Disclaimer: Ni Glee ni sus personajes me pertenecen.
X. Antojos
Quinn estaba sentada junto a Rachel en aquella habitación de invitados que se había convertido en algo tan suyo como cada cosa del hogar de los Berry. El silencio que las inundaba no era de aquellos que generalmente podían disfrutar entre ellas. No, esta vez era un silencio tenso, de esos que todos quieren romper pero que nadie sabe cómo.
Pese a ello, el aroma tan propio de Rachel –una mezcla entre su shampoo con olor a coco y su perfume que era una suave combinación entre vainilla y lavanda– se convertía en su calmante natural. Si a lo anterior le sumamos el efecto que la sola presencia de la morena tenía en Quinn, es posible asegurar que si bien la rubia estaba tensa, la situación era muy tolerable para ella. Dentro de los parámetros permitidos, claro está.
La situación era la siguiente: Judy Fabray se encontraba en el piso de abajo conversando con Leroy y Hiram, no porque la mamá de Quinn lo hubiese pedido, sino que fue la condición que pusieron los Berry para permitir la visita. La rubia sabía que tras la comunicación de su decisión de acceder a hablar con Judy (influida totalmente por Rachel), tanto Leroy como Hiram jamás pondrían alguna traba para que la reunión entre madre e hija se realizara y que esa condición exigida no era más que otra forma más de resguardarla. Quinn nunca había estado más agradecida de la presencia de los papás de Rachel que en ese momento. Saber que aquellos dos hombres se preocupaban por ella, que estaban probablemente advirtiendo a su mamá de muchas cosas, la hacía sentir protegida de una manera que no sabía que un adulto podía llegar a hacerla sentir.
Cuando la puerta se abrió y la voz de Hiram anunció que ya era el momento del reencuentro con su madre, Rachel se limitó a abrazarla y a hacerle saber que pasara lo que pasase ella estaba allí, ella y sus papás. Y que no olvidase que Leroy era el mejor abogado de Lima y estaba de su lado. Con una sonrisa, Quinn caminó rumbo a la sala donde se encontraba su mamá.
–¡Quinnie! –dijo su madre entre sollozos mientras la abrazaba apenas Quinn había pisado el lugar. La rubia se quedó estática, sin responder el gesto–. Lo siento tanto, mi niña.
Fueron cinco palabras. Cinco palabras y Quinn se quebró. Se quebró y soltó toda una angustia que no sabía que tenía guardada. Se quebró, porque allí estaba su mamá pidiéndole perdón por lo sucedido, como ella tanto lo había deseado. Se quebró y esta vez su mamá estuvo allí para sostenerla, calmarla y decirle que todo estaría bien, como siempre debió ser.
Quinn no fue consciente del tiempo que estuvo abrazada llorando junto a su mamá, pero sí supo que su llanto se detuvo porque se quedó sin lágrimas, así que asumió que debió ser un largo rato el que pasó.
–Espero que algún día puedas perdonarme, Quinn –pidió Judy, mirando a la rubia con ojos cristalinos.
Judy Fabray tenía los ojos azules, casi tan claros como los ojos de Brittany. Quinn siempre había enviado a Frannie sólo por el hecho de compartir los mismos ojos cariñosos de su madre. La rubia porrista, por el contrario, había sacado el mismo color de ojos que Russel, lo que ella jamás consideró una bendición. Los ojos de su padre eran fríos e inquisidores.
–Espero poder hacerlo –admitió Quinn–. Si hay algo que he aprendido en todo este tiempo aquí, es que es posible perdonar.
–Nunca podré terminar de agradecerles todo lo que han hecho por ti. Ellos y Sarah –dijo Judy con los ojos brillantes por las lágrimas derramadas y por las que en ese momento contenía–. Debí ser yo... yo debí apoyarte todo este tiempo. Yo soy tu madre, yo debía protegerte y no... –no pudo continuar porque las lágrimas se lo impidieron. Quinn inmediatamente la abrazó, intentado tranquilizarla.
–No podemos cambiar el pasado, mamá. Ahora estás aquí y eso es lo importante –expresó la rubia y sonrió al escucharse porque sonó igual que cierta morena que probablemente estaba siendo retenida por sus padres para que no espiase lo que allí sucedía–. Quizás todo esto tenía que pasar. En caso contrario yo jamás hubiese conocido en profundidad a Leroy o Hiram...
–Ni a Rachel –agregó Judy con una sonrisa.
Ni a Rachel...
–Me alegra saber que cuando yo fallé como madre, ella estaba en tu camino –interrumpió Judy los pensamientos de Quinn–. Frannie está deseosa de conocerla, dice que ya le gusta porque te saca de tus casillas.
–Rachel también está encantada con Frannie –dijo la rubia con reticencia–. De pronto se convirtieron en mejores amigas y se mandan correos a cada momento.
–Veo que alguien sigue siendo igual de posesiva –comentó Judy y Quinn se sonrojó–. Pobre de este pequeño a futuro... –agregó acariciando el vientre de la rubia con una mano, mientras que con la otra secaba las lágrimas rebeldes que se escapaban de sus ojos–. Tus chequeos están bien me comentó Hiram. También me dijo que aún no están seguros del sexo del bebé, porque cada vez que lo intentan se oculta.
–Sí, está todo perfecto –Quinn sonrió–. Parece que mi pequeño corderito es algo tímido –Judy igualó la sonrisa de su hija al escuchar el apodo–. Eso nos demuestra que no se parece mucho a su padre, al menos en eso. Puck es todo menos tímido –ambas rieron ante el comentario–. Decidimos que esperaremos al nacimiento para saber. Puck dice que si el pequeño no quiere que sepamos qué es, debemos dejar de insistir así "no estresamos a su hijo" –hizo las comillas con burla–. Rachel dice que da lo mismo, porque ella sabe que es una niña.
–¿Una niña? –Quinn asintió–. Bueno, en caso que Rachel tenga razón, ahora que el clan Fabray está compuesto sólo de mujeres, una nueva integrante no nos hará mal.
–¿Por qué ahora? –preguntó Quinn y ante la mirada extrañada de su mamá agregó–: ¿Por qué decidiste divorciarte de Russel ahora y no antes? ¿Qué cambió?
–Todo y nada –dijo Judy–. Toda mi vida crecí con la idea de que debía encontrar a un buen hombre para casarme y tener una familia. Eso era lo que debía hacer, y no me molestaba la idea honestamente. Cuando conocí a tu padre supe que había encontrado al hombre que estaba buscando. Todo era tal y como siempre lo había soñado y me habían hecho soñar, pero en algún momento entre el nacimiento de Frannie, el tuyo y sus logros empresariales, ese Russel se perdió y yo me perdí con él –explicó–. No fue algo verdaderamente consciente. Quizás la educación que recibí me llevó a ello, quizás el recuerdo de la persona que fue tu padre. O quizás, fue el simple miedo que comenzó a encerrarme –hizo una pausa y Quinn tomó sus manos invitándola a continuar–. Me convencí a mí misma que si era la perfecta esposa y madre, él volvería a ser el Russel que yo conocí. Me negué a aceptar que el hombre que estaba ante mis ojos era el mismo con el que me había casado. Ese fue mi error, no aceptar que Russel había madurado y no de la forma que yo hubiese deseado. Ambos cambiamos y ambos para mal.
–Tú nunca fuiste una mala madre, mamá –dijo Quinn acariciando las manos de Judy–. De hecho siempre fuiste la única que estuvo para nosotras.
–Pero eso no es todo lo que una hija necesita, Quinnie. Una hija necesita una madre que sea capaz de hacerle frente a su esposo ante una injusticia. Necesita que su madre pueda decirle a su esposo que pare de exigirle cosas que no importan. No vale de nada que una madre le diga a su hija que es perfecta si luego permite que su esposo la regañe por todo lo que no es. Una madre no deja que su esposo eche de su casa a su hija cuando ésta más los necesita –expresó con rabia Judy–. No, una madre defiende a sus hijos y le hace frente a su esposo, aunque eso implique reconocer que se equivocó y que todos sus sueños se derrumbaron ante sus ojos.
–Perdóname, mami –susurró Quinn como una niña pequeña, sintiéndose culpable de algo que escapaba de su control.
–Mi niña, yo no tengo nada que perdonarte. Tú no hiciste más que darme fuerzas para hacer algo que debí hacer hace mucho tiempo –la consoló Judy, mientras la abrazaba–. Tu padre tenía una aventura hace años y yo hice como si no supiese nada, porque tenía aquella imagen plantada por mi madre sobre la importancia de conservar los matrimonios y mis sueños de la vida perfecta junto a Russel. Todo eso hizo que yo me rebajase de la forma en que lo hice y que les fallara de la forma en que les fallé. Cuando él te echó, todo comenzó a desmoronarse poco a poco. La culpa no me dejaba dormir, pese a que Sarah me había comunicado que estabas en su casa y siempre se lo agradeceré. Tú tenías tu casa, tú debías estar a mi lado y yo debía estar cuidándote. En cambio, estaba en esa casa solitaria, junto a un hombre que no me respetaba y me había dejado de amar hace tiempo –suspiró–. Un día sólo lo supe. Fui donde un abogado y le pedí que iniciara los papeles del divorcio, le dije lo de la aventura y le mostré las pruebas que tenía. Con eso me aseguraba que Russel no se llevaría nada de lo de mi familia y que ustedes estarían protegidas económicamente. Ese día descubrí que mis sueños se habían derrumbado, pero que podía tener otros. Y aquí estoy, pidiéndote perdón y suplicándote que regreses a tu casa, de donde nunca debiste salir.
Quinn asintió porque no pudo emitir palabras. Saber que su madre la había prefiero a ella frente a Russel, aunque hubiese sido después de lo sucedido la llenaba de regocijo. Judy siempre había sido la persona que había estado para ella, por eso le dolió tanto que no hiciese nada cuando Russel la echó. Y si bien estaba cómoda viviendo entre los Puckerman y los Berry, siempre su casa sería su casa. Saber que no se encontraría con Russel era todo un plus, porque sentía que de cierta manera, ahora sí encontraría el hogar que tanto había buscado por años.
–Debes saber, ahora que al parecer aceptaste, que tanto Hiram como Leroy exigieron que no los abandonases por completo. Así que puedes pasar un fin de semana al mes aquí o fin de semana por medio, como tú lo prefieras –le explicó Judy–. Además, debes saber también que yo exigí que cenáramos las tres familias juntas al menos un día a la semana. Hablé con Sarah antes de venir y dijo que si tú aceptabas volver a nuestra casa, ella encantada iba cada semana. Leroy y Hiram dijeron lo mismo.
–Me parecen dos exigencias muy razonables –sonrió Quinn, pero luego una duda se alojó en su mente. Una duda que podía volverse un punto muy delicado y cambiar su reciente decisión–. ¿No te molesta que Leroy y Hiram nos acompañen?
–¿Por qué me molestaría? –preguntó Judy sorprendida. Ella no tenía más que gratitud hacia esos dos hombres.
–Pues... por su relación –respondió Quinn.
–¿Qué? Claro que no, hija –aclaró Judy ante la mirada asombrada de Quinn–. Sé que piensas que soy una ferviente religiosa, pero mi fe no interfiere con mi juicio, Quinnie. Mientras estuve en la universidad, muchas personas experimentaban –la rubia abrió los ojos ante la sospecha de lo que podía venir–. No me mires así, yo no experimenté. No porque me pareciera mal, sino porque estaba muy preocupada de lo que hacía y dejaba de hacer Russel –hizo una pausa para retomar sus pensamientos–. A lo que iba, es que nunca tuve problema con eso ni con la homosexualidad en general. Tu padre sí y yo no quería tener problemas con él, así que callaba ante sus comentarios homofóbicos. Leroy y Hiram son el mejor ejemplo de amor y compañerismo que he podido ver, además son grandes personas, ¿cómo podría estar en contra de eso?
Quinn sintió que un gran peso de sus hombros era eliminado. Saber que su mamá aceptaba a Leroy y Hiram tal cual eran, que no tenía problema con su relación, era un alivio. Especialmente porque eso significaba que contaría con ella si algún día se atrevía a afrontar lo que le sucedía con Rachel.
El año escolar había pasado volando, así como también su embarazo. Había sido consentida por todos durante el último tiempo, especialmente respecto de sus antojos. Puck había exigido que lo llamase a la hora que fuese si el pequeño corderito necesitaba algo. El moreno utilizaba el artículo masculino, porque estaba seguro que el bebé sería un niño. Aquello siempre generaba discusiones entre él y Rachel. Ninguno de los judíos daba su brazo a torcer y Quinn sólo se dedicaba a observarlos y reírse de sus discusiones sin sentido.
Una tarde mientras estaban reunidas en casa de Santana, la latina comentó que Rachel parecía tan participe del embarazo como Puck, tanto así que entre los dos judíos últimamente habían decidido comenzar a analizar nombres para el bebé. Quinn sólo se rió, porque sabía que su amiga tenía parte de razón. No sólo por la cercanía que Rachel tenía con Quinn, sino porque además de eso, Puck insistía en hacer partícipe a la morena de todo. Según él, su bebé vería tanto a Rachel que la cantante debía acostumbrarse de antemano y asumir responsabilidades también. A la rubia aquello le pareció una ridiculez, pero al ver cómo Rachel asentía, como si realmente tomara el peso de todo aquello, tornó la situación aún más risible y decidió callar antes de enojar a alguno de los dos morenos.
Quinn se estiró una vez más en su cama intentado vencer aquel antojo y poder dormir. Miró el reloj junto a su lámpara: 3.13 am. No llamaría a Puck, porque el moreno nada podía esta vez hacer para calmar su antojo. Se giró para encontrar nuevamente una posición cómoda y sin querer, con el edredón pasó a llevar un vaso que estaba encima de su mesita de noche. El vaso chocando contra el suelo rompió el silencio que inundaba la casa. Segundos después sintió los pasos de su mamá apresurarse hacia su habitación y maldijo su torpeza.
–¿Quinnie, todo bien? –dijo una algo adormilada Judy tras abrir la puerta.
–Sí, mamá. Boté el vaso mientras intentaba acomodar el edredón –explicó Quinn mientras ayudaba a su mamá a recoger los pedazos de vidrio roto.
Judy le pidió a Quinn que se quedase quieta mientras ella iba a buscar una escoba para barrer los restos del vaso.
–¿Qué haces despierta a esta hora, cariño? –preguntó una vez estuvo todo limpio.
–No podía dormir –respondió la rubia.
–¿Pasó algo? ¿Necesitas algo, mi niña? –preguntó con delicadeza Judy.
–No, está todo bien y no necesito nada –dijo Quinn de forma no muy convincente y Judy elevó su ceja derecha en un gesto que la rubia conocía bien, porque lo había heredado y hecho su sello característico–. Bueno, quizás tenga un antojo que no me deja dormir –admitió la ex capitana de las porristas. Su madre le preguntó de qué se trataba, por lo que ella respondió–: ¿Recuerdas esas galletas veganas que odio tanto, pero que Rachel me obliga a comer porque son sanas, no como las otras galletas llenas de azúcar? –Judy asintió–. Bueno, me desperté con ganas de comer esas galletas y no puedo volver a dormir. Y sé que no tenemos, porque Rachel me hizo comer las últimas que quedaban...
–Quinnie, pero esas galletas no las podemos conseguir en una tienda, esas galletas las prepara Rachel –le recordó Judy.
–Lo sé, por eso... –no pudo continuar, porque comenzó a llorar descontrolada producto de las hormonas, la falta de sueño y las ansias de comer esas galletas que detestaba.
–Tranquila, mi vida –dijo Judy acunando a Quinn entre sus brazos, cuando la rubia calmó un poco sus lágrimas agrego–: Sé que mañana me voy a arrepentir de esto, pero espérame un momento ¿sí?...
Quinn básicamente ignoró las palabras de su madre, mientras intentaba calmarse completamente, odiando a sus hormonas y sus antojos.
–Quinn, abrígate y vamos –dijo Judy una vez que regresó a la habitación. Quinn no se movió de su lugar por la confusión que sentía en ese momento–. Acabo de despertar a Hiram, quien despertó a su vez a Leroy, quien fue en busca de Rachel y obviamente la despertó. Nos esperan en su casa. Rachel va a preparar la masa –explicó.
–¿Llamaste a casa de Rachel? –preguntó la rubia abriendo los ojos anonadada.
–Yo también estuve embarazada y he visto que si no satisfaces esos antojos no estás tranquila –le comentó Judy–. Más me vale que la cena de este jueves sea de maravilla, así logro recompensar a esa familia por lo de hoy. Vamos, levántate. Rachel sonaba ansiosa por el teléfono.
Quinn no necesitó nada más para levantarse en busca de algo que le pudiese servir de abrigo y bajar rápidamente junto a Judy hasta el primer piso de la casa, rumbo a la cochera. Diez minutos después, tocaban el timbre de la casa de los Berry. Un sonriente Hiram, a pesar de la hora, las recibía tras la puerta.
–Leroy intenta ayudar a Rachel, pero ella insiste en que es su receta... aunque se la haya enseñado mi esposo –comentó riendo mientras se dirigían a la cocina. Leroy estaba sentado mientras observaba a Rachel verter parte de la masa en aquellos divertidos moldes con diferentes formas, aunque los más abundantes era los con forma de estrella.
–Judy, querida, ¿nos acompañas con un café en la sala, mientras dejamos que este dúo termine con la preparación? –dijo Leroy tras saludarlas y darles la bienvenida.
Judy aceptó y los tres adultos se dirigieron con sus cafés rumbo a su destino.
–Sabía que amabas mis galletas en secreto –comentó Rachel sonriendo orgullosa.
–No las amo, las detesto y lo sabes. Estoy segura les pusiste algo que me dio este antojo –sugirió suspicaz Quinn.
–No necesito hacer eso. La pequeña corderito me ama y ama mis galletas por lo que podemos apreciar –Rachel le guiñó un ojo a Quinn y ésta negó sonriendo.
Casi cuarenta minutos después, tanto la rubia como la morena disfrutaban de aquellas anheladas galletas en la habitación de la última. Hiram por la hora había sugerido que las mujeres Fabray pasasen lo que quedaba de la noche en su casa. Judy en la habitación de invitados y Quinn junto a Rachel. Dado el cansancio y el peligro que manejar así involucraba, Judy aceptó agradecida.
–Tienes que reconocer que son deliciosas –insistió Rachel con el tema, mientras devoraba una galleta.
–Reconozco que no saben tan mal luego de que las comes muchas veces –dijo Quinn esgrimiendo una sonrisa burlona.
–Lo importante es que Beth las ama y eso es todo lo que necesito saber –comentó Rachel sonriendo.
–¿Beth? ¿Desde cuando mi pequeño corderito tiene nombre? –preguntó sorprendida la rubia.
–Desde que Noah y yo los acordamos –respondió segura–. Él debía escoger un nombre de niña y yo uno de niño, ya que nuestras predicciones son las contrarias. Aunque él esté equivocado y yo no. El punto es que luego de varias discusiones, por fin logramos un acuerdo.
–¿Y yo no tengo opinión al respecto? –volvió a preguntar, ahora ofendida Quinn.
–Tú puedes negarte a los nombres, obviamente. Tienes la última palabra –explicó Rachel–. Pero deberías considerar que con Noah tardamos bastante en aceptar las sugerencias del otro y que por fin tenemos un nombre que ambos consideramos adecuados en el caso que sea una niña, que lo será, o si es niño, algo que dudo.
Quinn no pudo ocultar su sonrisa, porque ambos judíos eran una caja de sorpresas. Amaba esa extraña relación existente entre los dos. Especialmente como ambos se preocupaban del futuro de su pequeño corderito. No había envidias, ni celos de parte de ninguno. Quinn estaba agradecida de la presencia de ambos en su vida.
–Digamos que acepto su ridícula idea... –dijo Quinn y Rachel la miró indignada–. ¿Cuáles son esos nombres? Bueno, ya sé que si es niña es Beth, pero quiero saber además los por qué detrás de sus elecciones.
–Quiero hacerte saber lo ofendida que estoy contigo por llamar nuestra asombrosa y excelente idea una ridiculez –aclaró Rachel seriamente y Quinn se limitó a sonreír–. Respondiendo a tu pregunta, los nombres son Beth y Charlie. Bueno, más bien Bethany y Charles, pero como es un pequeño corderito, parecen más adecuados los diminutivos –explicó–. En el caso de Noah, eligió Bethany, por la canción de Kiss titulada "Beth". Me comentó que mientras buscaba nombres en un libro que le facilité, esa canción comenzó a sonar y supo que no quería que su hijo o hija sintiese eso nunca. Dijo que fue un recordatorio de lo que no quiere y que lo necesitaba. De pronto, comprendió que Bethany era el nombre que quería –hizo una pausa y le sonrió a Quinn–. En mi caso, no hay tanta profundidad, siempre me ha gustado el nombre y creo que tiene un significado muy bonito. Recuerdo que mi fiel amigo imaginario de la infancia se llamaba justamente Charles, aunque yo le decía Charlie. No sé, eso hizo del nombre algo especial... –agregó avergonzada.
–Me encantan, de verdad, me encantan –admitió Quinn rebosante de felicidad–. Además son dos nombres con historias para contar en un futuro. Sea niño o niña –Rachel la miró y Quinn rectificó–. Bueno, entonces Beth ahora y a futuro quizás un Charlie.
–Salvo que yo tenga un hijo primero. En ese caso, Charlie es mío –dijo Rachel.
–Claro... –murmuró Quinn sorprendida por la molestia que le produjo el saber que Rachel podía tener una familia a futuro.
Una familia sin ella...
–Con Noah buscamos en una página de internet que habla de las personalidades según los nombres y esas cosas... con eso terminamos por afirmar que los nombres elegidos eran los correctos –comentó Rachel tras unos segundos de silencio–. Según esa página, Bethany es una mujer enérgica, autoritaria, y no le falta coraje. Como una mezcla entre tú y yo, lo que me parece perfecto –agregó sonriéndole a Quinn, quien correspondió el gesto ante la idea de una pequeña que se pareciese a ambas, al menos en personalidad–. Charles, por otro lado, es un hombre que posee cierto carisma e irradia una "fuerza tranquila", particularmente calmante. Es un ser sociable, amante, comunicativo y extrovertido. ¿Qué más podrías desear? –preguntó retóricamente–. Imagínate a una Beth adolescente gruñendo igual que su madre, mientras que un Charlie la calma y la divierte con sus ocurrencias.
Unos perfectos Quinn Fabray y Rachel Berry.
–Parece una escena adorable –comentó Quinn imaginándose la descripción hecha por Rachel.
–Claramente, si la pequeña Beth resulta así, necesitará un Charlie en su vida.
–Todos necesitamos un Charlie en nuestras vidas, al parecer –admitió Quinn.
Todos necesitamos una Rachel Berry.
–Lamentablemente, tú no tienes un Charlie, así que tendrás que conformarte conmigo –bromeó Rachel–. Recuerda que el "huracán Berry" llegó para quedarse.
–¿Cómo podría olvidarlo? Me lo recuerdas a cada momento –siguió bromeando Quinn.
Rachel rodó los ojos exageradamente y posó sus manos en el vientre de Quinn, acercando su rostro a él. La rubia tuvo que ocupar todas sus fuerzas para reprimir cualquier temblor que amenazaba su cuerpo.
–Beth, tú y yo sabemos que soy lo mejor que le pudo pasar a tu mamá –comentó cómplice Rachel–. Aunque se queje de la comida que le hago y de prácticamente todo. Cuando nazcas y crezcas sana libre de toda esa azúcar cancerígena, sin haber consumido a ningún indefenso animalito, ella y tú me lo agradecerán, lo sé.
–Rachel, por favor, si Beth es mi hija, debes saber que algún animal va a consumir. Si quieres obligarla a comer esas galletas tuyas, bueno, hazlo, pero estás loca si piensas que la vas a privar del rico tocino –le aclaró Quinn.
–No entiendo cómo puedes comer eso, Quinn –dijo Rachel con cara de asco–. Y aunque sé que siempre será tu pequeño corderito, me alegra escuchar que la llames por su nombre –agregó complacida–. Aunque como Noah insiste con que será un niño, deberías utilizar su nombre sólo cuando estés conmigo.
–Está bien Rachel, sólo nombraré a Beth contigo –acordó Quinn y luego desvió su mirada hacia la ventana–. ¡Rach, ya es de día! Nuestros padres nos van a matar...
–La dramática en esta relación soy yo, Fabray. ¡No intentes quitarme el lugar! –exclamó la morena–. Es domingo, Lucy, podemos dormir hasta la hora que queramos...
–¡No me digas así! ¡Lo odio! Ya lo habíamos hablado y acordaste no llamarme nunca así... –le recordó indignada Quinn.
–Está bien, lo siento, lo siento –reconoció la morena–. Sabes que considero que es un hermoso nombre, pero te respeto.
–Gracias...
–¡Ya es muy tarde Quinn, tenemos que dormir! No hables más y duerme –dijo Rachel con exageración y la rubia soltó una carcajada–. Ahora sí las cosas están bien, todo como corresponde.
Quinn asintió y se acomodó en un costado de la cama, mientras que del otro lado se acostaba Rachel. La morena le deseó buenas noches a Beth para luego darle la espalda a Quinn. Como la rubia era de las personas que les gustaba abrazar en sus sueños, era un acuerdo tácito entre ellas el dormir así y despertar acurrucadas. La primera vez había sido una experiencia algo inquietante, pero Rachel había bajado el perfil de la situación, así que el asunto ya no era tema.
Minutos más tarde, cuando Quinn escuchó la respiración pausada de la morena que indicaba que se había rendido a los brazos de Morfeo, se acercó a ella, acomodándola entre sus brazos. Así, sintiendo el aroma de Rachel invadir sus sentidos, le dio la bienvenida al mundo de los sueños.
