El retrato
Esta historia es una adaptacion.
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
Bueno chikas este es el penúltimo cap. Espero k les guste.
CAPITULO 9
Estás despierta, gatita?
Los habitantes de un cementerio hubieran revivido por la barahúnda que hizo Edward al ir a la cama. Bella se quedó muy quieta, fingiendo que dormía.
-Deberías estarlo, hice suficiente ruido – rió Edward con suavidad – Por qué estás allí acostada? Se me pasó el tiempo. Deberías haber telefoneado al estudio. Lo siento mucho – agregó – al atraerla al círculo inexorable de sus brazos -. Pero más vale tarde que nunca, ¿verdad?
-Estoy cansada – murmuró ella cortante.
-Cielos, Bella, la cama está aquí cualquier hora. Yo no – bromeó él.
-¡Fanfarrón!
-¿Es este un juego en el que debo participar? ¿Me quieres, no me quieres?
En silencio, Bella se escabulló de su abrazo y rodó sobre la extensión fría, de la cama. No se sentía satisfecha. Los pensamientos desagradables que la acompañaban durante el transcurso de la tarde y la noche, se negaban a abandonarla.
¿Si Edward amaba a alguien más, por qué no intentó acelerar el divorcio? ¿O habría conocido hacía poco? ¿Sería posible que esa otra mujer estuviera ya casada y fuera de su alcance? ¿Sería posible que esta no sintiera lo mismo que él? Durante horas, se torturó con cada posibilidad, en busca de respuestas que en realidad no quería encontrar. Durante horas, esperó a que él apareciera.
¿Y entonces, qué hizo él? Llegó como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo y la tomó en sus brazos como si fuera de su propiedad, por alguna ley sagrada no escrita. Bien, ella necesitaba ser más que un cuerpo tibio y deseoso en su cama, más que un alivio físico para sus deseos sexuales... un sustituto tolerable y práctico de otra mujer que no podía tener.
-Yo también tengo mi orgullo – afirmó Edward, en tono abrasivo -. No quiero nada de ti que no me des espontáneamente. Cuando la
devota abnegación pierda su atractivo, puedes tomar la iniciativa...
-¡nunca! – Bella prácticamente escupió la palabra, tal era su indignación.
-Pero no tendrás más remedio. Estarás muy fría y solitaria en aquel lado de la casa..
había algo alarmante y amenazador en esa alegre promesa. La hizo apretar los dientes.
Un poco más tarde, escuchó el sonido regular y profundo de la respiración de Edward. Se había dormido. ¿Cómo podía hacerlo cuando ella se revolvía en un torbellino?
En este punto, se retrajo de sus enmarañados pensamientos, experimentando una furia totalmente ilógica sobre la habilidad de Edward de quedarse dormido con tanta facilidad. Se enrolló en el extremo más lejano de la cama.
Debes ser presentada formalmente a la familia – repitió doña Sulpicia con firmeza.
-Pero si uno no es bienve... –murmuró Bella con preocupación, pero sus argumentos perdían fuerza. Era muy obvio que ellos no eran bienvenidos.
-Ya escuché a Edward sobre el particular. Me estoy sintiendo mejor –afirmó doña Sulpicia-. Daremos una fiesta. Ya comencé a hacer lista de invitados. Haré uso de la secretaria de Edward, la señora Morales. Será una experiencia excelente para ti también, Bella, ver cómo se organizan estas cosas.
Bella inclinó la cabeza, ocultando una sonrisa al pensar en el entrenamiento que había recibido de su madre. Organizar una cena nunca le causó dificultad.
-Está bien – accedió.
-Las invitaciones saldrán mañana – los intensos ojos de la anciana descansaron en Bella -. Deberías estar con Edward por las tardes, no sentada aquí conmigo.
Bella se puso tensa, tomada por sorpresa.
-Es probable que esté en su estudio.
-Sue me informa que muchas noches él duerme allá.
-Está pintando – pronunció Bella con rigidez.
-Está inquieto, descontento. Esos no son buenos signos. Edward necesita que lo manejen con cuidado. Una mujer astuta no le dejaría saber que lo está manipulando – continuó doña Sulpicia.
En el humor que estaba Edward en ese momento, una mujer astuta necesitaría una pistola para acercarse a él. Una carcajada histérica quedó atrapada en la garganta de Bella. No estaba bien preparada para el candor de la abuela. Durante las dos últimas semanas, había tratado mucho a doña Sulpicia.
La abuela de Edward pasó todo a vida dominando a su familia. Mientras no cometiera error de tratar dominar a Edward, no dejaba de decir lo que pensaba a Bella.
-Estuvimos separados mucho tiempo. Tiene que haber dificultades temporales dijo Bella, optando por una respuesta audaz.
-Ese es un problema al que yo le hincaría el diente con rapidez – repuso Doña Sulpicia con ironía -. Sospecho que Edward está pasando sus noches con una botella de tequila.
-¿Tequila? – eso era nuevo para Bella.
-Debería pasarlas con su esposa.
Oleadas de color ardieron en las mejillas de Bella. Todo era culpa de Edward e intentaba decírselo a él.
-¿Usted cree que está bebiendo? – no pudo evitar preguntar.
Doña Sulpicia le dirigió una mirada de reproche.
-Me estás interpretando mal. Edward no tiene costumbre de beber. Pero... -sus labios se apretaron con ansiedad -... hay un salvajismo en él, un lado sombrío que ninguno de mis hijos tuvo. Debió heredarlo de su madre. Lo que siente, lo vive con demasiado fuerza. Eso me perturba.
-Es el temperamento artístico – la tranquilizó Bella.
-No creo en los temperamentos artísticos – comentó doña Sulpicia -. Edward es poco convencional en su comportamiento. Esto también lo heredó de su madre.
Después de tocar el timbre para llamar a la enfermera a petición de la anciana, Bella bajó las escaleras rumbo fijo. Sue levantaba las tazas de café de la sala. Una vez que los gemelos estaban en la cama, Edward desaparecía. Si acaso hablaban en la cena, lo hacían acerca de Elizabeth y Anthony o de algo impersonal, pero no acerca de algo que en realidad importara. Si él iba a la cama, lo hacía en la madrugada y se levantaba como de costumbre, al salir el sol.
En contraste, las horas del día estaban llenas de agitada actividad familiar. Edward los llevó a todos a conocer la propiedad. También Córdoba...Granada...Sevilla. los gemelos estaban fascinados por la rica profusión de herencia morisca. Edward podía hacer vivir la historia de un modo maravilloso. Elizabeth y Anthony no sospechaban por ningún momento que algo andaba mal entre sus padres.
Al darle la espalda aquella noche, cometió el error más grande de su vida. Mantener a Edward a una distancia emocional, la hacía sentirse más segura, pero él se había alejado demasiado, demasiado rápido... enviando la imaginación de ella a lo desconocido. De dónde sacó la idea de que él pudiera amar a otra mujer? No tenía hechos en qué basar su sospecha y cuanto más pensaba en ello, más improbable le parecía. Edward no estaba hecho de la materia de los mártires.
¿Si embargo, qué había hecho? – permitió que los celos se elevaran a proporciones monstruosas en su estúpida cabeza. Edward no era como el padre de Bella, nunca lo fue. No era su culpa si no podía caminar cincuenta metros sin atraer la atención femenina. Entonces, ¿por qué lo estaba castigando?
-¿Puedo traerle algo, señora? – Sue le dirigió una mirada preocupada e inquisitiva desde la puerta de la sala.
-Una botella de tequila – repuso Bella con repentina decisión.
-¿Tequila, señora? – Sue estaba espantada y su rostro apacible enrojeció con fuerza -. Sí, señora.
-No estoy molesta, Sue – Bella sonrió.
-Estoy preocupada por el, señora – murmuró el ama de llaves en tono de disculpa.
Bella tomó la botella y subió a su habitación. Bella sabía exactamente qué iba a ponerse. El error. Alice la fastidió para que lo comprara el verano anterior. Nunca lo había usado. Lo guardó con un sentimiento de culpabilidad. Era color escarlata, con tirantes delgados, escote bajo, encaje en el cuello y una falda estrecha arriba de la rodilla.
Para su desconcierto, Edward no estaba tumbado sobre sofá del estudio con una copa en la mano y el aire de alguien que lamenta algo con demasiada fuerza. Estaba pintando y tan concentrado en lo que hacía que no la vio rondándolo. Había producido una serie de cuadros aclamados sobre la vida sobre los gitanos y ese lienzo iba claramente a reunirse en el salón de la fama. Un grupo de niños sucios mendigaba con ojos hambrientos y curiosos. No era una pintura cómoda. Pocos de sus cuadros lo eran.
-Hola – pronunció ella depositando la botella en el alféizar de la ventana.
-¿A qué...? – al ver su atuendo, Edward tartamudeó -. Debo el honor?
¿En realidad, Bella fue allí pensando que él estaría bebiendo con desdicha para olvidar? Edward se veía estupendo y alarmantemente frío.
El silencio comenzaba a extenderse de forma inquietante. El todavía barría con ojos inquisitivos el vestido escarlata. Bella comenzaba a sentir las rodillas expuestas, no decir nada del resto de su cuerpo.
-Tu abuela está convencida acerca de esta cena – pronunció de prisa -. Por lo que dijo, supuse que estarías en contra de la idea.
-Durante meses nos estuvo diciendo que estaba en su lecho de muerte. Cuando acepté eso y la urgí a que no se excediera, de pronto estuvo muy interesada en demostrarme que estaba equivocado – dejó su pincel, todavía mirándolo con intensidad -. No la hagas sospechar que puedes arreglar la cena sin su ayuda.
-No soy tan tonta.
-Sé que no, pero ella necesita sentirse necesaria. ¿Quién no?
-Está preocupada por ti – Bella respiró profundo.
-¿Por qué? ¡Ah! – un leve destello de desprecio coloreó la mirada de Edward -. ¿Qué estás tratando de decir, Bella? Creo que podemos prescindir de la abuela para hablar.
Desafortunadamente, Bella estaba ya lista para decir su siguiente frase.
-Ella cree que me estás evitando.
Los ojos expresivos de Edward, iluminados con amarga diversión, se velaron por las densas pestañas negras.
-Así que debo agradecer a la abuela u inesperada visita.
-No – protestó ella -. Fue un impulso. Quizás el aburrimiento de mi propia compañía, me condujo acá con desesperación.
Una ceja cobriza se alzó.
-¿Si?
Bella no se sentía tan proclive a perdonar como lo estuviera diez minutos antes. Edward no la ayudaba. Las ramas de olivo deben ser recibidas con elegancia y él emanaba ondas positivas de antagonismo nada elegante.
-¿Es una posibilidad, no? – exclamó a la defensiva.
-¿Por qué te cambiaste el atuendo?
Los dos podían participar en el juego, decidió Bella.
-Me tiré el café encima.
-¿Por qué trajiste botella de tequila?
-¡Tal vez porque tenia ganas de beber! – Bella estaba cada vez más molesta.
-¿Te gusta el tequila?
-¿Por qué no? – levantó la barbilla desafiante -. ¿En dónde guardas tus copas?
-En la cocina – cruzando la habitación, Edward tomó el tequila del alféizar de la ventana y fue hacia el vestíbulo -. ¿Lo quieres solo?
-¿Por qué no? – repuso Bella.
Edward le puso una copa en la mano, golpeándola contra la suya en un brindis.
-Bebamos y hablemos claro...
le pareció a Bella un brindis extraño, pero esbozó una sonrisa y dio un trago.
-No está mal – pronunció ella -. ¿Hablar claro? Cuando llegué aquí, me dije a mí misma que era sólo por los gemelos...
-¿Te tengo prisionera? ¿Ves cadenas? ¿Barras?
-Tienes muy mal carácter – no era de sorprenderse que Bella se hubiera retirado un poco de él.
-¿Dios, te sorprende? – preguntó él.
Bella inhaló con cuidado.
-Esperabas demasiado de mí demasiado pronto. Eso es lo que siempre haces, Edward, cuando quieres algo, lo quieres para ayer. No me gusta ser empujada a tomar decisiones mayores. Necesitaba tiempo. ¡Y tiempo es algo que nunca me diste!
-Te he dejado sola, Bella. ¿Qué más quieres?
Bella inclinó la cabeza. Del humor que estaba Edward, no podía reunir el valor para decirle que eso no era lo que ella quería en absoluto.
-Me he llevado una sorpresa tras otra desde que llegué. Guardaste tantos secretos que no puedo decir que eso me hace sentir segura.
-Olvidas por qué guardé esos secretos hace siete años. Si no lo hubiera hecho, habrías tratado de cambiarme – expresó con aspereza -. En mi vida he soportado demasiado intentos de eso. ¿Apreciabas entonces cuánto necesitaba pintar? ¿Si hubieras conocido mis antecedentes, no habrías tratado de persuadirme de saltar la brecha que me separaba de Aro y pasar el resto de mis días empujando papeles en una oficina? ¿O me habrías aceptado como era?
Bella no podía discutir los puntos de Edward. La aprobación de sus padres significaba mucho para ella entonces. Suspiró, era demasiado sincera para negar la verdad.
-Tienes razón. Siempre tienes una respuesta, ¿verdad?
-Si la tuviera no habríamos terminado.
El diálogo tomaba un camino peligroso que ella no quería seguir.
-Terminamos porque tú te acostaste con otra mujer.
-Estás muy segura de eso – declaró el con fiereza.
-Cien por ciento segura – contestó Bella, sus uñas cortaban dolorosamente la palma de su mano apretada -. Querías herirme y lo hiciste. Dejemos eso.
-Nunca quise lastimarte en mi vida y nunca te mentí tampoco.
Bella sacudió la cabeza con vehemencia.
-Y es por eso exactamente que nunca lo mencionaste, porque no puedes mentir sobre ello y yo no quiero oír ninguna explicación. Me haría odiarte – confió con veracidad -. De hecho, si tan sólo mencionas a esa mujer, saldré de aquí ahora mismo.
-¡Me juzgaste sin verme, sin escucharme! – Edward estaba blanco de rabia.
-Y tu me hiciste exactamente lo mismo con mucho menos justificación – le recordó con tristeza -. No tiene objeto hablar de eso ahora.
-Al menos, yo no huí. Es posible que no estuvieras bien, pero ibas a tener a mi hijo. Me debías algo más que las mentiras de tus padres. ¡Ni siquiera me dejaste verte!
Bella se hundió en el sofá con su pila de cojines multicolores. La pulla acerca de huir había dado en el blanco.
-No tenía elección.
-¡Me podrías haber llamado de tu lecho de enferma, enviando una postal! ¡Algo! Pero no hiciste nada y sabías que yo no sabía dónde estabas.
-Pero yo esperé que te encargaras de averiguar dónde estaba cuando desaparecí de la faz de la tierra – Bella levantó la cabeza -. Creo que es tiempo que te cuente la historia completa. El día que averigüé acerca de tu aventura, el infierno se desató. Yo estaba histérica y en medio de una escena muy desagradable, me caí en la escalera. Comencé a sangrar. Pensé que iba a perder al bebé y eso no me calmó. El doctor me durmió. Cuando me dijeron que tendría que guardar cama, lo acepté. Pensé que iría a un hospital, pero era una clínica privada. Lo que yo no sabía es que mi padre dijo al médico que yo me había tirado por las escaleras.
La indignación de Edward se evaporó. La escuchaba con atención, sus facciones morenas estaban tensas.
-¿Por qué iba a decir semejante mentira?
Bella no respondió. Su esbelto cuerpo estaba rígido por la tensión.
-Mi padre tenía influencia en Twelvetrees. El director era su amigo personal. Pasé allí unos días antes de darme cuenta que no era sólo un hospital. La dama de la habitación de al lado estaba tan loca como un pastel de frutas. Era por eso que estaba allí. Era inofensiva, pero una vergüenza para sus parientes ricos yo estaba allí, porque supuestamente intenté suicidarme y mi pobre padre no sabía qué más podía hacer conmigo.
-¡Diablos! – Edward estaba pálido como la ceniza, incrédula comprensión comenzó a brillar en su mirada horrorizada -. ¿Pero por qué, por qué te hizo eso? ¡No tiene sentido!
-Sí lo tiene – contradijo Bella -. Me quitaba de en medio. El estaba decidido a separarnos. En realidad, trató de hacerme creer que yo estaba enferma y que él sólo hacía lo mejor para mí. Quería que me divorciara de ti y yo no firmaba los papeles. Al final, lo hice porque ya no me importaba.
-¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo estuviste allí? – preguntó angustiado.
-Nueve semanas. No me trataron mal. No quiero que pienses eso. Tenía una hermosa habitación, comidas regulares y terapia libre – su voz se resquebrajó un poco-. Durante nueve semanas, nada que yo dijera era creído por el personal. ¡Me complacían porque pensaban que yo no podía enfrentar lo que traté de hacer! Mi padre te quería fuera de mi vida y no había nada que no hubiera hecho para ganar. Se trataba de venganza personal entre él y tú. Yo sui sólo la desafortunada espectadora que tuvo que pagar el precio. No, olvida eso. No es justo, porque no lo sabías – terminó en un murmullo -. Nunca recibiste mi carta.
-¿Tu carta? – inquirió Edward, todavía espantado al darse cuenta de que él podía haber evitado que su padre la confinara en esa clínica.
-Nunca fue echada al correo. Mi padre se encargó de eso – su boca tensa se apretó.
-¿Qué decías en la carta? – sondeó él.
-Quería verte...hablarte.
Edward ahogó una maldición.
-Tu padre tiene que responderme muchas cosas. La próxima vez que estemos en Inglaterra, nos enfrentaremos juntos a ellos.
-En realidad no sé por qué te conté todo eso – manifestó Bella, desconcertada.
-Debiste habérmelo dicho desde el principio.
-Declaraste que me quitarías a Anthony y a Elizabeth – le recordó ella con amargura -. Pasé nueve semanas en aquel lugar. ¿Cómo crees que habría parecido eso en la corte?
-¿Eso pensaste? –Edward se encogió.
-No pensaba en nada más – susurró ella -. No creo haber tenido una sola noche de sueño ininterrumpido hasta que vine aquí. Fue sólo hasta entonces que de veras reí que no ibas a tratar de sacarme de sus vidas.
Había un leve temblor en la mano de Edward cuando levantó su copa y la bebió. Todavía estaba muy pálido, casi demacrado.
-Bella, debes creer que yo no tenía idea de que tenías esta presión sobre ti. Nunca quise llevarte a la corte y nunca consideré hacer algo tan cruel como separarte de Anthony y Elizabeth.
-No me diste esa impresión – una acuosa sonrisa se formó en la tensa boca de Bella.
-Fue muy amargo, Bella – movió las manos con elocuencia, como si no pudiera demostrar de otro modo lo amargo que había sido -. ¿Cómo puedes comprender lo que yo sentí al creer que habías matado a nuestro hijo? Me hizo odiarte. Pero también me odié a mí mismo. Me sentí responsable por lo que pasó. ¿Cómo no iba a sentirme responsable? Para mí, era un castigo por amarte demasiado, por hacerte infeliz a pesar de ese amor – su boca expresiva se apretó con fuerza -. No puedo soportar pensar en ti encerrada en un lugar como el que describes.
-No fue tan malo. Monótono, pero como de todos modos tenía que descansar...
-No lo conviertas en broma. ¡Debes haber estado aterrorizada! Entonces, no eras la mujer que eres ahora – empujó sus dedos palidos a través de su despeinado cabello cobrizo, provocando un aguijonazo de ternura en ella -. Eras tan frágil que me asustabas, pero cuando nos separamos, no me permití recordar eso. ¡En mi mente, te convertí en una malvada sin corazón a quien podía odiar! Te culpé de todo.
-Eso es normal – dijo ella dando otro trago a su bebida -. Me gusta esto.
Inesperadamente, Edward le sonrió, con una de sus gloriosas sonrisas sensuales.
-No es tequila lo que estás bebiendo. El tequila te tiraría de espaldas.
Eso era lo más cercano a una prometedora sugerencia que había hecho en dos semanas. Bella lo miró esperanzada, pero fue m obvio cuando la sonrisa se desvaneció, que él no estaba pensando en el mismo tema.
-¿Sabes por qué vine aquí esta noche?
-La abuela te avergonzó y te hizo venir. Está bien – murmuró con ironía -. No estoy enojado por eso.
Tampoco estaba complacido y Bella ocultó una sonrisa.
-Tenía la intención de decirte que estaba...bien, que estaba de acuerdo en... – ya estaba perdiendo el hilo, con la lengua trabada por el miedo de que era muy posible que él no quisiera las inseguridades que planeaba darle.
-¿De acuerdo con qué?
-Con tener un matrimonio normal...intentarlo de nuevo. Sólo necesitaba algún tiempo para pensarlo – no era el matiz con que pensaba decirlo.
-Así que lo pensaste. Muy sensato de tu parte – concedió él, sin apreciar la noticia -. Pero eres tú, no yo. No quieres ser culpable de precipitarte o de tener entusiasmo, mas es obvio que no sientes que sea necesario. ¿En qué aprobé?
-¿Perdón? – Bella lo estudiaba con diversión.
-Mientras sopesabas por dos semanas si te quedabas o no, sin duda ya entré por esos pros y contras en alguna parte – los ojos verdes estaban clavados en ella con furia contenida -. Dos semanas necesitaste. ¡Yo no necesité más de veinticuatro horas para tomar la misma decisión!
Bella tragó saliva, incapaz de comprender por qué diablos estaba él enojado.
-Pero como indicaste hace un minuto, yo no soy tu. Si debes saberlo, nunca se te ocurrió que tenía la elección de no quedarme a menos que planeara regresar a Inglaterra sin Elizabeth y Anthony.
Edward la miró, con un relámpago de emoción en sus ojos brillantes.
-¡No los metas en esto!
Bella captó demasiado tarde lo que lo enfurecía, ¡y no iba a ceder, de ningún modo! A él no le gustaba la idea que ella se quedara únicamente con los gemelos. Por otro lado, no se negó a arrastrarla hasta España y mantenerla bajo el yugo de la misma creencia humillante.
-Pesaste mucho los pros y los contras.
-No quiero ser pesado como un saco de rano – exclamó Edward con crudeza -. Yo no te sopesé a ti.
Bella podía ver un rugiente ataque de temperamento artístico amenazando el horizonte, entendiendo al fin con una oleada de incredulidad que lo que sentía Edward era de una importancia tan abrumadora; que él se preparaba a escuchar palabras que dolerían, que herirían. De pronto, Bella se sintió increíblemente generosa.
-¿Por qué crees que me puse este estúpido vestido? Vine aquí a... a... seducirte – confió tensa.
-¿Qué? –murmuró Edward, estremecido por el anuncio.
-Pensé que una copa podría ayudar. En realidad no estaba segura de lo que se suponía iba a hacer – admitió cortante, con una mirada de desolación en los ojos.
Edward respiraba como alguien que hubiera subido corriendo una colina esperando encontrar una vista espectacular, sólo para encontrarla bloqueada.
-¿Quieres acostarte conmigo? – tradujo Edward con ferocidad -. ¿cómo si yo fuera un cualquiera?
Bella estaba asombrada, divertida por esa respuesta desconcertante. Pero cuando la fuerza plena de su burla la acotó, fue la última gota. Enojo y dolor rugían en su interior al erguirse.
-¡Ahora cualquiera suena más tentador! – le dijo con furia -. ¿Cómo puedes ser tan ciego? ¡Y no soñaría en acostarme contigo si no te amara! No lo haría para conservarte, siquiera para conservar a los niños. Se necesita más que un par de copas de vino para hacerme olvidar mis principios. ¡Te necesito a ti y si crees que estoy complacida por eso, estás loco!
ke les pareció? les gusto?
me regalan review?
las kiero se cuidan=D
