10.

Presente.

El golpe llegó sin que Afrodita lo viera venir. No estaba concentrado, y eso hizo mala combinación con la velocidad de su oponente, que consiguió tomarle desprevenido; su puño se le incrustó en la cintura y lo lanzó volando hasta estrellarlo con el muro, arrancándole todo el aire de los pulmones. Aún no había tocado el suelo y ya lo tenía encima, inmovilizándolo. Forcejeó para soltarse, pero el dolor lo hizo desistir.

—Estate quieto, Afrodita. No voy a dejar que te muevas hasta que te haya examinado. Puede haber algo roto.

Hay algo roto —declaró el sueco, entre toses—. Se supone que es un combate de entrenamiento, Aioria, no necesitabas partirme en dos.

—Lo siento —se disculpó el León, encendiendo su aura para escanearlo—, pero la verdad es que pensaba que pararías el golpe. No creí que fueras a estar tan lento.

—¡No seas presuntuoso! —se indignó Afrodita.

—No lo soy, tú estabas con la cabeza en otra parte. Vaya, hay dos costillas partidas.

—Estupendo. Yo seré lento, pero tú eres presuntuoso, ¡y además un bruto sin remedio!

—Calla y déjame trabajar —lo ignoró Aioria.

Afrodita guardó silencio, mortificado porque en realidad el León tenía razón: aunque había atacado con todas sus fuerzas, él hubiera podido esquivar el golpe con relativa facilidad de no haber estado distraído. Sin protestar más, dejó que el griego se encargara de atender sus heridas.

Aioria localizó las células que ya habían empezado a regenerar el tejido óseo y les aplicó unas cuantas descargas minúsculas de electricidad que aceleraron su movimiento hasta la velocidad de la luz. Afrodita siseó; la técnica del León era dolorosa, pero efectiva. Al trabajar los osteocitos con tanta celeridad, sus costillas estuvieron soldadas en pocos minutos. Aioria lo ayudó a levantarse.

—¿Estás bien?

—Ya sabes que sí —rezongó Afrodita, sacudiéndose el polvo de las ropas—. Algo humillado, pero eso tú no lo puedes arreglar.

El León le sonrió con cordialidad.

—Bueno, puedo invitarte a una cerveza, quizá eso te haga sentirte mejor.

Afrodita aceptó la invitación, agradecido. Había terminado de entrenar por aquel día, y no le vendría mal pasar un rato con un viejo amigo; en verdad, necesitaba distraerse un poco del desasosiego que últimamente no le abandonaba. Recorrieron en silencio los pocos metros que separaban la arena de entrenamiento de la cafetería, compraron un par de cervezas en la barra y se las llevaron a una de las mesas del fondo.

—¿Me vas a decir qué es lo que te tiene tan distraído? —le preguntó Aioria, cuando se hubieron sentado.

Afrodita suspiró.

—¿Tú qué crees?

—Ya veo... ¿Sabes cómo está?

—Mal —dijo sin ambages, y sintió que el León se tensaba a su lado—. Al principio aguantó bien, con más entereza que yo mismo; enfrentarse al dolor físico tampoco le ha costado mucho nunca, al fin y al cabo. Pero luego Ella le impuso esta prueba estúpida…

—¿Qué prueba?

—Bloqueó su cosmos y le ordenó que lo encendiera a pesar de ello.

—¿Qué dices? —Aioria se inclinó hacia delante, apoyando las manos en la mesa—. ¡Pero eso es imposible! Afrodita, esa prueba no puede superarse.

—Tú lo has dicho, no puede superarse. Pero eso es lo que Ella le exige que haga, y mientras no lo consiga, lo tendrá encerrado.

El griego se reclinó de nuevo en su asiento, con el ceño fruncido. Dio un trago a su bebida y meneó la cabeza.

—No tiene sentido. Esa prueba… tiene que haber algo que no sepamos. Ella sin duda estará haciendo esto para conseguir algo de él. Debemos tener confianza.

Afrodita hizo girar su vaso sobre la mesa. Sospechó que Aioria trataba de convencerse a sí mismo más que a él, pero no quiso mencionarlo.

—No sé si puedo —se limitó a decir—. Ya no estoy seguro de que Ella tenga realmente un plan. Lo tiene encerrado como si esperase que muriera. Ya nadie lo atiende, de no ser por mí ya habría muerto de sed —añadió, con amargura.

—Pero, ¿qué…? —Aioria no encontraba ni siquiera las preguntas a formular, porque en realidad no sabía qué pensar—. No puede ser. Tienen que faltar piezas, algo que no estamos teniendo en cuenta.

—Nada. Según palabras de la propia Diosa, si no supera la maldita prueba considerará que le ha fallado y lo abandonará, eso es todo.

Aioria respingó en su asiento. Abandonar a sus Caballeros era tan contrario a la naturaleza de Atenea que resultaba inconcebible. Todo aquello tenía menos sentido por segundos.

—¿Y él lo aguanta?

—Apenas. Le fallan las fuerzas, pero sobre todo se le acaba la fe. Cada vez que voy a verle… —Levantó la cabeza de golpe para mirar a Aioria—. Espera un momento, ¿cómo sabías que tengo contacto con él?

El León se encogió de hombros.

—Urian es uno de los hombres de mi hermano.

El sueco sopesó la información y lo que podía implicar antes de lanzar su siguiente pregunta.

—¿Quién más lo sabe?

—Sólo nosotros —lo tranquilizó Aioria—. No te preocupes, Afrodita. Si no lo hubieras hecho tú, lo hubiera hecho Aiolos, o yo mismo. Elegimos confiar en Ella, pero eso no significa que no estemos en guardia. Y lo que cuentas es preocupante.

—Lo es. Cada vez que acudo a su lado lo encuentro peor de lo que lo dejé. Antes podía hacerle recuperar la esperanza, pero cada vez me cuesta más. No sé cuánto tiempo le quedará antes de hundirse.

—¿Hundirse en qué sentido? ¿Se volverá contra el Santuario, nos traicionará?

—No —declaró Afrodita con rotundidad, tratando sin éxito de no sonar molesto—. Puedes estar tranquilo a ese respecto. Su lealtad está fuera de cuestión.

—¿Temes que se deje morir, entonces? —le preguntó el León, con más suavidad.

El sueco bajó la cabeza.

—No lo sé. En realidad no, no lo creo. Más bien pienso que quizá cuando Atenea decida dejarlo libre, ya no importará. Que simplemente dejará de sentir que este es su lugar, y se marchará.

Guardó silencio, sabiendo que llegaba a un punto peligroso. Death y él habían llegado a plantearse si no sería precisamente ése el plan de Atenea: impedir que el italiano usara su cosmos hasta hacerle perder la fe para que abandonara la Orden voluntariamente, una manera de eliminarlo limpia y libre de suspicacias. Eso en el caso de que la Diosa ocultara algo que Death pudiera descubrir, cosa que todavía no habían conseguido averiguar; el cuarto Custodio seguía luchando por saber, pero parecía una empresa imposible, y se le acababan las fuerzas sin haber logrado obtener respuestas.

—Afrodita, me estás escondiendo algo, ¿verdad?

El sueco maldijo la capacidad de observación del León. Había sido así desde que él lo conociera, apenas se le escapaba nada, y mucho menos se le podía mentir.

—No creo que sea nada que tú mismo no te hayas planteado —apuntó—. La actitud de la Diosa es lo bastante confusa como para resultar inquietante. Death tiene algunas conjeturas, pero no voy a compartirlas contigo hasta que no sepamos más. No es que desconfíe de ti, Aioria, pero si estamos equivocados, cuanta menos gente esté implicada, mejor.

El León asintió.

—Entiendo. Sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad?

Afrodita lo miró, sorprendido. Llevaban años alejados, y sin embargo las palabras de Aioria le hicieron sentir que no había pasado el tiempo. Le sonrió, y el griego le sonrió de vuelta.

—Te lo agradezco —respondió—. Lo haré si es necesario; pero no creo que las cosas vayan tan lejos. No quiero llenarte la cabeza de conspiraciones. Estoy preocupado por Death, y nada más.

—Yo también —declaró Aioria, con firmeza—. Con o sin conspiraciones, quizá pueda echar una mano. La próxima vez que vayas a verle, búscame; quiero acompañarte.