NOTA: ¡Siento el retraso! Estos días estoy muy ocupada. A cambio, este capítulo es más largo que los anteriores. ¡Espero que os guste, y gracias por leer!


No querían entrar en casa del maestro Fu por la puerta principal, de modo que Cat Noir, aún llevando en brazos a Marinette, aterrizó en un pequeño balcón que, por fortuna, estaba abierto.

La chica llamó suavemente antes de entrar en la habitación.

–¡Maestro Fu! –dijo cuando el anciano se volvió hacia ella, sorprendido–. Tenemos un grave problema. Sé que debería haberte consultado antes de traer a Cat Noir –añadió, sujetando a su compañero por el brazo–, pero era una urgencia y...

–¡Marinette! –exclamó Fu–. ¿Qué ha pasado? ¡Acaban de decir en las noticias que Lepidóptero te había capturado!

Ella se dio cuenta entonces de que había estado consultando las noticias en la pantalla de la tableta.

–Sí, es cierto, pero Cat Noir me ha rescatado. Tengo mucho que contarle, maestro.

Él dirigió una mirada inquisitiva al superhéroe, que había cerrado tras ellos la puerta del balcón y permanecía en silencio junto a Marinette.

De pronto, algo parecido a una centella de color verde cruzó el salón y se detuvo frente a los dos jóvenes. Cat Noir dio un respingo al comprobar que se trataba de un kwami con aspecto de tortuga, y lo observó con curiosidad. Nunca antes había visto a otro kwami, aparte de Plagg.

Pero la pequeña criatura no estaba para presentaciones.

–¡Marinette! ¿Y tu prodigio? ¿Qué ha pasado con Tikki?

–Lepidóptero me ha quitado los pendientes –dijo ella atropelladamente–. La buena noticia es que Cat Noir consiguió rescatarme. La mala es que tiene a Tikki y conoce mi identidad. Aunque eso son dos malas noticias, ahora que lo pienso... ¡Pero ahora nosotros también sabemos quién es él! Lo cual es otra buena noticia, supongo, así que hay un empate entre buenas y malas noticias...

–Marinette, céntrate –cortó Fu, muy serio–. Si Lepidóptero tiene tu prodigio, habrá que recuperarlo. ¿Dices que sabes quién es?

–Sí, maestro. –Marinette inspiró hondo y dijo–: Es Gabriel Agreste.

El anciano dirigió una mirada a Cat Noir, que permanecía en silencio junto a Marinette, en un segundo plano. Pero el chico desvió la vista, incómodo.

–Ya veo –murmuró–. ¿Estás segura? Ya sospechamos de él una vez, ¿recuerdas?

–Sí, pero ahora tengo pruebas. Lo he visto transformarse, y me mantuvo prisionera en su mansión hasta que Cat Noir me rescató.

–¿Cómo consiguió capturarte, Marinette?

Ella se sonrojó.

–Había... había diseñado una colección de alta costura inspirada en mí... en Ladybug, quiero decir, y me invitó a un pase de modelos privado para conocerla...

–Estaba al tanto, sí. ¿Qué sucedió después?

–Su hijo... O sea, él, Gabriel Agreste, por medio de su hijo A-Adrián... me invitó a cenar a su casa, y m-me pareció una descortesía no asistir... –Fu se acarició la perilla, pensativo, y Marinette añadió, deprisa–: Sé que debería haber sido más prudente, pero como Agreste fue akumatizado, pensé que podía descartarlo como sospechoso..., en ningún momento se me ocurrió que fuese una trampa, porque además Adrián es amigo mío... compañero de clase –se corrigió–, y bueno, yo...

Fu volvió a mirar a Cat Noir, que seguía con la vista obstinadamente clavada en la punta de sus zapatos.

–Ya veo –repitió.

–Lepidóptero quería chantajear a Cat para que le entregara mi prodigio, pero él me rescató y ahora ya no tiene nada con qué negociar. Tenemos que aprovechar que hemos desbaratado su plan para atacar, reunir a otros superhéroes, utilizar otros prodigios...

–No me parece buena idea.

–¡Pero necesitaremos más gente! Usted no ha visto esa casa, es como una fortaleza y está llena de habitaciones y pasadizos ocultos. Y Agreste no está solo: su asistente y el guardaespaldas conocen su identidad secreta, y su hijo...

–¿Su hijo? –interrumpió Fu, frunciendo el ceño–. ¿Estás segura de eso?

Marinette vaciló.

–No puedo descartar la posibilidad, maestro. Esta vez no. Y de verdad quiero creer que Adrián no tiene nada que ver con los planes de Gabriel Agreste, pero es poco probable que no supiera lo que sucede en esa casa. Y no me refiero solo al hecho de que su padre sea un supervillano.

–Entiendo –murmuró el anciano.

De nuevo buscó la mirada de Cat Noir, pero los ojos verdes del superhéroe, repletos de tristeza y arrepentimiento, estaban fijos en Marinette.

–Si acudimos a la mansión Agreste ahora... –estaba diciendo ella.

–No –cortó Fu–. No vas a ir a ningún sitio, Marinette.

Ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos.

–Pero ¿por qué? ¡He perdido a Tikki y tengo que recuperarla! Oh, ¿es por eso? ¿Porque he fallado como Ladybug? –preguntó, desolada–. Si me da otra oportunidad...

–No se trata de eso, Marinette. No has fallado; nuestro enemigo es mayor y más experimentado que tú y no es extraño que lograse engañarte, si sospechaba ya tu identidad o te conocía lo suficiente como para aprovecharse de tus puntos débiles. Todos los tenemos –añadió antes de que ella pudiese responder–. Eso no te convierte en una superheroína fallida, y mucho menos en una mala persona.

Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.

–Pe-pero...

–Eres humana, y ahora necesitas dormir y descansar. Y estás en peligro, porque Lepidóptero ya conoce tu identidad. ¿Ha averiguado también la tuya? –le preguntó de pronto a Cat Noir.

Él dio un respingo, ligeramente sobresaltado.

–No –respondió–. Eso creo. Eso espero –murmuró, frunciendo el ceño con inquietud.

–Bien –asintió el maestro–. Lo primero que debemos hacer, Marinette, es poner a salvo a tu familia. Ahora que Lepidóptero ya no te tiene en su poder, tal vez trate de utilizarlos a ellos para presionarte. Pero de eso nos encargaremos Cat Noir y yo. Tú debes quedarte aquí y recuperar fuerzas.

–Pero...

–Confía en nosotros, Marinette. Aquí estarás a salvo. Llevaremos a tu familia y tus amigos a un lugar seguro y, cuando los dos hayáis descansado, decidiremos qué hacer a continuación.

Marinette dirigió una mirada desconcertada al gramófono. Había imaginado que el maestro volvería a sacar la caja de los prodigios, que crearían un gran grupo de héroes para asediar la guarida de Lepidóptero, ahora que lo habían encontrado.

–Ten paciencia –dijo el maestro, adivinando lo que pensaba–. Hay que trazar los planes con cuidado. Cuanto más larga sea la cuerda, más alto volará la cometa.

Ella respiró hondo y asintió. Lo cierto era que se sentía muy, muy cansada.

–Wayzz, acompaña a Marinette a la habitación de invitados para que duerma un poco. Cat Noir y yo tenemos que hablar.

Ella estaba tan aturdida que no se dio cuenta de que su compañero tragaba saliva con nerviosismo. Se despidió de ellos y siguió al pequeño kwami fuera del salón.

–¿Y bien? –preguntó el anciano en cuanto la puerta se cerró tras ella.

La mirada de Cat Noir, que no se había apartado de Marinette mientras abandonaba la habitación, se volvió ahora hacia el maestro.

–Yo no sabía nada, lo juro –se apresuró a aclarar–. Todo lo que sé es lo que ella me ha contado y lo que hemos visto en la mansión, y ni siquiera estoy seguro de haberlo entendido todo.

–Sé que no lo sabías –lo tranquilizó él–. Si hubiese sospechado por un momento que podías ser cómplice de un supervillano, jamás te habría confiado uno de los prodigios más poderosos. –Cat Noir acarició su anillo y desvió la mirada, confuso–. No le has revelado a Marinette tu verdadera identidad –prosiguió el maestro; era una afirmación, no una pregunta.

–No sabía si sería una buena idea. Quiero decir... Ella tiene razón en cierto modo. Debería haber sospechado algo, o al menos haber intuido... Pero fui demasiado confiado..., la llevé a la mansión..., los dejé a solas... Y él la capturó, le quitó el prodigio y la encerró en el sótano... Y yo estaba en la misma casa y ni siquiera me enteré... –Se cubrió el rostro con las manos, incapaz de seguir hablando.

–Te digo lo mismo que a Marinette, Cat Noir: nuestro enemigo es poderoso y más astuto que vosotros. Y sabe muy bien cómo aprovecharse de la confianza y la buena fe de la gente de bien. Pero tú, ¿cómo te encuentras?

Él retiró las manos y lo miró, confundido.

–¿Cómo dice?

–Has aprendido muchas cosas esta noche. Y no dudo que preferirías no saber algunas de ellas. Es información difícil de digerir.

«No sabe usted hasta qué punto», pensó Cat Noir. Se preguntó si el maestro Fu estaría al tanto de lo que Gabriel Agreste escondía en su santuario del sótano, y si debía hablarle sobre ello. Decidió que no, al menos por el momento. Necesitaba tiempo para asimilarlo todo.

–Creo que aún no me he hecho a la idea –confesó–. Quizá por eso parezco tan entero.

Lo cierto era que, cuando se paraba a pensarlo, sentía el impulso de encerrarse en algún armario oscuro, hacerse un ovillo, cerrar los ojos y esperar a que aquel extraño sueño terminase de una vez.

Marinette era Ladybug. Su padre era Lepidóptero. Su madre estaba encerrada en una especie de sarcófago en el sótano de la mansión.

–¿Quieres volver a casa? –le preguntó entonces Fu.

Él se mostró sorprendido.

–¿Qué quiere decir?

–No tienes por qué regresar si no quieres. Sería muy peligroso, sabiendo lo que sabemos ahora.

–Pero... ¿a dónde voy a ir, si no?

–Puedes quedarte aquí. Conmigo y con Marinette.

Cat Noir abrió mucho los ojos.

–¿Con usted... y con Marinette?

–Ella tampoco puede volver a casa. No hasta que derrotemos a Lepidóptero.

–Pero... pero...

–No tienes que responder ahora. Tienes toda la noche por delante para pensarlo..., y va a ser una noche muy larga.

Wayzz entró entonces en la habitación atravesando la pared; el maestro Fu lo miró interrogante, y cuando el kwami asintió, el anciano dijo:

–No perdamos más tiempo. Cat Noir, debemos poner a salvo a los padres de Marinette. También voy a necesitar que me digas quiénes son sus amigos más cercanos.

–Claro –asintió él, contento por tener algo que hacer.


Una hora más tarde entró en la habitación de invitados, aún algo aturdido. Aunque estaba a oscuras, su visión nocturna le permitió localizar a Marinette hecha un ovillo sobre uno de los dos futones que había en el cuarto.

Ella también percibió su presencia y se incorporó un poco.

–¿Cat Noir? –murmuró.

–Soy yo, bichito –respondió él en el mismo tono–. ¿No duermes?

–Estaba preocupada por mis padres.

–Están a salvo, tranquila.

Cat Noir se tendió a su lado en el futón, y Marinette se volvió hacia él para mirarlo a los ojos.

–¿Y Alya?

–También, y Nino, y sus familias.

Cat Noir se echó sobre su espalda y cerró los ojos con un suspiro de cansancio. Marinette fue consciente de pronto de lo larga y complicada que estaba siendo la noche también para él, y una oleada de gratitud calentó su corazón.

–Muchas gracias, Cat Noir –murmuró–. Siento haberlo estropeado todo.

Él abrió un ojo para mirarla de soslayo.

–No has estropeado nada, bichito. Lepidóptero ha ganado esta batalla, pero nosotros ganaremos la definitiva, ya lo verás.

Marinette gruñó con frustración.

–Me he dejado engañar como una tonta, Cat. No sé ni cómo pude llegar a imaginar siquiera remotamente que Gabriel Agreste podría estar interesado en mis diseños.

–¡No digas eso! –la riñó él, volviéndose hacia ella–. Eres una diseñadora con muchísimo talento. Que jamás se te ocurra pensar lo contrario.

Ella se quedó perpleja.

–¿Cómo... cómo lo sabes?

Aquel era un momento tan bueno como cualquier otro para revelar su identidad, pero Cat Noir no se sentía preparado todavía. No solo por ella, sino también por el vínculo que lo unía a Lepidóptero. Por alguna razón, se sentía seguro en la piel del superhéroe y aún no se atrevía a enfrentarse a Marinette... a Ladybug... como Adrián Agreste.

–Diseñaste la portada del último disco de Jagged Stone –le recordó–. Salió por la tele.

–Ah, sí –murmuró ella–. Aun así, debería haber tenido más cuidado. Teníamos razones para sospechar de Gabriel Agreste y las pasé por alto sin más.

–Nunca llegaste a explicarme cuáles eran esas razones –comentó entonces él, interesado–. Un día me citaste en un tejado para decirme que sabías que él era Lepidóptero y que debía confiar en tu palabra, sin más.

–No pude contártelo entonces porque te habría dado pistas sobre mi identidad, y también habría tenido que hablarte del maestro Fu, y él no quería contactar contigo todavía. Pero ya qué más da. –Cerró los ojos con un suspiro y apoyó la cabeza sobre el pecho de Cat Noir, que la rodeó con el brazo para acercarla más a él–. Qué bien sienta poder hablar sin secretos ni mentiras, minino. Lo único positivo del hecho de que Lepidóptero me haya descubierto es que ya no tengo que ocultarte nada. Es liberador, en cierto modo.

Cat Noir pensó en los secretos que él mismo guardaba para sí todavía, y se preguntó si tendría valor para revelárselos a su compañera. Pero ella siguió hablando, y el chico prestó atención.

–Hace tiempo, el maestro Fu perdió un libro muy especial que pertenecía a la orden de los Guardianes y que contaba los secretos de los prodigios. El libro desapareció al mismo tiempo que los prodigios de la mariposa y el pavo real, y por eso él siempre sospechó que estaba en poder de Lepidóptero.

»Yo encontré el libro por casualidad, cuando vi a Adrián consultándolo en la biblioteca. No sabía que era importante, pero Tikki dijo que debíamos recuperarlo a toda costa y llevárselo al maestro Fu.

–El libro de los prodigios –murmuró Cat Noir; empezaba a sospechar de qué libro se trataba–. ¿Y... se lo robasteis a Adrián? –inquirió, alzando una ceja. Aquel volumen había desaparecido de su cartera sin más, y nunca había llegado a saber cómo ni por qué.

–¡Nosotras no! Fue Lila..., Volpina. Utilizó la información del libro para hacerse pasar por una superheroína y tratar de impresionar a Adrián, y después lo tiró a la basura..., y nosotras lo recuperamos. Yo quería devolvérselo a Adrián, pero Tikki dijo que había que llevarlo al maestro Fu. En el libro, de hecho, está la información que nos permite utilizar los poderes ocultos de nuestros trajes.

Cat Noir asintió en silencio.

–De modo que así fue como empezaste a sospechar de Gabriel Agreste.

–Primero sospeché de Adrián –reconoció ella en voz baja–, pero luego me enteré de que el libro había pertenecido a su padre en realidad. Y cuando fui contigo a investigar a la mansión..., resultó que Gabriel había sido akumatizado.

–Entiendo. ¿Y qué pasó con el libro? ¿Lo tiene aún el maestro Fu?

Él sabía que su padre lo había recuperado de algún modo, pero no podía contárselo a Marinette. Todavía no.

–No, hicimos copias de todas las páginas y se lo devolví al señor Agreste.

Él la miró sorprendido.

–¿Se lo devolviste...? Pero ¿por qué?

Ella desvió la mirada.

–Porque él le echó la culpa a Adrián y amenazó con sacarlo del colegio, y yo..., yo quería arreglarlo, porque después de todo...

–Así que... ¿qué hiciste? ¿Se lo enviaste por correo a la mansión o qué? –preguntó Cat Noir, sinceramente intrigado.

–No, en realidad... fui a verlo y le dije que lo había robado yo. Que lo había confundido con un libro de fotos de Adrián... Lo sé, fue una excusa muy estúpida –gimió ella, mortificada, ante la mirada divertida de su compañero–. Me hice pasar por una fan loca de su hijo y me pareció que se lo creía...

–¿Y no lo eres? Una fan, quiero decir –se apresuró a aclarar él–. No es que piense que estés loca ni nada por el estilo.

–Yo no... Un momento, ¿cómo sabes eso?

–Porque también lo vi en la tele. En un programa en el que salía Jagged Stone en la panadería de tus padres.

Marinette hundió el rostro en su pecho con un gruñido, muerta de vergüenza.

–No he sido lo que se dice muy discreta, ¿verdad?

Cat Noir sonrió, contemplándola con cariño. Era agradable estar así con ella, pensó. Abrazados y susurrándose secretos en la oscuridad. Como cuando se habían encerrado en el armario de la limpieza, en el sótano de la mansión Agreste, pero sin aquella acuciante sensación de peligro. Ahora, por el contrario, y a pesar de la complicada situación en la que se encontraban, el muchacho se sentía tranquilo y seguro junto a ella. Aún no había asimilado del todo el hecho de que Marinette era Ladybug, pero a un nivel más profundo, quizá inconsciente, sentía que aquellas dos piezas encajaban a la perfección.

Lo maravillaba también el hecho de que, mientras él soñaba con Ladybug, ella había estado tan cerca de él todo aquel tiempo, de maneras que ni siquiera había llegado a imaginar.

–Te arriesgaste mucho al ir a devolver el libro, Marinette.

–Lo sé, pero quería hacer algo por Adrián. No me pareció justo que su padre lo castigase por mi culpa.

Cat Noir se quedó mirándola con una expresión indescifrable.

–Pero ahora sospechas también de él –le recordó.

–Sí, pero sigo sin saber si es un cómplice o una víctima. Sigo sin tener claro si debo salvarlo o luchar contra él, y la duda me está volviendo loca.

Cat Noir pensó entonces en el ofrecimiento del maestro Fu. Se había escapado de casa muchas veces, pero siempre con intención de volver. ¿Había llegado la hora de marcharse definitivamente?

–¿Crees que... debemos ponerlo a salvo a él también? ¿Como a tus padres, y al resto de tus amigos?

–No lo sé –respondió ella tras un instante de duda–. Si conoce el secreto de su padre estará seguro con él, supongo. Si no lo sabe, quizá esté en peligro..., pero, por otro lado, él es su hijo, ¿verdad? Lepidóptero no le haría daño.

–No, supongo que no –murmuró Cat Noir en voz muy baja.

–Quiero sacarlo de esa casa, Cat –prosiguió ella–. El instinto me pide a gritos que lo rescate de allí, ¿sabes? Porque quiero creer que es inocente.

–Tú lo conoces bien, ¿no es así? Vais a la misma clase..., sois amigos. ¿Crees que él sería capaz de ser cómplice de un supervillano... aunque se tratase de su propio padre?

La voz de Cat Noir tenía un punto de tensión contenida, pero Marinette no se dio cuenta.

–Yo creo que no –respondió–; pero a veces las personas no son lo que parecen. Quiero decir..., tú me conoces, ¿verdad? Conoces a Ladybug. Hemos sido compañeros durante mucho tiempo, hemos peleado juntos y vivido mil aventuras. –No pudo evitar que el profundo cariño que sentía hacia él aflorase en su tono de voz, y Cat Noir sonrió–. Sin embargo, también me conocías como Marinette. Y nunca se te ocurrió pensar que pudiésemos ser la misma persona, que Marinette pudiese ser una superheroína.

–No es lo mismo –replicó él–. Sé que eres creativa, valiente y generosa y que siempre estás dispuesta a ayudar a los demás. Y esto vale para Marinette y para Ladybug. Quizá no sumé dos y dos en su momento, pero si me dices que eres Ladybug..., te creo. En cambio, si alguien me dijese que eres cómplice de un villano..., no lo creería. De ti nunca, Marinette.

Ella se ruborizó, y se alegró de que estuviese oscuro para que él no pudiese verlo. Después recordó que, al fin y al cabo, sí que podía, y se ruborizó todavía más.

–Ya, bueno. –Se aclaró la voz antes de seguir–. El caso es que... es posible que yo no sea del todo objetiva con respecto a Adrián. Es posible que mi... afecto por él me haya hecho... idealizarlo un poco. O mucho, para qué nos vamos a engañar.

Él la miró interrogante, y ella inspiró hondo y prosiguió, aún algo sonrojada.

–¿Recuerdas la noche que luchamos contra Heladiador? Lo habías preparado todo para una cena romántica en una azotea, y estuvimos hablando...

–Sí, en tu balcón. Lo recuerdo.

Marinette enrojeció todavía más.

–Me-me refiero a la conversación que tuvimos después de vencer a Heladiador. Es decir, la que tuviste tú con Ladybug. O sea, yo.

Cat Noir ató cabos.

–Un momento. Hablamos dos veces esa noche, ¿verdad? Solo que yo no sabía que eras tú..., y pensaba que había hablado con dos chicas diferentes. Te dije... te dije lo que sentía por Ladybug... ¡pero eras tú!

–Sí, lo siento, no lo sabía –se apresuró a responder ella–. No sabía que me querías... de verdad.

–¿Creías que estaba fingiendo? –se asombró él.

–¡No! Pensaba... pensaba que era una broma, o una pose, no sé, Cat, de verdad que me arrepentí mucho de no haberme dado cuenta antes.

«Pero eso ya da igual», pensó, «porque él amaba a Ladybug y no a Marinette». De lo contrario, le habría declarado su amor a la chica del balcón, y no a la superheroína ausente. Había algo en aquel pensamiento que le escocía por dentro, pero decidió dejarlo para más tarde.

–Y cuando volvimos a hablar... después... –prosiguió–, es decir, cuando hablaste con Ladybug..., te dije que había un chico.

–Que tenías novio –resumió él.

–¿Qué? No, yo nunca dije que tuviera novio. Solo que había un chico. Alguien por quien sentía algo especial. Otra cosa muy distinta es que él me correspondiera, o que supiera lo que siento por él, que no es el caso, por cierto.

–Oh –murmuró Cat Noir, inseguro.

Marinette inspiró hondo de nuevo.

–Bien, pues ese chico era... es... era... –Tragó saliva–. Adrián Agreste, precisamente. –Él se quedó helado junto a ella, y Marinette prosiguió, deprisa–: Po-por eso tengo miedo de que mis sentimientos hacia él me impidan ser objetiva, y a lo mejor es demasiado evidente que está aliado con su padre y yo no lo puedo ver, porque siempre he pensado que era una persona maravillosa con un corazón de oro, y co-como el amor es ciego, pues quizá...

–Marinette –cortó él con suavidad, colocando el dedo índice sobre sus labios–. ¿Me estás diciendo que estás enamorada... de Adrián Agreste?

–Del hijo de Lepidóptero, sí –confesó ella muy avergonzada–. Mi vida sentimental parece una mala novela romántica.

Cat Noir sonrió, pero no dijo nada, porque no sabía muy bien qué decir. El corazón se le había acelerado. Marinette... Ladybug... estaba enamorada de él... de Adrián, no de Cat Noir, claro. De lo contrario, no lo habría rechazado aquella noche, sobre la azotea.

Se sintió inseguro de pronto. Ladybug había dejado claro muchas veces que Cat Noir era solo un amigo para ella. ¿Y si, al descubrir que él y Adrián eran la misma persona, sus sentimientos hacia su compañero de clase cambiaban también? ¿Y si era cierto que lo había idealizado, y ahora descubría que su verdadero yo no le gustaba tanto como creía?

–Cat, ¿estás bien? –preguntó entonces ella, inquieta, y él se dio cuenta de que había permanecido demasiado tiempo en silencio.

–Sí..., sí, estoy bien. –Calló un momento y preguntó–: ¿Todavía... todavía lo quieres?

Marinette no respondió enseguida, porque su corazón era un torbellino de sentimientos contradictorios. Porque aún sospechaba de Adrián y se había sentido muy estúpida por haberse dejado engañar. Porque una parte de ella quería olvidarlo, para no sufrir más por un amor no correspondido y para que Lepidóptero no volviese a utilizar aquel «punto débil» contra ella.

Porque en algún momento Cat Noir había deslizado el brazo en torno a su cintura y había comenzado a acariciarle el cabello con suavidad, casi sin darse cuenta de que lo hacía, y aquel contacto despertaba deliciosas burbujas de felicidad en el interior de Marinette.

Porque en el fondo deseaba amar a su compañero felino, que ya ocupaba un espacio muy importante en su corazón; pero el recuerdo de Adrián Agreste se aferraba obstinadamente a ella, y se negaba a abandonarla para que Cat Noir pudiese ocupar su lugar.

«Si Adrián fuese realmente cómplice de un supervillano», pensó de pronto, «si no fuese como yo creía que era..., sería mucho más fácil olvidarlo».

«Y terminar de enamorarme de Cat Noir», susurró una vocecita maliciosa desde un rincón de su mente.

–No lo sé –musitó por fin–. Estoy hecha un lío.

Cat Noir no dijo nada, y ella añadió:

–Sé que puede parecer cruel que te hable del chico que me gusta..., que me gustaba..., o me sigue gustando, no sé. Pero no es mi intención hacerte daño. Es porque vamos a enfrentarnos a Lepidóptero y creo que es importante que sepas lo que él y su hijo significan para mí. Es mi punto débil y él lo sabe, y por eso creo que tú deberías saberlo también. Para estar preparados, por lo que pudiera pasar.

–Entiendo –murmuró Cat.

Cerró los ojos, esforzándose por centrarse. Durante mucho tiempo, y a pesar de su gran compenetración, Ladybug y Cat Noir habían alzado entre ellos un muro de secretos y medias verdades. Por seguridad. Porque era necesario.

Pero ahora que Lepidóptero les llevaba la delantera, había llegado el momento de cambiar de estrategia. Marinette no quería que aquellos secretos se volviesen contra ella en el momento de la verdad.

Quizá había llegado la hora de que Cat Noir hiciese lo mismo.

–Yo también tengo que contarte algo –susurró. Hizo una pausa y la besó en la frente, quizá para tratar de invocar una chispa de la buena suerte que acompañaba a Ladybug–. Porque no creo que sea buena idea que nos enfrentemos a Lepidóptero sin que lo sepas.

Ella alzó la cabeza y sus ojos azules buscaron los de él en la penumbra.

–¿De qué se trata, Cat Noir?

Él inspiró hondo, tratando de armarse de valor. Pero fue una mala idea, porque sus sentidos felinos se llenaron de la esencia de Marinette..., Ladybug..., y sintió que se mareaba.

Comprendió que la quería. A Ladybug, por supuesto, pero también a Marinette, y a la chica que era una mezcla de ambas.

Le apartó un mechón de pelo de la cara con suavidad, perdido en su mirada.

–Garras fuera, Plagg –susurró entonces.