•Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.
Como dije, subo dos capítulos seguidos porque me ausentaré.
Este, sin duda alguna, fue el capítulo más difícil que escribí. Fue el peor fin de semana que me tocó pasar siendo honesta y a pesar que esto sucedió hace un año, lo recuerdo muy bien.
Este capítulo se lo dedico a Leslie, quien fue la primera persona en leerlo y estuvo ahí, brindándome su hombro.
Espero sus reviwes, paz y amor.
Y gracias, por dedicarme su tiempo.
Y quería comentar que estoy escribiendo mi primer libro (lo cual me pone muy feliz).
Capítulo 9: Lágrimas
Mi primer semestre resulto mejor de lo que esperaba. Mi promedio había resultado muy bueno y lo mismo esperaba de los siguientes seis meses que iban a empezar en menos de cuarenta y ocho horas.
Es sábado por la mañana, me levante pasando las ocho y decidí limpiar el hueco de Hobbit. Después de dejarle un mensaje por WhatsApp a Edward, empecé con mi rutina.
Al cabo de una hora, obtuve respuesta. No muy agradable para mi verdaderamente. Me explicaba que existía la posibilidad de que no sea matriculado este semestre en la Universidad y que había tenido unos problemas.
Le pedí que no me diera más explicaciones aunque confieso que sí quería oírlas. Eran casi las once de la mañana cuando nuestra charla acabó. Era muy vaga, parecía que ninguno de los dos se encontraba bien, si él no lo estaba yo mucho menos.
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—Isabella. —mi celular había vibrado y era por un mensaje. Era él. Y sólo me llamaba por mi nombre cuando las cosas estaban… mal. Supuse que las noticias habían llegado y que esa sería una larga noche.
—Edward. —le respondí. Esta vez mi humor había cambiado y ya no tenía ánimos de nada.
Solo hizo falta leer "Quiero que seas la primera en saberlo…" para que mis ojos se llenaran de lágrimas. Ya estaba en mi cama cuando empecé a sollozar y me coloqué en forma de ovillo. Escondí mi rostro en las almohadas para que nadie se percatara de mi llanto.
—No me puedes hacer esto. —escribí. —Dime que es un chiste de mal gusto. Dime que es mentira. —pude oír como mi corazón de había roto.
¿Aquí acababa el "para siempre"? ¿Simplemente por mensajes me diría que no lo vería más? Si hay maneras de lastimar un corazón, está definitivamente debe ser una de ellas.
—No, Bells —leer esa manera de llamarme me hizo llorar aun peor. —No es un chiste pero igual el lunes voy a ir.
—¿Y luego qué? —¿Esto acabó, Edward? ¿Me estás dejando? Pensé.
—Tengo que hablar con el Sr. Bertie.
—¿Para…? —ya no quería saber nada más. Si él no estaba, ¿qué iba a pasar conmigo?
No me sentía dependiente de él, para nada. Yo soy capaz de seguir adelante, no necesito de nadie pero… después de estos meses de estar con él... después de haberme dado la oportunidad de conocerlo y de habernos prometido tanto, ¿este era el final?
—Tal vez pueda pagar después... —quise sentir esperanza pero ahora solo sentía dolor. Y mucho. —O tal vez el semestre que viene retomo las clases.
—Edward… —no sé de donde saqué fuerzas para teclear su nombre.
—Si, mi Bella. —insertó una emoticón de un rostro llorando. Si él estaba llorando yo era el vivo reflejo de María Magdalena. ¡Y a través de un conversación! Decidí entonces confesarle como me sentía…
—No soy quien para pedirte explicaciones pero no entiendo por qué… —tomé un respiro para seguir escribiendo. —Edward, estoy llorando. Me siento no sé… estoy mal.
"Mal" en ese momento ese término no era suficiente.
—No mi Bella tranquila ¿está bien? —no. Nada está bien y yo mucho menos. —No me gusta que estés así, mejor no te hubiese contado nada.
¿Y enterarme el día lunes que no te vería más? Eso si no lo iba a soportar. Al menos él no está viendo mi rostro.
—Lo siento. —y no entendía por qué me disculpaba. —Pero no puedo.
—Tranquila Bells. —sus palabras solo hacían eco en mi mente. Sentía que me estaban abandonando. —Igual siempre vamos a estar en contacto.
¡Mentira! Eso es falso. Porque una vez que no lo vería más, la promesa se hubiese roto y yo estaría con el corazón destrozado porque ya estaba muy enamorada como para poder negarlo. Sentía que estaba perdiendo algo que nunca fue mío, sentía que… Edward se iba a marchar para no volver más.
Le mandé una foto, del dibujito donde sacó nuestra manera de llamarnos.
"Cerebro no es el mismo sin Pinky."
Si Pinky y Cerebro se hubieran separado nunca hubieran conquistado el mundo, aunque nunca lo hicieron estando juntos. El punto es que yo no iba a ser nada sin él, y él, ¿Iba a ser algo sin mí?
—Oh, mi Bella. Te voy a ir a visitar.
Sonaba tan triste cada palabra. Imaginaba que él me las decía y solo hacía que más lágrimas mojaran mi almohada.
—¿Sabes? —empecé a escribir. —Sonará cursi pero tenía mis planes ya hechos…
Y era verdad. Iba a suceder lo mismo que el semestre pasado. Íbamos a trabajar juntos. Cuando era trabajo en parejas, sin dudarlo estaría con él y él conmigo. Cuando las pruebas llegaran estudiaríamos hasta yo quedarme dormida primero, cuando tocaba prueba de inglés, le daría las respuestas que él no pudiera resolver. Todo eso y más quería para nosotros pero ahora, todo estaba en el cesto de basura. Junto con mi corazón y una promesa que tal vez a estas alturas ya esté rota.
—Pero tus planes no tienen por qué cambiar. —escribió. —Salvo que me saques de tus planes, porque yo no pretendo salir mi Bella.
Claro que no lo iba a sacar. "Para siempre".
Le envíe una de las dos únicas fotos que tenemos juntos. Para mí, la mejor.
—No te sacaré. —le escribí. —Así que me aguantarás por el resto de mis días.
Quise sonar graciosa pero era en vano.
—¿Para siempre, recuerdas? —le pregunté con el rostro hinchado, ojos rojos y dolorosos y algo de esperanza en mi ser.
—Para siempre, mi Bella.
El reloj de mi celular marcaba las once de la noche y simplemente cerré la conversación. No quise decir nada más. No había nada más que hablar, si esa iba a ser mi realidad tendría que empezar a vivirla.
Me tapé con las sábanas hasta el cuello, mi cara entre las almohadas y lágrimas en silencio.
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Desperté muy tarde al día siguiente, creo que eran más de la diez de la mañana pero me daba lo mismo. Era domingo, y no un domingo cualquiera. Un domingo en el cual me levanté con ojeras marcadas por el llanto y nada de ánimos para hacer las cosas.
Nadie notó nada.
Trataba de mantener mi mente ocupada haciendo mis cosas. Por breves momentos lo conseguía pero luego la conversación volvía a mi cabeza y me perdía en aquellas palabras…
Por la noche salí a comprar cosas para mañana. El primer día de clases. El primer día sin él.
Mi móvil estaba cargando y recibí tres mensajes. Mi pecho se contrajo al ver su nombre en la pantalla.
—Bella, ¿ya estás descansando para mañana tu primer día de clases?
Sentía como si le echaban sal a mi herida. Una herida que tal vez nunca tardaría en sanar.
—No. —respondí. —Y estoy pensando seriamente en no ir, y nadie podrá evitarlo.
Y es verdad. No quería ir. No quería levantarme temprano y saber que el sitio que estaría a mi lado se iba a encontrar vacío, simplemente no quería eso para mí.
—Tus padres lo evitarán, y tienes que ir, Bells.
Hubiera preferido que me llame por mi nombre. Aunque después de todo serían de las últimas veces que oiga esas palabras.
Seguimos conversando tranquilamente, de vez en cuando reía pero el sabor agridulce seguía ahí. Conversamos por alrededor de dos horas, hasta que él dejo de hablarme y yo, cuando lo noté, ya estaba llorando de nuevo.
Segunda noche seguida, mismo motivo. Los ojos me dolían aún más pero era inevitable que aquellas gotas de agua salada se deslicen por mi mejilla.
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Me había levantado muy temprano. Cinco y media de la mañana para ser exactos. En poco más de una hora tenía clases y cuando vi mi rostro en el espejo del baño, casi grito del susto.
Las ojeras estaban más notorias, me costaba mantener los ojos abiertos y qué decir, me sentía destrozada. Era como si estuviese viendo una sombra y no a mí misma.
Después de lavarme el rostro noté que este volvía a la normalidad. Ya no había rastro de mis noches anteriores. Noches que nunca iba a olvidar.
Me puse mis jeans, botas negras, una chompa del mismo color y una casaca. El clima estaba más frío de lo habitual y aunque me gusta así, solo me deprimía más.
Llegué en diez minutos a la Universidad. Subí hasta encontrar el salón y solo había tres chicas, cuatro conmigo. Me senté en la primera carpeta, avisando como tonta al aire que nadie se siente a mi lado. Porque esa era su carpeta.
Le tomé una foto y se la mandé. Obtuve una respuesta inmediata. Como si supiera que yo le iba a escribir.
Hubiera deseado que tal vez él llegue a aparecer pero entonces todo hubiera resultado mentira. Las lágrimas derramadas en las noches anteriores hubieran sido producto de un engaño que aunque deseaba que lo fuera, ya me había lastimado.
—Mi Bella. —escribió insertando una cara triste. —¿Qué salón es?
—502. —escribí.
—¿El mismo de las clases anteriores?
—No.
Un par de mensajes más y me puse a conversar con Leslie. Me había girado para escucharla con mayor atención y hubiera preferido no hacerlo.
Miré hacia la puerta y juro que si mi corazón hubiese estado destrozado, los pedazos se hubieran roto una vez más.
Edward estaba ahí. Con una sonrisa en su rostro. Me puse roja, y creo que debió ser por la falta de aire.
Me había mentido.
Me había hecho una broma.
Había llorado por él por horas durante dos días para que simplemente llegue y se me acerque.
Aguanté el llanto.
Por ratos sonreía de lado porque lo tenía conmigo pero luego pensaba… ¿Qué hacías tú mientras yo te decía que lloraba? ¿Qué hacías mientras te decía que me dolía? ¿Qué hacías mientras yo te pedía que me digas que era mentira?
¿Qué hacías, Edward, cuando yo derramaba incansablemente lágrimas, hasta quedarme dormida, por ti?
