Cuando la luz del sol le dio de lleno a Zelda en los ojos, hacía ya tiempo que Link se había escabullido de la habitación. La princesa se removió y se tapó el rostro con los dedos, pero ya se había despertado. Entrecerró los ojos para acostumbrarse a la claridad y buscó a tientas el reloj de su mesita de noche. Eran las nueve de la mañana. Miró a ambos lados de la cama y vio que Link había desaparecido. Las sábanas estaban frías, pero su olor había impregnado el lado de la almohada donde él había descansado. Se sorprendió a sí misma recorriendo la tela con los dedos y aspirando su aroma con una sonrisa. Había cumplido lo que le ha pedido, se había quedado hasta que se hubo dormido. En cierto modo, le habría gustado despertarse a su lado, pero sabía que aquello no era posible.
Con un suspiro resignado, se enderezó en la cama y sacó los pies de esta. La cabeza le dolía un poco, pero el dolor no era ni de lejos lo que había sentido de madrugada. Recordó lo dulce que había sido Link con ella. Se había parecido tanto al muchacho del que se había enamorado que, de alguna forma, se había dejado llevar por los impulsos y se había acurrucado junto a él. Y se había sentido tan segura como la primera y única vez que habían dormido juntos. Zelda se mordió el labio inferior.
Link podría haberse aprovechado de la situación, pero no lo había hecho. Como siempre, su caballerosidad superaba cualquier otro defecto. Y no solo eso. La había salvado de nuevo la noche anterior, la había cargado hasta el castillo y se había ocupado de su resaca. Zelda se sentía cada vez más en deuda con él. Sentía que tenía que hacer algo por él por lo que, sin ir antes a desayunar, se duchó, se peinó y se puso un sencillo mono de pantalón corto y manga a la sisa con escote en V. Se calzó unas sandalias planas muy cómodas y salió de la habitación justo en el instante que en Impa llegaba a la puerta.
La mujer sheikah se la quedó mirando, sorprendida.
-¿Adónde vas?-le preguntó a la princesa, que ya enfilaba a toda prisa el pasillo hacia las escaleras.
-¡Enseguida vuelvo! ¡Tengo que hacer una cosa!
-¡Zelda!-protestó Impa, pero ella ya se había perdido escaleras abajo.
La princesa recorrió el castillo hasta llegar a uno de los anexos que formaban parte de la zona trasera de la enorme construcción. El castillo tenía la estructura original de un edificio medieval, con sus torreones y sus almenaras. Sin embargo, este se había remodelado de tal forma que ya no había que subir y bajar escaleras de madera para llegar al adarve desde el cual se divisaba el patio de entrenamiento de los soldados.
Zelda se asomó al patio y vio que, a pesar de ser domingo, había muchos hombres y mujeres empuñando sus armas y practicando el combate cuerpo a cuerpo. Bajo el adarve frontal, había una puerta que llevaba a una cabina bastante ancha donde los soldados hacían prácticas de tiro con diferentes armas de fuego, además de ballestas y cerbatanas. Hyrule se había modernizado con el paso del tiempo, pero estaba visto y comprobado que, cuando las armas actuales fallaban, siempre podían contar con las ancestrales y era por ello por lo que se seguían entrenando en las antiguas artes de lucha.
Sin embargo, allí no estaba Link. Zelda dio un golpe sobre la piedra dura y fría del muro que sustentaba el adarve y siguió andando hasta encontrar unas escaleras que la llevaron al piso inferior. Recorrió los soportales, dejando en el centro el patio de entrenamiento. Vio que el Capitán de la Guardia Diurna estaba vigilando el entrenamiento y se dirigió a él. El Capitán, al verla, se cuadró ante ella y la saludó con una reverencia y el puño derecho sobre el corazón.
-Mi señora.
-Buenos días, Capitán. Descanse-le saludó Zelda, haciendo acopio de su habitual frialdad.
-¿Necesitáis algo, mi señora?
-Estoy buscando las habitaciones de los soldados que residen aquí, en el castillo. ¿Podríais indicarme el camino?
El Capitán abrió los ojos al máximo, sorprendido.
-¿Ha habido algún problema con alguno de mis hombres y mujeres? Os aseguro que haré todo lo posible para que…
-No, no, no. No me he explicado bien-se corrigió Zelda, intentando abordar el tema desde otro ángulo-. No estoy buscando a nadie en particular. Solo quiero ver las instalaciones. Es mi deber, Capitán.
-Oh… Por supuesto, mi señora. Si me permitís, estaré encantado de acompañaros y mostraros las diferentes zonas en las que…
-Desearía ir sola, si no es inconveniente-repuso Zelda, interrumpiendo de nuevo al Capitán-. Trabajo mejor sin compañía, ¿comprende? Con unas pocas indicaciones podré apañármelas.
El Capitán la observó, confuso, pero no se opuso.
-Seguidme, por favor.
La princesa asintió y caminó junto al Capitán hasta una puerta ubicada en el centro de adarve desde el que se había asomado hacía un par de minutos.
-Por aquí se llega a los pasillos de las habitaciones-le indicó el Capitán, señalando las escaleras que había a derecha e izquierda de la puerta-. Hay varias secciones, pero están bien indicadas. La planta baja es para los soldados y guardias de élite, los de refuerzo y los de emergencia. La primera planta, para los soldados diurnos y, la segunda, para los nocturnos y de guardia. Los despachos se encuentran en la tercera y última planta, incluido el de un servidor.
Zelda asintió de nuevo con un solo movimiento y atravesó el umbral de la puerta.
-Muchísimas gracias, Capitán. Puede retirarse. No quiero entorpecer sus deberes.
-Avisadme si necesitáis cualquier cosa, mi señora.
Zelda no dijo nada. Le dio la espalda al Capitán y esperó a que este volviera a su puesto. En cuanto se hubo asegurado de que nadie la veía, recorrió el pasillo de la planta baja y fue mirando a un lado y a otro los nombres que había inscritos en unas placas junto a las puertas de las habitaciones. Estaban dispuestos por orden alfabético, por lo que Zelda apresuró el paso y se centró en llegar a la L cuanto antes. No tardó mucho en hallar un cartel que rezaba "Link" junto a la puerta número 0-33.
«Vaya, qué pasillo más largo, ¿no?», se dijo a sí misma. Miró a un lado y a otro y, antes de que pudiera echarse atrás, tocó la puerta con los nudillos un par de veces. Zelda aguardó, nerviosa, pero no se escuchaba nada al otro lado de la puerta. Se mordió el labio inferior y llamó de nuevo. Nada. Desilusionada, suspiró y se dejó caer sobre la puerta, mirando al techo.
-Link no está-dijo una voz femenina a su izquierda.
Zelda se volvió hacia el origen de la voz y vio a una chica pelirroja andando hacia ella, vestida con la misma ropa que había visto en los que entrenaban en el patio. De hecho, ella parecía ser una de las pocas mujeres pertenecientes a la guardia del castillo. Era alta y delgada, con porte y andar seguros y una mirada azul penetrante pero amable. Zelda se enderezó y encaró a la chica.
-¿Cómo has dicho?-preguntó Zelda, esperando a que la chica llegase hasta su altura.
-Link no está, majestad-repitió la chica-. Ha pedido un permiso excepcional para salir hoy. Tenía algo urgente que hacer.
-Oh… ¿Sabes, por casualidad, a dónde ha ido?
La chica se llevó un dedo a la barbilla, pensativa.
-Creo que dijo que iba a ver a su novia al pueblo Kokiri.
Zelda sintió como si aquella muchacha le hubiese dado un puñetazo en la boca del estómago. El aire se le escapó de los pulmones y tuvo que apoyarse en la pared un segundo para recuperarse. Aun así, intentó aparentar que aquella noticia no acababa de hacerle pedazos la esperanza y el corazón.
-Majestad, ¿os encontráis bien?-inquirió la chica, acercándose a ella y tomándole el pulso en el cuello.
-Estoy… Estoy bien…-repuso Zelda, apartándose la soldado con un movimiento suave; la miró a los ojos y asintió- Muchas gracias, eh…
-Anju. Mi nombre es Anju.
Zelda asintió de nuevo.
-Anju-repitió Zelda-. No lo olvidaré-prometió.
Sin dejar que la soldado hiciera nada más por ella, se enderezó y caminó hacia la salida, siendo consciente a duras penas de la extraña mirada de Anju en su espalda. Tragó saliva con fuerza y se obligó a permanecer serena hasta que hubiese llegado a su habitación.
Al pasar junto al Capitán, el hombre quiso saber por qué se le había ido el color de la cara, pero la princesa lo despachó como pudo y le dijo que tenía prisa. Subió las escaleras con miedo a caerse y fue por adarve manteniendo el equilibrio como buenamente podía. La cabeza se le iba embotando por momentos, la visión se le nublaba y sentía un pitido sordo en los oídos que no la dejaba pensar con claridad. Tenía que llegar a la habitación… Tenía que… Tenía…
No pudo más. Sin que nadie la viera, Zelda se desplomó cuan larga era en el suelo y allí se quedó hasta que, media hora después, un guardia que pasaba por allí casualmente la encontró y dio la voz de alarma.
Llevaron a la princesa a su habitación y le encargaron a Impa y a dos sirvientas que la desvistieran y la metieran en la cama. Tenía una fiebre muy alta, jadeaba y su piel se erizaba por culpa de los constantes escalofríos que la recorrían de arriba abajo. Nadie sabía qué le ocurría a Zelda. Y jamás nadie sería capaz de comprender que Zelda había perdido mucho más que la esperanza. Muchísimo más…
… … … …
Link se bajó de su montura al llegar a la linde del Bosque Kokiri que daba al pequeño pueblo, escondido en el valle más grande de la zona. Había necesitado cabalgar dos horas hasta llegar allí. Sabía que tenía a su disposición medios de transporte mucho más cómodos y rápidos, pero tras la noche que había pasado necesitaba algo que le despejara la mente. Y qué mejor que la preciosa cría que le había dado su antigua yegua para ello, una cría que se llamaba igual que su difunta madre, Epona, y que tenía el mismo físico que ella.
Link le dio un par de palmaditas en el lomo antes de coger sus riendas y guiarla por un sendero de tierra, marcado por las pisadas de los vecinos. Los kokiri eran una de las razas que poblaban el reino de Hyrule. Se caracterizaban por ser un pueblo amable, sencillo y abierto con los viajeros. Había acabado allí por primera vez dos años antes, cuando empezaba a salir del sopor del alcohol y se dejaba llevar por su deseo de ver mundo para olvidar. Allí había conocido a Saria, una chica no muy alta, con el pelo castaño corto y los ojos de un verde jade que nada tenía que envidiarle al bosque que rodeaba su hogar.
Link caminó derecho hacia su casa, saludando por el camino a cuantos conocía allí. Tuvo que pararse en alguna ocasión con algunos amigos, que querían saber de él después de tanto tiempo sin verle. Sabía que Saria les ponía al día cada vez que contactaba con ella, pero estaba claro que también echaban de menos su presencia. Al cabo de unos minutos, Link se paró frente a una casa que, originalmente, se construyó en madera y piedra y que, actualmente, tenía una fuerte y firme estructura de hormigón armado que subía hasta una primera planta y una buhardilla. Link suspiró, embargado por los recuerdos. Allí había pasado buena parte de su estancia en el pueblo antes de emprender, finalmente, su camino como soldado de élite.
Durante todo el proceso, Link había contado con el apoyo y la fidelidad de Saria. Él no se había dado cuenta de sus sentimientos por él hasta que ella se le confesó la noche antes de partir a la capital. Desde entonces, Link se había prometido a sí mismo que trataría de darle todo lo mejor a aquella mujer que le había ofrecido su casa y que le entregaba su amor y su corazón. Por ella, tenía que olvidar por siempre a esa rubia de ojos azules que la había cautivado en Ordon y que le había llevado a la miseria absoluta.
Hacía tres meses que no veía a Saria. Hacía tres meses que él había dejado de ir al pueblo para conseguir, finalmente, un puesto en la sociedad de élite del castillo. Le había resultado demasiado complicado que le dieran un permiso, ahora que había entrado en aquella jerarquía; pero el Comandante había sido generoso y le había concedido ese día de respiro, aprovechando que la princesa no requería sus servicios y que se lo había ganado a base de trabajo duro y esfuerzo.
Link ató las riendas de Epona en la reja que había en una de las ventanas y se preparó para recibir la mirada pura de Saria. Respiró hondo y llamó a la puerta con los nudillos. Odiaba el sonidito que hacía el timbre. Se oyeron unos pasos tras la puerta y, unos segundos después, esta se abrió, dejando ver a una chica menuda, delgada y con los ojos verdes brillantes. La chica se llevó las manos a la boca, dejando caer la taza que tenía entre las manos y que se rompió en mil pedazos. Pero eso a ella le daba igual. Solo era consciente del hombre de veintiún años que tenía frente a ella y que había llegado a su casa como un milagro.
-Link…-consiguió soltar con un hilo de voz.
Él sonrió con ternura y esquivó los trozos de taza y el café derramado en el suelo para poder entrar.
-Ten cuidado con esto-le señaló el suelo con un dedo.
Ella empezó a reír con una risa nerviosa y, cuando Link le abrió los brazos, invitándola a ir hacia él, ella no pudo más que tirarse a su cuello y estrecharlo con todas sus fuerzas.
-Oh… Por Farore… Link…-sollozó ella, emocionada.
-Saria…-suspiró Link, oliendo el suave perfume que ella solía echarse cada mañana.
Había echado de menos el contacto frágil de Saria, pero no era nada comparado con la fuerza con la que Zelda le había estrechado contra sí la noche anterior. Nada más pensar en Zelda, cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza, obligándose a sí mismo a ignorar la punzada que sentía cada vez que pensaba en ella. Una punzada de culpabilidad que le dolía más aún ahora que había visto a Saria y que ella lloraba sobre su hombro, feliz de volver a verle.
«Eres un maldito cabrón, Link», le regañó su conciencia. «Sí… Lo soy…», admitió para sí mismo sin soltar a Saria.
-Oh, diosas…-suspiró Saria, mirándole a los ojos- Te he echado de menos…
-Y yo a ti.
Saria sonrió con lágrimas en los ojos.
-Te quiero.
Link tragó saliva y se forzó a esbozar una sonrisa.
-Y yo a ti-no era ninguna mentira, pero tampoco era una verdad absoluta.
«A este paso, me voy a volver loco…».
