Este capítulo se lo quiero dedicar a mi queridisima Riona, que cumple años
el miercoles ^^. Felicidades mujer. Que la pases muy bien y sigue escribiendo de esa manera
tan sublime como solo tú sabes hacerlo ^^-
Capítulo 9: La Triste Melodía.
Abrió los ojos sin siquiera creerlo todavía. Sonrió mientras se incorporaba, con ayuda de sus manos, echaba una ojeada alrededor y prestaba atención a los regalos que descansaban en su buro.
Bajó el rostro y buscó, a tientas, la medallita que caía sobre su pecho, la acarició con sus dedos, y sus mejillas se sonrojaron al evocar lo que había acontecido tenía poco.
Suspiró profundamente, pérdida en el recuerdo de su sonrisa, sus ojos... sus labios. ¿Habría sido real o un mágico sueño? Y es que era tan maravilloso que casi resultaba imposible.
El sonido de un ligero tamborileo – provocado por unas uñas que se impactaban en la madera del buro – le trajo a la realidad. Fue entonces que comprendió no estaba sola en la recamara. Frente a ella, se hallaba Rosalie, mirándole de manera significativa e indagadora.
–¿Dónde ésta Bella? –preguntó. Rosalie le dedicó un mohín y puso los ojos en blanco.
–Bajó a la cocina – "contestó". Después se giró para buscar en su bolso un pequeño cuaderno y así anotar: – Ni creas que podrás cambiarme el tema así de fácil. ¡Cuéntame qué pasó con mi hermano!
Alice se sonrojó aún más – si eso es posible – ante la directa entrevista de su amiga.
–No pasó nada – escribió, con manos temblorosas. Le daba demasiada pena el confesar que ella y él... Dios. No podía ni si quiera decirlo mentalmente.
La rubia le quitó el cuaderno.
–¡Alice! No me digas que "no pasó nada". ¡Mira cómo estás! Parece que las mejillas te van a explotar de tan rojas que están.
Pero la pequeña no contestó. Indeliberadamente, pasó la punta de sus dedos sobre sus labios, en los cuales aún sentía el sutil cosquilleo que el beso de Jasper le había dejado.
Rosalie enalteció una ceja de manera juguetona y sonrió. Le divertía demasiado contemplar a su amiga en ese estado de ensueño. Después, decidió no insistir. Sabía lo tímida que era Alice y, aunque se moría de la curiosidad, no quería presionarla. Apretó los labios para reprimir su expectación y, suspirando hondamente, decidió cambiar de tema.
–¿Te gustó mi regalo?
–Si – contestó Alice, sonriendo agradecidamente – Muchas gracias.
–¿Qué te dieron los demás?
–Emmett me regaló esta libretita – apuntó, estirando los brazos para alcanzar el objeto antes mencionado
Rosalie respigó al leer aquel nombre y frunció el ceño al percibir el tembloroso latido de su corazón. Cogió el regalo entre sus manos y lo examinó. Era un detalle muy lindo. Sencillo, pero elegante y original. Lo abrió y leyó la pequeña dedicatoria. Una sonrisa se dibujó en sus labios y luego recordó lo que había sucedido en el pasillo de aquel cine. La forma en que sus brazos le habían abrigado. El silencioso y reconfortadle consuelo que había recibido de su parte... la sensación de plena seguridad que, hacía tanto, no experimentaba...
Saltó al sentir la nota de Alice caer sobre sus piernas.
–Me alegro que la hayas pasado bien – anotó como respuesta, sin dejar de recordar al moreno que, cada día, se instalaba más intensamente en sus pensamientos.
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El centro de rehabilitación estaba vacío e inmerso en un perenne y precario silencio para cuando Jasper bajó a la cocina. Era domingo y la mayoría de los internados se habían marchado para pasar el fin de semana con sus familias.
Suspiró. Generalmente, en esos días, siempre solía cuestionarse cuántas semanas iban a transcurrir para que sus padres decidieran visitarlos de nuevo. Pero esa mañana era diferente. Su mente solo podía pensar en Alice y lo ocurrido anoche.
Ni si quiera había podido dormir bien. Estaba nervioso. ¿Qué le iba a "decir"? ¿Cómo expresar todo el amor que sentía por ella? ¿Qué palabras emplear para explicarle todo lo que le causaba una de sus sonrisas, una de sus miradas? Pensó, en un principio, escribir una carta – había gastado toda la madrugada en ello – pero después le resultó una idea absurda (había llenado dos oficios por ambos lados y aún no llevaba ni la mitad de lo que quería reflejar) Aquello parecía más bien un testamento que una confesión.
Otro suspiro, acompañado de una soñadora sonrisa. El azul de sus ojos fulguraba de manera única. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? No tuvo mucho tiempo para pensar, pues una voz conocida, amada, interrumpió.
–¿Bella? ¿Estás ahí?
Un súbito silencio. Las ruedas de la silla se habían detenido. El corazón se le aceleró. Pero adquirió valor y giró el cuerpo. La encontró ahí, al frente, con su rostro inclinado hacia abajo, intentando ocultar – inútilmente – el inocente rubor de sus mejillas.
¿Qué hacer? No esperaba este encuentro tan pronto. Ninguno lo preveía. Ambos corazones palpitaban con el mismo ritmo frenético.
Ten valor...
Había esperado tanto para esta oportunidad. Alice estaba ahí, esperándolo.
Díselo...
Dio el primer paso, después el segundo. Las manos de Alice temblaban cuando él las asió entre las suyas. Sus miradas se encontraron. La perla grisácea se sumergió en el mar oscuro, complementándose ambos a la perfección.
Jasper dejó escapar un suspiro, mientras bajaba el rostro y centraba sus pupilas en las pequeñas manos que sostenía. Tan frágiles, tan delicadas... tan milagrosas. Recordó fugazmente la primera vez que la vio:
Era su segundo día en el instituto y había ido a dejar a Rosalie a su clase de ballet – al principio él, y su gemela, no se separaban por nada del mundo – Ella estaba ahí, sentada en una orilla, en su silla de ruedas, contemplando los movimientos de los bailarines. ¡Qué ironía! Pues, aún siendo ella quien permanecía inmóvil, parecía un delicado cisne reposando en un lago, con su danza serena. Mucho más bella y cautivante que cualquiera. Sonrió al comprobar que no se había equivocado al creer que se había encontrado con un ángel. Pues Alice era eso: Un ángel. Su ángel.
Comenzó a pasear la temblorosa, pero decidida, punta de sus dedos sobre la frágil palma femenina. Dibujando cada letra con lentitud. Emanando en ellas toda su verdad.
–T-e - Q-u-i-e-r-o...
Te quiero.
Alice soltó una risita y los ojos se le llenaron de lágrimas. Jasper la quería. Parecía imposible pero cierto. No había duda alguna. Lo había sentido en cada roce de su piel y lo confirmaba, ahora, su mirada, que aguardaba por su respuesta.
Llevó una de sus manos hacia su mejilla. Jasper permanecía hincado frente a ella, con sus facciones, serenas y gentiles, ligeramente surcadas de ansiedad.
¿Tendría, acaso, duda alguna de lo que ella sentía por él?
Sin pensarlo, inclinó su cuerpo y, acortando la distancia que separaba sus rostros, rozó los labios de Jasper con los suyos, con un movimiento delicado e inocente. Se alejó casi al instante, sin la oportunidad de sentirse apenada por su impulso pues los labios de Jasper, acariciando nuevamente su boca, le sorprendieron al siguiente latido, que se disparó como una bomba de tiempo.
Y es que él no necesitaba más respuesta que la que Alice ya le había dado.
Se separaron lentamente, manteniendo sus frentes unidas, mientras ambos cerraban los ojos y entrelazaban sus dedos; representando, de esta forma, la unión de los lazos que unían – cada vez con más firmeza – sus corazones.
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Frunció el ceño y chasqueó la lengua al tener frente a sus ojos el material que "creía" necesario para prepararse el desayuno. Lo contempló todo – a cada uno de ellos – con detenimiento. Suspiró pesadamente y se dejó caer en una de las sillas del pequeño comedor. Era inútil y lo sabía: Era más seguro que la cocina explotara a que ella pudiera preparar unos huevos fritos con tocino. ¡Eso le pasaba por tardarse tanto en arreglarse! ¿Ahora a quién le pedía ayuda? No le gustaba tampoco ser un estorbo y, para colmo de su mala suerte, parecía que todos habían desaparecido o estaban muy "ocupados".
Resopló fuertemente, alzando uno de sus rubios cabellos, que le caía por su rostro, en el acto. Volvió a viajar la mirada por todo alrededor. Había fruta en el refrigerador, pero quería huevos. Somató la mesa con uno de sus delicados puños y comenzó a refunfuñar (silenciosamente) mientras se desparramaba por toda la silla hasta que su cuerpo quedó completamente estirado.
Su mirada se fijó en el techo, ignoraba que, desde hacía ya varios minutos, alguien era testigo de su infantil y voluble comportamiento. No fue hasta que Emmett pasó a su lado que lo supo. Se deshizo de su perezosa posición e irguió su espalda de manera automática, sintiendo cómo las orejas le ardían por la vergüenza.
El moreno apretó los labios para reprimir una sonrisa. ¡Jamás creyó ver a Rosalie de esa manera! Si se lo hubieran contado no lo hubiera creído. Parecía una niña pequeña y caprichosa... ¿Había sido su imaginación o todo se debía a que la Barbie no podía cocinar?
¡JA! Tuvo la respuesta rápidamente al ver, al lado de la estufa, un inmenso número de ingredientes que no llevaban a ninguna receta concreta. No pudo cohibir más su gesto divertido y estalló en carcajadas. ¿Hacía cuanto no reía de esa manera? Desde que era un niño...
Rosalie no escuchó el sonido que su garganta emitía, pero si lo percibía claramente. La manera en que sus labios se estiraban hacia arriba, la luz que iluminaba alegremente sus pupilas, sus cabellos agitándose naturalmente todo le pareció tan maravilloso. Era la primera vez que veía a Emmett de esa manera tan... suavizada, que parecía otro. Alguien que, en absoluto, le asustaba...
El moreno tomó una servilleta y una pluma que llevaba en la bolsa del pantalón y escribió:
–¿Ya desayunaste?
Rosalie supo que la pregunta era maliciosamente intencionada. Su rostro mirada destelló con un ligero brillo indignado. Si algo odiaba era admitir una derrota. Alzó los hombros y la barbilla – en reacción inconsciente ante la provocación del muchacho – y estiró su mano para arrebatar – con natural agresividad – el pedazo de papel y el bolígrafo.
–Ya – fue lo único que escribió, sin embargo, se llevó una de sus manos hacia su estomago cuando sintió que éste se revolvía, reclamando comida. Y claro, aunque ella no pudiera escuchar el sonido propio de esta natural reacción, Emmett si.
El saberlo resultó altamente vergonzoso y sus mejillas se encendieron al divisar que los labios del moreno se estiraban ampliamente hasta formar una sonrisa.
–No lo parece – apuntó Emmett, con letra intencionalmente grande, regocijándose con cada acto que su actitud soberbia le incitaba a hacer.
Se dispuso a abandonar el lugar antes de seguir soportándolo, pero una mano sosteniendo la suya se lo impidió, al mismo tiempo que le hacía coger una servilleta doblada en dos.
Rosalie la desdobló lentamente, y leyó
–Deja de huir solo esta vez de mí. Te ofrezco un desayuno a cambio.
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Intentó concentrarse una vez más en la lectura, pero no pudo. A pesar de que tenía más de una hora que la habitación había quedado en silencio, aún podía escuchar el sonido de aquella suave música que le había aturdido... molestado.
¿Desde cuándo Emmett oía trova? ¿Sería acaso desde que él había comenzado a sentir "algo más" que una amistad por Bella? Es más, ¿Dónde estaba él ahora? ¿Acaso había ido a verla? ¿Estaría con ella?...
Empuñó sus dedos y se mordió la lengua. ¡Qué infantil era! Pero no era capaz de controlarse. Le hervía la sangre nada más el imaginar sus manos unidas cuando era él quien tenía antes ese privilegio.
Gruñó fuerte.
Egoísta... Vaya que si lo era. Debería de estar contento al saber que Bella tenía la posibilidad de ser feliz con Emmett, que era un buen chico y, tal parecía, la quería bien. Si. Debería de estar tranquilo (En su defecto, no tomarle importancia en lo más mínimo) pero le resultaba imposible hacer lo uno o lo otro.
Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta. Necesitaba salir de ahí. Huir de esa habitación que solo le confundía más. ¡Cómo deseaba poder correr para así huir como el mísero cobarde que era! Pero no era capaz ni si quiera de eso. ¿Se podría ser más patético en una vida entera?
El salón de teatro y música estaba vacío. Sabía que era algo habitual, por ser fin de semana, pero no pudo evitar sonreír – con agrio humor – ante la ironía de la situación.
Un ciego en la oscuridad... ¡Qué dramático!
¿Acaso no bastaba ya con el calvario en el que estaba hundiéndose? Por supuesto que No. Además de eso, era el bufón de su propia historia, de su propio pasado.
Paseó sus dedos, lánguidamente, por las teclas marfiladas del piano. Suspiró y luego presionó una de ellas, provocando que un entristecido sonido penetrara sus oídos y golpeara las heridas que adornaban su alma.
A pesar del dolor sentido – y de la absoluta certeza de que éste aumentaría si lo hacía – acomodó ambas manos sobre el elegante instrumento musical y comenzó a tocar. La melodía, surgida por la combinación de las nostálgicas notas, estaba impregnada del lacerante dolor que su partida le había causado. De su recuerdo. De todos esos años que estuvieron juntos y habían sido borrados esa lastimera tarde.
Tanya...
Sus dedos siguieron desplazándose, su quijada se tensó y la composición dio paso a un nuevo sonido, mucho más angustiante y trágico, muy parecido a un himno luctuoso – lo que realmente era –. Un ardor en sus ojos lo llevó a cerrarlos. Abrió sus labios, al mismo tiempo en que dejaba resbalar una gota salada por su mejilla, para tomar una bocanada de aire que llegó de manera dolorosa a su pecho.
Cuánto dolía todo esto. El no saber qué hacer ni que pensar. No sabía si quiera si esa lágrima había sido en memoria de Tanya o por el vacío que se le formaba dentro al no poder estar cerca de Bella.
Bella...
¿Quién era ella? ¿Por qué había aparecido cuando pensaba ya haber superado lo peor? Recordó que, justo esa noche en la que él la había capturado al pie de las escaleras, había estado en ese mismo salón, tocando la misma canción, llorando...
–Tanya – susurró. Las melodías dejaron de cantar y fueron suplidas por sus sollozos. Se sentía tan culpable. Tan traicionero. Su cabeza se dejó caer sobre sus manos, las cuales jalaban sus cabellos y se humedecían por las lágrimas que sus ojos ya no podían retener más – perdóname... No sabes cuánto la odio, cuánto odio a Isabella Swan. No lo sabes...
Lo que Edward no sabía era que Bella había estado ahí casi desde el principio, escuchando todo... cada una de sus notas, cada uno de sus lamentos... y cada una de sus palabras...
La castaña buscó la salida de aquel lugar, a tientas, y agradeció el haber podido marcharse de manera totalmente silenciosa. El nudo en su garganta amenazaba con estrangularla... el aire golpeaba fuerte al llegar a sus pulmones y sus pisadas eran más torpes de lo habitual, gracias al temblor que oscilaba sus rodillas.
No lo creía, no lo quería creer, pero su queja resonaba una y otra vez en su memoria...
"No sabes cuánto odio a Isabella Swan"
¿Por qué? ¿Qué le había hecho ella para que él dijera semejante afirmación, con ese sentimiento indescifrable bañando su voz?
Ahora, el por qué del repentino distanciamiento tenía una respuesta que, creía ella, hubiera sido mejor no saber nunca.
Siguió caminando, sin estar muy consciente de que sus pies se estaban moviendo. Su mente estaba concentrada en mantenerse fuerte. En no llorar, pues no valía la pena y no era para tanto. Al final de cuentas, Edward era solo una persona más en su vida, ¿verdad? Era absurdo que le afectara de esa manera. Era absurdo...
Vamos, Bella, te han pasado cosas peores y no has llorado... no lo hagas ahora.
Cuánto agradecía que el internado estuviera casi solo... Si fracasaba no sería tan humillante. Odiaba que la gente le supiera débil...
Tropezó con una pared. El impacto la había tirado al suelo. Por un momento pensó en quedarse ahí sentada un momento. Tal vez nadie le vería... Tal vez no era tan malo dejarse derrumbar por un breve lapso de tiempo. Pero una voz masculina la despojó rápidamente de esa idea
–Oye, ¿Te encuentras bien?
–Si – contestó en seguida, apreciando que unas manos la ayudaban a incorporarse – Lo siento mucho...
–No te preocupes – pudo sentir la mirada de su compañero fijarse en ella – ¿Segura que estás bien?
–Lo estoy – aseguró
–No lo creo – discutió la voz ronca – tus ojos lucen extraños
–Seguramente es por que soy ciega – informó, un poco malhumorada. Había razones de sobra para no sentirse bien y, a eso, se le sumaba la poca gracia que le hacía ser entrevistada por desconocidos.
–No, eso ya lo sé. No soy tan tonto
La castaña se sorprendió ante la forma tan descuidada que tenía aquel chico al hablar. Generalmente, la gente se escuchaba incómoda al tener al frente a un "discapacitado"
–Bella – el dulce sonido provocado por los labios de Esme la sobresaltó. ¿Acaso había llegado a la dirección sin fijarse?
–Buenas tardes, Doctora – saludó rápidamente.
–¿Se te ofrece algo, cariño?
–No... Yo solo... estaba dando un paseo
–Me alegra que aproveches los fines de semana para recorrer y memorizar los pasillos – se alegró Esme – y veo que eres la primera en conocer a nuestro nuevo ayudante voluntario – agregó – el señor Jacob Black...
Je ^^ Creo que muchas me matarán por esto, pero no lo pude evitar. T_T una historia sin Jacob no es una historia completa T_T (a mi punto de vista como "escritora"). Pero, a las team Edward (yo soy Team Suiza; pero si me dan a escoger entre los dos, definitivamente me quedo con Edward, jeje) no se preocupen, digamos que mi adorado Jake dará problemas solo al principio ^^ (Y serán poquitos, en serio, lo prometo). Vamos, vamos, sean pacientes ¿Si? *anju con ojitos suplicantes* sé que la historia va un poquito lenta, pero si apresuro las cosas y pongo a todos tomados de la mano y dándose besitos de un momento a otro, siento que perdería la trama (Que de por sí no es muy buena xD) Bueno, ya. Lo dejo a su criterio y espero puedan soportarme ^^. Por el momento, ¿Qué les ha parecido este capítulo? ¿Me dejan su opinión? *otra vez, anju con ojitos suplicantes*
Gracias por leer :-P
Atte
AnjuDark
