Capítulo X: Camarada
Un pesado silencio había caído sobre los dos. Ikki se quedó sentado cerca de Kanon, observándole, esperando alguna señal que le dijera que Géminis encontraba en este mundo y no en el otro. Aunque ese trance de mudez e introsoección le impacientara sin medida, sabía que la visión experimentada había sido desgarradora.
Kanon necesitó tiempo para ir recuperando la compostura lentamente. El llanto finalmente había desaparecido, pero alguna solitaria lágrima todavía se escapaba de sus perdidos ojos.
Impecable, la noche les cubrió presentándose acompañada por densas nubes. Un relámpago quedó radiografiado en el horizonte de manera espectral y un poderoso trueno dio aviso de la inminente lluvia, y el intenso torrente de agua no demoró en comenzar a caer sobre sus sacudisos cuerpos y almas. De alguna manera, la lluvia había acudido a apagar el fuego que se había originado en el volcán, mientras Kanon seguía inmóvil e inmutable ante el chaparrón de agua que rápidamente les había empapado a ambos. La mirada seguía estando perdida en ninguna parte, y las lágrimas que habían bañado su rostro se mezclaron con el agua purificadora que les ofrecía el cielo.
Ikki le observaba desde una distancia respetuosa y prudencial, pero a cada minuto que pasaban bajo el infernal azote de la lluvia, el nerviosismo del Fénix crecía más y más ante la imperturbable figura de Kanon anclada en el lloroso suelo.
- Venga, vamos, no nos quedemos aquí...- dijo levantándose e intentando zafar a Kanon por el brazo para sacarlo de su trance - ¡Kanon, reacciona de una vez!
No hubo respuesta por parte del mayor, así que sin pensarlo dos veces, Ikki le agarró del brazo y tiró de él, obligándole a levantarse. Sin excesivo cuidado se pasó el brazo de Kanon por sobre sus hombros y aguantándole por la cintura cubierta de oro, le arrastró hacia un lugar menos incómodo. Kanon andaba por inercia, con la cabeza gacha, dejándose llevar por el malherido cuerpo que tiraba de él. Ikki divisó un gran agujero en las rocas de lava y no dudó en dirigirse hacia allí. Una vez en la entrada se percató que era algo parecido a una cueva, convirtiéndose en un buen lugar para recuperarse un poco de todo lo sucedido. Sin miramientos soltó el cuerpo de Kanon y se deshizo de su armadura, la cual se materializó en la figura del Ave Inmortal, aunque ahora se podía apreciar totalmente destrozada, debido a la reciente guerra contra Hades y en lo vivido hacía tan sólo unos momentos. La armadura de Géminis hizo lo mismo, y se materializó justo al lado del maltrecho Ave Fénix. Kanon se sentó de manera automática sobre una roca, apoyando su desnuda espalda contra la pared, aún con la mirada perdida hacia la cortina de agua que cerraba la entrada.
Ikki volvió a mirarle de reojo, empezando a andar en confusos círculos hasta que se tropezó con una mochila olvidada allí, deduciendo rápidamente que Kanon debía ser su propietario y que ya había pisado ese lugar. Pero no preguntó nada. Simplemente se pasó las manos enérgicamente por sus cabellos, como perro que se expulsa el agua después de un baño, y tomó asiento en el suelo. El Fénix también estaba agotado, herido, y por qué no reconocerlo, completamente desconcertado. Se miraba a Kanon de reojo, observaba a ese guerrero con quién tiempo atrás había mantenido una lucha. Observaba a ese hombre por quién no sintió simpatía alguna en su primer encuentro, a quién ninguneó diciéndole que su poder no era nada comparado con el que había ostentado el fallecido Saga,...recordándole sin saberlo su más interna maldición: que no era más que una pura imitación barata. Pero ahora algo había cambiado en el interior de Ikki. Ahora algo le decía que ese hombre poseía un alma noble, aunque probablemente ni él mismo lo supiera. Lo que había descubierto de él a través de los efectos de su ataque lo cambió todo. En el fondo Kanon no tuvo opción: o sucumbía a las sombras u optaba por la insurgencia. Y las sombras ya las había saboreado demasiado. En ese momento realmente no podía sentir odio hacia él, y empezó a creer firmemente que ese caballero podría hacer algo bueno con el Santuario. En lo más hondo de su ser, Ikki le entendía. Ambos compartían cierta rebeldía, cierto sentimiento de no pertenecer a ninguna parte.
Sin siquiera pedir permiso agarró la mochila y la abrió en busca de algo que pudiera aliviarle el dolor de las heridas y las quemaduras que había recibido. Vio cigarrillos, algo de ropa, dinero arrugado y esparcido sin cuidado y por fin algo de utilidad para el momento: unos rollos de vendas limpias con las que inmediatamente empezó a envolverse las quemaduras. De tanto en tanto seguía echando un ojo a Kanon, que parecía ir recuperando la vida poco a poco. Sus grandes manos rozaban las paredes que tenía alrededor suyo, las acariciaban como reconociéndolas. Sus ojos recorrían cada recoveco de aquella cueva, y por fin, una tímida sonrisa mezclada con ternura y tristeza se difuminó en su rostro. Ikki se descubrió estudiándole con ciertos aies de comprensión y camaradería, y fijándose en la prenda amarrada a una de las asas de la mochila la desató y se la lanzó contra el rostro sin consideración alguna.
- Toma. Sécate, aunque sea un poco.- Dijo Ikki, sin olvidarse de su brusquedad de rigor.
Kanon agarró la ropa, se secó la cara con ella y se la enfundó sin más. La tela se humedeció al instante, al absorber toda el agua que aún se escurría de sus cabellos.
- Gracias…Ikki...- Dijo Kanon, al fin.
Ikki chasqueó la lengua y siguió con su tarea de curarse las heridas. Todavía permanecieron largo rato en silencio, y la única banda sonora que les acompañaba las respiraciones era el agua que caía sin cesar.
- ¿Por qué te uniste a Poseidón? - Inquirió Ikki de repente, que seguía mirando a Kanon de refilón.
- Yo nunca serví a Poseidón.- Contestó Kanon sin dirigirle la mirada.
- Pero luchaste por él.
- ¿Acaso alguna vez tú luchaste realmente por Athena, o principalmente por proteger a tu hermano? - Preguntó Kanon enfocando al fin su mirada hacia el Fénix. Ikki no contestó de inmediato. Esa pregunta le dolió, quizás porqué le recordó un pensamiento que él mismo había tenido demasiadas veces y que había enterrado en su memoria. Al no obtener respuesta Kanon prosiguió, desviando los ojos hacia la lluvia nuevamente.- Yo me hice con el ejército de las Marinas para poder luchar. Yo sólo quería luchar. Sólo quería que el poder que el universo me había otorgado tuviera alguna función. Ya que el Santuario decidió que yo no debía tener esta oportunidad, la aproveché donde se me brindó.
Ikki frunció el ceño, arrugando la cicatriz que le cruzaba el rostro, valorando las palabras que acababa de escuchar.
- No te culpo, - dijo al fin - quizás yo hubiera hecho lo mismo. Me gustó luchar contra ti.- Añadió sin perder la seriedad de su rostro, consiguiendo que Kanon le mirara con sorpresa, invitándole a proseguir.- Nunca pensé que fueras débil, lo dije sólo para herirte, para provocarte...para que me obligaras a superarme a mí mismo.
Esta afirmación arrancó una suave risa a Kanon. Y no fue una risilla de desprecio o vanidad, como las que siempre estuvo dispuesto a mostrar. Quizás por primera vez en muchos años, esa fue una risa verdadera.
- Eres fuerte Ikki, no lo olvides nunca. No deberías desperdiciar tu poder al lado de tu hermano.- Ikki volvió a arrugar el ceño al mismo tiempo que se ponía en pie con determinación
- En todo caso ese es mi problema, no el tuyo. Y creo que ya es hora que me largue de aquí.
Kanon no hizo ningún ademán de detenerlo, pero sus ojos se fijaron en su destruida armadura.
- Ikki, tu armadura…está destrozada.
- No importa. No necesita de la sangre de nadie para revivir. Lo puede hacer sola. Sólo necesita tiempo.
- Espera un momento...
Kanon agarró su mochila y empezó a revolver todo lo que había dentro, sin importarle que la mitad de las cosas se cayeran al suelo, hasta que al fin dio con lo que buscaba: el cofre que le había entregado Athena antes de desaparecer. Ikki no perdía vista de lo que hacía el griego, aunque no mediaba palabra. Kanon abrió el cofre y tomó entre sus manos una de las placas que contenían las armaduras doradas. Se incorporó sin evadir la visible fatiga que tomaba su cuerpo y alma, y sin vacilar lanzó el dorado objeto hacia Ikki, que lo recogió al vuelo.
Esa placa dorada desprendía un intenso calor que velozmente comenzó a filtrarse a traves de la mano que la sostenía, y cuando sus ojos se posaron en ella no dieron crédito a lo que vieron.
- Creo que Aioria estaría muy orgulloso que tú vistieras su armadura.- Dijo Kanon con un respeto en su tono de voz que sorprendió a ambos por igual.- Sé que la constelación de Leo no puede tener mejor protector que tú. Espero que honres la memoria de Aioria. Y sé que lo harás.
- Pero Kanon…yo…
- Es una decisión que ya está tomada. A no ser que voluntariamente renuncies a ella, pero creo firmemente que estarías cometiendo una estupidez.
- Sabes que no soy persona de permanecer en un mismo lugar por mucho tiempo…- Dijo Ikki, con un tono de voz que intentaba justificar sus faltas antes de cometerlas.
- Estar anclado en un lugar cuando no hay batalla que librar es, en parte, bastante inútil. Yo no le veo el problema.
- Gracias Kanon…no sé cómo agradecerte el gesto.- Dijo, sin perder la seriedad de su rostro.
- Ya lo has hecho. Me has atacado como te he pedido, y gracias a ello he podido saber una mínima parte de porqué mi alma nunca ha estado en paz consigo misma.
- ¿Y qué vas a hacer tú?
- Me quedaré un tiempo más aquí. Hay muchas cosas que estas paredes todavía tienen que contarme. Noto como me llegan imágenes, sentimientos, pensamientos. Necesito comprenderlo y asimilarlo todo mejor antes de poder saber realmente quién soy.
Ikki le tendió la mano a Kanon, el cuál respondió del mismo modo.
- Nos veremos, Ikki de Leo. - Dijo Kanon apretando con fuerza la mano de su ahora compañero.
- Nos veremos, Kanon de Géminis. - Respondió Ikki, sonriendo al fin.
#Continuará#
