¿Que por qué me tardé? Resumiré mi vida en una sola palabra: mierda.
No sé cómo aún tengo ese humorcito que me caracteriza para poner caritas bipos XDDD. La escuela se me viene encima con todo, jamás pensé que en PRIMER SEMESTRE fuera a sentirme como si fuera el último DDDD: Además de las actividades extracurriculares, la familia, la vida misma, un castigo bieeeeen bueno que me pusieron y esas weas destruye-mentes y quita tiempo.
So, disculpen si me tardé demasiado (o sea, obvio que sí) y les pido, también, una disculpa adelantada por lo que me tardaré esta vez en subir el once.
Ah, por cierto, los personajes no me corresponden (ya sabe, all owns to jefa Rumiko :D) y esta cosa está hecha sin fines lucrativos.
El título está basado en una frase que me dijo un amigo :B
La vida es así.
#10
"Y, aunque tu me odies, el sentimiento no es mutuo."
—Basta, pausa, necesito un descanso —dijo la morocha, agarrándose un costado de la cintura—. No les puedo seguir el paso con semejante panza —finalizó.
Un tic apareció en la ceja de InuYasha, cerró el puño para evitar decir una idiotez. Ya se habían detenino, mínimo, tres veces en el día, y cuando avanzaban no hacían grandes progresos. A pesar que Sango le había ofrecido a Kirara varias veces, sin ser este un signo de amistad si no de mera necesidad, Kagome se había negado. La desconfianza que esta destilaba por sus poros la percibían todos, mas nadie hacía un comentrio al respecto.
Por su parte Kagome se sentía extraña. No como la colegiala de antaño que viajaba despreocupada con sus amigos. Es decir, obvio, ya no lo era, pero se sentía extraña en un sentido positivo. Se sentía extrañamente cómoda. La presión que creyó que iba a sentir, la desconfianza o el temor no se habían hecho presentes, se sentía extrañamente tranquila, claro, no como para simple y sencillamente volverse a hacer amiga de todos ellos, pero la presencia de Shippô y la de Miroku la tranquilizaban, sabía que Sango, aunque no fueran amigas, no sería completamente mala con ella, no importaba que le guardara cierto rencor por la cachetada, e InuYasha, bueno, ella le era indiferente.
Por lo demás no habían visto monstruos o fragmentos que perturbaran la paz del Sengoku.
—Creo que sí usaré a Kirara, Sango —dijo Kagome.
—Ya era hora —replicó InuYasha.
Kagome le ignoró y se subió a Kirara, con ayuda de la exterminadora.
—Sólo espero que Kirara no termine hecha prué por el sobrepeso —habló Sango suspirando.
Y la morocha fingió no haberla escuchado.
Continuaron, así, su viaje. Sin un rumbo fijo, más bien estaban a su suerte, caminando a la zar esperando que les lloviera algo del cielo.
Kagome cerró los ojos y decidió esperar que algo interesante pasara, o a que uno de sus compañeros le reclamara algo. Se dedicó a recordar como había sido su regreso definitivo.
—Entonces, ¿vas a quedarte ahora definitivamente?—había preguntado Kaede, cuando estuvieron ya sentados todos dentro de la cabaña.
—Sí, estoy lista para lo que venga —respondió ella.
—Me alegra oír eso, niña —dijo con una sonrisa la anciana sacerdotisa—. Mañana por la mañana saldrán de viaje —notificó.
Kagome sólo asintió.
Así fue como se armó otro silencio. Sango agarró su Hiraikotsu y empezó a limpiarlo, Miroku estaba recargado contra una pared con los ojos cerrados, InuYasha sentado en su pose de indio sin quitarle los ojos de encima a Kagome, que estaba con Shippô en su regazo. A parte, Kaede estaba cocinando.
La chica pelinegra tocó suavemente el hombro de Shippô, indicándole que se levantara. Este así lo hizo.
—¿A dónde vas? —preguntó Shippô.
—Necesito ácido fólico —dijo simple, claro, conciente de que nadie le había entendido, mas sabía de antemano que no le preguntarían.
La verdad, esas eran reservas del mismo, pero necesitaba distraerse con algo, y tomar ácido fólico no le haría ningún mal.
Okay, tendría que haberse traido un libro. Es decir, no hubiera sido tan mala opción hacerlo, o mínimo una de esas revistas de maternidad baratas cuyos artículos son más sacados de Wikisabelotodo que de alguna otra fuente fidedigna.
Pero, como bien dicen por ahí, el hubiera no existe.
—Oye, Kagome. ¿Y qué es ácido florido? —preguntó él. Ella rió.
—Fólico, Shippô, y es una... vitamina que le hace bien tomar a las mujeres embarazadas, como yo —respondió simple.
—Ah.
—No te duermas, mujer —la voz de InuYasha irrumpió en sus pensamientos.
—No estoy dormida, hombre —contestó ella sin abrir los ojos—. Pero, por si no te has dado cuenta, no tengo nada que hacer y prefiero cerrar los ojos y relajarme a tener que estar viéndote la cara —Puf...
El hanyô bufó y ella dejó entrever una pequeña sonrisita de suficiencia.
Sin embargo reconoció que tampoco era muy interesante lo que estaba haciendo, es decir, ¿para qué carajo le servía recordar? Si bien su regreso había sido, más que nada, aburrido y frustrante para ella. Bueno, al menos hasta la mañana siguiente que casi se pegaba un buen golpe.
Después de ese regreso tan poco acogedor, Kagome había decidido irse a dormir. No tenía ganas de mirarles a la cara a sus futuros ex-ex-compañeros de viaje.
Y a la mañana siguiente, como muchas otras en el último mes, la habían despertado las ganas de ir al baño.
Abrió los ojos pesadamente y suspiró.
—Ah, necesito ir al baño —susurró para sí.
Apoyó una mano en el suelo y levantó la mitad de su cuerpo con pesadez, se sentó con las piernas cruzadas y estiró los brazos, dejando que su espalda tronara. Apoyó una rodilla pero, al querer apoyar la otra, el peso de su propio estómago sobre su espalda la empujó para atrás.
Cerró los ojos y se achicó sobre sí misma a la espera del impacto que jamás llegó. Era conciente de que se hubiera caído y pegado el golpe de su vida de no ser porque una mano fuerte, amplia y cálida la sostuvo justo a tiempo.
Y no necesito levantar el rostro para saber quién era su 'salvador', puesto que un suave mechon de cabello plateado cayó sobre su cara en ese momento.
InuYasha pasó una mano por debajo de su brazo izquierdo y con la otra a un lado de su cintura le ayudó a levantarse.
Y ella, bueno, silencio total.
—Mujer, ¿estás bien? —Preuntó él.
—Eh... sí, gracias —respondió sin salir de su asombramiento.
InuYasha no hizo ningún comentario más, se dio media vuelta y salió de la cabaña.
Kagome parpadeó, sorprendida de su propia reacción, ¿cómo era posible que ese pequeñísimo lapsus sin importancia la sacar de onda tan radicalmente? Estaba mal.
Sin darle tiempo de suponer más cosas, su vejiga amenazaba con estallar ahí mismo. Por lo que salió y, al regresar, estaba todo listo para que se fueran, por lo que no tuvo tiempo de pensar en nada más.
Ahora que lo pensaba bien, ¿por qué tendría esa acción algo de especial? Simple y sencillamente le había ayudado a no caerse, punto, no había necesidad de que algo detrás impulsara aquella acción.
Entreabrió un ojo y pudo ver Miroku caminando a su lado con Shippô sobre el hombro. Entonces abrió ambos ojos y se enderezó sobre Kirara.
—¿Qué sucede, Kagome-sama? ¿Sintió algo? —Preguntó Miroku al verla levantarse.
—No, nada, sólo me dieron ganas de sentarme —respondió simple.
Sango suspiró, ¿por qué diantres el día tenía que ser tan aburrido?
.&.
La noche llegó, fresca y, con ello, nuestros viajeros se sentaron a descansar.
Y otra vez había silencio.
Ah, joder, pensó Kagome, ¿por qué no hablan por lo menos de la inmortalidad del cangrejo? Y es que sí, tanto silencio la estresaba sobremanera, toda la paz que sentía se iba muy al allá cuando nadie hablaba.
Movió sus dedos impacientemente golpeando su pierna y, cuando sintió que no aguantaba más el ambiente tenso, se levantó.
—¿A dónde vas? —Preguntó InuYasha, que estaba recostado y con los ojos cerrados.
—A caminar por el bosque —contestó simple.
Se levantó y alejó como si no hubiera nadie allí.
La verdad es que para ella esas personas ahora no significaban nada importante ni mucho menos, ¿qué eran sino una molestia? Okay, habían sido sus compañeros, sí, les concedía eso, pero, ¿como eso qué? InuYasha había muerto para ella, Sango no era más que una ex-mejor amiga, Miroku casi no hablaba y a el único que verdaderamente podía hablarle de buena forma era Shippô. Y ya ni con él las cosas eran iguales.
Ahora que su panza tampoco se la ponía fácil. Claro, no sería capaz jamás de reclamarle nada al nuevo ser, ¡pero qué momento para estar embarazada!
No sabía cuánto había camiado, pero si le latía que bastante, pues no se veía la luz de la fogata a la lejanía ni se oían las voces de sus compañeros. En lugar de eso, la oscuridad del bosque y el sonido de la brisa jugar con las hojas, llevando hasta su nariz el olor de la tierra mojada y hojas que, sin darse cuenta, tanto había extrañado.
Bueno, tal vez regresar no hubiese sido tan malo, es decir que tenía cosas a favor, por ejemplo el clima, suave y fresco, aunque algo caluroso a veces jamás en exceso; las brisas nocturnas, simplemente deliciosas; ver las estrellas, cuyas formas eran alucinantes; las lluvias, sin contaminación o agua caliente, sino frescas y puras. Tomando en cuenta todo eso, ¿quién podía enojarse de regresar a un lugar así?
—Tal vez no fue tan malo regresar —dijo sonriente a la par que se recargaba contra un árbol.
Cerró los ojos y sonrió.
—Qué loco —la voz a sus espaldas la hizo sobresaltarse—; jamás pensé que te vería sonreír aquí.
—No fue porque estuviera pensando en tí, InuYasha, si es lo que crees —atacó.
—¿Qué, pensabas en Hôjô?
—¡No! —exclamó ruborizada.
—Entonces pensabas en alguien más... —inquirió.
—¿Desde cuándo tu y yo nos hablamos, perdón?
Él se encogió de hombros y se quedaron callados mirando, cada quién, por su lado. Claro que, si lo hubieran hecho eternamente, nos quedamos sin capítulo.
—Mierda, mujer, ¿cuál es tu problema?
—¡Mí problema! —explotó— ¿Mío? ¿No querrás decir tuyo y de esa sacerdotisa de barro? ¡Tú me fuiste infiel! —soltó con odio.
—¡Joder, que no!
—¡Joder, que sí!
—¡Tu jamás me dejaste...!
—¿Qué? ¿Contarme de su aventura? —preguntó con ironía en la voz—. ¡Ni hablar, hombre! ¡Que no soy idiota!
—Pues lo pareces.
—¡Cállate!
—¡Cállate tú! ¡¿Cuántas veces debo decirte que fue un malentendido?!
—¡Que te jodan, InuYasha! —hizo un movimiento exagerado con las manos.
—¿Es una oferta? —preguntó, con la obvia intención de molestarla.
—Ya lo quisieras...
Volvieron a quedar en silencio, algo así como quien dice "la calma después de la tormenta", la cual solo sirve para retomar energías y que comence de nuevo.
—Te odio —soltó Kagome.
No recibió respuesta, solo el silencio que volvió a hacerse en el bosque. De no ser porque escuchaba la respiración del muchacho hubiera creído que le había dejado sola.
InuYasha suspiró.
—Digas lo que digas y pienses lo que pienses —Kagome se tensó a la espera de un insulto, uno que jamás llegó—, quiero que te conste que el sentimiento no es mutuo.
Y se fue corriendo.
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Reeditado.
Me tardé, lo lamento; les dejo el capi y me voy, así que disfruten, porque me tardaré tanto como esta vez (si no es que más) para subir el siguiente.
No me podrán localizar de ninguna manera, ya que cerré mi Facebook, al msn no me he metido y el foro "¡Siéntate!" lo tengo suuuuuper abandonado. Así que amenazas de muerte y puteadas por tardarme, son en Inbox. Gracias.
En fin, abajo pueden enviar sus sugerencias, reclamos, ideas, comentarios, amenazas de muerte, observaciones, chistes, invitaciones a bodas, divorcios, bautizos o algún chisme interesante. ;)
Saludines, guays.
