Chicxs, siento la tardanza. Los domingos casi nunca estoy disponible y los lunes me cuesta. Este capítulo es un poco, a mi parecer, de relleno. Sabéis que en esta historia se tratan a todos los personajes casi que por igual, en este veremos un cachito de cada hermana e incluso de Gold. Me pongo a transcribir el siguiente ya para subirlo mañana. Un beso y disfrutad.


Capítulo 9

Tres semanas después

En Amán había hecho un día frío y gris. Cuando cerró la ventana y se metió en la cama, llevándose la mano a la frente y notándola fría, Belle sintió una fugaz nostalgia por el tiempo caluroso y húmedo de Nueva York. Tanto viaje entre Nueva York y Amán, primero para la petición de mano y ahora para la boda, no la ayudaba a encontrarse mejor. Por lo visto, las múltiples pastillas con que la había obsequiado diligentemente su madre en los dos días anteriores no estaban funcionando, a pesar de que Cora tenía un arsenal de medicamentos mejor surtido que la mayoría de farmacias. En los confines del cerebro de Belle empezó a asomar la posibilidad de que lo que la aquejaba no fuera una gripe sino algo más siniestro, como una mononucleosis infecciosa o algún tipo de fatiga crónica. La tangible ansiedad que le produjo este pensamiento se sumó a las demás angustias que se agazapaban como tentáculos venenosos en el fondo de su estómago.

Se oyó el consabido golpe con los nudillos justo antes de que se abriera la puerta de la habitación, y Belle se incorporó de un salto en la cama. Era su padre. A Belle ya se le había olvidado que en la casa familiar no existía la noción de intimidad. Por lo visto, a sus padres no se les ocurría la posibilidad de encontrarse con alguna de sus hijas practicando sexo, fumándose un porro o haciendo cualquier cosa que no requiriese su contemplación.

- ¿Qué haces? – preguntó su padre -. Baja. Vamos a cenar dentro de nada.

- ¿Con quién? ¿Con nuestros cien mejores amigos? – masculló Belle.

Una rápida sonrisa cruzó la cara de Henry. – Esta noche estamos solamente Regina, tu madre y yo.

Zelena se había ido a su casa, estaba cansada.

- No me encuentro bien – articuló débilmente Belle, pero no supo si su padre había llegado a oírla antes de marcharse dando un portazo.

Escuchó hasta que dejaron de oírse los pasos rápidos de su padre, que golpeaban musicalmente las baldosas de mármol del pasillo. Sin ganas, Belle fue al cuarto de baño y se peinó. Volvió arrastrando los pies sobre el mullido espesor de la moqueta blanca de su habitación. Bajó la vista y pensó que la moqueta debía de tener algo que ver con su moqueo y su escozor de garganta. ¿Acaso su madre ignoraba la existencia de los ácaros de polvo? En aquella capa de lana de medio palmo debía de haber suficientes bichos como para poblar un país pequeño. Belle se rascó el brazo e intentó tranquilizarse. Faltaba menos de una semana para la boda, y después podría regresar a los suelos de madera y las paredes blancas e impolutas de su apartamento neoyorquino. Se tumbó de nuevo en la cama, conteniendo el aliento para no pensar en la ominosa concentración de motas de polvo y escamas de piel que se habían acumulado durante años en la almohada.


Tal como había imaginado, Zelena comprobó que su marido respondía con interés al tema de conversación que ella misma había introducido discretamente cuando se habían sentado a la mesa de la cena. Gold tenía tendencia a preferir las malas noticias a las buenas, y cuando hablaba con él, Zelena procuraba adaptar a sus gustos las novedades del día. Cuando oía una información negativa, Gold podía dedicarse a criticar con mesura a las partes implicadas, lo cual a él lo dejaba contento, y a ella la tranquilizaba. De hecho, Zelena había empezado a reclamar diariamente este reconfortante recordatorio de que las cosas le iban mucho mejor que a los demás, de que las personas que los rodeaban eran infelices por razones que Gold sabía expresar con gran elocuencia. Oyéndolo hablar, Zelena terminaba convencida de que a ellos no podían afectarles esos problemas, y esta idea era como un bálsamo para el hueco frío y oscuro que albergaba en el fondo de su corazón.

- ¿Te lo ha dicho Regina directamente? – preguntó Gold, mirando boquiabierto a su mujer.

Zelena asintió, aunque no apartó la vista del plato porque estaba separando los trocitos de queso feta que le habían caído en la ensalada. Era un queso cremoso que se deshacía y lo dejaba todo, hasta el pepino y la lechuga, cubierto de residuos grasos. La mera visión de los blancos trocitos de queso contrastando con el verde intenso de las hojas le repugnaba. Apartó el plato, molesta.

- ¿Te ha dicho ella que tenía dudas? – insistió Gold.

Miró el plato de su mujer con el ceño fruncido. Una vez más, Zelena apenas había tocado la ensalada. Tendría que decirle a la cocinera que preparara una más pequeña al día siguiente.

- Por supuesto – contestó Zelena, nerviosa -. Para Regina no puede haber un compromiso de matrimonio sin dudas.

Gold no hizo caso de su sarcasmo. Consideró con aprensión las nuevas posibilidades que surgían e intentó calibrar la importancia del problema. Porque a Gold le daba igual el novio de Regina. Era un rebelde, un excéntrico, un hombre con el tipo de personalidad que fácilmente puede degenerar en anarquismo. ¡Y ayudaba a gobernar el país!

- ¿Qué dudas? – preguntó Gold -. Ese chico no tiene ninguna pega.

Solo su anarquismo, pensó, y lo que era peor, el hecho de estar a punto de convertirse en yerno de Cora y Henry, es decir, de subir al trono en el que Gold había reinado a solas en los últimos años. Gold se había ganado la confianza de sus suegros, había desarrollado un vínculo con ellos que no quería compartir con nadie más, y menos aún con Robin, a quien a veces le costaba entender la sutil jerarquía de las familias y de las comunidades.

- Ya sé que no tiene ninguna pega – dijo Zelena. A ella, Robin le parecía muy guapo y muy amable. Su gentileza transmitía una consideración genuina; bajo la superficie había una sinceridad verdadera, lo cual le resultaba inexplicablemente atractivo -. Pero Regina no tiene claro si siente pasión por él.

- A veces se me olvida que Regina es la hermana del medio – dijo Gold, soltando un bufido -. Se comporta como una adolescente, como si fuera más pequeña que Belle. ¡Pasión…!

Zelena se llevó una mano al entrecejo, donde notaba los latidos de una incipiente jaqueca.

- No es malo querer pasión – declaró, tratando de no usar un tono acusatorio, aunque no lo consiguió del todo.

Sintió cierto temor al pensar en la posible réplica de Gold y se preparó para defenderse (le dolía la cabeza, no se encontraba bien, solo estaba hablando de Regina…) pero por suerte, su marido no hizo caso de su comentario. Gold había clavado en el plato sus ojos pensativos, mientras iba embutiéndose en la boca cucharada tras cucharada el aromático guiso. Zelena se moría de hambre pero la mera idea de aquel cordero con arroz entrara en su estómago le resultaba horrible.

Gold se terminó el cordero y Zelena lo miró coger un pan de pita. Tenía la boca seca de cansancio, aunque no sabía qué había hecho para estar tan cansada. Como de costumbre, Gold partió un pedazo de pan y rebañó el plato. Primero el lado derecho y después el izquierdo para terminar repasando la parte que más le gustaba, el jugo de carne que se acumulaba en el centro. Con un gesto de satisfacción, se llevó el trozo de pan a la boca y se reclinó en el respaldo mientras lo masticaba. Se sentía lleno de energía.

- ¿Qué hacemos esta noche? – preguntó, mirando a su mujer.

Zelena tragó saliva. ¿Podía preguntar? Esbozó una sonrisa discreta y cargada de promesa. - ¿Qué te parece si nos acostamos temprano?

Era la respuesta que él mismo habría querido dar si hubiera sido capaz de reconocer ante sí mismo que tenía impulsos sexuales. Sus ocasionales urgencias carnales le inspiraban una complicada mezcla de deseo y de aversión, porque en el momento del desenlace se sentía completamente confundido y descontrolado. A Gold le aterraba la posibilidad de que el mundo se derrumbase a sus alrededor sin que él pudiera hacer nada más que dar una última y jadeante embestida para saciar sus toscos instintos animales.

- ¿Te ducharás antes? – preguntó.

Zelena asintió con un gesto. Se había duchado dos horas antes, después del gimnasio, pero si quería recibir también ella un poco de satisfacción, tendría que volver a lavarse. Se levantó mientras la criada terminaba de quitar la mesa y entró al baño para desvestirse.


Para Regina había algo mucho peor que las batallas que libraba diariamente con su madre por la ropa, los accesorios y demás parafernalia relacionada con la boda: el insomnio. Una vez más, se despertó en plena madrugada, acalorada y enfadada, como si saliera de una pesadilla, aunque no recordaba haber soñado. Se quedó tumbada, tapada con las sábanas de algodón, e intentó respirar con calma, sumirse otra vez en el raro y tranquilizador estado de somnolencia, pero le fue imposible. Su cerebro anuló todos los intentos de volver a dormirse, y abrió los ojos y vio el suave resplandor del alba filtrándose en el vasto dormitorio. La perezosa luminosidad del sol sobre las cortinas antiguas, los estantes de madera tallada y el mármol veteado de la chimenea la tranquilizó. Era en esos frágiles instantes de soledad cuando se ponía a pensar en Emma. Más que otra cosa, lo que rememoró fue la noche que había pasado con ella en Oxford, la facilidad con la que había conciliado el sueño cuando los brazos de Emma la rodeaban. Recordaba muy bien la emoción que había sentido, aquella dicha exhausta, y saber que esta felicidad había durado tan poco le llenó los ojos de lágrimas.

En momentos como ese le resultaba inconcebible la idea de casarse con Robin. Y sin embargo, aún más inconcebible era compartir su vida con Emma, o con cualquier otra mujer. Entre una y otra posibilidad se extendía el sombrío pantano en el que había flotado durante prácticamente toda su vida adulta, en el que había vuelto a sumergirse después de cada compromiso anulado, y del que lamentaba haber sido rescatada por cada nuevo prometido. Era vagamente consciente de que los elementos que conformaban su vida cotidiana – trabajo, amigos, viajes, la confianza con que se enfrentaba al mundo – ocultaban la desagradable certeza de su flaqueza interior.

Se volvió y contempló el despertador dorado que le habían regalado sus padres en la última petición de mano. Solo eran las seis y media. Estaba segura de que su padre ya se habría levantado y estaría sentado en el vasto salón de la planta baja, bebiendo el café tosco y fuerte que le gustaba, viendo las noticias en el enorme televisor, pasando velozmente las páginas de los periódicos, pero Regina no tenía ánimos para charlas con él. Quería seguir reflexionando sobre su problema, tantear el terreno que tanto temía pesar. Tenía la cabeza aturdida por la falta de sueño, pero se esforzó en pensar su situación. Era normal que las personas, sobre todo las chicas jóvenes, atravesaran fases. En el internado, varias compañeras de curso (ella incluida) se encapricharon fugazmente de alguna profesora, y una o dos de las profesoras habían mostrado predilección por ciertas chicas; en general reinaba una febril atmósfera de deseo que le había hecho pensar que este tipo de excitación era un componente natural en el contacto entre mujeres.

Sin embargo, ser lesbiana de un modo definitivo e irremediable podía ser muy incómodo. En la universidad, cuando estaba viviendo su primera y acalorada pasión, había llegado a imaginarse revelando su posible orientación sexual a sus padres. Ahora bien, cuando se imaginaba contándoselo, nunca se veía en Amán; eran sus padres los que iban a visitarla, y ella se sentaba a tomar algo con ellos en una cafetería cercana a la universidad, tranquila y relajada, rebosante de decisión. Así empezaba la conversación:

"¿Recordáis que siempre habéis dicho que queríais vernos felices?"

Y entonces el sueño se interrumpía, porque en realidad no podía recordar que sus padres hubieran dicho jamás algo parecido. La felicidad era un concepto que parecía totalmente ajeno a sus padres. En todo caso, no era el fundamento adecuado para abordar los asuntos importantes de la vida, como el trabajo o el matrimonio. Regina no pensaba lo mismo, o eso quería creer. Ahora bien, si no estaba convencida de poder ser feliz con Robin, ¿qué estaba haciendo al casarse con él?

Salió bruscamente de entre las sábanas arrugadas, se dirigió al cuarto de baño y dejó correr el agua de la ducha mientras se lavaba los dientes y se desnudaba. El chorro de agua caliente creó una nube de vapor que flotó sobre su cabeza. Regina contempló su imagen en el espejo. El vaho había llegado hasta la superficie de cristal y empezaba a volver opaco el espacio que rodeaba su cara, hasta que su blancura ocultó por completo sus rasgos.


Belle se despertó con la nariz moqueante, ansiosa por comprobar si sus síntomas habían mejorado. Desde niña había sufrido una extrema sensibilidad hacia sí misma y los demás, lo cual la había tenido alterada y nerviosa gran parte de su vida, sobre todo desde que había decidido, a la edad de once años, que su madre no estaba particularmente interesada en su bienestar. Al principio Belle había aceptado muy mal la apatía materna, hasta que en los primeros años de la adolescencia había comprendido que su madre hacía extensiva esta actitud a todas sus hijas por igual, tras lo cual no solo se había sentido rechazada, sino también indignada por sus hermanas. Como no se atrevía a hablar de este tema con Cora, pasaba de la irritación y la desesperación silenciosa a ocasionales rabietas contra cualquier cosa que le pareciera injusta. A los trece o catorce años había iniciado una pequeña y variada campaña de protestas. En el internado se había negado a comer pollo porque procedía de la ganadería intensiva, y cuando volvía a amán de vacaciones se pasaba largas horas en la enorme cocina, explicando el concepto del sindicalismo al regimiento de criadas indias, que la miraban desconcertadas. En esa misma época se había encarado con el carnicero que les llevaba el género a su casa para convencerlo de que sus métodos de sacrificio eran inhumanos. Al final Cora había decidido que su hija pequeña no podía seguir viviendo en Amán si no aprendía a comportarse con un poco de respeto, con lo que Belle se había pasado la mayor parte de las vacaciones escolares en Estados Unidos o en Londres, con Regina o con Zelena, antes de irse a estudiar a Nueva York, donde había tenido ocasión de reflexionar en libertad sobre las repercusiones que la desatención materna había tenido sobre su psique.

En estos momentos seguía tumbada en la cama, sin ánimos para levantarse. Y lo peor era que se estaba dando cuenta de que ya hacía tiempo que sentía aquella falta de energía, de manera que no podía echarle la culpa a Amán ni a su familia ni a las viejas amigas con las que había quedado esos días y a las que tan ajena se sentía. Quizás sufría una depresión. La depresión era una enfermedad, por lo menos en Estados Unidos, aunque en Jordania se consideraría más bien una descortesía. No obstante, no conseguía congraciarse con la idea de que la depresión en tanto que enfermedad puede requerir medicamentos, y lo que es peor, asistencia psicológica. Su familia nunca lo aceptaría; la clasificarían como a una psicópata y una fracasada, lo que constituiría una paradójica injusticia, ya que era así como los había considerado ella a ellos en los últimos años.

Entró en el baño pensando en estas cosas y arrastrando los pies, y cogió el albornoz. Tenía que salir de aquella habitación y bajar al salón. Tenía que hablar con Regina con un poco de sosiego. Era casi imposible hablar con ella asolas porque todo el tiempo había alguien en la casa, trayendo encargos o pasando a darles la enhorabuena o simplemente a cotillear.


Fue una suerte, por tanto, que al terminar de bajar la escalera y entrar en el espacioso salón, Belle se encontrara con Regina hundida en el sofá, sin nadie de la familia acompañándola. Ali le estaba sirviendo el té. Llevaba treinta años trabajando en la casa, y durante ese tiempo había sido padre de siete hijos y abuelo de quince nietos. Ali había organizado orgullosamente los casamientos de cada uno de sus hijos y de no pocos de sus sobrinos, "para que lo que es de la familia se quede en la familia", según decía. Belle se preguntó si Ali pensaría alguna vez en la disparidad que existía entre la educación de sus hijas y el modo en que habían crecido ella y sus hermanas. Los hijos de Ali trabajaban quince horas al día y sus hijas estaban todo el tiempo en casa, cuidando de los niños, cocinando y limpiando, a menudo embarazadas, absortas en las dificultades de organizar la vida con los magros salarios de sus maridos.

Belle tomó asiento en el imponente sofá de cuero beige y saludó a Regina con un abrazo y un beso. Curiosamente, pensó, Regina tenía peor cara que ella misma. Quizá no eran más que el cansancio y la tensión derivados de compartir durante tres semanas la misma casa que Cora, aunque fuera una casa enorme, sobre todo cuando no faltaban más que unos días para la boda. El conjunto habría sido una tortura para los nervios de cualquiera. Las interminables cenas en las que la futura novia era expuesta como un trofeo, los consabidos consejos sobre el modo de complacer al marido que Cora se sentía en la obligación de pronunciar… Belle se sintió flaquear otra vez.

- ¿Tan mal va todo? – le preguntó Regina, sonriente.

Belle negó con la cabeza y sonrió porque la frase no era más que un saludo pero sin poder evitarlo se puso a llorar desconsoladamente. Y después ya solo fue consciente del reconfortante olor del café y del consuelo de los brazos de Regina alrededor de su cuerpo. Belle oyó que Regina murmuraba algo en voz baja y oyó alejarse a Ali. Al cabo de unos momentos su llanto desconsolado se había convertido en un reguero silencioso de lágrimas, pero seguía manteniendo la misma postura, a pesar de la tensión que notaba en los brazos y las piernas, porque le costaba demasiado abandonar el reconfortante abrazo. Regina callaba, limitándose a apretar a su hermana pequeña contra su pecho y esperar.


Regina pensó que la angustia repentina de Belle era comprensible, casi inevitable. El desconsuelo de su hermana parecía un correlato de lo que ella misma sentía sin decirlo, un reflejo del fino manojo de nervios que alijaba su pecho. Pensó que una boda debería ser un momento feliz y sintió una repentina punzada de culpabilidad. En teoría, la felicidad de los contrayentes debería emanar sobre quienes les rodeaban. Besó la cabeza de Belle. ¿Eran sus sollozos un reflejo de la tristeza que ella misma sentía? ¿Había transmitido a su hermana, sin darse cuenta, su propia y desesperada confusión?

- ¿Qué te pasa, habibti?- preguntó en voz baja.

Después repitió esta misma frase varias veces, mientras Belle lloraba en silencio. Sin esperar respuesta, Regina repetía la pregunta como si fuera un mantra, un recordatorio de que estaba ahí, preocupándose por su hermana.

De pronto Belle se incorporó y empezó a secarse con la mano el cálido rastro de las lágrimas en sus mejillas, hasta que vio la caja de pañuelos de papel que Ali había dejado discretamente a su alcance.

- ¿Qué te pasa, habibti? – repitió Regina, oprimiéndola la mano -. Cuéntamelo, anda.

Belle tragó saliva y pestañeó para disipar el líquido salado que le escocía los ojos.

- Will ha roto conmigo – dijo.

Frunció el ceño. Esta frase no era la que tenía previsto decir, y tampoco explicaba la tristeza y la angustia que sentía en ese momento. Sin embargo, era lo primero que le había venido a la cabeza ante el cariñoso escrutinio de su hermana, y Belle pensó que la reciente separación de su novio debía de tener un significado más profundo del que le había atribuido en un principio.

- ¿Es que se ha vuelto loco? – exclamó Regina, y Belle sonrió al verla tan sinceramente indignada a pesar de que no conocía personalmente a Will -. ¡¿Por qué?!

- Porque él es judío y yo, palestina.

Belle la miró un momento con el ceño fruncido, aunque le asomó a las comisuras de los labios un gesto sospechosamente parecido a una sonrisa.

- ¿Judío?

- Sí. ¿Qué te hace tanta gracia?

- Me estaba imaginando la cara que habrían puesto mamá y papá de haberlo sabido.

Belle suspiró y volvió a echarse a llorar. – Dice que no se puede imaginar casado con una mujer que no sea judía – explicó entre sollozos.

- ¡Querrá decir que no quiere imaginárselo! – protestó Regina pero Belle movió enérgicamente la cabeza.

- El judaísmo es un elemento muy importante de su identidad. Me dijo claramente que no pensaba renunciar a su cultura.

- ¿Le habías pedido tú que lo hiciera?

Belle hizo un gesto de negación. – Pero quiere que sus hijos sean judíos, celebrar Hanukah y la Pascua… Sería imposible.

- Entonces, ¿por qué demonios empezó a salir contigo? ¿Qué clase de persona se involucra en una relación sentimental, y lo que es peor, deja que la otra persona se enamore de él, sabiendo que no es posible un futuro en común?

- ¿Tú nunca te equivocas? – preguntó desesperadamente Belle -. No todo se puede racionalizar. ¿Nunca has hecho nada sabiendo que iba a causar problemas?


Belle se sintió muy culpable después de hacer este comentario porque notó un cambio en su hermana, una brusca rigidez que emanaba del lado que ocupaba Regina en el sofá, y todo por ese momento de exasperación al pensar en los errores que ella misma había cometido con Wil. No tenía ni idea de qué era lo que había molestado tanto a su hermana, y aunque se lo preguntó varias veces, solo obtuvo una sonrisa cansada y la insistencia de Regina en que no le pasaba nada. En el momento en que alzó la cara y vio a Gold entrando en el salón, Belle ya había decidido esperar a más tarde para volver a hablar del tema. La llegada de su cuñado, impecable con su inmaculada camisa blanca y su traje, solo sirvió para acrecentar su malhumor.

- Tendría que estar prohibido que dos mujeres estén tan guapas a las siete de la mañana – las saludó Gold con una gran sonrisa.

El cumplido no pareció ejercer el más mínimo efecto en ninguna de las dos.

- Qué pronto te levantas, Gold – dijo Regina.

- Quería saludar a vuestro padre antes de ir al aeropuerto. –Gold calló un momento para acrecentar la intriga y luego añadió -: Hoy llega August de Nueva York, para la boda.

- Hace años que no veo a tu hermano – dijo Belle, solo por conversar -. ¿Sigue siendo tan aficionado a los musicales?

Belle notó una patada de Regina en la espinilla, pero cuando miró a su hermana, que parecía enfrascada en el periódico, le vio otra vez aquella sonrisa divertida en los labios.

- No lo sé – contestó lacónicamente Gold, mirando el reloj -. Pero estoy seguro de que le hará mucha ilusión verte, Belle.

- ¿Por qué?

Qué pesada era esa mujer, pensó Gold. Por suerte, parecía que ya se marchaba.

- ¿Me perdonáis? Tengo que vestirme – se excusó Belle, casi sin mirarlo.

Gold asintió cortésmente y esperó a que Belle hubiera salido para sentarse, alisándose las perneras del pantalón. Sonrió a Regina, que le pareció nerviosa y cansada.

- ¿Cómo está Zelena? – preguntó Regina.

- Acostada. Le gusta tomarse su tiempo para levantarse. – Con un gesto discreto, Gold indicó a Ali que tomaría café.

Había más líneas de conversación posibles con su cuñado (el trabajo de él, su familia, sus opiniones sobre casi cualquier asunto…) pero todas le inspiraban un tedio que esa mañana no se sentía capaz de soportar, de modo que Regina sonrió y clavó la mirada en el otro extremo del espacioso salón, donde unos ventanales de dos pisos de alto dejaban ver el jardín, el campo y las montañas del fondo. El sol acariciaba las copas de los árboles y les legaban los trinos de los pájaros, alterando el tranquilo silencio de la mañana.

- Hace un día muy bonito, ¿verdad? – preguntó Gold.

Había conseguido la mirada de su cuñada y estaba tratando de encontrar un punto de interés común, una conexión entre los dos que, tal como ahora se daba cuenta, normalmente no existía. Tuvo la impresión de que nunca le había caído bien a Regina, aunque era difícil asegurarlo con certeza. Después de todo, coincidían en las mismas reuniones familiares, reían y bromeaban juntos, aunque, más que relacionarse, se limitaban a compartir un mismo espacio. Hasta ese momento nunca le había preocupado esta situación, pero acababa de darse cuenta de que, si quería convertirse en el confidente de Regina, tendría que conseguir que ella lo sintiera próximo. Era una de esas complicaciones que tenían las mujeres.

- Precioso – reconoció Regina, sin apartar la vista del ventanal. Contuvo un bostezo -. Últimamente no duermo – explicó.

- ¿Ah, sí? – preguntó Gold, pensando que esta inesperada confesión era un buen augurio. Se hundió en el mullido sofá de cuero y su rostro adoptó una expresión preocupada -. ¿Por qué?

En ese momento apareció el criado con el desayuno, lo que le dio tiempo a meditar su siguiente pregunta, en caso de que la primera solo tuviera el silencio como respuesta. Regina echó una cucharadita de azúcar en su vaso y lo removió. El aroma dulce y vegetal del té con menta le resultó reconfortante. Miró a Gold.

- Supongo que son los nervios de la boda.

- No pasa nada grave, espero.

Para aparentar que el comentario había sido casual, Gold fingió no estar pendiente de la respuesta y se llevó delicadamente a los labios su tacita de café, procurando que no se le manchara el fino bigotillo.

- No – contestó Regina, sonriendo sin convicción.

Gold, satisfecho, dejó la taza de café sobre la mesa. – Me alegro, porque es un paso que no se puede dar a la ligera – opinó -. Afecta al resto de tu vida, y tienes que estar convencida.

Regina lo miró sorprendida. No era propio de Gold remarcar la importancia de los sentimientos sobre las formas. En un impulso, se volvió hacia él.

- Dime una cosa – preguntó -. ¿Tú estabas totalmente convencido cuando te casaste con mi hermana?

Gold sonrió con malicia. – Tenía que estarlo, si no quería que me matase.

Una vez más, la broma de Gold no tuvo efecto en su cuñada. Había sido una falta de tacto recurrir al humor. Regina esbozó una media sonrisa pero le dirigió una mirada oscura y misteriosa que lo turbó.

- Claro que estaba convencido – insistió, adaptándose a la seriedad de Regina -. No me cabía duda de que era la mujer con la que quería vivir.

- ¿Por qué?

Gold alzó las cejas.

- Porque la quería mucho. Porque nuestras personalidades y nuestros valores encajaban. Todo lo importante. – Se inclinó hacia su cuñada y añadió en voz más baja – Si hubiera tenido la más mínima duda, no habría seguido adelante.

Durante un momento se miraron a los ojos. En la expresión de Gold, Regina solo pudo ver amabilidad y preocupación sincera; una bondad que hasta entonces no había considerado propia de él.

- ¿Y si la duda es engañosa? – añadió rápidamente, pestañeando -. ¿Y si no puedes encontrar ningún motivo racional que la apoye? – Le resultaba extraño confesarse de ese modo con Gold, pero estaba al borde de la crisis de nervios, necesitaba desesperadamente un consejo, y Belle estaba demasiado sumida en su propia miseria para importunarla.

- ¿Es que las dudas deben ser racionales? ¿Lo es el amor? – contestó Gold, con una sonrisa sabia -. Deberías confiar más en tu instinto, Regina. Soy un ferviente partidario de la racionalidad pero hay momentos en que uno, en el fondo de su corazón, por no decir en las tripas, sabe lo que debe hacer. Aunque su cabeza no pueda justificarlo.

Regina, asombrada, lo miró con suspicacia.

- ¿Me estás diciendo que rompa el compromiso?

- ¡No! – contestó Gold, asustado de haber dejado tan claro su objetivo.

- Sí, me estás diciendo eso.

- Me has dicho que tenías dudas… - Gold se interrumpió, reprimió su malhumor y entrelazó las manos como si estuviera sumido en sus pensamientos -. No es malo cambiad de idea, Regina. Si te casas con Robin, seré el primero en bailar en tu boda. Pero si no te casas, te apoyaré en lo que haga falta. – Se puso bruscamente de pie y añadió – En fin, tengo que irme. No quiero hacer esperar a mi hermano. – Calló un momento y miró a Regina con complicidad -. Si alguna vez necesitas hablar, aquí me tienes, ¿vale?

Regina asintió con vacilación e intentó mostrar una expresión agradecida, aunque estaba demasiado concentrada en sus pensamientos para prestar atención a las formas. Oyó cómo los rítmicos pasos de Gold se alejaban y atravesaban el vestíbulo, en dirección a la puerta de la calle.

Dirigió la mirada al jardín, al otro lado del ventanal. Era obvio que sus familiares, excepto quizás Belle, se habían dado cuenta de sus dudas (a Zelena se les había confesado bastante abiertamente), pero el único que había dado el paso de hablar seriamente con ella, de ofrecerle consejo y apoyo, había sido su cuñado, y esta preocupación era tan poco habitual en él, que Regina estaba segura de que debía de tener algún motivo oculto. Se sintió sola, perdida en medio de la vorágine de fiestas y banquetes. La rodeaban diferentes personas, a algunas de las cuales las conocía de toda la vida y aparentemente la querían, y todas reían, charlaban, discutían de política, comían, iban de compras y la felicitaban pero ninguna se había parado a mirarla a los ojos. Necesitaba algo a lo que aferrarse, el consuelo de alguien que la comprendiera pero no tenía a quien recurrir. Volvió a pensar en Emma, y el recuerdo, pese a su fugacidad, le despertó una antigua ansiedad. Emma la entendería, por supuesto, pero ya casi no recordaba los rasgos de su cara; era como si perteneciera a una vida pasada. DE hecho, su relación podría haber sido solo un sueño, un sueño agradable y placentero que había terminado demasiado deprisa y había dejado a Regina suspirando anhelante en la fría realidad de la vigilia.


He puesto simplemente a Will como ex de Belle, por ponerle a alguien. En el libro original se llamaba David y.. mhm.. no.

Se que algunas no concebís a Gold con Zelena pero yo sí, y a August de hermano de Gold.. mhm.. Bueno, me parecen dos almas completamente diferentes y es como los veo yo en el libro, sobre todo por el gusto por los musicales de August XD

Aún así, toda crítica que sea dicha, será aceptada sin problema.
En este capítulo me he replanteado mucho el hecho de que hubiera sido mejor poner a Zelena como Belle.. para que estuviese con Gold pero no. Sabemos que Gold al lado de Belle, algo mejoraba.. Y aquí no lo hace, por eso puse a Zelenita de mi alma y mis amores.

Y eso es todo! Gracias por leer.