Líder
Tsunade
Seguía luchando con chakra en mano; un enemigo menos, fue tras otro y otro más, repartía cortes, puños y patadas cual demonio de batalla, sin dudarlo, sin dar señas de querer detenerse continuó avanzando por el ejército de ninjas. La adrenalina le estaba subiendo de sobremanera, continuó con lo que hacía, ya estaba al calor de la batalla y a medida que se acercaba sus enemigos mostraban mayor resistencia, pero no se rendiría, esta vez lo lograría.
No estaba ilesa, tenía varios cortes distribuidos por el cuerpo, moretones y estaba segura que una fractura en algún lado, pero le daba igual, estaba cerca de cumplir, sin embargo, estaba también por quedarse inconsciente. No quería, no podía hacerlo, pero su cuerpo llegaba al límite y lo sabía, con una mueca de tristeza finalmente cedió, dejándose caer a plomo, sin ver si se haría daño o asegurarse de que alguien la atrapara antes de tocar suelo…
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… Abrió los ojos con dificultad gracias a la luz matutina que le daba de lleno en la cara, examinó el lugar aún adormilada, un sueño, aún no estaba despierta del todo, y de solo medio mirar la montaña de papeles que tenía al frente se le fueron los pocos ánimos que tenía, se levantó buscando alguna botella de sake sobreviviente a la limpieza de su asistente.
Justo donde siempre, sonrió de lado, o se la dejaba apropósito o no era muy buena buscando objetos, la tomó con cuidado como si de una delicada pieza de arte se tratará y la llevó a su escritorio, se sirvió un poco y de un trago se lo tomó. Rió con tan solo imaginar la cara de la pobre morena cuando la viera con el sonrojo en las mejillas, siempre había sido así.
Echó la cabeza hacia atrás elevando las manos al cielo y estirando los músculos de su espalda entumida por dormir en mala postura. Giró su vista hacia la ventana desde la cual se veía perfectamente una parte de la aldea.
Por un momento sintió de nuevo esa punzada en su corazón, pero agitó frenéticamente la cabeza para alejar esos pensamientos que la acosaban apenas estaba sobria, sintió que su eterna vigilante venía, no pensaba quedarse a escuchar el sermón médico de cuidar su salud así que usó la siempre útil ventana para salir disparada hacia cualquier lugar. Usualmente no hacía eso, se quedaba ahí para escuchar lo que tenía que decirle, pero hoy no tenía ánimos siquiera para discutir sobre la libertad que tenía de tomar hasta quedar inconsciente. Muchas cosas estaban pasando y suficiente era tener que resignarse a cargar con todo.
Se alejó pronto de la torre, solo quería unos momentos, unos minutos, no pedía más.
Llegó hasta los barrios vacíos, que hacía tan solo un par de semanas servían como departamentos de shinobi. No quedaba casi nadie y sabía que no la veían, así que se aventuró a entrar en uno particularmente lleno de polvo, su anterior dueño tenía ya bastante tiempo en la lista de bajas.
Se acomodó en la vieja sala de estar, sin limpiar ni nada se dejó caer levantando una ligera polvareda, de momento cuando quiso buscar su pequeño tesoro producto del arroz fermentado se dio cuenta que en la prisa de su escape la botella había sido abandonada en el escritorio. Resopló molesta por su propio descuido.
Ya estaba acomodada de nuevo, su mente repasaba las actividades del día, resignándose a la junta con el consejo, haciendo muecas por tener que hacer turno en el hospital. En algún momento su mirada se perdió en un punto indefinido de la nada agraciada sala.
Sus ojos miel perdieron el brillo, entreabrió los labios y por aquél pequeño espacio salió un casi inaudible suspiro, por eso odiaba estar sobria, pero esta vez no pudo contenerse, todo aquello de lo que estaba huyendo venía a su encuentro, y no se trataba precisamente de su asistente y la montaña de papeles.
Cualquiera que conocía su historia podría jurar que su alcoholismo era por haber perdido a los que amaba, algo así sucedía, no exactamente porque ya no estuvieran con ella, sino porque ella no estuvo con ellos.
Pero el problema principal no era ese, esas ausencias era solo una fracción del peso que oprimía su corazón, la otra parte estaba en su papel de tener que mandar elementos shinobi a misiones como corderos al matadero.
Hubo otro suspiro en la habitación, más audible que el primero, proferido por la misma rubia, el trago de la mañana no era suficiente para anestesiar ese sentimiento, cerró los ojos buscando algo en su mente que captara su atención y detuviera esos pensamientos…
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… Miró a su alrededor, la batalla estaba en todo su esplendor, se alistó para atender a los heridos, pelear no tendría mucho sentido si las bajas aumentaban, pero apenas se acercaba al primero, un ninja de formidable tamaño se lanzó en su contra, sin duda alguna le hizo frente, estaba segura que aún con la diferencia de tamaños las fuerzas serían iguales.
Su combate se prolongó más de lo que hubiera querido, algo la inquietaba, la voz de aquél sonaba como el eco unísono de muchas otras…
Estaba perdiendo, ya le costaba trabajo todo movimiento, su oponente lo sabía, se acercó a ella para acabarla de una vez, levantó su puño y abrió la boca de una manera inhumana, la Godaime quedó aterrada, pudo ver con claridad el rostro de todos aquellos que condenó y los que abandonó, no había olvidado a ninguno.
Al fin le harían pagar por todas sus decisiones, no pudo evitarlo, gritó como no lo había hecho nunca cubriéndose el rostro con las manos.
—Tonta…
La voz que se lo decía le parecía tétricamente familiar, aterradoramente tranquila. Levantó la mirada esperando que no fuera lo que pensaba… las dos miradas color miel se cruzaron, uno de los pares de ojos estaba rodeado ya de años marcados, los otros jóvenes y expectantes. La mujer mayor vestía las ropas propias del kage de la hoja, mientras que la menor seguía con el haori de "apuesta".
— ¿Hasta cuándo vas a escapar? ¿Cuánto tiempo cargarás sola con culpas que no son solo tuyas? — interrogaba la mayor con un aire serio; —Eres una tonta, cobarde ¿Sabes? ignorarlos no los hará desaparecer.
Vino el silencio, el incómodo silencio que sobrevenía cuando se echaban en cara los defectos y no hay manera de negarlo.
—Haz lo que te plazca, solo recuerda, que aunque luzcas como veinteañera, aunque te portes como cría, los años pasan y ten por seguro que no solo traen dolor, vienen con experiencia y fortaleza. Es una lástima que te aferres a una actitud que ya no te pertenece, a una rebeldía que tus hombre notan y flaquea tu autoridad.
Miedo era poco, ni siquiera fue capaz de ponerse de pie para encarar a la anciana de mirada severa, bajo la cabeza, esa imagen suya que tanto terror le daba encontrarse en el espejo por las mañanas la estaba incomodando. Ese sentimiento de sentir cómo el tiempo le pasaba encima y no había logrado todos sus objetivos, la embargó a medida que a su alrededor pasaban como almas en pena las siluetas de los caídos en misiones, en guerras, en quirófanos, todos llamándola huecamente por su nombre…
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… Se despertó sobresaltada, de todos los sueños que tenía este le dejó el sabor amargo en la boca, miró con atención; seguía en el departamento.
La sintió de nuevo, su asistente se acercaba peligrosamente a su escondite así que salió a su encuentro, ya vería qué decirle. Al poco rato estaba en la oficina, con el papeleo reduciéndose a paso lento, con un par de ojos negros clavados en su nuca imposibilitándole cualquier maniobra de escape. Miró el reloj de pared, era hora de la junta y su acompañante lo sabía, así que se encaminó a la puerta.
La joven morena estaba ya afuera, su jefa tardaba demasiado, rogó al cielo que no hubiera escapado de nuevo, entró a la oficina. Su sorpresa fue tal que el pobre cerdito cayó limpiamente al suelo.
La rubia terminaba de arreglarse, acomodaba tranquilamente el sombrero característico de su rango cuando escucho un golpe seco seguido de dos chillidos: el del asustado cerdito y el de la atónita chica, giró sobre sus talones encontrándose con una pasmada Shizune que ignoraba reclamos de Tonton, indignado en el suelo, sabía el porqué, pero solo se encogió de hombros caminando hacia a la puerta, pronto la siguió la otra que no cabía en sí de la emoción; finalmente se dirigían a una reunión con el consejo sin previa alcoholización, sin quejidos ni reproches ¡Su mentora se estaba reformando! ¿O era una mala jugada?
Apenas llegaban al lugar, la joven asistente se adelantó para anunciar a la Godaime, está miró la puerta y respiró hondo, buscó dentro de la capa encontrando lo que quería. Sacó discreta su botellita blanca… "Culpas que no solo tuyas".
Ella era una líder y por tanto, todo fallo, era su fallo. Tenía la responsabilidad, y el deber de hacer lo mejor. Por un segundo sus ojos se cristalizaron, respiró hondo, guardó la botella sin abrirla y entró al salón con paso seguro.
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