Disclaimer: ¿Alguien duda que HP pertenece a JK Rowling?


Es como el alcohol

— ¿Entonces, estás seguro?

Percy asintió.

Se encontraban en la casa de los Wood. Oliver aún no había querido independizarse y seguía viviendo con sus padres. Al menos, hasta que se decidiera, y le pidiera el matrimonio a Kate.

— Muy seguro. Es algo que debo hacer. Algo que… — Se detuvo —. Es algo que tengo que hacer, sí o sí.

Oliver suspiró.

— Está bien. Si estás tan seguro…

— Lo estoy. Me voy a casar.

— Con Audrey Morrison.

— Sí…

— ¿Sabes que pienso que te estás equivocando, verdad?

— Sí, lo sé.

Oliver arqueó una ceja.

— ¿Y entonces por qué me preguntas?

Percy lo miró fijamente.

— Creí que era obvio — Oliver no respondió. Percy lanzó un suspiró —. Eres mi amigo. Mi único amigo la verdad…

Oliver sopesó esas palabras.

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Aquella rara (todo hay que decirlo) amistad se fraguó en los años de Hogwarts.

Percy había jurado que sería el último de su año en salir seleccionado. Pero cuando la profesora McGonagall dijo su nombre, Percy se dio cuenta que otro chico esperaba para ponerse el sombrero. Y ese chico era Oliver Wood.

Ya desde el comienzo, eran diferentes. Percy era (palabras de Wood) un asco para todo lo que tuviera que ver con los deportes. Era demasiado estirado, demasiado cumplidor con las normas, demasiado preocupado por su rendimiento escolar. Y Oliver era todo lo contrario.

Oliver era (palabras de Percy) una vergüenza en lo que se refería a buenas notas. No que alguna vez haya raspado una materia. Sencillamente a Oliver no le importaban los extraordinarios tanto como a Percy. Oliver era más despreocupado, más relajado, más ligero. Bueno, excepto cuando se trataba de Quiddicth. Ahí podía ser tan ambicioso como Percy.

Tal vez eso era lo que nos unía. La ambición que cada uno tenía. Percy quería cambiar el mundo, (en el fondo siempre había sido un idealista), y para eso quiso entrar en el Ministerio de Magia. Y Wood quería dedicarse a parar quaffles toda su vida. Ganar. En eso se basaba todo. Los triunfos.

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Todo el mundo en la casa de Gryffindor había oído, así sea un fragmento, de uno de los discursos de Oliver Wood. Al menos una palabra. Percy se los sabía de memoria. Después de todo era él (sin que nadie lo supiera, claro) el que los escribía, el que afinaba las ideas de Oliver y las materializaba.

Lo mismo ocurría con los discursos de Percy sobre el mundo y sus problemas. Oliver se los sabía de cabo a rabo, y a menudo intentaba incluir alguna broma, algún comentario que rebajara el serio tono que Percy ponía en sus discursos. Tarea perdida desde el comienzo porque Percy era demasiado terco, pero Wood seguía intentándolo.

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Esa es otra cosa que los igualaba. Ambos eran tercos como mulas. Y no escuchaban a razones. Ambos eran apasionados y defendían sus opiniones a capa y espada, como buenos gryffindors, solía decir Oliver.

El dormitorio que compartieron por siete años, era una mezcla rara entre cuarto tipo estudio y campo de quiddicth. Pergaminos sueltos. Tinteros volcados. Plumas desperdigadas. Un bloc de dibujo sobre el alfeizar de la ventana. (Que Percy supiera dibujar era poco menos que un secreto de estado). Mapas y esquemas de posiciones. Unos viejos calderos de chocolate (envenados con pociones de amor y cortesía de una de las admiradoras de Oliver).

Cada vez que recordaban el suceso, Percy se reía a carcajadas y Oliver se ponía rojo.

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Otra cosa que tenían en común. La torpeza respecto al sexo opuesto. Oliver opinaba que Percy no vería una mujer ni aunque bailara desnuda sobre la redacción de McGonagall. A su vez, Percy creía que su querido amigo no vería a una mujer ni aunque se cubriera con el palo de una escoba.

Por eso ambos se retaron para el final de su quinto año. Debían conseguir novias. Tenían que conseguirlas a como de lugar. ¡Ya basta de ser vírgenes!, había gritado Oliver. Y Percy había acpetado. Él había sido el primero en conseguir novia: Penélope Clearwether. Y gracias a Penny, Oliver pudo conseguir salir con Sara Richards.

Aquel día habían conseguido obtener una botella de whisky de fuego (Oliver diciendo que se lo merecían y Percy protestando, aunque en el fondo quisiera tomar). La botella había tenido la virtud de hacerles olvidar todas sus obsesiones. Claro, que a la mañana siguiente ambos abrazaron el retrete.

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No tenían aguante para el alcohol. Lo habían aprendido a la mala, pero lo habían hecho. Y preferían no volver a pasar por ese episodio jamás.

Cuando Oliver le preguntó porqué se iba a casar con Audrey, Percy le contestó con una amplia sonrisa:

- Ella es como el alcohol. Me hace olvidarme de todo. Excepto de ella.

Oliver asintió. Había encontrado que también con Kate se encontraba así, pero no estaba preparado para el matrimonio.

- ¿Y eso no te da miedo?

Percy asintió.

- Sí, un poco. Pero me gusta.


Notas de la autora:

Sinceramente este capítulo no me gustó mucho. No dije todo lo que quería decir. De todas formas, creo q se entiende la esencia de cómo veo a estos dos.