en sillón, Koumei pensó.

—Sé lo mismo que tú, pero... si quieres una explicación simple: el amor es como una guerra, donde se arman estrategias y debes usar tus mejores armamentos y tácticas para conquistar el territorio que deseas.

—El territorio que deseo... —Kouen se detuvo y se llevó la mano al mentón, donde cepilló su barba de manera reflexiva. —¿Te refieres al cuerpo de Alibaba?

Koumei suspiró resignado.

—Hablo del corazón. Tienes que conquistar su corazón.

Kouen retomó el paso.

—Entonces... ¿cómo se supone que debo conquistar su corazón?

—Arma tu propia estrategia —dijo Koumei—, y aplica los consejos de Kougyoku.

—No sé cómo.

—Ya se te ocurrirá algo.

En ese momento golpearon la puerta. Kouen se detuvo un tanto sobresaltado y masculló un desganado "adelante". La puerta se abrió y, ante él, la figura de Alibaba se hizo presente.

Koumei, que no había prestado atención a la llegada de Alibaba, reparó en la expresión sobrecogida de Kouen y miró hacia la puerta. No pudo evitar sorprenderse cuando reconoció a Alibaba de pie al otro lado del pasillo. Y sin esperar que Kouen se lo "sugiriese", se levantó del sillón y salió de la habitación.

—Volví, como te lo prometí —pronunció Alibaba, rompiendo el silencio que se había formado al interior de la oficina durante unos segundos mientras se veían fijamente a los ojos.

—Así veo, ya estaba por ir a buscarte —contestó Kouen, desarmando su postura rígida tras el escritorio.

Alibaba sonrió y con paso decidido atravesó el espacio que los separaba, deteniéndose frente al escritorio.

—¿Terminaste tu historia con él? —preguntó Kouen, escrutando con detenimiento la reacción en su rostro.

—Lo hice —contestó.

—¿Y qué harás ahora?

Las mejillas de Alibaba enrojecieron y negó con la cabeza.

—No quiero darte falsas esperanzas —murmuró—, pero... estoy dispuesto a mirar hacia adelante y... —Tragó saliva con dificultad. —Lo que trato de decir es que no pretendo usarte para olvidarme de Sinbad. En verdad quiero que esto funcione.

Con esas palabras, Kouen comenzó a pensar en la amplia gama de posibilidades a su disposición ahora que Alibaba estaba dispuesto a ser conquistado. El problema era ¿cómo debía hacerlo?

—Bueno, acabo de llegar. —Alibaba se frotaba las manos con cierto nerviosismo mientras el rubor en sus mejillas parecía ir en aumento. —Vine directo a verte y... quiero darme un baño y descansar.

—Habrá una reunión al mediodía —dijo Kouen—. Te quiero allí anotando todo.

De pronto pensó en algo.

Con una sonrisa a modo de respuesta, Alibaba dio media vuelta y caminó hacia la salida, pero cuando ya estaba moviendo el picaporte y entreabriendo la puerta, Kouen lo detuvo. Con un golpe seco él la cerró de nuevo para luego volverla abrir. Alibaba quedó desconcertado y sobresaltado por tan repentina reacción.

—Vete —dijo Kouen, sujetando la puerta para que se marchara.

Alibaba obedeció confundido y salió de la oficina. ¿Por qué Kouen había corrido hacia la puerta para abrírsela? ¿Tanta prisa tenía porque se marchara que tuvo que echarlo personalmente? De cualquier manera que intentara ver la situación le resultaba absurda, pero continuó pensando en ello los siguientes minutos, incluso cuando Kouen, al iniciar la reunión y, ante la mirada estupefacta de todos los presentes, tuvo el increíble gesto de correrle la silla para que se sentara a la mesa.

—¿Qué pasa? —preguntó Kouen con el ceño fruncido al ver que todos se quedaron en silencio y lo veían horrorizados.

—S-Su m-majes-tad... ¿qué está haciendo? —Uno de los miembros de la corte parecía atragantado con sus propias palabras mientras lo señalaba con un dedo tembloroso.

—Déjense de preguntas tontas —Vio que Alibaba no se sentaba y lo empujó a la silla. —Quiero que se siente para que tome apuntes.

Nadie fue capaz de decir lo contrario ni de quejarse por su actitud frente a alguien de tan baja categoría como lo era Alibaba para los miembros del Imperio Kou.

Y los detalles siguieron, por más absurdos e insignificantes que fueran, Kouen hacía cosas fuera de lo común. Cosas tan simples como abrirle la puerta para entrar o salir de una habitación, correrle una silla o mandar a colocar flores en su dormitorio, incluso dejarle comida y té en la biblioteca cuando debía quedarse hasta tarde trabajando, y de vez en cuando, confundirlo con algún elogio por su trabajo o por algún aspecto de su persona. Alibaba no sabía qué estaba sucediendo, pero esa actitud en Kouen comenzaba a asustarlo.

—Algo trama —dijo en voz alta lo acompañaba bajo la sombra de la pérgola en donde Kouen gustaba pasar algunas tardes cuando el calor sobre Balbadd no era agobiante.

Kouen le había pedido que lo acompañase, pero aún desconocía el motivo. Llevaban media hora sin cruzar palabra alguna y Alibaba se estaba impacientando.

—Disculpa, ¿para qué me pediste que te acompañara? ¿Necesitas algo? —preguntó sin dejar de mover las piernas inquietamente.

—No —contestó Kouen sin apartar la visa de su libro.

—Por si no lo sabías tengo otros deberes que atender. No puedes tenerme sentado sin hacer nada. ¿De verdad no necesitas nada?

—Que te quedes en silencio mientras leo.

Alibaba se levantó.

—¡¿Entonces para qué me pediste que te acompañara?!

Kouen levantó apenas la mirada.

—No se me ocurrió ninguna excusa.

—¿Qué es lo que pasa contigo? —preguntó Alibaba de manera exigente.

—¿De qué hablas?

—Últimamente has estado actuando muy extraño. Me haces cumplidos y mandas a poner flores en mi cuarto todos los días.

Dejando la lectura a medio acabar, Kouen cerró el libro y miró fijamente a Alibaba.

—Solo trato de ser amable —contestó—. ¿Qué tiene eso de malo?

—¡Me asustas! —exclamó Alibaba—. Así no eres tú.

—¿Y cómo soy según tú?

—B-Bueno... —Tartamudeó un poco y sintió que se le subía el calor a las mejillas. No podía ver a Kouen a los ojos, porque la manera en la que le miraba lo colocaba mucho más nervioso que de costumbre. —Eres antipático, sarcástico, nada amable, y... ¡y lo que haces resulta aterrador!

Kouen chasqueó la lengua.

—Solo trataba de agradarte —Lo dijo tan bajo, que Alibaba apenas pudo escucharlo.

—¿Qué dijiste?

—Dije que ya me cansé de hacer el ridículo. —Dejó de mala gana el libro que leía y se paró encarando a Alibaba. —No me gusta fingir ser alguien que no soy. Intenté ser amable contigo para que te dieras cuenta que mis sentimientos por ti son sinceros, pero los consejos de Kougyoku no funcionan contigo.

—¿Los... consejos? —Alibaba intentó retroceder pero se vio atrapado por uno de los pilares del quiosco y la estrecha cercanía de Kouen. —¿De qué consejos hablas?

—Ahora voy a hacer las cosas a mi manera.

Lo sujetó del rostro y se inclinó sobre sus labios.

—Espera, ¿de qué estás hablan-?

Fue como un estallido; los labios de Kouen se cerraron sobre los suyos y un largo escalofrío le recorrió de la cabeza a los pies como un espasmo. Notó rápidamente el sabor de Kouen dentro de su boca y su lengua abriéndose paso entre sus labios, moviéndose con arrebato y buscando con premura la suya. Hizo un leve intento por alejarse y deshacerse de ella, pero su cuerpo se había abandonado por completo a la boca de Kouen que, sujetándolo por la cintura, lo atrajo con fuerza hacia sí, negándole todo intento de resistencia. Estaba atrapado, subyugado por aquel intenso beso que lo dejaba a merced de sus propias emociones que comenzaban a sacudirse dentro de su pecho. Dejó escapar un lánguido gemido y las rodillas se le doblaron, pero Kouen lo retuvo estrechándolo aún más contra su cuerpo y besándolo con renovadas energías. Y sintiéndose vencido, se aferró a la tela de su ropa, entregándose por completo al placer y la sensación que Kouen había desencadenado, robándole el aliento.

Cuando sintió que su cuerpo no resistiría más, Kouen lo soltó y se alejó de allí rápidamente, sin siquiera mirarlo ni disculparse por tan repentina acción. Lo dejó solo, enfrascado en una sensación que solo había experimentado con Sinbad, pero que ahora tenía algo distinto, algo que no sabía cómo interpretar, pero que resonaba en su corazón, que golpeaba con fuerza su pecho, sacudiéndolo todo.

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Poco antes del anochecer, Morgiana fue por Alibaba luego de terminar de entrenar en la playa junto a Toto y a Olba. Pero al enterarse que no se encontraba en el palacio, luego de preguntar por él en la entrada, salió en su búsqueda por los alrededores de la ciudad, y no fue difícil encontrarlo; Alibaba solía hallar refugio en un sitio especial y único para él, frente a la tumba de Kassim.

Cuando llegó él estaba allí, igual que en aquella ocasión cuando estuvieron a punto de regresar a Sindria por causa de un absurdo malentendido, pero su mirada, a diferencia de ese entonces, lucía tranquila.

—¿Estás bien?

—Cuando dejé Sindria sentí que la herida que me dejó Sinbad tardaría en sanar. Creí que regresar e intentar mirar hacia adelante serviría para acelerar el proceso. Una parte de mí hizo ese viaje con el deseo de poder corresponder los sentimientos de Kouen. —Miró hacia el cielo anaranjado y sonrió. —Cuando estoy con él me siento distinto, como si todo fuera una aventura y estuviera a la espera de algo que me pudiera sorprender. Pero por su causa también llegué a pensar que estaba traicionando mis sentimientos por Sinbad. Me sentí culpable, y quise empeñarme en conservarlos a pesar de que estos nunca fueron realmente correspondidos.

—Alibaba... —Morgiana se le acercó. —Tú... sientes algo por Kouen, pero no has sabido darte cuenta.

Alibaba se rozó los labios con las yemas de los dedos y esbozó una amplia sonrisa.

—Hoy lo hice.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Morgiana con cierta curiosidad.

Después de haber sido besado por Kouen, Alibaba pensó que salir del palacio y buscar un sitio en el cual pensar sin ser interrumpido sería la única forma en la que conseguiría esclarecer sus sentimientos y dar el siguiente paso por el que había resuelto marcharse de Sindria.

Nunca imaginó que la petición de Kouen de tenerlo como brazo derecho y acompañante en la cumbre desencadenaría una serie de eventos que lo llevarían hasta este punto. Cuando lo conoció supo que las cosas no serían sencillas, pero intentó entenderlo y sobrellevar la relación que forzosamente debieron construir a base de absurdas condiciones. Sin embargo, en el proceso, comenzó a cuestionarse si en realidad estaba siendo obligado o permanecer a su lado era decisión personal y no necesariamente por el bien de Balbadd. En algún punto había olvidado su objetivo inicial, comenzando a disfrutar de su compañía e incluso su forma de ser, aun cuando algunas veces sacara lo peor de su persona.

Volvió el rostro hacia Morgiana y le sonrió lleno de emoción.

—Creo que... escuchar la decisión que tomó mi corazón.

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Después de haber besado a Alibaba y descubrir que su corazón no se había equivocado, decidió que lo mejor era mantener sus pensamientos calmos dando una caminata por la playa. Encerrarse no le parecía sensato en esta ocasión, tal vez porque sentía que hacerlo sería continuar buscando una respuesta que ya había encontrado al probar los labios de Alibaba.

Aún podía sentir el calor de su boca y el sabor dulce de su saliva, así como también recordaba la torpeza de sus labios y el temblor incontrolable de su cuerpo cuando lo estrechó contra el suyo. Había sido un impulso, una acción completamente involuntaria, pero no se arrepentía, a pesar de que él jamás se dejaba llevar por un impulso. Cada paso en su vida estaba fríamente premeditado y calculado, pero desde que conoció a Alibaba, su equilibrada y perfeccionista existencia parecía haberse desarmado como un castillo de naipes.

Tal vez el dejarse llevar no era tan malo si conseguía esa clase de retribuciones, y hasta podría acostumbrarse, pero a menos que Alibaba estuviera dispuesto a perdonarlo y permitirle nuevamente tomarlo por sorpresa, no tendría otra oportunidad para degustar el sabor de sus labios y deleitarse con el rubor de sus mejillas y el nerviosismo en su mirada.

—Soy un idiota —pensó en voz alta, recriminándose por haberse dejado llevar sin considerar a Alibaba.

¿Pero desde cuándo tomaba en consideración los sentimientos de los demás cuando quería conseguir algo? Con Alibaba se tomaba esa clase de molestias y no podía entenderlo. ¿Por qué él era diferente? ¿Qué había de especial en él además de ser la persona que desbarató su corazón? Tal vez el poder de Alibaba no se limitaba a fuerza física o habilidad mental, quizá era algo mucho más poderoso y peligroso que cualquier arma o técnica de combate, y Kouen había sucumbido ante ella sin darse cuenta.

Cerró los ojos y dejó que la brisa del mar lo calmara mientras su mente recordaba una vez más aquel intenso beso que le dio.

—Qué coincidencia. —La voz de Alibaba a unos cuantos pasos detrás de él lo sorprendieron; aun así no volteó a verlo—. Vienes al mismo lugar que yo para pensar.

—Es la playa —contestó fingiendo molestia—, cualquiera viene a este sitio para pensar. No te creas especial por eso.

Una pequeña carcajada se escuchó junto con el oleaje rompiente.

—En realidad, te estaba buscando.

Esta vez Kouen volvió el rostro y sintió un vértigo en el estómago cuando descubrió que Alibaba lo miraba seriamente.

—¿Para qué? —masculló— ¿Para insultarme y golpearme por haberte besado? No pienso disculparme.

—Deberías —rebatió Alibaba—. No puedes ir por la vida besando a la gente sin su consentimiento.

—No beso a cualquiera —aclaró Kouen—, solo a ti.

Alibaba se ruborizó y esquivó la mirada con cierto nerviosismo.

—Si no viniste a golpearme e insultarme por haberte besado —continuó Kouen—, entonces qué haces aquí.

—Quiero... —El rostro de Alibaba enrojeció aún más. —Corresponder tus sentimientos.

—¿Y por qué?

—No lo sé.

Kouen carcajeó un poco.

—Eres esa clase de persona. —Confundido, Alibaba alzó el rostro. —Admito que es una de las cosas que más me gusta de ti. Siempre queriendo dar lo mejor, de no fallarle a nadie, incluso a alguien como yo. —Vio que la expresión de Alibaba se tornaba compungida. —Pero no es una obligación corresponder mis sentimientos.

—¡Pero yo quiero hacerlo! —exclamó Alibaba enérgico.

—Aún hay cosas que necesitas aprender. —A pesar de la seriedad con la que pronunció esas palabras, Kouen lucía tranquilo. —A veces, si te esfuerzas demasiado, no puedes notar el lado sencillo de las cosas. Empeñarte en querer sentir algo por mí sólo te nublará la mente.

Alibaba caminó hacia él y lo encaró.

—Cuando llegué aquí la primera vez, luego que tu familia tomó el control de Balbadd, me sentía muy frustrado y solo. Te detestaba por haberme arrebatado algo por lo que luché tanto, pero ahora todo es distinto. Al decirle adiós a Sinbad y regresar aquí, mi único deseo durante todo el viaje fue volver a verte. Quería verte otra vez, escuchar tu voz y ver tus ojos. —Sacudió la cabeza. —No podía entenderlo, incluso cuando intentaste ser amable, lo cual solo me asustó, pero cuando me besaste...

—¿Qué tratas de decir? —le interrumpió Kouen.

—Lo que trato de decir es que finalmente entendí que el único lugar en el que quiero estar es aquí, contigo. No puedo afirmar que es amor, pero no quiero estar en otro lugar si tú no estás en él.

Kouen no pudo contener el estremecimiento que le produjeron aquellas palabras. Intentó mantenerse impasible, pero por dentro, su corazón golpeaba frenético contra su pecho.

—Entonces... —articuló— ¿Aceptas lo que siento por ti?

—Cuando me dijiste lo que sentías por mí, lo tomé a la ligera, creyendo que solo se trataba de un capricho pasajero —confesó Alibaba con tranquilidad—. Tuve miedo de aceptar que tal vez lo que decías era cierto, y de solo pensarlo me ponía nervioso, porque si era verdad, yo también tenía que aceptar lo que estaba comenzando a sentir por ti.

—¡¿Ah?! —Kouen perdió la compostura—. ¡¿Significa que también te gusto?!

Alibaba cabeceó un poco y esquivó la mirada al sentir que las mejillas aumentaban su calor.

—B-Bueno... algo —balbuceó nervioso—. ¡Es que eres muy insoportable y arrogante! ¡No se puede querer a una persona así! Pero... cuando estoy contigo, trabajando o conversando, incluso cuando solo pienso en ti, mi corazón se acelera. —Cerró los puños sobre la tela de su ropa y sintió cómo el corazón se sacudía dentro de su pecho. —¡Pero no quería sentirme así! Sentía que... el hacerlo, traicionaba mi amor por Sinbad. Además pensaba que tú y yo no tenemos nada en común, sin mencionar que me quitaste mi país y...

—Ya sé eso, pero por más que lloriquees no pienso devolvértelo —le aclaró Kouen con seriedad y una pisca de maldad en la mirada.

—¡Ya lo sé! —Alibaba protestó ofendido. —¡Y no estoy lloriqueando! ¡Lo que trato de decir es que...! —Respiró hondo y soltó el aire, relajando los hombros. —Al decirle adiós a Sinbad, me sentí con un peso menos y pude ver que habían otros sentimientos en mi corazón. Y cuando me besaste pude entenderlos.

Kouen alcanzó su rostro y lo sujetó del mentón con uno de sus dedos, forzándolo a que lo levantase y lo viese a los ojos.

—Escucha bien lo que te voy a decir, porque no lo volveré a repetir. —Alibaba asintió. —Aunque no llegues a enamorarte de mí, aunque me consideres un fastidio o solo me tengas lástima, no me importa. Retenerte a la fuerza o chantajearte no es algo que cruce por mi mente. Me siento tranquilo y me basta si solo estás aquí. —Tras una pausa añadió: —Estoy dispuesto a hacerte feliz si eso es lo que quieres. Estoy dispuesto a hacerte sonreír y quiero ser el único que vea tu sonrisa.

Alibaba no pudo evitar estremecerse ante esas palabras que nunca nadie se las había dicho. Y al descubrir ese lado de Kouen que nadie más conocía sintió que algo despertaba en su interior, mientras que la expresión ansiosa de su rostro, la mirada colmada de emociones en sus ojos y el calor desbordante de su piel contra la suya fueron suficientes para impulsarse contra él y besarlo. Su lengua se coló rápidamente entre los labios de Kouen y buscó la suya sin encontrar impedimentos. El sabor de su boca y la pericia con la que le respondía lo excitaba, y dejándose llevar por aquella misma sensación que experimentó en la tarde, cuando Kouen lo besó y le permitió entender que sus sentimientos eran verdaderos y esperaban por él, le hizo vibrar de pies a cabeza y rodearle el cuello con los brazos. Kouen correspondió su abrazo, atrapándolo por la cintura e intensificaron el beso durante los siguientes minutos.

Cuando se separaron, Alibaba procuró verlo a los ojos, y disfrutó de la sorpresa y satisfacción que percibió en ellos.

—Entonces... —le preguntó esbozando una sonrisa—. ¿Qué haremos ahora?

Kouen suspiró.

—Supongo que... seguir escuchando lo que dicen nuestros corazones.

Alibaba apoyó su frente contra su pecho y cerró los ojos. En ese momento, una imagen vino a su mente. Aquel día, en la fiesta de cumpleaños de Kouha, había estado en esa misma posición, sintiendo aquel inconfundible aroma llegando a lo más profundo de su corazón.

Kouen Lo rodeó con los brazos, en un intento por corresponder su dulce gesto, pero no pudo mantenerse así por mucho.

—No puedo soportarlo —dijo.

Confundido, Alibaba alzó el rostro en el instante que Kouen le sujetaba del cabello.

—Si vamos a iniciar una relación, más vale que te cortes este maldito cuerno.

—¡¿Qué te pasa?! —chilló Alibaba— ¡Deja mi cabello!

—¡No hasta que te lo cortes!

—¡¿Por qué siempre tienes que arruinar el momento?!

Comenzaron un absurdo forcejeo, pero no lo notaron por encontrarse demasiado concentrados en experimentar esa poderosa emoción que los sacudía por dentro, porque sabían que habían dado inicio a algo especial, que los llevaría por un camino que estaban dispuestos a recorrer y descubrir juntos.

...Continuará...