−¿Habláis del del abrigo azul oscuro no?

−Lestrade. – Dijo John chupándose el labio superior.

−¿El inspector? ¿Qué quiere? –Cuestionó Sam buscando los ojos de alguno de los otros dos.

−Habrá que averiguarlo. –Afirmó Dean volviendo por donde había venido con la intención de hacer habler al inspector; iba pensando en que los amigos de mis amigos no tienen porqué ser mis amigos si al final son alguna criatura en la que ni siquiera habías pensado pero puede arruinar cualquier plan.

−No, quieto, tú no puedes ir a ninguna parte, podrían reconocerte. -Intervino Sam recordándole que a quien buscaban era a Crowley.

−No podemos dejar que se quede ahí sin más. Nos va a arruinar la operación. – Contestó Sebastian quitando los ojos de la mirilla. – Y si te vuelven a ver por la calle la hemos jodido, Watson, así que a ver cómo nos la montamos.

−Puedo mandarle un mensaje.

−¡Ha! Parece que lo conozco yo mejor que tú. No se va a marchar porque se lo digas. – Se rió Sebastian

−Pero puedo mentirle. – Aquella afirmación dejó un silencio plomizo sobre todos ellos, John levantó las manos exasperado. – Todos reaccionáis igual, sí, sé mentir.

Los ignoró, masculló un "si la ocasión lo requiere" y volvió a sacar el móvil. Llamó a un número que recordaba de memoria y esperó.

−¿qué haces? ¿Qué vas a decirle? – Sebastian se puso en pie como si fuese a quitarle el teléfono si no contestaba con lo que él quería oír.

John simplemente extendió la mano con el signo universal de stop. Dean ignoró a la pareja en favor de usar la mirilla del arma para ver mejor la tienda y a Lestrade, puso una cara extraña e hizo señas para que Sam mirase también.

Mientras tanto justo detrás de ellos, Lestrade había cogido el teléfono.

−¿Greg? – Comenzó John sonando agitado –Dios, gracias que has contestado.

−Eh… tíos.

−No, no estamos bien, han mordido a Seb, no tengo matabichos, ni una triste venda, necesitamos ayuda. – John parecía a punto de hiperventilar.

Sebastian estaba mirando a John con una media sonrisa y los brazos cruzados. Notó un tirón en la chaqueta, los hermanos le señalaban el arma insistentemente. John siguió con la farsa pero los cuatro miraron por la ventana.

En un extremo de la calle Greg miraba frenéticamente alrededor ("estamos en una especie de fábrica") y de repente echó a andar rápido hacia donde probablemente hubiese aparcado el coche, en breve pasaría por delante de la librería "Fell's Books". John no pudo seguir diciendo nada porque vio lo que señalaban los hermanos: había luz en la tienda.

−Puedo dejarle herido, pero sin saber el grosor y la resistencia del cristal no puedo aseguraros que lo deje seco, no tengo ángulo. No puedo disparar, asegurarme de matarlo y que no escape. –

Sam y Dean no esperaron más señal, abandonaron la habitación precipitadamente y sacando las armas que ambos llevaban escondidas en el pantalón. Cruzaron la calle, detrás de ellos iba John,mucho más tranquilo; aparentemente desarmado, y en la acera, a la derecha, oían al inspector aún con el teléfono en la mano. Se había detenido y miraba de reojo el escaparate de "Fell's Books" parecía preocupado.

Los hermanos ocuparon una posición en la acera en la que nadie podía verles desde el interior de la tienda. Mientras tanto Lestrade pasó por los estados de preocupación, sorpresa, alarma, rabia asesina y confusión en cuestión de medio segundo. No necesariamente en ese orden.

−¿John?Era mentra, me habías dicho…

−Sé lo que te había dicho, pero tienes que largarte.

−No voy a hacer tal cosa, es un amigo.

Pero John ya no estaba escuchando, Sebastian había llegado cargado con una bolsa de deporte y tanto él como los Winchester estaban a punto de entrar. Antes caería Inglaterra a que John se perdiese la fiesta.

−Greg, no soy la niñera de nadie. Haz lo que quieras – Y se reunió con los otros tres a la vez que Sam afirmaba con la cabeza y abría la puerta.

El grupo entró armas en mano a la vez que estallaba el caos. Ni siquiera les dio tiempo a abrir la boca, mucho menos a apuntar o disparar. Las estanterías volaron por la tienda y se colocaron ordenadamente a su alrededor. Sin atacarles, sin hacer nada más que impedirles el paso y la visión.

−No necesito ni veros para saber quiénes habéis venido a mi fiesta sin invitación, y desde muy lejos, el alce y la mascota del angel ¿me equivoco?. –Sonaron los pasos y la voz inconfundible de Crowley al otro lado de los libros. Sebastian cerró los ojos y apuntó de oído. Tras el disparo todo se quedó en silencio y contuvieron el aliento.

−¡Casi! – Sonó la voz triunfante del demonio junto con cuatro gruñidos disimulados.

En la calle Lestrade tardó un par de segundos en recuperarse del shock inicial y fue tras ellos. Ruido y disparos sonaba a su división, pero esperaba sinceramente equivocarse y que aquello no acabase entre el papeleo de homicidios.

Entró mirando a su alrededor, primero las estanterías movidas y segundo el hombre del traje, que le miraba igualmente sorprendido.

−¿Y tú eres?

−¿Greg? –Se oyó la voz de John desde alguna parte en el amasijo de libros. –Te he dicho que te marches.

Se oyó cómo alguien empujaba con poco éxito una de las paredes de la jaula improvisada. Crowley se volvió hacia los libros de nuevo.

−¿Cuántos estáis ahí dentro? ¡Me ha tocado la lotería! No solo los cazadores americanos, sino británicos también. Desgraciadamente, esta noche no tengo tiempo para vuestras tonterías. Tú, poli, supongo, haz caso a tu amigo y márchate, Y vosotros…

−Yo no me voy a marchar sin saber dónde está Azirafel. – Dijo Greg sacando su arma y apuntando directamente a la cabeza del demonio.

Crowley le dirigió una mirada extrañada al policía, pero no era una amenaza así que le ignoró. Mientras tanto los cuatro prisioneros se estaban poniendo de acuerdo para empujar la misma estantería al mismo tiempo.

−Y vosotros, teníamos un trato, vosotros os encargabais de los leviatanes y yo de mis asuntos. No me tomo bien el que la gente rompa un trato.

−Ya, bueno, a nosotros tampoco nos hizo ilusión enterarnos de que ibas a abrir el purgatorio otra vez. – Alzó la voz Dean para hacerse oír.

−¿Debo recordarte quién fue el que abrió el purgatorio la última vez, antes de que el purgatorio lo abriera a él? Porque creo que te estás equivocando de entidad sobrenatural...

...

-¿Qué sabes de Azirafel? –Preguntó Crowley dirigiéndose a Greg e ignorando el silencio por completo.

Lestrade se movió incómodo, no le gustaba en absoluto que aquel tipo se sintiese tan tranquilo cuando le estaban apuntando a apenas unos metros de distancia. Según su experiencia, si no estaban intimidados por el arma, era porque ellos tenían algo peor; sesde rehenes, hasta gases tóxicos. Crowley parecía desarmado, pero Lestrade había aprendido a no dejarse llevar por las apariencias.

−Era un amigo y le debo una. Probablemente me salvó la vida, pero nunca me quiso contar lo que había pasado exactamente así que no lo sé con seguridad.

−Espera un momento. – Se oyó a Sam − ¿Te salvó la vida? – Y en un tono más bajo. – Eso no suena a criatura del purgatorio.

−Pero sí que suena a Azirafel. – Murmuró Crowley − ¿Qué más?

−Una noche, mi compañero y yo estábamos haciendo patrulla por este barrio y hubo un altercado, acabamos en una pelea. Mi compañero se llevó una bala en la cara y yo juraría que recibí un disparo en el pecho, pero cuando me desperté estaba en esta misma librería y Azirafel me ofrecía una taza de chocolate caliente. Vuesto Azirafel es el mismo que siempre tenía una palabra amable y una taza de té o unas pastas cada vez que me tocaba patrullar por aquí hasta que me ascendieron. Solo que yo lo conocí como Mr. Fell. Hasta que no he visto la dirección en contabilidad no he caído en que eran la misma persona. Así que, ¿dónde está?

En el estrecho cubículo de estanterías estaba a punto de estallar una pequeña pelea sobre si la criatura que fuese Azirafel era o no la misma del purgatorio, si era una trampa, si alguien había cometido un tremendo error o si las criaturas del mal podían hacer el bien para ganarse el favor de los humanos.

La discusión filosófica se detuvo cuando volvió a oírse la voz de Crowley.

−Greg, toda ayuda es buena y si él se acuerda de ti vas a ayudarme. Azirafel está en el purgatorio, tus, llemémoslos amigos, pretendían impedirme que lo sacase.

Silencio.

−Si no me crees puedes preguntárselo a los cuatro fantásticos. ¿Verdad, chicos?

Más silencio.

−Que incómodo. –Comentó sin un atisbo de incomodidad − En fin, manos a la obra. Tú solo tienes que quedarte ahí y ser tú, lo que espero que no sea muy difícil.

Crowley se volvió hacia el lugar en el que había dejado la sangre y los hechizos y siguió como si no le hubiesen interrumpido cinto intrusos que todavía estaban allí.

−¿Greg? Hola,− empezó Dean− mira, no sé qué es ese Azirafel, pero no te creas nada de lo que diga ese bastardo, es un demonio, literalmente.

Se oyó una risa leve pero profunda desde el punto en el que Crowley seguía trabajando.

−¿En serio, Dean? ¿"no sé qué es ese Azirafel"? ¿A ninguno se os ha ocurrido? ¿Ni al alce tampoco? ¿Ni siquiera después de conocer a la familia? ¿No os dicen nada Rafael, Miguel, Uriel, Gabriel… Castiel?

−No te atrevas a hablar de Castiel, hijo de puta manipulador. –Se oyó gritar a Dean.

−¿Es… un ángel? –El que lo formuló en voz alta fue John, pero lo cierto era que la pregunta era la misma para casi todos.

–Pero por lo que nos habéis contado, eso no cambia nada, ¿no? Los ángeles pueden ser igual de cabrones que los demonios, o más. –Comentó Sebastian en voz baja

Mientras hablaban, Crowley había terminado de dibujar el símbolo y había empezado a recitar el hechizo. Los de dentro de la jaula improvisada comenzaron a inquietarse y volvieron a intentar tirar la estantería mientras Greg, viéndose completamente ignorado, tiraba desde el otro lado. El hechizo para abrir la puerta parecía estar consumiendo las fuerzas de Crowley porque lentamente la estantería cedió y se movió lo bastante como para que todos pudiesen salir.

Iban a lanzarse contra el demonio pero Lestrade les retuvo en un segundo de duda y de repente, era demasiado tarde. Crowley había parado de hablar y estaba a la expectativa, murmurando entre dientes.


Y como estoy en deuda porque, otra vez, llego tarde ahí van un par de líneas más del sabado que viene:

−Vamos, ángel, ni siquiera he matado a nadie para conseguir la sangre, deberías apreciar el detalle.

Un segundo más de pesado silencio.

− Zira, hemos evitado un apocalipsis juntos, si no vuelves de algo tan patético como el purgatorio vas a quedar muy mal.

Ninguno de los espectadores tenía ganas de interrumpir. Lo cierto es que aquello no sonaba como una invocación a una criatura destructora de mundos. Crowley se dejó caer de rodillas frente al símbolo y lanzó un puño contra el suelo.

−Escúchame estés donde estés, no me he convertido en príncipe del infierno y he removido hasta la última piedra para encontrarme ahora con que tú no has sobrevivido. ¿Me oyes?

Eso es todo por ahora. En el próximo capítulo nos despedimos de Crowley, para bien o para mal...

Pero el juego sigue en marcha.