Disclaimer: Los personajes y lugares le pertenecen a Akira Toriyama, creador de este increíble anime. Asimismo, la historia se inspira en la película Ghost: La sombra del amor. Cualquier frase en cursiva, dentro de los diálogos, es el pensamiento de los personajes o la voz de otra persona en las llamadas telefónicas. Cuando lleguen a la parte final, coloquen la melodía instrumental "Unchained melody", para darle más sentimiento a la escena… *-*


LA SOMBRA DE TU AMOR

Hasta luego…

De haber tenido un espejo frente a sí, captaría al instante su pavor… ¿pero eso qué le importaba ahora? Barry sólo atinaba a subir las mismas escaleras que atestiguaron su ataque. El lugar del enloquecimiento de Pigero y aquel extraño empujón que lo separó de él. ¿Cómo haría para arreglar el desastre de las oficinas? El gerente intentó olvidar el asunto: aprovecharía su mal estado para fingir un robo. Debía buscar a Makoto, a Videl… ¡a quien sea! ¡No perdería su inversión, por una estupidez sin sentido!

A punto de llegar al pasaje que conectaba con la sala de exhibición, Barry se detuvo: ¡la zona estaba acordonada por policías!

—¿Qué…? —el gerente quedó atónito, dirigiendo su mirada a una persona muy conocida por él, esposado por las muñecas.

—¡Exijo que me suelten! —suplicó Makoto, en tanto le colocaban las esposas.

—Uno de sus trabajadores llamó hace dos horas —el jefe de la policía empezó a encararlo—. Hizo tratos con el gerente Barry Khan, para apropiarse de un proyecto ilícitamente.

—¡No tienen pruebas! —espetó.

—Que lo diga él —mencionó, mientras daba paso a otro hombre capturado.

—¡Me dijo que no pasaría nada! —exclamó el inversionista fantasma.

—¿Qué? Yo… —Makoto palideció, balbuceando— ¡yo no lo conozco!

—¿Ah, no? ¿Qué hay del tal Barry? ¡Me condujo a él, hasta firmamos papeles ayer! Estaría aquí, si no hubiera perseguido a la vieja que ganó la subasta…

—¿De qué…? —frunció el ceño, sin comprender.

—¿Quiere más pruebas? —lo interrumpió el policía, haciendo una seña a sus ayudantes— ¡Llévenselos!

—No… ¡no es lo que creen! ¡Déjenme en paz! ¡Llamaré a mi abogado…!

—Un momento: ¿a dónde lo llevan? —Hachi intervino, muy asustado.

—No intervenga —lo detuvo—. El señor Makoto ha sido acusado de fraude financiero, al igual que su socio Barry Khan.

—¿Qué?

—Lo que oyó. ¿Ha visto al gerente?

—No, desde hace media hora. Pero no entiendo…

—Por su seguridad, deje la sucursal —le ordenó marcharse, para luego alertar a su compañía—. ¡Ya oyeron, despejen el área! ¡Ustedes, síganme al tercer piso!

Desde su lugar, Barry oyó al policía acordonar todo el perímetro del exterior; y en el instante que lo vio subir con diez oficiales, el espíritu del gerente se agitó, al extremo de olvidar el sobreesfuerzo de su cuerpo. Continuó su ascender por las escaleras, hasta donde sus fuerzas le permitieran. Huir era lo único que ocupaba su mente.

Quiso el impacto de su terror por ser encarcelado, sumado al sorpresivo atropello del ladrón, que Barry se detuviera en el sexto piso para vomitar, sin contener los quejidos por el dolor de su cuerpo. La pérdida de su proyecto acentuaba su mal estado. Las caras de la vieja impostora y sus ayudantes se colaban en su mente. Los gritos de Pigero lo aturdían. Y ese nombre… ¡ese maldito nombre!

Gohan… ¡Gohan! ¡Dile que se vaya, por piedad!

Fue lo último que le había dicho Pigero, durante su locura. La forma cómo se había alejado de él no le daba tiempo a pensar.

Hoy me visitó una mujer. Desde ayer, me ha buscado, diciéndome que tenía un mensaje de Gohan.

¿Una adivina?

Sí. Asegura que él todavía está aquí… ¡realmente ha vuelto!

Barry se limpió la boca con la manga de su traje, ya manchado por su violento arrojar. Sacudió su cabeza, recordando su charla con Videl en el café. ¡Estaba tan emocionada aquella vez! Y jamás le había prestado atención, hasta ese momento.

¿A quién se lo has contado, Pigero?

¿Qué?

¡Hay una mujer que lo sabe todo! ¿Cómo pudo enterarse?

¡No he dicho nada!

¡Maldición, tiene tu nombre! ¡Hasta sabe dónde vives!

Barry caminó a paso lento, reponiéndose de su malestar. ¿Desde cuándo le prestaba atención a los asuntos de fantasmas? ¡No quería creer!

—No es verdad, Barry: ¡sabes que no lo es! Sólo… —respiró hondo, tratando de convencerse— ¡Sólo es una maldita broma! Gohan…

Ella dijo que Gohan sabe quién lo mató. Que lo habían asesinado…

Sus ojos se abrieron, desmesurados. Cada pieza encajaba. Cada momento, desde la muerte que él mismo planeó. ¡Gohan! ¡Gohan estaba entre ellos!

El frío se apoderó de todo su ser, pero no se comparaba en nada a su inconmensurable ira. El fuego de su alma corrupta despertó, sus puños se cerraron con tal fuerza que los haría sangrar… y mirando hacia una esquina, recordó la zona donde se encontraba. Sin pensarlo dos veces, Barry corrió por el pasillo izquierdo, rumbo a los laboratorios.

¿Por qué 10 mililitros?

Es la máxima cantidad, señor Khan. Para evitar complicaciones.

¡Tonterías, Hachi! Aumenta la dosis: sólo es un ratón.

Fue una advertencia del señor Gohan. Prefiero seguir su intuición…

Recordaba que guardaban la muestra original de su ex socio en una caja metálica, bajo la protección de una clave que sólo Hachi y él conocían. No tardó mucho en hallarla: en medio del ambiente lúgubre, sus ojos brillaron con los reflejos de la preciada sustancia ámbar repartida en varios frascos. El poderoso elixir regenerativo. La causante de su enfermiza ambición.

—¡Si crees que has ganado, te equivocas! —gritó Barry, lleno de odio— ¡Tú ya no existes! ¡No me importa lo que hagas, así tengas de aliada a la misma Muerte!

En un furioso arrebato, Barry cogió la muestra de 50 mililitros y bebió su contenido de un sorbo. El quebrar del frasco vacío rompió todo silencio… y en pocos segundos, todo el nivel resonaba con el eco de su risa diabólica.

—¡Te vas a arrepentir por esto, Son Gohan! —pronunció, aguantando la extraña agitación de su cuerpo— ¡Voy a recuperar lo que me pertenece y sé por dónde empezar!

[…]

El reloj de Usher marcaba las 10:00 p.m. A esa hora, acostumbraba ver películas en casa, disfrutar de una buena tajada de pastel, o presenciar alguna locura que Lunch y Uranai Baba hacían. No obstante, aquel día estaba muy lejos de lo que él consideraba normal.

Tras media hora del trágico choque en la avenida, el taxi donde se habían embarcado llegaba al Parque de las Piletas, justo frente al local espiritual.

—Los llevaré a casa. Vuelvo en un rato —murmuró Uranai Baba, acompañada por Lunch y Usher.

El conductor decidió esperar a la viejecita que le había pagado muy bien por el corto recorrido, con la promesa de un aumento al doble si la llevaban a las cercanías de la Feria Florida, donde vivía Videl. Ignorante de todo el drama que la embargaba, resopló en su asiento, en tanto Gohan y Piccoro esperaban a la adivina en la maletera.

—Recuérdame que es la última vez que me subo a esta cosa —el guardián intento satirizar, callando al ver la mirada perdida del joven espíritu—. ¿Gohan?

—¿Cómo fue que llegamos aquí? —murmuró, tras un corto silencio.

Piccoro frunció el ceño. Comprendía su estado a la perfección.

—Fue necesario.

—¿Y qué si nada de esto hubiera ocurrido?

—Son cosas que no puedes evitar. Ya te lo dije.

—De todos modos…

—La balanza se equilibra. Sus acciones ya están cobrándose. ¿A qué le temes?

Gohan miró de reojo a su amigo, tratando de contener sus lágrimas. El impacto de la última media hora aún no se borraba de su mente. La presencia de los Otros lo había aterrorizado, los gritos de Pigero lo aturdían. La frustración por no conectar con Videl…

—Sólo quiero que esto termine.

—Terminará, Gohan —aseveró, colocando una mano en su hombro—. Te lo aseguro…

El motor del auto volvió a encenderse, llamando la atención de ambos espíritus. Gohan pudo ver a Uranai Baba ingresar de nuevo al taxi, vestida con su traje habitual.

—A la Calle Zafiro, por favor.

—Como ordene.

Gracias a la pericia del conductor, el vehículo entró en marcha, dejando atrás el tráfico de la avenida colindante con el Parque de las Piletas. En su sitio, la adivina no decía nada y miraba la ventana, perdida en sus pensamientos.

—¿Tienes hora? —Gohan le consultó a Uranai Baba.

—¿Qué hora es, joven? —le preguntó al taxista.

—Son las 10:10 p.m. Por fortuna, las calles están vacías a esta… —respondió, hasta que el timbre de su teléfono móvil— ¡oh! Un momento, señora… ¿diga? —se excusó, atendiendo una llamada por auriculares.

—Videl duerme a las once: debemos llegar lo más rápido posible.

Aprovechando sus nuevas habilidades, Gohan traspasó el asiento trasero y se acomodó al lado de la taciturna anciana, apoyando una mano en su hombro.

—No sé qué pasará después. Sólo quería agradecerte. No hubiera logrado nada, sin tu ayuda —mencionó, viendo una sonrisa ligera en el rostro de Uranai Baba.

—Todavía no es una despedida, muchacho —bromeó, aligerando su pena.

—Lamento cortar la charla —el conductor terminó su llamada.

—Descuide —la anciana se encogió de hombros.

—Dile que vaya más rápido —pidió Gohan.

—La verdad es que tengo un poco de prisa. ¿Podría acelerar?

—No lo creo, señora. ¿Ve ese letrero? Según la ley, no puedo exceder…

—Humanos… —Piccoro traspasó el asiento y presionó el acelerador.

La gran velocidad no se hizo esperar, impulsando al taxi a niveles impensados. El pasmado conductor tomó las riendas del automóvil y evadió a cuanto auto se le cruzaba en su camino, sin notar la risa divertida de la adivina. Por su parte, Gohan miraba a su protector: quizás tenía razón. Tal vez todo podía arreglarse.

[…]

El departamento de policía recibía llamadas constantes, por decenas de casos de agresión, robo, violencia, entre otras cosas: parecía que la noche estaba muy agitada. Apenas transcurrió media hora del problema en Corporación Cápsula y el antecedente de Barry ya estaba fichado en el folio "Se Busca".

En eso, el recepcionista de la estación atendió una llamada inesperada.

—Estación de Policía de la Capital del Oeste —inició.

Buenas noches. ¿Se encuentra el jefe de la delegación?

—Salió hace un rato, a atender un caso. ¿En qué puedo ayudarlo?

Soy el médico forense encargado del caso Son. Hallamos nuevas pistas de su asesinato.

—Entiendo. Si gusta, puedo llamarlo cuando vuelva mi superior.

Sería prudente, pero después de ver las noticias…

—¿A qué se refiere?

Acabo de hacerle la autopsia a una víctima de atropello, muy cerca de la Corporación Cápsula. Unos treinta años, identificado como Pigero, según el registro de identidad. Sus huellas coinciden con las del arma que se capturó en la escena del crimen.

—¡Muerto! ¿Entonces el caso quedaría cerrado?

No, y ése es el problema. El difunto tenía algunas pertenencias: entre ellas, una libreta de teléfonos, donde figura el número del señor Barry Khan. El prófugo que están buscando esta misma noche…

—Un segundo —el recepcionista se acomodó, mientras buscaba una hoja de papel y un lapicero—: ¿está insinuando qué…?

No quiero anticiparme —acotó el médico—. Sólo comuníquele al jefe que abra una investigación. Después de escuchar el caso del fraude por televisión, presiento que ese hombre tiene mucho que ver aquí.

—Mandaré el aviso de inmediato. Muchas gracias, doctor.

A usted —respondió.

La llamada se cortó, y al instante el tecleo rápido se hizo presente: desde un ordenador, el recepcionista esperó hasta contactar con el jefe de policía.

¿Diga? —respondió el remitente.

—Señor, tengo un nuevo reporte para usted.

Ahora estoy revisando el tercer piso de la Corporación. Dime rápido qué es y luego… —del otro lado del auricular, se oyó el violento romper de los cristales— ¡¿qué fue eso?! ¡Síganlo, rápido! —la llamada se cortó abruptamente.

—¿Hola? —la situación alarmó al recepcionista— ¡Señor, dígame algo!

[…]

Luego de una larga ducha, Videl salió del baño. El vestido le había ajustado mucho, más de lo que podía imaginar. Se esforzó por recordar cuándo le había entregado la agenda de Gohan a Barry, aunque tenía la seguridad de no haberlo hecho. Estaba decepcionada consigo misma: deseaba tanto haber representado bien a Gohan. Se reprochaba su mala voluntad, renegaba de su suerte. Anhelaba tanto tenerlo a su lado.

Recordó la sesión de fotografías. Aquel momento inexplicable, en el que…

—Basta, Videl —sacudió su cabeza, reprimiendo sus lágrimas.

Demasiado cansada y con un conjunto azul más suelto, se propuso no atender nada ni a nadie, mientras encendía el televisor. Una máquina sin sentido, con programas de poco interés. Su desánimo llegaba a tal punto, que ni siquiera se percató de la noticia de las once, donde unas luces de la policía seguían algo que traspasaba las ventanas de un gran edificio, para luego apagar el artefacto.

Con un suspiro de nostalgia, Videl acomodó el diamante de su collar improvisado, algo flojo por el trajín del día. Poco podía alegrarla en ese instante: el peso de la soledad estaba gobernando su alma, mucho más que en otros días.

De repente, unos golpes bruscos en su puerta llamaron su atención, haciéndola caminar hasta allá. ¿Por qué situación inoportuna alguien la buscaría a altas horas de la noche? ¿Sería Barry? No quiso pensarlo: su abandono en la Convención la había fastidiado. ¿Entonces quién…?

—¡Videl! —una voz conocida la detuvo a pocos centímetros de la cerradura— ¡Contesta, Videl! ¡Soy Uranai Baba!

La joven de ojos azules se congeló en su sitio, mientras una sensación molesta se acumulaba en su pecho, amenazando con estallar: ¡era Uranai Baba, la estafadora!

—¡Lárgate!

—¡No lo haré, así quieras echarme! Estás en grave peligro, Videl: ¡por favor, déjame ayudarte! ¡Gohan está conmigo!

—¡No insistas o llamaré a la policía!

—¡Hazlo! Es justo lo que necesitas. De hecho, ahora mismo estarán buscando a Barry.

—¿Barry? ¿Qué diablos tiene que ver él? —espetó, confundida y furiosa por la declaración.

—¡Está involucrado en el asesinato de Gohan! Desde hace tiempo, tenía interés en su proyecto y contrató a Pigero para que lo matara y así quedarse con la firma principal. ¿Por qué crees que siempre te ha seguido? ¿Cómo obtendría la agenda de Gohan con tanta facilidad? ¡Lo planeó todo desde un principio! ¡Intentó matarme y lo mismo hará contigo!

Las palabras de la adivina dejaron en shock a la muchacha: ¿qué tipo de juego estaba armando aquella mujer? ¡No podía creerlo! Los recuerdos de sus visitas, su aturdir en la Convención, su confusión ante los gestos de Barry, la ausencia de Gohan… ¡todo se juntó en su mente! Videl sacudía la cabeza en un intento de negación, mientras apretaba los puños y las lágrimas caían por sus mejillas.

Había llegado al límite.

—¿Por qué? —murmuró con la voz quebrada, para luego tomar fuerza— ¡¿Por qué todos me torturan así, por qué?! ¡¿Qué les he hecho, maldita sea?! —golpeó la puerta, llena de impotencia— ¿No les basta verme así? ¡No quiero nada, déjenme en paz! ¡No puedo, ya no puedo más! Cielos, Gohan…

Videl lloró cuanto pudo frente a su puerta, sintiendo el mismo mareo de hace horas. Su dolor conmovió profundamente a Uranai Baba. Piccoro escuchaba todo, mientras Gohan decidió traspasar la pared para contemplar a su novia deshecha en lágrimas. ¡Cuánto deseaba abrazarla! Decirle que no estaba sola. ¿De qué forma…?

Un pequeño brillo en el suelo llamó su atención: el diamante del collar de Videl se había desprendido hasta llegar a la ranura de la puerta, por su brusquedad. Como era típico en su hábil naturaleza, una chispa iluminó su mente.

—Uranai Baba —intervino, aun viendo llorar a su mujer—: dile a Videl que está llevando una chaqueta azul, junto con los pendientes de perla que le regalé en Navidad.

—Videl, Gohan me dice que llevas una chaqueta azul con unos pendientes de perla que te regaló en Navidad —un largo silencio invadió el lugar—. ¡No te miento! ¿Qué más necesitas para creer?

Tal como había llegado su arranque, el llanto de Videl disminuyó repentinamente: Uranai Baba la esperaba del otro lado y ella estaba sola en el primer piso. ¿Cómo…? No podía hablar. La joven cocinera retrocedió, atónita, sin imaginar que Gohan la contemplaba con una sonrisa: esta vez, su plan había funcionado.

—Empuja el diamante de la ranura.

—¿Qué diamante? —dijo Uranai Baba, confusa.

—Cayó uno en el centro de la puerta. Empújalo hacia adentro, sólo un poco.

La adivina cumplió la demanda del científico, ingresando al instante la joya. Videl sintió movimiento en la ranura, viendo la piedra de su collar. Gohan extendió su mano con cierto temor, acumulando la suficiente energía para coger aquel diminuto objeto. Con mucho cuidado, lo deslizó contra la puerta, en tanto su novia seguía el recorrido invisible del diamante con una expresión indescifrable.

—Consérvalo, como símbolo de nuestro amor…

—Dice que lo conserves, como símbolo de su amor —repitió Uranai Baba, disimulando su emoción.

¡Increíble! Era la única palabra que Videl podía concebir, al ver avanzar el diamante suspendido en el aire, hasta aterrizar en la palma de su mano. El llanto volvió a hacerse presente… pero esta vez, una radiante sonrisa borraba la desesperanza en la expresión de la muchacha.

¡Gohan había vuelto!

[…]

El eco de las sirenas sonaba por toda la avenida principal de la Capital del Oeste. Los oficiales querían disparar, pero la velocidad del vehículo y aquel ser se lo impedían.

—¡Atención a las unidades! —el conductor del equipo habló por el intercomunicador del auto— ¡Estamos persiguiendo al sospechoso! ¡Hombre rubio, corpulento, 1.90 m., muy veloz! ¡Se está escabullendo por…!

El discurso radial se interrumpió, en el mismo instante que algo golpeaba el capó del automóvil policíaco, haciendo que detenga su marcha repentinamente. El conductor apenas abrió los ojos y pudo ver, tras la quebradiza ventana frontal, la imponente figura de cabello blondo y mirada infernal, que tras un rato de terrorífica observación, marchó hacia una avenida que conectaba con la Calle Zafiro.

—Unidad 7, reportando: el sospechoso… se ha ido… —murmuró débilmente, antes de caer inconsciente.

[…]

El tiempo había corrido rápido. Uranai Baba paseaba en un corto recorrido frente a la ventana del exterior. Piccoro suspiró, inusualmente cansado: algo que le extrañó, siendo tan diferente a los mortales.

Videl tomó asiento, tras avisarle a la policía para que fueran a buscarla: no sabía si Barry vendría, pero prefería prevenir. Mirando su diamante, trató de asimilar cada suceso: el contacto con Gohan, la verdadera historia de su asesinato, el lío en la Convención y el encuentro con el guardián caído, a quien logró ver tras abrirle la puerta a Uranai Baba.

Un hecho que preocupaba en demasía a su difunto novio, pues era consciente de lo que eso significaba.

—Tendrás que disculparme, por lo de Nai Baruba.

—Al menos, el proyecto está en buenas manos —Videl se encogió de hombros, con una ligera sonrisa.

—¿Qué te dijo la policía? —interrogó la adivina, en alusión a su llamada.

—Vendrá a las doce, más o menos —llevó una mano a su frente, algo mareada—. Pero hay algo que no entiendo: ¿por qué puedo ver a ese hombre verde y no a Gohan?

—Mi caso es especial… —acotó Piccoro, ocultando el real motivo de su presencia.

—¿Entonces estás vivo?

—¿No ves que tengo la aureola en la cabeza? —se señaló.

—Tampoco sea tan duro con ella —le reprochó Gohan, de pie junto al mueble más grande.

—Pues dijiste que era lista.

—¡Lo escuchas! —Videl se sorprendió— ¿Por qué yo no?

—¡Rayos! —Piccoro resopló incómodo, dándole la espalda.

—Hay cosas del Otro Mundo que no comprendemos del todo —le explico Uranai Baba—. Por alguna razón, Gohan se cruzó con este fantasma.

—Gracias —ironizó el guardián.

—El señor Piccoro no es un espíritu cualquiera —lo defendió Gohan—. Cuidaba algo… —mencionó, haciendo que el aludido lo mirara de reojo— y sabe a qué me refiero.

—¿Tenemos que hablar de esto? —le contestó, sin notar que la novia de su protegido perdía la ilación de la charla.

—Fue cuando quisieron atacarme en la calle: usted cogió una esfera naranja con algunas estrellas…

—La Esfera del Dragón —lo interrumpió el guardián—. Siete esferas naranjas con estrellas, en total: dicen que puede cumplir cualquier deseo, pero jamás las han reunido, hasta donde sé.

Videl intercambiaba miradas entre el guardián, la adivina y el aire, admirada e intrigada por cada testimonio… excepto los de Gohan, a quien no podía escuchar.

—¿Por eso enviaron a seis guardianes más, con usted? —Gohan finalmente comprendió la historia de su exilio— ¿Eran protectores de…?

—Sí, y están muertos. Por lo tanto, esas esferas también. Soy el único que resguarda la última.

—No puede ser posible —habló la adivina, escéptica por el tema—. Ya oí esa historia antes. Puras leyendas —concluyó, escéptica.

—Lo dice quien estafaba a la gente —replicó Piccoro.

—¡Eso quedó en el pasado! —rabió la anciana, encima de su esfera de cristal.

—¡Bueno, bueno! —Videl trató de calmar los ánimos— No sé de qué hablarán, pero ya entendí que no puedo contactar con Gohan.

—Podrías —aseguró la anciana—, de poseer la suficiente confianza.

—La tengo.

—Hace falta más que ver flotar un diamante.

—¿Entonces pueden decirme dónde está? —frunció el ceño.

—A tu lado, Videl –Gohan se aproximó a ella.

—Está sentado a tu lado —dijo Piccoro, haciéndole una seña a Videl para que mirara el lado izquierdo del mueble.

La joven volteó lentamente, cruzando miradas con su difunto amado.

—¿Puedes sentirme, Gohan?

—Con todo mi corazón… —extendió su mano, traspasando la mano que Videl también había elevado, pese a no verlo.

—Dice que con todo su corazón —repitió Uranai Baba.

El joven científico suspiró: aún no lograba romper la barrera de lo etéreo. Los dedos de la muchacha cruzaban su esencia, sin más contacto que una leve electricidad. Porque ahora Videl sí podía igualar su última sensación con aquel extraño suceso en la Convención. ¡Siempre había estado con ella!

—Daría cualquier cosa por tocarte una vez más, Videl —murmuró el espíritu, nostálgico.

—Gohan dice —la anciana sonrió con tristeza— que desearía tocarte de nuevo.

Piccoro volteó en aquel momento. Ajeno a los humanos, le pareció conmoverse por la tierna escena. Juraba, por el estado de su protegido, que lo vería quebrarse. ¿Por qué se preocupaba por él? Ni siquiera lo pensó: desde ese momento, todo lo que realizaba o estaba a punto de hacer, ya no tenía ninguna lógica.

—Tómame.

—¿Disculpa? —Uranai Baba arqueó las cejas.

—¡A ti no, vieja! ¡A Gohan!

—¿Qué?

—Te puedes materializar en mí. Entra a mi cuerpo, antes de que me arrepienta —bajó la mirada, avergonzado.

El muchacho entendió, tras recordar el caso de Uranai Baba y el espectro de su salón espiritual. Respirando hondo, caminó hasta el guardián y se fusionó con él, provocándole un efímero estertor.

Videl lo vio avanzar hacia ella con lentitud, fijando su mirada en aquellos ojos que no lucían tan fieros como antes. Casi en cámara lenta, la tosca mano de Piccoro tomó las de la joven, haciéndola cerrar los ojos.

Oh… my love, my darling

I've hungered for your touch

A long, lonely time…

Cual hermosa revelación, Videl se mantuvo a ciegas… imaginando, por tal dichosa sensación, a su alma gemela en lugar del guardián. El hombre que había luchado incluso con la propia Muerte, con el único propósito de tenerla a su lado.

And time goes by so slowly

End time can do so much

Are you still mine?

¡Cuánto había ansiado aquel momento! Gohan acentuó el agarre de sus manos y la hizo levantarse, quedando casi al mismo nivel que ella. Por primera vez, desde el día de su muerte, lograba tocar su rostro, causando su más genuina sonrisa.

I need your love

I need your love

God speed your love… to me

Las caricias ya no bastaban. Con todo el valor que podía reunir, Gohan la estrechó entre sus brazos, correspondido por su ternura. Videl reía en silencio, sentía viajar en el paraíso y extendía sus palmas sobre la espalda del joven espíritu, si bien mantenía sus ojos cerrados para no despertar de aquel sueño… ¡pero no era un sueño! ¡Era su más anhelada realidad!

Lonely rivers flow to the sea, to the sea

To the open arms of the sea

Gohan besó su cabello, aspirando el dulce aroma que desprendía. Sentía sus latidos galopar salvajemente. No quería irse, no quería separarse de su mujer. En aquellos segundos, deseaba con toda su alma permanecer junto a ella por la eternidad.

Porque eran dos piezas que calzaban perfectas. Porque eran uno sólo.

Lonely rivers sigh: "Wait for me, wait for me"

I'll be coming home, wait for me…

De pronto, algo extraño hizo reaccionar al espíritu. Estaba siendo el dueño temporal del cuerpo de Piccoro, pero algo parecía no encajar en la situación. Intrigado, Gohan observó a Videl reír extasiada, todavía aferrada a su cuerpo. ¿Por qué tenía la impresión… de ser más de tres?

—Videl… —consiguió murmurar.

Un fuerte golpe en la puerta rompió el mágico hechizo, obligando a Gohan a dejar el cuerpo del guardián. La violencia de su salida lo hizo caer estrepitosamente, mientras Videl y Uranai Baba miraban la puerta.

—¡Videl! —sonó un llamado grave y despectivo— ¡Abre la puerta!

—¡Es Barry! —la joven de ojos azules reconoció su voz.

—Huyan rápido… —rugió Piccoro, en un intento de sobreponerse a la energía que le robó Gohan, por usar su cuerpo.

—¿Piccoro, qué te sucede? —Uranai Baba se asustó.

—¡No te interesa! ¡Váyanse de aquí!

—¡¿Quién está contigo, Videl?! —otro azote más fuerte los alarmó— ¡Maldita sea, déjame pasar!

—¡Sígueme! —la muchacha cargó a la anciana y corrió por las escaleras del segundo piso, rumbo al laboratorio de su difunto novio.

Mientras las mujeres desaparecían del primer piso, un tercer y arrasador golpe destruyó la entrada del apartamento de Videl. Gohan no podía creer lo que estaba viendo: ¡Barry Khan! Su ex socio, convertido en un hombre con traje de gala desgarrado, mayor complexión física, ligeramente más alto y unos terribles ojos rojos encendidos por el odio que lo consumía.

—¡Sal, Videl, o te sacaré a la fuerza! —gritó, rompiendo todo lo que estaba en su camino.

—¿Qué demonios le pasó? —Piccoro trató de levantarse, sin éxito.

Un lejano recuerdo golpeó la mente del científico: la primera vez que se expuso por accidente al D3A7H. Aquella vez, su cuerpo había experimentado mayor fortaleza por unas horas y una efímera mejora en sus heridas. ¿Cómo fue que todo se había salido de control? Tumbado en el suelo, Gohan maldijo su creación.

—El elixir: ¡tomó el D3A7H, esos son sus efectos!

—¡Pues tendrás que hacer algo!

—No puedo… —masculló, luchando por ponerse de pie, para luego caer— ¿qué me pasa, señor Piccoro?

—No debí proponerte usar mi cuerpo… ¡maldición!

El sonido de unos vidrios rompiéndose llamó la atención del desaforado gerente. Con una sonrisa maléfica, avanzó hasta las escaleras, propuesto a ejecutar su venganza.

—¡Videl, no! —Gohan trató de interponerse en su camino, consiguiendo nada más que traspasar su cuerpo.

¡Impotencia! ¡Frustración! Las mismas emociones de los primeros días de su muerte lo embargaron. Su abdomen se apretó ante la idea de ver a Videl y Uranai Baba bajo su merced. ¡No había llegado tan lejos para ello! ¡No lo permitiría! ¡La historia no volvería a repetirse!

[…]

Videl y Uranai Baba llegaron al segundo piso. Aquel que logro desempolvar en la mudanza, para construir con Gohan su laboratorio más preciado. Un lugar sagrado… y ahora una trampa mortal para ella y la adivina. Debía admitir que la extrema seguridad en ese lugar la volvía vulnerable. Mucho más, con un traidor que conocía la casa, tanto como ella.

—¡Sube las escaleras del fondo! ¡Hay un ático oculto! —señaló, mientras colocaba unas barricadas y bajaba las llaves de electricidad, dejando la casa a oscuras.

No tardó en alcanzar a la adivina, comprobando que el reforzar de la entrada había sido en vano: por razones que no entendía, Barry se deshacía de cualquier obstáculo para correr hacia ellas.

—¡Quiero mi proyecto! —volvió a gritar con una voz ronca, lanzando sin éxito varios artefactos hacia ellas.

—¡Videl, deprisa! —gritó la aludida, llena de pavor.

—¡Ven! —Videl logró elevar a Uranai Baba y sacó la escalera de madera que conectaba con el ático.

Ni con su alta estatura, Barry consiguió coger el artefacto, viéndose inalcanzable a ellas por un instante.

—¿Estás bien? —preguntó la anciana, al verla muy agitada.

—¡Claro que no! —Videl se repuso rápidamente y tomó una caja de pernos y tornillos gruesos, lanzándola a su agresor— ¡Te odio, Barry! ¡¿Cómo pudiste hacernos esto, desgraciado?!

La basura metálica cayó en la cara de Barry, sin causarle el menor daño. Espantada, Videl pudo ver cómo las heridas de Barry se regeneraban como efecto de la sustancia ingerida.

—Debiste suponer que este elixir es poderoso —se burló, revelando su tonificante—. ¡Nadie va a salvarte de ésta, Videl! ¡Lo sabes!

—¡Eso veremos!

Sin dar más explicaciones, Videl corrió con Uranai Baba por el ático, mientras sentía cómo algunas vigas que soportaban dicha plataforma eran destrozadas por la fuerza descomunal de Barry. Las dos mujeres no sabían qué hacer: ¡estaban acorraladas! Casi al final del ático improvisado sobre el laboratorio, el soporte venció por el peso de ambas y se desplomó sin remedio.

Muchos artefactos quedaron deshechos bajo los tablones y ni siquiera tal panorama le permitió una tregua a Barry, que caminó entre los escombros, en dirección a la anciana. Al sentir las manos del enloquecido gerente sobre su cuello, Uranai Baba quedó inmóvil: ¡había llegado su hora!

—Dime dónde está el contrato, maldita bruja…

—Yo… no lo tengo… —decía la verdad, ya que el documento se había quedado con Hachi.

—¡Mientes! No… ¡me mientas! —le apuntó una vara de hierro en punta—. ¡Me darás lo que te pido ahora mismo, o si no…!

—¡Te haré tragar el cemento!

Barry reaccionó muy tarde, sintiendo un cuerpo abalanzarse en una lucha sin piedad. La adivina retrocedió sentada, consciente de que Piccoro la había salvado. No obstante, para sorpresa del guardián, sus fuerzas sobrehumanas rivalizaban con el violento potencial de Barry, que había conseguido verlo. Aún no se recuperaba totalmente del ingreso de Gohan a su cuerpo y con cada golpe, su energía se desgastaba con rapidez. ¿Qué le sucedía? ¿Acaso estaba perdiendo su condición de inmortal?

Videl observaba espantada como el compañero de su amado caía preso del poder de Barry, cuyo cuerpo despedía un poco de vapor amarillento. Un impulso desconocido nació de su corazón, aun sabiendo que se arriesgaba… ¡pero no le importaba! ¡No soportaría quedarse sin hacer nada!

—¡Videl, aguarda! —Uranai Baba la quiso detener.

—¡Déjalo en paz! —se lanzó a la espalda del villano, haciendo que retrocediera.

—¡Basta! —quiso deshacerse de su agarre, sin éxito— ¡Suéltame de una vez, Videl!

—¡Nooo…!

Un repentino mareo la distrajo, haciendo que Barry la cogiera de su chaqueta y la sujetara de la cintura, mientras la apuntaba con la misma vara que usó con la adivina.

—¡Si la quieres viva, harás lo que te diga! —la apretó más contra sí, haciéndola gritar— ¡Quiero la firma del proyecto, ahora mismo! ¡Sólo tienes una oportunidad, Gohan! Ella o tu carrera: ¡decide!

La joven de ojos azules sintió una ligera electricidad a su alrededor, al mismo tiempo que la viga de metal era alejada de las manos de su captor. Una fuerte onda invisible la separó del monstruo que fue derribado a la pared opuesta del laboratorio. Con un fuerte rugido, Barry se levantó y expelió más vapor amarillo por sus poros, agravando su carácter violento.

—Son… ¡Son Gohan! —gritó, con los puños apretados por la cólera.

—¡Es ahora, Gohan! —Piccoro advirtió a su protegido— Mira su cuerpo: ¡está eliminando esa cosa!

El joven espíritu comprobó las palabras del guardián, al ver la disminución de sus músculos con cada oleada de gas: ¡el elixir perdía poder! Uranai Baba y Videl se refugiaron en una pared con Piccoro, ocultando la vista ante tanto horror. Sin pensarlo dos veces, Gohan se propuso darle más lucha, para agotarlo más. Con cada golpe, liberaba la furia por su asesinato. Con cada grito, reclamaba justicia. Con cada objeto lanzado, ponía en claro a quién no debió provocar.

Barry empezó a desesperarse, frustrado por su lucha con lo invisible. En un santiamén, su cuerpo convulsionó mientras desechaba la última dosis del D3A7H, retornando a su apariencia normal. Muy exhausto, el gerente cayó de bruces, tratando de relajar su respiración. Desde su sitio, Gohan lo veía con una expresión que se debatía entre la insana satisfacción y la lástima.

Las cosas empeoraron para el traidor, cuando un lejano sonido de sirenas resonaba en los exteriores de la calle. ¡La policía había llegado! Palideció como jamás le había ocurrido en su vida, atinando a tomar su última opción: huir.

—¡Esto no se va a quedar así! —rugió Barry, tan furibundo como agotado— ¡Volveré por ti, Son Gohan! Acabaré contigo, cueste… ¡lo que me cueste!

Sin medir su odio, cogió un colgante de metal y lo lanzó al azar, aprovechando en escapar por una ventana. El joven científico vio el recorrido de aquel objeto: al notar su regreso por la inercia, quedó en completo shock. Poseído por un resquicio de humanidad, Gohan gritó el nombre de quien alguna vez fue su compañero, viendo cómo el colgante rompía los cristales del ventanal. Atorado con unos ganchos, Barry no pudo continuar su escape y gritó asustado, hasta sentir el vidrio atravesar su cuerpo. El espíritu cerró sus ojos, tratando de borrar aquella brutal muerte. Sin embargo, apenas era el tránsito para aquel hombre.

Tal y como le había sucedido a él y Pigero, el alma del ex socio de Gohan salió en total confusión. Lucía impoluto, como antes de la Convención de Ciencia. No obstante, todo lucía distinto para él. ¿Qué había pasado? No comprendía nada… pero poco pudo responder, al hallar al científico que mandó asesinar. ¿Por qué lo veía, si él estaba…?

—¿Gohan? —preguntó, incrédulo.

El aludido sintió el temblor en sus labios, permitiéndose llorar en silencio, mientras sacudía su cabeza.

—Barry… —el joven espíritu retrocedió.

—¿Qué…? —no entendió su reacción.

Una sensación de vacío llenó su ser. No sabía por qué, pero algo lo instó a voltear, quedando completamente paralizado: ¡se contemplaba a sí mismo en el ventanal! ¡Había muerto! El gerente no podía decir nada y volvió a mirar a Gohan, en busca de una explicación.

Ésta jamás llegó… y en pocos segundos, la misma escena de la avenida se repitió. Desde la más profunda oscuridad del laboratorio, los Otros volvieron a aparecer con sus armas, rodeando al reciente espíritu en condena. Gohan retrocedió, tembloroso. Barry quiso huir, pero poco logró ante el inmenso poder del Más Allá. Sus gritos se perdieron en las sombras y cualquier rastro de su existencia desapareció, junto con aquellas criaturas.

El eco de la Muerte fue reemplazado por el silencio del laboratorio destruido. Gohan suspiró, arrepentido de tantas acciones necesarias por su sed de justicia. Todo había terminado… en parte. Acordándose de su novia, caminó lentamente hacia ella y sus amigos.

—¿Están bien? —preguntó, preocupado.

El guardián asintió, junto con la adivina. Por su parte, Videl levantó la cabeza, mirando a su alrededor.

—¿Gohan?

Piccoro y Uranai Baba la miraron extrañados. El aludido arqueó sus cejas, sintiendo el latir de su corazón: ¿había escuchado bien? ¿Acaso…?

—¿Videl? —se dirigió a ella, esperanzado.

—Puedo escucharte… —dijo, sonriente.

Un fino y creciente rayo de luz apareció en una esquina del laboratorio, disipando las tinieblas, mientras la silueta de un joven se manifestaba en toda su plenitud: tras varias semanas de su muerte, finalmente Gohan volvía a adquirir una forma física. La aureola de su cabeza brilló con más intensidad, en compás con el contorno de su cuerpo. Videl no podía decir nada y se puso de pie con sus amigos, asombrada por aquella visión.

Gohan contempló el rayo de luz, sorprendido por el cambio que él y su maestro estaban experimentando, pues Piccoro también brillaba en medio de las mujeres, recuperando su turbante y capa habituales.

—¿Pero qué…? —el guardián se observó.

—Le han dado una segunda oportunidad —concluyó, seguro de que había vuelto al Paraíso.

Piccoro le sonrió a su compañero, mientras la mirada de la joven seguía fija en su amado. Temía que fuera un sueño, quería comprobarlo. Como si ambos se leyeran la mente, Gohan y Videl se acercaron con lentitud. Sus ojos revelaban más de lo que sus palabras expresarían.

—Gohan… —pronunció, en medio de su llanto— ¡Gohan!

Sentirla en carne y hueso fue su redención. Dejando fluir sus emociones, Gohan estrechó a su novia con todo el amor que era capaz de entregarle.

—Ya estoy aquí… —le susurró, lleno de felicidad.

Uranai Baba no pudo evitar conmoverse, disimulando su llanto. Piccoro sólo los observó, tomando la esfera naranja de cuatro estrellas en sus manos: por una vieja historia, sabía que aquellos objetos podían revivir a los muertos. De haber tenido las seis restantes…

—Te están esperando, Gohan… —habló el guardián, resignado.

El joven científico obedeció la orden de su protector y se separó lentamente de su novia, para luego mirar a sus amigos. Aquellos que hicieron posible todo su esfuerzo.

—No te preocupes por Videl, la cuidaremos —dijo la adivina.

—No sé cómo agradecerles. Los voy a extrañar…

—También nosotros —dijo la adivina, en tanto Piccoro asentía—. Eres un gran hombre, Gohan.

El joven espíritu sonrió y volvió a mirar hacia la intensa luz que brillaba. Videl respiró hondo, temerosa de una nueva soledad: no quería separarse de él otra vez. Cuando sintió que Gohan se alejaba, tomó su mano.

—Espera, por favor… —lo hizo voltear.

La contempló en toda su fragilidad, no pudo descifrar con exactitud el intenso brillo de sus ojos zafiro. Gohan sabía que aquel momento llegaría, que sería inevitable… y como único consuelo a su tristeza, elevó su mano hasta la mejilla de Videl.

—Dime qué hago, por favor —masculló Videl, con los ojos humedecidos—. Si te vas de nuevo, yo…

—No digas eso —volvió a abrazarla, en un intento de confortarla—: aún te necesitan aquí, Videl. Tienes que ser fuerte, vivir por quienes te amamos. Promételo… —elevó el rostro de la joven, viéndola asentir.

—Nunca voy a olvidarte, Gohan…

—Tampoco yo. Te amo, Videl… siempre te he amado.

Videl esbozó una gran sonrisa ante la declaración: si Gohan se iba, se encargaría de darle un hermoso recuerdo para la eternidad.

—Lo sé… —contestó, acercándose a sus labios.

Con un beso dulce y pasional, el espíritu y su novia sellaron aquel sentimiento imperecedero, especial. Podían quedarse horas, días, toda una vida… y cuando el momento de la partida llegó, ninguno se sentía mal. La esperanza reinaba en el corazón de Videl. Soltándose de a pocos, la joven liberó las manos de Gohan… aceptando su destino.

—Aquí te esperaré —mencionó el espíritu, extasiado con su propia libertad—. Volveremos a vernos, Videl…

Uranai Baba y Piccoro contemplaron su lenta marcha hacia la luz, hasta que lo vieron voltear por última vez. Aquella sonrisa, única en su novio, quedaría grabada en la memoria de la joven.

—Adiós… —se despidió, para luego ingresar al Paraíso.

—Hasta luego… —concluyó Videl, con lágrimas de emoción.

Porque estaba segura que algún día, en algún lugar, o quizás en otra vida, su amor los volvería a reunir…


N.A.:

¡Hola a todos! ¡Les tengo el último capítulo del fic!

Los finales siempre resultan más difíciles de terminar: bueno, esta vez lo sentí así. Me ha costado un poco atar los cabos y cerrar toda la situación… pero el cariño que le tengo a esta historia me ha dado fuerzas para hacerlo, para todos los que han llegado aquí.

Aquí llegamos a la resolución de todo el drama ejecutado desde el tercer capítulo. Finalmente, Gohan recibe la justicia merecida… aunque el modo cómo llegó a ella no ha sido la más cómoda para los personajes. Y con alguien tan sensible como Gohan, dicha sensación no pasaría a segundo plano.

Es triste verlo marcharse, es complicado decir que merece estar en el Paraíso, en vez de permanecer con su novia… ¡pero no hay que estar tristes! ¡Miren la felicidad que los invade hasta el final, aún con los caprichosos juegos del destino! Gohan y Videl son ese símbolo de amor sincero, eterno y leal. Es algo que se percibe en su relación… y es la razón principal por la que los escogí, para adaptar esta película. Dudo mucho que me haya funcionado con otras parejas… pero no quiero pensarlo. ¡Quedaron fenomenales! :D

Me siento muy feliz por aquella elección y de terminar este proyecto: es un logro personal, como muchos que me he propuesto, que disfruto. Y espero, desde el fondo de mi corazón, que también les haya gustado.

¡Muchísimas gracias por haber seguido este fanfic! ¡Saludos!