Respiró hondo antes de abrir la puerta con cuidado. Se asomó en silencio, Rei dormía boca arriba, una mano sobre su pecho y la otra al lado del cuerpo, su semblante ridículamente solemne. Haru se sentaba a su lado, dándole la espalda a la puerta; el leve sonido del grafito sobre el papel rompía el silencio de la habitación.

- Haru - susurró, mirando a Rei, buscando alguna señal de que se hubiese despertado - tengo que hablar contigo, ven.

- Estoy ocupado - espetó con sequedad, sin moverse un milímetro- si quieres hablar, hazlo.

- No quiero despertar a Rei.

- Entonces no hables.

Makoto frunció el ceño, definitivamente Haru era intratable cuando se enfadaba, generalmente lidiaba con ello con relativa facilidad, pero esta vez era él y no otro el motivo de su enfado. Suspiró. Cerró la puerta tras de sí con cuidado y avanzó en silencio hasta Haru para sentarse junto a él, encarándolo. Lanzó una mirada rápida a Rei para cerciorarse de que seguía dormido, su pecho subía y bajaba rítmicamente. Luego la volvió hacia el cuaderno en el que Haru centraba toda su atención, solía preferir los temas fantásticos, pero está vez se había dedicado a esbozar varias de las expresiones de Rei, así como diversos estudios de sus manos. A Makoto siempre le había maravillado el talento artístico del moreno, podría pasarse horas observándole dibujar, disfrutado de aquellas graciosas microexpresiones que tan bien conocía, pero no había venido para eso y no podía permitirse otro desliz.

- Haru. Haru, mírame - su voz era un susurro. El aludido volvió los ojos hacia él, fríos y ensombrecidos - Antes, después de... eso, no te quise escuchar, menosprecié tus palabras y tus sentimientos. Te hice daño.

- Pues sí - replicó Haru, dejando el lápiz sobre el papel y encarándole - Se supone que eres mi mejor amigo, me conoces mejor que nadie. Puedo entender que no me quieras, o que pudieras querer a otra persona, pero no entiendo que no me creas cuando te digo que...

Haru volvió el rostro con violencia, dejando las palabras en el aire. Makoto buscó su mano pero él la retiró deliberadamente, el castaño lo intentó una vez más, la atrapó entre sus dedos y la trajo hacia sí.

- Lo siento. Fui mezquino, estaba demasiado cegado por los celos. Pero-no tengo excusa- pero yo quería ser el único para ti porque tú eres el único para mí - rozó los nudillos de Haru con los labios - No quiero a nadie más que a ti.

El crujido del edredón los sobresaltó a ambos. Rei se volvió hacia un lado dándoles la espalda.

- No es que no quiera elegir, es que no puedo - susurró Haru con expresión grave.

- Lo sé - musitó Makoto, acariciando con el pulgar el dorso de aquella esbelta y suave mano.

- No estoy jugando y no estoy confuso - se reafirmó.

- Lo sé - repitió Makoto, mirándole fijamente a los ojos.
Haru se sintió perdido frente aquellas pupilas verdes, en las que ya no había duda ni acusación. Liberó su mano de la de Makoto y rozó con un par de dedos corte en la sien, amoratado e hinchado. Apretó con fuerza un instante, arrancándole una queja al castaño.

- ¿A qué ha venido eso? - protestó, frotando la magulladura.

- Eres un idiota, igual que Rin. Idiotas los dos.
Makoto soltó una risita que cortó enseguida por respeto a Rei.

- Lo siento - sonrió afablemente, aunque Haru no modificó un ápice su semblante - No lo pude evitar, verte a su lado y no al mío... fue demasiado para mí.
Haru hizo ademán de decir algo, pero se cayó. Makoto se acercó un poco más a él y se alegró de que esta vez no retrocediese. Le tomó de ambas muñecas para traerlo hacia sí, aún ofrecía resistencia al contacto físico y no quiso forzarle, sabía que Haru volvería a ponerse a la defensiva sí lo hacía. Frotó su antebrazo, instándole a decir lo que fuese que no sé atrevía.

- Quiero que estés a mí lado, Makoto. - le miró con ojos muy abiertos, sinceros pero temerosos - Pero sé que es muy egoísta pedírtelo, tú no querías esto.

- Pídemelo otra vez.

Haru supo por el tono que Makoto ya había tomado una decisión pero no se la diría hasta que escuchase lo que quería oír. Se sentía manipulado, pero no era el momento de ser orgulloso.

- Te quiero, y quiero que estés conmigo - Makoto sé disponía a responder pero Haru siguió hablando, como si hubiese abierto una presa y no pudiese volver a cerrarla - Te quiero muchísimo, desde siempre, no puedo concebir mi vida sin ti en ella, y antes... antes pensé que se había acabado todo, que había roto lo que había entre nosotros.
Makoto estrechó a Haru entre sus brazos, con tanta fuerza que pensó que le rompería los huesos.

- Te creo - susurró, acariciando el oscuro cabello, percibiendo el aroma fresco y familiar que despedía - Te creo, Haru.

Pudo notar cómo los músculos del moreno se relajaban bajo sus brazos y sintió un enorme alivio. Este era su momento, suyo y de Haru, no había nadie más y comenzó a comprender, o eso creyó, que para Haru siempre era así, no había división en sus sentimientos, ni dudas. Haru le quería y esto era un hecho. Que también quería a Rin de igual modo era otro, pero ahora eso ya no parecía importarle tanto. Ya no se sentía en un segundo lugar. Ya no era una competición por ver a quién quería más. Las palabras de Rei volvieron a su mente "el amor en infinito y por tanto indivisible". Quería a Haru y Haru le quería a él, esto era lo importante y lo demás era accesorio y algo con lo que aprendería a lidiar.

- Estoy contigo - musitó finalmente - siempre.

Haru dejó escapar una exhalación de alivio. Makoto notó sus brazos rodeándole, devolviéndole al fin el abrazo.
Hubiera deseado que ese momento durase un minuto más, y quizá aventurarse a robarle un beso, pero Haru se separó un poco, aún con el ceño fruncido.

- Ni se te ocurra volver a pegar a Rin - regañó.

- Él también me pegó a mí - refunfuñó como un niño pequeño.

- Te lo merecías, te estabas portando como un idiota.

- Es verdad, lo siento - admitió.

- Y deja de disculparte.

- Vale.

Se quedaron un momento así, en silencio, los brazos de Makoto aún al rededor del torso de Haru, acariciando con un par de dedos su cintura, arriba y abajo.

- ¿Puedo besarte? - preguntó el castaño en un susurro a penas audible.
Rei volvió a sobresaltarlos a ambos con un aullidito involuntario de su garganta. Se quedaron paralizados un instante, ya se habían olvidado de él y temieron haberle despertado, o peor, que ya estuviese despierto de antes. El bello durmiente no volvió a proferir más sonidos y permanecía inmóvil.

- ¿Tienes que preguntar? - replicó Haru, como si no hubiesen sido interrumpidos.

- ¿Puedo?

- Me pones enfermo.

Makoto sonrió con picardía un segundo antes de alcanzar la boca de Haru. No quería precipitarse y se limitó a un beso en los labios, tratando de depositar en él su nueva resolución. Su plan de un beso casto y romántico no resultó tan fácil como hubiese deseado y enseguida quiso invadir aquella boca y marcar cada poro de su piel. La visión de los edredones revueltos volvió a su mente y tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no desnudarle y hacerle el amor ahí mismo, con Rei presente. Se conformó con besar la punta de la nariz de Haru, arrancándole una risita incrédula a éste.
- Deberíamos dejar a Rei dormir tranquilo - susurró Makoto mientras se incorporaba. Le tendió la mano a Haru para que hiciese lo mismo.
Él asintió y se dejó ayudar. Recogió su cuaderno y estuche de lápices y abrió camino hacia el pasillo.

La puerta crujió ligeramente al cerrarla. Rei espiró aliviado. Tenía el rostro completamente rojo y se sentía tremendamente incómodo. Se había despertado cuando Makoto y Haru habían empezado a discutir y no había encontrado el momento idóneo para dejar la habitación sin que resultase violento para todos, y cuanto más tiempo pasaba, más inapropiado resultaba levantarse. Se sentía como un voyeur, aunque nunca había tenido intención de espiar charlas ajenas.
Se arrebujó en su edredón, esperando poder librarse de aquella conversación.

Makoto y Haru pudieron oír trajín en la cocina, la señora Watanabe conversaba con Nagisa animadamente. El rubio salió de la cocina portando una bandeja con tazas de barro y dulces tradicionales.

- ¡Mako, Haru! Hemos preparado té.

- Deja que te ayude - se ofreció Makoto, estirando ya los brazos en su dirección.

- ¡Vale! Iré a despertar a Rei.

Depositó la bandeja sobre los brazos de Makoto y pasó a su lado, echó una mirada significativa a Haru y éste hizo un leve movimiento de cabeza. Nagisa interpretó aquello como algo positivo, al menos ya no parecía enfadado. Subió las escaleras a zancadas y trotó por el pasillo hasta llegar a la puerta. La abrió con cuidado, esperando encontrar a Rei dormido para poder despertarlo con un beso principesco. Avanzó de puntillas hasta él y se agachó. Dormía sobre su costado, trató de girarlo con cuidado.

- Estoy despierto - dijo, sobresaltando a Nagisa.

- ¡Jo! - bufó éste, arruinado su plan - Y yo que quería despertarte con un beso.

- No soy una princesa - refunfuñó Rei, girándose al fin.

- ¿Qué té pasa? Estás rojo.

- Nada, hace calor - mintió. Empezaba a incorporarse cuando Nagisa le detuvo.

- Cuéntamelo - rogó... exigió Nagisa, los ojos muy abiertos e iluminados.

- ¿D-de qué hablas?

- Mako y Haru han estado hablando aquí ¿verdad? Y tú lo has oído.

Rei giró el rostro, se sentía guardián de aquella conversación y no quería traicionar la "confianza" de sus amigos, ni tan siquiera ante Nagisa.

- No debí haberla escuchado, ni debería contarla. Es algo privado entre ellos dos.
La actitud de Nagisa cambió, ya no parecía tomárselo como un cotilleo.

- Haru lleva todo el día sintiéndose mal, desde que hablamos en el lago... Sólo dime si...

- Están bien. Muy bien - se adelantó el de gafas.
Nagisa sonrió y se levantó de un brinco.

- Vamos, hemos preparado té.


Rei y Makoto tuvieron una delirante disputa por ver quién servía el té, al final la señora Watanabe se hizo con la tetera y sirvió a cada uno de los chicos.

- ¿Y Rin? - preguntó Rei, frotando sus ojos, fingiendo soñolencia.

- Aquí - dijo el aludido, entrando por la puerta, su pelo húmedo tras el baño y la toalla aún sobre sus hombros.

- ¡Rin, estás que lo partes! - exclamó Nagisa, emocionado.

- Sólo es un yukata - musitó el pelirrojo con una sonrisa cómplice, él mismo se daba cuenta del encanto que producía la ropa tradicional.

Rin lanzó una mirada rápida a la mesa: Makoto y Haru sentados lado a lado, la señora Watanabe presidiendo y Nagisa y Rei en el otro lateral. Se sentó frente a la anciana, entre Makoto y Nagisa. Haru le miró mientras se recogía el pelo en una coleta, se detuvo en la brecha de la ceja y bajó por su rostro hasta la boca y aquella pequeña línea irregular y oscura que cortaba su labio inferior. Sus nudillos estaban hinchados, como los de Makoto. Sintió un calambre en la nuca, pero no el mismo que cuando Rin le tocaba, éste era distinto, frío. Miedo. Miedo de que hubiera sido peor y haberlos dejado atrás. Y también era rabia. Desvió la mirada hacia su taza de té antes de que Rin le descubriese.

- La señora Watanabe dice que va a nevar ¿Verdad, abuela? - preguntó Nagisa, haciendo una mueca cuando se quemó la lengua con el brebaje.

- Sí, niño, sí. Lo noto en estos viejos huesos. Me rompí la pierna una vez, de joven, y desde entonces mis predicciones nunca fallan.

- ¿En serio? - interrogó Nagisa, fascinado.

- Eso no parece muy científico. - replicó Rei, recibiendo un golpe en la pierna por parte del rubio.

- Aprenderás, jovencito, que la ciencia no puede aclarar todos los misterios de la vida - la anciana soltó una risita enigmática. Rei entornó los ojos, incrédulo.

- Debe tener razón, antes se ha colado un macaco en nuestra habitación -dijo Makoto, divertido - y debía tener frío porque me robó... ¡la chaqueta! - recordó ahora la prenda, ya irrecuperable.

Nagisa rompió a reír, golpeaba la mesa con la palma abierta, incapaz de contenerse. Rei trataba de disimular una risita tosiendo y la señora Watanabe lo miraba con condescendencia.

- Bueno, ya tienes una anécdota que contar del viaje: un mono te dio el palo - Rin soltó una risotada mientras palmeaba el hombro de Makoto, que se había llevado las manos a la cabeza.

Haru sonrió, tranquilizado por el buen rollo que parecía haber entre Rin y Makoto. Al menos de eso ya no tendría que preocuparse.

- Encontré una familia de monos montaña arriba - intervino el moreno - se estaban bañando en unas aguas termales naturales.

- ¿En serio? - interrogó Rei, sorprendido.

- Es cierto. - aseguró Rin - Lo encontré como sí fuera la puñetera...

- ¡Esa boca! - regañó la anciana.

- Perdón. Como si fuese Blancanieves. ¡Tenía un mono en su regazo!

- A Haru se le dan bien los animales. - comentó Makoto, mientras tomaba un sorbo de té.

- No estaba encima mío. Estaba a mi lado - corrigió Haru.

- Ni si quiera los monos se resisten a los encantos de Haru - dijo Nagisa con una sonrisa pícara.

Todos, excepto la anciana, le miraron un segundo, una mezcla de estupefacción e incomodidad. El rubio se hizo el longuis y atacó un par de daifukus rellenos de anko.

- ¿Quién podría? - intervino la señora Watanabe, ajena a la puyita - Con esos ojos azules tan bonitos que tiene. Y este pelo negro - la abuela se permitió la indiscreción de acariciarlo.
Makoto miraba a Haru esperando el momento en que se sintiese incómodo, pero el moreno parecía sereno, incluso a gusto. Quizá la anciana le recordase a su propia abuela.


No había mucho que hacer en el hostal. La lluvia había dejado paso al granizo y cada vez estaba más claro que acabaría por nevar. La tarde era oscura, casi opresiva. El grupo había visto como su plan de pasar un día de campo se había ido a garete y mañana deberían emprender el viaje de vuelta a Iwami muy temprano.
Haru miraba por la ventana cómo el granizo comenzaba a crear una tupida alfombra blanca sobre el camino exterior. Se volvió hacia la sala de entretenimiento. Makoto y Nagisa jugaban al pin-pon mientras Rin gritaba a uno y a otro y Rei hacía de árbitro. Haru abrió su cuaderno y se perdió en él, con unos ágiles trazos abocetó un delfín. Empezaba a echar de menos nadar. Su aventura en el lago esa mañana parecía ya muy lejana y aún quedaba mucho tiempo para poder volver a la piscina del instituto. Gou se las arreglaba para concertar entrenamientos conjuntos con el equipo de Samezuka, pero no era suficiente. Miró a Rin y sintió una envidia pueril, él siempre tenía la piscina a su disposición. Dibujó un tiburón. En cierta manera Rin le recordaba a uno: tenaz, hábil y fiero, llegaba incluso a asustar. Pero si se le sabía tratar revelaba una cara mansa, como un tiburón panza arriba. Y también frágil.
Observó su perfil, las heridas justo en el lado que veía. En comparación, Makoto no había salido tan mal parado, pese a la brecha en su sien. No creía que el castaño fuese tan mal luchador como para necesitar ventaja, pero sí le daba la impresión de que Rin no había dado todo de sí y eso le escamaba. Sabía que había algo raro pese a la jovialidad del pelirrojo. Volvió a su cuaderno, esperaba que fuesen imaginaciones suyas. El día ya había sido demasiado intenso.