Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo me divierto un poco con ellos.


Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite fanfiction)

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Capítulo 10

Edward dejó la habitación con sus hijos dentro, después de que estos comenzaran a discutir por quién llevaría el almohadón y quién la canasta de flores, Paulette había comenzado la discusión diciendo que ella quería llevar los anillos y sentarse hasta adelante para poder ver bien la ceremonia, Cristopher había aceptado encantado ser quien llevara el canasto de flores, eso fue lo que encendió las alertas en la cabeza de Paulette.

—¿Por qué quieres hacerlo?

—Porque si soy el niño de las flores, entonces me quedaré junto a Bella y sostendré su ramo, mientras que tú estarás sentada muy lejos y yo permaneceré cerca de Edward y Bella.

Eso no le había agradado a Paulette y ahora peleaba por ser la niña de las flores, Edward aprovechó su descuido y salió de la habitación dejándoles resolver sus problemas, él tenía otras cosas mucho más importante que hacer.

Colarse dentro de la habitación en donde su esposa estaba, por ejemplo.

Le parecía absurdo que lo mantuvieran alejado de Bella, no entendía por qué no podía verla antes de la boda, ya era su esposa en todos los sentidos, no había necesidad de mantenerlos alejados, incluso sabía cómo era el vestido, Bella se lo había mostrado la noche anterior después de que se le hiciera el último arreglo.

En palabras de Bella, era tan perfecto como ella.

Su esposa era una pequeña egocéntrica.

Cuidando que nadie estuviera en el pasillo, entró a la habitación encontrando a su preciosa esposa admirándose en el espejo de cuerpo completo.

—Es de mala suerte ver a la novia antes de la boda —habló Bella cruzándose de brazos pero sin perder la sonrisa.

Edward cerró la puerta detrás de él y caminó hacia ella, Bella no protestó cuando sostuvo su cintura y la pegó a su pecho, todo lo contrario, enredó sus brazos en su cuello, dejando que Edward descansara su mano en la parte baja de su espalda.

—Creo que eso no aplica con nosotros, nena, ya eres mía para siempre —aseguró acercando su rostro—, por toda la eternidad.

—Te diría que no arruines mi labial, pero no me importa, nunca lo ha hecho.

Fue ella quien acortó la distancia y unió sus labios soltando un suave gemido.

Era un beso diferente, se sentía muy distinto a los otros.

Recordaba perfectamente cómo se sintió besarla cuando aceptó ser su esposa con el sol y el océano como su único testigo, besarla sabiendo que era su mujer ante la antigua y sagrada ley hawaiana, lo hacía especial, representaba que a pesar de las dificultades por las que pasaron, por fin estaban juntos como debía ser.

Recordaba la posesividad con que la besó cuando lo hicieron oficial en el registro civil de Nueva York, pensando en que nadie podía apartarla de su lado, no importaba cuánto intentaran coquetear con ella, Bella era suya.

Podía describir con facilidad cómo se sintió cuando la besó con sus dos hijos presentes, en su renovación de votos, saber que a pesar de las dificultades que vivieron, que fuera su propio hermano el responsable de separar a su Patito de ella, Bella lo seguía amando de igual modo, ni una sola vez dudó de su amor, ni mucho menos lo culpó.

Pero esta vez, al verla con un largo vestido blanco con encaje, con la espalda completamente descubierta, y el cual se entallaba a su figura; y saber que ella, una hermosa, inteligente, independiente y sexy mujer, la cual podía tener a quien deseara, era suya e iba a volver a casarse solo por el gusto y placer de hacerlo, lo hacía inmensamente feliz.

La amaba con locura.

—No podemos, nene —murmuró Bella echando la cabeza hacia un lado dándole total acceso a su cuello—, nos matarán nuestros padres si nos encuentran haciéndolo.

—Puedo detenerme si es lo que quieres, nena —respondió besando su cuello mientras que sus manos recorrían la espalda desnuda—, solo di las palabras y me detendré.

Edward sintió cómo Bella tironeaba de su cabello, y como el loco enamorado que era, no se resistió en dejar de mordisquear su cuello y la miró a los ojos, encontrándose con la sonrisa pícara de Bella.

—Dios, dulzura, eres perfecta.

Estaba a punto de tomarla en brazos, sin importarle ni un poco que se arruinara el vestido, pero la puerta abriéndose y el bufido de Holly lo hizo detenerse de sus intenciones.

—Les dije que no le quitaran la vista a su padre —habló Holly entrando a la habitación con Paulette y Cristopher detrás de ella—, sus padres no pueden pasar cinco minutos sin que se estén comiendo la boca.

—Es malo ver a la novia, papi —protestó Paulette con el canasto en sus manos—, es de mala suerte.

—Paulette tiene razón, Edward, no puedes ver a Bella.

—Ahora todos son unos expertos —murmuró rodando los ojos.

—Como sea —respondió Holly rodando los ojos—. Necesito que bajes con los niños y me permitas unos minutos a solas con Bella, necesito hablar con ella en privado, necesito saber que está segura de amarrar su vida a un hombre con hijos.

Edward se rio al escuchar el bufido de Bella ante lo dicho por Holly. Besando una última vez a Bella, salió de la habitación con ambos niños, dejándolas adentro para que tuvieran sus minutos de privacidad.

—Ahí están ustedes tres —habló Sue caminando hacia ellos con una tablilla en sus manos—. Los invitados ya están en sus lugares, tienes que ir a tu lugar, Edward, y esperar por Bella, espero que Holly no tarde, la boda no puede atrasarse ni un minuto o todo quedará arruinado... ¿Por qué sigues aquí? Ve ahora a tu lugar y ustedes bajen y esperen en la puerta junto a Vanessa.

Los tres asintieron sin intención de hacer enojar a Sue.

...

—Tengo un regalo para ti.

Bella se sentó en la cama y esperó por el obsequio de su madre, podría ser una mujer adulta, pero había algo emotivo en cada uno de los regalos que Holly le hacía en privado.

No era que el Mercedes cuando cumplió dieciséis no la hubiera hecho feliz, pero era muy distinta la alegría y emoción en abrir un pequeño paquete que sabía que Renée había dejado para ella, y Holly era quien se los daba en el momento exacto.

Era difícil explicar esa conexión que existía con Renée, sentirse tan cercana a una mujer que no había podido conocer, que ni siquiera recordaba su aroma o cómo se sentía estar entre sus brazos.

Detestaba saber que Renée, quien la amó desde el primer momento en que supo que existía, no pudiera estar con ella en ese momento, amaba a Holly, ella era su madre en todo el sentido de la palabra, pero en ocasiones como esa, detestaba pensar que no tuvieron oportunidad de estar juntas en un momento tan importante como era casarse nuevamente con el amor de su vida.

—Renée solía pasar las noches hablando acerca de lo maravillosa que serías —habló Holly entregándole la cajita de terciopelo—, de lo encantada que estaba al saber que eras una niña, ella estaba segura de que lo eras, no había ninguna duda, por esa razón, cuando los médicos notaron que su presión no era normal, es que me dio esto pidiéndome que si le pasaba algo, te lo entregara el día de tu boda, sé que eso fue hace años, pero ya que no estuve presente y no me diste oportunidad de hacerlo, lo hago ahora.

Bella tomó la cajita y la abrió, encontrándose con la delicada peineta con detalles entrelazados que hacían que los diamantes de fantasía brillaran por el reflejo de la luz, tenía un estilo victoriano, lo cual la hacía su perfecta para su vestido con detalles de encaje.

—Pensé en cambiar los diamantes por unos verdaderos, pero sé que no sería lo mismo, no tendría el mismo significado.

—Es perfecta —murmuró Bella sintiendo su ojos humedecerse—. ¿Por qué tuvo que morir?

—Es la misma pregunta que me hago todos los días, mi niña —respondió tomando la peineta y colocándosela en el sencillo moño—. ¿Te he contado acerca de esa última noche?

—No.

—Ella estaba sola en la habitación, pensé encontrarla llorando por las contracciones, temiendo por su vida, pero estaba tranquila, tarareando para que lograras calmarte —sonrió con melancolía—. Ambas sabíamos que existía una posibilidad de riesgo, pero ella no parecía preocupada, cada vez que el médico entraba a la habitación, Renée aseguraba que tú estabas bien, que nacerías perfecta, el médico, las enfermeras y yo rogábamos porque tuviera razón.

—La tuvo.

—Así es, fue un parto relativamente sencillo, tú naciste perfectamente normal, fue Renée la que tuvo complicaciones, los doctores demandaron que yo saliera de la habitación y te llevaran a ti a ser revisada en lo que ellos intentaban salvarla, pero Renée se negó, sabía que no iba a lograrlo y lo único que quería era conocerte —prosiguió intentando contener las lágrimas—. La enfermera se acercó contigo en brazos, solo para que te viera por un minuto, después se marcharía y dejaría todo en manos de los doctores, pero Renée la detuvo de alejarte, te vio y murmuró lo bonita que eras, después me pidió que cuidara de ti y... ya sabes el resto, no pudieron hacer nada para salvarla.

—Mamá...

—No te digo esto para hacerte llorar en tu boda —la abrazó—, te lo digo porque sé que Renée está muy orgullosa de ti, de la mujer en la que te has convertido, eres idéntica a ella.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme nada, nena, al contrario, gracias a ti, tú me enseñaste a ser una mejor persona, a saber que el amor maternal es el más sincero que existe, fuiste el mejor regalo que la vida pudo darme.

Bella olvidó las tres horas que pasó maquillándose, los invitados abajo esperando, a sus hijos y esposo que lo más seguro estarían ansiosos preguntándose por qué tardaba tanto, olvidó a su padre y a Sue y todos los problemas que tuvieron, a sus hermanos y las veces que la hicieron sentir que no era bienvenida en su propia casa.

Olvidó todo lo que existía a su alrededor y se centró en abrazar a su madre, la mujer que la aceptó, amó y que nunca la abandonó, a pesar de que pudo hacerlo, la única mujer en la que Renée confiaba para cuidar de ella.

—Te amo, mamá.

—Yo te amo a ti, cielo, nunca lo olvides —respondió abrazándola contra su pecho para después alejarla—, pero suficiente sentimentalismo, tenemos que bajar o Edward pensará que no te quieres casar con él.

—¿En serio crees que lo piense?

—No, pero sí creo que golpee a unos cuantos que se atrevan a insinuarlo, sé que Cristopher y Paulette lo ayudarían sin dudarlo.

Bella se retocó el labial y salió de la habitación junto a Holly, su acompañante le esperaba afuera listo para llevarla a su lugar, ni siquiera podía recordar su nombre, aunque presentía que este, al igual que los anteriores, terminaría desapareciendo en unas semanas.

—Probablemente tu padre te esté esperando, quiere caminar contigo por el pasillo hacia el improvisado altar que Esme nos obligó a poner, viejo sentimentalista en mi opinión.

Bella se rio mientras bajaba la escalera con ayuda de Holly y su acompañante, que amablemente permanecía en silencio respetando que era un extraño en dicha celebración, esperaba que al menos Holly lo colocara en las orillas de las fotos para poder recortarlo en la posteridad.

No había nadie en la planta baja, lo cual les decía que eran ellas las retrasadas que estaban rompiendo con toda la planeación, no se equivocaron cuando Sue se acercó a ellas con enfado.

—Al fin —protestó Sue—, estaba a punto de ir por ustedes, tenemos el tiempo contado, todo tiene que salir tal cual fue planeado, no pasé los últimos meses organizando todo para que ustedes terminen arruinándolo... ¡Charlie!, ven aquí de inmediato, y dile a Paulette que por favor le dé el cojín a Cristopher, Holly, y... no tengo tiempo para esto, vayan a sus lugares y por favor, dime que no hay ninguna abertura descarada en tu vestido o te juro que te encierro en el armario.

—He venido recatada a la boda de mi hija —respondió Holly cruzándose de brazos—, bueno... en lo que puedes ver, no te garantizo que sea recatado en lo que no ves, eso es sólo para mi Mateo.

El hombre junto a ella se sonrojó y, tomándola de la cintura, la llevó afuera en donde los invitados esperaban.

—La quiero por ser mi cuñada, pero en ocasiones llega a ser demasiado hasta para mí —suspiró antes de girarse para centrarse en ella de nuevo—. He hablado con el ministro, y dijo que llegaríamos a la parte del beso justo en el momento indicado, les he advertido a todos que no hagan ninguna cuenta regresiva... eso incluye a ustedes dos.

Bella se rio silenciosamente al ver a sus dos hijos asentir efusivamente.

»Muy bien, sabes en qué momento salir, recuerda, pasos cortos para que el fotógrafo pueda tener las mejores poses, y por favor ustedes dos, no quiero que hagan caras graciosas, para esas habrá tiempo, ¿entendido?

—Sí, abuelita Sue.

Bella frunció el ceño sin entender de dónde había salido eso.

—Siguen siendo mis nietos y ninguno de ellos me llama solamente Sue o abue, eso déjaselo a Holly —respondió restándole importancia—. Ya saben qué hacer, comencemos con esto.

Sue se alejó caminando y se sentó en su lugar junto a Holly, dejando solamente el lugar de Charlie libre.

—¿Lista para esto?

—Estamos listos, abue Charlie —respondió Paulette.

Riéndose ante los niños, esperaron a que la marcha nupcial comenzara y salieron por el pasillo.

Bella debía aceptar que Sue, Holly y Esme habían hecho un excelente trabajo, desde la alfombra blanca por la que estaba caminando, hasta la asignación de lugares que dejaba a Jacob en la esquina más apartada.

Caminaban lentamente por la alfombra mientras Paulette y Cristopher iban adelante de ellos, Paulette esparcía los pétalos de rosa mientras Cristopher llevaba el cojín con los anillos, pero a mitad del pasillo, ambos se detuvieron, Paulette dejó la canasta en el suelo y tomó el cojín, para dejar que Cristopher tomara la canasta y siguiera esparciendo los pétalos, una acción que se ganó varias risas de los presentes y el bufido de Sue, lo cual le decía que sus hijos habían roto las reglas.

—Agradece que sean una monada y tomaran una buena fotografía, o Sue y Esme estarían realmente molestas —murmuró Charlie—. Me siento como un pingüino con este esmoquin.

—Te ves muy guapo, papá, un pingüino muy guapo.

—Lo sé, Bella, y para que me sigas viendo igual de guapo solo te pido una cosa.

—¿Qué?

—No quiero que hagas… eso con Edward aquí.

—¿Hablas en serio?

—Muy en serio, no quiero que a mitad de la recepción pregunten dónde están los novios.

—Es una tradición, papá.

—Isabella…

—Está bien, lo prometo —aseguró sonriendo—, prometo que regresaremos antes de que alguien se dé cuenta de nuestra ausencia.

Charlie no pudo replicar ya que habían llegado al altar en donde Edward le esperaba impaciente, Bella besó a Charlie en la mejilla y soltó su mano para dársela a Edward, claro, después de entregarle el ramo de flores a Paulette, ya que Cristopher ahora tenía un sus manos el cojín, algo le decía que se intercambiarían las cosas a mitad de la ceremonia.

Bella tomó la mano de Edward y se paró junto a él lista para escuchar las palabras del sacerdote que los uniría nuevamente en matrimonio, pero ahora con toda su familia como testigo.

Las esperadas palabras que le otorgaban el derecho a Edward de besarla, fueron dichas justo cuando el reloj marcaba la medianoche del primero de enero.

Un nuevo año, junto al hombre que amaba.

La recepción era exactamente lo que Bella había imaginado cuando era niña y jugaba a casar a sus muñecas, desde los manteles hasta su pastel, Holly no se había equivocado en nada, era como si ella lo hubiera hecho.

—Todos creen que esta es la mejor de mis bodas, pero están equivocados.

—¿En serio? —preguntó Edward mientras los movía lentamente al compás de la música.

—Sí, te amo y me encantó el anillo, pero siempre preferiré la primera vez, solo tú y yo, como siempre ha sido.

—Como siempre será, amor mío.

Bella sonrió y, parándose de puntas, alcanzó los labios de Edward, ignorando el chillido de los niños al ver otro beso y las quejas de por qué se besaban a cada momento.

Si tan solo supieran que antes de que entraran, después de ser declarados como marido y mujer, Edward había hecho mucho más que besarla, agradecía el largo del vestido o todos los invitados se darían cuenta de la crema que bajaba lentamente por su muslo, la voz de Holly anunciándolos como marido y mujer, no les dio tiempo de limpiarse, solo pudieron acomodarse sus respectivas ropas y salir, rogando porque el sudor en sus frentes y respiraciones agitadas no los delataran.

—Hace muchos años una amiga me dijo que cometió el error de entregarle su corazón al hombre equivocado, pero que nunca se arrepentiría pues obtuvo el grandioso regalo de ser madre —habló Holly con la copa de champaña en su mano—. Hace años le dije a Bella que se divirtiera con los equivocados, que ellos solo eran distracción y que solo le entregara su corazón a aquel que realmente considerara el indicado para amarla tanto como ella lo haría, y sé con certeza que encontró al hombre indicado en Edward, desde el primer momento en que Bella me habló del fastidioso chico que no la dejaba en paz y que la tenía pendiente a toda hora, supe que ese chico era el indicado y que muy pronto estaría presente en su boda… Aunque la muy desconsiderada de mi hija me obligó a esperar por ese momento —recordó causando la risa de todos los presentes—, me alegra saber que está en buenas manos y que es inmensamente feliz, ahora los invito a brindar una vez más por el matrimonio de mi hija y yerno, y porque este año nuevo sea el mejor para todos.

Todos los presentes levantaron sus copas con champaña, incluyendo los niños que tenían copas de plástico con agua burbujeante, para brindar de nuevo.

»Y si me hacen abuela por tercera vez, espero que al menos le pongan mi nombre.

Charlie se rio sin poder evitarlo cuando Edward y Bella se atragantaron con la champaña, causando que tosieran ruidosamente preocupando a Esme y a Sue.

—Espero que sea niño —murmuró Paulette junto a él.

Él también lo esperaba, aunque creía fielmente que Holly los obligaría a ponerle su nombre de igual manera.

Cristopher aplastó a Paulette con la almohada escuchando a Bella hablar a través de la mampara que evitaba que la vieran vestirse, Edward estaba en el baño cambiándose de su traje a un atuendo mucho más relajado para tomar el vuelo.

—Estaremos de regreso en unos días —habló Bella—, Carmen estará en casa cuando ustedes lleguen y me llamará apenas alguno se porte mal.

—Nosotros siempre nos portamos bien, mami —respondió Paulette quitándose a Cristopher de encima.

—Sí, Bella, prometo hacer que Paulette no se meta en problemas —prosiguió mientras se cubría la cara de los almohadazos que Paulette le daba.

—Realmente espero que cumplan lo que dicen.

—Ambos sabemos que estarán en problemas apenas salgamos de aquí —dijo Edward saliendo del baño justo en el momento en el que Paulette dejaba caer la almohada en la espalda de Cristopher—, no me sorprenden ni un poco.

Cristopher se rio mientras Paulette se recostaba junto a él, ambos con la respiración agitada.

—Y por último, tienen prohibido entrar a nuestra habitación mientras nosotros no estemos —declaró Bella saliendo de detrás de la mampara—, eso incluye entrar a mi armario para jugar con mi ropa.

—Pero es divertido, mami —protestó Paulette—, me gusta ponerme tu ropa, además juego a ser modelo, de grande seré una supermodelo.

Bella negó con la cabeza y fue al baño por su estuche de maquillaje, Paulette no perdió el tiempo y la siguió pidiéndole usar su brillo de labios.

—Yo quiero ser como tú, Edward —susurró Cristopher abrazándolo por la espalda—, o veterinario, me gustan los animales, en especial Bernie y Butterfly, aunque puedo tener a Bernie y seguir siendo como tú, creo que eso estaría mejor.

Cristopher soltó un gritito de susto cuando Edward lo atravesó por su hombro y lo sostuvo en su regazo abrazándolo, Cristopher respondió el abrazo sin problema alguno.

Había una enorme diferencia en saber que sus padres se irían de luna de miel, a ver con sus propios ojos cómo se preparaban para irse sin ellos.

Paulette estaba bastante molesta al saber que ella no iría y tendría que quedarse en casa, no importaba que Holly le prometiera que se divertirían viendo películas y comiendo golosinas, Paulette seguía moleta por no poder ir, y por ende a su berrinche se le había unido Cristopher, quien se aferraba a las piernas de Bella.

—Puedo ir en otra maleta —sugirió—, así no necesitan comprar otro boleto.

—Ya habíamos hablado de esto, nena —dijo Edward inclinándose hasta llegar a su altura—, ambos estuvieron de acuerdo en que la luna de miel sería solo para Bella y para mí.

—Pero estarán lejos toda una semana.

—Y tú te saltarás tu hora de dormir por una semana.

—No me convence, los voy a extrañar muchísimo, Cris también lo va a hacer.

Puso su cara de gatito triste para convencerlo, sabía que lo estaba logrando cuando suspiró y se giró para ver a Bella.

—Muy bien, ustedes dos me tienen que escuchar —declaró Bella llamando la atención de los dos niños—. Ustedes saben que la luna de miel es solo para mamá y papá.

—Pero…

—Sin pero, ya habían aceptado, papá lo ha dicho y deben aceptarlo, ustedes irán a casa y se portarán estupendamente bien con Holly y Carmen, obedecerán a Sue mientras sigan aquí y no quiero escuchar una queja más, ¿entendido?

—Entendido —murmuraron al mismo tiempo.

—Ahora denme un abrazo y beso y dejen su chantaje para después.

Paulette esperó a que Cris abrazara y besara a Bella para después ella hacer lo mismo.

—Estaba a punto de convencer a papi —susurró mientras la abrazaba—, solo necesitaba un minuto más.

—Lo sé, cielo —respondió besando su mejilla—, pórtate bien y por favor, por favor, si van al pantano, no tires a Cristopher.

—No prometo nada.

Abrazándola una vez más y después de hacerlo de nuevo con Edward, los dejó subir al taxi que los llevaría al aeropuerto.

Llegar a Isla Mujeres fue relativamente sencillo, su cabaña tenía la suficiente privacidad para poder disfrutar de su playa privada sin temor a que los vieran metiéndose mano a la luz de la luna. No tuvieron ningún inconveniente, más que una que otra llamada de parte de los niños preguntando si regresarían pronto o si estaban seguros de que no había monstruos debajo de la cama que los hicieran regresar a casa.

Los primeros días fueron realmente buenos, disfrutaron de la compañía del otro como en los viejos tiempos, claro que tenían tiempo a solas en casa, pero era diferente saber que ninguno de sus niños aparecería de repente demandando su atención.

Los extrañaban pero era lindo estar ambos solos sin preocuparse porque comenzaran a lanzarse arena o intentaran ahogar al otro.

Pasaban sus días en la playa, nadando, buceando, haciendo esnórquel, tomando sol, haciendo turismo por la ciudad, simplemente disfrutando de su tiempo como pareja.

Ahora ambos disfrutaban de estar tumbados en la silla de playa, besándose y toqueteándose tanto como podían con la toalla cubriendo sus travesuras.

—Iré por nuestras bebidas —habló Edward poniéndose de pie—, y de paso llamaré para ver cómo están los niños, no te quites esa toalla hasta que yo regrese.

Bella agitó la mano restándole importancia mientras buscaba el bronceador en el bolso, estaba segura de que lo había guardado antes de salir de la habitación, Edward incluso se había burlado diciendo que se arrepentiría cuando terminara con las marcas del bañador en su cuerpo.

Me lo quitaré para asegurarme que no quede ninguna marca.

Edward había dejado de reír en ese momento y gruñó diciendo que solo tenía permitido broncearse cuando él estuviera presente, pero ahora, no podía encontrar el bendito bronceador con olor a coco y banana.

—Hola, bella señorita, parece preocupada, ¿necesita que la ayude?

Bella levantó la vista dispuesta a mandar derechito a la mierda al tipo que se creía capaz de llamar su atención, había pasado las últimas tres horas en la playa en compañía de su esposo, era obvio que el idiota sabía que estaba acompañada, lo cual lo hacía incluso aún más ridículo.

Pero apenas vio esos ojos grises observándola y la descarada sonrisa, se congeló, de todo el mundo tuvo que encontrarse con el cucaracha rastrera de su ex novio.

—No, no necesito ayuda, así que muévete que me tapas el sol.

—La Bella que yo recuerdo detestaba que el sol quemara su blanca piel —aseguró sentándose en la silla junto a ella, la cual tenía extendida la toalla de Edward—, no salías de casa si no tenías bloqueador puesto.

—¿No crees que es patético recordar ciertas cosas de una ex?, aunque lo cierto es que siempre fuiste patético.

—Por lo visto sigues siendo la misma perra resentida —respondió burlándose—. No te preocupes, cariño, yo no guardo rencor, de hecho te recuerdo muy a menudo, en especial esa noche, ya sabes…

Bella sonrió tranquilamente, ¿en serio creía que podía ponerla incómoda? Ya aprendería.

—Una noche bastante insignificante a mi parecer.

—¿Perder tu virginidad fue insignificante?, debo estar de acuerdo, yo esperaba algo más.

—Yo también, ya sabes, el chico que presumía ser un experto y terminó corriéndose incluso antes de que pudiera quitarme las bragas —respondió tranquilamente, notando como su actitud relajada desaparecía—. El mismo que me tuvo esperando por más de cuarenta y cinco minutos a que se recuperara y tomara una siesta en la cual roncó peor que un oso, para que al final diera solo dos sacudidas y terminara… bastante insignificante a mi parecer.

—Era un adolescente, en cambio tú…

—En cambio yo, era una adolescente, que se masturbó justo después de que te quedaste dormido.

—Sigues siendo la misma zorra que recuerdo, realmente me alegra haberme acostado con Maggie, al menos ella sí sabía cómo moverse.

—Al menos ella aceptó quedarse con pequeñísimacosa que eras, una verdadera lástima porque me agradaba.

Edward llegó justo en ese momento, sin entender por qué estaba tan cerca de su esposa, ni por qué estaba tan molesto.

—¿Qué ocurre?

—Nada, mi amor —aseguró Bella sonriéndole—, cosillas insignificantes, sin ninguna importancia.

Erik se puso de pie alejándose con molestia.

—¿Quién era él?

—Una cucaracha que no merece que hablemos de él —respondió tomando la piña colada—. ¿Has hablado con los niños?

—Con Cristopher, cree que él y Paulette tienen amigdalitis, no se han levantado de la cama.

—¿En serio han inventado tener amigdalitis?

—Sí, Holly y Carmen los han dejado en cama, siguiéndoles el cuento, esperan que cuando vaya el médico a revisarlos y finja que necesitan vacunas, dejen de hacerse los enfermos.

—Tenemos que hablar con ellos.

—Sí, pero luego, ahora tenemos que aplicarte el bronceador, yo me ofrezco a colocarlo en tu parte trasera.

—¿En mi espalda?

—Espalda, piernas, culo, como quieras llamarlo, solo voltéate.

Bella se rio pero obedeció deshaciendo el nudo de la parte de arriba de su bikini y disfrutando de sentir las manos de Edward.

Estuvieron por otras dos horas en la playa, en donde Erik aprovechó para lanzar la pelota cerca de su silla, pasaba con sus amigos repetidas veces, iba al bar justamente cuando Edward lo hacía, realmente era una molestia y ridiculez lo que estaba haciendo.

Bella había terminado fastidiada, y empacó sus cosas con la excusa de que había tenido suficiente de la arena y la brisa salada del mar, quería regresar a la habitación, y pasar tiempo de marido y mujer para después cenar y hablar con sus dos niños con amigdalitis.

Entraron a la cabaña, Edward estaba dispuesto a llevarlos al baño pero Bella lo detuvo al notar que su teléfono indicaba que tenía mensajes, posiblemente eran de parte de los niños o de Marcus, necesitaba revisarlos antes.

—Te espero en la ducha, no tardes.

—No lo haré.

Bella tomó el teléfono, ni siquiera tuvo tiempo de abrir la notificación de mensajes, cuando la llamada entrante la hizo suspirar, estuvo tentada a colgar, ni siquiera le sorprendía que estuviera llamando, lo más seguro era que Esme le hubiera mostrado las fotografías de la boda y contado que esa fue la razón por la que los invitaron a Luisiana.

Podía escuchar el agua de la ducha golpeando contra los azulejos, lo cual indicaba que Edward estaba tomando su baño, su propósito era unirse a él y convencerlo de quedarse en la habitación y pedir el servicio en lugar de bajar al restaurante y ver personas indeseables, pero sabía que si no contestaba en ese momento, Rosalie seguiría molestando, y no estaba dispuesta a permitirle que le arruinara su luna de miel.

Ni Rosalie, ni el bicho inmundo de su ex.

—¿Hola?

—Al fin contestas, Isabella.

—También es bueno escuchar de ti, Rosalie, ¿cómo estás?

—Bien, he ido a visitar a Paulette y me la encontré en cama.

—¿En serio?

—Sí, ha dicho que te fuiste de luna de miel, sin importar que ella y Cris se sintieran mal.

—Qué desconsiderada soy, ponerme a mí antes que a mis hijos.

—No te burles de mí, Isabella.

—No lo hago, solo pensaba que tú, siendo una espectacular madre de tres, sabrías identificar chantajes.

—Claro que supe que estaba fingiendo, no soy ninguna estúpida.

—¿De verdad? ¿Entonces por qué has llamado?

—Solo quería asegurarme que supieras lo que pasaba con Paulette y Cris.

—Sé lo que pasa, Carmen nos llamaría si creyera que fuera necesario.

—Claro, confías en una extraña en lugar de la familia.

—Carmen no es ninguna extraña y confío en ella porque se lo ha ganado, sé que Paulette y Cris están en buenas manos con ella, además, no sé por qué te tengo que explicar mis razones, son mis hijos, sé lo que hago con ellos.

—Por supuesto que sí —se burló—, es mi sobrina, hija de mi hermana, tengo el derecho de saber lo que haces con ella.

—¿Y crees que solo por eso tomaré en cuenta tu opinión? Es mi hija.

—No lo es.

—Sí lo es, y estoy harta de que lo sigas negando.

—Y yo estoy cansada de ti, estoy cansada de discutir sin llegar a ningún lado.

—¿Al fin lo entiendes? —preguntó Bella cansada de la discusión.

—Tú eres la que no entiende, y realmente estoy harta, todo este tiempo he sido paciente, Isabella, no soy perfecta pero me esfuerzo porque mis hijos sean niños de bien, niños que se diviertan, que jueguen, que tengan responsabilidades, niños que disfruten la vida, hice lo mismo con Paulette.

—No te atrevas a...

—Ahora no, Isabella, te callas y me escuchas, es mi turno de hablar. ¿Quieres que acepte que mi hermana fue una irresponsable? Sí, lo fue, estaba consciente de lo que hacía en su juventud, pero realmente creí que lo había dejado cuando se embarazó.

—Era una adicta.

—¡Era mi hermana! —exclamó silenciándola—. Llámala como quieras, síguela juzgando, pero era mi hermana, creía en ella, que tú no puedas hacerlo con tu familia no es asunto mío, pero Alice era mi hermana y creía y confiaba en ella, por eso cuidaba a Paulette, por eso dejaba que pasara las noches conmigo, yo fui quien le enseñó a ir al baño, a comer con la cuchara, yo lo hice no tú.

—¿Y quieres que te aplauda?

—No, no necesito que me agradezcan por hacer lo que cualquier tía haría por su sobrina, tú en cambio, te pavoneas diciendo que cuidaste a Paulette cuando estaba en la incubadora, cualquier miembro de la familia lo hubiera hecho, Isabella, tal vez no podríamos pagarlo tan fácil como tú, pero lo hubiéramos hecho, cuidar de ella no te hace menos o más santa. Nos tachas de estar ciegos pero tú también lo estuviste, te negaste a hacer algo por Paulette, facilitarles el dinero no era la solución.

—¿Y qué se supone que tenía que hacer?

—No lo sé, no tengo todas las respuestas, pero al menos yo no culpo de todo a Alice y Jasper, tú sí que lo has hecho.

—¿Fue mi culpa que fueran unos adictos?, yo solo quería…

—¿Ayudar? Eso mismo intenté hacer yo, ayudaba a mi hermana cuidando de Paulette, aceptándola en casa, pensando que estaría a salvo conmigo, lo mismo querías tú, querías ayudarlos para que ambos cuidaran lo mejor posible a Paulette, les diste el dinero sin preguntar si realmente lo usaban para lo que decían, ambas pecamos de ingenuas, en negarnos a ver que ninguna hacía realmente algo por Paulette, la única que realmente nos necesitaba.

Ambas se quedaron en silencio sin saber cómo continuar, la verdad estaba dicha, ambas querían lo mejor para Paulette, que ella estuviera bien, que fuera una niña feliz, protegiéndola tanto como podían, pero ninguna de las dos se atrevió a alejarla de Alice y Jasper, ambas dejaron que una niña de cuatro estuviera en una casa de adictos corriendo mil y un peligros.

Ambas eran culpables a su manera y a ambas les costaba admitirlo en voz alta.

Bella pudo negarse a entregársela a Jasper y denunciarlos por abandono, pudo llamar a la familia y desenmascararlos, pero no lo hizo.

Rosalie pudo quedarse con Paulette, abriéndoles los ojos a sus padres de que Alice necesitaba ayuda, ella podía hacerles ver a todos que ambos necesitaban ayuda con su adicción, pero no lo hizo.

—Solo quería saber si permitirás que Paulette y Cristopher estén presentes en mi renovación de votos —habló Rosalie rompiendo el tenso silencio.

—Solo si Carmen los acompaña y…

—Lo sé, mis padres no sugerirán llevarse a Paulette con ellos.

—Está bien, entonces… Que tengas una bonita ceremonia.

—Gracias, disfruta de tu luna de miel.

Bella suspiró terminando la llamada y aventando el teléfono a la cama, se quitó el bikini y fue a encontrarse con Edward al baño, lo necesitaba más que nunca en ese momento.


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Yanina, gracias por la ayuda con la revisión del capítulo, eres la mejor