Smiles
Disclaimer: Percy Jackson y los olímpicos no me pertenece, es de Rick Riordan.
La convivencia entre las protegidas de Apolo había mejorado con el pasar de los días. Luego de la terrible reprimenda que Rachel le había dado a la menor, logrando que los ojos de ésta escocieran al borde del llanto, Marie había aprendido por las malas que de la misma forma en que la joven la había aceptado podía echarla con sus cosas fuera.
"No olvides que yo soy aún la favorecida de Apolo, si le pido que te vayas y me quedo una o dos semanas extra con tal de no soportarte, te vas. Te irás si yo abro mi hermosa boquita, y estaré feliz de darle el dato a Thalia a ver si cazan también bichos traicioneros como tú."
Esa había sido la principal amenaza de Rachel. Si bien no conocía mucho más del anterior hogar de Marie, y estaba segura que un orfanato no había sido el mejor lugar del mundo, ella había temblado ante la idea de irse. Arrepentida le había pedido perdón, pero Rachel fue inflexible. Normalmente rodaría los ojos y le diría que no lo repitiese, pero debía darle escarmiento si iba a dejarle a ella el puesto. Cuando se era un oráculo se debía inspirar confianza porque las vidas de muchos campistas, tarde o temprano, dependerían de aquello que salga de sus bocas.
Además, había estado muy enfadada y quizá se estaba descargando con ella.
Una semana después de la llegada de Marie ésta salía casi de inmediato cuando Nico aparecía allí, con la boca apretada y un asentimiento. La joven había decidido dejarle a Rachel todo el control hasta que ésta se fuera; una vez que ella contuviese el oráculo podría andar por allí en paz. Mientras tanto, pensó, ella trataría de estrechar los lazos con el resto de los campistas. Marie ya tenía amigos en varias cabañas y cada vez que el hijo de Hades iba de visita, ella desaparecía en alguna de éstas hasta bien entrada la noche.
Una vez que Marie había abandonado la cabaña, Rachel caminó hasta Nico, colocó sus brazos sobre sus hombros y lo besó suavemente en los labios. Habían pasado tres días antes de que regresara de su última incursión en el Inframundo y a la pelirroja los días sin él, y con Marie, se le hacía eternos. Él colocó las manos en sus caderas, apretando levemente, antes de corresponder y alargar el contacto.
No tardaron mucho en sentarse como usualmente hacían entre los cojines esparcidos por el suelo en una de las esquinas de la cabaña. Rachel los había lanzado allí para sentarse en ellos a pintar o leer. Más tarde, los había usado para ver televisión en ellos. Algunos de los almohadones eran tan grandes como el televisor mismo, que era enorme, y otros casi tan pequeños como un gato. Ellos se sentaron y Rachel estiró un brazo por sobre los hombros de Nico y lo dobló para acariciarle el cabello. El efecto era casi inmediato: él se reclinaba y minutos luego cerraba los ojos acostado en su regazo. Ninguno lo decía, pero era lo mejor de sus ratos juntos.
Rachel pasaba sus dedos entre las hebras oscuras y a veces deslizaba sus dedos por el rostro de él; apacible. Mientras lo hacía podía sentir la respiración de Nico relajarse y eso le gustaba. Por lo general Nico estaba siempre en guardia muy tenso y Rachel adoraba el hecho de que él casi se dormía junto a sí porque eso significaba que él confiaba en ella.
— Demoraste, allá abajo. — Comentó.
—Hay muchas cosas por arreglar, Cerberos estaba algo enfermo. — Dijo.
— ¿Los perros del infierno se enferman?
Nico casi rió ante la ocurrencia del comentario, porque luego ella comenzó a compararlo con un veterinario de los infiernos o algo así y deliró al respecto sobre si podría cuidar a la tortuga que se le había muerto en tercer grado por sobrealimentación. Rachel se inclinó y le mordió suavemente la punta de la nariz.
—Y estaba aburrido. — Él dijo. — Nadie lo cuida demasiado, allá abajo.
—Salvo el veterinario de los infiernos, Nico Di Angelo. — Se burló ella inofensivamente. —
¿Noticias de tu padre?
—Quejas sobre muertos que no dejan de llegar, quejas de Perséfone sobre las granadas en su jardín, quejas de Deméter sobre el encierro de su hija y la falta de granos en el jardín del inframundo, quejas de los trabajadores porque… — Nico se detuvo. — Quejas y ya.
—Oh, todo muy bonito y organizado entonces.
—Claro, preciso y luminoso, por supuesto. — Ironizó.
Se levantó a regañadientes de su lugar, con la cabeza descansando sobre los muslos de Rachel, para sentarse de nuevo entre los cojines. Ella lo miró sin decir una palabra, emitiendo una interrogante sólo con su ceño fruncido. La pelirroja estiró los pliegues del vestido veraniego que usaba ese día y gimió suavemente luego de desperezarse un poco. Se había entumecido.
—¿Vamos a caminar? No hay mucho más por hacer. — Ella propuso. — O puedes enseñarme lucha con espada.
Nico se volvió a ella mirándola ligeramente sorprendido. Rachel era la conciliación encarnada y rara vez se inclinaba por algo relacionado a los juegos bélicos o el entrenamiento de los mestizos. Lo poco que sabía sobre ello lo había aprendido en épocas de guerra y por necesidad. Nunca pensó que ella se interesaría por algo como la esgrima.
— ¿Seriamente, dices?
Rachel fingió ofenderse profundamente cuando él preguntó eso. Se levantó, recogiendo sus faldas dramáticamente, y se volvió a él tratando de no reírse.
—Por supuesto que sí ¿Duda de mí, señor Di Angelo?
—Nunca te he visto sostener una espada, Rachel. — Dijo.
Ella caminó hasta él, que se estaba levantando, y robó su espada enganchada entre su pantalón y el cinturón. Nico la miró durante un breve instante de manera fulminante, Rachel le sonrió a pesar de que aquel rostro hubiese intimidado al más experimentado campista. De haber sido cualquier otra persona, se juró él, ya le habría cortado un brazo. Odiaba que le quitaran la espada.
—Te la devolveré, hombre. — Prometió. — Y creo que era así.
Dicho eso tomó la espada por el mango negro y la blandió como recordaba le habían enseñado. Nico la miró y corrigió su postura levantando el brazo de ella y la forma en la que apoyaba sus piernas.
—Distribuye el peso, equilibra tu centro de gravedad.
— ¿Mi qué? — Ella inquirió.
—Centro de gravedad.
Rachel fingió entender lo que eso significaba, pero Nico le explicó de todas formas. Aunque hubiera nacido antes de la segunda guerra mundial, pensó ella, Nico se había informado muy rápidamente. Cuando le tomó las piernas para corregir su nueva postura, Rachel se estremeció por el contacto inesperado de sus manos contra sus pantorrillas.
—Creo que será mejor que vayamos a un campo y que yo me cambie. — Expresó, mientras él se reincorporaba. — Me veo genial con vestido, pero no es lo más apropiado ¿no?
—Concuerdo— Asintió. — Estaré afuera.
Rachel cambió su vestido floral de verano por unos shorts de jean sencillos y una camiseta de tirantes un poco holgada que metió dentro de los bordes de su pantalón. Calzaba sus zapatillas naranjas y ató lo mejor que pudo su cabello rubicundo en una cola alta. No era su vestuario común; era más fácil soltarse un vestido y unas sandalias que ponerse a calzarse jeans y blusas. Además, con el tiempo, le había perdido el gusto a los pantalones.
Salió fuera y siguió a Nico hasta el campo de entrenamiento más cercano luego de conseguirle una espada en la armería. Ella no sabía mucho, pero él se encargó de conseguir una acorde a ella. Si a Rachel le preguntaban, eran todas iguales. Desde que en el campamento se conocía de ellos los ojos los seguían quisquillosamente dónde quiera que fueran. Al principio a la joven debieron observarla dos veces: Rachel no usaba pantalones cortos hacia tanto tiempo que ni recordaba, ni peinaba su cabello más allá de un moño sencillo. Luego de un par de estocadas había resuelto trenzarse el cabello. Se avergonzó del tenue cambio de color entre sus pantorrillas, ligeramente bronceadas, y sus muslos pálidos.
Nico estaba siendo suave con ella, pero Rachel no estaba complacida por ello. Normalmente evitaba el entrenamiento mestizo porque ella no había nacido con esos geniales genes divinos y era básicamente una inútil con las armas. Pero allí estaba ella, tratando de sostener la espada del modo correcto mientras él la golpeaba casi sin fuerza y con movimientos previamente planeados. Rachel estaba sonrojada ante su falta de habilidad.
Pero como buena chica con genes nórmanos, era tozuda como pocas. Jadeó casi sin aire luego de casi media hora de ejercicio y le dio una estocada tan fuerte que Nico trastabilló hacia atrás. Debido a que horas antes habían tenido allí una lucha con bolas de agua, cortesía de los hijos de Hermes, Nico acabó dando un paso el falso en un charco y cayendo de forma ridícula para un semidiós que había rebasado la letal línea de la veintena. Rachel soltó la espada y en lugar de ir en su ayuda, estalló en carcajadas.
No todos los días veía caer al tenebroso hijo de Hades en medio de un charco de lodo en pleno entrenamiento. Fue suficiente aquella risa estridente para que Nico se sintiera avergonzado y se levantara lo más rápido posible; sin decir una palabra. Rachel fue hasta él aún sonriente y lo besó aunque sabía que había gente mirándolos.
— ¿Descansamos? — Propuso, sabiendo que Nico no querría hablar de su patética caída frente a una oráculo inexperta.
— Ajá. — Aceptó, encaminándose hacia el bosque.
Rachel lo siguió conteniendo las risas, jamás pensó que viviría para ver al serio Nico en una situación tan embarazosa. Lo mismo pensaban los pocos campistas que los habían visto entrenar en aquel momento. Lo bueno, pensó Nico, era que ellos creían que lo había hecho a propósito para dejarla ganar ¿Cómo podría Rachel, humana y delgada, tumbarlo a él con años de entrenamiento y guerras encima?
—Vamos, mio caro— Ella lo llamó, caminando detrás de él. —, ha sido un accidente.
Rachel contuvo la risa, pero apretó los labios para ello y su novio lo notició. Enfurruñado por la embarazosa situación que planeaba dejar atrás, llegaron al muelle del campamento. Era un día tranquilo aunque el cálido verano los hubiera dejado atrás. Rachel tenía los días contados antes de abandonar para siempre el campamento. La joven lo alcanzó en el borde del camino de madera sobre la costa y entrelazó sus dedos con los suyos débilmente.
—Voy a extrañar el campamento, en especial este lugar. — Murmuró, endulzando su mirada. — Aquí, mi cabaña, el claro del bosque donde te tomé aquella foto y los campos de fresas en primavera.
—Has vivido aquí muchos años. — Él contestó. — Es natural que te hayas aferrado al lugar.
— ¿Tú te aferraste al Inframundo?
Nico titubeó antes de contestar, buscando las palabras exactas para describir sus sentimientos hacia el infierno en términos griegos. Afianzó el agarre de sus dedos con los de ella.
—No es mi hogar, pero tampoco lo es este.
— ¿Y cuál es tu hogar? ¿No te sentías cómodo allí ni aquí?
La joven esperó pacientemente mientras observaba al cielo cambiar de color, y con él, el reflejo del agua. Los segundos pasaban y Rachel se preguntó a sí misma si quizá se había sobrepasado; era su novia pero no tenía derecho a invadir su fuero interno de ese modo si él no quería compartirlo con ella. Comenzaba a arrepentirse de haber preguntado cuando Nico respondió.
—No tengo un hogar desde hace tanto tiempo que ya ni siquiera lo recuerdo. — Empezó. — El último lugar que sentí como un hogar fue una pequeña casa que teníamos luego de llegar de Italia, con mi madre y Bianca. Luego, nunca me sentí realmente en casa; sólo me adapté.
Ella entendió todo lo que venía detrás de esa confesión; significaban años de soledad y el sentimiento de no pertenecer a ningún lado. Ser siempre una visita sin un lugar fijo al cual volver; saltando de una casa ajena a otra y huyendo cuando comenzaba a sentir que incomodaba para luego regresar de todas maneras. Nico no se había sentido aceptado en el Campamento Mestizo en primer lugar por ser un hijo del dios de la muerte, y luego porque esto significaba afrontarse a la tortura que representaba para él en aquel tiempo su sexualidad confusa. En el Inframundo podía ignorar aquello, pero no había lugar para los vivos en el sitio de los difuntos y deidades. Había sido un constante ir y venir, sintiendo que molestaba a todos porque debían tolerarlo, y sin nadie que le dijera "bienvenido a casa" como se suponía en un hogar.
Nico había estado terriblemente solo, él con sus temores y angustias. Rachel no quería sentir compasión por Di Angelo de modo que lo transformó en una auténtica admiración: Nico era mucho más fuerte de lo que parecía. No estaba segura si alguien más habría podido lidiar con el desamor y la soledad, con sus problemas y negación de sí mismo, durante todos esos años. Nico aún seguía luchando, se recordó, y era digno de admiración por su fortaleza.
—Este se convirtió en mi hogar, porque aquí estaba sola casi todo el tiempo… pero luego de vivir rodeada de falso cariño e interés, la soledad de convierte en un premio y el mejor hogar posible se limita a ti mismo. — Confesó, aferrándose a su brazo como si él fuera a escoltarla. — Está anocheciendo.
—Demos un paseo hasta que sea hora de cenar ¿Te quedarás, verdad?
Cuando el día llegaba a su fin, por lo general, Nico se iba con el sol. Eran escasas las ocasiones en las que estaba para cenar, o se quedaba hasta poco más tarde, pero esa tarde en especial decidió permanecer allí. No había prisas, no era como si tuviera un lugar al cual ansiara regresar. Rachel le sonrió, con algunos rizos que escapan de su trenza francesa, y él pensó que en verdad no quería irse.
Nico no supo identificar la razón de inmediato, pero algo lo llevó a ceder a aquella petición. En primer lugar, era nimia y no le traería complicaciones. Pero por otra parte, pensó, mientras cortaba la carne con los cubiertos luego de la ofrenda a los dioses, el rostro pecoso de Rachel sonriente le había imposibilitado la opción de negarse. Podría haber alegado que tenía cosas que hacer o que lo esperaban en el palacio de su padre, pero no lo había hecho. Estaba comiendo frente a Rachel con la fogata iluminando su melena rojiza acentuando sin necesidad los colores de la misma en cada rizo y ondulación.
Mientras ella conversaba sobre la deliciosa carne que les habían servido, él contempló sus ojos jade arder lentamente por el reflejo de las llamas y su piel sonrosarse.
¿Cómo había llegado él a esos extremos? Incapaz de negársele a una chica, comiendo con ella porque así lo había pedido, hablándole de sus carencias mientras el día moría. Entonces la muchacha tomó su mano por sobre la mesa y lo sacó de su ensimismamiento.
— ¿Me estás escuchando, Nico? Si te aburro me callaré y ya. — Ella dijo, de buen humor.
Nico asintió aunque era mentira y rezó a los dioses por su protección porque se sentía indefenso. Que Eros lo amparase; no sólo le agradaba ella o le atraía, oh, no; él se estaba enamorando.
Gracias por su comentarios a White-spirit-of-darkess, Lupita M, Guest (Por cierto, no veo pulseras rojas aunque todo el mundo parece hacerlo ¿Sos argentina/o también? Digo, por el "tucu") Vivi007, amandacastellanos, readingaddict24, Guest (Ni idea de cómo abreviar Nico/ Rachel ¿Nichel? ¿Raco? ¿Ideas?)
Ojalá les guste, estoy muy feliz de la recibida que ha tenido la historia ¡No estoy loca por pensar que pueden terminar juntos! Soy una nena muy, muy feliz.
