Capítulo 9

LOS TRES días siguientes, Serena los pasó como en una nube de confusión, tratando de recordar lo que había pasado en la famosa fiesta de Fin de Año. Por otra parte, esperaba que Darien la llamara para anular su cita.

La parte más sana de su ser esperaba poder convencerlo de que aquello había sido una tontería por parte de ambos. Se disculparían y se olvidarían de todo ese asunto.

La parte mala le decía que lo que tenía que hacer era colgarle el teléfono y al infierno con las con secuencias.

A las ocho en punto del domingo y sin saber nada de él, Serena se dirigió a su apartamento en un estado como febril. Iba vestida de una forma ambigua, con una blusa de seda color crema y minifalda negra de terciopelo.

Toda la excitación que sentía desapareció en cuanto le vio la expresión, seca y sin ninguna clase de sonrisa.

No era un rostro de conciliación. Seguía dispuesto a darle una lección sobre los peligros del sexo promiscuo.

Pero a Serena no le importaba. Quería esa noche con él más que cualquier otra cosa en la vida. Porque una noche era todo lo que tenía. No había futuro, sólo presente.

—Puedes dejar la ropa en la silla.

Darien cerró la puerta decididamente y luego le indicó la silla en cuestión.

Serena se rió nerviosamente y se secó las manos en los costados de la falda mientras lo seguía. Él llevaba la misma bata azul de la otra noche. Ella se había vestido con cuidado para la ocasión, pero él no. De repente, se dio cuenta de que lo estaba haciendo como un insulto.

—¿Es qué ni me vas a ofrecer nada de beber antes?

—¿Por qué? Esto no es una seducción. Estás aquí por sexo, Serena, no para tener un romance. Bueno, ¿te vas a quitar la ropa o no? ¿Quieres que me desnude yo antes?

Entonces él fue a soltarse el cinturón del batín y a Serena se le escapó un gemido. Entonces él se detuvo.

—¿Qué has dicho?

—Nada. Yo... tú. ¿Por qué no hablamos un poco antes?

Él se cruzó de brazos.

—¿De qué?

Serena levantó la barbilla y se llevó las manos a los botones de la blusa.

—Vaya, de tus preferencias, por supuesto. Dado que yo no recuerdo la última vez, vas a tener que decirme lo que te gusta y lo que no.

Mientras se desabrochaba los botones sus miradas se cruzaron. Así que él le iba a dar una lección, ¿no? ¡Tal vez fuera ella la maestra!

La blusa cayó al suelo, dejándole el torso des nudo a excepción del sujetador color bronce. Él no le apartó la mirada de la cara.

—Te prefiero desnuda —dijo él como si aquello le aburriera.

Serena se bajó la cremallera de la falda con dedos temblorosos y la dejó caer también al suelo.

Se quedó vestida sólo con las bragas, el sujetador y liguero a juego. Podría ser que su ropa exterior fuera equívoca, pero la interior no.

Darien bajó los brazos y la recorrió con la mira da. Ella no se pudo creer que él no compartiera la excitación que ella estaba sintiendo.

Pero se lo tuvo que creer cuando él se acercó al sofá y se dejó caer en él levantando una pierna. La gruesa tela del batín escondía lo que había debajo.

—Muy emocionante, querida, pero no es eso lo que he pedido. Sé una buena chica y quítatelo todo para que podamos ir al grano —dijo seca mente.

Serena se mordió el labio, se desabrochó el suje tador y se lo quitó lentamente. A continuación se inclinó para quitarse las bragas, consciente de que los senos se bamboleaban a cada movimiento.

Cuando se incorporó de nuevo, vio un destello de salvajismo en su expresión, pero cuando se fue a quitar el liguero, él la detuvo.

—¡No! Déjatelo. Ven aquí —dijo él brutalmente mientras se sentaba bien en el sofá, mirándola tan secamente como si fuera un juez.

Serena casi se cayó al suelo por los tacones, toda gracia natural la había abandonado.

Se quedó de pie delante de él en el sitio que él le había indicado, pretendiendo soportar aquello con toda la dignidad que pudiera reunir.

Reunió toda su reserva de valor y lo miró. Lo que vio la dejó sin respiración. Darien estaba observando su vientre con una expresión curiosamente cariñosa. Inconscientemente, juntó los muslos cuando él acercó la nariz al centro de su excitación y aspiró su aroma.

Levantó una mano y acarició la fina tela del liguero. Luego la metió entre sus muslos y le acarició los oscuros rizos.

—Ah, rubita. Eres completamente natural don de importa, ¿no? —dijo él haciendo que el contacto de esos dedos fuera todavía más íntimo, tocándola de una manera que la hizo agarrarle la muñeca.

Él se soltó y le puso las dos manos en las caderas, sujetándola firmemente.

—¿No quieres que te acaricie ahí, Serena? —le dijo abarcándole los glúteos—. Pero, ¿cómo esperas que te dé placer entonces? ¿Así, tal vez?

Ella gimió suavemente y, cuando cayó hacia adelante, él le puso la boca donde habían estado sus dedos. Serena sintió un increíble estallido de placer cuando su lengua se abrió paso en ella.

Le puso las manos en el negro cabello, acariciándoselo y apretándose más contra la boca de él. Luego abrió los muslos ante la insistente presión de las rodillas de Darien. Su lengua siguió acariciándola hasta que ella pensó que iba a explotar.

—Darien, no, por favor... ¡Así no!

Él le apoyó la mejilla contra el vientre.

—Tranquila, querida. Deja que suceda. Sé que te puedo dar placer de esta manera. Ya lo he hecho antes.

—No quiero que me lo des a mí. Quiero que lo compartamos.

Darien la miró intensamente. Siguió a horcajadas sobre ella.

—Que magnánimo por tu parte, querida —mur muró él mientras se soltaba el nudo del cinturón del batín y quedaba expuesto en toda su desnudez. El corazón se le subió a la garganta a Serena. ¡Era lo más hermoso que había visto en toda su vida! Si alguna vez antes había dudado de su deseo por ella, ahora no podía hacerlo. La evidencia que tenía ante los ojos era concluyente.

Mientras ella lo miraba, Darien extendió una mano y tomó una caja de preservativos.

—¡Una caja entera? —dijo ella inadvertidamente.

—Ya sé la amante insaciable que eres —dijo él riéndose cuando ella se ruborizó.

Él se puso la protección sin ninguna clase de modestia o vergüenza y Serena lo comparó mentalmente con Zafiro, que solía hacerlo todo en la oscuridad. Sospechó que Darien lo estaba haciendo así a propósito.

—La próxima vez me lo puedes poner tú —le dijo él haciéndola sentarse encima.

Luego se deslizó suavemente en su interior.

—Oh —exclamó ella mientras él empujaba cada vez más adentro. La desagradable sensación de estar como incompleta que llevaba dentro desde hacía tanto tiempo desapareció por completo, sien do sustituida por una vibrante alegría.

Darien gimió y apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá mientras su rostro adquiría una expresión de placer.

—No te muevas.

Esta vez ella supo que la sequedad de su voz no era por el enfado, sino autocontrol, así que le obedeció. Después de unos momentos de absoluta inamovilidad, Darien levantó la cabeza y sonrió de una forma que la hizo estremecerse.

—¿Qué pasa ahora, señor Chiba?

—¿Ahora? Ahora, señorita Tsukino, vamos a seguir así durante las próximas diez horas.

Ella se rió entonces.

—Pero, ¿y si me quiero mover?

—Vaya, entonces me imagino que tendré que hacer esto...

Entonces le agarró el liguero como si fueran unas riendas, controlando sus movimientos mientras empezaba a lamerle de nuevo los senos. Inmediatamente después, sus caderas empezaron a moverse lenta y rítmicamente de una forma que, poco más tarde, hizo que Serena se sintiera volar.

Cuando Serena trató de contar cuántas veces habían hecho el amor, se perdió en el período de tiempo que iba desde el sofá hasta el dormitorio. Fue suficiente decir que, cuando se despertó a la mañana siguiente cerca de Darien, estaba deliciosamente agotada y contenta.

Todavía semidespierta, se estiró sensualmente en la cama y sus manos dieron con una dura cadera. Luego sus dedos encontraron algo igual de duro y se pusieron a explorarlo.

—Uh, huh —dijo Darien agarrándole la mano—. Se le ha terminado el tiempo, señorita Tsukino. Ahora la etiqueta requiere que le haga un elogio a su última conquista y desaparezca de su vida discretamente.

Serena abrió los ojos de golpe y se encontró mirando directamente el rostro de Darien. Él estaba tumbado de lado y parecía muy despierto para haber pasado la noche anterior como la había pasa do. Lo que se decía de su energía no eran exageraciones. Serena se sentía pesada y como letárgica.

Él la miró fijamente mientras ella absorbía el significado de sus palabras. Le entró el pánico. Se tapó los senos con la sábana y él le puso una mano sobre el hombro, haciendo que se volviera a tumbar.

—¿Es eso lo que quieres, Serena?

Ella abrió la boca, pero él le puso una mano encima y continuó.

—Porque creo que ahora ya debes saber que eso no es lo que quiero yo. Una noche no es bastante, ¿no es así?

No, pensó ella, desesperada, no lo era.

—¿Cuánto es suficiente?

—¿Tú que dices? Yo creo que lo que dure. ¿Nos tomamos cada día como venga?

—¿Te refieres a tener una aventura?

—Si es así como lo quieres llamar.

—¿Sin ataduras?

—No, a no ser que tú las quieras.

Estaba segura de que no las quería. No más que él.

—Y seguiría siendo rubia.

—Por supuesto. Yo ya tengo tu versión castaña para mi disfrute privado.

Ella se quitó la almohada de debajo de la cabeza y le dio con ella en la cara. Darien se rió y se levantó. Apartó la ropa de la cama y la sacó a ella de allí con bastante poca ceremonia.

—Vamos, vas a llegar tarde al trabajo si sigues tonteando con tu amante. Puede que tu jefe se enfade. ¿Unos cereales, tostadas y zumo te vale para desayunar? ¿Prefieres que te haga unos hue vos revueltos?

Serena pensó que se podía acostumbrar perfectamente a esos mimos. Momentos más tarde, mientras estaban desayunando, Darien le dijo:

—Creo que deberías ir a ver al médico hoy. Bue no, eso es si no lo has hecho ya.

Ella frunció el ceño y dejó su tostada.

—Es una doctora. Y, ¿por qué iba a tener que hacerlo?

Entonces se dio cuenta de lo que él debía estar tratando de decirle.

—No soy tan irresponsable como parece que te crees. Tengo preservativos en mi bolso y, dado que pienso practicar el sexo seguro, he decidido que no necesito ningún otro método anticonceptivo.

Él entornó los párpados cuando la oyó hablar de esa manera.

—Cualquier mujer que piense ser sexualmente activa debería hacerse análisis periódicos para asegurarse de que no se presentan problemas. Sobre todo si hace el amor frecuentemente, de una forma prolongada y vigorosa.

Darien sonrió entonces.

—Sí, bueno. Llamaré para pedir hora en algún momento de esta semana.

—Si quieres que haga el amor contigo esta noche, vas a tener que ir a verla hoy mismo.

—Esta noche tengo clase de francés.

—¿A qué hora empieza?

—A las ocho.

—Y, ¿cuándo termina?

—No hasta pasadas las diez.

—Mmm... eso nos deja sólo siete horas y media en la cama. Apenas tiempo para calentarnos.

Serena ya estaba completamente caliente.

—Iré a verla a la hora del almuerzo —dijo fervientemente y él se rió al ver su expresión.

—Y yo cenaré con Hotaru y me aseguraré que se haya acostado antes de volver aquí.

—Bueno... ¿le vas a decir a dónde vas?

—Sí. ¿Te importa?

Lo cierto era que le importaba un poco, pero no lo suficiente como para evitar darse el placer egoísta de tener a Darien totalmente para ella sola.

—No, sólo espero que no se lo vaya a contar a su abuela. Me dijo que ya había llamado tres veces desde que se marchó de vacaciones y, bue no...

—La ha interrogado, esa es la frase que creo que estás buscando. Creo que Luna debe haberse dado cuenta ya de que te he visto mucho más a ti que a Beryl desde que se ha marchado. Hotaru tiene la tendencia a hablar de ti casi todo el tiempo.

—Oh, vaya...

—La verdad es que yo ya he hablado con Luna ayer y le he asegurado que no eres una rubia tórrida y fatal —dijo él secamente—. Vuelve hoy mismo, pero no te preocupes, te protegeré.

Varias horas más tarde, Serena no estaba nada impresionada por la protección de Darien cuando salió del consultorio.

¡Estaba embarazada!

¡De tres meses! ¡Desde la fatídica fiesta de Nochevieja.

Mientras se instalaba detrás del volante de su coche pensó que no se le podía culpar a Darien, ninguno de los dos había estado en condiciones de pensar en cosas así esa noche. Por mucho que le costara creérselo, lo cierto era que estaba embarazada. No se había dado cuenta y eso la avergonzaba, pero la doctora le explicó que era bastante habitual que algunas mujeres siguieran teniendo algo parecido a la menstruación durante los primeros meses del embarazo.

Lo cierto era que estaba creando una nueva vida, con todas sus consecuencias. Una parte de sí misma y de la familia que había perdido, Al cabo de seis meses, sería de nuevo parte de una familia, pensó.

—Bueno, ¿está segura de la fecha? —le había dicho la doctora.

—Definitivamente, fue en Nochevieja.

La doctora sonrió.

—Ah. Un niño de celebración. Un niño de celebración.

Ciertamente lo era, pero no de la forma en que la doctora se pensaba. Mientras conducía se dijo a sí misma que tenía suerte por no haberse gastado todavía todo el dinero de la herencia.

Hasta que no llegó al archivo y se encontró con Hotaru no se dio cuenta que había alguien más a quien tenía que comunicar la noticia.

¡Darien! ¡Cielo Santo! ¿Qué iba a decir él? ¡Acababan de estar de acuerdo en empezar una relación sin ataduras y ahora ella le iba a obsequiar con un hijo!

Serena se apoyó en su mesa y puso la cabeza entre las manos. Se sentía mal. Si le decía que estaba embarazada, seguramente él se sentiría obliga do a aceptar la responsabilidad de ella y el niño. Se pondría a ordenarle la vida, a coartarle su libertad, incluso podría... ¡querer casarse con ella! ¡Dios no lo quisiera! Bueno, querer no querría, simplemente, pensaría que no le quedaba otra posibilidad a un hombre honorable como era él.

Pero ahora tampoco ella tenía otras opciones, con un hijo de camino. No podía huir de un niño indefenso por temor a amarlo demasiado. Por ese hijo, iba a tener que hacer una inversión emocional en el futuro.

Pero no con Darien. Él le había dejado muy claro que disfrutaba de su cuerpo y su compañía, pero ni una sola vez le había dicho que sintiera algo por ella. Si ahora ella iba a entrar de nuevo en el mundo real de relaciones reales, con todas sus alegrías potenciales y tragedias, entonces iba a tener que encontrar a un hombre que la amara.

—¿Serena? ¿Estás bien? Pareces preocupada. ¿Te ha pasado algo en la consulta del médico?

Entonces se dio cuenta de la presencia de Hotaru. La miraba con cara de preocupación.

Serena recompuso su expresión.

—No, no. Estoy bien —dijo sonriendo a la chica abiertamente.

Hotaru le devolvió la sonrisa.

—Muy bien, porque papá quiere verte. Ha llamado hace unos minutos y ha preguntado si podrías ir a su despacho nada más volver.

¡Cielos! Sólo le faltaba aquello.

Cuando salió de allí, le pareció como si todo el mundo la mirara sabiendo su secreto y, cuando llegó al despacho de Darien tenía ya los nervios de punta. Cuando entró, él estaba de pie detrás de su mesa, con las manos en los bolsillos y con el ceño fruncido. Nada más verla, se sacó las manos.

—¡Serena! ¿Cómo ha ido la visita al médico?

—Bien — dijo ella todo lo alegremente que pudo.

—Mmm, acabo de hablar con Hotaru. Me estaba preguntando dónde estabas. Dice que viniste un poco tarde y muy pálida.

—¿Oh, sí? Me ha pillado un atasco de tráfico.

—Tú me lo dirías si pasara algo malo ¿verdad?

—Claro que sí.

—Bien, bien. Porque esto es importante. El que confiemos lo suficiente el uno en el otro como para ser sinceros acerca de nosotros mismos. Que no nos guardemos cosas por miedo a resultar heridos o vergüenza.

El sentimiento de culpa de Serena iba adquiriendo proporciones monumentales. Darien, ¿resultaría herido o avergonzado por su paternidad?

Decidió no decírselo en ese momento.

—¿Por qué me has llamado? —le preguntó entonces con una brillante sonrisa, cuando pareció que él no iba a decir nada más.

—Tal vez sólo quisiera verte.

—¿Por qué?

—¿Tengo que tener una razón? —le preguntó él mientras le acariciaba la palma de la mano.

—Normalmente, tienes una razón para todo lo que haces.

—Qué aburrido por mi parte. Tengo que intentar ser menos lógico a veces.

Entonces le desabrochó un botón de la blusa.

—Darien, ¿qué te crees que estás haciendo?

—Nada, querida. ¿Quieres que hagamos el amor?

—¿Aquí? —le preguntó ella, extrañada por la sugerencia—. ¿En tu despacho?

—Nos sirvió una vez,

¡Y cómo les sirvió! Ella miró involuntariamente al sofá donde había sido concebido su hijo.

—Darien, por Dios, no seas tonto. Es de día —dijo ella mientras Darien le metía la mano por dentro de la blusa para seguir acariciándole los senos.

—Será una nueva experiencia para ti. A ti te gustan las nuevas experiencias —dijo evitando que protestara dándole un beso.

—Darien..

Serena le rodeó la cintura. Si seguía pareciéndole tan irresistible, ¿cómo se iba a persuadir a sí misma de dejarlo marchar?

Él se quitó la chaqueta, dejando que cayera al suelo.

—¿Sí, Serena?

Él metió la mano por dentro de su sujetador y acarició un endurecido pezón.

—No podemos hacer esto.

—¿Por que no?

Entonces se la llevó al sofá y ambos se sentaron.

—¿Es que no te gusta?

—Sí, pero...

—¿No me deseas?

Darien le besó entonces la garganta y los lóbulos de las orejas.

—Sí, pero...

—¿Es qué la doctora te lo ha prohibido?

—No, pero...

—Pero, ¿qué? ¿De qué estás huyendo esta vez, Serena? Me lo puedes contar. Puedes confiarme todos los pequeños secretos, cariño. Yo soy la persona más discreta del mundo.

—¡Pero yo no! —explotó ella—. Yo soy de lo más indiscreta. No puedo ser la amante que tú quieres. No estoy hecha para relaciones discretas. No puedo esconder mis sentimientos como tú. Puede que una vez fuera así, pero no puedo volver a una vida como esa. No quiero tener que disimular. No quiero tener que ser apasionada en privado y discreta en público. No podrías llevarme a cualquier parte. Sería un desastre como relaciones públicas, siempre molestándote con escenas emocionales. Y... y...

—¿Y qué, Serena? ¿Qué más?

—Y estoy enamorada de ti...

—Bueno, ya te ha costado descubrirlo, querida.

—¿Qué?

Darien juntó el rostro al de ella de forma que quedaron separados por sólo unos centímetros y le dijo:

—¿Qué te crees que he estado haciendo contigo todo el tiempo, sino esperando a que vinieras a mí por tu libre voluntad? ¡Te quejas de que no tienes libertad! —dijo él riéndose—. ¡Por Dios! Hace meses que me muero por verte todos los días, hablar contigo, tocarte, pero sentía que no tenía derecho a hacerlo después de lo que había hecho... Era un círculo vicioso. Me sentía culpable por desearte, así que te deseaba más, con lo que me sentía más culpable. Y luego, cuando por fin te tenía donde quería, ¡me sales con que lo que quieres conmigo es una aventura de una noche!

Entonces llamaron a la puerta y él se volvió y gritó:

—¡Quienquiera que sea, abra la puerta y está despedido!

La puerta se abrió inmediatamente y Luna Moon entró decididamente, dejando la puerta bambolearse detrás de ella. En el despacho exterior, un grupo de ejecutivos asustados fueron testigos de la imagen de su jefe, desarreglado y tirado en el sofá de su despacho junto a una rubia en el mismo estado.

—¡Darien! ¡No me digas que sigues sin poder evitar ponerle las manos encima a esa chica? —ex clamó su suegra—. ¿Es que por lo menos no puedes ejercitar tu autocontención? Si esta es la forma en que os comportáis cuando estáis solos, ¡me sor prende que podáis trabajar algo!

Esta vez estaba bastante claro lo que había interrumpido.

Darien se sentó bien en el sofá y Serena se apresuró a abotonarse la blusa mientras trataba de encontrar los zapatos, que se le habían desaparecido de los pies.

Los ejecutivos se volvieron a sus distintos departamentos para empezar con los cotilleos.

—Señora Moon... uh. Ya sé que querrá ser la primera en darnos la enhorabuena —dijo ella en voz alta—. Darien y yo acabamos de comprometernos.

En ese momento, la señorita Meio apareció en la puerta y la cerró para que la gente no oyera el resto.

—Me temo que nos hemos dejado llevar por el calor del momento —continuó Serena—. Estoy segura de que, dadas las circunstancias especiales, podrá comprender...

—Claro que puede, querida —le dijo Darien pasándole un brazo por los hombros—. Ella recuerda lo que es estar enamorado, ¿verdad?

La respuesta fue una especie de gruñido.

—Gracias por tratar de protegerme, querida —le dijo él al oído—. De paso, acepto tu propuesta encantado. Para expresar mi agradecimiento, espero que aceptes esta muestra de mi respeto.

Serena le miró las manos y vio que él estaba abriendo una cajita de terciopelo. Tragó saliva cuando vio el brillo de unos diamantes dentro. Él la tomó de la mano y le puso entonces el anillo.

Serena miró nerviosamente a Luna Moon pero, para su sorpresa, la mujer estaba sonriendo.

—¡Darien! Ya sabes que sólo te he dicho esto porque era la primera explicación respetable que se me ha ocurrido —le dijo Serena en voz baja.

—Una coincidencia de ideas, querida. Sólo te me has adelantado por unos minutos. Te amo, Serena y, si te crees que voy a dejar que te escapes esta vez, estás muy equivocada. Luna nos podrá ayudar con los preparativos de la boda, ¿no?

—Ya te dije que sí por teléfono. Y tiene que ser en una iglesia. No me gustan nada las que se hacen en juzgados.

—Ah, bueno, entonces puede que tengamos un poco deprisa, ¿sabes, Luna? Creo que mi prometida puede tener otro anuncio que hacer...

Serena, que ya se había quedado sorprendida de que hubiera hablado de la boda con su suegra, lo miró con cara de felicidad.

—¿Sabías lo del niño?

—No lo sabía... lo esperaba. Eso es lo que tú eres para mí, Serena, todas mis esperanzas y sueños para el futuro.

—¿La pobre niña está embarazada? —dijo Luna mientras ellos dos se besaban—. Darien, ¿cómo has podido? ¡Bueno, entonces arreglado, os casaréis en la oficina del registro a primera hora de la mañana.