III (Saga Dorada) Princesa de Hielo

By: YuukoMidna

Saint Seiya y todos sus personajes no me pertenecen, son obra del maravilloso Masami Kurumada. Yo solo hago uso de mi imaginación para crear Fics a partir de su historia original, así que no están hechas con fines lucrativos.

Esta historia está basada en lo sucedido a lo largo del anime y en el Lost canvas, algunas cosas cambiaran, yo solo me baso en los personajes y en algunos hechos, pero la historia será muy diferente a lo que realmente ocurrió.

¡Disfruten la lectura!


CAPITULO 10

=Rendición=

Hilda guardó silencio todo el tiempo en el que Marín y su esposo se habían ido. Los otros hicieron lo posible por relajar el ambiente, pero ella se sentía observada y no podía dejar de pensar que, de algún modo, la sabían diferente. Y todo era culpa del Caballero de Acuario. Ese hombre horrible había sido causa de todo lo malo que le ocurriera en ese país extraño... exceptuando el secuestro, naturalmente. En aquel momento le había salvado la vida. Pero a ratos lamentaba que él no la hubiera dejado ahogarse. Cuando estaba de pie en la diminuta entrada del lugar, se abrió la puerta, dando paso a Camus y a Marín. Hilda fue inmediatamente al extremo del lugar en una mesa alejada. Su esposo la siguió.

-Te he traído algo- Le dijo desde atrás, con suavidad. Ella giró en redondo.

-¿Una biografía de Zeus con diez preguntas al final de cada capítulo?- El soltó una risita y le ofreció una bolsa de papel. Ella la aceptó con gesto dubitativo y sacó el traje de baño azul. Miró a Camus con expresión de escepticismo.

-Yo mismo lo elegí- Los ojos del Caballero centelleaban -También tienes una pequeña bata, un sombrero y un bolso aquí adentro. Ningún libro de historia- Hilda no sonrió.

-¡¿Qué te ha regalado?!- Chilló June desde la puerta. La Princesa le ofreció la bolsa, para dejar que revolviera a su gusto -No es mal modo de pedir disculpas- Observó la rubia -Todavía es posible que te conviertas en un buen esposo- Miró a la Princesa -¡¿Y bien?!- Hilda comprendió que June esperaba algo de ella, pero no supo de qué se trataba -Cuando un hombre se disculpa, una le da un beso y se reconcilia con él. Vamos, manos a la obra. Les concedo dos minutos. Después habrá que cambiarse para ir a la playa. Tengo hambre- Y los dejó solos en la mesa.

-Yo... ejem... creo que esto va en prenda de paz- Tartamudeó el Dorado -Hice mal en decir lo que dije. Es que me asombró verte tan cambiada-

-Supongo que sí- Concedió Ella -Quería parecer más normal y la cabellera larga era muy anticuada-

-A mí me gustaba-

-¿De veras?- Se extrañó ella -Yo no lo sabía. Tú nunca me dijiste que te gustara ni que te disgustara- Él se acercó un paso.

-Pero me gustaba. Te sentaba bien-

-Pero esto es tan cómodo...- Comentó ella, tocándose la melena.

-¿Sí?- Camus alargó una mano para enroscarse un mechón blanco a los dedos -Es suave. Quiero decir. Me gustaba más tu melena larga, parecías una Amazona y…-

-¡Se acabó el tiempo!- Anunció June –¡Vamos!- Hilda, con la confusión pintada en los ojos, pasó junto a él para seguir a la Amazona. Camus maldijo a June por ser tan inoportuna.

Entraron al baño y entre nudos y desastres de ropa, las chicas salieron luciendo sus trajes de baño y conjuntos. Al salir del local allí esperaban los hombres: el apuesto y sonriente Shura y su marido. Pero su esposo estaba muy cambiado. Tranquilamente reclinado contra la escalinata, festejaba con risas algo que Aioria estaba diciendo "¿Y ahora qué planea?" se preguntó ella "¿Me tendrá preparada alguna tortura especial?"

-Princesa... - Dijo Shura, ofreciéndole el brazo. Ella lo aceptó, sonriente, pero Camus se interpuso entre ambos.

-Creo que yo mismo acompañaré a mi esposa-

-¡Ya era hora!- Murmuró el capricornio. Después de echar una mirada triste a Hilda, dio una excusa y se retiró del grupo. Todos se amontonaron en el coche de Camus: los chicos atrás, exceptuando a Hilda y el Caballero del Cero Absoluto, pues él conducía y ella se sentaba su lado. El no dejaba de sonreírle. Cuanto más sonreía él, más desconfiaba ella "¿Qué cosas terribles estaría planeando?"

Ya en la playa, los hombres se ocultaron en la oscuridad para ponerse los pantalones de baño, mientras las mujeres reunían leña para encender la fogata. Marín dejó escapar un silbido al ver la aparición de Camus, que salió a la luz con pantaloncitos negros. Él le guiñó un ojo y se volvió hacia las olas del mar.

-¿Quieres nadar, Princesa?- Preguntó.

-De noche y en esas aguas, jamás- Afirmó ella. Camus cumplió con su misión y volvió con una docena de langostas, que el grupo comió apresuradamente. Después de la cena, con el fuego casi apagado, June platicaba muy entretenida con el caballero de Aries, algo sobre las tortugas y los huevos. Mientras Marín y Aioria se comían a besos del otro lado. Hilda apartó la vista, azorada, por desgracia Shaina no los había acompañado. Le vendría bien un poco de compañía extra, aunque fuera la arisca de la Amazona plateada.

-¡Camus!- Protestó Marín, cuando emergió para respirar -¿Por qué no enseñas a tu Princesa la vieja costumbre de los abrazos?-

-No creo que sea una buena idea- Comenzó él pero tomo la mano de Hilda. Antes de que pudiera llevársela a los labios, ella se apartó, siseándole.

-No pretenderás que yo haga en público lo que están haciendo ellos-

-No lo pensaba así… ¿En tu país son todos frígidos?-

-Vivo en un país de hielo ¿Que esperabas?- Replicó ella con sarcasmo.

-¡¿Quieres ser una buena esposa o no?!- Le espetó él.

-¡Estoy tratando de aprender!- Él se tranquilizó.

-Sí y lo estás haciendo bien. Mira a los otros- Señaló a los demás -Si en estos momentos estallara otra guerra Santa, ni siquiera se darían cuenta, de modo que no se fijarán en nosotros. Lo que hacen Marín y Aioria es lo que hacen todas las parejas-

-Está bien- Aceptó ella, apartando el cuerpo y ofreciéndole la mano -Puedes besarme la mano, siempre que no me retuerzas el brazo ni hagas esas otras cosas dolorosas que sueles hacer-

-Escuche, Señorita-

-Soy Su Al...- Camus le deslizó una mano por la nuca y la besó antes de que ella pudiera decir una palabra más. Sólo dos veces la habían besado en los labios: la primera había corrido por cuenta del Dios guerrero Sigfried, al pedirle que se casara con él; la segunda, por obra del Caballero Dorado, en aquel desolado lugar llamado Siberia. Ninguna de las dos experiencias la había preparado para esto. El comenzó por rodearle la cabeza con ambas manos, en un gesto suave y protector; sus labios jugaron tiernamente con los de ella. Hilda mantuvo los ojos abiertos y levantó las manos como para apartarlo, pero luego comenzó a sentir cosas muy diferentes. Apoyó los dedos en los hombros de Camus. El contacto de la piel desnuda en sus palmas, le fue grato. El movió suavemente la cabeza a un lado y el beso se hizo más profundo. Ella cerró los ojos y se inclinó un poquito hacia adelante. Cuando él se apartó, Hilda permaneció como estaba, con los ojos cerrados -Por Odin…- Murmuró. Después, en un lento parpadeo, abrió los ojos. Camus aún le sostenía el rostro.

-Esta es una de nuestras costumbres en pareja ¿Hay algo parecido en Asgard?- Ella comprendió que era una burla, pero no le molestó -¿Y cómo son mis besos, comparados con los de Shura?- Preguntó el en broma. Ante eso Hilda irguió la espalda y sin previo aviso, le dio una sonora bofetada.

-¡Tu amiguita de la otra vez me enseñó esta otra costumbre!- Se puso de pie -¡Y ahora, por favor, que alguien me lleve a casa!-

-¡Escucha!- Dijo el, poniéndose de pie ante ella -¡Nosotros no somos tus sirvientes! ¡Aquí todo se pide, nada se ordena!-

-¡En este caso pido que se me permita abandonar este sitio!-

-¡Te llevaré yo! ¡Soy tu esposo! ¡¿Recuerdas?! ¡Aunque de poco me sirve!- Camus giró hacia Marín, que lo miraba desaprobatoriamente. Todos estaban reuniendo sus pertenencias -¡He hecho lo posible! ¡Lo he intentado! ¡Vamos, Su Alteza Real! La llevaré a casa-

…..

Mientras recorrían la ciudad, todos guardaban silencio. A Hilda aún le palpitaba con fuerza el corazón. Sabía que había armado demasiado alboroto por algo que no tenía gran importancia; en realidad, le agradaba aquella muestra de celos por parte de su esposo. Pero lo que había provocado su ataque era el miedo. Desde el momento en que aprendió a caminar, el decoro y la autodisciplina le fueron inculcados profundamente. Debía dominar sus emociones en todo momento. Había asistido a los funerales de sus amados padres sin derramar una lágrima en público. Había padecido un par de heridas físicas sin llorar. Había sido secuestrada en dos ocasiones sin perder la calma. Siempre se dominaba.

Sin embargo, esa noche había estado más cerca que nunca de perder el control ¡Las cosas que le había hecho sentir el beso de ese hombre! Habría querido analizar todo eso con su abuelo ¿Era correcto? Sigfried nunca le había hecho experimentar esas cosas. Claro que no vivía con él, no dormía en su cama, ni siquiera había cenado nunca a solas en su compañía. Tal vez las sensaciones habrían llegado con el tiempo, si se hubiera casado con el Dios Guerrero. Aún sentía el flanco del Caballero Dorado apretado contra el suyo. Y él le tocaba la rodilla cada vez que cambiaba la marcha del coche. Eso le aceleraba aún más el corazón. Cuando se quedaron solos sintió deseos de disculparse, pero él estaba muy molesto.

-¡Apártate! Te quiero lo más lejos de mí que sea posible- Hilda hizo lo que se le indicaba y no volvieron a hablar.

Lunes por la Mañana. Escuela secundaria de Athenas...

Era una mañana perfecta. Perfecta para iniciar un buen día, oh bueno, eso es lo que normalmente uno piensa cuando es un bonito día para salir de casa. Pero ese no era un buen día para salir del olimpo, eso es exactamente lo que pensaba el Dios de Dioses mientras se debatía entre bajar del coche o regresar al olimpo.

-Papá ¿Vas a bajarte si o no?- Hermes, el Dios del comercio, quien ya estaba harto de estar parado a las afueras de la bendita escuela y con mucho trabajo que hacer, intento apurar a su padre. Zeus sacudió la cabeza y hecho una mirada a la entrada.

-Hay veces en que me arrepiento de mis errores pasionales- El Dios del comercio rodo los ojos.

-Si bueno, por eso se les llama errores- Miro su reloj con impaciencia -Papá tengo que ir a una reunión importante y voy retrasado- El padre de los Dioses hizo una mueca de dolor y con toda la calma del mundo jalo la manija y abrió la puerta del carro. Hermes echaba humo por las orejas y respiraba con rapidez, estaba perdiendo la paciencia. Zeus se tomó su tiempo para bajar el pie izquierdo, luego el derecho –¡Ahora papá!- Hermes empujo a su padre fuera del auto y cerró la puerta de un tirón. Bajo la ventana un poco solo para agregar –Tu puedes, solo es una directora, recuerda que tú eres un Dios- Y sin más arranco el auto hasta perderse de vista en la primera esquina.

-Bueno, supongo que no tengo nada que perder- Zeus tomo todo el aire posible hinchando el pecho y camino con toda la seguridad posible hasta la entrada.

Media hora mas tarde...

Tic-tac-tic-tac-tic-tac

El castroso sonido del reloj tenia los nervios del Dios completamente a punto de ser destrozados. Frente a él, la señora encargada de la escuela secundaria le observaba con ojos acusadores y fruncía los labios de una manera espantosa. Esa señora era como ver una momia sin vendas, demasiadas arrugas y con un olor a rancio poco tolerable. La directora Brownes le miro por encima de sus gafas de media luna y de no ser porque era humana, pensaría que intentaba leerle la mente. Zeus inspiro con paciencia y se cruzó de brazos.

-¿Se puede saber porque me han pedido que viniera?-

-Lamento ser portadora de malas noticias señor- La directora hablo seria y con sus codos apoyados en el escritorio y las manos entrelazadas, con cada palabra que decía parecían salirle más arrugas. La imagen de una Moira en particular, paso por la cabeza del Dios. Evito sonreír al pensar que diría la parca.

-¿Exactamente que hizo mi hija?- Pregunto Zeus. Al otro lado del escritorio, sentado, de brazos cruzados, muy serio y un poco molesto por haber sido obligado a permanecer frente a esa reliquia humana.

-Comenzó una pelea agrediendo a una estudiante-

-Esos problemas los arreglan ustedes los maestros, para eso les pagamos ¿Ahora dígame para que me hizo venir aquí?- La mujer le dirigió una mirada escandalizada. "¿Pero qué le pasa a este hombre? ¿Es que acaso no le importa el comportamiento brutal de su hija?"

-Por obvias razones señor. Su hija carece de una moral estrictamente notable. Toda falta al reglamento escolar debe ser castigada con una suspensión de clases, con un periodo mínimo de dos semanas- La mujer observo al hombre intentando encontrar alguna reacción a lo que acababa de decir, pero no parecía asombrado, ni cambio su expresión seria, después de unos minutos de incomodo silencio la directora pregunto –¿No tiene nada que decir al respecto señor?-

-Si- Contesto secamente el Padre de los Dioses –Debo suponer que no me cobraran esas dos semanas en la colegiatura de este mes ¿Verdad?-

Templo principal del Santuario Ateniense…

-¡Esto es el colmo Nike! ¿Se puede saber porque te peleaste? ¡Y con un niño! ¿Cómo es posible que no puedas comportarte como una señorita?-

-Pero papá…-

-¡No! ¡Nada de pero papá jovencita! Deje que te quedaras con tu hermana porque prometiste portarte bien y este tipo de problemas son justamente lo que quería evitar-

-¿Qué te molesta tanto papá? ¿Qué me haya peleado con un niño o que hayas tenido que venir a solucionar el problema en persona?- Zeus la miro echando fuego por los ojos.

-¡No me provoques más!- Nike bajo la cabeza con un puchero.

-Lo siento papá-

-Sí, más te vale que lo sientas. Porque tendré que pagar de todos modos esas dos semanas- Murmuro esto para sí.

-Papá no seas tan duro, no es tan malo como parece, Nike aun es joven para entender que los juegos de manos son de villanos- La pequeña le dirigió una mirada de reproche a su hermana mayor. Zeus gruño y se masajeo las sienes.

-Que sea la última vez Nike. Al menos la próxima vez asegúrate de romperte todos los dientes para que no pueda quejarse y yo no tenga que venir hasta acá- Saori abrió los ojos sorprendida.

-Papá…-

-No quiero tener que lidiar con más problemas parecidos a este. Estas avisada jovencita…Y tú también- Se dirigió a Saori antes de salir del templo y desaparecer del lugar. Ambas Diosas se miraron encogiendo los hombros mientras Shion negaba con la cabeza de forma reprobatoria.

Los dos días siguientes fueron angustiosos. Hilda iba de compras con June y Marín para organizar la boda de Shaina, en esos pocos momentos olvidaba algo de su angustia; pasaba horas en el recinto de la amazonas. Haciendo planes, organizando menús, eligiendo colores… pero cuando tenía que regresar al Templo de Acuario, todo volvía a ser triste y monotono. Camus volvió a ser frío como antes; ya no reía ni le preguntaba dónde estaba su maletín. Perdía la paciencia a cada instante cuando trataba de enseñarle a cocinar y a lavar la ropa.

-¡Pero si ayer lavé los platos!- Protestaba ella.

-¡Sí y tienes que volver a lavarlos hoy! ¡Eso se hace tres veces al día, los siete días de la semana!-

-¡¿Estás bromeando?! Si lavo los platos todos los días, quito el polvo todos los días, lavo la ropa, cocino, compro las provisiones ¿En qué momento puedo leer un libro? ¿Cuándo salgo de compras con las chicas? ¿Cuándo puedo ser Hilda y no la señora de Camus? ¿Cuándo podré pensar en algo, aparte de la marca de detergente que más conviene?-

-Tengo que trabajar- Esa noche Hilda preparó la mesa con velas y dio al ambiente todo el atractivo posible, considerando lo poco que sabía de eso. Camus encendió todas las luces y apagó las velas. Ella comprendió que estaba muy enojado y quiso hacerlo sonreír otra vez. El Caballero creía que el matrimonio era pasajero, pero ella estaba mejor informada. Aunque ya no lo odiaba, aún le era desconocido. Después de servir la ensalada de langosta, siguió un impulso: arqueó la espalda, echó el busto hacia adelante y dijo, con el acento extraño.

-¿Qué te gusta más? ¿Esa fea ensalada de langosta o esta personita?- Su excelente imitación de Marín lo hizo sonreír. Ella se sentó al otro lado de la mesa -¿Qué hacen las parejas cuando están solas?-

-Fuera de la cama, no tengo idea- Ella parpadeó algunas veces.

-A las esposas ¿No les parece a veces que la vida es aburrida? ¿Disfrutan realmente de la limpieza, aun cuando lo hagan por la familia?- El volvió a sonreír.

-Tal vez no se trate exactamente de disfrutar ¿Qué hacías en tu papel de Princesa?-

-Hacía muchísimo ejercicio. Mi hermana y yo montábamos a caballo, practicábamos esgrima, teníamos lecciones de baile... –

-Es por eso que estás tan... - Él se interrumpió.

-¿Que estoy cómo?- Él sonrió con todo su rostro.

-Que estás tan bien en traje de baño-

-Gracias- Dijo ella.

-Es la primera vez que te oigo pronunciar esa palabra-

-Es la primera vez que la mereces- Le espetó ella.

-¿Sí? ¿No merecía agradecimiento cuando te salvé la vida?-

-Por lo que tenía a la vista de ti, eras peor que los secuestradores "Respira, pequeña, hazlo por mí"- Lo remedó. Camus iba a decir algo, pero optó por callar.

-¿No te gustaría dar un paseo?- Ofreció -Tal vez eso te distraiga-

-Sí, por favor- Fue muy agradable pasear con él y escuchar historias de héroes antiguos, seres extraordinarios, ninfas y muchas otras cosas más -Pareces saber mucho a pesar de no ser originario de aquí-

-Me gusta aprender cosas nuevas-

-Serias buen maestro. Marín dice que nadie sabe tanto como tú de estos temas, solo el Patriarca y el joven Mu- Camus se echó a reír.

-Eso no es cierto siquiera remotamente, pero el Patriarca y Mu, sí saben mucho-Consultó su reloj -¿Estás lista para acostarte Cherri?- Se contuvo de inmediato -Es decir... - Ella le sonrió.

-Empiezan a gustarme los "Cherri" y los "Pequeña", aunque lo de "Princesa" no me convence del todo-

-Te sienta bien- Aseguró él, bostezando -Eres serena, rígida, inflexible, no del todo humana. El nombre representa a algo intocable, como tú-

-Oh- Murmuró ella, volviéndole la espalda -No del todo humana…-

Ya entrada la noche…

En el templo de Acuario. Mientras se preparaba para quitarse el maquillaje, meditó aquellas palabras ¿Se ajustaba ella a esa descripción? Dos noches antes, él la había besado, despertándole una pasión atemorizante. Tal vez Amira, en idéntica situación, sería más cálida. Tal vez esa rubia sabría mucho de besos.

Se acostó en su cama, separada de Camus por una pared y permaneció despierta. Hacía calor, como siempre, y ella se había puesto un ligero camisón color rosa, más enagua que camisón. A eso de medianoche estalló la tormenta. El viento fustigaba las ventanas. Entre el restallar de los truenos, los relámpagos iluminaban la habitación, Hilda levantó la sábana. El camisón parecía adherirse a su cuerpo, asfixiándola. Cada vez hacía más calor en ese cuarto. Empezó a sudar. Otro estallido de truenos hizo resonar las ventanas. Trató de ponerse cómoda, pero no pudo. La mente se le llenaba de imágenes: Camus en Siberia, casi desnudo, corpulento. Camus con pantalones de baño. Recordó la expresión de sus ojos al encontrarla bañándose. Recordó sus dos besos. En el momento en que iba a cubrirse con la sábana, oyó pisadas cercanas. En la penumbra vio que Camus pasaba ante su cama para cerrar una ventana. Se volvió a echarle un vistazo y se detuvo.

-¿Estás despierta?- Preguntó, en un susurro. Ella asintió y él se acercó a la cama -Estoy cerrando las ventanas ¿Te ha despertado la tormenta?- Hilda sacudió la cabeza. Él se sentó en el borde de la cama, con el ceño fruncido -¿Te sientes bien?- Le preguntó, aplicándole una mano a la frente. Hilda sujetó esa mano para encerrarla entre las suyas -¿Qué te pasa, Chérri? ¿Has tenido una pesadilla?- Camus la estrechó entre sus brazos como si ella fuera una criatura necesitada de consuelo. Pero lo que Hilda necesitaba no era consuelo. Se apretó contra él, apoyándole los pechos contra el torso desnudo. El comprendió de inmediato -Estoy perdido…- Murmuró, como el hombre que se siente hundir por tercera vez. Luego le levantó el rostro y la besó con apetito -Oh, chérri, mon petit on belle princesse. Eres mía ¿Lo sabes?- La besó en el cuello -Te salvé la vida y eres mía. Si no fuera por mí habrías muerto-

-Sí- Jadeó ella -Sí, dame vida. Dame la alegría de estar viva- Dijo más, pero Camus no comprendió, pues hablaba en noruego. De cualquier modo, no hacían falta las palabras. Sólo entonces comprendió cuánto la deseaba. Desde que la viera desnuda en Siberia, ese cuerpo de caderas estrechas y pechos grandes lo embrujaba. Sudaba al verla todos los días, con la espalda recta y el busto hacia adelante. Le arrancó el camisón, deseoso de llegar a esos pechos con los que había soñado tantas veces. Ocultó el rostro entre ellos y los sostuvo con las manos contra sus orejas. Hilda soltó un gemido, con la cabeza hacia atrás.

Camus trató de ir despacio, trató de recordar que ella era virgen y debía estar asustada, pero no pudo dominarse, así como no habría podido detener a un tren en marcha.

Empezó a besarle el cuerpo, los brazos, los pechos, los hombros, para volver al cuello y reiniciar el trayecto. Era como si en las últimas semanas hubiera memorizado su piel. Le besó el lunar que tenía en la clavícula. Movió la cabeza hacia abajo, besando todo lo que caía bajo su boca: las caderas, el vientre, los muslos. Ella no decía nada, pero su piel cobraba más y más calor.

-Camus- Susurró.

-Aquí estoy, mon Chérri- Respondió él, tendiéndose sobre su cuerpo. Tuvo que guiarla, puesto que ella no sabía qué hacer. Pero aprendía pronto. Oh, cielos, sí, aprendía pronto. Y después de aquella primera posesión, lenta y gradual, el caballero comenzó a creer que estaba dotada de un talento natural. La besó en los labios y en los pechos, mientras empujaba despacio. Ella tenía razón: había hecho mucho ejercicio en su vida. Su cuerpo, ágil y fuerte, lo seguía con facilidad. En cierta oportunidad hasta fue preciso detenerla, pero luego a él mismo le fue imposible contenerse. Terminó en una satisfactoria explosión que le estremeció todo el cuerpo y se derrumbó sobre ella, reduciéndola a un rollito apretado entre sus miembros. Tardó un rato en recobrarse.

-¿Estás bien?- Preguntó. La sintió mover la cabeza afirmativamente bajo su pecho y sonrió -¿Puedes respirar?- Ella movió la cabeza en negativa. Camus rio entre dientes y se desplazó un poquito para permitirle respirar. Los cuerpos sudorosos siguieron unidos. Afuera comenzaba a llover con menos intensidad -¿Te he hecho daño?- Preguntó él, con suavidad.

-Un poco, pero no tanto. Me... me gustó- Él había tenido miedo de mirarla, miedo de lo que podía haber en sus ojos, pero se echó hacia atrás para estudiarla mejor. Era más bella de lo que recordaba. El pelo le rodeaba la cabeza, suave, con mechones pegados a las mejillas por el sudor. La besó en la boca, con ternura.

-¿Qué te parece si nos damos un baño?- Sugirió -Juntos. Los dos en la misma bañera- Ella abrieron mucho los ojos y parpadeo incrédula.

-¿Se... hace así? ¿Entre hombres y mujeres? ¿Es correcto?-

-Este hombre y esta mujer están a punto de hacerlo- Camus se puso de pie y ella apartó pudorosamente la mirada para no ver su desnudez. Mientras buscaba su camisón, se cubrió los pechos con la sábana. El dorado la sacó de la cama levantándola en brazos -Nada de cubrirse. Quiero mirarte-

-¡Oh!- Exclamó ella, ruborizada y con los ojos bajos. Se aferró al cuerpo del caballero rodeando su cuello mientras sus pechos chocaban contra el duro torso de él "Mi madre debe estarse retorciendo en su tumba" pensó sonriendo, aferrándose más al cuerpo de su flamante esposo, mientras la llevaba directo al cuarto de baño.

Continuara…


Poco a poco la historia llegando a su final ^^, unos pocos capítulos más y esta hermosa historia dará paso al siguiente fic de la Saga Dorada.

Muchas gracias por seguir leyendo! Y por sus Reviws!

Faltas de ortografía y gramática no son intencionales, pero si ven alguna avísenme, se aceptan consejos, sugerencias y criticas mientras no sean destructivas.

Por favor antes de salir no olviden dejar su reviw a la pasada ^^ ¡Arigato!

YuukoM. (\./)