Disclaimer: Los personajes de Full Metal Alchemist no me pertenecen, ninguno de ellos.
10/12 (Epílogo incluído)
Hola a todos ¿Cómo están? Espero que bien. Bueno, hoy toca subir el antepenúltimo capítulo así que hélo aquí, como prometido. Y espero que les guste. Como siempre, quiero agradecerles a todos los lectores que llegaron hasta aquí. ¡Gracias! De verdad. Y más aún a quienes se tomaron la molestia y el tiempo de dejarme un review. Sinceramente me animó mucho y me dio ganas de seguir escribiendo, por lo que intentaré subir la próxima historia pronto. Así que también: GRACIAS. Especialmente a: Anne21, Halldora' Ballohw, Maii. Hawkeye, fandita-eromena, okashira janet, HoneyHawkeye, Alexandra-Ayanami, Sangito, Lucia991, inowe y Noriko X. Como siempre, el criticismo constructivo y/o opiniones son bien recibidos e inclusive profundamente agradecidos. Ojalá les guste... ¡Nos vemos y besitos!
En el último lugar del mundo
X
"Aún un maravilloso sueño"
Lo vio observarla con horror –otro horror más allí-, sus ojos arrugados y cansados y drenados examinando las quemaduras dispersas a lo largo de la piel rasgada. De la piel desnuda de su espalda y el palillo en su boca cayó inmediatamente al suelo, tintineando una, otra vez antes de yacer olvidado allí. En el piso. Roy sabía que Knox sabía, estaba demasiado familiarizado con su trabajo como para no reconocer el patrón de erosiones que su alquimia había trazado a lo largo de Riza. Si, Roy sabía que Knox sabía porque había sido él quien había investigado las quemaduras de los cuerpos que él había incinerado pero ésta vez era diferente.
Ésta vez el "sujeto" estaba vivo. Y él no estaba acostumbrado a recibir en su mesa personas vivas. No, allí en Ishbal solo había visto y cortado y disecado cadáveres incinerados. Nada más, nada menos. Solo carne muerta —¡Maldición! —gruñó, observando el cuerpo incinerado—. ¿Tú hiciste esto?
Roy no respondió. Y sospechaba que así hubiera querido hacerlo de su boca no habría escapado nada. No había demasiado más que decir al respecto, de todas formas. Knox no estaba esperando una respuesta tampoco. Por supuesto que Mustang había hecho aquello. No era la primera vez que trataba con una de sus víctimas. Por otro lado, era la primera víctima que no era Ishbalita, y que estaba remotamente respirando —¡Bien! —rezongo—. Entiendo, no es asunto mío el por qué quemaste —ante la palabra, lo notó tensarse— a un miembro de la milicia. Iré a buscar mis instrumentos, espérame. Por otro lado, todo lo que he hecho ha sido tratar con cadáveres así que puede que mis habilidades estén algo oxidadas.
Aún así, Roy continuó observando con ojos muertos el cuerpo dañado de ella. Las motas de sangre en su hombro y parte de su mejilla. La carne quemada, y las ampollas que habían aparecido como consecuencia de sus acciones. Su expresión drenada, sin vida —Gracias.
Knox soltó un suspiro cansino también. Estaba condenadamente harto de todo aquello, de Ishbal, y de las cosas que habían debido hacer allí —¡Hmp! —musitó—. Quédate con ella, mantenla despierta —y, sin decir más, se marchó de la carpa para buscar sus elementos. Aún así, permaneció inmóvil por un instante. Paralizado. Hasta que notó las pestañas de ella oscilar suavemente y sus dedos curvarse sobre la mesa metálica encima de la cual se encontraba de momento. Forzándose a mover sus pies, caminó hacia ella. Su respiración se estaba tornando más superficial. Llevando dos dedos a su garganta, sintió su pulso. Débil, tenue. A duras penas un pequeño latido. ¡Maldición, Knox! ¿Dónde demonios te metiste?
Afortunadamente, en ese instante ingresó el hombre de regreso a la tienda de campaña, llevando en mano una serie de instrumentos los cuales acomodó en otra mesita más pequeña a su lado, junto a un recipiente metálico lleno de agua —Sostenla. No podemos esperar a usar anestesia.
Roy asintió, entumecido, y presionó sus dos manos contra sus hombros cuidando de no tocar las quemaduras. Su expresión una de remordimiento cuando observó la forma en que la piel de ella se desgajaba en los bordes. Y el estado poco digno en que se encontraba Riza ahora, por culpa de él. Aún así mantuvo sus manos firmes e intentó contener las nauseas cuando Knox comenzó a cortar el tejido necrótico y a remover quirúrgicamente también las ampollas y los restos de todo aquello que estuviera muerto en ella. Apretando los dientes, giró el bisturí y retiró otra porción de piel. Arrojando el objeto finalmente en el recipiente metálico con agua, la cual comenzó a teñirse de rojo en el instante en que el instrumento cayó y se hundió en ésta.
Limpiándose la frente con el dorso de la mano cubierta por un guante y ensangrentada, tomó el siguiente y continuó retirando cada centímetro de piel y tejido blanco que hubiera sido inutilizado por las quemaduras —¡¿Acaso la quemaste en la tierra? ¡Siempre haciendo cosas peligrosas! —chasqueó la lengua, notando la forma en que Roy lucía completamente drenado y consumido por la culpa—. Chiquillo, estúpido. ¡Podría haber contraído tétanos! —gritó y él solo cerró los ojos y asintió. Rogando que no lo hiciera. Rogando que las cosas no trascendieran de allí a peores. La sola idea era terrorífica.
Se había marchado del lado de Hughes para comentarle a ella su ambición y en lugar de eso había terminado casi matándola en el proceso. Dañándola más allá del reparo. Era su culpa, de todas formas. Siempre terminaba en situaciones así por no medir las consecuencias de sus acciones y eso tendría que detenerse allí. Knox, tomando una tijera atrapó algo de tejido y girándola lo cortó, dejando el instrumento junto con el bisturí usado previamente. Con cuidado, comenzó a limpiar las heridas con un paño fresco y finalmente introdujo una endovenosa en su muñeca ligada a una bolsa de suero para reponer líquidos y electrolitos perdidos por las quemaduras así como un analgésico para suprimir el dolor. Aún cuando las quemaduras ya no dolían, y no lo harían dado que las llamas habían destruido por completo las terminaciones nerviosas de las pequeñas áreas quemadas, el tratamiento temporal probablemente lo haría y era mejor de esa forma de todas formas. Finalmente cubrió las heridas con un agente antimicrobiano tópico y algo de gasa, seguido de un vendaje compresivo.
Limpiándose las manos, colocó un paño húmedo en su frente también, para mantener baja la temperatura —Listo. Ahora déjala descansar —le ordenó, indicando la entrada de la tienda. Asintiendo, Roy abandonó el lugar y se sentó sobre una piedra en la entrada. Estaba anocheciendo ya, pero el frío le parecía una nimiedad comparado con todo lo sucedido. Knox se unió a él minutos después, encendiendo un cigarrillo e inhalando profundamente. Observando de reojo al joven alquimista, el cual lucía perdido. Más de lo que lo había lucido durante toda la campaña de Ishbal.
—¿Qué demonios te motivó a hacer algo así? —musitó finalmente, observando el sol caer sobre las rocas en el horizonte.
Roy observó en silencio el espacio delante suyo. Sus codos apoyados sobre sus rodillas. Las imágenes de ella ardiendo, sangrando, muriendo, infectando su cabeza —¿Estará bien?
—¡Hmp! No gracias a ti —Roy se hundió aún más en su lugar. Viéndolo de reojo, soltó un largo y tendido suspiro. Exhalando el humo de su cigarrillo —Estará bien, aunque no garantizo que vuelva a tener sensibilidad en donde su piel fue quemada.
Él asintió, aceptando la magnitud de las cosas —Eso pensé... De todas formas, te lo agradezco.
Knox volvió a dar una pitada, exhaló y arrojó el cigarrillo al suelo pisándolo inmediatamente después con su zapato. Su expresión demacrada y consumida por la guerra —¡Bah! No creí que pudiera hacerlo... estoy algo oxidado. Muchos cadáveres. Pero eso ya lo sabes, tú enviaste la mayoría de ellos...
Roy volvió a asentir con la vista en el cielo que progresivamente estaba perdiendo su claridad ahora —Si... —muchos, no tenía idea de cuantos. Había perdido la cuenta.
—Recolección de datos sobre los efectos de las quemaduras y el dolor en un cuerpo humano... Usando Ishbalitas... Eso es todo lo que he hecho aquí, al fin y al cabo... —cerró sus ojos y presionó sus dedos contra sus párpados, intentando liberar la tensión de su vista. Sus lentes deslizándose por arriba de su mano—. Si soy un Doctor, ¿por qué sólo maté a la gente cuando debería haberla estado salvando?
Roy enterró su rostro en sus manos. ¿Por qué los soldados, que deben proteger a los ciudadanos, los matan en vez de protegerlos? Él había quemado incluso a las personas que eran importantes para él también.
—No quedó nadie, ¿cierto? —gruñó.
Él negó con la cabeza —No. Yo termine con el último por mí mismo.
Knox asintió —Ahora podremos volver a casa... —¿a qué? No tenía idea. Ni siquiera era la misma persona que había sido cuando había llegado por primera vez allí. Su esposa y su hijo ni siquiera lo reconocerían, menos aún aceptarían, de saber lo que había hecho allí.
Observándolo de reojo, Roy dijo —Agradecería tu discreción al respecto —retomando el tema de las heridas de ella.
El doctor lo observó de reojo también, expresión suspicaz —¿Quieres que sea tu cómplice? —masculló, cruzándose de brazos y reclinándose ligeramente hacia atrás.
—Es una forma de ponerlo, supongo —concedió y Knox asintió sacando otro cigarrillo y llevándoselo a sus labios.
—Mi esposa quería que lo dejara... —comentó, voz áspera, encendiéndolo— ¡Bah! Si supiera las cosas que he visto y cometido aquí... sería la última de sus preocupaciones...
En ese instante, sin embargo, una mano alcanzó la solapa de la carpa y la abrió a un lado; dejando entrever a Riza con el torso desnudo y los pechos vendados cuidadosamente –para cubrir su desnudez- con una chaqueta militar cubriéndole los hombros. Al ver a ambos hombres, se detuvo. Knox frunció el entrecejo —Debes descansar —le ordenó— tus heridas no están curadas.
Aún así, ella no regresó al interior. Sino que permaneció allí, inmóvil, observando a Roy en silencio. Él le devolvió la mirada y Knox bufó frustrado —¡Maldición! Por esto odio a los pacientes vivos, ¡todos son iguales! ¡Bien! —exclamó, y se puso de pie y regresó al interior de la tienda de campaña, pasando junto a ella y cerrando la entrada tras de sí.
Riza soltó un calmo suspiro y fue a sentarse junto a él, sus ojos caoba fijos en sus propias manos. Mustang la observó de reojo —¿Cómo te encuentras?
—Bien —ella siempre respondía eso, de todas formas. Pero esta vez, y a pesar de las circunstancias y la ironía de las cosas, era cierto. Ya no tenía que preocuparse por los secretos de su espalda. Ya no tenía que cargar con ese peso sobre sus hombros. Sin embargo, una ligera preocupación poblaba su mente y eso era el hecho de que alguien más había visto el tatuaje de su espalda, si bien le habría sido imposible leerlo en el estado en que él lo había dejado—. Él...
—No te preocupes por eso —aseguró—, Knox no dirá nada... Lo conozco, confío en su discreción —aún así, omitió la relación que los unía y la forma en que lo había conocido en primer lugar. Proveyéndole cuerpos para que él realizara los experimentos y las autopsias.
—Muchas gracias...
Él solo negó con la cabeza —Lamento no haber mantenido mi promesa de quemarlo hasta que no quedara nada del tatuaje —pero no había podido continuar. Simplemente no había podido.
Ella sonrió débilmente, resignadamente —No, así está bien. De todas formas nadie podrá leerlo ya. Gracias, Mustang-san... Gracias por liberarme de la alquimia... —suspiró. Complacida con la idea de que no tendría que volver a pensar en ello nunca más. Eventualmente, las heridas sanarían y aparecerían cicatrices en su lugar. Pero esas eran cosas que la tenían sin cuidado.
Roy, sin embargo, cerró su mano en puño molesto. Ni siquiera había podido protegerla a ella tampoco —Esto... —masculló— me aseguraré que nada de esto deba repetirse. No, si llego a la cima seré capaz de protegerlos a todos con mis propias manos. Eso es lo que creo.
Ella volvió a sonreír suavemente y asintió. Sus manos alzándose a cubrirse mejor con la chaqueta sobre sus hombros —Aún creo que es un maravilloso sueño. Y no me arrepiento de haberle entregado la investigación de mi padre. Por favor, cuídela Mustang-san... Y no muera —susurró, él tomó una de las manos de ella y la acercó a su rostro. Besando cuidadosamente sus yemas como había hecho la primera vez.
Sólo que esta vez era diferente. Ésta vez sabía lo que hacía y por que lo hacía y sabía qué debía hacer con lo que ambos habían cometido allí, con las atrocidades que habían hecho en Ishbal, para poder continuar avanzando hacia delante. Hacia el futuro. Hacia su ambición. Ésta vez, tenía un camino a seguir, y uno que seguiría sin importar los resultados que sus decisiones fueran a traer para él.
—No lo haré —aseguró, poniéndose de pie y observándola a ella hacer lo mismo, antes de inclinarse y reclamar sus labios por última vez, sus dedos rozando suavemente la mandíbula de Riza—. Y espero que tampoco lo hagas.
Asintió, aún sonriendo calmamente —Si, señor —antes de robar un último beso ella y retirarse de regreso a la tienda de campaña. Sabía lo que era aquello y sabía que probablemente no volvería a verlo en un tiempo. Y así lo hiciera, sospechaba que las cosas ya no serían de igual manera y eso estaba bien por ella también. Aquello que habían hecho allí, fuera lo que fuera, probablemente quedaría enterrado junto con las demás cosas que habían hecho en Ishbal y eso parecía únicamente lógico para Hawkeye. Habían estado desesperados, después de todo, y aferrándose el uno al otro para lograr sobrevivir y atravesar la guerra sin perder su sanidad. Se habían precipitado y había sido efectivo por un tiempo pero dudaba que algo de la naturaleza de aquello fuera siquiera a sobrevivir en el mundo real. No, probablemente no duraría y ella no se arriesgaría a ponerlo en riesgo a él y comprometerlo por acciones impulsivas que habían tomado para sentirse bien. Eso había sido aquello, después de todo. Palabras como amor y justicia no existían en el campo de batalla, de todas formas.
Así que simplemente oyó los pasos de él alejarse suavemente de la entrada de carpa. Más y más, hasta desaparecer por completo (porque, como con las quemaduras, arrancárselo de una vez sería lo mejor). Al día siguiente arribarían los trenes y finalmente podrían regresar a sus casas, tal y como el final de la guerra había prometido y ella retomaría su vida sin sobresaltos y como si nada. Como se suponía que debía ser. Y por supuesto, aún continuaría en la milicia –así ya no pudiera verla con los mismos ingenuos ojos- y aún continuaría trabajando también por el sueño en el que ambos habían creído. En el que ambos creían. Y quizá, si las decisiones de ambos convergían –porque Riza no creía en el destino y probablemente nunca lo haría-, solo quizá sus caminos volverían a unirse. En algún punto, sospechaba que lo harían. No, estaba segura de que lo harían.
A la mañana siguiente, y tal y como habían anunciado los altos cargos ubicados en Ishbal, los trenes habían arribado a primera hora. Pitando efusivamente y soltando humaredas blancas al aire, alertando a todos de que finalmente era ese momento. Ese que todos habían estado esperando. Finalmente podrían regresar a casa. A las personas que amaban. A sus familias y esposas y amantes y a sus hijos también. Finalmente volverían a verlos, tras el largo tiempo que habían permanecido allí luchando.
Demasiado tiempo. Y aún con todo, aún con la efusividad del momento, Hughes no podía encontrar a Roy por ningún lado. No desde que se había marchado el día previo y no había regresado a pesar de haber asegurado que lo haría. Y la cuestión lo estaba fastidiando. Acercándose a un soldado, preguntó —¿Has visto a Roy, Roy Mustang? —el hombre negó con la cabeza y continuó caminando hacia el tren más próximo. En su hombro colgando un bolso con sus cosas y pertenencias. Hughes suspiró y tomó las suyas por la correa. Cuestionando a todo aquel que se cruzaba por su camino sobre el paradero del hombre en cuestión, hasta que uno señaló en la dirección del campamento. De una tienda de campaña particular. Asintiendo y agradeciendo rápidamente, se dirigió en dicha dirección. Sólo para encontrarlo dormido boca arriba y de piernas y brazos cruzados. Su expresión completamente drenada.
—¡Oy, Roy!
El moreno abrió los ojos perezosamente —¿Hm? —alzando su cabeza a duras penas—. Oh, Hughes eres tú. ¿Qué sucede?
El hombre sonrió y negó con la cabeza —¿Qué haces aquí todavía? No te he visto desde que te desapareciste ayer. Los trenes llegaron.
Ocultando su boca tras su mano, bostezó y se puso de pie. Tomando el bolso que había dejado a su lado preparado antes de disponerse a salir de la carpa. Hughes caminando inmediatamente a su lado —¡Ahhh! Al fin podré volver a ver a Gracia —exclamó, animado. Y Roy solo volvió la cabeza en dirección a donde había estado con Riza la noche previa y retornó su vista al frente, completamente ajeno a la conversación de Maes sobre la mujer que lo esperaba en Central. De hecho, estuvo seguro que la conversación continuó inalterable y ininterrumpidamente hasta que ambos alcanzaron uno de los trenes que iba al este pero aún entonces no fue capaz de prestarle atención.
Sólo cuando ocuparon un par de lugares en el tercer vagón se permitió finalmente relajarse y escuchar a su amigo. Aunque, a aquellas alturas, no tenía idea de qué demonios estaba hablando —...y cuando regrese le pediré que se case conmigo... —oh, pensó. Aún continuaba con lo mismo— así que prepárate porque te invitaré a la boda. ¡Ya sé! ¡Puedes traer contigo a la francotiradora!
Ante la mención, Roy lo observó exasperado —Hughes, te lo advierto. No desciendas por ese camino... —masculló, pero el hombre continuó alegremente con su seudo-conversación/monólogo.
—Ahora que yo tendré una esposa, tú necesitarás una también.
El moreno pellizcó el puente de su nariz —NO necesito una esposa.
—¡Claro que sí! Necesitas una persona que te apoye y comprenda, así sea solo una. Y ella parecía apta para la tarea... Además, ya ha visto tu lado horrible aquí. No creo que nada que hagas pueda ahuyentarla jamás.
Con su malhumor in crescendo, dedicó a su amigo una mirada irritada. Seguro, Hughes podía ser un hombre inteligente y hasta un buen amigo pero cuando comenzaba a hablar de la mujer se tornaba tan irritante que era preferible apagar sus oídos para no oírlo. Aunque eso había probado ser una táctica bastante inútil también —Hughes —lo interrumpió—, ¿qué te hace creer que ella dirá que sí?
Los ojos verdes del hombre se abrieron desmesuradamente —Espera un momento... ¿Y si me dice que no? —y rápidamente entró en su modalidad de pánico—. No, no. Mi Gracia nunca le haría eso a un sujeto tan maravilloso como yo... Pero... ¿Y si conoció a alguien estando yo aquí? ¡¿Entonces qué haré? No, eso no puede pasar.
—Hughes, por favor, cállate. No me hagas quemar tu lengua.
El hombre sonrió y se calmó rápidamente —No harías eso —exclamó.
Roy lo observó de reojo —No me pongas a prueba.
Pero Hughes sencillamente ignoró el aura oscura de Mustang —Por cierto, creía que ella vendría en éste tren. ¿No proviene acaso de la academia militar ubicada en el este? ¿No es por eso que la enviaron aquí?
—Eso creo... Y no. No está en éste tren —suspiró. Y quizá fuera mejor de esa forma. Quizá ahora ambos podrían dejar atrás todo lo sucedido allí y avanzar hacia delante. Quizá así era como se suponía que debían ser las cosas, después de todo.
Apoyándose contra el cristal, observó el panorama a través de la ventana. Árboles, pensó, observando el paisaje desértico desaparecer lenta y progresivamente a medida que hierba y árboles comenzaban a aparecer a la vista. Algo que no había visto en mucho tiempo. Agua tampoco era algo que habían tenido demasiado a su alcance y allí, delante de sus ojos, había un enorme lago cuya superficie cristalina brillaba con el reflejo del sol. Cosas que había dado por sentado, antes de ir a la guerra. Como la comodidad de una cama y el placer y la necesidad de un sorbo de agua y una buena ducha que no consistiera únicamente en frotarse agua acumulada en un medio barril contra las partes más sucias de su rostro y cuerpo. Así como también el placer de la buena compañía y la forma en que los ojos de las personas allí –a diferencia de Ishbal- parecían vivaces y llenos de luz. Llenos de vida.
Y Roy creía haber acumulado un considerable monto de tolerancia a la muerte para lo largo de toda su vida. De hecho, bien podría prescindir de cosas como las que había visto en Ishbal hasta que muriera pero sabía que estando en la milicia eso era poco probable. Aún así, ahora estaba convencido del camino que debía seguir y eso era razón suficiente para seguir viviendo por varios años más. Estaría bien, ahora finalmente podía creerlo. Si tan solo se aferraba a sus convicciones y avanzaba hacia ellas y hacia su ambición con determinación y seguridad. Si tan solo tenía siempre presente las personas que lo habían ayudado a llegar allí, a sobrevivir, y las que lo ayudarían.
—Hughes —dijo repentinamente, sus ojos del color carbón ardiendo—, llegaré a la cima. ¿Estás conmigo?
El hombre sonrió y asintió —Ya te dijo, suena interesante. Cuenta conmigo.
Y simplemente asintió, satisfecho. Seguro, comprendía perfectamente el trato y a cambio debería seguramente soportar interminables comentarios sobre conseguirse una esposa y lo maravillosa que era Gracia pero eso estaba bien también. No lo negaría, a pesar de la irritabilidad que Hughes le causaba, estaba feliz por el hombre, y lo envidiaba, en cierta forma. Él probablemente jamás podría tener algo de esa sensación de normalidad y estaba bien también, era el sacrificio que debería hacer para alcanzar su meta satisfactoriamente. Su felicidad por su ambición. Era un trato justo. Era intercambio equivalente.
Descendiendo finalmente del tren, un paso atrás que Hughes, se detuvo al ver que éste lo hacía también. su cabeza virando en ambas direcciones, buscando algo —Ella me dijo en la carta que iba a estar aquí, pero... —masculló, colgándose la bolsa al hombro. Roy observó a ambos lados del andén también, su bolsa colgando de su brazo izquierdo.
Ambos deteniéndose al oír la voz de una mujer gritando su nombre —¡Maes! —la mujer sonrió y sus ojos se aguaron a causa de las lágrimas sin derramar. Y, sin más ni más, corrió apresuradamente hacia ambos. Hughes, a su lado, se apresuró a su encuentro —¡Gracia! ¡Gracia! Ambos colisionando a mitad de camino.
Él, por otro lado, permaneció inmóvil en el andén. Junto a la puerta del tren por la que había descendido, observando la escena en silencio. Parecía un cliché, si lo pensaba. La escena del hombre retornando de la guerra y la mujer esperándolo lista para correr a sus brazos y permanecer allí pero por trillado que sonara era real. Más que cualquier cosa que jamás hubiera visto. A dónde viera, las personas estaban reuniéndose aquí y allá y aún cuando él no tenía nadie que lo esperara podía sentirlo también. La diferencia entre el hombre que había sido antes de la guerra y el hombre en que se había transformado tras esta. El hombre con una ambición, una meta. Una determinación.
Pero aún sabía que le quedaba demasiado por recorrer. Y pasarían años antes de que pudiera alcanzar su tan ansiado objetivo. Mientras tanto, haría lo que Hughes había dicho. Lo que he hecho aquí... ¡Tomaré todo lo que he hecho aquí para mí mismo! ¡Y voy a sonreír cuando esté frente a ella. Aprendería de sus errores. De su pasado.
Hughes... eres muy fuerte... Yo no tengo tu fuerza... Se fortalecería. Y lo haría con la ayuda de quienes creían en él. Lo haría por Hughes. Lo haría por la memoria de todas las personas que había asesinado, y por todas las que nacerían.
Y lo haría por ella también, porque sin ella jamás habría llegado siquiera a dónde estaba. Sin ella, probablemente ni siquiera hubiera sobrevivido a la guerra. No en una pieza. Y de momento eso era más que suficiente.
