DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.

SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.

Por tus ojos…

Capítulo X
"Miedo y Obstinación"


"Has sido herida con un dolor y una tristeza inexplicables.

Aunque tengas la carga del pasado, imborrable, sobre tus hombros;
no pierdas las ganas de vivir.

Sostuve tu mano…

¿Acabaré perdiéndolas algún día?
Quiero protegerte a ti y a esa sonrisa que va desapareciendo.
Aunque la voz que me llama, se marchite,
incluso si se la lleva el viento,
te encontraré."

D—tecnoLife; UVERworld —


Los primeros rayos del sol que llegaron a la habitación, dificultosamente atravesando la tela de la puerta corrediza, le dieron en la cara. Apretó los párpados con fuerza y se dio vuelta para buscar el abrazo de su pequeña, pero sólo sintió las mantas revueltas del futón. Abrió los ojos, un poco asustado, buscándola con la mirada por el cuarto.

— Tranquilo, papá, estoy aquí — escuchó su voz a sus espaldas, se volteó y la vio entrar por la puerta con una bandeja en las manos y acompañada por Yuiko, quien también llevaba otra bandeja, y Kirara —. Traje el desayuno.

Él se sentó, frotándose los ojos para espantar la somnoliencia que le quedaba y recibió la bandeja que le alcanzó la doncella de su hija, que luego hizo una leve reverencia y se marchó. Miró detenidamente unos segundos a la menor, mientras ella se sentaba frente a él y se acomodaba para comer.

— ¿Estás bien? — Le preguntó, dudando de su aparente energía matutina.

— Sí, supongo que descansé lo suficiente — la castaña le devolvió una sonrisa que lo tranquilizó.

— Estaba preocupado. Yo debería haberte protegido, y sin embargo, tú me salvaste — él suspiró, aún le aterraba el recuerdo de ella evitando el ataque que iba dirigido a su persona —. Nunca vuelvas a arriesgarte así, si algo te llega a pasar…

— Mamá siempre me decía lo mismo — murmuró ella, dejando sobre la bandeja el pan que acababa de tomar, un poco desganada —. Decía que ella era capaz de cuidarse sola, y ahora… — soltó un suspiro, para dirigirle una mirada decidida y pertinaz. — Si puedo evitar que algo malo les pase, lo haré. Ustedes harían lo mismo por mí, y yo tampoco sabría qué hacer si les pasara algo.

Miroku reconoció esa mirada y sonrió, sin duda ella era hija de Sango.

"¡Jamás lo abandonaré! Prefiero morir a su lado."

Recordó lo terca que podía ser su exterminadora, a pesar de que su vida estuviese en peligro, para protegerlo y luchar al lado de él. Suspiró, acariciándole la cabeza a su hija y aceptando sus palabras.

— Está bien, pero no te arriesgues demasiado. Por lo menos no hasta que termines tu entrenamiento.

Miku asintió con un gesto, para volver a su desayuno. Comieron en silencio, ninguno de los dos se había dado cuenta del hambre que tenían debido a las energías gastadas el día anterior. Luego de terminar, ambos se miraron unos segundos, hasta que la menor decidió romper el silencio.

— Sé que el señor Kuranosuke era manipulado por alguna energía maligna y que eso ya fue derrotado, pero mamá…

— Tu madre está siendo consumida por algo que se apoderó de su corazón. Es una oscuridad que no hemos podido vencer, tampoco sabemos cómo hacerlo.

— Pero estará bien. Nos tiene a nosotros y no dejaremos que siga así, ¿verdad?

— Así es, pequeña.

Se sonrieron animadamente, ya que de algún modo ayudarían a Sango, porque ella era fuerte y lograría salir de eso.


Acariciaba delicadamente el rostro de su compañera, contemplando el semblante tranquilo y apacible mientras ella dormía. Advirtió una marca más oscura en la piel del hombro que se había escapado de la protección del kimono y apretó los dientes, molesto consigo mismo por haberse permitido caer en las trampas y engaños de un demonio y hacerle daño a su castaña. La amaba y lo único que quería era que ella fuera feliz. ¿Por qué se dejó engatuzar tan fácilmente? Tenía miedo de perderla, eso era cierto, y la llegada del monje justo en vísperas de la boda había complicado las cosas. Deseaba ser él quien la hiciera feliz, después de todo el oji azulado la había dañado en más de una ocasión, incluso dejándola de lado después de que ella se entregara a él. Por eso temía que ella volviera a caer en los juegos de ese hombre, no quería que sufriera de nuevo por su culpa. Él se había esforzado durante esos años para que nada les faltara a ninguna de las dos, a pesar de que para él Miku sólo personificaba un recuerdo demasiado presente, de lo que ese monje significaba en la vida de su amada. Aún después de todo, su mayor deseo era que Sango permaneciera a su lado. Y eso fue lo que le ofreció esa fría y profunda voz que lo sorprendió aquel día en que llegaron los antiguos compañeros de viaje de su prometida, después de que notara la ilusión escondida en los ojos de ella. Pero su egoísmo y descuido había terminado dañando más a la joven, de una manera que quizá no puediera remediarse. Cerró los ojos, regañándose por lo estúpido que había sido todo ese tiempo.

— ¿Mi señor?

La voz de la castaña lo sacó de sus cavilaciones. La observó y volvió a sentirse culpable al notar el temor escondido en su gesto. Suspiró, esa no era la Sango que él amaba.

— Pequeña, no me llames así… sólo Kuranosuke está bien — le recordó, ella asintió torpemente y con una sombra de miedo atravesándole la mirada —. Hey, pero no temas. No volveré a dañarte, nadie más lo hará.

Sólo recibió como respuesta otro gesto afirmativo de ella. Negó con la cabeza y se incorporó, vistiéndose en silencio, lo que alertó a la muchacha.

— ¿Qué pasa, a dónde va? ¿Fue algo que hice?

— Claro que no, simplemente iré a buscar el desayuno — le respondió él, con una sonrisa.

— No se moleste, puedo ir yo si lo desea…

— No, descansa. Fue una pesada noche y aún nos queda bastante por hablar. Además, le debes muchas tardes a Miku, debes tener energías para ella. Volveré en seguida.

Kuranosuke salió de la habitación mientras ella no sabía qué hacer. Su deber como esposa era servir a su marido, pero ahora estaba siendo todo lo contrario. Temió que después el terrateniente se volviese a desquitar con ella, de seguro estaba poniéndola a prueba. Esperó pacientemente hasta que él volvió junto a una de sus doncellas, ambos con las bandejas del desayuno. Hizo ademán de pararse para servir ella el té, pero él le indicó que siguiera en su lugar, mientras la otra joven les preparaba el desayuno para luego retirarse. Sango aún parecía dudosa ante ese cambio en la actitud de su esposo, no quería bajar la guardia para después tener que enfrentar más consecuencias. Lo observó detenidamente y esperó a que él bebiera primero para luego hacerlo ella.

— Por favor, relájate — murmuró el oji gris, tomándole cariñosamente una de sus manos —. Sé que debes estar confundida, pero de verdad que no volveré a hacerte daño. Fui un idiota al dejarme engañar y manipular por ese demonio y provocar todo esto. Todo lo que pasó, lo que te hice… me gustaría poder borrarlo de tus recuerdos. No sabes cuánto lo lamento.

— Está bien, no ha hecho nada malo. Sólo me enseñó mi lugar como su esposa y mis obligaciones, de alguna forma debía aprender…

— Ya basta, deja de decir eso — él la interrumpió, le dolía que ella siguiera afirmando que eso estaba bien —. No justifiques los hechos, no te merecías ese trato, nada de lo que te pasó debió haber sucedido, jamás. Escúchame, eres la señora de este palacio, eres una princesa y también, una guerrera. No tienes que estar nunca bajo la sombra de nadie, ni siquiera la mía. No quiero que sigas diciendo ese tipo de cosas.

Sango lo miraba, sin entender aún lo que pasaba. Kuranosuke exhaló pesado para luego sentarse junto a ella y abrazarla cariñosamente, quería que se sintiera querida, protegida, que ya no debía temer; sin embargo, ella seguía estando distante, como reprimiéndose por completo, dejando a la vista sólo una expresión vacía que parecía ser su escudo ahora. Le besó la frente y juró que encontraría el modo de devolverla a la normalidad.


La brisa fresca que le rozó el rostro logró terminar de despertarlo, respirando profundo esa calma que ahora se percibía en el castillo. Miró a su acompañante, sonriéndole al ver que ella ya se sentía mejor y que la ilusión y ese brillo tan animado volvía a asomar en sus ojos marrones. Le tomó la mano para luego guiarla hasta uno de los patios, provocando un leve sonrojo en su rostro y una disimulada sonrisa.

— Me alegra que te sientas mejor — dijo él, tratando de mantener el paso lento —. La energía de ese demonio era bastante fuerte y consumió más de lo que yo hubiese querido, sus emociones.

— Gracias — respondió ella, dirigiéndole una cálida sonrisa —. Si no hubiese sido por ti y por Miku, seguramente Miroku y yo no habríamos podido salir de esto. Aún recuerdo la pesadez que calaba mis huesos.

— Lo sé, también intentó apoderarse de mi corazón. De todas formas, debí haberme dado cuenta antes de lo que pasaba. Quizá así hubiésemos podido evitar que se adentrara tanto en Sango.

— InuYasha — lo llamó, deteniendo su avance para mirarlo fijamente, teniendo su atención —. No es tu culpa, tanto el monje Miroku como yo tenemos poderes espirituales, y no fuimos capaces de percibirlo hasta que fue demasiado evidente. Todo esto nos superó, se aprovechó de nuestros temores para ocultarse.

— Lo sé, Kagome, pero de todas formas… — Soltó un pesado suspiro, apoyando su frente en la de ella. — Si Miku no hubiera descubierto todo, seguramente seguiríamos engañados. ¡Maldicion!

— ¿Y ahora qué es lo que te molesta? — Preguntó la sacerdotisa, sorprendida por ese repentino cambio de humor.

— Sólo pensar en todo lo que pasó, en cómo deben sentirse Miroku y Sango… Si algo así te hubiese pasado a ti, no podría soportarlo. Todo esto me recordó que nuestro pasado nos persigue y me hice bastantes enemigos antes… podrías haber sido tú… — Apretó la mandíbula, molesto.

— ¿Pasado? ¿A qué te refieres con eso?

— Ese demonio buscaba vengarse de Sango. Si esto le pasó a ella, no puedo ni imaginar lo que podría pasarte a ti…

— Tranquilo, nada me pasará. Todo estará bien.

Se sostuvieron la mirada por unos instantes, luego él la estrechó cálidamente entre sus brazos, respirando su agradable aroma y sintiendo el latido de sus corazones al mismo ritmo. Sonrió, mientras acariciaba con ternura el cabello de ella.

— Prometo que te seguiré protegiendo — murmuró antes de besarla, fundiendo sus labios en ese íntimo contacto de entrega —. Te amo.

Kagome pudo sentir cómo el color rojo se apoderaba de sus mejillas, poniéndola nerviosa. Ella lo sabía, pero escucharlo era algo totalmente distinto. Se abrazó más a InuYasha, ocultando su rostro en su pecho, buscando el valor para mirarlo a la cara y no derretirse ante esa ambarina mirada.

— Yo también te amo — declaró, fijando sus orbes marrones en las doradas de él, siendo consciente de que su cara le ardía por el sonrojo.

Lentamente se separaron del abrazo para seguir su camino, en búsqueda de su amigo para encontrar una solución a todo eso, pero sin soltarse las manos, pues ahora que estaban juntos, deseaban permanecer así por siempre.


Cerró los ojos, procesando lo que acababa de relatarle su amigo. Intentó ordenar las ideas antes de elaborar una solución. Ese demonio había logrado herir más que el orgullo de la castaña: había acabado con su amor propio, todo por una venganza. Definitavemente, sus pasados los perseguirían siempre, a pesar del tiempo que pasara. Miró a sus amigos y descubrió que ellos estaban tan lejos de una respuesta como él. Suspiró cabizbajo, sopesando las alternativas: hablar con ella no estaba dando resultados, aunque un intento ahora que Kuranosuke ya no estaba siendo manipulado, podría tener mejores resultados; podían llevársela de ahí para alejarla de lo que había provocado su dolor, pero de seguro ella se negaría a eso; también podían tratar de recordarle quién era y simplemente mostrarle lo que valía, cuanto la querían y amaban… ¿pero podrían hacerlo?

— ¿Tienes alguna idea en mente? — Preguntó el hanyō, sosteniéndole la mirada.

— Un par, pero no sé si resulten… necesito hablar con ella — respondió el oji azul, con algo de pesar en la voz —. Aunque temo que no tenga resultados positivos, como las veces anteriores.

— No podemos rendirnos, seguirá intentándolo, ¿verdad? — La azabache le dedicó una cálida mirada de apoyo. — Quiero decir, si alguien puede llegar hasta nuestra Sango, es usted.

— Espero poder hacerlo algún día… ojala pronto. Porque es doloroso ver que sus ojos sólo reflejen miedo y angustia.

Los tres guardaron silencio un momento, abatidos por la situación. Su amiga era algo demasiado valioso como para dejarla abandonada en la oscuridad. Suspiraron al unísono, deseando con todo su ser poder recuperarla.

— ¡Pero primero debemos buscar a papá! — La alegre voz de Miku interrumpió los pensamientos de todos, precediendo a la niña antes de que ingresara corriendo y comenzara a tirar de la maga a su padre. — ¡Papá, ven a jugar con nosotras!

— En un momento, hija, yo…

— Pequeña, no molestes a su Excelencia, nosotras podemos jugar solas…

Miroku se volteó al instante cuando escuchó la voz: ahí estaba Sango, esperando a la pequeña en el umbral, con la mirada aún perdida en algún punto desconocido para los demás. Se puso de pie de inmediato y se acercó a ella, buscando su mirada, pero ella lo evadió, dando un par de pasos hacia atrás. El tenso silencio que se había impuesto fue roto por la pequeña oji azulada, que tomó las manos de sus padres y los guió hasta el patio, con una radiante sonrisa.

— ¡Vamos a jugar un poco, los tres! ¡Será divertido! — Exclamó, mientras le hacía un gesto a Kirara y la minina corría a su alrededor.

— Pero Miku, yo no debo…

— No pasará nada malo, te lo prometo — le aseguró el bonzo, atravezándola con una dulce mirada —. ¿Confías en mí?

— No debería, mi señor…

— Kuranosuke no te hará daño, también lo prometo. Sólo relájate y disfruta de estos momentos con Miku.

Sango iba a protestar algo, pero él le acarició tiernamente la cabeza, con una sonrisa cálida para luego comenzar a perseguir a su hija y a la gatita, quienes invitaban con gestos a la castaña. Ella se les unió tras unos segundos de pensarlo un poco, eso no tenía nada de malo, después de todo sólo era un juego con su hija.

Siguieron divirtiéndose un rato con la menor, mientras sus amigos los mirabann de lejos y sonreían, por lo menos Sango estaba saliendo de su aislamiento. De pronto, Kirara se transformó en la tigresa y le dirigió un ronroneo a Miku, para luego subirla en su lomo y salir en dirección al bosque con la niña.

— ¡Miku! — Ambos padres gritaron su nombre, viendo a la felina alejarse. Miroku suspiró y Sango dudó: ¿qué debía hacer ahora? Su hija no podía estar sola en el bosque…

— Deberíamos ir tras ellas — dijo Miroku, mirando a la muchacha que aún tenía la vista fija en el punto en el que habían desaparecido —. Si quieres, puedes quedarte, yo iré. Aunque creo que a Miku le gustaría que la acompañaras en su lugar favorito.

Colocó su mano suavemente sobre el hombro de ella, provocándole un escalofrío. Le sostuvo la mirada un segundo, para luego volver a dirigirla al suelo y asentir con un lento movimiento de la cabeza. Él comenzó a andar, ella lo seguía a cierta distancia, tratando de evitar todo tipo de contacto. Quería prevenir volver a caer en sus manos, ella estaba casada y no podía fallarle a su esposo. Caminaron lentamente, mientras el monje llamaba a viva voz a su hija. Pasaron un par de horas hasta que lograron localizarla, durmiendo a los pies de un árbol, protegida por Kirara, quien los esperaba despierta; la felina le hizo un gesto al monje, algo que él interpretó como una sonrisa cómplice, y luego se acurrucó más junto a la menor. Al parecer, la idea de su hija era sacarlos del palacio, seguramente creía que el ambiente más sereno del bosque los ayudaría a recuperar a Sango. Miró de reojo a la castaña y le sonrió, a lo que ella sólo se sonrojó, desviando la mirada. Él siguió recorriendo el lugar con la vista y luego se le acercó.

— Me gustaría que me acompañaras un momento, quiero mostrarte algo.

— No creo que deba, yo soy una… — La castaña dudó, un tanto temerosa.

— … Mujer casada, lo sé — terminó la frase él, sin molestarse pero con un leve tono de tristeza que atravesó duramente a Sango —. No te pediré que faltes a tus votos, sólo quiero que veas algo.

Sintiéndose extrañamente angustiada por el tono que percibió en la voz de él, ella asintió y le siguió el paso hasta un claro que había a unos metros de donde descansaba la pequeña Miku, bañado por un pequeño lago. Se quedó perpleja mirando el lugar, era hermoso y a la vez relajante, la llenaba de calidez… pero su corazón se resistía a entregarse a eso. Negó bruscamente, aunque permanneció ahí, contemplando el reflejo de los árboles y el cielo en el agua.

— Miku se parece mucho a ti en este sentido también — murmuró él, cerrando los ojos para escuchar el sonido del agua al ser agitada por el viento —. Le gusta este lugar, descansar rodeada por el murmullo del agua y alejada del ajetreo de la aldea…

— Sí… — Casi lo susurró, como intentando evitar recordar eso. — Solíamos venir al bosque antes, sólo para alejarnos de todo…

— Si te gusta estar aquí, deberías venir más seguido.

La castaña no dijo nada, mantuvo el silencio mientras dejaba que el viento acariciara su piel. Sentía que no iba a ese lugar desde hacía años, aunque estaba consciente de que eso no era así. Cerró los ojos para sentir en total plenitud los sonidos que le regalaba el claro, tratando de relajarse. Miroku la observaba con una sonrisa, esa se sentía más como su Sanguito… pero no duró mucho. De pronto, la muchacha abrió los ojos, como espantada por algo, y dio un par de pasos hacia atrás, torpemente.

— ¿Sango, qué sucede? — Preguntó preocupado él, acercándose. — ¿Estás bien?

— Sí, simplemente no se me acerque — le respondió, evitándolo —. Yo no debería estar aquí, esto está mal… debo volver.

— P-Pero Sango…

La muchacha se alejó por el sendero, dejando a Miroku con el pecho apretado. Por un momento, su pequeña había luchado para ver la luz de nuevo… pero había vuelto a caer en la oscuridad. Suspiró, acercándose a su hija y tomándola en brazos para llevarla hasta el palacio. La niña se acomodó para luego abrir un poco sus ojos y sonreírle a su padre.

— Sabía que vendrías por mí — le dijo, con cariño —. ¿Y mamá, vino?

— Sí, pero tuvo que volver al palacio.

La pequeña se encogió de hombros para luego seguir durmiendo en el reconfortante abrazo de su padre. El monje le hizo una señal a Kirara, y ella los siguió hasta su destino, en silencio. Por lo menos, eso podía significar un comienzo.


Cerró los ojos, disfrutando esa calma que ahora se podía sentir en el palacio. Luego miró el camino que daba hacia las afueras de la aldea, y llegaba al bosque y sonrió. Esa era la dirección que había tomado su mujer un rato atrás para ir a buscar a su hija. Esperaba que retomar sus tareas habituales, compartir con su pequeña, con sus amigos, hacer lo que le gustaba, ayudara a traerla de vuelta, porque él también estaba detestando ese miedo que se percibía en la mirada de la castaña.

Suspiró, recordando a la gallarda joven que lo había enamorado y nuevamente se regañó mentalmente por haber permitido que todo eso le pasara. De pronto, la vio ingresar un tanto ensimismada, y sola. Ella lo divisó y apresuró el paso hasta llegar a su lado, saludándolo con una inclinación de su cabeza.

— Mi señor Kuranosuke…

— No me llames así, pequeña — le recordó, sonriéndole —. Prefiero incluso, "el niño de la nariz sucia". Supe que estuviste jugando con Miku y el monje Miroku… y hasta me dijeron que habías ido al bosque con ellos…

— Oh, sí, lo lamento… No volveré a salir sin su autorización…

— No te estoy reclamando nada, puedes compartir con ellos todo lo que desees.

— P-Pero usted me había dicho…

— No importa lo que te haya dicho antes. Ahora es distinto, no eres inferior a mí ni debes obedecerme, puedes hacer lo que quieras. No tengas miedo, nada malo te volverá a pasar. Quiero que vuelvas a ser la misma de antes.

La castaña asintió levemente con un gesto, mostrándose aún un tanto dudosa ante las palabras de su esposo. Él le dedicó una cálida sonrisa y le acarició el rostro con delicadeza, aunque la muchacha tembló casi imperceptiblemente ante el contacto, pudo notarlo. Soltó un pesado suspiro, no soportaba verla ni sentirla así. Tras un rato de silenciosa caminata, Kuranosuke le pidió que lo dejara solo unos momentos para poder tratar unos pendientes, a lo que Sango obedeció, retirándose a su habitación.

El joven recorrió con calma los corredores exteriores del palacio, buscando con la mirada por los patios, pero sin prisa. Disfrutaba la forma lenta en la que el sol iba escondiéndose tras las montañas y brindaba ese extraño brillo anaranjado previo a la noche. Sonrió al bajar la vista y divisar sentada en el corredor a la pequeña oji azulada, quien acariciaba con tranquilidad la cabeza de Kirara y contemplaba el cielo. Se acercó con calma, seguro de que ella ya sabía de su presencia.

— Hola, pequeña Miku.

— Buenas tardes, señor terrateniente.

— ¿Puedo sentarme a tu lado?

La menor se encogió de hombros, dando a entender que no le molestaba, el mayor se unió a ella y también observó el cielo, que en ese momento les regalaba destellos lilas y dorados. Luego, dirigió su mirada hasta la niña que estaba a su lado, admirando el parecido con su madre, parecían casi dos gotas de agua. Sonrió antes de volver a romper el silencio.

— ¿Podemos hablar sobre algo?

La infante dirigió sus ojos azules hacia los de él, atravesándolo con la mirada, haciéndolo sentir un poco expuesto, como si ella pudiese ver todos sus secretos.

— Claro, ¿qué desea? — Dijo luego de unos segundos, desviando nuevamente la mirada.

— Quiero hablar sobre tu madre. Yo… sé que lo que pasó es en gran parte mi culpa y tú siempre lo presentiste, a pesar de que nadie lo considerara. Sin embargo, debo agradecerte por haber acabado con eso, era bastante doloroso estar manipulado de esa forma y… bueno, hacer lo que hice.

Eso no ha acabado — mencionó ella, volviendo a mirarlo directo a los ojos —. No hasta que mamá vuelva a la normalidad.

— Lo sé, tienes razón — exhaló con pesar, también quería ayudar a su mujer —. Por eso quería hablar contigo, creo que tú puedes ayudarme a traerla de vuelta.

— Yo no puedo hacer mucho si ella no siente realmente que ya no tiene porqué temer. Mamá me dijo que ya nada podría volver a ser como antes, porque ahora su vida le pertenecía a usted.

— No quiero que ella siga sintiendo eso…

— Pero se siente obligada a responderle, porque ese era el deseo de mi abuelo… o por lo menos, eso es lo que ella me dijo.

A Kuranosuke le brillaron los ojos al escuchar las palabras de la niña. Quizá así podía darle a entender que no estaba obligada a obedecerle, que ella podía ser dueña de sus decisiones. Pero ¿podría lograrlo? Sango era tan obstinada…

— Lo comprendo, tendré que hacer algo al respecto… para que ella deje de obligarse a actuar así.

— Señor Kuranosuke… ¿de verdad el deseo de alguien que ya no está con nosotros puede influir tanto en nuestras decisiones? No puedo comprenderlo, si mamá no era feliz así, ¿por qué lo aceptó?

— Tal vez te cueste entenderlo, pero si tu padre te pidiera algo antes de morir, ¿lo harías?

Miku pareció analizar brevemente las palabras del castaño para llegar a una respuesta. Asintió lentamente, ahora era más claro para ella la razón por la que su madre había decidido seguir adelante con todo eso.

— Jamás había pensado en algo así…

— Y espero que tampoco tengas de volver a hacerlo, mucho menos vivirlo. Tienes todo por delante, y quiero que tu madre lo viva contigo. Si alguna vez te ofendí o hice daño de alguna forma, quiero pedirte perdón. Supongo que sólo estaba celoso, pero eres una niña maravillosa y cometí un error al ser así. Lo siento.

— Está bien, supongo que de alguna forma usted también tenía miedo, igual que yo…

— ¿Miedo?

— Sí, yo temía que usted me alejara de mamá después de su boda; quizá usted temía que pasara lo contrario…

— Tal vez tengas razón… Gracias, por todo — le acarició la cabeza para luego ponerse de pie —. Deberias ir a dormir, el sol ya se ocultó por completo.

— Sí, buenas noches.

Ambos emprendieron el rumbos a sus habitaciones, recorriendo los distintos pasillos hasta llegar a sus destinos. El terrateniente ingresó y vio a su esposa recostada bajo las sábanas, de espalda a la puerta. Se preparó en silencio para dormir y se ubicó junto a la muchacha, abrazándola por la cintura. Volvió a sentir que ella temblaba y se maldijo. De alguna forma le devolvería lo que ahora se sentía tan lejano.


"Unos días más tarde…"

Pese a todos los esfuerzos, tanto de él como de su hija y sus amigos, incluso los del terrateniente, ella poco parecía perder el miedo, seguía reprimiéndose, aunque muchas veces se asomaba a la superficie un atisbo de sonrisa, tranquilidad o seguridad, pronto se desvanecía tras la cortina del temor y dolor.

Negó con la cabeza al verla sentada observando a Miku en lugar de ir a jugar con ella. Sabía que su temperamento era distinto, lo recordaba perfectamente. De pronto, sus ojos se iluminaron con una idea. ¿Y si le recordaba viejos tiempos? Sus respuestas solían ser actos reflejos, muestras de su personalidad fuerte. ¿Podría aflorar eso de nuevo en ella? Valía la pena intentarlo, nada perdería con eso. Se acercó a ella y se sentó a su lado, para acompañarla. Ella simplemente lo miró de reojo y trató de ignorarlo, aunque apretó los puños, señal de que su presencia le afectaba. Él le sonrió, tratando de que el ambiente no se sintiera tan tenso.

— ¿Por qué no vas a jugar con ella? De verdad te extraña…

— No debería, no es lo que se espera de la señora del palacio — respondió ella con voz queda, aunque en sus ojos destelló por una milésima de segundo, el deseo de hacerlo.

— Eso no debería importarte, es tu hija. Los demás deberían entenderlo y aceptarlo — le recordó él, mientras saludaba con un gesto a la menor.

— Tengo obligaciones que cumplir, por si no lo recuerda, y…

— Y ese discurso es viejo, me lo sé de memoria y no se hará más cierto porque lo repitas una y otra vez — la interrumpió, eso era algo que siempre hablaban —. Incluso Kuranosuke te dijo que olvidaras eso. Primero que todo, eres madre.

— Kuranosuke no… Espere — lo miró a los ojos, dudando —. ¿Cómo sabe que mi señor me dijo eso? ¿Acaso nos ha espiado?

— ¿Espiado? — Miroku pareció sorprendido, ¿de dónde había sacado esa idea? — No, claro que no, yo no sería capaz de hacer tal cosa…

— Si era capaz de espiarnos mientras nos bañábamos, no veo porqué no hacerlo ahora… — El oji azul pudo apreciar un tono de reproche un tanto infantil en su voz, que lo hizo sonreír.

— Eso es distinto, Sanguito, su belleza era la que me tentaba… — Aclaró, sosteniendo suavemente su mano, mientras se acercaba un poco más a ella. — Eres la mujer más bella que conozco.

Pudo notar el nervosismo de la muchacha al sentir su mano sobre la de ella, y decidió aprovechar el momento que le estaba regalando. Discretamente, pasó su mano hacia la espalda de Sango, bajando hasta llegar a la parte baja y acariciando sus nalgas. Volvió a sonreír al sentir las curvas, de verdad las extrañaba. Y tal como había supuesto antes, el golpe en su mejilla fue una respuesta refleja, dejándole una marca roja. Retiró su mano, pero no borró su sonrisa, sosteniéndole la mirada a la castaña, que estaba sonrojada y furiosa. Esa era su Sango.

— ¡¿Cómo se atreve?! — Lo encaró molesta, pero luego pareció recapacitar. — Y-Yo… lo siento, no quise… Perdón, no debí golpearlo…

— ¿No? — Él parecía divertido con la situación, su sonrisa aún no abandonaba sus labios. — ¿Acaso no crees que me lo merecía? Porque si es así, no te molestará que lo haga de nuevo…

— Mantenga sus manos alejadas de ahí — le respondió ella, seria y con una expresión molesta y decidida que animó más al monje.

— ¿Dónde debiese ponerlas, entonces? ¿Quizá…? — Se aventuró a preguntar, mirando sus atributos femeninos con picardía.

— En ninguna de esas partes, Su Excelencia — lo cortó, alejándose un poco de él.

— Lástima, porque son hermosas — soltó un pesado suspiro, desviando la mirada —. Debería buscar a alguien más, ¿no crees?

— Haga lo que quiera, si nunca va a cambiar…

— Estás celosa.

Ella se volteó bruscamente hacia él, un poco sonrojada y con una expresión de extrañeza mezclada con una pizca de reclamo. Miroku le sostuvo la mirada, conocía bien esas expresiones y cómo interpretarlas.

— ¡Claro que no estoy celosa! — Exclamó, aunque sus mejillas enrojecieron un poco más. — Sabe que ya no debería importarme lo que haga con su vida…

— ¿Y te importa? — Tomó sus manos al decir esto, sin desviar la mirada, no quería perder ese contacto con ella. — Porque yo diría que sí… ¿no prefieres que me quede contigo?

— Le dije que podía hacer lo que quisiera…

— ¿Segura?

— ¿Cuántas veces tendré que repetírselo? Haga lo que quiera.

— Está bien, tú lo pediste.

Sin darle tiempo a reaccionar, tomó firme pero suave, el rostro de la muchacha y la besó, cariñosamente. Se separó de ella tras unos segundos, contemplando su sorpresa y la vergüenza que asomaba en sus ojos, acompañando el color rosado de sus mejillas. Ella se pasó lentamente los dedos por los labios, como sin comprender del todo lo que acababa de pasar.

— … Miroku… — Junto con su nombre, se llevó la mano al pecho, presionando algo con fuerza. — Tú… ¿por qué…?

— Me dijiste que hiciera lo que quisiera. Y no sabes cuántos deseos de besarte tenía. Pero, más que eso — se acercó otro poco a ella, tomando la manos que aún mantenía en sus labios y presionándola con seguridad, prosiguió —, anhelaba sobre todo esa mirada fuerte, decidida, segura… y recelosa.

— Yo… lo siento, no puedo corresponderte y lo sabes… — Sango apartó la mano y se puso de pie. — No vuelvas a hacer algo así, por favor. No quiero tener más problemas.

Sin esperar respuesta, la castaña se alejó rumbo a los salones centrales del palacio. Miroku suspiró, pero sin borrar su sonrisa, porque había vuelto a escuchar su nombre dicho por ella; porque ya no lo trataba de usted y porque, estaba casi seguro, sus ojos ya no reflejaban el dolor y la indiferencia que hacía unas horas la dominaban. Miró el cielo, las cosas podían estar avanzando, eso por lo menos le pareció una buena señal.

— Su Excelencia, necesito hablar con usted… sobre lo que acaba de pasar.

La voz del terrateniente lo perturbó un poco. Pese a que ambos deseaban que Sango volviese a la normalidad, él estaba seguro de que su anfitrión no deseaba que ella se alejara de su lado. Él querría seguir siendo su esposo y lo que acababa de pasar ponía en peligro eso. Pero estaba equivocado si creía que iba a renunciar a la castaña. Se incorporó y le sostuvo la mirada.

— Dígame.

A Kuranosuke le brillaron los ojos de forma extraña, las cosas iban a cambiar de ahora en adelante.


Por fin otra actualización, con harto cariño, espero que les guste, estaré pendiente de sus comentarios, así que por favor, ¡dejen reviews!

Ahora sí, aseguro que no habrá actualización hasta el próximo mes, porque estoy a full con el estudio para pasar m internado - y necesito todas sus buenas vibras para aprobar y ser matrona al fin -, así que les pido paciencia.

AGRADECIMIENTOS ESPECIALES a mis fieles SangoSarait y Aiida, dedicado a ustedes con amor, espero sea de su agrado ;)

Saludos desde Chile, ¡gracias por leer!