Aclaración antes de comenzar: Los personajes que aparecerán de aquí son tomados casi estrictamente de la mitología nórdica, no tiene nada que ver con Tolkien, por si acaso aparecen semejanzas y diferencias entre ellos.
Capítulo X. Preludio. Alfheim.
Había salido el sol en Jötunheim finalmente, aplacando un poco el frío despiadado que caía sobre ellos; pero para Sigyn, aquella situación involucraba el tener que dejar aquél lugar en el que se sentía tan protegida, entre los brazos de su querido esposo. Él aun se encontraba profundamente dormido, o al menos eso parecía, sentado en el suelo y recargado en la pared del edificio donde se habían resguardado; la fogata aun estaba encendida, dejando en ella un calor suave y sutil que le había quitado un poco la humedad que estaba por matarla el día anterior.
-Pobre de tí. -Susurró ella, sintiendo cariño por él, estando aun sujeta entre sus brazos y sentada sobre su regazo. -Has de estar dolorido, todo por culpa mía.
Levantó la mano diestra con lentitud, sintiéndose acalambrada por el frío pero abrigada por el cuerpo de Loki (¿o era una ilusión?), acariciando su mejilla de forma delicada con la yema de los dedos. Los párpados de su esposo se abrieron de inmediato, dejando ver sus ojos intensamente verdes, como si lo hubiese despertado de forma abrupta.
-Perdóname. -Susurró ella, apenada. -No quería despertarte aun.
Hizo algo extraño: había tomado su mano, con la que le había acariciando, y se la había llevado a los labios, sobre el rostro, y frunció el ceño. La princesa de fuego no comprendió del todo lo que estaba sucediendo.
-¿Qué pasa? -Se atrevió a preguntar.
-Estás fría. -Contestó finalmente, sin dejar de mirarla con el ceño fruncido. -Tenemos que irnos, ahora.
-Está bien. -Intentó incorporarse, sintiéndose tensa por el frío mismo. -Duele el cuerpo.
-No te esfuerces, te harás daño.
Se sorprendió gratamente. Estaba preocupándose por ella.
-.-.-.-.-.-
El camino hacia la puerta que los sacaría de ese terribe y frío lugar fue largo y dificil, sobre todo para ella, ya que el frío le calaba las piernas y la arrojaba al suelo cubierto de nieve como si de un niño pequeño se tratara, algo que la frustraba. Sin embargo, a pesar del atraso que estaba causando a su esposo, él se limitaba a tomarla del brazo con toda paciencia e incorporarla con cuidado, ayudándola a caminar nuevamente.
-No importa. -Contestó Loki a sus disculpas improvisadas que le ofrecía con la mirada, pues el frío le cortaba incluso la voz. -No estamos lejos.
Finalmente llegaron a unas enormes cavernas de piedra negra y lisa, profundas y oscuras, cuyos techos estaban plagados de estalagmitas transparentes y filosas, las cuales tenían un tamaño considerable como para amenazarles con caerles encima y cortarlos de paso, además del suelo cubierto de hielo que les dificultaba aun más el paso.
-Loki. -Alcanzó a susurrar muy suavemente al ver aquellos objetos cortantes sobre ellos, queriendo apegarse a él pero sin hacerlo. No quería incordiarlo, mucho menos en una situación como esa.
-No hables. -Le ordenó. -Es aquí. No sé exactamente a dónde lleva ese paso, pero debe ser mucho más cálido que este lugar.
Sonrió con levedad, era lo menos que podía hacer para mostrar el gusto y felicidad que le ocasionaba el ver que Loki se estuviera preocupando por ella de esa manera (por su cabeza pasó que tal vez solo era Laevateinn, pero la emoción era tan hermosa que decidió ignorar la idea); caminó junto a él dentro de aquella cueva, notando que se dirigían hacia un agujero negro que se encontraba justo al final de ésta, bastante decidido.
-¿Estás...? -Soltó, y ya no pudo hablar más.
-No sigas hablando, el aire frío entrará más rápidamente en tu cuerpo y terminarás congelándote. -Le reprendió nuevamente. -Y si, es aquí, estoy más que seguro. ¿No confías en mi?
Sigyn asintió con la cabeza, pero internamente sentía un poco de temor.
-Entonces solo acepta lo que te digo como un hecho. Si mi vida corriera riesgo no lo haría y punto.
Volvió a asentir con la cabeza, esta vez aceptando genuinamente lo que le estaba diciendo, sabiendo que su ambición no iba a dejarlos morir esa tarde; se acercó al agujero negro frente a ellos para quedar al lado de él, dispuesta a lanzarse al vacío sin más... pero él la tenía firmemente sujeta del brazo, por lo que no pudo avanzar un paso más.
-Sigyn, espera. -Su voz había temblado de repente, y ella se sintió contrariada con aquello. -Hay algo que debes saber antes.
Se giró un poco para verle de frente, topándose con sus intensos ojos verdes. Estaba preocupado, sin duda.
-Verás... nunca he pasado por esta rama. -Comenzó, intentando aparentar su usual serenidad y tratando de parecer sensato. -No sé qué tan gruesa sea. Las puertas a otros mundos son portales de energía potente nacidad del mismo Yggdrasill, si... si el perímetro de la puerta llega a tocarte, te cercenará como una guillotina, ¿lo entiendes? Por eso tenemos que hacerlo con precisión.
"Yo iré primero"; no habló, movió solamente los labios pero estaba segura de que él había comprendido. Se dio media vuelta, y antes de que Loki pudiese detenerla, dio un paso al vacío. Así él podría ver exactamente dónde estaba la puerta, aunque el ondular de ésta era un tanto claro entre la oscuridad que se deformaba; podría vivir sin algun miembro, aunque la cabeza...
-¡Sigyn, espera...!
-.-.-.-.-.-
Sentía todas las miradas en él. Había soñado con ese momento toda su vida, el estar de pie en su traje de guerrero, portando con orgullo a Mjörnir, sobre el estrado frente al trono del rey, con sus amigos y aliados orgullosos mirándole fijamente, al nuevo rey de Asgard.
Pero no de esa manera.
Su hermano estaba perdido en Jötunheim junto con Sigyn, la princesa de fuego; su padre había caído en un sueño del que no sabían cuándo iría a despertar, al igual que Heimdall y su madre. Podía ver en Lady Syf la preocupación que le abordaba a pesar de su semblante de fiero guerrero.
Thor no se sentía listo aun para ser rey. Irónico.
-Tengo que encontrar a mi hermano. -Se repetía. Pero ahora que debía cuidar de Asgard no podía abandonar su trono. -Loki, por favor... vuelve a casa.
-.-.-.-.-.-
-¡Maldición! -Escuchó. Era su voz reclamando con dureza.
Ya no hacía tato frío como antes, pero aun así el ambiente estaba cargado de la humedad suficiente como para sofocar su aliento; quiso incorporarse en ese momento, pero un intenso dolor le cortó el ánimo de golpe, un misterioso dolor que corría desde su cuello por su hombro y su brazo izquierdo. Dolor característico de algo atravesado en su piel, de lado a lado.
-Duele un poco. -Susurró ella, notando su visión borrosa.
-Sigyn, espera.
Fue entonces cuando notó que había caido (o algo parecido) sobre un curioso árbol seco, cuya madera era completamente blanca, y una rama dura y seca se le había clavado en el hombro, brotando de ella de forma grotesca. Pudo ver su sangre intensamente roja, hirviente como lava, manchando su armadura de obsidiana y el fangoso suelo color negro.
-Descuida, no duele tanto como aparenta, mi cuerpo aun sigue algo frío.
-Ese no es el punto. -Se cruzó de brazos, aparentemente frustrado. -Es como si se empeñaran en herirte, en sacarme de quicio...
se incorporó de donde estaba, recibiendo una curiosa mirada de terror (y asco) por parte de Loki, pues se había sacado sin gracia la rama que tenía atravesada, dura como lanza, fina como una espiga, curioso material; ahora sangraba más copiosamente, pero se levantó aun así para no preocuparlo demasiado.
-No te preocupes, mi madre me entrenó para aguantar esa clase de dolor. -Se llevó la mano a la herida. -Solo no toques la sangre o podrías quemarte.
-Lo sé. -Se acercó a ella, retirándose su chaqueta verde oscuro. -Pero hay que para la hemorragia o vas a morir desangrada.
-Falta mucho para que...
Había roto su chaqueta haciéndola girones largos, y con éstos comenzó a envolverle el hombro con suficiente fuerza para detener el sangrado sin lastimarla aun más; fue entonces cuando ella notó que las manos de su esposo tenían heridas típicas de quemadura. Por su sangre. Había intentado sacarla de allí con sus manos, sabiendo que podría hacerse un terrible daño. Sus lágrimas escaparon sin que pudiera controlarlo.
-¿Te duele? -Cuestionó, confuso de verla de repente llorando.
-Un poco. -Y sonrió, limpiándose con la diestra las mejillas. Trató de hacerlo natural, de calmar su ansiedad por lanzarse a sus brazos, de incomodarlo y hasta ponerlo de peor humor... pero fue más sutil. -¿Puedo pedirte algo, mi querido esposo?
-¿Qué cosa? -Miraba el vendaje, centrado en hacer un nudo decente.
-¿Podrías... obsequiarme un beso?
-¿Después de todo lo que me has hecho pasar tienes el descaro de pedirme tal cosa, Sigyn? -Le reclamó, pero había un atismo de sonrisa en él, como si le complaciera escuchar aquello. -No sé qué pasa por tu cabeza como para ambicionar a tan poca cosa.
-En realidad mi ambición es muy grande, pues él es el rey de reyes. -Contestó ella con sutileza y docilidad, obteniendo la mirada fija de él. -Un beso suyo... es la culminación de mi anhelo.
-Entonces... ambicionas demasiado.
Y la besó levemente, un beso templado y dulce, tan inusual en él. Todo fue oscuro entonces.
-.-.-.-.-.-
La despertó nuevamente un aroma suave y dulce, como el de flores recién cortadas; abrió los ojos con algo de dificultad, sintiéndose fulminada con la luz, mirando un techo blanco e inmaculado que solo logró confundirla... ¿estaba metida en un sueño? Hacía muchísimo tiempo que no sentía tanta calidez y cama.
-Ha despertado. -Dijo una dulce voz femenina al lado de ella.
Movió un poco la cabeza, notando que estaba en una habitación pequeña y bastante simple, completamente blanca, la cual solamente tenía una cama individual, un buró y un ventanal por donde entraba una curiosa brisa que hacía ondear la larga y liviana cortina de color claro; sin embargo, lo que más llamó su atención era aquella mujer que se encontraba acompañándola, de pie al lado de su cama: su complexión era esbelta y bastante más alta de lo normal, su piel era blanca y lozana y estaba cubierta con un muy liviano vestido que parecía de gasa. Su cabello era larguísimo y lacio, de un color plateado maravilloso, que caía con gracia por sobre su prominente pecho hasta su cadera en hebras brillantes; sus ojos eran grandes, un poco razgados y delineados, de un color intensamente azul, maravillosos, benévolos.
-¿Dónde estoy? -Cuestionó Sigyn con suavidad. -¿Quién eres?
-Mi nombre es Ara. -Contestó aquel bello ser, sonriéndole levemente. -Estamos en Breau, un pequeño pueblo agricultor. Estabas herida, tu esposo estaba muy preocupado cuando llegaron aquí pues sangrabas mucho a pesar de que la herida no era muy grande.
-¿Mi esposo? -Se alteró, levantándose de la cama de inmediato, sintiendo un punzante dolor en su hombro. -Agh... Loki, ¿dónde está?
-Calma. -Pidió con amabilidad aquella mujer. -Aun debe cicatrizar tu herida. Tan pronto se pase tu sonmolencia, te llevaré a su lado... estaba muy alterado, por eso mis hermanos le llevaron a la biblioteca para que se tranquilizara, o iba a congelar todo el recinto.
-Por favor, disculpen las molestias, y gracias. -Se sonrojó, tratando de imaginar aquello. ¿Cómo se vería Loki perdiendo el control?
Ella sonrió, como si aquello le complaciera.
-.-.-.-.-.-
Finalmente, pasada media hora, fue llevada a donde su esposo. Aquella casa era muy extraña para ella, simétricamente perfecta, con techos y puertas más altas de lo normal para ella... y era que aquellas personas eran más altas que ellos, alcanzando los dos metros y medio de altura en los hombres, quizá un tanto menos las mujeres, de complexión esbelta y finas en las féminas, atléticos y hermosos los varones, ambos usando largas melenas lacias cuyos colores oscilaban entre el plata, rubio y un castaño casi dorado como el oro.
-¿Reciben muchos extranjeros aquí? -Cuestionó Sigyn, amable. Llevaba ahora un delicado vestido blanco y liviano, transparente casi como gasa de lo delicado que era, el cual no cubría mucho en realidad por lo que se sentía prácticamente desnuda ante las miradas de los habitantes de la casa, además de que era demasiado largo hasta arrastrarlo por el suelo. Ellos, sin embargo, parecían acostumbrados a ver a las mujeres casi desnudas. -Veo que su sorpresa no es tan grande como la mía.
-Tan solo viajeros fugaces, princesa, pero ninguno tan particular como ustedes.
-¿Princesa? -Cuestionó suavemente, asombrada.
-Cuando curábamos sus heridas, algunos de nosotros casi sufrimos quemaduras con su sangre. -Abrió una altísima puerta de madera blanca, dejando ver ante ellas una amplia biblioteca. -Solo los gigantes de fuego tienen lava incandescente como sangre. Sin embargo, su sangre no es lava, solo hierve hasta quemar la piel... la única persona que no es puramente un gigante de fuego es la hija de Surtr y Sinmore, Sigyn. Pero no sabíamos que se había casado.
Se sonrojó levemente ante aquel comentario.
-Fue algo precipitado. -Susurró, como si se disculpara.
-Nos causa curiosidad. -Confesó Ara, sonriente. - Que terminara siendo la esposa del hijo menor de Odín, un gigante de hielo y una gigante de fuego unidos...
-Ha sido el destino.
-Sn duda alguna.
Le hizo una seña con la mano para que entrara a la sala; era un salón no muy grande en realidad, pero las paredes estaban tapizadas hasta el techo de libros en estanterias de madera, todos con pastas de vivos colores. En la mitad de la sala se encontraba una especie de tapete grande y acolchado de color blanco, y sobre éste se encontraban dos muchachos de complexión esbelta, uno de largo cabello cobrizo y el otro rubio en tonalidades casi rojizas... entre ellos se encontraba su querido esposo, los ojos verdes centrados en un libro, el cabello negro cayendo hasta su pómulo blanco en un bello contraste, resaltando entre aquellos dos altísimos y espigados hombres.
-Loki. -Pronunció, conteniendo su deseo de correr hacia donde él estaba.
El hechicero la miró sorprendido; sin embargo, se tomó su tiempo para levantarse de su lugar, cerrar el libro que leía y acomodarlo en una repisa cercana antes de andar hacia ella, estando descalzo (jamás lo había visto así), sonriendo de forma curiosa antes de tomar sus manos con delicadeza. Comprendió, entonces, al ver su rostro, que él también se estaba conteniendo... ¿por qué?
-Mi querida Sigyn. -Exclamó con particular elegancia, sosteniendo sus manos aun, sonriendo levemente. -Me siento muy complacido de verte de pie tras esa herida.
-Lamento haberte causado ese susto, mi querido esposo. -Contestó, decidiendo seguirle la corriente pues su actitud no era la usual con ella. -Prometo ser más prudente de ahora en adelante.
Él sonrió en complascencia, seña inequívoca de que había actuado bien y como él esperaba.
-Les agradezco lo que han hecho por ella. -Dijo Loki con extrema cordialidad hacia aquellos seres. -Ahora, si me es posible, quisiera pasar un momento a solas con ella en la habitación que me habían asignado.
-Adelante. -Exclamó Ara, sonriente y complacida con lo escuchado. Sigyn notó que la chica, de la misma estatura que Loki, se había intimidado ante la mirada de su esposo.
Apenas se percató de que él le había extendido el brazo para que le tomara.
-.-.-.-.-.-
No habló hasta que comenzaron a andar por el pasillo, la vista al frente fingiendo que no sentía dolor en cada movimiento del brazo; solo esperaba que la herida no se abriera nuevamente, y así no quemar a Loki con su sangre. Miró las manos del hechicero, notando que llevaba guantes negros ajustados, y se sintió un poco mal por haberle hecho daño de esa manera.
-¿Cuánto tiempo... estuve inconsciente? -Se atrevió a cuestionar, sintiéndose un poco nerviosa.
-Tres días. -Contestó, mirándola de reojo, pero volviendo de inmediato la vista al frente como si le causara algo mirarla. -Tuvimos suerte de caer en un lugar habitado.
-¿Dónde estamos? ¿Quiénes son ellos?
-Estamos en Alfheim, en un pueblo llamado Breau. -Se detuvo frente a la puerta de madera, en la cual su querido esposo se miraba como un muchachito de estatura baja siendo que llegaba ya al 1.85 de estatura, abriéndola de un suave empujón para que entrara ella primero. -Ellos son elfos de luz.
-¿Elfos? -Entró a la habitación, soltándose suavemente de su brazo, girándose para mirarlo de frente. -Había escuchado de ellos pero jamás había visto...
Su voz se cortó abruptamente; él había cerrado la puerta tras de si, y se había dirigido hacia ella rodeándola en un abrazo efusivo y casi doloroso al pegarla por completo a su pecho, tanto que le dolió durante un momento aquella herida y cierto botón que terminó en su mejilla; sin embargo, ella decidió fundirse en ese grato gesto, cerrando los ojos...
-¿Es verdad que congelaste una habitación, Loki? -Susurró, sumida en su templado abrazo, escuchando su respiración tranquila al haber dejado él la mejilla en la sien de ella.
-Un poco.
-Es extraño que pierdas el control de ti mismo.
-Es tu culpa.
-Sabes que no es mi intención que...
-Lo sé, lo sé. -Hizo un suave movimiento con la cabeza, dejando el mentón apoyado en ella ahora. -La situación lo ameritaba, estaba sintiédome muy vulnerable allí. De vez en cuando se pierde el control, debo de admitirlo.
-Si perdieras Laevateinn sabrías que está bajo el poder de mi madre...
-Sigyn, silencio.
Calló de golpe, sonrojada y avergonzada. Loki había dejado la frente apoyada en la de ella, cerrando los ojos.
-No vuelvas a hablar de ello, por favor. No tienes ningun derecho de irte. Eres mi mano derecha, la persona más fiel que me ha seguido, y serás mi reina. No tienes permiso de morir.
Sigyn se alzó un poco, robando así un beso sutil de sus finos labios templados, incapaz de contenerse más; notó que él había fruncido el ceño ante su acción, pero había una tenue sonrisa sobre sus labios. Era él, jugando nuevamente con ella, tranquilo.
-¿Cómo te atreves a tocar a tu rey sin autorización? -Cuestionó Loki, dominante pero divertido.
-Acúsome de haberlo hecho. -Susurró ella, sonriendo con levedad.
-Tu castigo será... que no te dejaré besarme ni te besaré esta noche cuando te haga el amor.
-Loki. -Se angustió genuinamente. -¿Serías capaz?
-No vas a huir de mi, ¿o si?
-No.
Sintió sus manos templadas descender por sus hombros hacia sus pechos, notando que se había retirado los guantes; sus manos se miraban bien y curadas de las quemaduras. Tuvo un estremecimiento intenso ante aquella caricia, y fue evidente para él.
-El vestdido que te han puesto... no dejan mucho a la imaginación.
-Lo sé.
-Debo admitir que me he contenido demasiado al mirarte de esta manera...
El fino vestido cayó al suelo en un suave desliz, sintiendo los labios de su amado esposo sobre su cuello y hombro, mientras la ajustaba a él de forma impetuosa. Se apoderó de su cuerpo como solo él sabía hacerlo, y ella cedió sin más a sus caricias.
-.-.-.-.-.-
Yuy.
