CAPÍTULO 10: ÁNGELES SIN ALAS.

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Castlevania y todos los personajes relacionados con la saga son propiedad de Konami, aunque a mí me encantaría poseer a Alucard :D Este capítulo tiene una escena de sangre y vísceras bastante dura, así que con ojo cuando lo leais. Ha sido escrito en su totalidad con el Carmine Meo de Emma Shapplin en la cadena (raro eso de que haya combinado gore con algo parecido a la ópera, ne?)

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Ana María llevaba ya cinco minutos golpeando incansablemente a los esqueletos, y empezaba a notar como sus ánimos iban cediendo. El fuego que había brillado en la punta de la alabarda se hacía más y más tenue, pero aún así continuaba con la lucha. Ya no quedaban casi esqueletos, aunque los pocos que habían quedado por su lado habían logrado ponerse a su espalda, con lo que había tenido que girar, y no tenía mucha idea de como estaba haciéndolo Alucard. Lanzó un golpe, y derribó a dos de los tres esqueletos que le quedaban. Sin embargo, no logró reaccionar a tiempo, y una garra huesuda se cerró sobre su antebrazo.

-¡Mier...!- iba a exclamar, pero la palabra se quedó a la mitad cuando un certero golpe que combinaba un puño enguantado con una empuñadura de espada bastante aparatosa envió la cabeza del esqueleto al otro lado de la sala. El resto del no-muerto se derrumbó en un montoncito de huesos.

Ana María observó primero los huesos a su lado y luego alzó la vista, con una sonrisa en los labios.

-Gracias. Me alegro de ver que estás bien.

Alucard hizo un ligero asentimiento que valía como contestación a las dos frases de Ana María. La joven española se sentó en el suelo para tomarse un descanso.

-No sabía que esto fuese tan agotador- musitó ella-. Solo he parado de pelear y correr para caerme inconsciente.

El dhampir puso una rodilla en tierra a su lado y se dedicó a examinar a su compañera en busca de heridas graves. Frunció ligeramente el ceño cuando observó la sangre seca en la oreja y se volvió.

-¿Estás segura de que estás bien?- preguntó él, en un tono de voz deliberadamente bajo.

-Sí, tranquilo, estoy bien. Solo tengo ganas de irme de este infierno.

Alucard tenía que admitir que comprendía como se sentía la chica. Aquel lugar ponía a prueba no solo todas las habilidades del cazador, sino también su resistencia y su cordura. El dhampir se puso en pie y le tendió una mano a Ana María. Esta aceptó la ayuda con una silenciosa y cansada sonrisa y se puso en pie, agarrando fuertemente la alabarda. Por un momento pensó que se iba a caer y se iba a dar de boca contra el suelo, pero tuvo la suficiente presencia de ánimo para colocar usar la Lanza de Brujas a modo de báculo para apoyarse.

"Bonito servicio le estoy haciendo a esta leyenda viva, ¿no?" pensó ella sarcásticamente a pesar de su estado de ánimo.

-¿Y Van Helsing y Morris?- interrogó ella.

Alucard sacudió la cabeza.

-No lo sé.

-Espero que estén bien. ¿Nos vamos ya de este sitio, por favor?

-Sigueme- contestó él con un asentimiento.

Y así, con Alucard abriendo la marcha y Ana María siguiéndole, los dos cazadores empezaron a subir las escaleras. Alucard ya había estado allí, y podía orientarse al fin en aquel laberíntico castillo. Entre eso y encontrar que su compañera no estaba gravemente herida le alivió bastante. Fuera de que estuviera agotada, no había perdido nada del espíritu combativo que parecía caracterizarla. Al parecer, Van Helsing había hecho pleno con ella.

Por su parte, Ana María también se sentía bastante aliviada. No era solo que ahora tenía compañía, sino que además contaba con el mejor guía que podía esperar en aquel laberinto de pasillos y escaleras. A fin de cuentas, Alucard conocía ese lugar muchísimo mejor que ella.

Pronto estuvieron subiendo a nivel del suelo del peñasco sobre el que se alzaba el castillo. Las escaleras por las que habían subido desembocaban en una sala relativamente grande, y tétricamente almueblada, al gusto del dueño. Algunos candeleros en las paredes a intervalos regulares impedían que una oscuridad total reinara en la sala. Ana María sintió un escalofrío, y por instinto se pegó más a Alucard, delante de ella. El dhampir miró por encima de su hombro para asegurarse de que todo iba bien con la joven mujer antes de dar un par de pasos dentro de la sala.

Apenas se hubo separado de ella un metro, escuchó el sonido de un cuerpo al caer al suelo.

-¿Ana?- preguntó, volviendose.

La española estaba tendida en el suelo, en posición fetal. De una zancada estuvo a su lado, y se arrodilló junto a ella, girando su cuerpo con delicadeza. Ana María tenía los ojos cerrados y la respiración regular, tranquila y profunda.

"¿Dormida?"

Aquello puso en guardia a Alucard. Ana estaba agotada, eso lo sabía. Pero... ¿quedarse dormida sin ni siquiera lanzar un bostezo a medio camino? Eso no era natural. ¿Pero quién...?

-Hora de dormir, caballero de brillante armadura...- dijo una voz femenina detrás de él. Antes siquiera de que Alucard se volviera para encarar a su adversario, se sintió cayendo en un profundo sueño.

Lo último que escuchó antes de perder la consciencia fue el sonido de su propio cuerpo cayendo al suelo, y parecía muy, muy lejano.

**********

Ana miró a su alrededor, aterrada. Lo último que recordaba era que Alucard había echado a andar por delante de ella, y ella había ido a seguirle cuando sus piernas fallaron y sus ojos se cerraron, enviándola a aquel mundo de sueños. Porque aquello era un sueño, ¿verdad? De pronto se sentía como Segismundo, sin saber que era real y que era sueño. Ahora estaba en un pueblo de la centroeuropa medieval, quizás la propia Bistrizt. Era de noche, pero un fuerte resplandor rojizo iluminaba alguna de las fachadas.

"Fuego..." pensó, y se giró.

Se encontró mirando a la plaza principal del pueblo, y sintió como su estomago se revolvía, horrorizado. Estaba asistiendo a la quema de una bruja. El fuego empezaba a crecer lentamente, aunque todavía no había llegado a lamer los pies de la mujer atada a un poste por encima de la hogera preparada. E incluso desde aquella distancia, Ana María comprobó con horror que aquella mujer que estaba a punto de arder era sorprendentemente parecida a Alucard.

Sin pensarselo dos veces, y con su alabarda en la mano, Ana empezó a abrirse paso hacia la hoguera a empellones, quitando a gente de en medio. No parecía que esta gente se sintiera molesta o intimidada por su presencia, ya que todos tenían la vista fija en la hoguera, como si ella no estuviera realmente allí. Por fin, la joven española logró alcanzar la primera fila del circulo que rodeaba el desagradable espectáculo, y su corazón dio un segundo vuelco cuando vio la escena que se estaba representando justo delante de ella.

Alucard estaba justo frente a la hoguera, incapaz de moverse. No podía ni acercarse ni alejarse. Simplemente miraba la figura atada sobre el rugiente fuego que empezaba a crecer y a crecer en busca de más combustible que lo alimentara. La hermosa mujer, vestida con un vestido negro, miraba al dhampir frente a ella con una expresión extraña, como de... ¿severidad?... en el rostro. Era realmente hermosa, como lo era Alucard, pero había algo en esa belleza que hacía que Ana María se sintiera incomoda, como si no fuera de verdad. Era la sensación que tenía cuando veía algo fuera de lugar. Sin embargo, aquel rostro hacía que se mantuviera atrás, sin moverse.

-Escuchame, hijo- dijo de pronto la mujer, su voz alzandose por encima de las llamas para dirigirse a Alucard. Ana María no se sorprendió demasiado de saber que aquella mujer era la madre de Alucard. ¿Era aquello una visión del pasado de su compañero de desventuras?-. Los hombres son la causa de esto. ¡Destruyelos! ¡Haz que paguen por sus errores! ¡Todos ellos! Haz lo que te pide tu madre. Se que eres capaz de ello.

Ana dio un soberano respingo. ¡Aquello no era posible! No podía creerselo. ¿Tanto odio sentía la madre de Alucard hacia sus congéneres que le pedía a su hijo que acabara con todos? Pero había algo que no cuadraba en aquello. Si era realmente el pasado, ¿no habría seguido Alucard el último deseo de su madre? Pero Alucard estaba luchando codo con codo con ella, Samuel y Van Helsing, ¿no?

Como si aquello la liberara de un hechizo, dio un paso hacia delante.

-¡Alucard!- llamó-. ¡No la escuches!- añadió, sin saber realmente lo que estaba diciendo.

El dhampir se volvió y dirigió sus ojos grises hacia ella. La miró primero con recelo, y luego con sorpresa, como si acabara de reconocerla.

-¿Ana?

La aludida lanzó un suspiro de alivio y asintió. Por un momento había temido que su compañero se volviera contra ella o algo del estilo. Alucard se giró hacia la mujer que estaba atada en el poste por encima de las llamas.

-Si no caí la primera vez, era inutil intentar este truco la segunda, demonio.

La mujer lanzó una carcajada que retumbó como si estuviera multiplicada y magnificada por cientos de ecos. Todo se volvió negro alrededor de los dos cazadores de vampiros, y la risa femenina se convirtió en una carcajada masculina, antes de que los dos volvieran a caer en un mundo de sueños.

**********

No era un castillo, ni el pueblo en el que se había criado, pero tenía un aire que, aunque no era igual, sí parecía similar. Alucard llegó pronto a la conclusión de que aquello era una iglesia.

Vio el escritorio frente a él, y dio un paso atrás. El cuerpo de un hombre, vestido con un traje muy similar a los que Van Helsing solía utilizar estaba tendido sobre el mueble, una enorme espada atravesándole el pecho. El rostro generalmente impasible del dhampir se torció en una mueca de disgusto. Sangre cubría la pared tras el hombre sin cara. Apartó la vista, intentando encontrar a Ana. Sabía ya en qué trampa habían caido, teniendo en cuenta lo que había visto solo unos instantes atrás.

Pesadillas. Recuerdos amargos que su mente intentaba dejar a un lado, solo volviendo cuando era necesario, y transformados en algo diferente cuando era necesario.

Volvió a mirar al hombre caido. ¿Eran esas las pesadillas que plagaban la mente de Ana?

Un grito de terror cortó el hilo de los pensamientos de Alucard. Era Ana María. Sin perder más tiempo, corrió en la dirección de la que había surgido el grito. No estaba demasiado lejos, y Alucard llegó sin más dilación.

Se podía decir que el dhampir tenía un aguante psicológico fuera de lo normal. Cosas que habría hecho a los humanos reaccionar de alguna manera u otra a él le dejaban impávido. Pero lo que tenía delante era demasiado fuerte incluso para una persona preparada.

Lo cierto y verdad era que, desde su posición, Alucard apenas distinguía toda la sala, pero sí lo suficiente como para comprender por qué aquello eran pesadillas. En aquella habitación, parcialmente tapada por las dos personas que se encontraban al lado de Ana María, que estaba en el suelo arrodillada, como si quisiera vomitar, se encontraban dos hombres... o lo que quedaba de ellos. Uno había sido desmembrado de una manera lo más dolorosa posible. El otro estaba colgado en la pared, con los brazos en cruz. Unas palabras que no era capaz de traducir estaban escritas en sangre por encima del cuerpo de la víctima crucificada. Si se prestaba buena atención, se podía comprobar que sus intestinos no estaban precisamente en su sitio. No veía el suelo, pero la parte más baja de las paredes estaba cubierta de roja sangre.

Alucard podía ser todo lo estable e inmutable que quisiera, pero aquello era peor que cualquiera de las pesadillas que hubiera podido tener en su vida. Apartó la vista y la dirigió hacia las dos personas que estaban al lado de la sollozante Ana María.

Eran un par de chicos, más jovenes incluso que ella. Un chico y una chica. La chica parecía no moverse, fascinada por el repugnante espectáculo, mientras que el chico se estaba volviendo hacia la española, alzando una mano...

Garras.

Ana era incapaz de notar el peligro en su estado, pero su compañero, más atrás, sí había detectado lo que estaba sucediendo, y saltó como un resorte, corriendo hacia ella.

El demonio con forma de hombre estaba ya bajando las garras hacia su compañera, así que Alucard actuó casi instintivamente.

Con toda la fuerza que fue capaz de convocar, golpeó en la cara del demonio con su escudo.

El demonio lanzó un grito de dolor y furia, lo que hizo que Ana María alzara la vista y sus ojos se encontraran con los grises iris a los que se había acabado acostumbrando. Aquellos iris lograron que, por fin, la inexperta cazadora reaccionara, cogiendo su alabarda, y se encarara a la que había creido su amiga en Alemania, golpeandola con fuerza en el estomago antes de que pudiera abalanzarse sobre Alucard, quien estaba concentrando sus fuerzas en derrotar al que había asumido la forma del otro compañero de Ana en aquella pesadilla-recuerdo.

Alucard tenía un nombre para la demonio-hembra. Era un súcubo. Ya se había enfrentado a uno de sus congeneres tiempo atrás. El otro, aquel con el que se estaba enfrentando, era la contrapartida del súcubo, un íncubo. Probablemente los dos se hubieran aliado para enfrentarse con ellos dado a que los íncubos tenían más facilidad para engañar y hechizar a las mujeres, cuando los súcubos eran especialistas en hacer caer a sus pies a los hombres. Quizás eso ahora les estuviese dando ventaja, puesto que cada uno se estaba enfrentando al demonio del mismo sexo, con lo que no les podían afectar con ilusiones de la misma manera.

La pelea resultaba más difícil para los demonios que para sus adversarios. El escenario que habían elegido para el combate era de lo más incómodo: un extrecho pasillo que no les permitía volar ni abrir las alas. Ana María, con la Lanza de Brujas llameando con una especial fuerza, quizás por sentirse acorralada en aquel lugar horrible fruto de sus pesadillas y recuerdos, lanzaba tajos como mejor podía. Sus ojos parecían idos, sus profundidades de zafiro ardiendo con un fuego similar al de la locura. La súcubo reculaba, intentando apartar el arma con sus manos en forma de garra. Pero no había forma de quitarse de encima a aquella mujer. Cuando por fin llegó a un espacio medianamente abierto ya no podía volar. Ana había herido sus alas lo suficiente como para que estas no pudieran soportar el peso del súcubo. Esta se mantuvo a la defensiva, intentando defender el centro vital.

El íncubo también había aprendido a temer a su adversario, aunque los ojos de Alucard fueran, como siempre, claros pozos de hielo gris. Mientras que la súcubo había huido en dirección a la salida, el íncubo se había visto obligado a entrar en la habitación de la matanza de los recuerdos de Ana, la cual era relativamente pequeña y, aunque le hubiera permitido volar, no dejaba espacio para maniobra aerea ninguna. Esta vez el fallo táctico había sido de los sonados, y el dhampir lo estaba aprovechando, lanzando tajos que herían a su adversario. No tenía prisa. Iba a hacerle pagar todas y cada una de las malas pasadas que les había hecho a él y a su compañera, con intereses.

Por un momento Alucard bajó la guardia, y el íncubo lanzó un grito de triunfo mientras lanzaba sus garras hacia el corazón de su adversario, y tras ellas todo su cuerpo para imprimirle inercia a un movimiento a todas luces desesperado. Era lo que el dhampir había esperado, puesto que esquivó con facilidad las dos manos en forma de garra. Una de ellas se deslizó limpiamente sobre la superficie cóncava del escudo, y el demonio, perdido su equilibrio, cayó hacia delante. Alucard no dudó ni un instante en bajar su espada en horizontal, clavándola en el cuerpo de su adversario. El íncubo, con un último chillido de dolor y terror, se esfumó en una neblina, de vuelta al infierno del que salió. Una vez seguro de que su enemigo no iba a volver, el dhampir salió a la carrera para encontrar a su compañera.

Los brazos del súcubo tenían cortes realmente serios. La demonio estaba desesperada, no sabiendo muy bien que hacer. A diferencia de los íncubos, los súcubos pueden llegar incluso a engañar a mujeres, pero a ella no le era posible hacer nada. Fuera lo que fuera lo que hubiera en la mente de aquella humana, estaba demasiado nublado por una furia ciega y un terror puro. Ana alzó su alabarda tanto como pudo hacia arriba y hacia la derecha. en aquellos momentos, era la tigresa acorralada y herida con la que, días antes, Van Helsing la había comparado. Con la rapidez que le daba el propio impulso de los brazos a la alabarda, más el que le daba la fuerza de la gravedad, el arma cayó sobre el súcubo. El tajo abrió una enorme herida en el vientre de la diablesa, que auyó de dolor y de rabia. Extendió sus dedos como garras y los cerró sobre la garganta de Ana María antes de que esta pudiera rematar su labor, alzándola del suelo.

La joven española pronto encontró dificultades para respirar, mientras sus manos se cerraban sobre las garras que intentaban arrancarle la vida. Pero la rabia había superado a la razón, y lo que la estaba manejando era el instinto de supervivencia propio de los humanos. Con toda la fuerza que podía utilizar, y que no era poca porque estaba multiplicada por la furia, Ana lanzó una patada que hizo colisión con la herida abierta del súcubo. Un nuevo aullido de dolor se pudo escuchar, y la joven española aterrizó en el suelo con una perfección felina. Agarró su arma y, con la misma rapidez con la que se había producido sus ataques desde el comienzo de aquella batalla, alzó la punta, atravesando el pecho del demonio.

Al igual que su compañero, el súcubo se desvaneció en una neblina.

Apenas los últimos jirones de humo se desvaneciero, los dos se vieron arrojados violentamente de nuevo a la consciencia.

**********

Alucard se levantó y se llevó una mano a la cabeza. Dolía como mil demonios, aunque sabía que no tardaría en pasar. Había otra cosa que le preocupaba. Se giró para ver si su compañera estaba despierta, y se encontró con que se había encogido aún más y sollozaba. Él no dijo nada, solo colocó una mano enguantada sobre el hombro de ella, y Ana alzó sus ojos zafiro hacia los grises de su compañero.

En los de ella había miedo, en la más pura de sus formas.

Ana María emitió un murmullo, e incluso teniendo en cuenta lo afinado que era su oido, a Alucard le resultó difícil entender lo que estaba diciendo.

-¿Puedes sentarte?- preguntó él.

Ella asintió y se irguió, con todo su cuerpo temblando de arriba a abajo.

-¿Qué... qué era eso?- preguntó ella-. Me devolvieron a...- pero no acabó la frase.

-Un súcubo y un íncubo- explicó Alucard, en su tono de voz habitual-. Pueden dormir a otros seres y llevarlos a una pesadilla. Aquello que más les haga sufrir...

-Lo que te mostraron... ¿Era tu pasado?

Alucard sacudió la cabeza en una negativa.

-Lo parece, pero no.

-Tu madre nunca diría algo tan horrible, ¿no? ¿Murió realmente así?

Alucard bajó la vista, y a Ana aquello le valió como respuesta.

-Lo siento.

Una vez más, el dhampir negó con la cabeza.

-No es culpa tuya- hubo una pausa, antes de que finalmente continuara-. En cuanto a ti...

Ana cerró los ojos.

-Sí, es mi pasado- dijo ella-. Al menos, parte de él. Van Helsing sabe lo que ocurrió en realidad, debe ser el único de toda Alemania que lo sabe.

Hubo una larga pausa, en la que Alucard estaba esperando a que ella continuara y Ana María esperaba que aquel hombre impasible frente a ella dijera algo. Cuando comprendió que él no pronunciaría palabra hasta que ella terminara su historia, comenzó:

-Hace cosa de un par de meses, un tipo de una agencia de seguros me contrató para investigar una muerte en Alemania. Era un arqueólogo famoso, y la póliza de su seguro de vida era de infarto. Tan alta que, en caso de que se cobrara en su totalidad, arruinaría a la compañía. El seguro, sin embargo, se anulaba en caso de asesinato. Yo tenía que probar que aquella muerte era un homicidio, y para ello me enviaron allí.

¡Oh, la muerte era sin duda un asesinato! Yo no conozco a nadie a quien le haya implosionado el cuerpo de manera natural, y menos aún por accidente. Lo que nadie nos dijo es que nos ibamos a encontrar con alguien así. Hasta aquel entonces no creía en vampiros. Todo tenía que tener una explicación racional y científica. Pero aquel tipo se escapaba de todos nuestros conceptos de ser humano.

Nos atacó dos veces. En la primera logramos escapar solo porque conseguí acertarle en pleno pecho con un disparo y le tiré al suelo. Pero seguía vivo. Pensamos que llevaba un chaleco antibalas, y que por eso no le había pasado nada, pero...

Más tarde, investigando lo sucedido en el museo en el que había muerto el arqueologo, fuimos a casa del celador... Forzamos la puerta para entrar, porque nadie respondía a nuestras llamadas. Los encontramos muertos a él y a su mujer. Despedazados e irreconocibles, como si una bestia se hubiera ensañado con ellos. La escena era horrible. Volvimos al museo para comentarle nuestros descubrimientos al director, y exigimos echarle un vistazo a los objetos del inventario del profesor.

Cuando volvimos del sótano... Y subimos al despacho... Nos encontramos con... esa escena.

Ana se detuvo un momento para tomar aire y tranquilizarse. El rememorar aquello hacía que tuviera ganas de ponerse a chillar como una histérica.

-Bajamos para perseguirle. Teniamos que capturarle, o nos acusarían a nosotros. Solo había un sitio en el que podía ocultarse, y ese era una sala que estaba en el ábside de la iglesia, y que estaba cerrada al público. Estaba llena de objetos para cazar vampiros... Y él estaba allí. Nos dijo que era un vampiro, y nos lo demostró también... Cerró la puerta por la que ibamos a huir y nos atacó.

No recuerdo muy bien la pelea. Solo sé que tenía agarrada a mi compañera, y que yo estaba intentando que la soltara, a base de darle puñetazos. Mandó al chico volando contra unas sillas de un manotazo... Era terriblemente fuerte. En un momento dado la soltó y los tres salimos corriendo... Pero no iba a dejarnos escapar. Entonces, mi compañero cogió un kukri y...- una pausa, mientras Ana sacudía la cabeza-, le decapitó.

Nos inventamos una historia para explicar lo sucedido sin que nos creyeran locos ni nos acusaran. Cerraron el caso, la agencia de seguros pareció encantada con el resultado, y yo me llevé una buena tajada. Pero desde entonces... Las pesadillas...

Y se quedó silenciosa, sin decir nada más. Alucard observó a la joven, entre sorprendido y horrorizado, dentro de lo que podía estarlo Alucard. Había visto y escuchado cosas que helaban la sangre al más pintado, pero lo que ella le había contado habría vuelto loco a cualquier persona que lo hubiera presenciado. No solo era impresionante la horrible historia, sino la fuerza de caracter de la mujer que la había vivido.

El dhampir se puso de pie y le tendió una mano a Ana María.

-Vamonos de aquí. Cuando acabemos, tu sueño será mucho más tranquilo.

La española le miró con sorpresa. Alucard estaba sonriendo. No era una gran sonrisa, pero sí una que tranquilizaba y hacía que sus frías facciones se suavizaran hasta darle un aspecto casi infantil. Todavía alucinada por el giro que habían tomado las cosas, tomó la mano de su compañero, que tiró de ella para ponerla en pie. Pero, antes de que pudiera reaccionar, ella le abrazó. Ahora era el turno de Alucard para estar sorprendido.

-Gracias...- musitó ella antes de separarse-. Gracias por todo. ¿Vamos?

El dhampir, una vez recuperada la compostura, algo más despacio de lo que a él le hubiera gustado, dicho fuera de paso, asintió y abrió la marcha. Se dirigieron al otro extremo de la sala, dónde estaba la puerta de salida, y Alucard la abrió...

Justo para ver pasar delante de él un cuerpo balanceándose en un látigo y estampándose contra la pared de la esquina del pasillo, a poca distancia de la puerta.

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NOTAS DE LA AUTORA: Estaba escribiendo la parte en la que Alucard y Ana están atrapados en la pesadilla de ella, y estaba flipando con lo gore que es la escena de la sala con los dos guardias. Cuando me lo imaginaba era fuerte, pero así descrito es horroroso. Esto no es para estómagos delicados. El súcubo es uno de los enemigos del Castlevania de PSX, mientras que el íncubo, una vez más, es cosecha propia mía. Lo cierto y verdad es que son diferentes de como se supone que son los súcubos y los íncubos, pero no me voy a meter en aventuras con ellos. La historia de Ana María sale de la partida de Ragnarok en la que ella estaba, con la diferencia de que la partida de Ragnarok está por acabar. La tirada de frialdad de la escena de la pesadilla tenía un nivel de susto.

En el siguiente capítulo, Van Helsing y Morris siguen en busca de las escaleras.