X. LA ÚLTIMA ESTACIÓN

Birkenau, Polonia, 1945

Ocaso de la Segunda Guerra Mundial ocurrida entre 1939 y 1945, Auschwitz-Birkenau II es el más grande Campo de Concentración y el más mortífero. El 27 de enero de 1945 el Ejército Rojo(1) liberó a los prisioneros que quedaban…


—Quizás debería ver esto… —susurró consternado el soldado ruso a su comandante.

—El problema es que ya no quiero ver más —contestó llevándose el pañuelo a la boca, después de haber vomitado todo lo que había comido en la última semana.

El problema era… que no esperaba ver lo más monstruoso de la humanidad… el problema era que lo que allí encontraron, lo hacía cuestionar la humanidad de los que ahí gobernaron con mano de hierro.

—Debería ver esto… es… poco común, inexplicable —murmuró el joven soldado que estaba haciendo de tripas corazón para no echarse a llorar.

—Nada puede ser peor —acabó dándose ánimos el viejo comandante, siguió al soldado y a gritos pidió que le abrieran paso.

Acababan de destapar una de las cámaras de gas… y lo que ahí encontraron fue más allá de lo que hubiesen imaginado… hasta donde la vista alcanzaba había cuerpos… montañas de cuerpos, retorcidos todos ellos, en posiciones extrañas, con rictus de dolor, aferrándose a la vida… otros tantos parecían tener resignación y paz…

Y lo vio.

El resto de soldados rusos que estaban ahí agazapados tenían la vista clavada en ese sólo punto, murmuraban, se preguntaban, unos incluso se santiguaban…


Cracovia, 1930…

Manfred Rommel era un precioso niño de diez años, rubio, rubio como su madre, incluso tenía los ojos azul turquesa de ella, parecía un muñeco viviente, lo mismo que ella. Iba de la mano de la mujer, caminando por la poco concurrida calle.

El frío era recio, él mismo iba envuelto en ricas pieles, la mujer de servicio que les acompañaba llevaba las compras en sendas bolsas.

El olor del pan le llegó hasta la nariz y de inmediato gimoteó y tiró de la manga del abrigo de la mujer.

—Huele bien, ¿verdad? —inquirió con una sonrisa turbia la mujer de labios carmín—, es una pena que esos cerdos estén ahí —dijo, después le dio una breve indicación a la sirvienta y esta entró a la panadería que tenían casi enfrente.

—¿Por qué no vamos, madre?

—¿Estás loco? ¡Judíos! —espetó ella arrugando el ceño y haciendo un gesto de asco—, invasores y asquerosos judíos… no, no, esperemos a que ella traiga el pan.

—¿Es malo ser judío? —inquirió con un hilo de voz el niño.

—Malísimo, son una raza inferior, son como una plaga —después, amorosamente la mujer acomodó los mechones rubios de su cabello.

En ese momento escuchó una lengua extraña que no comprendía: la lengua de los judíos, un hombre llevaba de la mano a su joven hijo también, un hombre en apariencia normal, con un niño igualmente normal… y fue precisamente eso lo que le llamó la atención.

La estampa era casi idéntica a la propia, él iba con su madre, y aquel niño con su padre, todo muy normal.

Pero no era normal.

El niño se reía de algo que le había dicho el padre… reía… cómo el podía estar riendo… su cabello pelirrojo era un punto focal, era como tener en llamas la cabeza, según su concepción infantil.

Su madre se apartó de ellos cuando pasaron, como si en efecto se tratase de unos apestados.

—Parecen normales, como tú y yo —comentó el niño.

—¡Manfred! ¡Jamás, jamás, jamás, vuelvas a decir eso! ¡Nunca! —lo reprendió, después se agachó en cuclillas para estar a su altura—. Ellos no son como tú o como yo… ellos son peor que animales, peor que escoria, un día lo entenderás, y entenderás que son un problema, te lo he dicho, son una raza inferior.

El niño asintió, observó a través de los cristales de la panadería al hombre y al niño, probablemente era el dueño y su hijo ya que habían entrado hasta el final del local y estaban ambos cerca del mostrador, el hombre hablaba con naturalidad a los que ahí se congregaban.

—Pero vamos a comer su pan…

—Lo cual no significa que los aceptemos…


Berlín, sede de la Schutzstaffel (SS), 1944…

"… vendrán momentos en los que la tensión será tan grande que se abrirá una brecha entre los Aliados… sólo tenemos que esperar…"

Había dicho el Führer(2) del III Reich(3), Adolf Hitler, en la conferencia militar en Rastenberg, Prusia Oriental, el 31 de agosto, misma que todos los miembros activos de la SS estaban viendo en una transmisión especial en la sede.

Algunos gritaban, otros vitoreaban, la mayoría saludaban ante el televisor con el brazo levantado, como él lo estaba haciendo: Manfred Rommel, hijo del Zorro del Desierto, Erwin Rommel(4).

Manfred había pasado por un astronómico ascenso en su carrera militar dentro de la organización, y justamente había viajado hasta Berlín para su nuevo nombramiento.

El cabello rubio corto, a la usanza del ejército alemán, no restaba gallardía a su peculiar belleza aria. Pureza aria, hasta los ojos azul turquesa parecían de una perfección absoluta en el rostro varonil, de rasgos suaves y definidos.

La mayoría de hombres se sentían sumamente confundidos con su aspecto, con su galanura, pero cuando se topaban con la frialdad glaciar de sus ojos entendían que más que ser un hombre bello, era un hombre despiadado, tal como lo había demostrado muchas veces, ante propios y extraños.

SS-Hauptsturmführer(5) —había pronunciado ceremoniosamente su recién adquirido cargo el viejo militar que estaba delante suyo—, su padre estará orgulloso, como todos nosotros lo estamos por su servicio al pueblo alemán…

—Gracias —se escuchó contestando sin un ápice de emoción el rubio, que a sus veinticuatro años era con mucho uno de los más jóvenes nombrados.

—Tiene que ir de inmediato a Birkenau, es ahora suyo Auschwitz…

—¿Birkenau?, años de servicio míos y de mi padre, para que me envíen a ese piojero, si me hubiesen dejado marchar a Stalingrado —dijo con desdén arrebatando de la mano del viejo militar el papel sellado que contenía las órdenes directas.

—Prestará un servicio mucho mayor y de mayor responsabilidad allá… todos estamos consternados pero Der Führer, su fe y su fuerza nos mantienen con honor hacia la victoria… la Solución Final(6) debe ser implementada como hasta ahora, con más éxito aún… —respondió el hombre maduro conservando la calma aunque en ese mismo instante lo que más deseaba era reventarle la cara a golpes al joven engreído.

Saludó como correspondía y dio la vuelta para salir de ahí, estaba lo suficientemente cabreado como para ir a dispararle a unos cuantos presos sólo porque sí, para apaciguar todo lo que le estaba pasando por la cabeza.

El escenario se había vuelto contra Alemania y Japón, perdiendo los territorios hasta ese momento ganados, por un lado se estaban enfrentando a la Unión Soviética que parecía disponer de efectivos humanos ilimitados, y por el otro, a Estados Unidos, cuyos recursos económicos e industriales parecían inagotables, todo esto eventualmente iba a pesar en la caída…

Pero no quería pensar ya en la caída.

Total.

Él mismo iba en picada.

Casado como estaba, más por conveniencia que por otra cosa, con una mujer bella, eso sí, pero que no despertaba en él el más mínimo interés, al menos no cómo lo hacían la crueldad, la sangre… la eliminación de los judíos y gitanos… y además… secretamente rompiendo las reglas, pasándose el Artículo 175(7) por… salva sea la parte, el artículo de los homosexuales, de los que eran una aberración para la supremacía aria… porque eran eso, una aberración, con todas sus letras… ¿Cómo iban a perpetuar la raza aria si no se reproducían? Y él… gustaba de eso… de perder el tiempo a discreción entre amantes masculinos…

Lo cual no era raro.

Había homosexuales discretos a los que nadie denunciaba por eso… por discretos.

—Menuda ocurrencia, un día de estos me harán atrapar por la Gestapo y después me colgarán en vez de una insignia, un triángulo rosa(8)… —farfullo en voz baja dirigiéndose al auto en donde ya lo esperaba el chofer que se encargaría de ponerlo en camino hacia Birkenau.

Birkenau era un poblado pequeño enmarcado por el enorme campo de concentración de Auschwitz, dividido en tres: Auschwitz I, Auschwitz-Birkenau II y Auschwitz III, el campo I y el III, eran destinados para los prisioneros que trabajarían hasta morir de hambre, cansancio e inanición, y el segundo campo era el destinado al final de todo ellos: era el campo de exterminación.

Construido con fríos bloques rojos de día era un campamento de miseria humana y de noche era el centro de entretenimiento del ejército alemán.

Manfred había llegado temprano por la mañana, con su peculiar gesto de seriedad se había presentado en el segundo campo, ahora como SS-Hauptsturmführer, a su cargo tenía los krematorios y las cámaras de gas, suyos eran los destinos de judíos, gitanos, presos políticos y subversivos… y suyo era el reino de la muerte.

Al menos ese era su consuelo, el saber que podría entretenerse con esos nuevos "juguetes", a placer.

Lo primero que hizo fue visitar a los médicos que le presentaron orgullosos sus reportes acerca de los experimentos que habían estado llevando a cabo.

—¿Han conseguido cambiar el color de ojos? —inquirió observando a detalle al prisionero atado a la mesa de operaciones en cuyos ojos habían inyectado sustancias extrañas para tratar de volver los ojos oscuros en azules.

—No, aún no… pero estamos avanzando en… —se disculpaba torpemente el cirujano.

—Entonces no me interesa… cuando haya avances los quiero sobre mi escritorio, no me interesan los intentos fallidos y deshágase de ese despojo humano que tiene en la mesa, si no ha funcionado… es basura —declaró muy serio.

—Sí señor, de inmediato… ¿Señor?

—¿Qué? —contestó déspota.

—Todos estamos orgullosos de los logros de su padre y estamos felices de tener a la supremacía encarnada en usted con nosotros… —dijo muy digno el cirujano.

—Bien… —respondió a secas el rubio.

Escuchó el sonido inconfundible de la máquina motora del tren, aquella perturbación llamó de inmediato su atención.

—¿Cargamento?

—Se trata de esclavos llegados de Cracovia.

—¿Cracovia? Excelente, viví buena parte de mi infancia ahí, me place saber que ese lugar es un lugar limpio… —dicho lo cual salió de los quirófanos para dirigirse hacia la parte frontal del campo en donde habían construido vías de tren nuevas para hacer llegar directamente al lugar los vagones infestados de personas.

Manfred observaba con ojo clínico la operación de llegada de los judíos, verificaba el procedimiento y lanzaba maldiciones y gritos apenas pudo.

Primero se les hacía bajar a todos, se les dividía en hombres, mujeres, ancianos y niños… todos ellos llevaban la marca de la estrella en el brazo, sobre la ropa.

Algunos lloraban, otros gritaban, se mantenía aparte a los ancianos y aquellos que tuviesen alguna discapacidad, esos eran eliminados de inmediato, el mismo destino corrían los niños, a últimas fechas, antes se les preservaba un tiempo, después se perdió el interés en ellos y se les desechaba de inmediato al considerarles inútiles.

Fue entonces cuando entre la muchedumbre lastimosa, mientras caminaba al lado de la escandalosa María Mandel(9), alto mando de seguridad del área femenina, se fijó en uno de los que acababan de bajar del tren… uno de cabello rojizo, un hombre blanco, de apariencia elegante, ojos azules… parecía un barco sin rumbo, una perla en medio de la arena.

Algo en él… le hizo detener la marcha.

Ya no escuchaba a María y su cháchara absurda, ya se había perdido de sus chistes malos y de sus muchas insinuaciones.

—Voy a necesitar un sirviente, la villa familiar está en Cracovia, la verdad es que no pesaba quedarme aquí, ni de broma, apesta… el fétido olor que desprenden estos miserables es espantoso…

—Son cerca de sesenta kilómetros desde Cracovia hacia acá, Hauptsturmführer —contestó la blanca mujer.

—¿Algún problema con eso?

—No, por supuesto que no, Hauptsturmführer —se disculpó la mujer ruborizándose como un tomate.

—Bien, ya veré como hago, tal vez pase días allá y luego regrese o tal vez vaya y venga… aún no lo decido —se hizo aire con la mano—, ese que está ahí… joven y de manos fuertes… ese me sirve…

—Podría conseguirle a alguien de su categoría, no hay necesidad de…

—Dije que ese… que lo traigan —indicó al supervisor que iba con ellos, desoyendo a la mujer.

El militar asintió y corrió hacia donde estaban los otros soldados alemanes acomodando a los hombres, de inmediato jalaron al joven pelirrojo que resaltaba entre la muchedumbre.

Lo llevaron hasta donde estaba el rubio.

Cuando lo tuvo de cerca pudo observar que si de lejos parecía un objeto fino, de cerca era invaluable, una rareza entre aquellos judíos de rostros feos y narices enormes, o al menos así le parecía.

El joven llevaba la ropa a medio poner, justamente los estaban desvistiendo para revisarlos.

—Que se quite todo —ordenó.

Dicho esto, el hombre fue desnudado por completo, hizo el gesto de tratar de cubrirse púdicamente hasta que Manfred empuñó la fusta que llevaba consigo y le azotó las manos sin piedad.

La piel se enrojeció y en algunos lados sangró.

Y fue hasta que vio su gesto de dolor, sumiso… que le reconoció…

Se trataba de ese judío que él había visto cuando era un niño… cuando paseaba con su madre en Cracovia, en la panadería… era el niño pelirrojo que iba de la mano de su padre… era el mismo, no podía ser otro… aún en sus recuerdos infantiles podía ver ese rostro delicado con piel de porcelana… que había crecido y se había convertido en un hombre de belleza arrebatadora.

—Que lo despiojen… háganlo enviar a la residencia… ¡Residencia!... si no es más que un departamentucho —se quejó.

Dio la vuelta sin esperar respuesta y prosiguió su camino con María.

El joven pelirrojo temblando tomó sus pocas pertenencias mientras lo llevaban arrastrando aparte.

Estaba aterrado… quizás ese fanático alemán terminara por meterle una bala entre las cejas, y pensó con tristeza que mientras más pronto lo hiciera sería mucho mejor…

Para cuando Manfred llegó al fin a su residencia empezaba a atardecer, sus lustrosas botas negras estaban cubiertas de polvo, llevaba la boina bajo el brazo y tenía un hambre atroz.

Cuando entró a la casa, en la parte más alejada del campo se encontró con el joven pelirrojo que estaba sentado en el piso, encogido, con el cabello pelirrojo cortado groseramente, seguramente lo habían cortado con fines de salubridad.

El joven se puso en pie de inmediato, hasta ese entonces, estando a solas, sin tanta gente rodeándoles, se percató de que era unos centímetros más bajo que él.

—¿Cómo te llamas? —inquirió interesado dejando la boina en el viejo sillón.

—Caleb Zylberman —respondió a media voz.

—¿Zylberman? Me suena… enciende las luces, esto está oscuro como para dejarme ciego —se quejó.

El joven de inmediato se acercó para encender las lámparas que estaban acomodadas en las mesas cercanas a la sala, pequeñas lámparas con sus pantallas tensas y con dibujos más bien sencillos.

—Zylberman… ¿No tenían ese nombre varias panaderías en Cracovia?

—Sí… pertenecían a mis padres…

—¡Ah! Era eso, bueno, ya no hay padres ni panaderías… —le dijo sonriendo divertido, como si aquello fuese un chiste veraniego.

Caleb guardó silencio, le hubiese gustado escupirle a ese maldito nazi, pero… no tenía caso… y no porque no lo mereciera, sino porque era más digno de lástima que de otra cosa, bajó la vista molesto y toqueteo la pantalla tibia de una de las lámparas.

—Son raras ¿No? —el ojiazul se dejó caer en el sillón—, son de piel humana… de piel de judío… tal vez tus padres hayan terminado iluminando alguna casa alemana —conjeturó con crueldad.

El pelirrojo quitó la mano de inmediato y se quedó asqueado, la cantidad de lámparas que había en el lugar era… inhumana… pudo ver a más detalle que incluso los poros podían verse en aquellos trozos de piel.

—¿A qué te dedicabas?

—Era historiador, maestro de historia…

—¿Historiador? ¡Vaya! ¡La crema y nata judía! ¿Sabes cocinar? ¿Hornear pan? —se burló mientras acercaba una botella de whisky que estaba en la mesa y se servía un poco en un vaso rústico.

—Sí, sé cocinar, también se hornear pan —admitió fastidiado.

—Vas a cocinar para mí… salvé tu vida… de momento… ¿No vas a decir "gracias"?

—Gracias… —susurró sin ganas.

—Bien, entonces a trabajar —dijo muy alegre dando un aplauso—, la cocina es toda tuya mi historiador, vamos a ver si sabes hacer algo más aparte de hacerla de judío.

Caleb completamente humillado y con el pesar a cuestas, el dolor de haber perdido todo, se enfiló hacia la cocina, en donde había algunas cosas por aquí y por allá, bolsas de víveres recién comprados para la comodidad del alemán.

Manfred se quedó sentado en el sillón con las largas piernas cruzadas y el vaso colocado en el vientre.

Recargó la cabeza y cerró los ojos un momento, hasta que el sueño le ganó, mientras caía en el sopor se preguntaba qué fue lo que le llevó a salvar a ese hombre de entre todos los que estaban ahí… no supo responder.

Y esa confusión sería la que le llevaría hacia un camino insospechado, en donde la delgada línea entre su cordura y su locura se tocaban, aquella fina línea parecía desdibujarse.

Lo odiaba por su raza maldita, lo odiaba por ser quién era, lo odiaba por resistir en ese atribulado destino que parecía aceptar y ante el cuál no se doblegaba, dentro de su fragilidad le parecía que era fuerte, más fuerte aún que él.

Manfred una tarde le dijo "gracias", cuando le sirvió la comida caliente, Caleb había acercado hasta él la hogaza de pan recién horneado, cuando retiró la mano del plato que le había acercado, le tomó por la muñeca, un instante… y le dijo "gracias".

Esa tarde salió montado en su caballo, dio un largo paseo a toda velocidad por el campo de Auschwitz, sin esquivar a nadie, simplemente iba a la carrera en el caballo arrojando a todos a los lados, sin importarle un comino. Lo alemanes se reían hasta sostenerse el vientre por la gracia que les causaba la escena de su superior cabalgando como en un campo de flores, los judíos se aterran y piensan que debe tratarse de un hombre poseído por quién sabe qué cosa.

Siguió cabalgando para salir al descampado, las parcelas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, parcelas solitarias y abandonadas, era una maravilla poder estar en esa soledad alejado del espantoso olor que desprendía el campo y del cual parecía no poder huir, ni siquiera dentro de su residencia en el extremo más lejano.

Sentía ganas de volver a Cracovia. No era buen momento, no en especial cuando los Aliados parecían estar barriendo paso a paso todo lo que habían conquistado y que por derecho les pertenecía.

Para cuando el alemán regresó, una hora después, estaba furioso.

Era así de cambiante, bastaba cualquier cosa, por sencilla que fuera, para hacerle perder los estribos.

Entró a los establos en donde Caleb cepillaba la crin del otro caballo que esperaba ahí, no tuvo tiempo de reaccionar hasta que casi tuvo encima al animal. Manfred, con una habilidad envidiable evitó arrollarlo, sin embargo estuvo a punto de caer.

Bajó del corcel completamente molesto, empuñó la fusta y le dio un golpe con ella al pelirrojo, un golpe que le atravesó el delicado rostro, lastimando la piel, la herida sangraba profusamente. Se llevó la mano a la mejilla para limpiar la sangre, le observaba aterrado.

El rubio de pronto se agachó hasta donde estaba el otro en el piso, insólitamente, respirando agitado, se sacó los guantes, tocó con los dedos desnudos la piel lastimada, impulsivamente lo acunó entre sus brazos, como si deseara protegerlo…

Caleb se quedó de una pieza, no dijo nada, guardó silencio y se quedó quieto, aterrado… tenía miedo siquiera de abrir la boca para después recibir una serie de golpes hasta que no quedara nada de él…

Hauptsturmführer… —llamó María, un tanto sorprendida de lo que estaba viendo, no profirió palabra alguna, únicamente frunció el ceño—, hay un pequeño inconveniente…

Manfred soltó al judío y se puso en pie, como si nada, se colocó de regreso los guantes, aunque tenía los dedos manchados por la sangre del judío.

—¿Qué problema? Creí haber dicho que no quería que me estuviesen jodiendo cuando montaba… —apremió y se volvió hacia la ruda mujer que inclinó la cabeza.

—Lo sé, pero es que esto es importante…

Se acercó hasta ella y le dedicó una mirada gélida.

—¿Y bien?

—Tenemos sobrepoblación en los tres campos, no sólo eso, sino que viene de camino otro cargamento —admitió ella.

—Fácil: hay que hacer una purga, y una vez que se hayan deshecho de lo que ya no sirve en los campos, lo que llegue en tren pasa directamente al krematorio, ¿entendido? —pronunció fastidiado.

—Sí, Hauptsturmführer —contestó ella ceremoniosamente y saludando con la marcialidad de siempre, como si las palabras pronunciadas por el alemán fuesen una especie de ley universal—, hay algo más…

—¿Ahora qué? —preguntó mientras le daba la espalda y caminaba hacia su caballo.

—Su padre, fue detenido por la Gestapo(10)… —dijo en voz baja.

—Bien, se harán las investigaciones necesarias para esclarecer todo —él ya lo sabía, que habían detenido a su padre, Erwin Rommel, por la sospecha de conspiración, todo se podía saber entre putas y espías.

María Mandel, le dejó solo, pensando si también su hijo tendría que ver en la gran conspiración de la cual se acusaba a su padre.

El pelirrojo estaba en la residencia preparando el baño del alemán, le gustaba tomar un baño en la tina cuando regresaba de montar, no lo había escuchado llegar, hasta que lo sorprendió por la espalda cuando comprobaba que el agua estuviese lo suficientemente caliente.

Se sacó la ropa, dejándola caer desordenadamente, para luego meterse desnudo al agua.

Se sumergió completo.

Por un breve instante Caleb pensó en que era su oportunidad de ahogarlo, sin embargo antes de que pudiera hacer nada, Manfred había emergido, observó su rostro lastimado y tocó su mejilla nuevamente, con la mano mojada, el joven judío se separó discretamente, tomó la esponja, la enjabonó y empezó a tallarle con suavidad.

Se preguntaba en silencio hasta cuando tendría que estar ahí, hasta cuando tendría que ver tanta muerte sin ser parte de ella.

El alemán tomó su mano, el judío dejó caer dentro de la tina el jabón, sin previo aviso tiró de él hasta tenerlo a un palmo de distancia, pero él no se amilanó, se quedó en donde estaba, esperando… sólo esperando…

Hasta que fue Manfred el que redujo la distancia y plantó un beso en sus labios, un beso irrespetuoso y salvaje, Caleb en su confusión trató de hacerse hacia atrás, sin lograr gran cosa, sintió su lengua tibia que tocaba la suya y una descarga le recorrió la espalda.

No podía decir que sintió asco, ni tampoco que le gustó… no se decidía en cuál de los dos extremos estar.

—Quieres seducirme, ¿verdad? —comentó contra sus labios el germano, en una broma cruel— Eso quieres ¿No?, arrastrarme contigo…

Caleb negó con la cabeza y bajó la vista.

—Vete a la cocina, prepara todo, en un rato voy… busca unas botellas de vino, hay invitados y limpia mis botas… —ordenó como un pliego petitorio.

El joven obedeció de inmediato. No lo pensó dos veces. Huir en ese momento le venía bien.

Más tarde en efecto la reunión entre aquellos generales alemanes se convirtió en una tertulia bastante animada, que acabó como otras veces, con más de uno vomitando de borracho y todos ellos cantando canciones, hablando maravillas de sus logros… y con Manfred lanzándole miradas escurridizas a discreción.

O no tan a discreción.

Hauptsturmführer, ¿por qué salvar a ese judío? —se atrevió a preguntar un joven recién ascendido.

—Porque yo soy muy piadoso, piadoso como Dios, de vez en cuando —dijo en son de broma, riendo—, porque la esperanza los mantiene vivos y trabajando con más ahínco —sugirió con crueldad.

Lo que el resto de los que quedaban, festejaron con sonoras carcajadas.

Caleb sintió que se le ponía la piel de gallina, sabía que su destino pendía de un hilo, ya había visto a ese hombre matar a sangre fría a diestra y siniestra y lo creía bastante capaz de un día de esos convertirlo en una lámpara más en aquella casa.

Después de que el último invitado se fue, Manfred se encerró en su habitación, se tiró en la cama y puso un disco de arias en el tocadiscos, tocó la campanilla para que acudiese su sirviente personal, el pelirrojo.

Éste se presentó ahí… se quedó parado en la puerta.

—Pasa, pasa… —le hizo una seña torpe con la mano—, es bella esa música, ¿no?

—Sí.

—Ven, siéntate… —señaló la cama.

El judío se sentó en la cama, quieto y tenso. El germano le contemplaba con una sonrisa en los labios, acariciaba su cabello rojo, luego su rostro, su nariz perfecta.

—Tú no lo recuerdas, porque ni siquiera me viste… pero cuando era un niño, cuando tenía diez años te vi, en Cracovia… ibas con un hombre, tal vez tu padre, se metieron a la panadería cercana a la plaza de la fuente —balbuceó riendo—, yo estaba con mi madre, esperando a que la sirvienta saliera de la panadería… eras tú… te he reconocido en cuanto te he visto…

Caleb arqueó las cejas sorprendido, por supuesto que recordaba haber ido muchas veces con su padre hacia esa panadería, poseían al menos cinco en Cracovia… parecía que el destino le había puesto a ese hombre en el camino por una razón desconocida.

—Antes de que empezara todo esto… —dijo en un suspiro.

—Sí… antes de todo esto… parecían tan normales… —comentó empujándolo a la cama, tendiéndose lentamente encima de él, sin llegar a besarlo, sin llegar a tocarlo.

Simplemente se tendió ahí, encima suyo, se recargó en su pecho, se abrazó a su cuerpo.

No hizo nada más que eso.

—… sólo éramos unos niños… —musitó cerrando los ojos, quedándose dormido encima de él.

Horas después cuando dormía profundamente, se zafó del peso de su cuerpo, con cuidado se bajó de la cama, no había pegado las pestañas ni un minuto.

Lo único que había en su cabeza era la pregunta de por qué ese hombre lo había salvado, por qué se empecinaba en mantenerlo como su esclavo… por qué no lo mataba como a los demás…

Algo inexplicable se había desatado entre los dos, mucho tiempo atrás, y esa interrogante, la misma que tenía Caleb, era la que cada día pasaba por delante de Manfred… sólo que él buscaba controlar su propia realidad de una forma más violenta.

La ofensiva de los Aliados cada vez estaba cercando más y más sus fuerzas, incluso, ya habían encontrado la forma de llegar hacia Japón y Filipinas, y Mussolini había sido depuesto en Italia, que había sido acogida amorosamente por los Aliados.

Precisamente por aquellos entonces buscaban la manera más rápida de deshacerse de toda aquella escoria humana, así que ampliaron la capacidad de las cámaras de gas, ahora cabían más de dos mil en cada una, lo único que era insuficiente eran los krematorios, así que pronto empezaron a cavar fosas clandestinas gigantes, en donde arrojaban aquellos cuerpos que ya no podían incinerar por desabasto.

Fue una de esas mañanas cuando llegó el tren al interior del campo… Caleb que estaba a una distancia prudente el rubio, vio a los últimos prisioneros… observó entre la muchedumbre lastimosa a su propio padre, viejo, cansado, asustado… ahí entre ellos.

Bajó la vista asustado, pero María ya se había dado cuenta y también Manfred que le dirigió una mirada gélida.

Una vez que estuvieron solos se lo llevó arrastras, del brazo, cerró la puerta de la estancia y lo arrojó sin cuidado alguno.

—¿Qué ha sido todo ese espectáculo? —gritó.

Caleb que estaba de rodillas se abrazó a sus piernas, llorando, implorando, Manfred estaba de una pieza.

—¿Qué demonios te ocurre…?

—Por favor… por favor… sálvalo… te lo suplico… —dijo lastimoso apretándose a sus rodillas.

—¿Cómo…?

—Por favor… está entre esos judíos que llegaron… te lo ruego… mi padre, está ahí, por favor, sálvalo… tú puedes hacerlo… tú…

—¿Estás loco? ¿Y para qué diablos querría yo a un viejo inútil, si contigo tengo más que suficiente? —espetó moviendo una de sus piernas para tratar de soltarse del agarre del otro.

—Por favor… estoy rogándote por su vida, mostrar piedad no te hace menos hombre… te hace un hombre sabio… te lo suplico —imploró con las lágrimas resbalando por sus ojos azules, bañando sus mejillas—, haré lo que quieras… lo que me pidas… —murmuró.

—Lo que te pida, ¿eh?... —repitió al mismo tiempo que levantó al judío del brazo, y lo observó con intensidad.

—Lo que quieras, lo haré… pero sálvalo…

—¿Y si lo que quiero es más de lo que puedes dar?

—Haré lo que sea…

—Tu vida me pertenece… —le dijo con media sonrisa en los labios, al mismo tiempo que lo tomaba por el cuello y lo llevaba sujeto de esa manera hacia la habitación.

Al llegar ahí, lo arrojó a la cama.

Caleb se quedó ahí tendido, quieto, observando cómo se iba despojando de la ropa lentamente.

—¿Vas a pagar por algo que ni siquiera he cumplido? —preguntó con sorna.

—Lo haré…

—¿No te parece un precio muy alto, por algo de lo que no tienes la seguridad?

—No…

Dicho lo cual, Manfred subió a la cama y empezó a desvestirlo, a quitarle una a una las prendas de su cuerpo, para dejarlo completamente desnudo, apreció la belleza inmaculada de su piel blanca, pensó que era perfecto… ni un solo vello en el cuerpo, ni un solo rastro de virilidad más que su sexo… mismo que tocó, lo acarició, se entretuvo ahí observando como crecía lentamente entre sus dedos… enrojecía, despacio, se cubría de un rubor que casi le enternecía… cubrió aquel cuerpo de besos, como si fuese una pieza de arte exquisita, sagrada, lo vio retorcerse, lo escuchó gemir… hasta que su propio cuerpo, más musculoso, más duro por los años de entrenamiento, lo cubrió completamente… lo poseyó… se embebió en esa pasión prohibida y destinada a la destrucción…

Lo poseyó sin descanso, sin tregua… por una noche se olvidaron de lo que los dividía y fueron sólo dos hombres… sólo dos seres humanos en medio de una guerra…

Caleb, después de una siesta, fue el primero en levantarse, se sentó en la cama, completamente adolorado, buscó su ropa.

—¿A dónde vas?

—A mi cama…

—No te he pedido que te marches, ¿o sí?, quédate —le pidió, pero más que una orden, sonaba a una petición…

El pelirrojo regresó a la cama, se acostó a su lado, quieto, sin saber qué hacer.

—¿Lo harás?

—Haré lo que pueda… —dijo en voz baja.

—Gracias…

Una vez que amaneció, Manfred se levantó, lo dejó ahí dormido, no hizo ruido alguno ni lo despertó, fue al cuarto de baño para asearse en la soledad… luego se vistió para ir al campo y tratar de localizar a Zylberman padre.

Enfurruñado salió al aire frío del otoño que estaba muriendo, pronto sería invierno… no sabía por qué estaba haciendo todo aquello, además de peligroso, era una estupidez…

Pronto se encontró con María, la matriarca de la sección femenil.

—Estoy buscando a un judío... —le dijo a secas.

—¿A un judío? Aquí hay muchos —bromeó.

—No te hagas la graciosa, es un tipo que me parece llegó en el último tren…

—¡Ah!... bueno pues sólo encontrará cuerpos tiesos y cenizas —dio ella muy contenta.

—¿Cómo?

—Sí, ya hemos eliminado a todos los que estaban en ese último tren.

—¿Por qué carajo hicieron eso sin avisarme? —casi gritó.

—Porque usted dijo que mientras más rápido nos deshiciéramos de ellos, era mejor, Hauptsturmführer —contestó la mujer, arqueando una ceja.

—Sí, pero me tienen que avisar cada maldita vez que hagan algo… ¿O qué les parece que estoy pintado aquí? —acabó gritando.

—No, Hauptsturmführer… pero es lo que dijo… únicamente…

—¡Maldita sea, María!

—No sucederá de nuevo —pronunció confundida, sospechando que algo tenía que ver el judío que estaba en su poder, con el hecho de que estuviese buscando a otro judío… pero no dijo nada.

Por primera vez Manfred se sintió estúpido, y se sentía estúpido por algo que ni siquiera debería importar… no sabía cómo regresar a la residencia y decirle que no había podido hacer nada…

Toda la mañana y toda la tarde la dedicó a pasear de aquí para allá, como un perro rabioso, la dedicó a leer los memorándums en su escritorio, a escuchar las noticias acerca del Reich, noticias malas… y luego al no tener más en qué ocupar la cabeza se fue a montar.

Hasta que la noche cayó y no tuvo más remedio que regresar.

Se rio de sí mismo por tener miedo de volver y decirle a su esclavo que no había podido cumplir… tenía gracia, él preocupado por algo sin mucha importancia… pero que no sabía cómo decirle…

Llegó en silencio, el joven le había estado esperando toda la tarde, la comida se había enfriado. En cuanto lo escuchó llegar se acercó, buscó con la vista, pero el alemán venía solo.

Pensó que tal vez estaría en otro lado su padre…

Pero cuando se encontró con sus ojos normalmente gélidos, vio culpa en ellos… vio algo que no quería ver.

Se acercó hasta él… el rubio simplemente negó con la cabeza, no le dijo nada… sólo ese gesto.

Caleb preso del dolor y la furia, sin importarle nada, abofeteó su rostro, una, dos, tres veces, luego le pegó con los puños, las lágrimas le cegaban, el sentido común había desaparecido, porque después de lo que había hecho seguramente lo mataría.

—¡Dijiste que lo harías! —le gritó.

—Fue muy tarde… ni siquiera esperaron a la mañana… por la noche…

—Mientras yo me revolcaba contigo… —farfulló.

El alemán lo abrazó a pesar de que el otro gritaba, pegaba, estaba descontrolado, lo apretó entre sus brazos, lo mantuvo así, mientras lloraba y hablaba en esa lengua que él no entendía: la lengua de los judíos.

Lo mantuvo con la lengua pegada al paladar.

Así permanecieron incluso cuando estaban en la cama, sin decir una sola palabra… todo era silencio.

Muchas de las noches que compartieron eran así, silencio doloroso, muchas noches el rubio se dio cuenta de que lloraba… al menos él podía llorar, Manfred no… ni cuando su padre sufrió un aparente derrame cerebral, que en realidad había sido su suicidio, como castigo por una supuesta rebelión en la que había participado.

Caleb lloraba por los dos.

El año había terminado, recién habían entrado a 1945, la situación era insostenible, los soviéticos les estaban pisando los talones, Francia había caído, lo mismo que el Mediterráneo… el último bastión que era Alemania no tardaría en caer…

Esa tarde se lo dijo.

—Te llevaré a Cracovia y después… después veremos a dónde, no te lleves nada, no necesitarás nada…

—¿A Cracovia?

—Sí… a una propiedad que me pertenece, estarás seguro…

—¿Seguro?

—Los Aliados están destrozando todo, ¿entiendes?, pronto todo se reducirá a cenizas…

—Para mí eso sería bueno… —se permitió opinar.

—No seas imbécil, ¿qué crees que va a pasar con los judíos restantes antes de que todo caiga en manos de los soviéticos o los estadounidenses, eh? —le habló claro y son rodeos.

Guardó silencio y lo siguió.

Salieron del campo de Auschwitz para tomar el solitario camino hacia Cracovia, ambos iban en silencio, en un silencio incómodo, cuando llegaron hasta su destino, Manfred le quitó la marca de la estrella y la guardó en su propio bolsillo.

—El personal está a mi servicio, hay una pequeña guardia aquí… y no se te ocurra decir que eres judío, ni siquiera hables de ello… es más… ¡No hables con nadie!... si algo sucede, si algo me sucede, vete… ¿entiendes?, vete muy lejos… en la habitación contigua a la mía, que ahora es tuya, hay una pintura, de un paisaje… detrás hay una pequeña compuerta, hay dinero ahí, sácalo y vete… —le dijo todo atropelladamente antes de que bajaran del auto.

—No, pero… ¿A dónde vas? —preguntó antes de salir, sosteniéndolo del brazo, el rubio se volvió hacia él.

—A Varsovia, tengo que ir allá… ya sé para qué, las cosas no están bien y me envían allá, probablemente me detengan… hay una denuncia en mi contra ante la Gestapo… así que no espero clemencia… voy a tratar de volver…

—Te estás despidiendo…

—Entra a la casa…

—Vuelve, por favor… —susurró mientras salía del auto y caminaba rumbo a la casa del alemán, ya le estaban esperando y al parecer él había dicho que se trataba de un viejo amigo que había caído en desgracia a raíz de la guerra.

Sin volver la vista atrás, como siempre, erguido, con el gesto adusto y los ojos gélidos, se fue…

Aunque dejaba atrás parte de algo que no quería admitir: su corazón.

Había viajado a penas dos días, dos días por caminos intransitables en medio de la guerra, toda la destrucción y la tragedia pasaban delante de sus ojos, miraba pero no observaba, oía, pero no escuchaba… ya sabía que le iban a detener, que lo estaban acusando de proteger a los judíos y además de prácticas contra natura y contrarias al pueblo alemán… ya se lo habían dicho sus informantes…

Y fue precisamente antes de llegar cuando supo lo peor: que el resto de los judíos que quedaban serían eliminados, antes de que los soviéticos tomaran el control… que Cracovia había sido limpiada… que la última estación estaba marcada ya…

Y regresó… volvió por el mismo camino andado, se atrevió a desobedecer las órdenes, tomó el auto y regresó, a toda velocidad, lo más rápido que pudo volver en el armatoste aquel que estaba ya demasiado caliente para poder ir más veloz.

Manejó como un orate…

Desanduvo sus propios pasos con el terror de saber lo que venía sospechando… que además de todo le iban a quitar a su judío… quiso pensar que sería lo suficientemente listo para escapar… y que además nadie sabía que tenía a un judío albergado en su casa…

Condujo sus pies para encontrar un destino que ya había previsto, hacia algo que no alcanzaba a comprender pero que estaba predestinado, y lo aceptaba…

Eso era… lo aceptaba…

Cuando llegó hasta la casa se encontró con la desolación y devastación… la encontró vacía… y supo entonces lo que había pasado… que habían ido también por él… que se lo habían llevado de regreso a Auschwitz-Birkenau II. Cuando fue a la estación el tren había partido muchas horas atrás… llevándose su fúnebre cargamento… el último de aquellos polacos y judíos… el tren había ido parando, recogiendo en cada punto a los últimos condenados…

No esperó más, tomó otro auto, uno del ejército y condujo los casi sesenta kilómetros que lo separaban del campo de concentración.

Lo único que deseaba era verle una vez más… una última vez…

María Mandel lo recibió en el campo, ella ya sabía que debía ser detenido, que no debía estar ahí, pero no se atrevió siquiera a acercarse… Manfred Rommel, bajó del auto con la altivez de toda la vida, con los ojos azules concentrados en un punto ciego, no le dirigió ni una mirada, ni una palabra… caminaba en medio del campo con el uniforme completo de la SS, elegante y pulcro… llevaba puesta la boina… y llevaba en el brazo, prendida con alfileres, la marca de los judíos… el lienzo blanco con la traza en bruto de la estrella…

Era un espectáculo abominable… insano… fuera de este mundo…

Caminaba sin miedo, a paso firme…

Nadie osó cerrarle el paso ni detenerle, nadie podía creer lo que estaba viendo…

El alemán llegó hasta la cámara de gas, la más grande, en donde unos minutos atrás habían encerrado a hombres y mujeres, ya no los habían dividido… delante de sí, pasaron todos sus recuerdos, uno a uno… desde su infancia hasta el momento preciso en el que encontró a Caleb… recordó todo… nada olvidó…

Descorrió el seguro de la puerta haciendo a un lado al guardia de rango menor, se introdujo en la cámara… cerró tras de sí…

Escuchó el seguro correrse a sus espaldas…

Todos los que estaban dentro, no daban crédito, se trataba de un alemán que por alguna extraña razón estaba ahí metido con la estrella de David en el brazo, marcado igual que ellos, estigmatizado.

Se convirtió en un igual…

Lo buscó con la vista, hasta que dio con él, no hacía falta mucho para localizar su cabello rojo en medio de toda esa multitud…

Caleb se acercó hasta él y se abrazó a su cuerpo, se fundió con él… lloró… lloró en sus brazos y le dijo algo ininteligible…

—Volviste… —dijo entre lágrimas.

—Sí… antes de que fuera tarde, estamos en la última estación… —lo acunó entre sus brazos como tantas veces hizo y se permitió sonreír… sonreír por primera vez, sintiendo que realmente lo hacía.

Ya habían caído dentro de la cámara las pequeñas piedrecillas de Zyklon-B(11), en unos cuantos minutos el gas se desprendería y todo habría terminado… pero estaban juntos… siempre… hasta el final…

Era el 17 de enero de 1945(12)…


El soldado ruso observaba al comandante, que al igual que él, no daba crédito a la escena… un alemán uniformado de la SS estaba ahí, junto a los judíos, con uno de ellos cerca, como si estuviesen abrazados… en el brazo llevaba la marca de los judíos…

—Y a este… ¿Dónde lo enterramos? —preguntó.

—Con los judíos, con el resto… —farfullo el viejo comandante dando la vuelta y sintiendo otra vez una arcada profunda en el estómago…

(1)El ejército rojo o soviético entró a Auschwitz el 27 de enero de 1945, liberando a los prisioneros que se encontraban aún en el lugar, Alemania había perdido la Guerra y uno a uno fueron cayendo sus bastiones.

(2)Führer - Palabra alemana que denomina a un líder o guía.

(3)III Reich - Es el periodo de la Alemania Nazi, denominado así a partir de la toma del nacionalismo alemán con la entrada del Partido Nacionalista Obrero Alemán, dirigido por Adolf Hitler. El Primer Reich es el Sacro Imperio Romano Germánico, el Segundo Reich es el Imperio Alemán del siglo XIX, y el Tercer Reich era el de la Alemania nazi.

(4)Erwin Rommel - Apodado el Zorro del Desierto por sus habilidades insuperables durante la guerra en África. Fue un líder importante de la SS, que más tarde sería culpado de conspiracionista.

(5)SS-Hauptsturmführer - Rango de Capitán de las SS.

(6)Solución Final - Fue declarada al principio en secreto, como la desaparición de aquellas razas o grupos que no fueran de "etnia alemana" o aria, posteriormente la Solución Final se establece abiertamente terminando en el Holocausto.

(7)Artículo 175 - Establecía que las prácticas homosexuales son contrarias al pueblo alemán, condenan a los que las practicaran, pues la perpetuación de la raza aria se veía interrumpida.

(8)Triángulo rosa - Con él se marcaba a los homosexuales, eran llevados a los campos de trabajo, más que a los campos de exterminio.

(9)María Mandel - Jefa de vigilancia del campo femenino de Auschwitz.

(10)Erwin Rommel fue detenido como sospechoso respecto al atentado en contra de Adolf Hitler, nunca se comprobó su concreta participación ni tampoco se le determinó inocente, fue obligado a suicidarse con veneno. Oficialmente su muerte se dictaminó como "producida por un derrame cerebral", no se llevó a cabo la respectiva autopsia y sus restos fueron incinerados.

(11)Zyklon-B - Pesticida compuesto a base de cianuro, las pequeñas piedrecillas contenidas en latas eran vaciadas dentro de las cámaras de gas pudiendo así eliminar eficazmente a miles de víctimas durante los exterminios masivos en los campos de concentración.

(12)El 17 de enero de 1945 los alemanes evacúan Auschwitz, los prisioneros son llevados hacia otros campos de concentración ante la inminente llegada del Ejército Rojo, aquellos prisioneros que no pueden marchar son abandonados, diez días después, el 27 de enero los soviéticos liberan Auschwitz.

N. de la A.

Manfred Rommel es en efecto el nombre del hijo de Erwin Rommel, sin embargo, los hechos aquí narrados en torno a su persona son ficticios, salvo el marco histórico que ha sido comentado y aclarado en las notas finales.