Tengo tantos derechos sobre estos personajes, como tengo derechos sobre Darren Criss. Sí, la tragedia se cuenta sola xD. Como siempre, esto es solo parte de mi imaginación ;)


CAPITULO DEDICADO A USTEDES VALIENTES HERMANAS SEBLAINERS QUE NO ME MATARON ANTES DE TIEMPO ¡


Capítulo 10. Mon amour…

Blaine miraba el horizonte como deseando perderse en él. La inmensidad de las aguas mansas y grises de la madrugada que golpeaban con desgana los bordes de la ciudad se reflejaban en sus pupilas color avellana que veían, pero en realidad no miraban nada. Su cuerpo estaba ahí frente a la oscuridad de Nueva York, sus labios no proferían palabra. Estaba ahí sin estar, a pesar de que el otro joven a su lado seguía mirándolo con sus ojos azules que cuestionaban todo sin atreverse a decir nada. Había tratado de que Blaine le dijera algo sin conseguir más que ese hosco silencio. Kurt suspiró sin dejar de mirar al otro chico, quizá, sólo quizá, si sus pupilas azules seguían mirándolo, Blaine recordaría que estaban ahí, que a pesar de todo seguían en aquel lugar los dos juntos, juntos como no habían vuelto a estar desde hacía un montón de tiempo.

Pero Blaine se sentía nada y nada era. Porque su cuerpo estaba ahí, en ese sitio, pero su corazón se había quedado abrazado a los ojos verdes de Sebastian Smythe que le habían regalado aquella última mirada confundida y sabía muy bien que sólo había una opción para recuperarlo: volver a él, volver a él y arriesgarse a creer de nuevo en aquel amor sublime y maravilloso que por tan pocos días había iluminado su vida haciéndole sentirse el mejor ser humano del planeta entero. Pero no era eso, jamás lo sería. Él sólo era un obstáculo en la vida del joven Smythe, un maldito cobarde que por ese miedo que después de muchas caricias aún seguía carcomiendo sus entrañas había perdido lo que más amaba. Y es que Blaine pensaba que ese miedo estaría ahí por siempre. Ese miedo era parte de él. Ese miedo era él mismo.

El cuerpo delgado de Blaine se estremeció de pronto cuando una ráfaga de viento polar sopló desde el norte trayéndole el recordatorio de que aquel día era la víspera de navidad. Algo dentro del corazón del joven se rompió al pensar en ello y es que en aquel momento su corazón era tan frágil como la capa de hielo que cubría el pavimento. Incluso aquella ráfaga helada le traía la sensación de lo definitiva que había sido su decisión de escapar lejos de Sebastian porque escapar era lo que estaba haciendo.

Y por ello, de pronto todas las promesas del futuro lejano y del inmediato estaban ahí. En las aguas oscuras del mar helado Blaine pudo ver que se dibujaban las escenas de lo que ya no sería. Podía mirar los ojos verdes de Sebastian brillando al describir aquella cena tradicional que quería tener con él. El joven Smythe llevaba semanas investigando acerca del tema, había convencido a Blaine de que él sería capaz de cocinar si se esforzaba lo suficiente y como si el trabajo de la oficina fuera poco, Sebastian había estado tomando un curso de cocina navideña tan sólo para cumplir aquella promesa de que aquel año, los dos, él y Blaine tendrían la mejor navidad del mundo.

Los dientes del pelinegro rechinaron al sentir que su corazón volvía a partirse en mil pedazos. Nada de aquello sería posible ya. No vería a Sebastian presumiendo la comida que había preparado, no vería la sonrisa de eterna felicidad que el joven Smythe le regalaba cuando Blaine admitía que él era lo mejor del mundo. La larga plática que sucedería a la cena tampoco sería posible, así como tampoco sería posible usar suéteres navideños a juego, ni cantar villancicos, ni acostarse los dos debajo del árbol contemplando la cálida alegría de las luces de colores que brillarían sobre sus rostros. Aquello se perdería en la nada como el corazón de Blaine. Porque alguien como él no tenía derecho a sentir que era algo y Sebastian, Sebastian Smythe le había hecho sentirse como un todo, como nunca nadie más volvería a hacerle sentir.

El viento sopló de nuevo y el joven Anderson no pudo evitar soltar una queda expresión de abatimiento, como si el gélido soplo que acarició su piel lo hubiera roto por fin dejándolo en el suelo convertido en finos copos de nieve que se derretirían tarde o temprano. Sebastian… ¿Por qué él no podía ser suficiente para Sebastian? ¿Por qué su miedo era más grande que el amor y el deseo de entregarse completamente a él? ¿Por qué, por qué aquel hombre que lo había atacado siendo un niño le había robado algo más que la inocencia? Porque aquel desgraciado se había llevado también todo su valor, toda su seguridad. Con aquel ataque, Blaine también había perdido ahora la oportunidad de amar y ser amado.

El joven tembló al pronunciar en su mente aquella sentencia y el frio se metió en su corazón con más fuerza, helándolo por completo, cubriéndolo de pies a cabeza. Pero en ese justo instante, ese momento en el que todo parece derrumbarse por completo una extraña calidez lo envolvió. Por un momento, Blaine creyó que se trataba de un absurdo milagro pues de verdad hacía frío y prueba de ello era la nube blanca de aliento congelado que escapaba de sus labios con cada nueva respiración o suspiro, pero no. Aquella calidez era real, aquella calidez lo rodeaba y le recordaba que no todo en el mundo es frío, que a veces, si tienes suerte, alguien pude convertirse en un sol particular. Sebastian había sido eso para él, Siempre cálido, siempre dispuesto a recordarle virtudes que Blaine ni siquiera sabía que tenía. Sebastian, su Sebastian, él siempre había alejado el frío, él se había llevado todas las sombras.

¿Dónde estaba ahora él? ¿Se habría dio con Hunter después de todo? ¿Estaría extrañándolo? ¿También él sentía frío y ese estúpidamente doloroso hueco en su corazón? ¿Lo seguiría buscando? ¿Lo querría de vuelta a pesar de que lo que Hunter había dicho era cierto?

¿Dónde estás Sebastian? ¿Por qué no fuiste tú quien me detuvo? ¿Por qué la persona que me sostiene ahora no me hace sentir lo mismo que me hacías sentir tú? ¿Por qué su fragancia no es tan fresca y seductora como la tuya? ¿Por qué mi corazón no late como lo hace cuando tú me miras? Porque puedes hacer que mi corazón explote de alegría incluso cuando no me tocas, porque tú puedes acariciar mi alma con tu sonrisa ¿Te perdí, Sebastian? ¿Aquí se termina esta historia? ¿No volverás a ser tú quien me abrace así, quien me sonría del modo en el que tú lo haces, quien me bese de ese modo dulce y suave que me hace olvidar hasta mi nombre? ¿Dónde estás Sebastian? ¿Dónde estoy yo?

La calidez que lo sostenía pareció aferrarse a él con más fuerza cuando otra nueva ráfaga de viento lo golpeó y fue entonces cuando Blaine se dio cuenta de que aquel calor provenía del cuerpo de Kurt Hummel. La piel del muchacho se tensó al descubrir aquel hecho pero no hizo nada por soltarse. Kurt había empezado a susurrar su nombre desde hacía rato y Blaine apenas había empezado a escucharlo.

Así que, como si estuviera terminando de levantarse después de un sueño muy largo y doloroso, los ojos color avellana de Blaine se elevaron hacia el rostro de mejillas sonrojadas por el frío de Kurt. El joven de los ojos azules recibió aquella mirada sin miedo y a pesar de todo, logró sonreír sin importarle que Blaine fuera incapaz de devolverle la sonrisa.

-Creo que debemos ir a otro sitio, Blaine- dijo el joven con calma- no tardará en amanecer y el frío será mil veces más intenso, ¿Te parece si volvemos a casa?

El joven Anderson no contestó. Él sabía que Kurt tenía razón pero no quería estar en un sitio donde alguien pudiera encontrarlo y el cuartel general de A beautiful mess era el lugar más obvio de la tierra para empezar a buscarlo. No. el frío no importaba, no quería ir a ningún lado. Sólo quería que nadie lo encontrara, al menos eso era lo que estaba intentando creer: que no quería que Sebastian fuera por él, que no estaba deseando con todas las fuerzas de su corazón que el joven Smythe lo hallara y que aquella sentencia definitiva del no ser, de lo que no existiría, se fuera para siempre y dejara en paz a su corazón…

-¿Podemos quedarnos un momento más?- dijo Blaine con labios temblorosos- por favor Kurt, no tengo frio.

Kurt suspiró con un poco de desgana pero asintió porque la verdad no se le ocurría ninguna idea y además, tener a Blaine en sus brazos tampoco le molestaba mucho. El joven de los ojos azules suspiró al ver el dolor en su compañero. De verdad odiaba ver a Blaine en ese estado, en el estado en el que sólo Sebastian Smythe podía dejarlo siempre que podía. Y es que Kurt tenía que aceptar que la felicidad de cuento de hadas que había entre los dos desde hacía semanas era francamente insoportable. Sí, Blaine siempre estaba feliz y animado, componiendo canciones hermosas que los sorprendían a todos, cantando con más energía, con una belleza arrebatadora que parecía venir de esa felicidad alocada que el maldito de Smythe parecía regalarle con una sola mirada.

Pero del mismo modo en el que esa felicidad había llegado, se había ido. Las sonrisas bobas habían cambiado por un gesto de amargura y el amor parecía estarse escapando como los últimos días de aquel año. Y aunque sabía que era la estupidez más grande que había hecho en su vida, Kurt se había prometido que cuando todo se derrumbara, él estaría ahí para recoger los pedazos y recordarle a Blaine que si Sebastian no había podido, él estaba ahí, sosteniéndolo y recordándole que el amor no tenía que ser dolor, que si Sebastian se había equivocado él no lo haría, que él no lo lastimaría jamás.

Kurt sabía que esas promesas eran una locura, pero era todo lo que quería decirle a ese joven que sin querer, había atrapado su corazón, ese corazón un tanto frío que jamás había tenido tiempo de amar a alguien. Pero es que Blaine… Blaine tenía tanta luz dentro de él, Blaine tenía tanto calor que era imposible no querer tenerlo cerca. Todas las veces que Blaine hablaba con él, todas las veces que Blaine le sonreía o cuando le decía un cumplido acerca de la forma en la que tocaba la guitarra, todo eso eran cosas que Kurt atesoraba sin darse cuenta. Porque al final del día la sonrisa en su cara siempre tenía que ver con algo que Blaine había dicho o hecho, incluso aunque al final del día el joven Anderson caminara de la mano de alguien más. Del perfecto Sebastian que había fallado. Del imbécil de Sebastian que podía tenerlo todo dejándolo a él sin lo que quería, sin lo que nunca había imaginado querer de ese modo…

-Vas a enfermarte y tenemos una presentación esta noche- dijo Kurt en un tono bajo y nervioso que atrajo de nuevo la atención de Blaine- eres nuestra estrella, ¿quién si no va a hacer que nuestra maldita banda suene como un milagro celestial?

-Tú puedes hacer eso perfectamente sin mí- dijo Blaine con calma- recuerdo la primera vez que te vi tocar, la primera vez que te escuché cantar. Esta banda era maravillosa antes de mí, Kurt, era maravillosa porque tú… tú también lo eres.

Kurt sintió calor en las mejillas al escuchar aquellas palabras de parte de Blaine. Era cierto que el joven Anderson no tenía reparo alguno en hacerle cumplidos como aquel pero el problema era que Kurt siempre estaba buscando un significado diferente en las palabras del otro chico. Porque a veces era menos doloroso pensar que no había esperanza para él si Blaine creía que él era maravilloso, o si recordaba aquella vez en la que Blaine le había dicho que jamás había visto unos ojos que brillaran tanto como los suyos, o aquella vez que Blaine lo había abrazado al hablarle de todos los problemas que tenía con su padre. Pero lo cierto era que Blaine era así con todos, que Elliot y Sam también recibían aquellas atenciones, que el único que parecía recibir un trato diferente era Sebastian Stefan Smythe. Siempre Sebastian Stefan Smythe…

-No debes preocuparte por la banda- continuó Blaine empezando a zafarse de su abrazo- estaremos bien, lo que haya pasado con Seb… lo que haya pasado con él no importa…

Una sombra cayó sobre las pupilas color avellana del joven Anderson y justo en el momento en el que él empezaba a separarse de su lado, algo en Kurt, un impulso primitivo más fuerte que él mismo, lo llevó a atrapar de nuevo al joven entre sus brazos. Blaine se sorprendió un poco por la fuerza con la que Kurt lo sostenía, además que el anhelo y la fuerza con la que el otro joven lo miraba le hacían sentir miedo y culpa. Miedo, porque sabía muy bien lo que Kurt haría a continuación y culpa, porque la verdad era que él no podía aceptar el sentimiento que los ojos azules del otro muchacho estaba gritándole.

-¿Te duele pronunciar su nombre?- dijo Kurt sintiendo cómo su rostro se iba acercando al de Blaine a medida que sus labios pronunciaban las palabras. Habían pasado casi dos eternidades desde la última vez que había besado a Blaine Anderson y ahora sus labios estaban ahí, tan cerca, seguramente helados pero quizá podrían volverse cálidos…

-No sólo su nombre…- dijo Blaine olvidándose de la intención que podía leer en los ojos de Kurt- me duele él…

-¿Qué te hizo?- dijo el ojiazul sintiéndose temerario de pronto- ¿Cómo se atrevió a hacerte daño? ¿Cómo pudo dañarte? ¿Por qué te dejó ir?

-Él no hizo nada…- dijo Blaine sintiendo frío de nuevo- fui yo. Siempre soy yo… él no me hizo daño, soy yo quien lo daña, soy yo quien jamás puede darle ni siquiera un poco de todo lo que él me da. Sé que no se trata de eso, pero a veces quisiera ser más… él no me dejó ir, Kurt, fui yo quien se alejó de él.

-Eso no importa…- dijo el ojiazul sin poder controlarse, sabiendo que ese no era un buen momento para exponer su corazón del modo en el que iba a hacerlo pero es que si no era en ese instante ¿cuándo? Si Blaine regresaba al día siguiente con Sebastian Smythe, porque él podía leer en esas pupilas color avellana que aquel era el único deseo de su dueño, ¿Cuándo habría una oportunidad para él?

Había guardado silencio tanto, tanto tiempo. Se había contentado tantos días viendo a Blaine sonriendo por causa de otros labios, de otros ojos y de otras manos que seguir callándolo le parecía una ofensa. Porque ahora eran sus labios los que estaban cerca de Blaine, eran sus manos las que sostenían al pelinegro que no podía quitar la tristeza de sus pupilas color avellana y eran sus ojos, esas pupilas azules, las que ahora trataban de hacerle saber a Blaine del secreto mejor guardado de su corazón.

-¿Por qué no importa?- dijo Blaine dándose cuenta de pronto de la situación en la que se encontraba- te estoy diciendo que fui yo quien se alejó de él…

-Tú te alejaste, pero él no te siguió- dijo Kurt llevando aquella conversación a dónde él quería- si él te amara tanto como siempre dice, si para él tú fueras lo más importante ¿Por qué no te siguió? ¿Por qué no fue el primero en ir tras de ti? Sebastian no es quien está aquí contigo Blaine, ¿Te das cuenta? Soy yo, soy yo quien fue tras de ti…

-¿Por qué?- dijo Blaine sintiéndose inquieto de nuevo- ¿Por qué me seguiste?

-Porque sabía que necesitarías a alguien, que me necesitarías a mí, no a cualquiera- dijo el castaño sintiendo que su corazón latía como un demente en su pecho- porque sé que no soy tan cercano a ti como Sam, o incluso Elliot pero… Blaine… siento algo por ti, lo he sentido desde que pensé que te había hecho daño, desde que creí que te había matado cuando… aquel accidente… ¿estoy… estoy asustándote?

-No…- dijo el pelinegro entendiendo de pronto todo lo que había pasado con Kurt hasta ese momento: la preocupación del chico de los ojos azules, sus largas y tristes miradas al verlo con Sebastian, su indiferencia después de eso, sus sonrisas escasas en el trabajo.

-¿No?- dijo Kurt animado a seguir hasta el final con su declaración- claro que no, eres muy valiente y lo que siento por ti no es causa de miedo, al menos no para ti… Blaine Anderson, estoy enamorado de ti y la verdad no me importa saber cómo fue eso posible. Eso es lo que siento, ni siquiera estoy pidiéndote que sientas lo mismo por mí, sé que no lo haces pero ya no puedo callarlo. Estoy enamorado de ti y si quieres saber por qué te seguí, no hay más razón que esa. Estoy enamorado de ti…

Blaine se quedó callado, sin saber cómo contestar a una confesión de ese tipo, sin saber qué hacer para no herir el corazón que Kurt estaba entregándole al mirarlo de ese modo fijo y profundo, preguntándose cómo eso había sido posible si él jamás le había dado motivos a Kurt para poder enamorarse de él, vaya, Blaine seguía pensando que él no era el tipo de persona que podía provocar ese tipo de reacciones pero… ahí estaba, Kurt estaba enamorado de él y Blaine no podía aceptarlo porque simplemente no le era posible. Porque desde que sus ojos color avellana se habían quedado prendados en Sebastian Smythe, todos los demás en el mundo se habían desvanecido.

Sebastian…

El corazón de Blaine pareció resquebrajarse por completo con el pensamiento de que no estaba en los brazos correctos, de que otra persona sentía algo por él y que ese alguien no era el joven Smythe. Fue por eso, que apenas sintió el impacto de los labios de Kurt sobre los suyos. El joven de los ojos azules había interpretado aquel silencio como una muda invitación a seguir mostrándole al otro joven la fuerza de ese sentimiento que ardía ahora con más fuerza dentro de su pecho como esa llama que al ser expuesta al aire se levanta y se descontrola sin que uno pueda evitarlo.

Y como sospechaba, al besarlo, los labios de Blaine estaban helados. Y no era sólo por la temperatura del sitio en el que estaban sino porque el muchacho no tenía una respuesta para él. Sus labios permanecían cerrados y sus ojos color avellana lucían asustados y sumamente culpables. No, aquel no era el beso que Kurt había estado soñando y esperando en silencio sin contarle a nadie. Aquel no era su beso soñado porque al igual que lo que sentía por Blaine, no era correspondido.

Fue Kurt quien se retiró de los labios de Blaine sintiéndose como un idiota al ver el gesto de total perplejidad en el rostro del otro chico. Ahí estaba. Él importaba tan poco para Blaine que el joven Anderson ni siquiera se había enojado con él, ni siquiera tenía ganas de darle un puñetazo en la cara por haber llegado tan lejos sabiendo que el corazón del pelinegro estaba desbastado.

-Lo siento, Kurt- dijo Blaine temblando un poco, sin saber qué más decir, su corazón doliendo mil veces más por la desilusión y la tristeza que había ahora en los ojos de su compañero- de verdad lo siento…

La voz de Blaine se quebró y Kurt sintió que el mundo se venía abajo y ni siquiera era porque se había dado cuenta de que él jamás tendría una oportunidad con Blaine, no, no era eso. Es que el joven Anderson estaba sufriendo y había descubierto que era mil veces peor verlo sufrir sin Sebastian, que verlo feliz con Sebastian. Ver a Blaine así dolía, de verdad dolía. Dolía tanto que su corazón de pronto olvidó el impulso egoísta que lo había llevado a perseguir a Blaine y llevarlo lejos de la única persona a la que amaba. Porque eso era ¿Verdad? Lo de Blaine y Sebastian era más que una actuación, era más de lo que él hubiera esperado que fuera.

-¿Por qué estás disculpándote?- dijo el ojiazul con una sonrisa triste- Quien debería estar rogando que me disculpes soy yo, sólo yo Blaine…

-Es que…- dijo el joven Anderson sintiendo como suyo el dolor de esas pupilas azules que siempre le habían recordado a los alegres cielos de primavera- es que yo no puedo, no puedo… no me gusta lastimar a la gente, Kurt, mucho menos a la gente que es importante para mí y tú eres importante, muy importante, eres parte de mi sueño, sin ti ese sueño estaría incompleto pero… Kurt no puedo, no puedo…

-Lo sé, por favor, discúlpame a mí por haber…- dijo Kurt acercándose de nuevo al chico que estaba aguantado las lágrimas con toda la fuerza que le quedaba- no sé qué me pasó Blaine, ni siquiera sé muy bien qué es lo que estaba intentando hacer pero lo he entendido.

-¿Qué has entendido?- dijo el joven Anderson tratando de tranquilizarse- no quiero lastimarte, de verdad no, no quiero herirte, no quiero…

-Sólo las mentiras hieren, Blaine- dijo el ojiazul con una resignada calma que no sabía de dónde venía- y tú me has dicho la verdad. Tú amas a Sebastian y por eso… Blaine, deberías volver con él.

-Pero él…

-Me has dicho que no te gusta herir a las personas- dijo Kurt colocando su mano encima del hombro helado del abrigo negro de Blaine- y estoy seguro que Sebastian está herido ahora. No debes dañarlo si lo amas, no debes temer tampoco porque estoy seguro de que él siente lo mismo por ti.

- No soy lo que él quiere- dijo Blaine sintiendo que sus piernas y toda su alma le urgían a seguir la instrucción de Kurt.

-Claro que no- dijo Kurt y una sonrisa apreció en su rostro al ver el gesto preocupado de Blaine- él no sólo te quiere, él te ama, tú eres la única persona a la que él ama. No sé qué fue lo que escuchaste pero te aseguro que todo eso era una trampa. No pierdas a tu amor sólo por miedo, te lo digo en serio. Veme a mí Blaine, ¿Crees que el amor es algo que encuentras todos los días a la vuelta de la esquina? Quizá sí, pero para que sea real se necesita una combinación extraña de cosas y… eso les pasó a Sebastian y a ti. No lo pierdas…

-Kurt…- dijo Blaine recordando de pronto la conversación de Hunter y Sebastian, dudando todavía que él fuera lo único importante para el joven Smythe- ¿Crees…? ¿Crees que alguien pueda querer a dos personas al mismo tiempo?

-Supongo que sí- dijo el ojiazul sin entender del todo la pregunta de Blaine- pero dentro del corazón tú debes saber que sólo existe una persona sin la cual no podrías seguir viviendo. Y si estás preguntándotelo todavía, tú eres esa clase de persona para Sebastian.

Blaine no pudo evitar sonreír débilmente al pensar en ello y Kurt suspiró. Antes de que Blaine pudiera contestarle algo, empezó a narrar lo que había escuchado al oír discutir a Hunter y Santana, logrando así que las pupilas color avellana de Blaine recobraran el brillo. Y es que, él nunca había contado con que alguien quisiera hacerle daño, vamos ¿Por qué alguien querría hacerlo? La verdad es que había estado tan distraído, primero con el disco, después con todo lo que Sebastian había hecho para él, jamás se le hubiera pasado por la mente que Hunter Clarington se tomara la molestia de hacer algo en contra suya. Y ese era su problema: Jamás pensaba que la gente pudiera hacer algo por él hasta que sucedía.

El muchacho suspiró sintiendo que hubiera sido mejor esperar a que Sebastian le explicara todo, que hubiera sido mejor no irse del modo en el que lo había hecho. Pero regresar el tiempo y no dejarse llevar por la desesperación que lo había invadido ya no era posible. El único camino posible era volver a Sebastian si él todavía quería recibirlo. Eso es lo que haría, volvería a él porque lo cierto es que el joven Smythe no tenía culpa de nada. Era él, era Blaine quien había puesto en duda todo, quien se había dejado llevar por el miedo y no por el amor. Pero ahora el camino que tenía por delante era claro como el lento amanecer que poco a poco iba iluminando el cielo. Tenía que volver, claro que volvería…

-¿Quieres que le pida a Elliot que venga por nosotros?- dijo Kurt después de un rato- lleva horas llamándome, quizá sea hora de contestarle. Además, debemos de estar a la una en el teatro de la familia Smythe. Es nuestra primera presentación y…

-Lo sé, estaremos ahí- dijo Blaine un poco más tranquilo- pero antes… ¿Me acompañarías a otro lugar?

-¿A qué lugar?- dijo el otro joven con un hondo suspiro que no pudo evitar.- ¿No quieres volver corriendo a los brazos de Sebastian.

-Sí quiero…- dijo Blaine con la mirada triste y una voz llena de anhelo que lo hicieron sentir culpable.- Lo siento, de verdad lo siento. No debí decir nada de eso, yo no debería pedirte nada cuando… porque yo no…

-Tú no estás enamorado de mí, lo sé- dijo Kurt tratando de sonreír a pesar de que aquella afirmación resultaba dolorosa- Blaine, no es el fin del mundo. Aun soy tu amigo, lo digo de verdad. Ya te lo he dicho, no voy a odiarte por decirme la verdad… ¿A qué lugar quieres ir?

-Quiero visitar a mi madre…- dijo Blaine con una sonrisa melancólica- hoy es el gran día ¿No? quiero que ella lo sepa, quiero contarle, quiero que te conozca. Sebastian y yo hemos ido ahí muchas veces, él siempre me cuenta todo lo que su padre sabía de mi mamá y… lo siento, lo siento Kurt…

-Nadie debe disculparse por sentir amor- dijo Kurt suspirando profundamente- ni tampoco debe disculparse por no sentirlo.

-Kurt…

-Vamos con tu madre- dijo el ojiazul serenamente- después volveremos a donde debemos estar, no puedes evitar a Sebastian, tienes que hablar con él.

-Lo sé, lo haré más tarde- dijo el chico de los rizos oscuros- sólo quiero hacerlo como se debe, cuando nadie pueda interrumpir. Hoy será un día agitado.

-Lo será…- dijo Kurt empezando a caminar- recemos para que no siga siendo un desastre ¡Ah, pero somos la banda desastre! Entonces está bien, ¿sabes algo, Blaine? Quizá debí elegir otro nombre para esta banda , ¿No lo crees?

Blaine sonrió a las palabras de Kurt y los dos chicos comenzaron a caminar con rumbo al lugar donde los restos de la madre del joven Anderson descansaban. Blaine se sentía triste y feliz, no dejaba de sentirse culpable por todo lo sucedido pero la conversación de Kurt jamás volvió a tocar el tema que había sacudido como un huracán al alma de Blaine quien más bien permaneció callado.

Era cierto lo que el ojiazul le había dicho: el amor era extraño, no debía sentirse culpable por amar a una persona y no poder amar a otra, pero lo hacía. Y sin embargo, a pesar de todo el terror que había sentido, a pesar de que parecía que estaba retrasando el momento para reunirse con aquel del que jamás debió haber escapado, él sabía que no había marcha atrás: volvería, volvería al lado del único amor que tenía en la vida porque dejarlo ir, perderlo por nada, no era lo que él planeaba hacer aquel día. No. si había tenido el valor para escapar, también lo tendría para volver y solo rezaba con todas las fuerzas de su alma que Sebastian Smythe, que el amor de Sebastian Smythe fuera lo suficientemente fuerte como para perdonarlo y volver a tomarlo de la mano…


-¿Nada aún?- dijo el joven de los ojos verdes gritándole furiosamente al capitán de la cuadrilla de hombres que había distribuido por todo Nueva York para poder localizar a Blaine- ¡Busquen de nuevo, maldita sea! ¿Cómo que dónde más? ¡Te he dicho todos los sitios! Su casa, mi casa, la casa de Kurt Hummel… ¡El parque, con un demonio! ¿Cómo que no han revisado el parque? ¿Eres un estúpido o qué? ¡Encuéntralo si no quieres que…! ¡Sólo encuéntralo maldita sea! Encuéntralo antes de…

El teléfono del joven Smythe resbaló de su mano y el mundo pareció empezar a dar vueltas a su alrededor haciendo que sus piernas temblaran y que, de un momento a otro, el chico se desvaneciera sobre la alfombra persa que decoraba la habitación que se había convertido en sala de reunión cuando el joven Anderson había desaparecido.

Santana y Quinn, las dos todavía ataviadas con sus hermosos vestidos de fiesta, corrieron de inmediato hacia la figura desvanecida del joven de los ojos verdes que había pasado la mitad de la noche caminando como un león enjaulado, marcando números, gritando, mesándose los cabellos y maldiciendo la inutilidad de los hombres de su padre. Y es que no, aquello no podía estar pasado. Blaine no podía haberse ido así, simplemente no podía. No, por favor no ¿Por qué se había ido? Y más que eso ¿Por qué Kurt Hummel tampoco estaba? ¿Los dos se habían ido juntos? ¿Dónde estás Blaine, dónde…?

-Seb, Seb.. por favor, por favor despierta- decía Santana a su lado, la voz de la muchacha llegando como de un lugar sumamente lejano en medio de la neblina- Sebastian Smythe, despierta…

-Voy a llamar a un médico- decía la voz de Stephanie que había soltado un grito al ver a su hijo colapsando de ese modo- Max, por favor, llama a un médico y habla tú con los muchachos, exígeles que lo encuentren, por favor, si no encuentran a Blaine…

-Están haciendo su trabajo lo mejor que pueden, Steph- dijo Max con voz serena- señor Evans, señor Gilbert ¿están seguros de que no saben de otros sitios donde pueda estar Blaine?

Los ojos verdes de Sebastian se abrieron de par en par al escuchar la resonancia del nombre de Blaine en medio de aquella habitación. El chico se sintió como sacudido por un rayo y quiso levantarse del suelo de una maldita vez porque cada segundo era precioso, no podía perder tiempo, tenía que encontrarlo, encontrarlo y explicarle que nada de lo que había escuchado tenía que ver con él, que nada de lo que había dicho Hunter era cierto. Pero ¿Dónde estaba Blaine? ¿Por qué demonios nadie sabía dónde estaba Blaine?

-Me parece que el señor Evans había mencionado un cementerio-dijo Quinn Fabray provocando que Sebastian se levantara de un salto.

-¡Sebastian, trata de calmarte!- dijo Santana al ver cómo su hermano se levantaba del suelo torpemente logrando tan solo volver a caer.

-¿No querías que despertara?- dijo Sebastian mirándolos a todos con desesperación- por favor, por favor papá, mamá… llévenme ahí, él debe estar ahí.

-Hijo, es mejor que esperes aquí por si él vuelve- dijo Stephanie corriendo hacia su hijo, tratando de imaginar cómo podría sanar todo el dolor que había en sus ojos- sé paciente cariño, lo encontraremos, encontraremos a Blaine.

-Lo necesito ahora mamá- dijo él sin importarle sonar como un crío en medio de un berrinche- no después, ahora, quiero verlo ahora… mamá, me voy a volver loco si…

-Sam y yo iremos al cementerio- dijo Quinn Fabray sin poder soportar ni un segundo más la desesperación de la voz de Sebastian- él y yo iremos Seb, vamos a encontrarlo.

-¡Yo quiero ir!- dijo el joven Smythe sin poder contenerse- ¡Déjenme ir!

-No es conveniente, Sebastian- dijo Max tratando de mantenerse fuerte aunque el dolor en el rostro de su hijo, el dolor de haber perdido lo que más amaba era demasiado familiar para él- en unas horas debes empezar a atender todo lo relacionado con el concierto, debes descansar un poco. Será un día ajetreado, hijo, entiendo cómo te sientes pero sabes que en esta familia la responsabilidad es primero. Deja que Quinn y el señor Evans busquen a Blaine, nadie va a detenerse.

-No lo haremos, Sebastian- dijo Elliot que jamás sabía qué hacer en medio de los eventos dramáticos como ese- yo voy a seguir tratando de localizar a Kurt, él debe contestarme, lo hará, pero cálmate… ¿quieres?

-No puedo calmarme…- dijo el joven Smythe con la voz rota- de verdad no puedo, si él se va, si él se fue para siempre…

Nadie dijo nada. Todo mundo se limitó a mirar el rostro pálido y desencajado de Sebastian que había sentido su corazón en mil pedazos desde el primer momento en el que Blaine había desaparecido de su campo de visión. Y es que aquello era irreal, no podía ser verdad porque hacía apenas unas cuantas horas Blaine había bailado con él en frente de todo mundo, Blaine lo había besado sin vergüenza alguna delante de todos los invitados a la fiesta de cumpleaños de su padre, delante de todas esas personas que ahora estaban preguntándose por qué demonios el joven prometido del heredero de la familia Smythe se había ido así después de su presentación. Y aunque lo que pensaran todas aquellas personas apenas importaba para Sebastian, él sabía que su padre tenía razón: aquel sería un día muy duro, lleno de cosas por hacer. Pero es que a él sólo le importaba Blaine, sólo Blaine y no perderlo.

-El dulce príncipe no se fue para siempre, hermanito- dijo Santana tomando la mano de Sebastian con calma- sí, es un idiota, pero no tanto como para querer dejarte. Ese enano imbécil te ama, Seb y cuando se dé cuenta de ello, cuando se olvide de todas las estupideces que pensó al oír a Hunter, volverá a ti. Papá siempre dice que lo tuyo y lo de ese chico es destino… ya es hora de que tú también empieces a creerlo.

-Hazle caso a tu hermana- contestó Max con un profundo suspiro que llamó la atención de todo mundo- él vendrá Sebastian, lo encontraremos. Señor Evans, señorita Fabray, vayan a todos los lugares que consideren necesarios, mi chofer los llevará. Los demás, concentrémonos en la presentación de la tarde. Sé que es injusto que te lo pida, Sebastian, pero tienes responsabilidades qué cumplir, igual tú Santana y usted señor Gilbert… no quiero más desastres, todo será perfecto ¿me escuchan? Blaine regresará y todo será perfecto.

Maximilian asintió con firmeza a sus palabras y tomando a Stephanie de la mano salió con ella de la habitación mientras los jóvenes ahí reunidos trataban de creerse con toda el alma las palabras pronunciadas por el hombre aquel.

-Vamos a encontrarlo, Sebastian- dijo Sam pensando también en salir a la calle a hacer lo que fuera posible- estoy seguro de que él está sufriendo tanto o más que tú porque… tú debes saberlo mejor que nadie.

-Eso es lo que más me duele Sam- dijo Sebastian un poco más tranquilo- que está así por mi culpa, fue mi culpa.

-Fue culpa de una rata asquerosa a la que mataré cuando vuelva a verlo si se atreve a aparecer de nuevo- dijo Santana- no más charla chicos, vayan por Blaine, yo y Elliot nos quedaremos aquí. El concierto es a las seis, si pueden volver antes.

-Volveremos- dijo Sam con firmeza al ver el gesto preocupado de Quinn, quien tenía mil millones de cosas por hacer para aquel día- vamos, señorita Fabray.

Los dos rubios salieron a la calle sin preocuparse siquiera por hacer un rápido cambio de ropa, tan triste era la mirada verde del joven Smythe, quien, suspirando, tratando de poner todo el abatimiento de la noche en ese suspiro, se levantó dispuesto a hacer lo que todo Smythe haría en esos casos: prepararse para el trabajo, hacer las cosas de la manera eficiente en la que todo mundo esperaba que las hiciera y morir lentamente sin que nadie lo notara, morir sí, porque estar sin Blaine ahora era como echarle un vistazo a aquella línea que dividía la vida de lo que ya no podía vivir. Y la vida sin Blaine era solo un montón de minutos que no sabían a donde iban, Blaine… ¿por qué él no había vuelto ya? El joven Smythe se metió a la ducha dejando a sus compañeros sin ganas de murmurar más palabras de ánimo porque, cuando el mundo de una persona se derrumba no hay palabras que puedan arreglarlo.

Mientras tanto, Quinn y Sam viajaban en silencio hacia el cementerio donde la madre de Blaine había sido enterrada hacia unos años. Los dos chicos miraban por la ventana contemplando a la gente yendo y viniendo de un lugar a otro, siempre apurados, al parecer sabiendo exactamente a dónde los llevarían sus pies. Los dos chicos no podían evitar sentirse tristes, porque en realidad querían a Blaine y a Sebastian pero había otra razón de fondo: a los dos les seguía pareciendo una crueldad terrible del mundo que el amor pudiera causarle ese tipo de daño a las personas.

Y es que ninguno de los dos había podido ser lo que se dice afortunado a pesar de que experiencia no les faltaba pero, a medida que había pasado el tiempo, Quinn había decidido enfrascarse en el cumplimiento de su trabajo sin tener tiempo para dedicar siquiera un pensamiento a la idea de enamorarse de alguien. El trabajo era algo seguro, el trabajo nunca podía fallarle porque todo estaba siempre en sus manos y estaba tan ocupada, rodeada de gente día y noche que jamás se había sentido sola como ahora estaba sintiéndose.

Porque ver a Sebastian Smythe enamorado y más que eso, total y completamente correspondido era como ver aquella cara oscura de la luna que siempre estará oculta a nuestra mirada. Ver el amor de Blaine por Sebastian era como empezar a preguntarse todas esas cosas que había dejado de preguntarse… ¿Y si había algo así reservado para ella? ¿Y si todo aquel dolor tenía sentido porque había algo mucho más poderoso uniendo a dos corazones? ¿Y si ella había empezado a desearlo, a conocer qué era aquello?

Los ojos claros de la muchacha se dirigieron hacia Sam quien estaba mirándola también. Quinn sonrió de forma un poco sorprendida y también juguetona. En aquellos días en los que A beautifsuul mess se había convertido en el proyecto más grande de su carrera como publicista y promotora, había descubierto que Sam parecía estar mirándola siempre que él creía que ella no miraba. Y aquello era… era lindo. Quinn pronto se había descubierto a ella misma fingiendo distracción para ver si los ojos verdes de Samuel Evans se quedaban fijos en ella, fijos en su piel como lo estaban ahora.

Sam trató de apartar la mirada de aquella chica pero no pudo. La sonrisa dulce de sus labios se lo impidió. Él sabía que era una estupidez sentirse atraído con tanta fuerza hacia una mujer como aquella pero no podía evitarlo: Quinn Fabray no solamente era bella, era hermosa. Siempre sonriendo con amabilidad, siempre bromeando, siempre riendo, tan eficiente, tan exitosa, tan ella… Sam jamás había conocido a una mujer tan segura, tan cómoda en su piel como aquella chica. Y por eso el joven Evans estaba seguro de que sentir lo que sentía era una estupidez, es decir… la verdad es que no entendía nada ya. Él sólo sabía que algo lo tenía ahí, en el mismo auto que Quinn, mirándose de ese modo que es capaz de transmitir las cosas que las palabras jamás podrían lograr trasmitir…

El auto se detuvo de forma abrupta y los dos jóvenes se vieron traídos de vuelta al mundo real de un modo muy poco agradable. Al bajar del auto y ver la hierba del cementerio cubierta de blanco, recordaron el motivo que los había llevado a encontrarse en aquel lugar y los pensamientos que los habían invadido durante el viaje se esfumaron de pronto.

-¿De verdad crees que está aquí?- dijo Quinn estremeciéndose un poco por el frío agudo que sintió al dejar el cálido interior de aquel vehículo- ¿Por qué querría venir aquí?

-Se siente seguro en este lugar- dijo Sam recordando todas las veces que Blaine había estado ahí, dormido sobre la tumba de su madre cuando las cosas se ponían feas en su casa- extraña a su madre todos los días y me parece que siente que en este lugar está más cerca de ella…

-Lo conoces bien, entonces- dijo Quinn empezando a caminar con el otro joven entre la hierba y las placas de aluminio- ¿Desde hace cuánto tiempo que son amigos?

-Desde la secundaria- dijo Sam con una sonrisa melancólica- me mudé a esta ciudad ese año, no conocía a nadie. Blaine fue amable desde el principio, siempre fue un chico solitario pero algo pasó conmigo. Creo que fui el primer amigo que tuvo y él fue la primera persona que me hizo creer que este mundo no era una mierda después de todo.

-¿Te enamoraste de él?- dijo Quinn sin poder evitarlo- es decir…

-No, Blaine siempre ha sido mi amigo, casi un hermano- dijo el joven Evans riendo divertido- pero entiendo por qué lo preguntas. Blaine no sabe lo encantador que es, nunca se ha dado cuenta de ello. Va por la vida sin saber todo el impacto que tiene en la gente y de verdad no lo sabe… creo que Sebastian es el único que puede hacer que él entienda esa parte de él que no conoce y en serio es injusto que los dos estén sufriendo así cuando es obvio que se aman.

-Lo hacen, ¿verdad?- dijo Quinn sonriendo con tristeza- de verdad se aman con toda el alma, de ese modo en el que ya no es posible amar…

-Siempre es posible amar a alguien- dijo Sam sin saber muy bien por qué- pero alguno de nosotros ya no podemos hacerlo porque no podemos aceptar que las cosas más hermosas de la vida son también las que más daño hacen cuando se terminan. Pero lo de ellos dos es diferente, lo de ellos dos no tiene por qué terminar…

Quinn no respondió. Ella sabía que Sam tenía razón. Ella también era una de esas personas, había resignado su corazón a la soledad porque ¿para qué seguir buscando algo que no existía? Sí, tenía miedo, miedo de abrir el alma y encontrarse llorando como Sebastian lo había hecho pero todas aquellas lagrimas eran tan poca cosa comparadas con la cantidad enorme de besos y sonrisas que los dos chicos habían compartido frente a ella… ¿No es también la belleza de la rosa más magnificente que la existencia de sus espinas?

-¿Tú podrías amar a alguien de ese modo, Sam?- dijo Quinn sin darse cuenta de que había llamado al otro joven por su nombre de pila- Si siempre es posible amar a alguien… ¿También lo sería para ti?

El joven Evans no respondió. Guiado por un impulso detuvo la marcha y Quinn hizo lo mismo cuando los ojos verdes de Sam volvieron a mirarla de ese modo fijo al que se había acostumbrado en todo aquel tiempo. La joven no entendía muy bien por qué pasaba aquello, pero una dulce inquietud nacida en su estómago la llenó al contemplar el cabello rubio del chico brillando bajo los rayos del sol, sus labios gruesos empezando a formar una sonrisa algo divertida y sus ojos, esos ojos de un verde pálido prendados en la claridad de los suyos.

-Claro que sería posible- dijo el joven Evans con total serenidad a pesar de que su corazón empezó a latir como demente dentro de su pecho al ver las mejillas sonrojadas de Quinn Fabray- es posible incluso para ti y para mí, Quinn.

La joven sonrió y Sam correspondió a su sonrisa sin poder decidir en qué momento del día Quinn Fabray era más hermosa. Por otro lado, la chica reanudó la marcha sintiendo en su pecho una emoción febril que no había sentido en mucho, mucho tiempo… ¿También era posible para ella? Si Sam también creía que él tenía una oportunidad… ¿podía esa oportunidad incluirla a ella?

-¿Qué vas a hacer hoy en la noche, después del concierto?- dijo la joven acostumbrada a tomar las riendas de cualquier situación.

-Si encontramos a Blaine y lo dejo en manos de su futuro esposo, Elliot y yo planeábamos ir a embriagarnos a uno de sus clubes favoritos- dijo Sam sin mucho entusiasmo- mi familia sigue viviendo en Ohio, voy a ir a verlos hasta año nuevo… supongo que tú tienes un montón de citas para esta noche.

-¿Citas?- dijo Quinn un poco divertida- no Sam, todas son invitaciones a eventos formales de mis proveedores y contactos pero ninguna es una cita… además… mi madre vendrá mañana a verme, la he extrañado y no quiero darle otro motivo para decirme que la vida de Nueva York es lo más cercano al infierno que hay en la tierra.- la chica rio y Sam se unió a su risa- Sam… ¿Quieres pasar la víspera de navidad conmigo? Puedo ofrecerte una taza de chocolate caliente, una cena a domicilio y una cálida pijama de franela porque vamos, después del concierto no tendremos energía para nada más y…

-¿Es una cita, señorita Fabray?- dijo Sam realmente sorprendido por las palabras de la chica- porque nunca se me habría ocurrido una idea tan genial para una primera cita…

-Es una cita, señor Evans- dijo Quinn tentada a lanzar un puño al aire por la alegría que le daba ver sonreír a Sam con entusiasmo- no hagas que lo convierta en una orden, soy buena amiga de tu jefe…

-Mi mejor amigo será el esposo de mi jefe, creo que eso me da ventaja- dijo Sam haciendo reír a Quinn- no hay necesidad de órdenes, iré… sé que Elliot se enojará conmigo pero, la verdad no tenía muchas ganas de ver a hombres semidesnudos bailando en traje de papá Noel hoy…

Los dos chicos sonrieron sin poder evitar sentirse un poco nerviosos. Los dos estaban seguros que había algo más que los había llevado a ese punto y eso no le quitaba la parte inquietante pero ¿qué cosa no es totalmente inquietante en esta vida? A veces, aunque todo mundo diga que no es lo más inteligente, la verdad es que lo único que uno puede hacer para encontrar respuestas o algo mejor, es tomar el riesgo y lanzarte a la aventura de vivir lo que todo mundo dice que no deberías vivir.

El paseo de los dos jóvenes se detuvo cuando Sam distinguió dos figuras en la lejanía, en la misma dirección en la que la tumba de la Marionn Anderson se encontraba. El joven Evans soltó un suspiro de alivio total y sin pensarlo ni un segundo, corrió al encuentro de los otros dos chicos que en ese mismo instante fijaban sus ojos en él y en Quinn quien también había empezado a correr a su lado.

-Sami…- dijo Blaine cuando contempló a su mejor amigo mirándolo entre aliviado y furioso- lo siento.

-No es a mí a quien debes decirle esas palabras, Blaine- dijo el joven Evans suspirando y poniendo en sus labios una sonrisa porque después de todo también podía entender a Blaine- ¿Has estado aquí toda la noche?

-No, claro que no…- dijo el joven Anderson con calma- Kurt y yo estuvimos… estuvimos hablando en otro lugar porque yo… yo necesitaba calmarme.

-Ya todo está bien- dijo Kurt sintiendo que de hecho sus palabras no eran una mentira- Blaine está más tranquilo y no le pasó nada.

-Sebastian está sufriendo mucho, Blaine- dijo Quinn Fabray sin poder evitarlo- debes hablar con él, sé que ahora no podrán porque las cosas deben ser un total desastre en el teatro de la familia Smythe pero…

-Voy a volver a él, no se preocupe señorita Fabray- dijo el chico de los ojos color avellana- mi Seb… ¿creen que podrá perdonarme?

-A veces eres tan tonto, Blainey- dijo Sam sonriendo de forma divertida- avísale a Sebastian que estás bien, él va a perdonarte si es que hay algo por lo que deba hacerlo pero termina este asunto. Ninguno de los dos merece estar sintiendo esto, corre a tu amor, anda…

Sam extendió el teléfono hacia Blaine quien, sin pensarlo dos veces, marcó el número de Sebastian ansioso por escuchar su voz. Y mientras los tres chicos reunidos en aquel extraño lugar miraban cómo la sonrisa volvía a aparecer en los labios del joven Anderson al pronunciar el nombre de Sebastian y las disculpas y te amos que siguieron después, Sam y Quinn pensaron que su posibilidad de encontrar algo que pudiera hacerlos sonreír del modo en el que Blaine lo hacía estaba más cerca que nunca y Kurt decidió que al menos por aquel día, se olvidaría de que a pesar de las palabras que le había dicho a Blaine en la madrugada, él todavía seguía deseando que el motivo de la sonrisa brillante de aquel chico fuera él y no el joven que, seguramente, había recuperado su corazón al escuchar aquel último te amo que salió de los labios de Blaine y que nunca, nunca jamás, podría pertenecerle a otra persona que no fuera Sebastian Smythe…


Sebastian se encontraba solo en su apartamento, mirando el reloj de la cocina de vez en cuando tomando como pretexto la revisión constante que mantenía sobre el pavo que estaba cociéndose a fuego lento en el horno y el pastel de chocolate que hacía lo propio. El concierto de A beautiful mess había sido todo un éxito, pero el corazón del joven Smythe seguía un poco inquieto. Blaine le había llamado en la mañana, le había pedido disculpas que no habría tenido que pedir jamás y habían decidido hablar con calma después de que todo el ajetreo se terminara por fin.

Y aunque el concierto había sido un éxito, aunque Sebastian tenía la seguridad de que Blaine llegaría a su apartamento cuando el reloj diera las diez, después de que el joven Anderson pasara un tiempo con su padre y su hermano que habían decidido llevarlo a cenar después del éxito arrollador de su primera presentación como un artista que pronto sería conocido en todo el país y quizá en todo el mundo, el joven Smythe seguía temiendo que Blaine no llegara.

Porque había sido cosa de unas horas, menos de un día completo pero no podía soportar más la espera. En el teatro apenas había tenido oportunidad de mirar al joven sobre el escenario. Todo mundo parecía necesitar de la ayuda del joven Smythe, todo mundo lo llamaba de un lado a otro impidiéndole hacer posible el anhelado reencuentro. Todo mundo estaba feliz de ver a Blaine de vuelta y las malas lenguas se callaron de golpe al verlo sonreír a Sebastian desde escenario sobre el que él y sus compañeros habían empezado a hacer su magia.

Magia, eso era…. La banda desastre era mágica porque del caos es de donde viene la maravilla a veces, del caos nacen las estrellas y estrellas eran aquellos chicos que habían vuelto a poner a Smythe records en la punta del iceberg en cuanto a bandas de renombre se trataba. Los labios de Sebastian se curvaron en una sonrisa al recordar a Blaine cantando aquella primera canción que más parecía ser un mensaje para él que otra cosa. "Sálvame…" le había cantado Blaine, sin saber de hecho, que la única persona que había sido salvada desde el primer momento en el que sus ojos color avellana lo habían mirado, era Sebastian. Sí, él sabía que había muchas cosas de que hablar y lo harían pero aquella canción…

Sebastian cerró los ojos y se dejó llevar por el olor de la comida terminando de cocerse, por el aroma a pino navideño y canela que entraba desde la sala, se perdió en el recuerdo de Blaine cantando para una multitud que coreaba su nombre, multitud en la que sólo una persona era importante de verdad para el apuesto vocalista: él.

El joven Smythe sonrió complacido como lo hizo en el teatro de su familia. Blaine había cantado para él sin que la multitud se hubiera dado cuenta de ello, Blaine sólo lo había mirado a él y con esa canción, como siempre pasaba, le había recordado a Sebastian porque el heredero de la fortuna Smythe no podría amar a nadie jamás, no después de haberlo amado a él de ese modo.

"Te amo…" le había dicho Blaine al colgar el teléfono en la mañana, después de explicarle que no quería estar lejos de él pero que había tenido que pensar bien las cosas para poder estar tranquilo.

"Te amo…" había respondido Sebastian soltando todo el aire que había estado conteniendo a causa del dolor y la preocupación.

"Te amo, pero aún debo aprender a tratar con mis demonios, y estaré bien si lo hago tomado de tu mano." Eso era lo que Blaine le había dicho con aquella canción que seguía sonando en los oídos del joven Smythe como si el joven Anderson estuviera ahí de nuevo, con su guitarra en las manos, dándole vida a aquella canción que significaría todo para él y muy poco para los demás que también la habían escuchado sin saber que aquellas notas eran también una promesa que Blaine había cantado para él y que ahora seguía sonando en sus oídos como lo había hecho hacía algunas horas:

Save me from my superstitions now I´m free from this old condition.

Wait just a while, and I´ll greet you with a smile.

Hold me ´cause I´m sure I´m hated. Promises, they are overrated.

Wait just a while, while I´m drowning in denial.

Turn me into someone like you; find a place that we can go to.

Run away and take me with you. Don´t let go I need your rescue.

Watch me ´cause I´m on a mission. Hold me back, so I´m forced to listen.

Don´t let me go ´cause I´m nothing without you.

Turn me into someone like you; find a place that we can go to.

Run away and take me with you. Don´t let go I need your rescue.

No me dejes ir. Encuentra un lugar donde los dos podamos estar. Soy nada sin ti… los ojos de Sebastian volvieron a abrirse cuando la canción-recuerdo fue interrumpida por el sonido insistente del horno que le recordaba al chico que la cena estaba lista. Aquella era la primera cena de navidad normal que tendría en su vida. Nada de enormes cenas de etiqueta donde el joven apenas conocía a la mitad de los invitados. Nada de sonrisas forzadas, nada de rígidos trajes y platicas de negocios, aquella noche no habría nada de eso.

Aquella noche, mientras los juguetones copos de nieve cubrían las calles de Nueva York, mientras el mundo festejaba lo que le daba la gana festejar al lado de las personas que amaba, él estaría también simplemente al lado de su único y más grande amor: Blaine Anderson.

El joven emitió un suspiro que había sido causado por esa idea y por el aroma delicioso que emanaba de las cosas que él había preparado con tanto esfuerzo durante días sin que Blaine llegara a saberlo. Porque aquella noche sería perfecta. Porque no era acerca de la nieve, las luces de colores o la comida deliciosa. Todo tenía que ver con Blaine. Blaine estaría ahí con él. Eso era todo lo que importaba.

El chico se apresuró a llevar la comida a la mesa y no pudo evitar sonreír al ver su obra terminada. De verdad se estaba convirtiendo en un hombre de familia o en una ridícula y cursi ama de casa como Santana, quien pasaría la noche de navidad con Britanny, le había dicho. Quizá estaba listo para el matrimonio. El joven Smythe rio y decidió servirse una copa de vino. Ya no faltaba nada para que Blaine llegara, podía sentirlo. Blaine estaría ahí y él lo tomaría entre sus brazos, acariciaría su cabello, se regalaría con el calor del cuerpo suave y pequeño de Blaine apretado contra su cuerpo… ¡Cuántas ganas tenía de besar a Blaine!

Y como si papá Noel o cualquiera que fuera responsable de traer al mundo la magia de la navidad aquella noche se hubiera puesto de su lado, la puerta de la entrada de su apartamento se abrió dejando entrar por ella una ráfaga de frio helado y también, a un joven de rizos oscuros y la mirada color avellana más brillante de todo el planeta. Sebastian levantó la vista al ver llegar a Blaine con aquella sonrisa un tanto avergonzada en los labios.

Sin poder resistirlo más el joven Smythe dejó la copa de vino sobre la barra de la mesa y se apresuró a acercarse a Blaine que, dejando el paquete que traía en las manos en el suelo, se apresuraba a dejar su abrigo oscuro colgado del perchero de la entrada, o al menos eso es lo que estaba intentando pues, aunque lo estaba esperando con todas sus fuerzas, los brazos de Sebastian enredándose en su cintura, al igual que los labios del chico Smythe besando su mejilla hicieron que Blaine dejara caer su abrigo sobre el suelo.

Y es que la cercanía de Sebastian volvía a envolverlo, al igual que su fresca fragancia y la sensación de los labios suaves del joven Smythe sobre su piel lo hicieron estremecerse. Y no se trataba solo de volver a estar cerca, es que todas esas sensaciones eran ahora mil veces más dulces pues Blaine había pensado en que aquello no volvería a repetirse jamás. Sin poder resistirlo, guiado sólo por su cuerpo que cerca de Sebastian parecía actuar por sí solo, se dio la vuelta entre los brazos del joven Smythe y dejó que la boca de Sebastian tomara la suya en un beso suave y urgente que hizo que las manos de Sebastian se enredaran más al cuerpo de Blaine sintiendo que la vida volvía a él en un solo segundo.

Sus labios se acariciaron olvidándose del tiempo, y de todo aquello que no fueran sus pieles y sus almas reencontrándose en la húmeda calidez de aquel beso. El beso esperado, el beso que los dos habían temido perder para siempre.

-Llegaste…- dijo Sebastian sobre los labios de Blaine cuando el oxígeno pareció volver a ser importante para los dos muchachos, poniendo en esa palabra todo el miedo que había sentido, todo el terror de no poder volver a tener a Blaine de ese modo.

-¿Pensaste que no llegaría?- dijo Blaine abriendo los ojos lentamente para encontrarse de nuevo con las pupilas verdes de Sebastian- ¿No llegar? Sólo algo tan fuerte como la muerte lo habría impedido…

-Blaine…- dijo el joven Smythe abrazándose al cuerpo de su amado- perdóname, perdóname.

-Seb…- dijo el joven Anderson abrazándose también al otro chico- perdóname tú a mí, no debí dudar de ti, no debí creer nada de lo que escuché.

-Lamento que hayas tenido que escuchar eso- dijo el joven Smythe separándose de Blaine tan solo para poder decirle esas palabras mirando su rostro- debí de ser más firme con… con ese… él no me importa Blaine, jamás me importó. Es cierto que los dos tuvimos algo, pero para mí jamás fue importante y yo no le di motivos a él para que lo creyera.

-Lo sé, lo sé Seb…- dijo el chico de los ojos color avellana tomando a Sebastian de la mano- es sólo que… él tiene razón.

-No la tiene Blaine- dijo el joven Smythe volviendo a sentirse asustado- nada de lo que él dijo es verdad, yo no quiero estar con nadie más que contigo.

-Y yo quiero estar contigo Seb- dijo Blaine sintiendo que nunca había dicho palabras más sinceras en su vida- y quiero que tú… que tú sientas que no te hace falta nada a mi lado.

-Eso siento todos los días, mon amour- dijo el joven Smythe haciendo que Blaine se estremeciera como siempre que Sebastian pronunciaba aquellas dos palabras con su perfecto acento francés.- contigo a mi lado no hace falta nada más.

-Sabes a que me refiero…- dijo Blaine sonrojándose un poco- tú sabes muy bien a qué me refiero.

-Blaine, eso vendrá cuando tenga que venir- dijo Sebastian- puede pasar hoy, mañana, no lo sé… no puedes apurar al tiempo, ni tampoco quiero presionarte a ti. Blaine Devon Anderson… te amo a ti sin importar los problemas, te amo a ti y eso es todo lo que me importa, ¡Dios, Blaine! Sentí que me volvería loco al no tenerte ¿Tú que crees que eso significa?

-Que me amas y que yo fui in imbécil al olvidar esa parte- dijo Blaine con una sonrisa triste- yo también te amo, Sebastian.

-Sí, significa todo eso- dijo Sebastian riendo un poco cuando Blaine lo miró de forma avergonzada- pero también significa que sin ti no hay nada que me importe.

-A mí tampoco- dijo Blaine sintiéndose tranquilo por fin- Sebastian… ¿podemos volver al momento exacto en el que nos habíamos quedado antes de que todo esto pasara?

-¿Te refieres al momento justo en el que íbamos a escapar de la fiesta de mi padre?- dijo el joven Smythe tomando a Blaine de la mano y empezando a caminar con el hacia el comedor.

-No, no a ese momento- dijo Blaine riendo y abriendo los ojos con sorpresa al ver la mesa llena de comida, el enorme pino navideño lleno de luces y esferas de colores y la decoración que dejaba ver la marca de Sebastian por todas partes.

-¿Entonces a qué momento, mon amour?- dijo Sebastian totalmente encantado pro el gesto extasiado de Blaine al ver lo que él había preparado.

A ese momento en el que sentí que te amaba como no amaré a nadie jamás, Sebastian Smythe- dijo Blaine con una enorme sonrisa- pero no te preocupes, ya estamos en ese justo instante ahora.

Sebastian sonrió por las palabras del chico de los ojos color avellana y lo invitó a sentarse a la mesa mientras empezaba a hablar con evidente entusiasmo de todo lo que había aprendido en las clases de cocina navideña, añadiendo también las burlas de Santana y su propio temor de no aprender nada y no poder lograr sorprender a Blaine del modo en el que quería hacerlo.

Blaine escuchaba a su amado y de pronto se dio cuenta de que lo que hace especial una noche no es la fecha en el calendario sino la presencia de esa persona que por sí misma es capaz de convertir tu vida en la más grande celebración que conocerás jamás. Y eso era lo que Sebastian Smythe era en la vida de Blaine Anderson y el pelinegro se prometió en ese justo instante, mientras Sebastian servía la ensalada y cortaba la carne, que jamás dejaría ir a ese chico y que si Sebastian decidía irse de él, Blaine no pararía hasta encontrarlo de nuevo para poder estar con él todo el tiempo que fuera posible. Aquella era su primera cena de vísperas de navidad juntos. Blaine estaba seguro de que no sería la última.

La hora de la comida pasó como un borrón feliz para los dos. Ambos chicos estaban cansados, no habían dormido la mayor parte de la otra noche pero volver a estar juntos los había llenado de una energía burbujeante que parecía hacerles olvidar cualquier dolor y cualquier cansancio. Al estar los dos juntos comiendo, bebiendo, riendo y besándose como si hubiera noche más bella que aquella, parecía imposible que el dolor que habían sentido el día anterior fuera posible, no lo era. Porque esa es una de las virtudes del amor, te hace olvidar todo lo malo, pone de relieve lo bueno, te recuerda que no puedes amar a la rosa si no amas sus espinas, que no puedes amar a las estrellas si no amas la oscuridad que las sostiene.

Y el ambiente frio así como la sensación de saciedad y la felicidad de estar juntos por fin, hizo que los dos muchachos sintieran la súbita necesidad de recostarse en una manta que Blaine extendió en el piso, debajo del enorme árbol de colores que seguía resplandeciendo en medio de la sala. El joven Anderson hizo que los dos cayeran sobre la manta con la espalda apoyada en el suelo y los ojos de los dos perdidos en la brillantez de tantos colores. Aquella era una vieja tradición que Blaine recordaba haber aprendido de su madre. Ella era la que los llevaba a él y a Cooper a observar las luces debajo del árbol cuando ninguno de los dos quería dormirse por miedo a que Santa los olvidara. Entonces, Marionn los llevaba debajo del árbol y así, viendo las luces, los dos niños se quedaban dormidos mientras ella y Nick los llevaban de nuevo hacia su cama.

Blaine sonrió y tomó la mano del joven Smythe entre la suya. Antes los recuerdos de su madre le hacían sentir dolor, pero había aprendido a recordarla con amor. Además, estar ahí en silencio y de la mano con la persona que lo amaba y a la que él amaba con toda el alma era el mejor regalo de navidad de toda la historia.

Sebastian giró el rostro hacia el de Blaine, quien seguía estando sumamente cerca de él. Los ojos color avellana del chico Anderson parecían mil veces más brillantes con el reflejo destellante de las luces brillando en aquello ojos. El tiempo y todo el amor del universo parecían estar atrapados en las pupilas de Blaine, todo el amor tenía el rostro y esa sonrisa pacifica que el pelinegro le dedicó cuando lo descubrió mirándolo.

Y es que Blaine no lo sabía, ¿verdad? No sabía lo terriblemente hermoso que era, tan completamente adorable, tan amado. Sebastian no pudo resistirlo más. Tomando a Blaine por la cadera acercó al chico a él sin que el joven Anderson opusiera mucha resistencia. Porque hacía frío afuera pero ahí dentro, en las manos de Sebastian que loa cercaban a un destino inevitable y hasta ahora deseado, estaba escondido el sol de la primavera. Y fue así como debajo de las luces del árbol, los labios de Sebastian buscaron los suyos prendiendo como siempre el fuego en su interior del mismo modo en el que las manos del ojiverde hicieron que la respiración de Blaine se agitara y que su corazón latiera alocadamente.

Porque mientras las manos de Sebastian acariciaban su cuerpo por encima de la ropa y la lengua ávida y astuta del otro muchacho acariciaba la suya, danzando con ella e invadiendo su boca con aquella sublime pelea, algo en la piel de Blaine le urgía a rendirse, le urgía a entregarse completamente, a perder el miedo de una vez. Porque él sabía que las caricias de Sebastian lo llevarían a hacer eso algún día así que… ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no en ese instante en el que el joven había empezado a gemir un poco por la presión cálida de la mano de Sebastian por encima del bulto de su entrepierna? ¿Por qué no en ese justo instante en el que la magia de la navidad parecía ahuyentar a todos los demonios del planeta? ¿Por qué no dejar que Sebastian fuera el primero en todo, el único como siempre lo había sido?

El repique de las campanas de la capilla que estaba cerca a la casa de Sebastian pareció traer a la realidad a los dos jóvenes que para ese entonces eran un nudo de caricias y besos. Los dos se separaron un poco para escuchar el sonido que anunciaba que la noche de navidad estaba ahí por fin. Los dos se sonrieron sin poder evitarlo, porque de pronto la magia pareció invadirlos y además, el cabello de los dos era un desastre.

Sí, era un desastre pero un desastre hermoso como la banda musical con la que Blaine había hecho un debut memorable que estaría desplegado al día siguiente en todas las primeras planas de los diarios. Sí, ni Blaine ni Sebastian eran perfectos, se habían dado cuenta de que el amor también puede lastimar pero en aquel momento, mientras la navidad llegaba al mundo con el llamado musical de las campanas y el olor a pino , el mundo en el que los dos estaban era el mundo perfecto que solo los dos podía crear.

-Joyeux Nöel, mon amour- dijo Sebastian haciendo que la sangre de Blaine hirviera como la lava de un volcán a punto de estallar por la sensualidad de aquellas palabras murmuradas en un idioma extranjero.

-Feliz navidad, Seb…- dijo el pelinegro depositando un beso suave en los labios de su amado.

- Blaine, la verdad es que no sabía que regalarte y…

-No tenías que regalarme nada- dijo Blaine suspirando encima de los labios de Sebastian que no se había alejado mucho de él.

-Sabía que dirías eso…- dijo el joven Smythe acariciando el rostro sonrojado de Blaine- así que… decidí darte algo que nadie más podrá darte, algo que nadie pueda quitarte, algo que jamás encontrarás en ningún otro lugar…

-Sebastian…- dijo Blaine pensando en que después de todo, él tampoco le había traído otro regalo a Sebastian más que el pastel de mora que Nicholas había preparado para los dos- hablo en serio…

-Yo también- dijo el joven Smythe- sólo cierra los ojos y escucha…

-Pero…

-Sin peros, Blaine Anderson- dijo el joven Smythe riendo divertido- haz eso por mí como regalo de navidad ¿Está bien?

Blaine asintió sin estar del todo convencido, sin importar que estuviera encima del cuerpo de Sebastian quien gentilmente, volvió a colocarlo sobre la manta. Blaine sintió la presión de las manos del ojiverde tomando las suyas, sintió que Sebastian lo acomodaba de modo que los rostros de los dos quedaran a la misma altura y entonces, en el justo instante en el que Blaine empezaba a preguntarse de qué iba todo ese asunto de su regalo, Sebastian empezó a tararear el inicio de una melodía suave que hizo que los ojos de Blaine se abrieran en el justo instante en el que el joven Smythe, con una sonrisa en los labios y con la mirada más llena de amor de la historia del universo, empezaba a cantar lo que después sería para Blaine la canción de amor más hermosa del mundo:

All of the lights land on you, the rest of the world fades from view.

And all of the love I see please, please, say you feel it too.

And all of the noise I hear inside restless and loud, unspoken and wild.

And all that you need to say to make it all go away is that you feel the same way too.

And I know the scariest part is letting go ´cause love is a ghost you can´t control.

I promise you the truth can´t hurt us now so let the words slip out of your mouth.

Los ojos verdes de Sebastian estaban totalmente perdidos en la mirada de Blaine que para ese entonces estaba llena de amor y de incredulidad a partes iguales. Porque él también era un compositor y sabía lo importante que era para un artista regalarle una canción a otra persona. Y Sebastian Smythe estaba ahí, frente a él, diciéndole todas esas cosas que venían de lo más profundo de su corazón con esa melodía, con esa letra. Blaine sabía muy bien de qué palabras estaba hablando el joven Smythe, las únicas palabras que venían a su mente cuando pensaba en él.

Porque para el joven Anderson aún resultaba increíble que alguien cono esos ojos verdes tan hermosos, que alguien con esa voz que el mundo mataría por escuchar, que alguien pues como Sebastian Smythe pudiera amarlo de ese modo, del modo en el que estaba haciéndole sentir, de ese modo imposible que de hecho estaba siendo más que posible. Porque cuando Sebastian lo miraba de eso modo, cuando las manos de Sebastian lo acariciaban o su voz tocaba lo más profundo de su alma, Blaine se sentía otra persona. Una persona valiente, completa, totalmente maravillosa porque por algún extraño milagro eso era lo que Sebastian veía en él…

Una sonrisa brillante apareció en los labios de Blaine después de darse cuenta de aquel descubrimiento haciendo que las estrellas en los ojos de Sebastian elevaran su fulgor. Porque el joven Smythe sentía que estaba cantando las palabras necesarias, no más y no menos que eso y era genial ver que Blaine estaba entendiéndolo por fin y que después de eso, no habría miedo capaz de separarlos.

Porque el amor de Sebastian era puro y paciente. Porque si Blaine estaba en sus brazos, el futuro dejaba de parecerle aterrador y se convertía en una promesa de dicha sin límites. Porque había hablado en serio acerca de esa canción que era el regalo de navidad del hombre que amaba: nadie más que Blaine volvería a escucharla, nadie más que Blaine conocería aquella canción que los uniría a los dos como un juramento no dicho que en ese momento, los dos hacían poniendo el alma en la mirada, poniendo el alma en los labios de los dos, quienes, sólo esperaban que la canción llegara a su final para poder sellar aquel pacto de eternidad con sus bocas y tal vez, con el ardor de sus cuerpos:

And all of the steps that led me to you and all of the hell I had to walk through.

But I wouldn´t trade a day for the chance to say: "my love, I´m in love with you."

And I know the scariest part is letting go ´cause love is a ghost you can´t control.

I promise you the truth can´t hurt us now so let the words slip out of your mouth.

I know that we´re both afraid, we both made the same mistakes.

An open heart is an open wound to you.

And in the wind of a heavy choice love has a quiet voice.

Still your mind, now I´m yours to choose.

And I know the scariest part is letting go, let my love be the light that guides you home.

And I know the scariest part is letting go ´cause love is a ghost you can´t control.

I promise you the truth can´t hurt us now so let the words slip out of your mouth.

La canción se terminó y los dos se quedaron en silencio un largo rato, mirándose sí porque algo en ellos todavía creía que el otro era sólo una ilusión traída a ellos por aquel encanto que cada año llegaba al mundo por la Navidad. Pero no, aquello no era una ilusión, aquello era más que una fantasía… los dos eran reales, los dos eran carne y sangre llamándose poderosamente el uno el otro. Los dos eran alma y corazón pidiéndole a los dos unirse en aquel momento en cuerpo y alma de una vez y para siempre.

Fue Blaine el que tomó la iniciativa en aquel momento. Su mano izquierda acarició el rostro perfecto de piel blanca, labios rosas y ojos esmeraldinos de su compañero quien dejó que sus parpados cayeran para sumirse en la nebulosa feliz en la que las caricias de Blaine convertían al mundo. Los dedos del joven Anderson siguieron tocándolo, y después los dedos tímidos y temblorosos del muchacho bajaban desde sus mejillas a su cuello y de ahí, al primer botón de la camiseta de franela que Sebastian estaba usando.

El joven Smythe tembló al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, estaba pensando en frenar a Blaine pero los labios del pelinegro lo atraparon en un beso cadencioso y suave que decía todo lo que las palabras jamás podrían decir. Los labios de Blaine invitaban a Sebastian a olvidare del miedo, mientras las manos del chico seguían con su trabajo de desabotonar la prenda de Sebastian, porque aunque Blaine temblaba, aunque nunca antes había sentido la necesidad de estar piel con piel con alguien, la persona que estaba al lado suyo era Sebastian Smythe, su amor, eso era todo lo que él sabía.

Así que mientras la lengua de Blaine sometía a la de Sebastian a aquella salvaje danza que pronto hizo jadear a los dos muchachos, la camisa se abrió por fin permitiendo que Blaine pudiera tocar la piel dura y cálida del joven Smythe quien soltó un gemido bajo cuando los dedos de Blaine empezaron a pellizcar de un modo tímido pero constante la piel de sus pezones.

Sin dejar de besarlo, Blaine deslizó la camiseta fuera del cuerpo de su compañero. Quería sentirlo, quería tocarlo, quería saber cómo era rendirse ante él y eso es lo que haría porque ya no entendía a qué le temía tanto. Las manos de Blaine tocaron tanta piel como pudieron, se deslizaron por la suavidad de los pectorales del joven Smythe que sentía hervir su sangre con el tacto frío de Blaine sobre su piel; los dedos del pelinegro se aferraron a los hombros del otro joven tratando de memorizar su forma, el modo en el que la curva de esa zona del cuerpo de Sebastian bajaba hasta el inicio de sus brazos que seguían quietos sobre la cintura de Blaine.

Sebastian se sentía enfebrecido, la suave torpeza de Blaine al tocarlo era simplemente encantadora pero las manos del pelinegro también iban empezando a tomar confianza. Después de despojarlo de su camisa, las manos de Blaine comenzaron a rondar la orilla de la cintura de su pantalón sin llevar a cabo el movimiento definitivo para quitárselo de encima. Fue en ese momento, cuando las palmas de Blaine comenzaban a palpar la dureza de su erección creciente debajo de su ropa, que Sebastian tomó conciencia de lo que estaba a punto de suceder entre su amado Blaine y él.

-Blaine… Blaine, espera…- dijo el joven Smythe separándose de los labios de Blaine simplemente para sentir como el pelinegro tomaba aquella retirada como una invitación a besar la piel sensible del cuello de Sebastian.- Blaine, espera, mon amour, mírame…

El joven Anderson se detuvo en medio del viaje por la piel blanca de Sebastian. La verdad es que se había dejado llevar y no se había parado a pensar que tal vez no estaba haciendo las cosas de un modo placentero para el otro joven. Así que, deteniendo el curso que habían tomado sus caricias, Blaine se encontró mirando de frente a Sebastian que, a pesar de estar muriéndose de ganas por continuar todo donde se había quedado, tenía que estar seguro de que Blaine quería hacer eso porque quería, no porque se sintiera obligado a hacerlo.

-¿No te gustó?- dijo Blaine tratando de no sonrojarse- lo… lo siento. Puedo hacerlo mejor si tú… si tú me dices qué es lo que te gusta porque…

-Mon amour…- dijo Sebastian luchando con todas sus fuerzas por no derretirse ante las palabras de Blaine- ¿Por qué estás haciendo esto?

-Porque te deseo…- dijo Blaine sin poder evitar que su voz temblara y que sus mejillas volvieran a sonrojarse- y porque… porque también quiero darte un regalo de navidad que jamás puedas olvidar.

-Blaine, ¡Oh Blaine!- dijo Sebastian tentado a continuar con todo, pero sabiendo que era mejor clarificar aquello de una vez- no tienes que darme nada, no hagas esto porque te sientes obligado a ello, Blaine…

-Lo hago porque he pensado en hacerlo muchas veces, Sebastian- dijo Blaine con firmeza- porque tú eres la única persona con la que podría hacerlo y yo… quiero llegar hasta el final contigo.

-¿Qué quieres decir con eso…?- dijo Sebastian cediendo poco a poco al deseo que le reclamaba cumplir con la petición de Blaine.

-Tómame, Sebastian…- dijo Blaine haciendo que los vellos del cuerpo del joven Smythe se pusieran de punta al igual que su miembro que punzaba dolorosamente en su entrepierna ávido de las dulces caricias de Blaine Anderson- sigue enseñándome que el amor es placer y no dolor…

Aquella última frase que escapó de los labios de Blaine fue todo lo que Sebastian necesitó para poder seguir adelante. El joven Smythe dejó que sus labios encontraran de nuevo los de Blaine y succionándolos con pasión arrebatada, olvidándose un poco de la ternura de los primeros besos, guío las manos del pelinegro hacia su dolorosa erección. Blaine también se sintió animado y aceptado de pronto. Todo lo que le había dicho Sebastian era verdad: ya no quería sentir miedo, quería conocer la experiencia del amor en su totalidad.

Así que, guiado solo por su instinto natural, abandonó de nuevo los labios de Sebastian para poder seguir explorando la piel del cuello de Sebastian que el joven Anderson estaba empezando a encontrar sumamente apetecible pues Sebastian soltaba pequeños sonidos extasiados cuando él recorría la forma palpitante de su yugular, dejando que su lengua se llenara del sabor salado de esa piel y que sus labios, sintieran debajo de ellos el latido de Sebastian que también había decidido quedarse quieto para que fuera Blaine quien descubriera por sí mismo, las formas de elevarlo al paraíso.

Y es que Blaine se sentía como un explorador. La piel desnuda de Sebastian lo tentaba a seguir adelante. Los dedos del chico recorrían una y mil veces aquella piel trazando caminos, tratando de memorizar con su tacto la intrincada geografía de aquel cuerpo. Blaine se deleitaba succionando los pezones del joven Smythe, dejando rastros de humedad con su saliva por esos pectorales y por el vientre marcado y duro de su compañero.

Blaine sentía que su respiración agitada subía de intensidad a medida que sus labios seguían bajando con rumbo al sur, al inicio de los pantalones de Sebastian que el chico Anderson fue bajando lentamente, deleitándose en la forma en la que la espalda del ojiverde se arqueó cuando los labios de Blaine se acercaron a la forma dura de su pene que pareció crecer de pronto al sentir aquella pequeña boca regalando besos por toda su longitud. Y es que Sebastian no tenía nada debajo y Blaine, quien nunca había hecho lo que había ahora, empezó a sentir que su propio cuerpo reaccionaba al saberse besando aquella parte tan íntima de la anatomía de Sebastian quien, se sacudió de encima el pantalón dejando que el joven Anderson se hincara delante de él, entre sus piernas, dejándolo acariciar el largo de estás a medida que su boca iba descendiendo de su glande hinchado y rojo hasta la piel rugosa y extremadamente sensible de sus testículos.

-¡Oh Blaine!- dijo el joven Smythe cerrando los ojos al sentir que el pelinegro jugaba con la punta de su mimbro, lamiéndolo con su lengua, haciendo que todo el cuerpo de Sebastian temblara porque había imaginado aquel momento muchas veces y ahora era real.

Blaine estaba ahí, hincado frente a él, su pequeña boca abriéndose alrededor de su pene erecto, resbalando por él con timidez pero también don determinación, haciéndole pensar a Sebastian que aquella era una visión hermosa que llevaba más sangre hacia su pene y le hacía perder el aliento.

Porque la humedad de la boca de su amado lo rodeaba ahora, Sebastian sabía que no debía abusar de su buena suerte por lo que contuvo las ganas de empezar a mover sus caderas hacia la boca de Blaine. No quería asustarlo, quería que aquel joven siguiera descubriéndolo, quería seguir sintiendo la ternura febril con la que Blaine besaba su pene erecto, seguir contemplando el rubor en esas mejillas hinchadas y quería perderse en la sensación de esos labios succionándolo. Y la boca de Blaine siguió bajando por su piel, llenándose de él, amenazando con hacerlo perder la cordura de un momento a otro porque, aunque se notaba la inexperiencia del joven Anderson, seguía siendo él.

Sebastian empezó a hiperventilar, sus manos se aferraban a la manta que Blaine había tendido para los dos en el suelo mientras los rizos oscuros de su amado le hacían cosquillas. El joven Smythe empezó a acariciarlos, contemplando también como el joven Anderson empezaba a bajar su propio pantalón para poder tocarse… y aquella visión hizo que el joven Smythe tratara de regularizar el ritmo de su respiración porque no quería que Blaine sintiera que sólo él quería ser complacido, así que, el castaño puso una mano sobre las mejilla de su amado indicándole que él ya había tenido suficiente diversión.

Blaine tembló un poco sabiendo que Sebastian quería tocarlo ahora pero ese temblor obedecía más al deseo que al temor. Regalándole al miembro de su compañero una última y larga lamida que dejó escurrir la saliva del pelinegro hacia la piel caliente de los testículos totalmente inflamados del joven Smythe, el chico se acercó de nuevo al cuerpo del castaño. Sebastian sintió un último estremecimiento. De verdad le parecía irreal que Blaine le hubiera regalado una de las mejores experiencias de sexo oral que hubiera tenido en la vida.

-¿Lo hice… lo hice bien?- dijo Blaine cuando Sebastian lo levantó del suelo y, bajando su pantalón y su ropa interior por completo, lo sentó sobre su regazo desnudo, haciendo que su erección se rozara con la del joven Smythe.

-Mon amour…- dijo Sebastian empezando a besar el cuello de Blaine al tiempo que si mano derecha acariciaba la creciente erección del joven Anderson quien soltó un gemido alto que hizo que Sebastian mordiera un poco su cuello dejando en él una marca- eres perfecto, lo hiciste de maravilla… ¡Tu boca, tu boca es maravillosa! Eres tan hermoso y sensual… ¡Oh Blaine!

-¡Oh Sebastian!- dijo el joven Anderson empezando a ver estrellas por el modo en el que los dientes del joven Smythe seguían aferrándose a su piel y la forma cadenciosa de la mano de su amado sobre su miembro chorreante de líquido preseminal- ¡Ah, mon amour…!

-¿Qué dijiste?- dijo el joven Smythe con el pulso elevado a mil por hora pues la forma entrecortada en la que Blaine había pronunciado aquellas palabras bastaba para hacerlo sentir tan caliente como el infierno- dilo de nuevo, dilo…

-Mon amour…- dijo Blaine mirando a los ojos al joven Smythe que había dejado de besarlo simplemente para ver cómo las palabras tomaban forma en la boca de Blaine- eres mi amor, eres todo el amor que quiero… Sebastian, hazme tuyo, soy tuyo mon amour…

La sangre de Sebastian ardió al escuchar las palabras de Blaine. Tratando de hacer de aquella experiencia una primera vez agradable para los dos, el joven Smythe despojó a Blaine de su camiseta azul oscuro y se relamió los labios al ver a aquel cuerpo desnudo encima del suyo. Sebastian volvió a tomar los labios de Blaine en un beso apasionado, juntando también entre su mano su erección y al de su compañero, haciéndolas chocar mientras sus labios mordían los de Blaine y este acariciaba sus mejillas y su cuello, volviendo a pellizcar sus pezones.

El beso pareció alargarse una eternidad hasta que Sebastian colocó uno de los cojines más cercanos sobre la manta donde antes los dos chicos habían estado contemplando las luces del árbol. Con sumo cuidado, el joven Smythe dejó que el pecho de Blaine descansara sobre el cojín, haciendo que el trasero del pelinegro quedara a su completa disposición. Blaine se dejó hacer y en seguida extraño la cercanía del cuerpo del ojiverde quien se había levantado del piso para poder ir por la botella de lubricante que guardaba en uno de los cajones del librero.

El pelinegro tembló cuando sintió que Sebastian se recostaba encima de él, su boca soltando aire caliente encima de sus labios, besándolo de manera rápida para empezar a acariciar su pecho al tiempo que el castaño dejaba que Blaine sintiera el calor de su erección en medio de sus nalgas. El joven Anderson gimió al sentir aquella dureza contra su piel, Sebastian la hacía resbalar al tiempo que sus labios besaban el cuello del pelinegro quien había empezado a sudar ya desear sentir aquella dureza hundiéndose en él, penetrándolo no con odio sino con amor.

Y es que… ¿qué otra cosa podía ser aquello? Las manos de Sebastian seguían tocando su pene erguido que pedía una tregua sintiéndose a punto de estallar. Los labios del ojiverde seguían resbalando ahora por su nuca y por la línea de su columna vertebral produciendo sonidos de succión que tenían a Blaine al rojo vivo. Porque Sebastian sabía lo que hacía, porque sus caricias eran lentas y sumamente placenteras pero nada comparado con la sensación sublime de la lengua de Sebastian resbalando desde su espalda baja hacia el inicio de su ano donde, aquella lengua experimentada se quedó un largo rato besando, chupando, intentando adentrarse en aquella cavidad virgen que anhelaba tenerlo dentro. Blaine tembló totalmente al sentirse besado de ese modo. La lengua suave del joven Smythe se hundía en él derramando saliva y devorándolo al tiempo que Blaine tocaba él mismo su erección.

El joven Anderson gemía y temblaba y un grito ahogado escapó de sus labios al sentir la invasión de uno de los dedos de Sebastian. Blaine se estremeció un poco ya que el dedo estaba cubierto de lubricante frio, pero se acostumbró pronto a la invasión dejando que aquel dedo juguetón se hundiera en él causándole escalofríos porque aquella presión se sentía bien ahora, haciéndole desear que Sebastian ´pudiera añadir un dedo más a la diversión, cosa que el castaño hizo provocando que Blaine gimiera y comenzara a moverse hacia aquella dulce sensación de estar lleno que le hacía ver estrellas.

Un dedo más se internó en Blaine quien estaba empezando a sentir dolor a pesar de que pasado un momento, el aguijonazo inicial cambió por la ya conocida sensación de presión que lo hacía sentirse enfebrecido.

-Relájate, confía en mi mon amour, no voy a lastimarte- le dijo Sebastian, atrapando un gemido de la boca de Blaine al empezar a mover sus dedos hacia afuera y hacia dentro del muchacho- no voy a lastimarte, vas a disfrutarlo…

Blaine se dejó llevar por la sensación de esos dedos hundiéndose en él aunados a la lengua de Sebastian que seguía luchando dentro de su boca, logrando que de pronto la presión de tres dedos en su ano dejara de ser suficiente. Blaine quería más, Blaine quería a Sebastian dentro de él, lo quería ahora, lo quería ¡Oh cuánto lo deseaba!

-Mon amour…- dijo Blaine cuando los labios de Sebastian dejaron de besarlo- estoy listo… estoy… ¡Ah Sebastian!

El joven Smythe hundió una última vez sus dedos dentro de Blaine haciendo que el joven Anderson se arquera completamente sobre su pecho al sentir que el ojiverde había tocado un punto sensible dentro de él.

Sebastian acarició su propia erección antes de recostar a Blaine encima del cojín, pero esta vez, con sus hermosos ojos color avellana ebrios de dicha y placer mirándolo fijamente mientras la boca de Sebastian volvía a resbalar sobre la piel de Blaine, por todo ese cuerpo que ansiaba rendirse ante él para conocer el placer absoluto. El joven Smythe recorrió de nuevo el cuerpo amado, sin dejar ni un solo centímetro sin besar, mordiendo y chupando, lamiendo reconociendo cuáles eran los sitios que hacían gemir a Blaine, descubriendo que el pelinegro se estremecía totalmente cuando él jugueteaba con la piel de sus testículos metiéndoselos a la boca al tiempo que acariciaba el miembro erecto del pelinegro.

-¡Sebastian!- gimió Blaine después de que el joven Smythe comenzara a subir ya bajar con su boca por el eje erguido de su pena- mon amour, no aguantaré más… por favor, por favor…

-Mon amour…- dijo el joven Smythe después de lamer de nuevo el pene de Blaine- haré lo que tú desees, te amo, Je t´ aime… ¡Oh Blaine!

El joven Smythe gimió al mismo tiempo que Blaine y sintiendo que él mismo estaba a punto cubrió su miembro erecto con abundantes cantidades de lubricante del mismo modo que, abriendo las piernas de Blaine sobre la manta en el piso, empezó a estimular el ano del otro chico, preparándolo para lo que vendría.

-Iré lento, Blaine…- dijo Sebastian, tratando de no correrse con el solo pensamiento de estar dentro de su amado- si quieres que me detenga sólo dímelo.

Blaine asintió y mordió sus labios al ver la imagen gloriosa de Sebastian dirigiendo su miembro hacia su entrada que recibió la punta del pene de Sebastian con un poco de protesta que se tradujo en un dolor agudo que trajo a la memoria de Blaine aquel momento en el que la oscuridad se había cernido sobre él.

Pero no… aquel dolor no era malo, aquel dolor no se parecía nada al dolor que se había llevado con él su inocencia y su fe en las personas. Aquel dolor era necesario porque estaba seguro de que no sería dolor para siempre. Así que siguiendo el consejo de Sebastian, el joven trató de respirar profundo y trató de aceptar el dolor dentro de él, dolor que sí, era insoportable y lo hizo gritar un poco pero que, después de un rato, iba transformándose en otra cosa cuando sus ojos se abrieron y se encontraron con los de Sebastian que parecía estar por fin en el paraíso que siempre había esperado ver.

Las caderas de Sebastian chocaron con las de Blaine por fin y el joven Anderson soltó un gruñido al sentirse totalmente lleno de Sebastian. Aquello era real. Sebastian estaba dentro de él, Sebastian y él eran uno solo…

-Te amo Blaine, te amo…- dijo el joven Smythe sin atreverse a moverse aún- ¡Ah, eres tan apretado!

-Muévete, muévete mon amour…- dijo Blaine sin saber de dónde veía la fuerza para pedirle ese tipo de cosas a Sebastian- soy tuyo Seb, por fin soy tuyo…

Aquellas palabras hicieron que Sebastian gimiera locamente mientras sus caderas aceptaban la orden de Blaine, moviéndose hacia él primero con calma, haciendo que el pelinegro se acostumbrara a la invasión. Las primeras embestidas también trajeron su cuota de dolor, pero después de un momento, se convirtieron en la repetición continua de una sensación placentera que no se parecía a nada de lo que Blaine hubiera experimentado entonces y el rostro sudoroso y sonrojado de Sebastian le añadía solo más sensualidad al momento, el momento en el que el miedo se esfumaba y el placer se apoderaba de aquellos dos cuerpo unidos más que por el cuerpo, por la fuerza de su alma y del amor enorme que se dejaba ver aún en cada caricia, en cada gemido de éxtasis total.

Y el sonido de esos gemidos, la repetición continua del nombre del otro, el concierto de te amos, todos ellos se unieron al ruido de todas las demás criaturas que no duermen de noche. Sus cuerpos, empapados de sudor, exhalando aire caliente, sintiéndose unidos como hasta nunca entonces, completaron la sinfonía nocturna del viento helado, de las estrellas distantes, del sol oculto dentro de miles de kilómetros de negrura.

La música los había llevado a conocerse, habían cantado miles de canciones juntos y habían compuesto otras tantas. Pero esta vez, mientras Blaine gemía sintiendo el miembro de Sebastian hundiéndose en él y embistiéndolo con más fuerza y velocidad, haciéndole conocer la más sublime locura del universo, no hubo necesidad de notas, ritmo, ni tiempo que les dijeran hasta dónde podían llegar; en aquel instante no necesitaban una melodía detrás para saber que lo que estaban haciendo era música, música que brotaba de sus cuerpos, de sus cabellos revueltos, de los te amo susurrados a la luz del árbol; música maravillosa que alejaba el invierno, que unía sus almas, música que también podía ser un juramento con la eternidad. Aquella noche, no había necesidad de explicaciones, no importaba cómo habían llegado a aquel momento porque lo cierto es que aunque las buscaran no había más razón para ellos que el amor al que sus cuerpos seguían cantándole…

-¡Oh Sebastian!- dijo Blaine cuando el miembro de Sebastian volvió a tocar su glándula- te amo, te amo Sebastian…

-Je t´aime… mon amour… - dijo el joven Smythe acariciando la erección de Blaine haciendo que el muchacho volviera estremecerse- ¡Ah Blaine, cuánto te amo!

Y con aquella declaración en el aire, con una última embestida del miembro de Sebastian dentro de él, el joven Anderson sintió que su alma abandonaba a su cuerpo, que un portal de luz se abría delante de él, que toda la felicidad y bienestar del mundo lo cubrían de pies a cabeza, que su cuerpo tembloroso y su miembro derramando su esencia en el vientre de Sebastian todo eso, estaba hecho de felicidad también. Porque el orgasmo brutal que lo había hecho gritar y gemir de nuevo lo partió en dos como un rayo haciéndole pensar que él estaba hecho de luz, de amor, de todo lo que hacía perfecto al mundo.

Sebastian explotó también al sentir el esperma de Blaine bajando por su vientre, se hundió una última vez en aquel ano apretado y cálido que era una delicia para su cuerpo y se derramó dentro del chico que volvió a estremecerse al sentir el líquido caliente y viscoso del miembro de su amado quien se desplomó sobre él para besarlo suave y tiernamente sin retirarse de su interior.

-Te amo, Blaine Anderson- dijo Sebastian besando todo el rostro del pelinegro que se abrazó a la espalda de su amado tratando de averiguar si aquel placer devastador que había sentido podía volver a repetirse- después de esto, tienes que casarte conmigo sí o sí, mon amour…

-Esa ha sido la propuesta de matrimonio menos romántica de la historia- dijo Blaine haciendo sonreír al otro joven- gracias Sebastian, gracias por hacerme sentir amor de todos los modos…

-No sentirás otra cosa en tu vida, Blaine- dijo el joven Smythe sellando su promesa en los labios de Blaine- feliz navidad, mon amour…

-Feliz navidad, Seb…

Y sabiendo que efectivamente aquella era la navidad más feliz en la vida de los dos, los amantes recién descubiertos por la magia navideña se volvieron a entregar a la cadencia de sus besos, al calor de sus cuerpos y a la llama de su amor rogando que papá Noel hiciera de aquella noche una noche eterna. Porque el invierno estaba esperando afuera con sus tormentas de nieve y su helado viento del norte pero ahí, en el apartamento de Sebastian, la primavera había encontrado un lugar donde llegar antes de tiempo…


CANCIONES:

Save me- Muse

The words- Christina Perri

NDA: FELIZ NAVIDAD ATRASADA A TODAS¡ XD Espero que este capítulo haya sido de su agrado y recuerden comprar insulina porque en el que viene habrá más cosas bellas :) Muchas gracias por todo su cariño y apoyo¡ :D