CAPÍTULO 10

Vaya, eso suena halagador –Antonio sonrió y le señaló su silla frente a su escritorio para que se sentara y lo escuchara. Elisa se sentó cruzando sus piernas y mirándolo con interés. Las ideas de Antonio eran buenas, había comprobado. Esperaba que esta también lo fuera.

Terry antes de entrar a la habitación de Candy le tomó la cintura y la pegó a su cuerpo para besarla. Candy se vio contra la pared, recibiendo los besos de su marido en la boca, el cuello, el pecho y todas partes.

—Candy… —la llamó él en voz baja—. Por favor… --¿Qué?

—Quiero… Por favor, déjame dormir contigo—. Candy se quedó quieta y lo miró a los ojos. Dormir con él, compartir la habitación con él—. No me mandes solo a la habitación—. Ella quiso reír. Él parecía un niño suplicando por otra hora de televisión.

—Vale.

—¿De verdad?

—Sí, claro que sí.

—¡Yay! –Candy no pudo evitar reír, y Terry tuvo que ponerle un dedo sobre los labios para que hiciera silencio. Extendió una mano y abrió la puerta. Entraron juntos y aun besándose. —Creí que era obvio que debías dormir aquí –dijo ella. —Oh, es obvio. Pero un marido aprende a no dar todo por sentado.

—¿De verdad? –preguntó ella, extrañada. él sonrió.

—Son cosas que se aprenden con el tiempo.

—Yo sólo pensé que tú eras uno de esos maridos que se impone y ya.

—Oh, podría. Y creo que algunas veces lo hago –admitió él sin ninguna vergüenza—, pero cuando se trata de sexo, yo prefiero ir con tiento—. Ahora Candy no lo pudo evitar y soltó la carcajada.

Terry la miró y sonrió jubiloso. La adoraba, adoraba verla reír, adoraba hablar con ella. Sin tiento, y con un solo movimiento, le sacó la blusa, la alzó en sus brazos y la apoyó en la cama. Candy puso sus manos en las mejillas, y mientras él le besaba el pecho y bajaba hacia su ombligo, le alborotó el cabello todo lo que quiso. Era tan suave y tan suyo que no vio por qué tendría que cohibirse de nada.

Y luego de que Max se fuera, Victoria le dio la noticia de que también ella debía irse.

—Pensé que te quedarías más tiempo –le reprochó Candy—. Pensé que…

—Acuérdate que soy una simple empleada, Candy. No puedo tomarme todos los días que quisiera en un viaje. Debo volver.

—Deberías renunciar. Acá te conseguiríamos un nuevo empleo ¡y estarías cerca de la familia!

—Te agradezco mucho, Candy.

—No comprendo tu afán de alejarte.

—No tienes que hacerlo, cariño—. Y sin cabida a más comentarios, Victoria recogió su maleta, a su hija y se devolvió a su hogar.

Candy se sentía triste. Hubiese querido poder obligar a su hermana a quedarse, pero no era así. Y ella había estado aquí casi en contra de su voluntad, como si temiera que algo malo le sucediera mientras estaba acá. Sólo esperaba que ella estuviera tomando las decisiones correctas.

—Sólo falta ahora que papá y mamá se vayan –dijo cuando regresaban del aeropuerto luego de ver a Victoria abordar su avión. Terry la miró de reojo—. ¿También se van a ir? –preguntó ella.

—Sí, amor. Ellos no viven con nosotros. Su casa es más modesta, pero es la de ellos, y tu madre me dijo en una ocasión que, ya que estás cada vez mejor, es tiempo de volver—. Candy resopló de un modo poco femenino y Terry extendió la mano a ella y se la apretó un poco—. Todo va volviendo a la normalidad. Sé que te gustaría que toda tu familia permanezca aquí, pero lo normal es que cada uno viva en su casa. Tú y yo y nuestros hijos en la nuestra, tus papás en la suya, tu hermana en la suya con su hija.

—¿No podríamos simplemente comprar una casa más grande para que todos vivamos allí?

–Terry se echó a reír.

—Ellos no lo permitirían. Les gusta su privacidad—. Candy se cruzó de brazos mirando por la ventanilla del auto, que ahora llevaba puesta la capota—. Además –siguió Terry—, he consultado con los médicos que te han atendido desde el accidente. Ellos consideraron bueno en su momento que la familia viniera a apoyarte, a aceptar este momento de tu vida con su compañía y también sus historias. Pero ya es tiempo de que vuelvas a la rutina que tenías antes, más o menos.

—¿Donde me quedaba sola en casa esperando a los niños y luego a ti?

—No es así. Tú trabajabas, estabas ocupada todo el día.

—Pero ahora no podré trabajar. Ni siquiera me dejas conducir.

—No me reproches eso, por favor. Es por tu bien—. Candy recostó su cabeza en el reposacabezas del asiento y cerró sus ojos.

—Es sólo que… no quiero… no quiero estar sola en esa casa, y es lo que me va a tocar.

—Esa casa es tu casa. Tú mandas en ella.

—Han pasado las semanas y no he recordado nada. Incluso lo que tú dices que recordé es una tontería. La verdad…

—Candy, tranquilízate. Nadie te está presionando para que recuerdes.

—Yo sí lo hago. Yo misma quiero recordar. Es horrible estar así, Terry. ¡Siento que me estoy volviendo loca! –él se detuvo en un semáforo y giró su torso a ella para mirarla fijamente. Cuando ella no lo miró, él le tomó la barbilla y le giró el rostro.

—Tranquila –le dijo—. Todo vendrá en su momento.

—Tú pareces muy tranquilo, pero sé que en el fondo quisieras…

—Candy, no te angusties. No creo que consigas nada estrujándote la mente para sacarle algo.

—Tal vez nunca recuerde.

—Y tal vez sí. Y suceda lo que suceda, yo te amo. Te amo con o sin recuerdos. ¿Me escuchaste? –ella lo miró con el ceño fruncido.

—¿Te quedarás conmigo así nunca recuerde nada? –él asintió—. Tendría que volver a casarme.

—Lo haremos si así lo quieres. Pero me halagará inmensamente que vuelvas a escogerme—. Candy sonrió al fin.

—Sí. Te elegiría a ti. Un hombre que está con su mujer aun en esta situación se merece ser amado.

—¿Y… tú me amas? –Candy elevó una ceja sonriendo.

—Es fácil amarte.

—¿Pero me amas?

—¡Terry!

—¿Qué? Sólo estoy haciendo una pregunta. ¿Me amas? –ella rio ahora a carcajadas, y cuando al fin se detuvo, vio que él seguía allí, mirándola, y que el semáforo había cambiado y seguían en el mismo sitio. Miró atrás, pero no había mucho tráfico, así que no importaba. Él seguía esperando su respuesta.

—Sí –dijo al fin—. Te amo. Has hecho que me enamore otra vez de ti—. Él sonrió y se enderezó en su asiento, como asimilando sus palabras, como disfrutándolas. Soltó los frenos y de nuevo puso el auto en marcha. Candy lo miró curiosa—. ¿Dije algo fuera de lugar?

—No, para nada—. Candy se dio cuenta entonces que él tenía las mejillas coloreadas. Su declaración había hecho que se sonrojara. Extendió su mano a él y la tomó apretándola.

—Hice muy bien en elegirte la primera vez—. Él volvió a mirarla.

—Hicimos bien, amor. Fue la mejor decisión de nuestras vidas—. Candy sonrió feliz y no soltó su mano en un buen tramo del camino.

En los días siguientes Candy sintió que la vida cobraba una relativa normalidad y calma. Ya que Terry aún no se había incorporado del todo a la empresa, pasaba más tiempo en casa que afuera, y por eso no tenía tiempo de sentirse sola o aburrida.

Empezaron a salir más frecuentemente, a pasar fuera las mañanas, solos, o con los niños los fines de semana. Terminó de ver todo el aluvión de videos y fotografías que se habían tomado en los últimos doce años, incluyendo la de los niños, y casi pudo ser testigo otra vez de su crecimiento.

Sólo había un detalle de su nueva vida que le estaba incomodando, y tenía nombre propio: Antonio Davis. Era un hombre extraño, que se la quedaba mirando largamente y lograba ponerla incómoda, y a veces lanzaba comentarios extraños que no le gustaban mucho, como si la echara de menos, como si le reclamara el que no lo recordara. Parecía ser uno de esos descarados que se enamoraba de la esposa de su jefe o amigo y no lo ocultaba, como si estuviese buscando una oportunidad que ella le diera para tener alguna clase de relación ilícita. Pero, aunque fuera una de esas mujeres capaces de ser infiel así fuera con una aventura sin importancia, ella no lo habría hecho con él. Antonio no le llamaba la atención en lo más mínimo. Ni siquiera lo encontraba guapo. Claro, que al tener a alguien como Terry a su lado dejaba a los demás hombres con el estándar de belleza demasiado alto de alcanzar, o era sólo que como se había enamorado realmente, ni siquiera lograba imaginarse a sí misma con un hombre que no fuera él. Pero Antonio parecía empeñado, y ya no sabía cómo huir de sus pequeñas atenciones.

Contarle a Terry estaba fuera de cuestión. Él no sólo se molestaría con él, sino que tal vez dañara el hermoso idilio en el que los dos se hallaban sumergidos. Y era hermoso este idilio, aunque no debería llamársele así, pensó, ya que estaban casados.

Pasaban todas las noches juntos, paseaban mucho, salían a comer, y casi todas las noches hacían el amor.

Ella se había vuelto ya bastante desinhibida con él, más atrevida y arriesgada y él parecía encantado. Nada de luces apagadas, nada de cerrar los ojos o cubrirse debajo de las sábanas.

Pero Antonio parecía una sombra tras ella y eso la molestaba.

—No vuelvas a abordarme cuando esté sola –le dijo con seriedad. Él había llegado a la casa, solo, buscando a Terry para que le entregara unos documentos que él debía firmar.

Mientras Terry fue por ellos al piso de arriba, él fue a buscarla a la cocina, sabiendo que a lo mejor estaba allí. Antonio la miró sorprendido.

—¿Por qué me impides que te vea?

—Porque no tienes por qué verme. No soy nada tuyo. Y si sigues comportándote de esta manera, tendré que hacer algo drástico.

¿Algo drástico? –sonrió Antonio—. Como qué, preciosa.

—No me llames preciosa. No soy preciosa para ti. Respétame.

—No te estoy faltando al respeto. Sólo… tenía la esperanza de que me recordaras, que recordaras lo nuestro…

—Candy sintió que un frío le bajaba por la cara adormeciendo sus facciones.

—¿Qué? –preguntó sin aire.

—Y, que en el caso en que no me recordaras –siguió Antonio—, te volvieras a fijar en mí, como en el pasado.

—¿De qué estás hablando?

—Sé que esto es un choque para ti, sobre todo ahora que estás volviendo a vivir una especie de luna de miel con tu maridito. Pero tú y yo, Candy… tú y yo somos fuego puro –él se acercó más, aprovechando que ella había quedado allí, al lado del refrigerador como una estatua—. Oh, no lo recuerdas ahora, pero llevamos algunos meses aprovechando la soledad, la oscuridad, la ausencia de Terry para vernos, para…

—Aléjate –dijo ella entre dientes—, o empezaré a gritar.

—Eso me encanta de ti –sonrió él—, no te arredras ante nada, eres valiente. Estoy esperando que la antigua Candy resurja, la Candy que me encanta, la que no le teme a nada.

—No te conviene –le dijo destilando odio por sus ojos—. Es imposible que yo le fuera infiel a mi marido en el pasado. Jamás me rebajaría a tener nada con una basura como tú.

—Entonces necesitas pruebas –dijo él, encajando el insulto con aparente dignidad.

—Ni con pruebas me harás caer en ese sucio jueguecito. No sé qué quieres de mí, pero…

—No es un juego, Candy –dijo él con voz más suave—. Tú me necesitabas a mí, no yo a ti. Fuiste tú la que empezó esto, no yo. Estabas aburrida, cansada de la ausencia de Terry. Te sentías muy sola. La primera vez…

—Cállate. ¡No quiero escucharte! —La primera vez lloraste luego –siguió él como si no la hubiese escuchado—. Te sentiste mal porque era la primera vez que le eras infiel a alguien. Prometimos no volver a hacerlo. Pero tu marido simplemente siguió siendo el mismo.

—Yo jamás…

—No, ahora no, porque lo tienes para ti casi las veinticuatro horas. Pero cuando te dejaba sola semanas enteras por sus viajes de negocios, era otra cosa, Candy. Podían pasar semanas sin tener intimidad con él—. Candy sintió que ahora ese frío que le había tocado el rostro bajaba a sus manos.

Tenía sentido lo que él decía. De algún modo tenía sentido. Terry mismo había dicho que su relación había entrado en una muy mala etapa, y que incluso habían dejado pasar el tiempo sin hacer el amor.

—No me digas ahora que me aborreces. Me duele. Fuiste tú quien…

—Vete –le dijo ella con voz quebrada—. Lárgate. No quiero que te vuelvas a acercar a mí.

—Claro. Cuando alguien expone nuestros errores delante de nuestras narices, se nos hace muy fácil girar la cara para no mirar. Pero yo no soy un error, Candy. Soy algo hermoso que quisiste tener. Represento un escape, una puerta abierta.

—Si no te vas ya…

—Sí, empezarás a gritar. Sólo quería que supieras que… te amo y te extraño. Te echo mucho de menos. En cuanto recuerdes, si quieres retomar…

—¿Retomar qué? Estoy segura de que mientes. Yo jamás le sería infiel a mi marido. Lo amo. Y sé que en el pasado también lo amaba. Y en el remoto caso de que yo quisiera tener una aventura, al último al que habría buscado sería a ti, porque no sólo eres desagradable, sino que no me atraes ni siquiera un poco—. Él la miró serio por primera vez, como si realmente le hubiese molestado su comentario. Apretó la mandíbula y respiró profundo.

—Antonio, ¿qué te hiciste? –preguntó la voz de Terry, y segundos después, apareció en la cocina con los documentos que había ido a buscar.

—Estaba acá –sonrió Antonio—, pidiéndole un vaso de agua a tu esposa—. Terry sonrió y se acercó a ella.

—Candy ha insistido en volver a cocinar. Le he dicho que no tiene que hacerlo. Y si somos sinceros, a los dieciocho ella no lo hacía muy bien—. Antonio rio, pero aún para él fue una risa forzada.

—Entonces –dijo con la misma sonrisa de antes—, se hace urgente, muy urgente, que recuerde—. La miró significativamente, pero ella seguía un poco pálida—. Suerte con eso –le dijo a Terry, y luego de recibirle los papeles que él tenía en la mano, salió de la cocina y de la casa.

—¿Te sientes bien? –le preguntó Terry en voz baja.

—No. La verdad… siento… Siento náuseas.

—Sí, estás pálida. Ven, siéntate un poco—. Pero ella no se sentó, sólo lo abrazó con fuerza. Él la retuvo allí un largo rato, y cuando ella empezó a llorar, no dijo nada, sólo la abrazó consolándola. No era la primera vez que ella lloraba sin motivo aparente. Ya James, su médico, le había advertido que esto podía suceder de vez en cuando.

—Te amo –le dijo ella. Él sólo sonrió sobando un poco su espalda.

—Yo también te amo.

—Te amo sólo a ti.

—También yo –volvió a decir él.

—Sólo a ti –repitió ella. Enterró su rostro en el hombro de él tratando de normalizar no sólo su corazón y su respiración, sino su mente y sus sentimientos. Sentía asco, incredulidad, miedo. Ella no podía haber sido tan estúpida en el pasado. Poner en riesgo algo tan hermoso como esto. No. Ella no era así. Ese idiota estaba mintiendo. ¿Pero, por qué? ¿Si estaba mintiendo, qué razón tenía?

—¿Ya te sientes mejor? –preguntó él. Candy asintió y lo miró a los ojos. Antonio estaba mintiendo, y debía tener una razón para ello. Tenía que averiguarlo.

Continuará...