La ciudad elegida por Dianna, era digno escenario de un cuento de hadas; con sus calles empedradas y torres por doquier, no en vano era llamada "La ciudad de las cien torres". Castillos se asomaban orgullosos por cualquier lugar donde se mirara.

En esa época del año la nieve ya cubría los techos y calles de Praga en la región de Bohemia en La República Checa. Era como una encantadora alfombra hecha de algodón, esperando dar la bienvenida a Dianna y Lea, quienes habían cruzado el Océano Atlántico y medio Continente Europeo solamente para poder ser testigos de tan espectacular combinación de encanto arquitectónico y maravillas naturales. Sin contar por supuesto, que la cultura contenida en esa ciudad podía sentirse en cada poro de la piel impaciente por embriagar a las chicas.

Para Dianna la idea de pasar esos escasos días con su esposa hospedadas en algún lujoso hotel rodeadas de camareras y recepcionistas, más, gente que podría reconocerlas se le hacia una idea tediosa y sin ningún romanticismo en ella. Por esa razón optó acertadamente por buscar una casa que pudieran rentar por los días que pasarían en Praga.

Así fue como llegaron a esa diminuta residencia en Malá Strana que se refería a la Ciudad Pequeña de Praga. La casa estaba construida en piedra con varias ventanas que saludaban a la calle que combinaba perfecto con la residencia. Detrás de aquella puertecilla se encontraron con un piso recubierto con madera fina que aun desprendía una deliciosa aroma que de inmediato las transportaba al más bello bosque que pudiera existir. Los muebles eran rústicos, la mayoría también en madera pero no había una gran variedad, apenas había lo necesario. Una mesita suficiente para no más de cuatro personas pero con tan solo dos sillas a sus extremos. De frente a ella una antigua cocina con anaqueles construidos del mismo material de la casa y una pequeña estufita. Del otro extremo de la casa, que se encontraba a tan solo unos cuantos pasos, yacía un sofá forrado en un material que bien podría pasar por la más fina piel y frente a él una chimenea esperando dar calor y cobijar a quien habitase la casa. Una escalera las invitaba ansiosa a subir para descubrir la habitación que sería su más fiel cómplice durante las noches siguientes. Una cómoda cama suficientemente amplia como para dormir ambas chicas extendidas estaba frente a ellas, cubierta con un hermoso cobertor que parecía ser de seda y bordado a mano. Dentro de la habitación había una puerta que las condujo al cuarto de baño, en el que sorpresivamente y desentonando totalmente con el resto de la casa, hallaron una lujosa tina de la que cómodamente podrían disfrutar las dos chicas al mismo tiempo. No había televisión, ni ningún otro artefacto innecesario.

Para ese momento y después de tantas horas de viaje, Lea y Di, coincidieron en que no podían desperdiciar tiempo solo por estar cansadas por el viaje. Así que de inmediato se pusieron en marcha para descubrir lo que Praga tenía para ellas.

Salieron y caminaron por las calles con la ayuda de un pequeño mapa, tratando de recordar sus pasos para seguirlos de vuelta a casa cuando fuera el momento. Lea se sujetó el brazo de Dianna y aunque no era muy tarde por el efecto del frio había cierta neblina casi rozando el suelo que las hacía sentir como si caminaran entre nubes. Después de algunos minutos de caminata, se encontraron de frente con el gigante que unía los dos barrios de Praga. El Puente de Carlos se levantaba orgulloso recargado en grandes arcos que descansaban sobre el rio Moldava. Caminaron a través de él mientras observaban las numerosas estatuas de estilo barroco que se erguían a lo largo de aquel muy antiguo camino que las conducía a la Ciudad Vieja de Praga.

-La torre de la cabecera de ésta parte de la ciudad es una de las construcciones góticas más impresionantes del mundo- Dijo una Dianna emocionada de estar frente a aquella construcción.

-Es hermosa, así como tú Di- Respondió Lea al tiempo que se ponía de puntitas para alcanzar los labios de su esposa, quien la cobijo de lleno entre sus brazos.

-Te amo Lea- Dijo Dianna mientras la morena se acurrucaba en su pecho.

Apenas un minuto después continuaron su camino por las calles del barrio viejo.

Dianna guio a Lea hasta un pequeño restaurante en el que se adentraron de inmediato. Era un lugar muy agradable y con una energía muy positiva. Del techo colgaban lindas lámparas a media luz, ya que el resto provenía de las velas que se encontraban en cada una de las sencillas mesitas de madera. Las paredes en su mayoría blancas y con algunas plantas de las que se desconocía su procedencia. El camarero se acercó de inmediato dándoles la bienvenida y proporcionándoles el menú que por supuesto era vegano pues a Dianna no se le había escapado ningún detalle. Sin darle muchas vueltas al asunto ordenaron la cena y una botella de vino rosado espumoso que maridaría a la perfección con la elección de platillos. Así de pronto llegaron al postre y en un abrir y cerrar de ojos se encontraron de vuelta por las calles de Praga.

Caminaron hasta la plaza de la ciudad vieja, que generalmente en verano se encontraba repleta de turistas recorriendo las iglesias y construcciones a su alrededor. En invierno era muy distinto apenas algunos románticos aventureros se encontraban visitando el lugar, entre ellos Lea y Di quienes pasaban totalmente desapercibidas a los ojos del resto de la gente. En el centro de la plaza se encontraba la estatua al filósofo Jan Hus, quien fue quemado vivo por sus creencias en ese mismo lugar cientos de años atrás, hecho que no tenía nada de romántico pero que era parte de la historia de la ciudad en la que se encontraban.

A un lado de la estatua se instaló un cuarteto de jazz que comenzó a tocar varios éxitos que tanto Dianna como Lea conocían a la perfección. Ellas se instalaron en las escaleras de la entrada de uno de los edificios. Dianna que era más alta, abrazaba por la espalda a Lea quien seguía el ritmo de música con sus pies. Interpretaron grandes éxitos del jazz mientras las chicas disfrutaban. La última canción que interpretaron no era exactamente jazz pero Di la conocía muy bien y comenzó a cantarla en francés al oído de Lea

Le ciel bleu sur nous peut s'effondrer

Et la terre peut bien s'écrouler

Je me fous du monde entier

Tant qu'l'amour inond'ra mes matins

Tant que mon corps frémira sous tes mains

Peu m'importe les problèmes-

Mon amour puisque tu m'aimes

El cielo azul sobre nosotros puede colapsar

Y la tierra bien puede abrirse

No me importa el mundo entero

Siempre que el amor inunde mis mañanas

Mientras mi cuerpo se estremezca bajo tus manos

Poco me importan los problemas

Amor mío porque me amas

Continuo cantando a Lea mientras desde los hombros recorrió los brazos de la morena hasta entrelazar sus manos y apretarlas mutuamente, entre un coro y otro besaba dulcemente el cuello de su esposa. Al terminar la canción Lea giró la cabeza para mirar profundamente aquellos ojos verdes hasta unir sus labios y perdiéndose entre el movimiento armonioso del beso.

Comenzaba a oscurecer así que optaron por emprender el camino de vuelta a casa y devolver al camino los pasos que las había llevado hasta esa parte de la ciudad, lo cual hubiera sido perfecto de no ser porque al momento de cruzar el puente, todo comenzó a ser confuso entre calles curvilíneas y estrechas, que en ese momento lucían exactamente igual y es que Dianna, hipnotizada por belleza de su esposa había dejado el mapa en algún lugar en el camino. No les quedó más remedio que tratar de recordar el camino correcto, sin mucho éxito por supuesto. De ese lado de la ciudad que era menos turística, la mayor parte de la gente no hablaba inglés y era difícil pedir indicaciones. Lea tomó el descuido de su esposa en un tono divertido mientras reían resignadas y caminaban aprisa de la mano buscando. Después de un tiempo justo, dado el gran descuido de Di lograron encontrar la casa.

Una vez dentro notaron que era aún más frío que incluso afuera y ya que no había calefacción como tal, no les quedó otra que intentar encender la chimenea y es que no había nada moderno en ella, como las que hay en casas de lujo que tan solo apretando un botón como por arte de magia aparece el fuego.

Así que fueron por la leña que se encontraba cerca de la cocina y que habían notado desde que recorrieron la casa por primera vez y la metieron en el orificio creado para ello. Fue realmente complicado ya que ninguna de las dos sabía exactamente lo que estaba haciendo pero lo intentaban con entusiasmo y muriendo de frio.

-Lo siento, al parecer se me escaparon ciertos detalles, como por ejemplo tomar un curso de como encender chimeneas- decía Dianna claramente apenada por la situación. Mientras Lea esculcaba en la cocina hasta que caminó de vuelta a donde estaba su esposa que se había arrojado vencida al sofá después de haber luchado con la leña y los cerillos.

La morena acomodó la leña una vez más y posteriormente vertió un líquido sobre ella para al final arrojar un fósforo encendido y lograr el objetivo.

-Pe..pero ¿Cómo?- Dijo Dianna sorprendida

Lea se limitó a sonreírle victoriosa mostrándole un pequeño bote con un producto creado para facilitar la tarea de encender la chimenea y se acercó a ella tocando su nariz con las manos llenas de hollín a lo que la rubia reaccionó tocando las mejillas de Lea. Lo que desató una divertida guerra hasta que ambas quedaron como si acabaran de salir de una mina de carbón. Se miraron una a la otra hasta que terminaron en el piso riendo hasta que el estómago les comenzó a doler. Se aproximaron para alcanzar sus labios y firmar el acuerdo de paz con un tierno beso. La casa ya entraba en calor y bueno no podían ir así a la cama, por lo tanto acordaron darse una ducha para retirar el carbón de sus cuerpos para después meterse juntas en la tina para relajarse.

Así cumplieron el plan y se encontraron en la tina con agua caliente y aceites aromáticos que se esparcían por todo el lugar. Estaban una frente a la otra en extremos opuestos.

-¿Y bien qué opinas hasta ahora de la luna de miel desastrosa?- Preguntó Dianna curiosa

-¿Desastrosa? Ha sido maravillosa Di, tu sabes perfectamente cómo hacerme feliz- Respondió Lea mientras se incorporaba para acercarse sensualmente hacia el cuello de su esposa para besarlo con calma y luego llegar hasta sus labios. Dianna de inmediato sujeto a Lea por la cintura para no dejar ningún espacio entre sus cuerpos desnudos. En ese momento Lea soltó un suspiro por la excitación que comenzaba a sentir y comenzó a acariciar el cuerpo de su mujer comenzando por los senos tocando sus pezones con la yema de sus dedos provocando aún más deseo en Dianna y en ella misma. Sus respiraciones comenzaron a agitarse al tiempo que se besaban apasionadamente. Lea llevo sus manos desde las rodillas hasta los muslos de la rubia a lo que ella respondió abriendo sus piernas para dar acceso hasta su clítoris, mismo que Lea masajeo en distintas direcciones, mientras Dianna ideaba la forma de llegar hasta el mismo punto de su esposa para ser justa y darle el mismo placer de ella le daba. El momento que Lea sintió la mano de Dianna en su centro no puedo más e introdujo sus dedos dentro de la rubia provocando que ella hiciera lo mismo con ella para perderse en un movimiento dándose placer mutuo mientras seguían besándose y jugando con sus lenguas hasta que lograron llegar al climax máximo, sintiendo como las paredes dentro de ellas se estremecían y liberaban un temblor en sus cuerpos seguidos de un grito de placer de parte de ambas. Lea cayó extasiada sobre Dianna mientras ésta última la abrazo de inmediato besando su frente al tiempo que intentaba regular su agitada respiración. Así permanecieron unos minutos hasta que Lea que se encontraba con la cabeza en el pecho de su mujer le regaló un "Te amo" suave y honesto. Dianna respondió apretando el abrazo del que proveía a la morena. Un rato después las chicas salieron de la tina para irse a la cama y dormir una junto a la otra sin separarse en toda la noche.

El sol se asomó pronto a la ventana de las chicas quienes despertaron en una posición completamente distinta de cuando se había ido a dormir, pero una en los brazos de la otra.

-Buenos días hermosa- Dijo Lea a Dianna

Di sonrió y dio los buenos días a Lea que se liberaba de sus brazos para estirarse como bebe despertando.

Pronto estuvieron listas para un día más en el paraíso. Ese día visitaron tantos museos pudieron, algunos castillos cercanos y galerías de arte. Al anochecer acudieron a una función de ópera.

Los buenos momentos siempre han de llevarse el tiempo volando cuando menos te lo esperas ya todo ha llegado a su fin, por el contrario tiempos difíciles parecen alargarse tanto que a veces parece muy lejana la luz de paz y tranquilidad ¿Lo han notado?

El último día había llegado, se levantaron muy temprano pues querían aprovechar al máximo las últimas horas de aquel viaje. Se dirigieron hacia un poblado cercano a Praga llamado Karlovy Vary en el que pasarían parte del día consintiéndose en un hermoso castillo sede de un famoso spa. Esa parte desentonaba totalmente con los días anteriores del viaje donde todo había sido lo más austero posible, pero definitivamente Dianna conocía a su mujer a la perfección y sabía que un poco de glamur y relajación no harían daño a tan esplendidas vacaciones y al contrario sería el perfecto broche de oro antes de volver al stress del trabajo en L.A.

Las horas pasaban entre masajes, mascarillas rejuvenecedoras y exfoliantes; hidroterapias con las famosas aguas termales de la Bohemia de La República Checa y toda una serie de purificación para el cuerpo y el alma.

Antes de retirarse del castillo las chicas se encontraban en una terraza que dejaba al descubierto el valle frente a ellas el cual era hermoso con la característica niebla que hacia parecer una vez más que el castillo se encontraba en el cielo entre nubes. Dianna abrazaba a Lea.

-Di, esto ha sido perfecto- expreso Lea

-Me alegra que lo hayas disfrutado hermosa- Dijo Dianna suavemente al oído de su esposa.

-Tú eres la mujer de mi vida, nací para estar a tu lado- Confesó Lea y continuo al mismo tiempo que se daba la vuelta para ver de frente a su mujer –Dianna contigo he pasado los momentos más maravillosos de mi vida e hice la promesa de cuidarte y amarte, ante un juez pero sobre todo le hice la promesa a mi corazón. Quiero grabar y que tu grabes éste momento en tu mente, aquí entre tus brazos mirando tus ojos, aquí y ahora que todo es perfección y que nos amamos como unas locas y que si en algún momento pasamos por algo difícil tengamos algo hermoso que nos recuerde lo perfecto que es nuestro amor. Por favor prométeme que nunca vamos a separarnos aun por más gris que el cielo se vea ¡Por favor Dianna promételo!- Rogaba Lea a Dianna mientras sus ojos se humedecían lentamente.

-Te lo prometo Lea, sabes que nunca haría nada para causarte dolor. Mi corazón es tuyo y nunca te abandonaré- Prometió Dianna.

Horas después se encontraban de vuelta en el que había sido su hogar los últimos días, comenzaron a empacar sus pertenencias entre risas y Lea cantando. Por alguna razón Dianna se había inquietado ante aquella promesa que su esposa había demandado, era como si presintiera algo y se estuviera preparando para ello, la noche pasó pero Di apenas logro conciliar un par de horas de sueño. Al día siguiente muy temprano volvieron al L.A.

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Hola a todos!

-RoseMarie mil gracias por tus comentarios me animan por completo a seguir con la historia. Espero que te haya gustado éste capítulo. En algún momento trataré de dedicar uno completo a Heya.

Nos leemos pronto :)