Capítulo 10
Bad company
Eran casi las cuatro de la madrugada cuando...
No, mejor todavía, eran las 03:48:01... 02... 03...
...cuando Montparnasse y sus esbirros pasaron a hacerle otra visita. No mucha gente tiene esbirros hoy en día. La mayoría de las personas que alcanzan una posición desahogada en cualquier organización criminal tienen subordinados, subalternos, incluso compinches y secuaces, pero el esbirro es una figura casi extinta en el panorama clandestino moderno. Por fortuna, siempre habrá profesionales comprometidos con el oficio y dispuestos a mantener vivas tradiciones tan antiguas y respetadas como el atuendo negro o la charla sarcástica.
―Buenos días, princesa ―saludó Montparnasse―. ¿Has dormido bien?
Enjolras no tuvo fuerzas ni para suspirar. Se le habían dormido las dos manos y sentía el cuello agarrotado.
―Mira, de verdad que necesito ir al baño ―dijo cansadamente.
―Qué coño. Si ya has ido dos veces.
―Ya, pero es que ese tipo no deja de mirarme y así no hay quien pueda.
―Oye, ¿pego qué insinúas? ―lo acusó Claquesous.
Montparnasse chasqueó la lengua y decidió ir al grano.
―Te alegrará saber que tus amigos han escapado de la cárcel.
―Que quede clago que yo sólo lo estaba vigilando...
―¿Estaban en la cárcel? ―se alarmó Enjolras.
―Oh, sí, salen en todas las noticias. ¿No te lo había dicho? Puede que se me olvidara ―dijo Montparnasse con un pequeño encogimiento de hombros―. Así que, ya ves, puede que aun haya esperanza para ti.
―Yuju ―dijo Enjolras en tono plano y amargado. El cansancio le estaba pasando factura porque estaba seguro de que ése no era él.
―¿Sarcasmo, eh? No me gusta nada el sarcasmo.
Enjolras lo miró. No es que él fuera lo que se dice un maestro de la ironía pero, en serio, algunas personas.
―¿Quieres algo? ¿O sólo has venido a burlarte?
―Excelente pregunta, aunque creo que la respuesta ya la conoces. Quiero mi dinero. Y, ¿sabes qué?, no me fío de tus amigos. Algo me dice que te van a dejar tirado así que empieza a hablar si no quieres que me enfade. Y no quieres. ¿Verdad que no quiere?
Los otros tres negaron al unísono.
―No, no quiege.
―Que va.
―Paga nada.
―Ya los has oído. Así que, venga, escupe.
―No.
La mirada de Montparnasse descendió varios grados de temperatura.
―Disculpa, me ha parecido oír que decías que no.
Enjolras los miró de forma desafiante. Y tenía una mirada desafiante verdaderamente impresionante. Era la clase de mirada desafiante que podría... digamos, enfrentarse a un pelotón de fusilamiento sin pestañear. Por ejemplo.
―Ninguno de vosotros verá nunca más ese dinero ―los informó―. ¿Y sabéis lo primero que voy a hacer cuando salga de aquí? Voy a cogerlo todo y se lo daré a los huerfanitos.
Babet, Claquesous y Gueulemer retrocedieron horrorizados, pero Montparnasse le sostuvo la mirada firmemente. Tenía que ser un farol.
―No serás capaz.
―Y también puede que done una parte a... los ecologistas ―se ensañó Enjolras.
―Estás enfermo ―siseó Montparnasse. Tenía la expresión de alguien que ha descubierto demasiado tarde que se enfrenta a un loco peligroso.
―Tú ponme a prueba ―lo retó Enjolras―. Habéis cabreado a la persona equivocada.
―¡Bueno, se acabó! He intentado ser amable pero has agotado mi paciencia. ¡Vas a decirme lo que quiero saber o te lo sacaré por las malas!
―¡Nunca!
―De acuerdo, tú lo has querido. ―El joven lo señaló con un dedo inquisidor―. ¡Torturadle!
Enjolras palideció un poquito. Puede y sólo puede que se hubiera pasado con lo de los ecologistas.
―Bueno, bueno, tampoco hace falta recurrir a la violencia. Vamos a hablar las cosas civiliza... ―Lo pensó mejor―. Um, no, olvidad eso último. Lo que quiero decir es...
―¡Cállate! Y vosotros, ¿a qué estáis esperando?
Montparnasse encaró a sus esbirros. El panorama que encontró no fue el que esperaba.
―Cagay, Pagnasse, eso es un poco fuegte, ¿no? ―empezó Gueulemer en tono inseguro. Miró a sus compañeros en busca de apoyo―. Es que, no sé, no me pagece bien. Dispagag a la gente es una cosa pero togtugagla...
―Yo no pienso tocag a ese tío paga que luego todos penséis mal ―se plantó Claquesous cruzándose de brazos.
―Pues si se pone todo hecho un asco yo no pienso limpiaglo ―declaró Babet.
―Yo me mageo cuando veo sangge ―admitió Gueulemer, un poco avergonzado.
―Y además me lo pgohíbe mi geligión ―añadió Babet, decidiendo con gran criterio que su excusa parecía la menos convincente de todas.
―¿Pero qué...? ―Montparnasse los miró totalmente contrariado―. ¿Qué maldita religión?
―Soy budista.
―¿Desde cuándo?
―Desde que togtugamos a la gente.
―¡No diré nada aunque me torturéis! ―dijo Enjolras, que odiaba que lo excluyeran de las decisiones importantes.
―Oye, pon un poco de tu pagte ―se quejó Gueulemer―. No fastidies, no pgovoques...
―Eso, culpad a la víctima.
―¡Bueno, ya está bien! ―estalló Montparnasse―. ¿Es que siempre tengo que hacerlo yo todo? ¡Dame eso!
Cogió el revólver que Gueulemer llevaba en los pantalones y apuntó directamente a Enjolras.
―Despídete de tu rodilla, mamón.
Enjolras se encogió y cerró los ojos cuando vio que apretaba el gatillo.
Se oyó un clic.
Y después clic. Clic.
Enjolras se atrevió a abrir un ojo con cautela. Montparnasse estaba mirando el revólver con la cara pálida de incredulidad. Se volvió hacia Gueulemer con una mirada exigente.
―Ah, sí ―dijo éste―. Um, no. No tiene balas.
―Eso ya lo veo. Lo que quiero saber es ¿POR QUÉ COÑO NO TIENE?
―¿Bgomeas? Llevo esa cosa metida en los pantalones. ¿Quieges que me vuele las pelotas? No, muchas ggacias.
Montparnasse lo miró de una forma que sugería con gran énfasis que volarse las pelotas no era lo peor que podía pasarle.
―Tú ―dijo gélidamente de espaldas a Enjolras―. No creas que te has librado. Ahora voy a reunirme con tus amigos, y cuando acabe con ellos volveré y te ajustaré las cuentas. Nadie juega conmigo, ¿me oyes?
Pasó entre sus esbirros en dirección a la puerta, y cuando estos lo siguieron se giró bruscamente hacia Gueulemer.
―¿Dónde crees que vas?
―Pues a... gecupegag el dinego... ―balbuceó el hombretón.
―¿Ah, siií? ¿Eso vas a hacer? ¿Con qué? ¿Con tu pistolita sin balas y tus escrúpulos de nenaza? Uy, mira, un poco de sangre, auxilio, creo que voy a desmayarme.
Gueulemer agachó la cabeza humillado y dolido.
―¡Eres un enorme... saco de patatas inservible! Así que, enhorabuena, te has ganado el puesto de niñera. ¡Vosotros dos, andando!
Salieron cerrando tras ellos, y Gueulemer se quedó mirando la puerta con aspecto miserable.
―Eso no ha sido muy amable ―comentó Enjolras, que no podía evitar compadecerse de los oprimidos ni aunque los oprimidos en cuestión amenazaran con matarle. Tampoco podía olvidar que el hombretón había sido el primero en defenderle.
―Cállate. Todo esto es pog tu culpa ―gruñó Gueulemer.
Sí, puede que eso fuera cierto en parte. Sin embargo...
―¿Por qué dejas que te hable así?
Gueulemer se encogió de hombros sin dejar de mirarse los zapatos.
―Es el jefe. Puede haceg lo que quiega.
―Um, no, eso no es cierto.
El hombretón lo miró con un destello de curiosidad que Enjolras tomó como una invitación para explicarse.
―Es decir, ¿quién le nombró jefe?
―Pues la jefa ―explicó Gueulemer como si fuera evidente.
―Ya veo. Tenéis toda una cadena de mando.
―Clago, pog eso somos el cgimen ognanizado. Si no, segíamos... pues el cgimen nogmal. Y coggiente.
Enjolras tuvo que rendirse ante la lógica aplastante de sus argumentos.
―Muy cierto ―admitió―. Bueno, ¿y quién la nombró jefa a ella?
Gueulemer frunció el ceño. Se estaba adentrando en aguas desconocidas.
―Yo... cagay, no sé, nunca lo había pensado. Supongo que... ¿se nombgó ella misma? Pogque tiene el dinego y las agmas y puede haceglo.
―No parece un sistema muy democrático ―opinó Enjolras.
Gueulemer lo miraba ahora abiertamente intrigado. Sus cejas se juntaron por el esfuerzo de pensar cuando dijo:
―¿Demo... cgático?
Los ojos de Enjolras brillaron.
―Parece que vamos a estar aquí un buen rato ―dijo―. ¿Por qué no charlamos?
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Aquello sucedía coincidiendo más o menos con el momento en que Éponine sufría la revelación que pondría el plan en marcha.
Dos horas más tarde, y con un nuevo plan entre manos, el grupo se dividía y el subconjunto formado por Combeferre, Courfeyrac, Cosette, Marius, Musichetta y Bossuet continuaba rumbo a la posible guarida de la ya famosa Mafia Francesa.
Recordemos que, en este punto, tienen por delante un trayecto de seis horas, lo que plantea un sencillo problema de matemáticas básicas: si un vehículo A sale del punto X a las seis de la mañana a una velocidad constante de 90 millas por hora, y un vehículo B ha salido a las cuatro del punto Y a (por ponerlo fácil) la misma velocidad, ¿a qué hora se cruzarán ambos vehículos?
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07:54:38... 39... 40...
Existe otro famoso problema de lógica que se sitúa en un río y que incluye una barca, un lobo, una oveja y una col. Extrapolado a la actual situación de Cosette, Courfeyrac y Marius, y sin entrar a debatir quién en este caso concreto sería el lobo, quién la oveja y quién la col, estaba claro que aquel problema carecía de solución. Era imposible que ninguno ocupara el asiento del copiloto sin que los otros dos trataran de matarse entre ellos, así que Combeferre (el hastiado pastor pluriempleado como agricultor, guardabosques y marinero de agua dulce) los había mandado a todos atrás y había decidido que nunca, nunca, jamás tendría hijos.
Nunca.
―Lo único que yo quería era un poco de tiempo para aclararme ―se lamentaba Marius―. Quiero decir, el matrimonio es algo muy serio pero la gente se divorcia constantemente. Yo lo veo todos los días en mi trabajo, y no sabéis el montón de papeleo que... O sea, no es que el papeleo fuera el problema... El problema, um, el problema soy yo, no... no ella...
―Eso es muy interesante, Marius, gracias por compartirlo con nosotros ―le dijo Musichetta en tono comprensivo―. Cosette, ¿quieres decirle algo a tu prometido?
La cámara viajó de Marius a Cosette para registrar una mirada que era como una enorme señal luminosa de peligro nuclear.
―¿Mi prometido? Yo no estoy prometida. Puede que te confundas con el prometido de Courfeyrac. ¿Courfeyrac, quieres decirle algo a tu prometido?
Y así continuaba la cosa. Combeferre encendió la radio. Sonaba More than a feeling. Subió el volumen e ignoró a Bossuet y a Musichetta cuando se quejaron. Estaba pensando en la universidad.
Había un jardín en el campus donde Courfeyrac solía pasar el tiempo cuando debería haber estado en clase, siempre en compañía de otra gente que se saltaba las clases para estar con él porque, bueno, Courfeyrac era popular.
―¿Cómo pudiste no invitarme a tu boda? ―se quejó Courfeyrac―. Creía que éramos amigos, yo te hubiera invitado a la mía...
―¡Ya te he dicho que la invitación se perdió en el correo!
―Esa es la excusa más vieja del mundo.
―¿Lo invitaste a nuestra boda? ―se horrorizó Cosette.
―Nonononono...
―¡Ajá!
Lo cierto era que Combeferre ya había visto a Marius antes. Solía estar con Courfeyrac en aquel jardín, y en la cafetería, y en la biblioteca... Después se graduó y desapareció.
―¿Qué pretendíais? ¿Montar el numerito de "yo objeto" delante de toda mi familia? ―gritó Cosette―. ¡Sois unos psicópatas!
―¿Quién iba a ser tu padrino? ¿Eh? ¿A quién se lo pediste en vez de a mí? ―exigió Courfeyrac.
―¿Podemos dejar ya el tema de la boda? ―suplicó Marius.
Por supuesto, la reaparición de Marius no tenía ninguna importancia, pero es que nada de aquello tenía sentido. Porque, a ver, ¿cómo es que alguien que va por ahí con lobos en barcas está tan preocupado por una col? Es decir, es evidente que el tipo tiene problemas más serios, ¿no? Mentales, para empezar.
Por lo menos, una cosa estaba clara...
―Yo sólo digo que podríamos haberlo pasado bien en tu despedida de soltero...
Courfeyrac era la col.
―¡Yo te mato! ―chilló Cosette.
―¿Por qué? ¿Por qué intentas hundirme la vida? ―sollozó Marius.
―¿Pero qué he dicho ahora?
―¡No huyas!
―¡Eh, cuidado con la cámara!
―¡Basta, BASTA! ―estalló Combeferre, girándose bruscamente en su asiento―. ¡Como no os calléis os juro que paro aquí mismo y...!
―¡CUIDADO!
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Los asientos del Hummer eran de piel. De piel auténtica, nada de esa porquería de imitación que sonaba como dos globos frotándose y que daba dentera. No es que no fuese un poco irónico que un vehículo inicialmente concebido como transporte militar acorazado para la guerra ahora incorporase volante calefactable y posavasos, pero a Babet le gustaban sus asientos de piel.
A Babet le gustaba su coche. Y puesto que era su suyo y era él quien conducía, no entendía por qué habían tenido que parar a comprar donuts cuando él estaba en contra. Es decir, si Montparnasse era quien mandaba podrían haber venido en su coche, pero claro, el coche de Montparnasse estaba vergonzosamente escondido para que nadie viera lo que la mocosa de la Thénardier le había hecho a la carrocería, y además sólo tenía dos plazas. Había que ser cretino para comprarse un coche de dos plazas. Era un coche de cretino.
Babet vigiló el retrovisor para ver cómo el donut de Claquesous chorreaba mermelada de frambuesa.
―¿Qué? ―exigió éste cuando lo pilló espiándolo―. Me gusta el glaseado gosa, ¿pasa algo?
―No mientgas lo mantengas alejado de mis asientos de piel.
―Clago, y como es gosa ya tiene que seg de chica, ¿no? Es un donut gosa de chica ―siguió Claquesous en sus trece―. Pues paga que lo sepas, eso son estegeotíos de génego.
Las cejas de Babet sufrieron casi una convulsión.
―¿Que son qué?
―Quiege decig que puede gustagme el glaseado gosa y que eso no me conviegte en magiquita.
Montparnasse puso los ojos en blanco. Adoraba su trabajo. No, en serio, lo adoraba, pero a veces... Algunas veces desearía haber tenido un buen asesor de estudios. O estudios.
―Sous, creo que pasas demasiado tiempo en internet ―dijo mientras se giraba para coger un donut de la caja―. Y me parece bien, ¿pero no podrías usarlo para ver porno como todo el mundo?
―¡Jodeg, Pagnasse, la tapicegía! ―se quejó Babet―. Estás tigando migas por todo el...
7:59:58... 59...
8:00:00
―¡CUIDADO!
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Hubo un fuerte chirrido de neumáticos cuando los dos vehículos maniobraron bruscamente para esquivarse.
La furgoneta tuvo que hacer otro giro suicida para evitar salirse de la carretera, y durante un momento estuvo en equilibrio sobre dos ruedas antes de continuar circulando en eses carretera adelante.
En el interior se oyeron gemidos lastimeros.
―Mi cabeza...
―¡Mi cámara!
―Mi estáis aplastando...
Combeferre sujetó el volante con los nudillos blancos. Su corazón latía a toda velocidad y por un momento pensó en parar, pero entonces Cosette exclamó:
―¡Son ellos!
―¿Qué? ¿Los has visto? ―dijo Combeferre, vigilando el retrovisor.
Cosette se pegó a la ventanilla trasera para divisar el vehículo que se alejaba.
―Es el mismo coche. Estaba en el motel, estoy segura.
―Les ofrecemos en exclusiva las primeras imágenes de la Mafia Francesa ―anunció Musichetta con gran dramatismo.
―Eso... ―murmuró Marius― significa que...
―¡Vamos bien! ¡Este es el camino! ―exclamó Courfeyrac con una sonrisa triunfal―. Vamos a conseguirlo, os lo dije. ¡Vamos, Ferre, acelera!
Espoleado por su entusiasmo pero sobre todo por la adrenalina, Combeferre pisó a fondo.
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Montparnasse estaba pegado al respaldo como si quisiera fundirse con él, aferrado a los bordes del asiento con el rostro congelado en un rictus de terror.
Había... visto su vida entera pasar ante sus ojos, y gran parte de ella apestaba. Había visto a su padre y eso lo cabreaba muchísimo porque... nunca estaba en su cumpleaños.
―¡Putos dominguegos de miegda! ―maldijo Babet mientras los donuts resbalaban lentamente por los cristales. El donut rosa de la discordia se desprendió del techo con un chof.
―¡Paga! ―exigió Claquesous, vigilando furioso la furgoneta que se alejaba―. Da la vuelta. Vamos a enseñag a esos mamones a migag pog dónde... Eh... Pagnasse, ¿estás bien?
No lo estaba. El rostro del joven estaba gris y tenía una expresión en la mirada que no habían visto desde...
Oh, no.
El repentino silencio pareció devolver a la realidad a Montparnasse, que primero se relajó y después se cabreó más todavía.
―¿Qué estáis mirando? ―gruñó―. ¿Qué coño haces? Acelera. Tenemos un trabajo que terminar.
Babet no discutió. Pisó a fondo y Montparnasse volvió a hundirse en su asiento, aunque se puso el cinturón primero.
En el macabro desfile de su vida había visto a Éponine... aquella mañana que intentaron hacer tortitas y salieron crudas a pesar de que casi incendian la cocina.
«―¿Nunca piensas en huir? ―dijo ella mientras fumaba medio desnuda en el balcón.
―¿De qué? ―se burló Montparnasse. Cualquier otro hubiese preguntado a dónde, pero a él huir le sonaba a tener miedo.
Ella guardó silencio, pensativa. Llevaba puesta su camisa. Nada más que su camisa. Joder, aquellas piernas...
Ni siquiera dejó una nota.»
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9:15:05... 06... 07
―¿Todo el mundo? ―dijo Gueulemer con incredulidad―. ¿Hasta los fganceses?
―Todas las personas ―asintió Enjolras pacientemente―. Por eso se llama Declaración Universal de Derechos Humanos.
―Y todas las pegsonas hasta los fganceses tienen degechos humanos.
Gueulemer consideró aquello con la seriedad que se merecía. Empezaba a tener la desagradable sospecha de que había cosas importantes que le habían ocultado deliberadamente.
―¿Y qué más? ―preguntó, interesado.
En las últimas horas, había pasado de montar guardia en la puerta a estar sentado en el suelo frente a Enjolras como un escolar en espera de un cuento. Con su fina labia y grandes dosis de paciencia, el joven había logrado atraerlo como a una polilla, y ahora el hombretón escuchaba fascinado cada palabra que decía.
―Bueno ―se arriesgó Enjolras―, resulta que según ese documento nadie puede ser arbitrariamente detenido ni preso.
Esperó.
Intuyó que había sido un error usar la palabra "arbitrariamente", pero esperó un poco más.
―Ah, clago ―comprendió al fin Gueulemer―, lo dices pog ti. Ya, qué putada.
Quizá sea el momento de señalar que "grandes dosis de paciencia" no es una medida estándar, sino más bien subjetiva, y que la paciencia de alguien que en realidad no tiene ninguna se agota bastante deprisa.
―Oye, esto no está bien ―dijo Enjolras abiertamente―. No tenéis ningún derecho a retenerme contra mi voluntad, es una flagrante violación de mis derechos fundamentales. Y además tengo hambre.
Su carcelero lo miró un poco indeciso. Se enfrentaba al primer conflicto moral desde que conocía el significado del término y ahora libraba una ardua batalla interna.
―Bueno, quizá yo podgía... ¿traegte algo de comeg? ―ofreció.
Enjolras apoyó la frente en la tubería. Con cierta vehemencia.
―¿Qué hay? ―preguntó bajito.
―Tenemos beicon y salchichas.
―Ya, bueno. Gracias, no te molestes.
―¿No quieges?
―No.
―¿Pog qué?
Porque Enjolras tenía hambre, pero sobre todo tenía principios. O, por lo menos, los tendría mientras no fuera a desmayarse.
―No como animales ―dijo simplemente. Le pareció más sencillo de explicar.
―¿Pog qué no?
―Porque es una crueldad.
Gueulemer pensó en ello. Lo estuvo meditando unos minutos, y entonces dijo:
―¿Los animales tienen degechos humanos?
Enjolras parpadeó para despejarse. Había dado una cabezada.
―¿Qué?
―Pogque comérselos es una cgueldad ―explicó el hombretón―. Si los animales son..., ¿cómo ega?, sometidos a tgatos cgueles y deggadantes, ¿es que no tienen degechos humanos?
―Sí, entiendo lo que dices ―asintió Enjolras―. Bueno, déjame hablarte de los animales...
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09:28:45... 46... 47
Joly bajó del coche patrulla que lo dejó frente a su casa. Era una casa pequeña y vieja de dos plantas que necesitaba una mano de pintura, pero el joven médico no era muy manitas y, además, temía intoxicarse al inhalar productos químicos. El césped tampoco estaba en su mejor momento, pero le habían dado unos días libres así que mañana se pondría a ello.
―Gracias por traerme, Larry ―dijo asomándose a la ventanilla abierta.
―¿Seguro que estarás bien? ―le preguntó el agente con sincera preocupación. Joly sabía que todos culpaban a Larry de lo sucedido, pero el pobre tenía buenas intenciones.
―Perfectamente, de verdad ―le aseguró Joly―. Tú cuídate, ¿vale? Y no hagas caso a Mike, sólo dice esas cosas porque está bajo mucha presión.
―Sí, todos lo estamos ―se temió Larry, que llevaba treinta y dos horas de servicio y cerca de diez de bronca ininterrumpida―. En fin, tú descansa. Ah, y no hables por ahí de lo sucedido si no quieres que te acosen los periodistas. Están por todo el maldito pueblo y no dejan de hacer preguntas.
Cuando el coche patrulla desapareció tras la esquina, Joly entró en casa.
―¡Bigoteees! ―llamó a su inseparable compañero. Lo buscó por las habitaciones encendiendo las luces a su paso―. ¿Dónde estás, Bigotitos? ¡Bigotitos! Qué hambre has debido pasar, pobrecito. Ya estoy en casa, Bigotes, ven, misimisimi...
Encontró a Bigotes en su cajón de los calcetines, ocupado en darse un concienzudo baño. El felino levantó la cabeza, le dedicó una mirada de aburrido desdén y después continuó acicalándose como si nada.
―Ya, estás enfadado, lo comprendo ―murmuró Joly, cabe suponer que para convencerse a sí mismo porque, a fin de cuentas, el gato no le entendía porque era un gato, pero sobre todo porque no estaba escuchando.
El joven suspiró y bajó a la cocina.
Había abierto la nevera. El maldito gato había aprendido a abrir la maldita nevera, y he aquí la razón del escaso entusiasmo por su regreso. Porque, claro, ¿quién quiere latas de sucedáneo de atún pudiendo darse un atracón de atún de verdad y sobras de pollo frito picante? Había leche por todo el suelo y huesos de pollo mordisqueados y... hormigas...
Joly lo limpió todo y después sacó la basura.
Se quedó mirando su césped demasiado largo y con calvas.
Joly quería tomarse un par de años sabáticos al acabar la universidad y recorrer el mundo, pero no lo hizo. Le ofrecieron una vacante en aquel pueblo diminuto y la aceptó porque parecía un sitio agradable y tranquilo. Y vaya si lo era. No había habido muchas emociones en su vida desde entonces. Tampoco es que las hubiera antes, la verdad. Lo más emocionante que le había pasado últimamente había sido encontrarse un lunar sospechoso en el brazo..., y entonces lo secuestró un loco con una jeringuilla.
Que le dieran al césped. Lo único que quería era beberse seis cervezas y dormir el resto de su deprimente vida.
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Grantaire volvió a mirar la hora en el móvil de Bossuet.
10:17...
10:18
Y los hijos de puta no habían aparecido.
―Déjalo ya ―Éponine se sentaba a la sombra de la vieja camioneta para huir del calor cada vez más intenso. Apenas compensaba el que de madrugada casi se hubieran congelado―. ¿Esperabas puntualidad británica o algo? Es el puto desierto, no el metro.
―Ya. Se ve que no viajas mucho en metro.
Grantaire se levantó para estirar las piernas y se crujió el cuello entumecido por la tensión. A lo lejos, donde la carretera se diluía en la neblina del calor, divisó un destello.
―Eh ―llamó.
Éponine se unió a él y vigiló la carretera. No tardaron en distinguir el sonido del motor que se acercaba
―¿Son ellos? ―dijo Grantaire.
―Eso creo.
Si se trataba de la policía tendrían problemas. Sin duda estarían buscándolos y allí no había donde ocultarse, pero...
No era la policía.
El Hummer se detuvo a cierta distancia con el motor en marcha.
―Tú cierra la boca y deja que yo hable, ¿entendido? ―le advirtió Éponine en voz baja.
―Eres toda diplomacia y persuasión, ¿eh?
―Y ahórrate el sarcasmo si sabes lo que te conviene.
Montparnasse y sus dos hombres bajaron del vehículo. Enjolras no venía con ellos y, hasta donde Grantaire pudo ver, tampoco estaba en el coche.
―Éponine Thénardier ―Montparnasse se sacudió de la solapa un poco de azúcar mientras se acercaba―. Menuda fiestecita de fin de semana, ¿eh, querida? ¿Y el resto de tus amigos? ¿Tenían toque de queda? ―Miró a Grantaire con una expresión de desdén en el rostro―. Lo peor es cuando al día siguiente descubres lo que te llevaste a la cama ―rió―. ¿En serio, Ponine? Solías ser más exigente.
―No creas ―dijo la muchacha. Montparnasse le dedicó una mirada corrosiva que ella ignoró como si nada―. ¿Y el chico? ―exigió.
―¿Y mi pasta?
―Déjanos verlo o nada.
Montparnasse la miró. Después a Grantaire. Esperó un segundo. Dos...
Grantaire estalló:
―¡Si le has hecho algún daño te juro que...!
―Y ya tenemos ganador. ―Montparnasse esbozó una sonrisa que era cualquiera cosa menos tranquilizadora―. Calma, Romeo, no le he tocado ni un pelo de su rubia cabecita. Pero no está aquí.
―Bien ―dijo Éponine lanzando a Grantaire una mirada de advertencia―. Tú pasta tampoco.
―Aunque todo puede arreglarse con una llamada.
Grantaire necesitó toda su fuerza de voluntad para contenerse. Sabía que no se hacía ningún favor, pero no podía ni mirar a aquel gusano sin pensar en molerle a golpes su bonita cara de cretino. Se obligó a serenarse... por Enjolras. No podía dejar de pensar en Enjolras.
―Te llevaremos hasta donde está ―terminó Éponine.
Grantaire no pasó por alto la mirada de recelo que Babet y Claquesous intercambiaron. Aquello no podía salir bien.
―Eso es justo lo que no quería oír. ―Montparnasse salvó el paso que lo separaba de Éponine y asió delicadamente su mentón. Ella se lo sacudió de un manotazo―. No me jodas, ¿eh, nena? Mi paciencia tiene un límite y tú ya lo has sobrepasado.
―Ese es tu problema. Yo tengo los míos, por si lo has olvidado. Hemos estado ocupados escapando de la maldita cárcel para llegar aquí a tiempo, así que no, no tenemos tu pasta. Podemos llevarte hasta ella o puedes irte sin nada. Lo tomas o lo dejas.
Y ahí, justo ahí dejaban de pisar tierra firme. Lo tomaría, estaba claro. La pregunta era...
―¿Quién lo hará? ―Montparnasse los miró, primero a él y luego a ella―. ¿Nos llevas tú, amor? ¿O será Romeo?
―Déjate de juegos ―dijo Éponine con desprecio.
―Está bien, como quieras.
Hubo un movimiento y, un segundo después, Grantaire tenía la semiautomática de Babet apuntándole a la cara. No era una visión agradable. Y sabía... la avisó de que pasaría aquello.
―Tienes cinco segundos, mocosa ―anunció Babet―. Cuatgo.
―Si lo matas olvídate del dinero ―dijo Éponine con una entereza que daba escalofríos.
―Tgres.
―Mataré al otro también ―le advirtió Montparnasse.
―Acabas de ver que no es a mí a quien le importa.
―Dos.
―Hablarás o te obligaré, maldita zorra. Sabes que puedo.
―Y tú sabes que mi madre te destripará si me tocas.
―¿Y cómo iba a enterarse? ―rió Montparnasse.
―Uno ―dijo Babet. Éponine lo miró de reojo. Después a Montparnasse.
―Sí ―dijo―. ¿Cómo?
La sonrisa de Montparnasse se congeló en su rostro. Grantaire temió que fuera a golpearla cuando lo vio alzar la mano... pero la mano se detuvo en el aire. Era una señal para Babet, que bajó el arma.
Grantaire recobró el aliento que estaba conteniendo. Hija de puta fría y calculadora. Estaba claro que la había menospreciado. Por suerte, no era el único.
―Eres una zorra ―siseó Montparnasse.
―Eso ya lo has dicho. ¿Pasamos página de una vez?
Montparnasse la agarró del pelo y la atrajo bruscamente, obligándola a echar la cabeza hacia atrás. Grantaire se adelantó pero no pudo dar ni un paso antes de que Babet y Claquesous lo sujetaran.
―Si me la juegas, nena ―la amenazó Montparnasse, hablando a centímetros escasos de su rostro―, si lo intentas, ni siquiera mamaíta podrá salvarte. En cuanto a tus amigos ―su sonrisa fue como una dentellada―, yo no me encariñaría demasiado.
La apartó de él con desprecio y la empujó hacia Claquesous, que la cacheó sin miramientos mientras Babet hacía lo mismo con Grantaire. Encontró el teléfono móvil y se lo mostró a Montparnasse, que negó con un gesto lánguido, desganado.
―No nos gustan los juegos ―dijo―. Ni los juguetitos.
Babet estrelló el teléfono en el suelo para destrozarlo acto seguido de dos disparos. Grantaire vio los restos dispersos sobre el asfalto y, al cruzar la mirada con Éponine, supo que estaban pensando lo mismo.
Aquello era un contratiempo pero, para ser honestos, ninguno que no esperaran. Grantaire nunca pensó en decirle a Courfeyrac que su plan hacía aguas, porque el chico motivaba al grupo y él los necesitaba motivados.
―Traedlos ―ordenó Montparnasse―. Acabemos de una vez con esto.
Sólo se trataba de darles tiempo para llegar hasta Enjolras y ponerlo a salvo.
Lo que pasara después estaba en manos del azar.
