NI LA HISTORIA O LOS PERSONAJES ME PERTENECEN
LOS PERSONAJES PERTENECEN A S.M Y LA HISTORIA ES UNA ADAPTACION DE Kelly Hunter
Capítulo 14
El presupuesto de Sanjay Ghosh llegó a las nueve de la mañana del lunes siguiente. Consistía en sesenta y cinco páginas llenas de descripciones e ilustraciones perfectas, además de sugerencias sobre cortinas, telas, muebles, persianas, alfombras y artesanía diversa, precios incluidos.
Además, Sanjay había añadido tres grandes cajas llenas de muestras para todas la habitaciones, lo cual desató el entusiasmo de Bella y la preocupación de Edward por el dineral que se iban a gastar.
—Ese hombre es un visionario —dijo ella al abrir la tercera caja—. Tenemos que contratarlo de inmediato.
—Sólo se dedica a medir ventanas —le recordó—. Nunca ha trabajado en decoración de interiores.
—Lo habrá hecho cuando termine con el hotel. Fíjate, Edward… ¡Mira qué detalles! ¿Cómo es posible que haya podido hacer algo así en dos días? Ha conseguido combinar la vieja elegancia del hotel con el lujo y el sentido práctico del presente. Y es bastante barato.
—¿Barato? ¿Estás bromeando?
—Oh, vamos, es perfecto.
—Arriesgado, diría yo.
Bella se dijo que quizás tenía parte de razón.
—¿Qué te parece si le pedimos que decore sólo una zona, a modo de prueba? Podría decorar el apartamento del ala norte. Le enseñaré las cosas que quiero mantener, le pediré un presupuesto y una estimación del tiempo que tardará, y si resulta desastroso, reconoceré mi equivocación. Pero si nos gusta, le encargaremos el trabajo.
—¿Le encargaremos?
—Sí, tú y yo.
—¿Y si no estoy de acuerdo?
—Siempre te preocupas demasiado… Mira la alfombra que ha elegido para la gran escalera, Edward, es absolutamente divina.
Le hizo mirar la hoja en donde estaba la muestra y el precio.
—¿Divina? ¿Cuándo pensabas mencionar lo que cuesta? Si no lo hubiera mirado, no me habrías dicho nada.
—Por supuesto que no.
Edward apretó los labios.
—¿Qué ha pasado con el plan de mudarte al ala norte? ¿Eso tampoco me lo ibas a mencionar?
—Oh, sí. De hecho, me mudaré enseguida.
—¿No estás cómoda en el Cullen?
Bella lo miró con exasperación.
—Estoy más que cómoda en el Cullen, y lo sabes. Pero no puedo aceptar tu hospitalidad para siempre. El Cullen es tu casa, no la mía. Éste es mi hogar… o al menos, lo será. ¿Crees que Sanjay podría haber terminado dentro de una semana?
—Creo que en una semana podría construir el Taj Mahal.
La sonrisa de Edward fue tan encantadora que Bella quiso besarlo. Cada día que pasaba sonreía más, pero suponía que era porque estaba tan encantado como ella con las mejoras del Cornwallis.
—¿Qué te parece si nos vemos mañana en el bar del Cullen, a eso de las seis y media de la tarde? —preguntó ella.
Edward entrecerró los ojos.
—No me digas que tenemos que entrevistar a más interioristas…
—No, ni mucho menos. Es que voy a invitar a Carlie y me gustaría que estuvieras presente.
—¿Estás segura?
—No, pero lo haré de todas formas. La idea es charlar durante una hora o algo así sobre cosas insustanciales, sin hablar en exceso del pasado y concentrándonos en el presente. ¿Qué te parece?
—Demasiado ambicioso. Deberías llevar refuerzos.
—Los voy a llevar. A ti.
—No, no, me refiero a algo más. Lleva el muestrario de Sanjay, por ejemplo. Seguro que nos entretendría.
Bella suspiró.
—Entonces, ¿hablas tú con Carlie o hablo yo?
Edward sonrió.
—Creo que sería mucho mejor que lo llamaras tú.
A las seis y veinticinco de la tarde siguiente, armada con la escasa seguridad que sentía y aferrada al muestrario de Sanjay como si la vida le fuera en ello, Bella entró en el bar.
Edward y su padre ya estaban allí, sentados cómodamente junto a un ventanal. En la mesa, pequeña y redonda, había una tercera silla vacía.
Al ver que se acercaba, los dos hombres se levantaron. Carlie sonrió con incertidumbre, y Edward, con cariño.
Bella intentó tranquilizarse. Sólo tenía que ser amable y saludarlo. Nada más. No podía ser tan difícil.
Pero lo era.
—Hola —dijo al final.
Le estrechó la mano brevemente y se preguntó si debía presentarse, pero Edward se le adelantó.
—Papá, ésta es Bella. Bella… te presento a mi padre. Aunque creo que ya os habíais visto.
Edward la ayudó a sentarse e hizo una seña a un camarero para que le tomara nota.
—Yo tomaré una ginebra con tónica —dijo ella con voz temblorosa—. Y agua. Con hielo. Las dos cosas con hielo. Gracias.
—Por supuesto, señorita.
El camarero se alejó. Bella se inclinó hacia Edward y murmuró:
—¿Qué acabo de pedir?
—Relájate. Sólo has pedido una copa.
Bella lo miró y rogó en silencio para que abriera la conversación y hablara de lo que fuera, de cualquier cosa. Su seguridad había desaparecido de repente y se sentía incapaz de pronunciar una sola palabra. Estaba en el bar en compañía del hombre que había sido el compañero de Esme durante veinticuatro años, del hombre cuyo afecto necesitaba tan desesperadamente.
—Tranquila —murmuró Edward—. Recuerda que dentro de una hora estaremos… en nuestro gimnasio particular.
—Eso no me sirve de ayuda…
Carlie se mantuvo a margen durante el breve intercambio. Pero sus ojos no se perdieron ni un solo detalle.
—Me han dicho que has encontrado un diseñador de interiores con mucho talento —comentó.
—¿Te lo ha dicho Edward?
Carlie sonrió.
—Sí, aunque no precisamente con esas palabras.
—A Edward le falta visión en lo relativo al diseño —dijo ella—. Pero es un arquitecto brillante y un jefe de proyectos inmejorable.
Edward sonrió de oreja a oreja.
—Cuando hayas terminado las obras, deberías pedirle que te enseñe el resto de nuestros hoteles. Algunos son impresionantes.
—Sí, me encantaría… pero me temo que estaré muy ocupada con la dirección del Cornwallis.
—¿No vas a dejarlo en manos de un gerente?
—Prefiero llevarlo personalmente al principio. He llegado a la conclusión de que dirigir un hotel puede ser muy divertido —confesó.
—Ten cuidado con eso, Bella —intervino Edward—. Crea adición.
—Además —continuó ella—, tengo que responder ante mis accionistas. Les he prometido que tendrían beneficios en poco tiempo y quiero cumplir mi palabra.
Carlie pareció incómodo de repente. Edward echó un trago de su copa y dijo:
—La cumplirás, no lo dudes.
—¿Y qué harás tú cuando termines en el Cornwallis? ¿Volver al trabajo? —preguntó ella.
—Puede que no inmediatamente. He terminado los planos de una casa en la playa y estaba pensando en la posibilidad de construirla.
Bella miró a los dos hombres y tuvo la sensación de que compartían un secreto relacionado de algún modo con ella. Pero obviamente no podía preguntárselo a Edward. No delante de su padre.
—Edward ha estado trabajando en los planos de esa casa desde que era un niño —explicó Carlie—. Encontró una propiedad interesante hace unos años y pensé que la construiría entonces, pero no lo hizo. Y debo decir que me encantaría que lo hiciera. Me gustaría verlo construyendo un hogar.
Edward no dijo nada.
—Por lo visto, todos vamos a estar muy ocupados. Lo cual me recuerda otra cosa… He estado informándome sobre los festivales en honor a los fantasmas hambrientos. Supongo que ya sabes que vamos a dar un festín en honor a Yuen Chin el día quince…
—Sí, Edward me lo había mencionado.
Bella estaba tan nerviosa como antes, pero hizo un esfuerzo y siguió hablando.
—Al parecer, la noche anterior se reserva para una celebración más pequeña e íntima. Una comida donde las familias se reúnen y honran a sus antepasados. Y como no llegué a tiempo de asistir al entierro de Esme… Bueno, me estaba preguntando si os gustaría comer conmigo. Los dos. En su memoria.
—Para mí será un honor —dijo Carlie.
—¿Edward? —preguntó ella con ansiedad.
—Yo también asistiré.
—Bien. He invitado a otra persona. Todavía no ha aceptado, pero creo que al final lo hará. Espero que no sea un problema para ninguno…
La voz de Bella se rompió un poco, pero logró terminar la frase:
—He invitado a mi padre.
Carlie tardó unos segundos interminables en hablar otra vez.
—Es perfectamente lógico. Ojalá que acepte tu invitación.
La conversación pasó después a temas menos problemáticos. Bella enseñó el muestrario a Carlie, que lo encontró tan interesante como ella.
—Es magnífico. Muy original —dijo—. A Esme le habría encantado. No todas las cuestiones de la dirección de un hotel son puramente prácticas. Cuando se trata de un establecimiento de categoría, como el tuyo, hay que prestar atención a este tipo de detalles.
Bella se inclinó sobre la mesa y le dio todo tipo de explicaciones sobre las muestras.
—Creo que deberías utilizar telas más resistentes en estas habitaciones —comentó Carlie—. Y poner alfombras más oscuras en las salas con muchos clientes.
Bella asintió.
—Tienes razón.
—¿Y qué hay de la alfombra de la escalinata? —intervino Edward—. Enséñasela.
Bella se la enseñó y contuvo la respiración. Carlie la miró, suspiró y dijo:
—Es perfecta.
—¿Has oído? —preguntó ella—. ¡Ha dicho que es perfecta!
Edward miró a su padre con incredulidad y Carlie sonrió con ironía.
—Acepta el consejo de un viejo, hijo mío. Hay algunas batallas que estás condenado a perder. Es mejor asumirlo y seguir adelante.
La hora pasó rápidamente mientras hablaban de Penang y de los cambios que había experimentado la isla a lo largo de los años.
El vaso de agua de Bella se vacío, al igual que su ginebra con tónica; y el hielo, que le habían servido en una cubitera, se derritió. Pero no pidió nada más. Tampoco Carlie, que al parecer tenía una cita con un conocido.
—Me estaba preguntando si podría darte un pequeño regalo… —dijo el hombre.
Carlie sacó el paquete que había escondido debajo de la silla y se lo dio. Por el tamaño, ella pensó que sería una caja de bombones o de dulces.
—Gracias…
Bella empezó a abrirlo.
—¡No! No lo abras ahora.
Obviamente no eran bombones.
—Ábrelo luego, cuando vuelvas al hotel.
Bella sonrió sin poder evitarlo.
—De acuerdo. Estaremos en contacto.
Carlie asintió.
—Conocerte ha sido todo un placer, Bella Swan.
—Sí, desde luego. Para mí también lo ha sido.
Edward acompañó a Bella a la suite. Ella se quitó los zapatos y él pensó que la reunión había ido muy bien. Su padre estaba contento. Bella estaba contenta. Y hasta él mismo debería estar contento.
Pero no lo estaba.
—¿Qué sucede? —preguntó ella.
—Nada.
—Bueno, estoy dispuesta a aceptar que la alfombra de la escalinata es demasiado cara —dijo—. Tal vez debería reconsiderar el asunto.
—No se trata de eso.
Bella miró el paquete, que había dejado sobre la cama.
—¿Es algo relacionado con el regalo de tu padre?
Edward suspiró y se pasó una mano por el pelo.
—No tengo ni idea de lo que es. Y por otra parte, me da igual. Sea lo que sea, ahora es tuyo…
—Entonces, ¿qué ocurre?
—Nada, en serio. Abre el paquete.
Bella quitó las cosas que estaban en la silla para que se pudiera sentar, pero a Edward no le apetecía.
—No estoy segura de que quiera abrirlo —le confesó—. La última vez que abrí algo parecido estuve llorando toda una semana.
—Pensé que querías ver fotografías de tu madre… —declaró a la defensiva.
—Y quería. Pero lloré de todas formas.
Edward se apoyó en la pared y miró el paquete.
Bella se acercó y lo abrazó.
—Anda, ábrelo tú.
—¿Yo? —Edward sacudió la cabeza—. No, no, te lo ha regalado a ti.
—Sí, pero eso no impide que eches un vistazo. Y si contiene algo peligroso, podrás advertírmelo.
—Qué lista eres.
—No lo sabes tú bien.
Ella suspiró.
—Estoy orgulloso de ti.
—Gracias —dijo, sonriendo—. Yo también estoy orgullosa de mí.
—¿Crees que tu padre vendrá?
—Lo llamé por teléfono a primera hora, y esta tarde le he enviado una nota en un papel del hotel Cornwallis. Mañana le enviaré un billete de avión.
—¿Y pasado?
—Pasado, jugaré más fuerte y le mandaré la fotografía que le hizo Esme cuando se derrumbó el terraplén del camino de los elefantes. Ésa en la que aparece riendo…
—Uf. Le va a doler.
—No tanto como la siguiente. Estoy pensando en enviarle las que tú me sacaste en el trabajo.
—¿Cuál de todas?
—La de la lámpara de araña del vestíbulo.
Bella se levantó, caminó hacia la cama y se detuvo frente al paquete.
—Bueno, seguro que no es un abrigo de piel.
—Seguro. Además, ¿quién llevaría un abrigo de piel con este clima?
—¿Crees que será algo de ella?
—Es posible.
—Espero que no sea otro álbum familiar. ¿Esme tenía algún diario?
—Que yo sepa, no. Podrían ser joyas.
—No creo.
—¿Es que no te gustan las joyas?
—Claro que me gustan. Pero si fueran joyas y fueran de mi madre, lloraría.
—Bueno, creo que esto es demasiado para mí —le confesó—. Será mejor que me marche. De todas formas tengo mucho que hacer.
—Cobarde… —murmuró, ausente—. Si quieres tener mi cuerpo esta noche, tendrás que aguantar unas cuantas lágrimas ahora. ¿Tenía muchas joyas?
Edward consideró los pros y los contras de tener que ver unas cuantas lágrimas a cambio de una noche de sexo y se dijo que era un acuerdo aceptable.
—Unas cuantas, pero no tantas. En cambio, tenía un jardín muy bonito.
—Yo diría que no puede ser un jardín.
—Desde luego.
Por fin, Bella abrió el paquete, que contenía una caja de terciopelo rojo. Edward ya la había visto antes, y miró a su alrededor para ver dónde estaban los pañuelos. Los iba a necesitar.
—Es un guardapelo…
Edward asintió y la miró a los ojos. En efecto, era un guardapelo muy antiguo, de oro y con forma oval. Y él ya sabía lo que iba a encontrar en su interior: un mechón de cabello negro atado con una cinta blanca.
—Ábrelo.
Ella lo abrió.
—¿De quién es este mechón? —preguntó en un susurro.
—Tuyo.
Edward esperaba que rompiera a llorar, pero no lo hizo.
—Mío…
Se acercó a ella y la abrazó. Se había quedado sin habla, incapaz de reaccionar, así que le dio un beso con intención de tranquilizarla.
El contacto de sus labios desató una oleada de calor y de fuego, donde esa vez se mezclaban la pasión y la comprensión. Edward se lo dio sin pensar, sin preguntarse lo que significaba, sin incluir la palabra amor en su definición. Y ella reaccionó del mismo modo, pero con una ternura nueva y con un gesto de indefensión tan emocionante que parecía prometerlo todo y mucho más.
Edward cerró los ojos. No quería ver. No quería saber lo que le estaba ofreciendo.
Pero tampoco se apartó. En lugar de eso, la besó de nuevo y alimentó las llamas. Le dio lo que podía darle, esperando que fuera suficiente.
—Te entregas demasiado —murmuró él.
—Preocúpate por tu propio corazón.
Los besos de Bella cambiaron de repente. La dulzura desapareció bajo una pasión tan feroz que lo dejó sin respiración.
Consiguieron llegar a la cama y desnudarse. Él se puso sobre ella y se sintió enormemente satisfecho cuando Bella se arqueó en invitación silenciosa y sus ojos brillaron.
Aquello sí podía dárselo. Podría ofrecerle placer. Y eso era suficiente.
Él haría que lo fuera.
Mucho, pero mucho tiempo después, Edward miró a su amante, que se había quedado dormida. Las luces nocturnas de la ciudad entraban a través de las ventanas y creaban sombras en las esquinas. Su cuerpo estaba saciado, relajado, contento.
Pero no podía dormirse.
Bella se estaba acercando demasiado a él, rompiendo sus defensas poco a poco.
Sabía que haría las paces con su padre. Él mismo la había animado a hacerlo, sin darse cuenta de que después la querría más porque admiraría su valor y su capacidad de afrontar el pasado y seguir adelante.
Y no quería enamorarse.
La miró con intención de marcharse, pero Bella acababa de abrir los ojos y lo observaba con mirada cansada y satisfecha. Sus labios todavía estaban levemente hinchados por los besos, y su piel brillaba como si fuera de porcelana. No podía tener un aspecto más atractivo y peligroso a la vez.
—Eh —dijo ella con una sonrisa—. ¿Quieres contarme lo que estás pensando?
—No.
Bella alcanzó un cojín y se lo puso bajo la cabeza.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Ja. Como si una negativa te lo fuera a impedir…
—¿Cómo es que todavía no has construido la casa de la playa?
Edward se tumbó y miró el techo.
—Bueno, tardé en encontrar un terreno apropiado.
—Pero al final lo encontraste.
—Sí.
En realidad lo había encontrado Arianne. A ella le había gustado mucho y le había dicho que era un lugar salvaje y complicado para levantar una casa. Como ella. Pero también muy bonito.
En cuanto fue a verlo, Edward se enamoró del lugar. Las vistas del mar eran tan maravillosas que lo compró sin preocuparse por el precio.
—Entonces, ¿por qué no la has construido?
—No sé. Supongo que no surgió la ocasión.
—¿Fue por la muerte de tu esposa?
—No.
—Nunca hablas de ella, Edward.
Edward no dijo nada. No quería hablar de Arianne.
—El otro día me ayudaste a afrontar mi pasado. Dijiste que debía asumirlo y seguir mi camino. Y creo que ahora podría devolverte el favor.
—Ya he asumido ese pasado.
—¿Sí? Si eso es verdad, ¿por qué rechazas a la gente que quiere acercarse a ti?
—Tú te has acercado —murmuró—. Estás aquí, conmigo.
—Sí, estoy aquí; pero todavía no he conseguido acercarme. ¿Qué pasó con ella? ¿Qué te hizo? ¿Qué ocurrió para que tengas tanto miedo de tus propios sentimientos?
—Nada.
Definitivamente no quería hablar de Arianne. Ni con Bella, ni con nadie más.
Se levantó de la cama y alcanzó la ropa.
—Tengo que irme —dijo.
Bella suspiró.
—Deberías contármelo todo. Yo te ayudaría a verlo desde otra perspectiva y luego cerrarías esa herida.
—¿Para qué? ¿Para que caiga rendido a tus pies y me enamore? —preguntó él, mientras se ponía los pantalones—. Eso no va a ocurrir. Yo soy como soy. Ya te he dado todo lo que podía darte. Tómalo o déjalo.
Bella lo miró a los ojos con expresión pensativa, como si estuviera calculando sus palabras.
—Muy bien. Lo pensaré.
Capítulo 15
Bella pensó en el ultimátum de Edward durante los días siguientes. Él mantuvo las distancias y ella dedicó todo su tiempo al trabajo; era una forma como otra cualquiera de no afrontar la situación, pero más tarde o más temprano tendría que decidirse. A fin de cuentas no se trataba de que no lo supiera. Lo sabía de sobra. Quería que Edward la amara. Era el hombre de su vida.
Estaba en un callejón sin salida y sólo podía hacer una cosa: esperar. Así que eso fue exactamente lo que hizo.
Le encargó a Sanjay la decoración del ático del ala norte y entre los dos eligieron los muebles. Organizó un festín para su fantasma y para todo un ejército de trabajadores con sus familias respectivas. Incluso envió recordatorios constantes a su padre para que se presentara allí el día catorce; si pensaba que se iba a rendir, había cometido un error. Y si Edward pensaba que podía salirse con la suya y obligarla a elegir entre poco y nada, se iba a llevar una buena sorpresa.
Edward se lo había dado todo. La había ayudado con el hotel, la había animado y había trabajado a su lado, día y noche, sin protestar. Ni una sola vez le había dicho que no hiciera esto o aquello ni que no se dejara llevar por sus sueños. Y cuando el pasado la había perseguido, él había estado a su lado. Ayudándola a comprender, a perdonar, a aceptar, a tomar decisiones.
Había sido generoso con su tiempo, con sus conocimientos y muy especialmente con su cuerpo.
Que se resistiera a hablar de su esposa carecía de importancia. Ya lo haría más adelante. Porque Bella no pensaba rendirse.
No se rendía nunca con la gente a la que amaba.
—¿Qué te parece?
Ella puso los brazos en jarras y sus ojos brillaron de alegría. Había conseguido arrastrarlo al ático del ala norte.
Edward pensó que estaba más bella que nunca. No la había visto en varios días. Había intentado comportarse como un caballero y concederle tiempo y espacio suficientes para que tomara una decisión.
—Ni siquiera estás mirando… —dijo ella.
Él se frotó la frente.
—¿Qué quieres que mire?
Rose había entrado en el ático unas horas antes y había salido con una sonrisa de oreja a oreja. Emmett lo hizo después y salió sacudiendo la cabeza. Hasta lady Alice lo había visto, pero un par de días antes; y le había gustado tanto que le pidió a Sanjay que le decorara su casa. Al parecer, su cumpleaños era al mes siguiente y quería celebrarlo redecorando el dormitorio principal.
—La única persona a quien tiene que gustar este ático eres tú —dijo él.
—Oh, me encanta que digas esas cosas. Pero sucede que no soy la única propietaria del hotel y que tengo que satisfacer a los accionistas. Necesito que me des tu opinión —declaró con una sonrisa de ironía—. Sé sincero.
—Está bien, como quieras.
Edward se giró y miró a su alrededor. Lady Alice ya le había comentado que la decoración le había gustado mucho, y Edward llegó a la conclusión de que habrían puesto colores chillones y más adecuados para un supermercado barato que para un hotel elegante. Pero se llevó una gran sorpresa. El ático rezumaba elegancia por todas partes. Había conseguido combinar el estilo de Europa con el colorido de Asia. Era un lugar espacioso, acogedor y agradable.
—Está bien —dijo al final—. Muy bien, de hecho.
—Entonces, ¿crees que debo encargar a Sanjay la decoración de todo el hotel?
Edward asintió.
—Sin duda.
—Magnífico. Sanjay ha hecho un gran trabajo, aunque es verdad que muchos de los objetos que ves son los que Esme tenía.
—Sí, ya lo sé. Pero hay otros muchos más que no conoces y que deben de estar en manos de tu padre.
—Oh, vaya, no lo sabía… pero espera a ver el dormitorio. Tengo un espejo con un marco de bronce con dragones; es enorme. Y también hay divanes y cojines de colores. Y luego está la cama… una cama con dosel que está pidiendo a gritos que la usen.
Edward carraspeó.
—Más tarde.
—Pienso mudarme hoy mismo —le informó—. Y a las siete y media voy a salir a disfrutar de un buen pescado, de una buena botella de vino blanco y de ti, espero. Aunque no tiene por qué ser en ese orden. Te lo digo porque, según nuestro acuerdo, tienes que indicarme si el momento y el lugar son convenientes para ti.
—¿Eso quiere decir que has pensado en lo que te dije?
—Oh, sí, desde luego.
—¿Y bien? —preguntó con desconfianza.
—Acepto el trato. Me quedaré con lo que puedas darme y durante el tiempo que quieras dármelo.
Edward se acercó y le acarició el pecho.
—Algunas personas dirían que eso es una rendición en toda regla —comentó él mientras descendía hacia su boca.
—Pues se equivocarían —murmuró ella—. Porque hay una condición.
—¿Una condición?
Edward la deseaba tanto que habría aceptado lo que fuera.
—Tendrás que contarme lo de tu esposa.
Edward llegó a la cita con Bella a las ocho de la tarde. No se retrasó a propósito. Había surgido un problema en el Cullen y su gerente estaba enfermo, así que no tuvo más remedio que encargarse en persona. Cuando por fin terminó, salió de hotel y se dirigió al Cornwallis. Por el camino notó que ya habían terminado la obra en el spa y en la piscina, que estaba llena desde hacía dos días.
Ya lo había visto, pero decidió detenerse un momento para comprobar que todo estaba bien. El único defecto que encontró fue el grifo defectuoso en uno de los jacuzzis del spa, que tenía la curiosa costumbre de abrirse solo. Los fontaneros ya lo habían cambiado dos veces y todo parecía estar bien, pero el grifo nuevo se abría de todas formas y el jacuzzi se llenaba.
Los fontaneros estaban asombrados.
Indudablemente, era cosa de Yuen Chin.
Edward llamó a la puerta del ático del ala norte. No sabía qué esperar, así que se había puesto unos pantalones grises y una camisa blanca de lino, sin corbata. Pensaba que estaba elegante e informal a la vez. Además, lo de la camisa era muy adecuado. A Bella le encantaba desabrochársela y a él le encantaba que se la desabrochara.
Bella abrió la puerta unos segundos después, descalza. Y como siempre, se quedó sin aliento.
Para aquella ocasión se había puesto un vestido de color rosa pálido, de seda, que le llegaba por encima de las rodillas. Era de tirantes, y como el escote resultaba francamente generoso, su mirada se perdió enseguida.
—Vaya, ya has llegado —dijo con una sonrisa muy femenina—. Empezaba a pensar que habías cambiado de idea.
—No. Es que ha surgido un problema de última hora en el Cullen.
—Qué lástima.
Bella se giró y él la siguió al interior. El vestido tenía un gran escote por detrás y le ofreció una vista espléndida de sus muslos y de su trasero. Por si fuera poco, parecía que se había puesto ropa interior invisible. O más bien, que no llevaba.
Esperaba que se dirigieran a la cocina, puesto que nunca se andaban con formalidades. Pero sorprendentemente, Bella lo llevó al comedor pasando por delante de la vitrina de las muñecas y de las fotografías enmarcadas de las paredes.
En la mesa había dos velas, apagadas. Y sobre el mantel blanco, servilletas a juego, una cubertería de plata y un servicio de porcelana china.
—¿Estamos celebrando algo?
—No, sólo vamos a hacer un ensayo de la cena del día catorce. ¿Te parece demasiado formal?
—En absoluto.
—Me alegro…
Bella apartó una silla para que se sentara. Edward tardó en hacerlo, pero obedeció en cuanto ella arqueó una ceja.
—Gracias —dijo él.
—¿Te apetece un poco de vino?
Sin esperar respuesta, se inclinó sobre la hielera donde había dejado la botella para que se enfriara. El vestido se subió un poco más y Edward pudo disfrutar de una vista maravillosa.
—No, gracias…
Bella no hizo caso. Le sirvió la copa de todas formas y luego se sirvió otra para ella con movimientos felinos y sonrisa inocente. Después, limpió una gota del cuello de la botella con un dedo y se lo chupó para fijara su atención en sus labios sin pintar y sus uñas arregladas. Aunque tal vez llevara carmín. Pero demasiado sutil para ser notado. En cualquier caso, Edward no podía estar seguro.
En cambio, el rojo de sus uñas era tan intenso como atrayente. Deseó acariciarle los labios y besarla con fuerza. Y él sabía que ella lo sabía.
Aquello no era una cena. Era la guerra.
Bella desapareció en la cocina y regresó poco después con dos recipientes humeantes. Dejó uno delante de él, acariciándole el hombro con los senos, y después se sentó en el extremo contrario de la mesa.
—Espera. Hay que encender las velas.
Bella extendió un brazo para alcanzar una caja de cerillas, pero él se adelantó.
—Deja que lo haga yo.
Se levantó, pasó por detrás de ella y la rozó a propósito antes de tomar las cerillas. No la había tocado en tres días y la deseaba tanto como ella a él, a juzgar por cómo se estremeció.
—Gracias.
—De nada.
Edward encendió las velas y se sentó.
—¿Has sabido algo de tu padre? —preguntó él.
—Sí. Me envió un fax.
—¿Y qué decía?
Bella sonrió.
—Se ha rendido.
Él tomó el cuchillo y el tenedor y probó un bocado. No se iba a dejar intimidar por su éxito.
—Estoy impresionado.
—Deberías estarlo. ¿Te gusta la comida?
—Sí, está deliciosa…
—He olvidado poner música —murmuró.
—No necesitamos música.
Él lo dijo completamente en serio. Los acelerados latidos de su corazón ya ponían ritmo de sobra a la escena.
—¿Y qué hacemos el día catorce? ¿Crees que entonces convendría un poco de música?
—No lo sé, Bella. Creo que tendrás que improvisar.
La mirada de Bella se clavó en la fotografía donde aparecían Carlie, Charlie y él.
—Eran amigos de la infancia —explicó Edward—. Seguro que todavía tienen muchas cosas en común.
—Sí —dijo, nada convencida.
—¿Te arrepientes de haberlos invitado?
—Un poco —admitió—. Sanjay me matará si manchan la alfombra persa con sangre.
—Esperas demasiado de tu padre.
—Lo sé, y todavía voy a pedirle algo más. Estoy pensando en pedir a todo el mundo que siga la tradición china y aparezca con un regalo de papel, un regalo para Esme. Uno ofrecido con el corazón.
—¿Piensas pedirle que la perdone?
—Creo que ya es hora —declaró sin apartar sus ojos de su cara—. Tú también puedes traer un regalo para tus fantasmas personales.
—¿Un kilo de perdón?
—O de carne. Lo que más te guste.
Edward sonrió a regañadientes.
—No me presiones, Bella…
—¿Presionarte? ¿Por qué? ¿Por preguntar por tu esposa? Te ahorrarías problemas si me lo contaras de una vez. Nos lo quitaríamos de en medio.
—No hay nada que necesites saber.
—¿Tú crees?
—No es una historia bonita.
—Ni yo lo espero —dijo ella—. Estoy jugando con tus normas, Edward. Merezco saber por qué las has establecido.
Edward pensó que tenía razón, pero no sabía por dónde empezar. Nunca hablaba sobre Arianne. No hablaba de ella con nadie.
—Me enamoré de Arianne a primera vista —empezó—. Fue un flechazo, y al mes siguiente ya nos habíamos casado. Me entregué a ella por completo, pero nada era suficiente y nuestro matrimonio era un desastre a los tres meses. Siempre quería más. Más ropa, más tiempo, más… hombres. Decía que lo necesitaba porque yo era demasiado contenido y no le dejaba más opción que buscar fuera lo que no tenía en casa.
—¿Te culpaba a ti de acostarse con otros hombres?
—En efecto. No podía darle lo que necesitaba.
—Me temo que nadie habría podido.
—Fuera como fuera, seguí con ella —murmuró—. La amé de la mejor manera que pude y también la odié. Y un día se encontró con un corazón tan salvaje como el suyo. Jugó con él, jugó conmigo, nos utilizó como un arma y consiguió desesperarme hasta tal punto que le pedí que eligiera entre los dos o se marchara y me dejara en paz. Ella se rió de mí y dijo que haría lo que quisiera y que se quedaría con los dos.
Bella cerró los ojos un momento y derramó una lágrima solitaria. Pero Edward no había terminado e hizo un esfuerzo por controlar sus emociones. Tenía que escuchar. Prestarle atención. Dejar que soltara su dolor, la rabia y el sentimiento de culpabilidad que llevaba dentro.
—¿Quieres saber cómo murió Arianne? Fue aquí mismo, en la playa del hotel, estrangulada por su amante. La mató en un ataque de desesperación y, al día siguiente, se suicidó. Parte de mí lloró por ella; pero otra parte no derramó una sola lágrima. Me odiaba a mí mismo y la odiaba a ella por haber estado a punto de destruirme.
—Edward…
—¡No!
Edward se levantó de repente y Bella se quedó pálida.
—Lo siento, Bella. No puedo enamorarme de ti. No soy capaz. No podría pasar otra vez por eso. Ni siquiera por ti.
Bella se quedó inmóvil cuando la puerta del ático se cerró de golpe. Entonces, inclinó la cabeza e intentó contener el temblor de sus manos.
Una brisa repentina entró por el balcón y jugueteó con las servilletas y con las llamas de las velas.
—No tendrías que pasar por eso —susurró—. No tendrías que pasar por eso.
