Capítulo diez: Rusia.

Dio un salto en la cama en cuanto escuchó un llanto, se levantó deprisa y dio unos cuantos pasos hasta llegar a la cuna. Tomó a Steven, le arrulló hasta que volvió a quedarse dormido. Estaba creciendo a pasos agigantados, ya tenía cinco meses y seguía despertando en la madrugada por su ración de comida. Lo llevó a su cama, y se acomodó a su lado mientras sacaba su pecho para darle.

No importaba si tenía que estar despierta toda la noche porque al pequeño no le daba la gana de dormirse, ya había estado despierta hasta una semana entera, podía con solo una noche. Pero, nada de eso le decía que no era cansado. Aunque estaba de permiso en la academia, pasaba varias veces por allí para saber cómo iban las cosas.

Volvió a trazar cada facción de Alek, como le gustaba decirle, y pasó los dedos por su cabello que se había convertido en una total mezcla de rubio y cobrizo, y sus lunares estaban siendo cada vez más pequeños. Alek ya estaba empezando a ser más consciente de su entorno, y muchas veces, era tan consciente que tiraba de sus cabellos. Lo vio abrir los ojos entre la penumbra, y jugar con su camisa hasta que decidió que ya tenía suficiente comida por el resto de la noche. Natasha lo puso sobre su pecho, y mientras susurraba una canción de cuna en inglés que había escuchado una vez a Laura cantarle a Nathaniel. El pequeño volvió a quedarse dormido, mientras le sacaba los gases, y Natasha no esperó menos de media hora para poder ponerse la manta y continuar con su sueño.

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Un Año después

Despertó cuando una lluvia de besos le llenaba el rostro, y un par de bracitos le rodeaban el cuello. Ella escuchaba las risitas de su pequeño Alek, quien ya tenía un año y medio. Apenas decía palabras en ruso, y en inglés –pues, le hablaba en los dos idiomas–, pero eran suficientes como para hacerle saber qué sucedía.

—Mamá —le llamó, moviéndola pues ella se hacía la dormida—. Mamá. —Tiró de las sabanas, y se acostó a su lado, donde estaba hacía unos minutos.

Alek le abrió los ojos, intentando despertarla, mientras que Natasha reprimía una sonrisa.

—Mamá —le volvió a llamar.

Natasha abrió un ojo, y lo volvió a cerrar. Cuando vio sintió que Aleksandr se dio por vencido de despertarla, lo tomó con un solo brazo rodeándole el torso y comenzó a hacerle cosquillas por todo la panza, escuchando como reía a carcajadas el pequeño. Ella adoraba su risa, pues le daba vida a la casa. El gato que había terminado llamándose Brown, saltó a la cama, y comenzó hacerse lugar en las sabanas calientes.

Cuando ya el pequeño no podía más de la risa, ella se detuvo y sonrió, dándole un beso en la mejilla.

—Buenos días, Alek —le dijo en ruso.

—Días —fue lo único que pronunció, después de un balbuceo extraño.

— ¿Cómo dormiste?

—Bien —respondió con entusiasmo el pequeño—. Mami...

— ¿Sí? —Alek señaló su pancita—. ¿Tienes hambre? —Él asintió—. Vamos por comida, entonces.

Natasha lo tomó en brazos, y después de cepillarse los dientes y quitarle el pañal. Le quitó el pijama por una ropa un poco más casual, porque ese día iría al supermercado por nuevas provisiones, y bajaron jugando al avioncito hasta la cocina. Lo sentó sobre la encimera, después de decirle que se quedase quieto, y comenzó a preparar el desayuno.

Aleksandr era la copia de su padre. Era inevitable no pensar en Steve cuando lo veía, tenía la misma manía de observar las cosas por un rato, de estudiarlas y luego, se iba a buscar algo más interesante. Era un pequeño muy inteligente, y tenía suerte que no fuera travieso. Cuando estaba en la academia, hacia los mismos ejercicios que las niñas, o al menos hacia el intento, correteaba por todo el salón, jugando a perseguir a Nina, o se quedaba rayando el block que cargaba a todas partes desde que Natasha se lo había dado. No hablaba mucho, solo sabía palabras claves, pero eso dependía de su estado ánimo, pues unos días amanecía con ganas de comérsela a besos y abrazos y hablaba entre balbuceos y palabras en sus dos idiomas, otros que cualquier cosa lo hacía llorar.

Terminó de hacer unos panqueques con vegetales, y sirvió dos platos. Luego, tomó a su pequeño y lo puso en la silla alta donde siempre comía. Natasha le picó en pequeños trozos la tortilla, y le dijo que soplara antes de comerla, pero cuando él intentó soplar, solo salió un extraño sonido de su boca, ella no pudo evitar soltar una carcajada, seguida del niño, quien volvió a repetir el sonido solo para ser chistoso.

—Alek, eso no lo debes hacer mientras estamos comiendo —le reprendió con cariño.

Él entendió de inmediato, pero la mirada picara que le dio a su madre, le dio a entender a esta que lo volvería a hacer. Y así fue, por lo que Natasha se mantuvo seria, y el niño solo se quedó viéndole, esperando a que riera. Como no fue así, olvidó el asunto y siguió con su comida.

El desayuno transcurrió con rapidez, y media hora después, se hallaban yendo al supermercado. Natasha tenía un poco de música en ingles en el auto, y se deleitaba con los balbuceos de Steven Aleksandr intentando cantar. Se movía en su silla, bailando y jugando con la serie de peluches que tenía en la parte trasera de la Range Rover.

Verlo con esa sonrisa de alegría le hizo sentir un cosquilleo en el cuerpo, y como su corazón se inflaba de amor. Nunca, en todos los años de vida, imaginó que llegaría a ser madre, y muchos menos, que amaría tanto como la hacía con ese niño de cabellos rubios-rojizos y ojos azules. Si a ella alguien le hubiera dicho que estaría así, derretida de amor por un niño que sería su hijo, seguramente se hubiera reído. Creía fielmente en que no podría ser madre, y muchos médicos lo habían confirmado en cuanto ella quiso tener hijos con Aleksi, y cuando él le decía que no importaba, que podrían adoptar, se sentía la mujer más inútil de la tierra. Se suponía que una mujer procrea, da vida, pero ella estaba demasiado seca por dentro como para hacerlo.

En ese y varios sentidos, se sentía inferior a las demás mujeres. Muchas lo superaban, mientras que otras, como ella, se culpaban porque no hizo nada para defenderse. Pero, todo eso había quedado atrás en el momento en que había tenido a ese pequeño entre sus brazos.

Lo vio por el retrovisor central, y una sonrisa se expandió en su rostro. Era increíble lo feliz que se podía sentir con solo ver a ese pequeño. Estacionó el auto, se bajó y luego tomó a su hijo en brazos para llevarlo dentro del supermercado.

—Vamos pequeño, hombrecito —le dijo, dándole un beso en la mejilla.

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Pasó las manos por su cabello, revolviéndolo y tirando de él. Volvía a estar en un callejón sin salida. Estaba siguiéndole la pista a una serie de bandas del crimen organizado, y siempre perdía la pista en el mismo lugar: Moscú. Se preguntaba quién del gobierno o del Kremlin estaría involucrado. Extrañó el que Natasha siguiera sin dar señales de vida, desde hacía año y medio. Ella podría ayudarle en esta misión, pues aunque Tony pusiera toda su tecnología, nada era mejor que una ex-agente de la KGB con buenos amigos dentro del Kremlin.

Odiaba no verla ni saber de ella, y como le había dicho la misma Wanda, debía darle tiempo, pero él estaba empezando a cansarse de tener que esperar a que diera una pista de dónde estaba. Había estado buscándole, pero era caso perdido. Ella, simplemente, se evaporó. Tony no tenía señales de ninguna Natasha Romanoff, Natalie Rushman o Natalia Romanova en ningún aeropuerto, puerto, o terminal de autobuses. No sabían que otro alias podía usar ella, pero conociéndole, podría llamarse de cualquier manera y nunca lo sabrían, a menos que ella les dijera algo.

— ¿Problemas para dormir? —le dijo un cansado Sam, entrando a la pequeña sala.

—Estamos en la línea de salida, otra vez —dijo demostrando su molestia.

— ¿Y si vemos esto desde otro punto...?

—Ya lo he probado todo, Sam. No le veo otra salida más que el Kremlin esté involucrado —despotricó —. Y si Natasha —Tomó aire. De repente, decir su nombre le dolía—. Y sin ella es una misión sin salida. Ni Tony ha podido ingresar a la base de datos de ellos.

—Steve, si la única solución para acabar con esto es buscando a Natasha... —Sacudió las manos y se dejó caer en el sofá, en señal de derrota—. Entonces, busquémosla.

Wanda apareció, y Steve supo que había escuchado la conversación. — ¿Qué pasará con los del crimen organizado? —preguntó ella, cruzándose de brazos.

—Los controlaremos. Le pediré ayuda a Tony con eso.

— ¿Crees que Tony sabrá qué hacer? —La pregunta vino de parte de Clint, quien recién salía de su habitación.

—La otra opción es separarnos, un grupo desvía los cargamentos, y otro busca a Natasha —propuso Sam.

—No pienso arriesgarlos. Suficiente con que esté metidos en éste lío, conmigo —reprendió él a su compañero.

—Yo voto por buscar a Natasha —soltó Wanda desde su rincón.

—Apoyo a Maximoff. —Clint le dio una mirada a la joven y otra al Capitán.

Steve sintió un pequeño cosquilleo en el estómago. Sus compañeros querían buscar a Natasha, eso lo hacía sentir menos tirano. No quería obligar a nadie, pero ahora que todos querían buscarla y sería más fácil. No sabía cómo, pero lo seria. Clint conocía muy bien a la espía –mejor que él–, eso ayudaría.

—Hombre, deja de pensarlo tanto. Admite que te mueres por buscarla y no es solo por la misión esta —le dijo Sam, bromeando.

El rostro de Steve se puso rojo, y Wanda sonrió.

—Entonces, es una decisión unánime. Debemos buscar a Natasha, para terminar con este conflicto.
— ¿Me recuerdas por qué no le dejamos el asunto a Tony? —pidió Clint, sentándose en el sofá. Él no quería estar en ninguna misión porque esa semana iría a ver a su familia, y que haya una, requería su presencia debido al poco personal.

—Porque si no lo hacemos, Rusia podría acabar con el mundo —contestó la joven de cabello caoba.

—Buen punto. —Se rindió Clint.

—Clint, no te obligaré a estar en esta misión. —Esta vez, fue Steve quien habló con suavidad—. Yo también creo que deberías visitar a tu familia.

El arquero se levantó de un salto. — ¿Natasha estará cierto tiempo con nosotros?

—Eso espero —murmuró con anhelo el rubio.

—Entonces, estaré aquí en una semana —prometió, yéndose al pequeño cubículo que tenía por habitación.

— ¿Por dónde empezamos? —cuestionó Sam, ansioso.

—Si estuvieras en la situación de Natasha, ¿A dónde irías? —Wanda se sentó, y vio a Steve fijamente. Quería saber su respuesta, sin leer su mente.

Él se quedó en silencio. Estaba meditando las opciones. Natasha no tenía dónde ir, volvía a estar al descubierto, y quería estar lejos de él. Podría estar en cualquier lugar, siendo cualquier otra persona, pero si él se sintiera de esa manera, se iría a...

—Rusia —la voz de Clint lo sacó de sus pensamientos—. Nat iría a Rusia. —Los presentes fruncieron el entrecejo—. Allí creció, conoce cada esquina de ese país y siempre que necesita reconstruirse, va allí y encuentra las piezas para volver a ser la misma de antes.

»—No debo decir esto, pero después de Ultron, ella estuvo considerando la opción de retirarse. —Wanda bajó la mirada, y Clint puso una mano sobre su hombro—. Pero, Fury le ofreció este nuevo puesto, y aceptó sin más.

Steve le vio. Sabía que Clint conocía las razones por las que ella se había quedado. No quiso darle rienda al asunto, y asintió de acuerdo con él.

—Empecemos por Rusia —anunció el hombre que estaba comandando ese equipo de cinco personas que estaban debajo de la línea de la ley.