John Watson corre peligro
Entonces el detective consultor volcó el vaso de agua sobre la maqueta, y contuvo el aliento.
El terreno en pendiente, el coche boca abajo, John atrapado por la carrocería. Sumado al agua.
Todo en conjunto significaba que John iba a morir ahogado. O ya estaba muerto, porque no tenía ni idea de cuanto tiempo llevaba lloviendo.
No necesitó decir en voz alta la conclusión a la que había llegado, porque Lestrade estaba pálido y Mycroft mudo.
–Los nuestros llevan horas buscando ese coche. La lluvia dificulta mucho las cosas, y más aún, si todo estaba planeado para que John se ahogara—Lestrade miró a Mycroft, como buscando su aprobación. –Debemos pensar, que quizás cuando le encontremos ya sea tarde.
–No lo será—dijo Sherlock sacando fuerzas de algún lugar que no supo descifrar. Posó la mano sobre la venda que cubría la herida ejerciendo presión, y se movió, poniendo los pies en el suelo.
Lestrade y Mycroft se acercaron a él para impedir que terminara de levantarse.
–Como estás no nos sirves, Sherlock. Quédate aquí hasta que te den el alta—dijo Lestrade.
–No eres estúpido... –dijo con voz ronca. –Sé que no eres tan estúpido como la mayoría. Sabes que voy a levantarme y voy a salir en busca de John. Porque se trata de John.
–Sabemos que quieres ejercer de héroe, Sherlock. Pero herido no puedes ayudar—comentó Mycroft. –Nadie mejor que nosotros dos sabe lo que sientes por el doctor Watson, y comprendemos perfectamente que debes estar sufriendo muchísimo al saber incierto el paradero y la salud de John. Pero Sherlock, haz caso al inspector, quédate aquí.
Sherlock le lanzó una mirada fría, que indicaba que no había nada que hacer. Toda aquella sarta de tonterías simplemente les estaban retrasando en la tarea.
De pronto sonó el teléfono de Lestrade, y tras mirar la pantalla, se retiró a un rincón de la habitación, dándoles la espalda.
–Tráeme mi abrigo—ordenó Sherlock a Mycroft. Debía aprovechar que su hermano estaba tan servicial, y éste le hizo caso con una mueca de disgusto.
Ayudó a que Sherlock se pusiera en pie, y le acomodó la gabardina a modo de capa por encima de los hombros.
Entonces Lestrade colgó el teléfono y les miró con los ojos como platos.
–''El miniaturista'' está en la comisaría. Acaba de entregarse, y ha pedido hablar con Sherlock Holmes. Sólo con Sherlock Holmes.
No pasó mucho tiempo para que Lestrade, Sherlock, e incluso Mycroft llegaran a la comisaría. Allí, un policía se encargó de empujar la silla de ruedas en la que iba sentado el menor de los Holmes, y le metió en la sala de interrogatorios donde estaba el especialista en maquetas. Mientras, Lestrade y Mycroft se colocaron detrás del falso espejo, para no perder detalle.
–Señor Holmes—dijo sonriente el detenido. Parecía relajado, como si estuviera sentado en el comedor de su propia casa. Apoyando los codos sobre la mesa y la barbilla en las manos.
Se trataba de un hombre de cuarenta y pocos años, de cabello moreno y ojos claros. Que vestía un traje con corbata, impecablemente planchado. Y su voz tenía un llamativo acento americano.
–¿Nos conocemos?
–Por supuesto. Yo le disparé—dijo orgulloso, viendo la bata de paciente que todavía llevaba puesta el detective consultor debajo de aquella gabardina oscura, sumado al brazo izquierdo en cabestrillo. –¿Tan indiferente le soy que ya se ha olvidado de mi?
–No se ofenda. Pero es que no le recuerdo. Ni a usted, ni al disparo—admitió.
–Pues debería.
–¿Por qué quería hablar específicamente conmigo? ¿Acaso va a decirme dónde está John?
–Su novio está muerto, señor Holmes. Yo solo quería hablar con usted para contarle el porqué lo he hecho.
–¿Tiene algo en contra mía? ¿Es eso?
–Su reputación no le hace justicia, Holmes. Cualquiera con dos ojos y una neurona podría darse cuenta de que lo mío con usted es personal. No hay más que ver el modo en el que he actuado.
–Así que yo le he hecho algo. Refrésqueme la memoria—la herida comenzaba a dolerle mucho, y odiaba horrores tener que perder el tiempo con el hombre que tenía delante. Las horas de John estaban contadas, pero quizás de este modo podría sacar algo en claro. Alguna pista. Lo que fuera.
–Hace unos años, usted colaboró con la policía en un caso gracias al que detuvieron a mi hermano.
–Si lo detuvieron, sería porque se lo merecía. No la pague conmigo.
–Oh, sí lo pago con usted. Porque lo condenaron a muerte por asesinar a un hombre. ¿Se imagina el desenlace de esta historia?
–Su hermano está muerto a día de hoy.
–Y por su culpa.
–Mi deber es ayudar a la policía. No me culpe porque el peso de la ley castigara a su hermano.
–Por supuesto que lo culpo—aquel individuo comenzaba a enfadarse, y su postura se volvió más tensa que al comienzo. –Mi hermano asesinó a aquel tipo en defensa propia, aunque sus premisas dijeran otra cosa. La policía creyó en su palabra, y la pena de mi hermano fue mayor de lo que debía.
–Y lo de las maquetas, ¿a qué ha venido? ¿Tiene algo que ver con su hermano?
–Bueno, quería dejar claro que usted no es el genio que dicen que es. Que puede equivocarse. Maté a cuatro personas. A cuatro sin que usted pudiera hacer nada señor Holmes. Necesitaba llamar su atención, y después de leer el blog de su querido John, sabía perfectamente cómo hacerlo. Asesinatos perfectos. Asesinatos tan limpios y tan planificados que la policía tendría que recurrir a usted. Se volvería loco de contento. ¿Le gustaron mis cadáveres, señor Holmes?
–¿Conocía a esas personas? ¿O las mató al azar?
–Puro azar. Encontré trabajo en el sector de la limpieza. La gente me dejaba entrar en sus casas. Ni me miraban. Podía hacer lo que quisiera a mi antojo.
–Como hacer miniaturas exactas de las habitaciones de sus hogares.
–Tengo memoria eidética, Holmes. Me basta con ver un lugar una vez, para recrearlo a la perfección sólo con el mero recuerdo de mi cabeza.
–De ahí a que no hubieran huellas suyas en los escenarios.
–Comienza a seguirme, señor Holmes—volvió a relajarse, y se echó hacia atrás en la silla. Sherlock sin embargo, ni se movía. No podía hacerlo por el dolor punzante.
–¿John es su venganza? ¿John por su hermano?
–La quinta maqueta... Es la más hermosa, ¿no cree? Su amado compañero agonizando debajo de un coche. Me pregunto si recuperó la consciencia cuando empezó la lluvia o si murió sin enterarse de nada.
–¡No juegue conmigo! –Sherlock azotó la mesa con el puño derecho, sintiendo los violentos latidos de su corazón en la sien.
El hombre se inclinó hacia adelante.
–¿Sabe lo más curioso, señor Holmes? Podía haberme atrapado hace días. Estuve en su casa y eché un vistazo.
–¿Usted...?
–¿No he mencionado que también trabajo los fines de semana en un supermercado? Ayudé al doctor Watson con la compra.
«He hecho la compra. He comprado tantas cosas que me ha tenido que ayudar un empleado a traerlas. Deberías haber venido conmigo, Sherlock. No soy tu criada. Compartimos gastos. Tú también comes...»
–Usted estaba sentado en el sillón, parecía que afinando un violín.
–¿Yo le vi a usted? –preguntó contrariado.
–Lo dudo mucho. Por lo poco que le conozco, he deducido que no ve más allá que de si mismo y sus intereses.
Sherlock estaba convencido, de que aunque fuera de pasada lo había visto y quizás le había resultado sospechoso. Su mente se lo había indicado en el sueño poniendo aquellas palabras en boca de John. El misterioso hombre que le había llevado la compra.
–¿Por qué se entrega ahora?
–Me parecía absurdo seguir, cuando ya he conseguido lo que quería. Acabar con usted. De todos modos, tarde o temprano conseguirían pillarme, sobretodo después de que le disparé y que usted me hubiera visto la cara. Además, no tenían más que rastrear la bala. Su presencia fue un imprevisto, Holmes. Forcé la entrada del 221B y pillé al doctor Watson bajando las escaleras rumbo al trabajo como todas las mañanas. Mientras él me preguntaba qué hacía yo allí, le golpeé en la sien con la culata de mi revólver sin que pudiera reaccionar, dejándole inconsciente. Lamentablemente, usted se asomó para decirle algo de última hora y me vio, así que tuve que dispararle. Tiene gracia que ahora resulte que no se acuerda.
De pronto se carcajeó, taladrando los oídos de Sherlock, que pidió que le sacaran de allí.
El mismo policía que lo había traído entró en la sala y tiró de la silla de ruedas.
–Por cierto, señor Holmes. Me llamo Jefferson Hope. Y ahora sé que no se olvidará de mí mientras viva—concluyó antes de que se cerrara la puerta.
–Ha dicho que John está muerto—dijo Lestrade acercándose a Sherlock en compañía de su hermano. –¿Le creemos?
–Ese individuo me odia—dijo Sherlock. –Tal es su aversión hacia mí, que me lo he creído. Pero cierto es también, que dudo que se quedara junto al coche hasta ver morir a John. Fuera está lloviendo a mares, y él lleva un impecable traje, sin una arruga, ni una mancha. Lo sacó de la bolsa de la tintorería y se lo puso. No es probable que estuviera de espectador de su función. Nunca lo es. Por eso hacía las maquetas, para ver el resultado antes del desenlace. No vas a ver la película si eres el montador de esta.
–Ya no llueve—apreció Mycroft. Era verdad. También que faltaban pocas horas para el amanecer, y el cuerpo de Sherlock estaba exhausto. No así su determinación. Por lo que no daba muestras de su mal estar físico, porque eso significaría su vuelta al hospital. Y primero estaba John.
«John.»
–Todo mi equipo está investigando a ese tipo. Han ido a su casa. Están mirando su ordenador, revolviendo su armario, todos los cajones. Interrogaran hasta a los vecinos si es necesario. Encontraremos ese coche, Holmes—dijo Lestrade y se alejó dejándole a solas con Mycroft.
–Siempre oí decir que es en situaciones como esta en las que uno se da cuenta de lo que siente por los demás.
Sherlock miró a su hermano con desdén, sólo a él se le ocurría soltar esas lindezas en momentos como el que estaban viviendo.
–¿Insinúas algo?
–¿Demasiado sutil? Lo diré a las claras entonces. Conociéndote como te conozco, Sherlock, estoy convencido de que ahora te has dado cuenta de lo fuerte que es lo que sientes por el doctor Watson. Y porque te conozco, también sé que es la primera vez que siente algo como eso, con lo cual, me horrorizaría que todo esto terminara mal para ti. No quiero ni imaginar lo que será de tu vida si las cosas no salen bien.
–Saldrán bien. John es fuerte. No morirá ahogado debajo de ese coche. Me niego a creerlo. Y no saques conclusiones precipitadas, Mycroft. Me había dado cuenta de mis sentimientos por John desde hace mucho tiempo. Simplemente... John no es...
–Gay... Del dicho al hecho hay un trecho—dijo Mycroft. –Eso nos lo decía mamá cuando éramos pequeños. Alguien tan observador como tú debería de haberse percatado de cómo te mira el doctor Watson.
–¿Estás diciendo que John...?
–Donovan acaba de llamar desde la casa de Hope—dijo Lestrade acercándose de nuevo a ellos, alterado. –Al parecer, en el ordenador han visto doce rutas diferentes, todas ellas hacia las afueras de Londres, unos 55.000 kilómetros. Demasiadas localizaciones.
–La tierra de la maqueta. Que se centren en las áreas comprendidas fuera de Londres a esa distancia, al aire libre, sin árboles, o muy pocos, porque él tuvo que llevar allí el vehículo y ayudarse de una grúa o similar para colocarlo sobre John—dijo Sherlock convencido.
–Me ocuparé de que algunos helicópteros más sobrevuelen las posibles zonas—dijo Mycroft que esta vez fue el que se alejó con el teléfono.
Dos horas y media después, ya con el sol en el cielo, les llegó la llamada telefónica que habían estado esperando. El vehículo había sido localizado, y dentro de un coche patrulla salieron disparados, seguidos por una tromba de policías en sendos automóviles.
Al llegar comprobaron que era un paraje tal y como había descrito Sherlock. De aspecto desértico, con apenas vegetación, y en ligera pendiente. Allí estaba el coche boca abajo.
Sherlock ni esperó que el coche que conducía Lestrade se detuviera, para abrir la puerta trasera y salir corriendo descalza por sobre la tierra, con el abrigo ondeando a sus espaldas.
–¡Holmes! –gritó Lestrade imitándole tras soltarse el cinturón con prisa.
–¡John! –bramó Sherlock olvidándose del resto del mundo. Ya ni la herida le dolía. Ni sentía las piedrecitas clavándosele en las plantas de los pies. Sólo pensaba en su mejor amigo, en su compañero; en el, ahora estaba más que seguro, amor de su vida. –¡John!
Llegó a la altura del vehículo y se hincó de rodillas en el barro para ver el interior del coche.
Pero no había rastro de John. Lo único que encontró fue la manga desgarrada del suéter blanco que el buen doctor se había puesto la mañana antes para ir a trabajar.
Sherlock se volvió a poner en pie, mirando en todas direcciones, sujetando aquella manga como si fuera el objeto más valioso del universo. Y en cierta forma lo era. Se trataba de la prueba fehaciente de que John Watson había salido de debajo de aquel coche y se había marchado por su propio pie. Tenía que estar vivo, y no podía andar muy lejos.
La voz de Lestrade y de varias personas más llegaban a sus oídos, pero distorsionadas. Comenzó a seguir de manera autómata el rastro que John había dejado tras de si sobre la tierra. Debía darse prisa en encontrarle, porque llevaba demasiadas horas a la intemperie, sin comida ni agua, así que no sabía cuánto podría llegar a aguantar.
Los demás policías parecieron comprender su actitud y lo siguieron. Lo mismo que los dos helicópteros que planeaban sobre sus cabezas.
Anduvieron y anduvieron, hasta que, junto a una piedra y varios matojos, Sherlock vio algo.
–¡John! –apresuró los pasos inevitablemente y se dejó caer de rodillas junto al cuerpo de su amigo, que estaba inconsciente. Lestrade, que al parecer era el que le seguía más de cerca, se le unió enseguida. –¡John!
A pesar de que le tanteaba el rostro, John no abría los ojos.
–No le noto el pulso... –dijo Sherlock a su acompañante en estado de pánico.
Lestrade cogió el walkie-talkie que llevaba a la cintura, para comunicarse con el resto del equipo.
–Hemos encontrado a Watson, seis kilómetros hacia el norte. Que venga un helicóptero enseguida.
–Te sacaremos de aquí, John—dijo Sherlock acariciándole el cabello.
–John.
–...
–John.
John se sentía cómodo sobre lo que parecía un mullido colchón, relajado por fin. Evidentemente había muerto y la luz bañaba su cuerpo atravesando incluso sus párpados cerrados. Aquello debía ser el cielo sin lugar a dudas.
Recordaba vagamente el haber estado atrapado debajo de un coche, con la sangre seca pegada en la sien. El brazo derecho aplastado entre el suelo y parte de la carrocería. Cómo tuvo que tirar y tirar sin importarle cuantos huesos se rompiera, y la tarea se le facilitó cuando comenzó la lluvia ablandando el terreno. El hueso crujió al desencajarse. Se desgarró la garganta gritando. La manga se le rompió del tirón, pero por fin estaba libre.
Lleno de barro, y a punto de ahogarse, salió de debajo de aquel vehículo sujetándose el brazo que se le había quedado como muerto. Antes de alejarse, se dio la vuelta para contemplar el coche una última vez y se dio cuenta de la suerte que había tenido de salir con vida de aquel espanto. Pero no tenía ni idea de dónde se encontraba.
Se quitó lo que le quedaba del suéter y lo ató alrededor de su cuello de manera que le permitiera llevar su brazo en cabestrillo y comenzó a andar sin dirección concreta. Bajo la insoportable lluvia, con el cansancio y el dolor.
Ahora estaba muerto y no había sufrimiento, solo calma. Y la voz de Sherlock.
–John.
«¿Sherlock?»
Abrió los ojos de par en par, pero tuvo que cerrarlos nuevamente por la intensidad de la luz que le daba sobre el rostro. Segundos después, los abrió de nuevo y miró a su lado.
Allí estaba Sherlock, tumbado en otra cama a su izquierda en lo que, sin lugar a dudas, era la habitación de un hospital.
El detective consultor vestía con la bata típica de paciente, le miraba con creciente interés, y también con lo que creyó que sería alivio.
–¿Sherlock?
–Menudo susto, John. Por un momento llegué a pensar que estabas muerto.
–Yo también lo creí—tenía el brazo derecho sobre el pecho, rodeado de vendas. Pero Sherlock le andaba a la zaga, con el suyo del mismo modo, pero en su caso se trataba del izquierdo. –¿Y a ti qué te pasó?
–Me dispararon—dijo como si no tuviera la más mínima importancia.
–¿El mismo que me metió debajo de aquel coche?
–Así es.
–¿Y ya está entre rejas?
–Está bajo custodia policial, pero es un asesino en serie, pasará el resto de sus días en prisión—aclaró Sherlock.
–No esperaba menos de ti—dijo John como si le hubieran quitado un gran peso de los hombros.
–Se entregó él mismo, por voluntad propia. Admito que en otras circunstancias eso me hubiera molestado, pero en este caso en concreto... Fue un verdadero alivio.
–¿Me convertí en una de sus maquetas?
–Sí. Una que no me gustó en absoluto. Nunca había pasado tanto miedo, John.
–¿Miedo?¿Por mi?
John no pudo evitar la sorpresa. Sherlock estaba fascinado con ''El miniaturista'', y ese sentimiento parecía acrecentarse con cada maqueta que llegaba a sus manos. Que manifestara palabras de disgusto hacia una de sus obras le asombraba.
–Por supuesto que por ti, ¿por quién más sino?
Sherlock parecía molesto de repente, y se apoyó en el brazo derecho para mirarle con más detenimiento.
John tragó saliva nervioso.
–Eres muy importante para mi, John—dijo sin titubear.
El doctor no sabía qué decir. Parecía haber una irrefutable sinceridad en las palabras de su compañero. Pero intuía que la tensión que sentía en el aire era producto de su imaginación. Sherlock lo consideraba un amigo, él mismo se lo había dicho tiempo atrás. Así que la sensación de regocijo que notó de repente en el pecho al pensar que esa importancia a la que se refería el detective consultor se debiera a algo más, se esfumó tal cual había venido.
–Ya... A ver dónde ibas a conseguir otro compañero de piso tan tolerante como yo—dijo sonriendo para quitarle hierro al asunto y acomodándose de nuevo con la vista en el techo.
Sentía los ojos azules de Sherlock clavados en su rostro, sin embargo, se obligó a si mismo a no devolverle la mirada.
–No lo decía por eso—dijo serio. –John, creo que yo...
Continuará...
*El siguiente capítulo será el final u.u pero habrá lemon xD
