Acabo de terminar de escribir el capi. Esta vez sí que es más corto, lo siento.

Aparecen algunas palabras (como uchikake) que no están del todo explicadas. Cualquier duda decídmelo.

Para Ali:

Muchas gracias por leer y además comentar ^.^


Aquel día iba a ser diferente. Sí o sí. Ya no aguantaba más la situación con el capitán, quería recuperar lo poquito que había avanzado nuestra relación cuando nos fuimos de escapada. Tenerle cerca me inspiraba seguridad, y francamente, era justo lo que necesitaba en ese momento. Con Sasuke rondándome, la presencia de Ino no me parecía suficiente, aunque lo consiguiera ahuyentar.

Me había pasado toda la mañana de aquel día con la bella rubia, y estaba llegando al límite de mi paciencia. Yo quería a Ino muchísimo, y agradecía infinitamente que mantuviera a su futuro marido a raya, pero de verdad que ya no aguantaba más haciendo las típicas actividades femeninas.

Bastó un momento de despiste por su parte para que me desembarazara de ella. Estábamos caminando por el Palacio, que ya empezaba a conocer, e Ino parloteaba alegremente. Cuando giró la cabeza para atender al llamado de una de las criadas me colé en uno de los pasillos y me escabullí.

Sabía que cuando me encontrara se enfadaría, porque encima fui yo la que le pidió que no me dejara sola, pero Sasuke no había hecho acto de presencia en toda la mañana. Si bien había estado acechándome los últimos días, hoy no se había dejado ver el pelo. Seguro que ya había encontrado a otra de la que encapricharse.

Avancé segura hasta una de las miles de puertas que tenía aquella edificación y vi la salida al campo de entrenamientos. Entonces me detuve en la misma puerta. Mi cabello estaba suelto (me había hartado de tener que aguantar los tirones de pelo que me propinaban las criadas para poder hacerme un peinado), mi kimono lila impoluto y llevaba mis habituales plataformas.

En el Palacio Imperial era habitual ver una cantidad desproporcionada de samuráis bien montando guardia bien entrenando. Pero el campo estaba casi completamente solitario. Casi. Una diminuta motita roja resaltaba en la distancia. Un destello, probablemente de una katana bajo el sol, me deslumbró. Me quedé embobada mirando a lo lejos, esperando tal vez identificar a quién pertenecía ese cabello pelirrojo que, ahora que me fijaba, cada vez se hacía más grande.

Entonces fue cuando me di cuenta de mi metida de pata monumental. La antes diminuta motita era ahora una mancha con nombres y apellidos. Es más, me gustara o no, esa motita era mi dueño. Gaara-sama se acercaba a mí, con sus ojos verde manzana. Llevaba el yukata abierto sin importar que el otoño ya hubiera entrado, mostrándome su bien trabajado torso. Era una visión espectacular, con razón le llamaban demonio. Ningún mortal podía ofrecer esa visión.

Me sacó un fuerte sonrojo, que dejó mis mejillas tan rojas como su pelo. Cosa que a juzgar por su expresión, no le pasó por alto.

—Sakura-chan —me llamó, sacándome un poco de mi atontamiento— ¿Qué haces aquí?

¿Y a ti qué te importa?, me hubiera gustado contestarle. Pero era el Emperador, y eso no estaba permitido.

—Gaara-sama —empecé controlando la voz para ocultar mi nerviosismo. No era culpa mía, nunca había visto a un hombre así desnudo —Sólo daba una vuelta. Aún no conozco bien el castillo, y me he perdido —mentí como una bellaca.

No me apetecía tener que dar largas explicaciones que no llevarían a nada. ¿Qué decir? ¿Qué mataría por ser un samurái del montón en vez de un triste concubina? Hubiera acabado con mi vida allí mismo.

—Bien, no pasa nada —dijo el pelirrojo tras examinarme con la vista. —Os acompaño a vuestra alcoba.

Echó a andar sin parecer importarle si le seguía o no. Él iba a buen paso, y a mí me costaba moverme, pero hice todo lo posible por mantenerme detrás de él a una distancia adecuada para nuestra posición social. La esposa siempre un paso por detrás, las concubinas dos. No nos habíamos visto desde el día en que se eligió a su futura esposa, ya que sólo nos habíamos visto de lejos.

Mientras caminábamos enfundó la katana en la funda colgada de su cintura. Yo no podía apartar la vista de su espalda, ancha y fuerte. Siempre me gustaron los hombres de espaldas anchas. Darme cuenta de ese detalle hizo que mis mejillas se arrebolaran de nuevo.

Entonces llegamos al jardín interior. En una de las esquinas vi claramente a Neji hablando con una sonrojada Tenten, algo poco común. Entonces la mirada perlada y la mía esmeralda colisionaron y parecieron saltar chispas en el aire. Yo no sabría el vuelco que dio su corazón al verme caminar tras un Emperador de cuerpo escultural y a medio vestir, como él no conocería el nudo que se me hizo en la boca del estómago al ver a Tenten coqueteándole. Porque era la única explicación posible para aquellas mejillas arreboladas.


No se lo podía creer. Sólo había girado la cabeza para tender a Matsuri, que venía a comentarle ya no se acordaba qué detalle acerca de su boda con el Shogun, y para cuando quiso darse cuenta no había ni rastro de mi cabello rosa. Luego que no me quejara de que Sasuke me acosaba si andaba por ahí sin ella.

Enfadada, Ino caminó a trompicones detrás de Matsuri, que la llevaba a una de las cientos de salas de aquella inmensa casa para solucionar el pequeño problema del kimono que iba a usar para ese día tan especial. Llegaron a esa sola amplia, tan austeramente decorada como el resto, y allí estaban las costureras arreglando el kimono blanco, el shiro-maku, que representaba la pureza, entrega y fidelidad de la novia.

Ino se adelantó y permitió que se lo probaran y tomaran medidas una vez más para poder dejárselo de su talla. Ino se preguntó cómo era posible que habiendo cogido sus medidas tantas veces y siendo costureras del Emperador no fueran capaces de terminar el condenado kimono de seda.

Cuando las criadas consideraron oportuno, le permitieron retirarse mientras seguían trabajando sobre el shiro-maku. Ino suspiró pensando que aún faltaba el uchikake. Normalmente, le hubiera gustado poder probarse tantos kimonos de seda, que todas estuvieran pendientes de ellas, pero esta ya lo sobrepasaba. Empezaba a sentir el peso de ser una mujer ornamental. La mujer del Shogun.

Salió de aquella sala de muy malas pulgas y se encaminó a la habitación que normalmente usábamos para estar las chicas. Abrió la puerta corredera refunfuñando, sin pararse a llamar antes. Entonces fue cuando reparó en la presencia del marido de Temari, el pálido Sai.

Estaba arrodillado en el suelo, con un pergamino extendido delante de él y un pincel en la mano. El pergamino estaba ya empezado. Trazos negros, precisos y elegantes lo atravesaban de lado a lado representando una hermosa ave que, aunque parecía acabada, no convencía a Ino del todo.

Sai, que vestía sus ropas elegantes habituales sin miedo a manchárselas, clavó su mirada ónice en la azul cielo de Ino, que seguía mirando embobada. No esperaba encontrarse a nadie allí, y menos a ese hombre. Ya estaba por retirarse poniendo cualquier excusa tonta cuando Sai la detuvo.

—Ino-san —saludó exhibiendo la sonrisa más falsa que la rubia hubiera visto. —¿Cómo estáis?

Ino alcanzó a balbucir un tímido "bien" aunque Sai no pareció darle importancia. La invitó amablemente a quedarse alegando que su presencia no le molestaba.

—No sabía que os gustara dibujar —comentó Ino, más que nada por romper el hielo. —No es muy habitual que miembros de la más alta nobleza se dediquen a la pintura. Se os da bien —añadió lo último temiendo haber ofendido a Sai.

—Gracias —dijo el joven volviendo la vista al papel. —Me ha gustado siempre. Sin embargo, nunca termino ninguna obra.

—Pero si ese dibujo está acabado —dijo Ino extrañada señalando el ave de tinta impresa en el pergamino.

—No estéis tan segura. —comentó el joven, misterioso. —No todo es lo que parece.


Llegamos a mi alcoba y Gaara-sama pareció atravesarme con la mirada antes de decidirse a marcharse. Ni siquiera se había puesto el yukata en condiciones cuando le vi perderse al doblar una esquina. No habíamos cruzado más palabras que las dichas en el campo, redoblando la primera impresión de seriedad que me había dado cuando le conocí. Sentí algo extraño en mi estómago cuando le di vueltas a mi situación, haciéndome más consciente que nunca de que no era mi propia dueña. Pero quién sabe, aunque fuera serio y la gente dijera que no tenía piedad, no me pareció tan cruel en ese momento. Quizás con el tiempo podría dejar de resultarme desagradable la idea de pertenecerle.

Entonces mis pensamientos se enfocaron en la escena presenciada en el patio de camino a mi habitación. Neji y Tenten conversaban y la criada parecía realmente nerviosa. Tenten era una mujer poco sumisa, siempre sabía lo que quería y tenía una personalidad arrolladora. Siempre tuve envidia de su vivacidad, aunque nunca se lo hiciera saber.

Me pregunté entonces a qué venía el sonrojo en las mejillas de una mujer tan segura de sí misma como ella, y sólo le hallé una explicación: mi criada se estaba enamorando de un hombre tallado en mármol. No era que me molestase -o eso creí, después de todo, Neji era mi guardián, pero no de mi propiedad-, pero Tenten no podía casarse con él. Los samuráis no se casaban con mujeres nobles, pero tampoco con la más pobre de las criadas si eran capitanes. Lo normal sería que Neji se casara con alguna muchacha de un clan samurái, así que probablemente sería con otra Hyuga. Sólo los samuráis de bajo rango se casaban con plebeyas. Tenten y Neji estaban muy distantes.

—Sakura-sama —llamaron del otro lado de la puerta de papel de arroz. Di permiso para entrar y Tenten salió a mi encuentro. —Es hora de comer, Sakura-sama.

—Eh… sí, enseguida voy —dije distraída. Tenía que abordar otro tema más interesante. —Tenten, te he visto hablando con Neji-san en el patio.

—¡Ah, sí! Ha sido cuando ibais con Gaara-sama, ¿no? —comentó con picardía la castaña. —El Emperador es un hombre hermoso, ¿no creéis?

—Sí, no es feo —acepté a regañadientes. La conversación se estaba desviando. —Neji-san también es un hombre apuesto. ¿De qué hablabais?

—¡Ay, Sakura-sama! —Tenten puso una cara que no me gustó nada. Le brillaban los ojos y sus mejillas seguían de color carmín. —Es un hombre tan educado. Es algo frío, pero sólo porque quiere hacer bien su trabajo. Ha tenido una infancia complicada. Creo que se preocupa mucho por Ino-sama, Hinata-sama y por vos.

Entonces mi interior se prendió en fuego. Me había gustado oírle hablar de la preocupación del capitán por nosotras, sus protegidas, pero aquello de "ha tenido una infancia complicada" no me gustó cómo había sonado. ¿Desde cuándo esos dos tenían tanta confianza para hablar de sus vidas? No es que Neji fuera muy abierto con las personas, de comprobar eso ya me había encargado yo. Entonces que alguien me explicara cómo había conseguido la chica de los moños averiguar nada sobre él.

Mi mente trabajaba rápido intentando encontrar la causa de su repentina confianza, pero entonces se detuvo en seco. Ese dolor en el pecho, esa punzada cerca del corazón…¿eran celos? ¿Me había enamorado? No, no podía ser eso, celos también había sentido cuando supe que me tocaría compartir marido con Hinata. Bueno, en aquella ocasión no habían sido celos, porque yo no conocía apenas a Gaara, había sido más bien una pequeña molestia. Sí, eso debía de haber sentido también ahora mismo, sólo molestia porque Neji no hubiera confiado en mí. Todo estaba bajo control. Todavía.


Hinata peinaba su larga melena negra con destellos azules como el zafiro cuando Una de las criadas la llamó para la comida. Se puso en pie y salió de la sala con su melena resbalándole por la espalda cuando en su camino se cruzó con el imponente Shogun. Iba acompañado de una mata de cabello dorado que brillaba bajo el sol de tal manera que Ino se habría derretido de envidia.

Era un hombre joven, de la misma edad que Sasuke, pero no con ese gesto frío y déspota, sino con unos ojos azules como el mar que sólo reflejaban bondad. Hinata se sonrojó ante ese visitante vestido con armadura que la escrutaba con descaro, pero sin una gota de maldad. Simplemente parecía tener curiosidad.

—Hinata-sama —saludó Sasuke educadamente. —Tenéis buen aspecto.

—E-esto… yo —Hinata empezó a tartamudear e hiperventilar. Siempre fue extremadamente tímida, y la intensa mirada azul no ayudaba. —Bu-buenos días, Sa-sasuke-san…

—Eh, sí… Os presento a Naruto-san —dijo Sasuke con indiferencia cuando vio que Hinata quería saludar al desconocido pero no sabía cómo dirigirse a él. —Es mi hombre de mayor confianza.

—¡Hola! —saludó Naruto con entusiasmo. —¿Sois la famosa Hinata-san? ¡Sasuke me ha hablado mucho de vos!

—Tampoco tanto… —murmuró Sasuke, pero Hinata no alcanzó a escucharle y se sonrojó como un tomate.

—¡Vais a ser la nueva Emperatriz! —continuó el rubio como si nada. —¡Os felicito! ¡Ojalá en un futuro podamos ser amigos! Gaara-sama me aprecia mucho. —dijo cerrando los ojos y poniendo una sonrisa zorruna que dejó claro que la modestia iba aparte.

—Está bien, Naruto, basta. —dijo Sasuke algo irritado. La sonrojada Hinata pensó que al Shogun no le sentó muy bien el último comentario del rubio. —Tenemos que irnos. Además, ya le hemos hecho perder tiempo a Hinata-sama.

—N-no es problema, Sa-sasuke-san —acertó a decir Hinata.

Sasuke y un muy alegre Naruto se despidieron dejando a una Hinata acalorada. La antigua heredera de los Hyuga nunca había sido buena relacionándose con la gente, pero en presencia de ese hombre se había puesto más nerviosa incluso de lo que era normal en ella. Respiró tratando de relajarse lo más posible y se dirigió a la sala destinada a comer. Quizás Ino y yo ya habríamos llegado y podría hablar con nosotras. Últimamente ya no nos veíamos tanto.


Después de la comida, que era bastante ligera y consistía en un bol de arroz acompañado de algo de pescado, Ino me regañó por haberme "escapado" de su control.

—¿Y si Sasuke-san llega a pillarte por banda? —exageró la rubia.

—Yo me he encontrado con Sasuke-san y por lo visto estaba muy ocupado —comentó tímidamente Hinata-chan. Cuando siguió hablando, su cara adquirió un tinte rosado. —Iba acompañado de un hombre. Se llamaba Naruto-san.

—Um, no me suena —dijo Ino.

—Oye Hinata —empecé a hablar un poco insegura. —¿Neji-san ha tenido una infancia difícil?

El rostro de Hinata perdió su sonrojo y su mirada de luna se ensombreció. Asintió y empezó a hablar sin necesidad de seguir preguntando.

—El padre de Neji-san, Hizashi-san, era samurái. Un día atacaron el feudo Hyuga reclamando la cabeza de mi padre. Pero Hizashi-san se ofreció a hacerse pasar por mi padre aprovechando que eran hermanos gemelos, y fue asesinado. Para un samurái no hay mayor honor que morir por proteger a su señor, pero Neji-san era un niño cuando perdió a su padre, y no pudo entenderlo del todo. —hizo una pausa para respirar. Me dio la impresión de que luchaba contra el escozor de ojos tan característico de cuando se siente ganas de llorar. —Ya sabéis que la rama principal y la secundaria no están muy unidas, a pesar de que somos una sola familia, y Neji nos guardó rencor a mi padre, a mi hermana y a mí durante muchos años. Pero creo que el tiempo le ha hecho entender, porque ya no me mira como si tuviera ganas de hacerme sufrir lo mismo que ha sufrido él.

Así que era eso. Ese era el pasado que yo no había llegado a vislumbrar y que Tenten conocía por boca del capitán. Hinata parecía afectada, y yo ahora la comprendía un poco mejor. No solamente tuvo que aguantar el ser infravalorada constantemente por su padre, sino que también tuvo que soportar el desprecio de su primo. No era justo que alguien de un corazón tan puro como el de ella.

—¿Sabíais que Sai-sama es pintor? —preguntó Ino, intentando romper la atmósfera de dolor que se había formado en torno a Hinata.

—¿Quién es Sai-sama? —pregunté alzando una ceja por el tono de voz que usó para pronunciar ese nombre. Era el mismo que utilizaba cuando hablaba de apuestos hombres de alta cuna.

—Es el esposo de Temari-san —dijo volviendo a su tono neutral al decir el nombre de la hermana del Emperador. —Resulta que aunque es noble gusta de pintar. Y francamente, nunca había visto a nadie con tanto talento. ¡Mirad lo que me ha regalado!

De la manga de su kimono extrajo un pergamino que desenrolló con suma delicadeza, como si en su interior estuviera impreso el mayor de los tesoros y temiera romperlo. Nos dio a conocer su contenido y tanto Hinata como yo quedamos asombradas. Plasmada en el papel, una hermosa grulla bajo un árbol de sakura cuyas flores caían a un estanque, iniciando un sinfín de ondas en su superficie. Estaba trazado en tinta negra, que le daba un aire de melancolía contagiosa. Realmente valía como pintor ese tal Sai. No podías evitar ser envuelta en su magia.

—¡Es precioso! —opiné.

—Eso le he dicho yo. —comentó Ino mientras volvía a enrollar el papel y a guardarlo en su manga con el mismo cuidado. —Pero él opina que ninguno de sus dibujos está completo. Sin embargo, yo lo veo perfectamente terminado.

—A lo mejor tiene que ver con su vida personal —dijo Hinata tímidamente.

—¿Qué quieres decir? —pregunté confusa.

—Bu-bueno… no estoy muy segura, pero creo que si él cree que ninguna de sus obras está completa es porque a lo mejor si vida tampoco lo está. Quiero decir… —Hinata empezó a juguetear con sus dedos. —Quizás sienta que le falta algo, pero no sabe el qué y eso se refleje en sus obras.


¿Os ha gustado? Espero que sí.

Las cosas parecen liarse un poquito más cada vez, ¿verdad? Y más con la aparición de Naruto.

Colgaré una encuesta en el blog cuando pueda sobre quién queréis que se quede con Hinata. El link está en mi perfil.

Gracias por leer.

¡Hasta la semana que viene!