10. Promesa

La hermosa mujer permaneció dos horas en la cafetería de la facultad. No porque no tuviera realmente nada que hacer, ni porque estuviera esperando a nadie.

Permaneció allí porque se sentía más segura. Ni siquiera durante las horas de clase la cantina quedaba totalmente vacía, siempre había alumnos que faltaban a clase, o que mataban el tiempo entre clase, o profesores con huecos u horas libres que bajaban a despejarse un poco. En cualquier caso, nunca estaba sola.

Y estar sola, en aquellas circunstancias, era lo que más la aterraba. Él no la atacaría allí, no intentaría matarla, no en público, no delante de testigos. Le conocía bien. Su perseguidor era un profesional, y los profesionales no dejaban rastro, ni se exponían a ser vistos o reconocidos.

O por lo menos eso creía.

Dos largas horas con la taza de café vacía frente a ella, con una mano rodeándola y la otra sobre un enorme manual sobre arqueología paleocristiana de la región de Capadocia, escrito por la doctora Selma Al-Jazira, graduada de aquella misma universidad. Un ámbito que no le era en absoluto ajeno, una arqueóloga que ella conocía bien. Aunque en aquel momento el manual era más bien una maniobra de distracción.

Si fingía leer, levantaría menos sospechas. Si fingía leer, nadie, particularmente un hombre, vendría a molestarla. Ya se había acostumbrado a que siempre le sería difícil pasar desapercibida, ni siquiera con pañuelo y gafas de sol. Pero podía evitar que la molestasen.

Un grupo de estudiantes se sentó en la mesa frente a ella. La mujer pasó discretamente una página del manual y fingió observar con detenimiento los diagramas de la excavación cercana a Göreme de la cual hacía años que la doctora Al-Jazira se encargaba.

Era muy fácil oír lo que los alumnos comentaban, despreocupados.

- … dicen que en una semana presenta su tesis y que luego hay una especie de gala.

- ¿De qué?

- De gala, tío. Una gala nocturna con su cóctel y todos los peces gordos de la universidad…

- ¿Una cena pija por una tesis? ¿Cuándo se ha visto eso?

- Al-Jazira ha encontrado algo gordo ahí abajo. Hace años que no se habla de otra cosa. Yo he oído decir…

El estudiante bajó la voz, pero la mujer tenía el oído fino.

- ¡… que ha encontrado Nephili!

Otra estudiante, una chica, soltó un bufido.

- ¿Otra vez a vueltas con esa gilipollez? Hace años que se dice que ha encontrado Nephili. Es una leyenda, macho. Esas cosas no existen.

- Pues la National Geographic está revolucionada, guapa. Llevan meses que no la dejan en paz con eso.

- Mientras no vengan los del History Channel y sus aliens…

- ¿Qué aliens ni qué cojones, tíos? – otro de los jóvenes dio un palmetazo en la mesa – Dejaos de polleces. Lo que ha encontrado es un montón de muertos. Eso he oído. ¡Cientos de muertos!

- ¿Una cena especial por un puñado de muertos? Qué mal gusto, tío.

- Bueno, ¿y qué otra cosa le queda a un arqueólogo? O ruinas o muertos.

- A mí me han dicho que…

- ¿Qué? ¡Qué!

- Que Lara Croft va a estar allí…

Un coro de exclamaciones y gritos excitados, seguido de diversas consideraciones sobre el atractivo físico de la exploradora británica que a la mujer no le interesaban en absoluto, por lo que dejó de escuchar.

Lentamente, deslizó el dedo por el borde de la taza de café, que aún tenía las marcas de su barra de labios.

Los Lux Veritatis, pensó. El horrendo cementerio de Tenebra. Las víctimas de la masacre iban a salir a la luz. Y sí, si aquellos restos eran revelados, por qué no lo de los Nephili.

Siempre había creído que Selma Al-Jazira era una estúpida ingenua, una soñadora metida en algo que le venía demasiado grande. Nunca se molestó en liquidarla – cuando tenía poder para hacerlo – porque la consideraba insignificante, mucho menos que a una mosca. Una hormiga, a la que no valía la pena ni el esfuerzo de aplastar.

Pero quizá él ahora la aplastaría.

- Estás loca, doctora. - murmuró la mujer en voz apenas audible – Completamente loca.


- ¿Estás segura de que es lo que quieres?

Anna frunció el ceño ante la pregunta, aparentemente estúpida, de su madre.

- ¡Claro que sí! Además, papá ya lo sabe y está de acuerdo. Se lo dije anoche.

Selma, que estaba clasificando unos papeles en su escritorio, miró de reojo a Lara, atenta a su reacción.

La exploradora británica, cruzada de brazos y apoyada contra la pared del barracón, alzó una ceja en gesto de desconfianza. Kurtis, ¿estar de acuerdo con colocar a su querida niña frente a dos esqueletos armados? Sí, claro.

Anna enrojeció levemente.

- Bueno…. Ehhh…. Yo creo que sí está de acuerdo.

- Ah, claro, tú crees. - Lara esbozó una mueca torcida – Eso ya me cuadra más.

- Son Lux Veritatis como él… como yo, mamá. No me harán daño.

- ¿Y por qué querrías ir?

Otra pregunta estúpida. Qué rara estaba su madre últimamente. No parecía ella.

Incómoda, Anna fue cambiando el peso de pierna.

- Ehr, bueno… curiosidad. ¡Nunca he visto esqueletos andantes! – alzó las manos en un gesto frustrado - ¡No es justo! ¡Tú has visto cientos de esqueletos armados y andantes!

- Está bien. - Lara sonrió levemente. – Pero antes hablaré con tu padre.

- A ser posible, sin pelearos, ¿vale? – Anna dio media vuelta, sacudiendo la coleta a su espalda, y salió rápidamente del barracón, dejando a Lara boquiabierta por su descaro.

No tuvo tiempo de recriminarle, entre otras cosas, porque la risita de Selma a sus espaldas la distrajo.

- Bueno, ya se dice… los niños nunca mienten. – murmuró la arqueóloga.

- No creo, en cualquier caso, que sea el momento apropiado para viajes a Egipto.

- No, ¿verdad? Ya está todo suficientemente tenso. - Selma se miró distraídamente las uñas, y luego añadió de pronto - ¿Cuándo vas a ser sincera conmigo, Lara?

La exploradora británica se giró hacia ella. Durante un momento, la turca pensó que le iba a arquear una ceja, darle una seca réplica o cualquier otro exabrupto con el que ella solía escudarse para eludir preguntas molestas. Pero Lara se limitó a cruzarse de brazos y a observar en silencio a Selma.

Ahora o nunca, pensó la turca.

- ¿Sabes qué me dijo Anna anoche, cuando la mandaste a dormir conmigo por tu guardia? – Selma chasqueó la lengua – Me preguntó si se iba a quedar sin padre.

- ¿Qué? – exclamó Lara, súbitamente perpleja. - ¿Por qué iba a quedarse sin padre?

- Porque tú ibas a echarle.

Funcionó. Lara, se dio la vuelta, molesta, y masculló:

- Yo no voy a echarle.

- Ya lo has hecho, Lara. Sólo te falta darle la patada y mandarlo a tomar por saco.

- No me hables así. – la británica se giró hacia la arqueóloga. Una lenta cólera empezaba a espesarse en el tono de su voz. – Esto no es asunto tuyo, ya te lo he dicho.

Y de pronto, Selma se levantó, dio tres zancadas y se plantó ante ella, acercando su rostro al de Lara. La exploradora seguía siendo casi una cabeza más alta que ella y su musculosa figura imponía en comparación a la delicada Selma, pero la turca le había perdido el miedo hacía mucho.

- No, no lo es. - admitió la turca tranquilamente – Pero la verdad es que ya me he cansado de vuestras tonterías. Dejaré de lado mi propia carrera, mi tesis y el hecho de que un asesino nos ronda vete a saber por qué. Piensa en Marie, que se está muriendo. Y, sobre todo, piensa en tu hija, que, aunque parece no hablar contigo, a mí me dijo claramente anoche que tenía miedo de que la separaras de Kurtis.

Lara le sostuvo la mirada durante un instante, luego, ante su sorpresa, cedió y se apartó.

- Yo no haría eso. - masculló – Está muy unida a él. Siempre lo ha estado – murmuró, más para sí misma que para Selma. – Yo le di a luz, pero ha crecido ligada a él. Separarlos… sería como matarla.

- ¿Y Kurtis? – Selma alzó una ceja – A él, ¿no lo matarías?

Lara guardó silencio.

Suspirando, Selma insistió:

- Anna estuvo contándome que ella es una Croft, que lleva tu apellido… no el de su padre. Dice que legalmente ella te pertenece a ti, y que no consta en ningún archivo que ella tenga padre.

- ¿Desde cuándo te metes en nuestra vida? – saltó Lara de pronto, ahora realmente enfadada. ¿Y qué diablos hace Anna hablando de eso?, pensó, aunque se mordió la lengua para no soltarlo. ¿Cómo sabía Anna siquiera eso? ¿Era posible que Kurtis…? Se dio cuenta, alterada, que su hija se estaba convirtiendo en una extraña para ella… ¿o quizá estaba sucediendo al revés? – Es un arreglo con el que Kurtis estuvo de acuerdo en su día. Para proteger su anonimato, y también para legar a Anna todo lo que es mío. Él no tiene nad… -se mordió la lengua. No, no estaba bien hablar así del escaso patrimonio de Kurtis.

Más teniendo en cuenta que él jamás había querido tocar ni un céntimo de ella.

- Pero, si quisieras, podrías separarlos, ¿verdad? – Selma abrió los brazos – No hay relación legal alguna entre ellos. Legalmente, Anna no tiene padre. Es hija de padre desconocido. Eso dicen los registros, al menos el que llegó a husmear en el hospital de Sri Lanka, cuando la curaron de su brecha en la cabeza.

- Pero qué… - Lara se pasó la mano por la cara - ¿Qué clase de monstruo crees que soy? Y en cualquier caso, ¡no tengo ninguna obligación de darte explicaciones!

Le dio la espalda y fue en dirección a la puerta, pero de nuevo la voz de Selma le detuvo:

- Ten cuidado, Lara. Casi has perdido a Kurtis, y podrías perder a tu hija también.

La mano de la exploradora se quedó congelada en el aire, a unos centímetros de tocar el pomo de la puerta. Entonces, se volvió de nuevo hacia ella. La expresión de su rostro era terrible.

- Quieres saber qué ha pasado, ¿verdad? – su voz era fría, calma de pronto. Daba miedo, pero Selma no se inmutó. La vio lamerse los labios antes de continuar – Nos peleamos. Desde que Anna manifestó esos poderes en Sri Lanka, Kurtis ha estado actuando como un paranoico, viendo fantasmas por todas partes, tratando a Anna como si fuese una muñeca de porcelana a punto de romperse…

- Sufre por la niña…

- … inoculándole esos miedos, después de todos los años en que la he criado para ser fuerte, para ser autónoma.

- … como sufrió él durante toda su vida, por culpa de esos poderes. No puedes culparl…

- … así que nos peleamos. La discusión fue a más, perdimos el control y él me atacó.

Selma le miró estupefacta.

- ¿Qu- qué…?

- Sí, me atacó. ¡Él! ¡El padre de mi hija! – alzó las manos y cerró los puños, haciendo crujir los guantes de cuero – Me puso las manos encima y me estampó contra la pared como si fuera una bolsa de basura. ¡Me envió volando a la otra punta de la habitación!

Selma se había quedado muda, mirándola estupefacta. De pronto, murmuró:

- No te creo.

Lara soltó un bufido.

- Créetelo o no, me da lo mismo. Así que nos peleamos porque él es débil, siempre lo ha sido, y ahora acabará por contagiarle esa debilidad a Anna.

- ¿Débil? ¿A qué te refieres con débil? ¿Kurtis? ¿El Cazador de Demonios? ¿El Guerrero? ¿Kurtis Trent, débil? ¡Todos los que estamos aquí le debemos la vida! ¡La humanidad entera le debe la vida! ¡Tú también, Lara! ¡Él nos salvó!

- Su fuerza es sólo física. – Lara se tocó la sien con la punta del dedo – Kurtis ha vivido siempre en una prisión, ¡una prisión que se creó él mismo! Su maldita Orden ya no existe, los poderes que lo afligen ya no existen, pero nunca se ha liberado del todo. Y ahora…

- … ahora su hija está metida en el mismo laberinto. – Selma sacudió la cabeza – Lara, ¿cómo puedes ser tan despiadada? ¿Es que no tienes corazón? ¿Cómo hablas así de él? Él te ha querido… te ha… protegido…

- No necesito su protección, ni la de nadie. – pero su voz sonó débil cuando lo dijo.

- ¡Ha estado siempre a tu lado! ¡Qué cosas tan horribles dices! ¡Ya no te reconozco! – Selma empezó a dar vueltas, las manos sobre el rostro, y murmuró de pronto – Es peor de lo que yo creía…

Lara se cruzó de brazos, el rostro enrojecido de ira.

- Piensa lo que te dé la gana, pero no voy a permitir que Anna crezca con miedo. Yo no he malgastado ni un segundo en lamentarme de que haya heredado esos poderes. Parecía lógico… la concebimos cuando él aún era un Lux Veritatis. - se abrazó a sí misma, tratando de controlar el temblor que le produjo el erótico recuerdo. - No voy a malgastar ni un maldito segundo en pensar o lamentarme y preguntarme por qué ha heredado el Don. Lo que ha sucedido, ha sucedido. ¿Qué más da? ¡Esa cosa le salvó la vida! ¡La tuve en mis brazos, Selma! – los extendió hacia ella, en un gesto apasionado – La sostuve entre los brazos mientras se sacudía como una hoja, en aquel asqueroso hospital, rodeada de toda esa gente desconocida. Se estaba muriendo…. Y de pronto estaba bien. ¡No pienso lamentarme ni un segundo! Anna está viva gracias a esos poderes que tanto odia su padre. ¡Los mismos poderes que lo mantuvieron con vida una vez y otra, cuando debió haber muerto mil veces! ¡Bienvenidos sean!

Selma había escuchado en silencio su discurso. Luego, cuando Lara terminó, la observó unos instantes y dijo con voz ahogada.

- Ya no le quieres, ¿verdad? Anna tiene razón.

Lara guardó silencio.

- Dios mío. - Selma se cubrió el rostro con las manos – Pobre Kurtis. Pobre Ann...

- Basta ya. - masculló Lara – Estoy cansada de ser la mala de la película. Anna está bie…

- ¡No, no lo está! – Selma dio un manotazo sobre la mesa - ¿Cómo puedes estar tan ciega? Se hace la fuerte para impresionarte, para que estés orgullosa de ella, ¡para no decepcionarte! Pero vosotros dos os peleáis, su abuela se muere, le pasan cosas raras y según me ha dicho, las cosas no le van bien en el colegio…

- ¿Cómo? – Lara parpadeó, sorprendida.

- ¿Cómo ibas a saberlo? ¡Has estado tres meses aquí metida, sin hacer nada! ¡La has abandonado! ¡Vaya madre!

Selma supo que se había propasado al ver que Lara palidecía súbitamente.

- Qué sabes tú sobre eso. – masculló. Luego inspiró profundamente y siguió: - También su padre la abandonó. Se tiró tres meses al sol en Utah, emborrachándose, o eso me dijo. – se alejó de Selma de nuevo. – No hablaré más de esto. No es asunto tuyo y no puedes ayudarnos. Gracias, de todos modos, por tu preocupación. - y aunque en parte era sincera, no pudo evitar el tono sarcástico.

Dio un respingo cuando notó que Selma le agarraba el brazo.

- ¿Qué pasó realmente? ¿Por qué te atacó?

- Ya te lo he dicho. - ¿Por qué diantres seguía respondiendo a sus malditas preguntas? - Discutimos por Anna.

- Kurtis te ha soportado durante años, ¡incluso cuando nadie te soportaba! – Selma ignoró la mirada asesina de Lara - ¡Él besa el suelo que tú pisas! ¡Siempre lo ha hecho! ¿Por qué te empujaría contra una pared? ¡Él no es así, Lara! ¡Él...!

Y entonces, Lara cedió. Soltando un jadeo, se libró del brazo de Selma, y, volviéndose hacia su amiga turca, la agarró por los hombros y la miró fijamente:

- Siempre te ha gustado el salseo, Selma. Lo tuyo es el periodismo del corazón, no la arqueología. Pues bien, aquí va tu exclusiva, paparazzi. – masculló, los dientes apretados, a pocos centímetros de su cara – Me pidió que me casara con él.

Un silencio espeso cayó entre ellas. Lentamente, Lara vio las pupilas de Selma dilatarse enormemente al tiempo que su mandíbula inferior se descolgaba por voluntad propia. La exploradora británica se quedó mirando la boca totalmente abierta de su amiga, de la que, sin embargo, no salió ningún sonido.

- Así que, ya ves. - Lara la soltó -Nos peleamos, nos gritamos, y en medio de ese caos me agarra y me pregunta si me casaría con él. Y yo… no reaccioné como debía. - Apartó la mirada – Pero es que no era el momento ni el lugar.

Selma seguía mirándola con los ojos muy abiertos, la mandíbula desencajada. De pronto, la cerró y murmuró débilmente:

- Él… él… tú…

Respirando entrecortadamente, Selma dio tres pasos torpes hacia atrás y se desplomó sobre una silla.

Lara seguía observándola implacable, los brazos en jarra.

- ¿Qué te pasa, paparazzi? ¿Te has quedado sin preguntas?

Selma se tapó la boca con las manos.

- Oh Dios mío. – la oyó murmurar bajo los dedos – Oh, Dios, Dios, Dios…

Lara suspiró y puso los ojos en blanco.

- Le dijiste que no. – Selma se retorció en la silla, como si le hubieran clavado un hierro candente – Habrás tenido el valor… de… habrás sido capaz de….

- No.- murmuró Lara. De pronto, parecía inmensamente triste. - No, no le dije que no. Estaba furiosa, enfadada, resentida y… - se encogió de hombros. Suspiró – Me eché a reír.

Selma se cubrió la boca con las manos de nuevo, y su mirada se transformó en puro horror.

- ¿¡Que tú hiciste qué?!

- Me pareció tan absurda la situación que me eché a reír.

- … él… él te pidió que te casaras con él y tú, ¡te burlaste de él!

- Sí. - suspiró Lara – Exactamente.

Selma se echó atrás en la silla y desplomó la espalda sobre el respaldo. Tenía una expresión entre triste y horrorizada en el rostro.

- Lara… ¿cómo has podido?

Ella no respondió. En lugar de eso, sacudió la cabeza, dio media vuelta, y abandonó definitivamente el barracón.


Creyó que, si salía en medio de la multitud, estaría segura. Obviamente, había subestimado a su perseguidor, pero no lo descubrió hasta que era tarde.

Hasta aquel momento, lo de moverse en medio de la multitud le había funcionado. A su particular némesis no le gustaba llamar la atención. Era un mercenario, un asesino profesional, y hasta el más chapucero del gremio sabía que llamar la atención era la muerte del negocio.

Por eso creyó que salir en de la universidad en medio de la masa estudiantil e ir mezclándose con los turistas que, incluyo en Navidad, abarrotaban Estambul, le iba a garantizar su habitual protección.

No contó con un factor esencial: su perseguidor estaba loco, y después de varios años tras ella sin lograr su objetivo, absolutamente desesperado.

Tampoco contó con el hecho de que era su último objetivo real y, por tanto, no tenía importancia acabar detenido tras asesinarla. Ya no tenía nada que perder.

Claro que eso, ella no lo sabía.

Por primera vez en mucho tiempo se permitió distraerse, mirando abstraída las decoraciones navideñas y arropada en su abrigo, su gorro y la bufanda que casi ocultaba del todo su perfecto rostro: otra ventaja añadida del invierno.

Durante algún tiempo fluyó entre los turistas, dentro y fuera de mercados, callejuelas y bazares. Se preguntó por qué estaba allí. Al fin y al cabo, ¿qué le interesaba a ella la tesis de la profesora Al-Jazira? Todo aquello estaba vinculado a una parte de su vida, de ella misma, que ya no existía. ¿Por qué seguir hurgando en el pasado?

Para perseverar, se dijo. Para sobrevivir.

No tenía nada que perder, pero tampoco nada que ganar. Y en esa inercia de su pobre vida, tener algo que hacer, o algo por lo que interesarse, era retrasar un poco más el momento en que vivir ya no tuviese ningún interés.

¿Lo tenía ahora, de todos modos?

No se dio cuenta de que la multitud la había arrastrado hasta dentro del Gran Bazar hasta que se vio bajo techo y viendo desfilar ante ella los coloridos tenderetes. Notaba los olores de la gente y de las especias y comidas que se ofrendaban. Había años, aquellos aromas mundanos, mortales, la habrían hecho vomitar, igual que los más que inapropiados roces con aquellos bultos de carne frágil y con los días contados que era cualquier ser humano.

Pero ahora ya no. Ahora era como ellos. Una más.

Y si no actuaba con cautela, sería una menos. Pero estaba tan cansada.

¿Qué hay aquí? ¿Qué ves? ¿Por qué deseas tanto vivir?

La vida misma es una ironía. En el momento en que ella se preguntaba eso, su vida misma casi estuvo a punto de terminar.

Puede que se sintiera torpe e indefensa, pero seguía siendo igual de inteligente y despierta. No se le escapó la cara de horror de un turista que venía fluyendo con la masa en dirección contraria a la suya, y que fijó su mirada en alguien que estaba detrás de ella.

La mujer se quedó helada en su sitio.

Está detrás de mí.

No quiso girarse a mirar. Para qué. Ya lo sabía.

Hizo un impulso para agacharse, para fundirse entre la masa de piernas que la rodeaban, pero era tarde.

Un disparo de pistola resonó en medio del bazar. Se oyeron gritos de pánico y la multitud, aterrorizada, empezó una avalancha. La mujer se desplomó en medio de esa turba y fue pisoteada por muchos, pero eso casi no dolió.

Apenas tuvo unos segundos para notar el lado derecho de su cabeza estallar en una oleada de dolor y fuego. Luego, todo se volvió negro.

Se acabó, pensó.


- No.- dijo tranquilamente Marie Cornel, y luego fijó su tranquila mirada en su hijo, sentado frente a ella en la mesa de plástico. Entre ellos dos, los restos mortales de Konstantin Heissturm.

Kurtis soltó un suspiro y apartó la caja de huesos a un lado.

- ¿Qué ganas quedándote aquí? – le dijo. – Coge los restos de padre y vete a casa. Descansa. Estás muy déb…

- No estoy muy débil, me estoy muriendo. – Marie hizo un gesto vago – Y no me voy a ningún lado. Me quedo aquí, con mi nieta, mi familia y esperando al evento de Selma. Quiero ver el homenaje a los Lux Veritatis, y ese libro publicado. Luego me podré morir tranquila.

- ¿Es tu última decisión?

- Sí. – la mujer Navajo – En cuanto a los restos de tu padre, a menos que quieras hacer algo particular con ellos…

- No.

- … se los daré a Selma para que los entierre con los demás, en el memorial que van a hacer para los Lux Veritatis. Él les pertenece a ellos.

- Creía que querías que lo enterraran…

- ¿Conmigo? Eso era antes. Ahora, qué más da. Realmente no tiene importancia, y mi tierra no es su tierra. Si nos hemos de reunir en otra vida, lo haremos independientemente de dónde descansen nuestros huesos.

Kurtis no dijo nada más. Se levantó de la mesa y se dispuso a salir del barracón, pero entonces Marie dijo:

- En una cosa tienes razón, hijo mío. No importan tanto los muertos, como los vivos. Tienes que arreglar las cosas con Lara. Habla con ella.

- Habla tú con ella, si quieres. – contestó Kurtis abruptamente, dándole la espalda – Yo ya le he dicho todo lo que tenía que decirle.

Marie abrió la boca para replicar, pero, entonces, la puerta del barracón se abrió de golpe. Zip se detuvo en el umbral, jadeando, los cascos todavía alrededor del cuello y el cable desconectado colgando a su espalda.

- ¡Kurt! – gritó - ¡Joder, tío, ha pasado algo fuerte en Estambul! ¡Ven enseguida!


Las imágenes se sucedían rápidamente en la pantalla del monitor. Zip subió el volumen de los altavoces:

- … el agresor, descrito como un hombre caucásico, 1'72 m de altura y casi 100 kilos de peso, cabello cano y ojos azules, de rasgos nórdicos…

Kurtis soltó un repentino puñetazo sobre la mesa, haciendo que el hacker diera un respingo del susto.

- Es él. - masculló, con los dientes apretados – Es Schäffer.

Pero no estaba enfadado, al contrario, exultaba de satisfacción. El cabrón se había cavado su propia tumba.

- Supongo que la policía no le ha detenido.

- Joder, no.- Zip se rascó la cabeza – ¿Tú has estado en el Gran Bazar un día normal? No llegas a verte los pies. Pues imagina la marabunta que se lió. Se les ha escapado, claro.

Kurtis sonrió.

- Ya te tengo, hijo de puta.

Zip le miró de reojo. Luego, hizo click en una ventana nueva que tenia abierta en el navegador.

- Hay algo más. Y esto te va a dejar patidifuso, macho. – Señaló un texto en la pantalla. – La descripción de la única mujer herida. Al parecer era su objetivo.

Kurtis acercóp su rostro a la pantalla mientras sus ojos leían rápidamente las líneas.

- ¿Se ha filtrado una foto de ella?

- No.- - Zip se rascó la nuca esta vez, nervioso - ¿Crees que es…?

- Barbara Standford. – leyó Kurtis, y luego soltó un bufido. – Ese nombre no me dice nada. Podría ser cualquier otra.

- Lee otra vez la descripción, Kurt.

- Ya lo he hecho. - Kurtis se irguió de nuevo. - ¿En qué estás pensando?

- En lo mismo que tú. - Zip se inclinó hacia él y murmuró – La descripción coincide con esa hija de p…

- Podría ser cualquier otra. – repitió Kurtis – Hay miles de mujeres que coinciden con esa descripción.

- ¿Pero a cuántas de ellas podría querer asesinar ese cabrón de Schäffer?

- No hemos sabido de ella durante años. Nosotros… Lara y yo, siempre la hemos dado por muerta. Por lo que sabemos, jamás salió de aquel puto infierno.

- Es ella, tío. Te juro que es ella. Demasiadas coincidencias, y tú lo sabes.

Kurtis permaneció en silencio. Luego inspiró profundamente.

- ¿Está viva?

- Gravemente herida. La mandaron a uno de los hospitales de la zona. Cuidados intensivos. Ah, y bajo protección policial.

El exlegionario asintió:

- Nada que no pueda manejar. - y lo dijo sin arrogancia – Tengo que hablar con ella.

- Tenemos que estar en contacto. – Zip empezó a rebuscar en su desastrada mesa – Tengo varios comunicadores que…

- No.- interrumpió Kurtis, y alzó la mano – Yo trabajo solo.

El hacker puso los ojos en blanco.

- Kurt, macho. Hemos acordado que somos un equipo.

- Esto lo tengo que hacer solo. Más discreción.

- Tío, ¿qué pasa si ese energúmeno te encuentra? Dame una oportunidad. Croft y yo hemos trabajado juntos antes. No sólo soy un payaso, ¿sabes?

- Que ese energúmeno me encuentre es todo lo que quiero.- replicó Kurtis.- Y sólo uno de los dos saldrá de ésta. Quédate aquí, Zip. Me eres más de ayuda en este lugar. Y no quiero ningún comunicador. Si me mata, tenéis que iros de aquí enseguida.

- ¿Y cómo carajo sabré que estás muerto? Puede dispararte y lanzarte por la alcantarilla, joder.

- Lo sabrás. No voy a morir sin luchar. Mi cadáver llamará la atención, créeme.

- Hay que decírselo a Croft…

- Se lo dirás tú. Pero – y le apuntó con un dedo en el rostro – no le digas nada sobre esa mujer, mucho menos su descripción. ¿Está claro?

Zip frunció el ceño.

- Sí claro, secretismos con Croft. Ya sabemos lo que va a pasar.

- Lara es cabezota e imprevisible. – recitó Kurtis - Y no la quiero en medio de esto. Quiero hablar con esa mujer y llegar hasta Schäffer. Lo demás me trae sin cuidado. Y como me andes tocando los cojones y me desbarates los planes…

- … sí, sí, sí. Vale. Lo que tú digas, jefe.


Esperó hasta la noche para salir. Durante todo ese tiempo, se apartó de todos y no habló con nadie.

En silencio, sacó su petate de soldado, que conservaba desde los días de la Legión – una vieja cabezonería sentimental que no lograba superar – y fue metiendo dentro algo de ropa, comida que tenía siempre preparada en caso de emergencia, su fiel pistola, un cuchillo y algunas otras armas. Después de perder sus poderes y de que, por tanto, el Chirugai enmudeciera para siempre, había llegado a sentirse algo desnudo y un poco indefenso, pero jamás lo había admitido en voz alta. De todos modos, esa sensación se había desvanecido hacía mucho.

Al fin y al cabo, él era un luchador nato. Nunca había estado desarmado del todo.

Metió también el chaleco antibalas que a veces llevaba bajo la ropa y que, en este caso, debido al invierno, sería fácil de disimular, pero no se hizo ilusiones al respecto. No le serviría de mucho. Schäffer era un profesional, como él, y los profesionales apuntaban directamente a la cabeza.

De hecho, era sorprendente que la mujer estuviese aún viva.

Aunque quizá era cuestión de tiempo.

Durante el resto del día se dedicó a vaciarse lentamente de cualquier pensamiento, positivo o negativo, mientras permanecía sentado en el suelo, las piernas extendidas, los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda apoyada contra la pared. Inspirar, expirar. Ojos cerrados. Lenta, irremisiblemente, despojarse de todos los recuerdos, dejar la mente en blanco. Era una táctica de relajación que siempre le había ayudado antes de salir de caza.

Porque él era, también, un cazador nato.

Intentó no pensar en Lara, que ya no le amaba; ni en su hija, que estaba ahora a merced de los demonios; ni en su madre, que se estaba muriendo.

Nada, absolutamente nada.

Era un cazador, y ahora sólo importaba la presa.

Cuando fue negra noche, se deslizó silenciosamente fuera de su barracón y anduvo hasta donde estaba aparcada su flamante motocicleta. Metió las llaves en el contacto, pero aún no encendió el motor. Tendría que arrastrarla unos metros para no llamar la atención.

Mientras aseguraba el petate en el equipaje de la moto, creyó oír una ramita rompiéndose a su espalda. Se dio la vuelta bruscamente, sacó la pistola de debajo del brazo y apuntó en dirección al sonido. Luego dio un rodeo rápidamente alrededor de la moto y comprobó el perímetro.

- Lara. - masculló.

- No.- contestó una voz infantil a sus espaldas.

Se giró, estupefacto, y vio a su hija plantada al otro lado del vehículo. La niña tenía los brazos a la espalda y le miraba fijamente.

- Ya ves, papá. - dijo, y estaba muy seria – Me habéis enseñado muy bien.

Kurtis dejó escapar el aire que retenía en los pulmones y guardó la pistola.

- No vuelvas a hacer eso. - la riñó – Podría haberte disparado.

- No.- corrigió ella – Creías que era mamá. No hubieras disparado.

- Anna, es tarde, qué haces levantad…

- ¿Dónde vas?

La voz de la niña era acusadora. Al acercarse a ella, se dio cuenta que tenía los ojos rojos.

- ¿Has estado llorando?

- Contéstame.

- Anna…

- ¡Contéstame, maldita sea! – chilló, y dio un paso hacia adelante, mostrando los puños apretados.

Kurtis miró por encima de su hombro, en dirección al campamento.

- Baja la voz, no quiero que me oigan. – y luego la miró – Anna, tengo que irme y me estás retrasando. Cuando vuelva te explicaré…

- Tú no vas a ningún lado. - dijo la niña, y abrió una de sus manos.

Kurtis se quedó mirando, boquiabierto, las llaves de su motocicleta sobre la palma de la mano de su hija. Se giró bruscamente y miró el contacto del vehículo.

- ¿Cómo las has cogido?

- Ya te lo he dicho. Me habéis enseñado muy bien.

Kurtis dio un paso hacia ella, pero entonces Anna retrocedió y escondió el puño tras su espalda.

- ¡No!

- Anna, deja de hacer el tonto. Tengo prisa. – se acercó a ella, pero su hija retrocedió y empezó a rodear la moto para alejarse de él.

- Si no me contestas, gritaré. - amenazó la niña – Empezaré a chillar con todas mis fueras y vendrán mamá y Zip y los demás y se acabó tu escapada discreta.

Y entonces inspiró profundamente.

- ¡No! – estalló Kurtis, y alzó las manos – Está bien, tú ganas. Pero dame las llaves de la motocicleta.

- ¿Dónde vas? – Anna había interpuesto el vehiculo entre su padre y ella.

- A Estambul.

- ¿Por qué?

- Tengo un asunto serio del que ocuparme.

- ¿Qué asunto?

- No puedo decírtelo.

Anna se quedó mirándolo en silencio, y entonces rompió a llorar.

El exlegionario se quedó mirándola, estupefacto, y rodeó la motocicleta hasta alcanzarla. Ella no se escabulló esta vez.

- Anna, ¿pero qué diablos te pas…?

La niña se agarró a su cintura y enterró su rostro en su estómago mientras lloraba desconsoladamente.

- ¡Por favor, no te vayas! – sollozó contra él - ¡No nos abandones!

¿Cómo? ¿Qué…?

Doblando la rodilla para ponerse a su altura, Kurtis abrazó a su hija y la mantuvo apretada contra su pecho mientras la mecía suavemente. Siempre había funcionado para calmarla. Poco a poco, dejó de sollozar.

- Anna, no sé de qué estás hablando. - le dijo, notando un nudo en la garganta, porque sí lo sabía. - No os estoy abandonado.

- ¡No me mientas! – protestó la niña, y apartándose de él, le lanzó una mirada furiosa. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos - ¡Estoy harta de que todos me mintáis, de que me tratéis como una cría! ¡Lo sé todo! ¿Te enteras? ¡Lo sé absolutamente todo!

Kurtis suspiró y empezó a secarle delicadamente las lágrimas de las mejillas.

- No, no lo sabes. - murmuró – No me voy para siempre, Anna. Voy a volver. – "Espero", se dijo mentalmente. - Como te he dicho, hay un asunto urgente que debo resolver en Estambul. Cuando terminé con él, regresaré.

La niña le observó con el ceño fruncido.

- No te creo.

- ¿Qué puedo hacer para que me creas?

- Júralo.

- Lo juro.

- Por tus muertos. Por los huesos del abuelo Konstantin.

- Lo juro.

- Por tu honor de Lux Veritatis.

- Lo juro también.

- Un Lux Veritatis no miente, papá.

- Jamás.

Durante un instante, padre e hija se observaron en silencio. Luego, Anna dijo:

- Está bien. Pero ¿qué asunto…?

- Recuerdas a ese hombre que te perseguía? ¿El que oíste aquel día que saliste con Zip?

- Sí.

- Creo que ya sé cómo encontrarle, o al menos acercarme a él. Tengo que aprovechar la oportunidad.

- Y… ¿y si te mata?

- No lo hará. Soy muy bueno.

La niña le observó pensativa durante unos instantes. Luego asintió levemente, y puso las llaves de la motocicleta en su mano.

- Vale.

Pero Kurtis ya no tenía tanta prisa. Adiós a la estrategia de relajación.

- Anna, ¿por qué creías que iba a abandonarte?

- A abandonarnos. - los ojos azules, sus ojos, se clavaron en él. - A las dos. ¿Ya no quieres a mamá?

Él la observó en silencio, luego sacudió la cabeza.

- No tendrías que estar cargando con esto. Lo siento.

- ¿Sí o no?

- Anna, estoy muy cansado, y me queda mucho camino por delante. No puedo con otro de tus interrogatorios.

Se levantó, irguiéndose ante ella, y por un instante, a Anna le pareció que su padre era alto y noble como una estatua griega.

- Nunca te abandonaré. – le apartó un mechón de pelo de la frente - ¿Me oyes? Aunque tú empezaras a odiarme, no te dejaría. Te he querido siempre, desde el primer segundo en que supe que existías, desde que eras sólo una posibilidad. Nunca te voy a dejar.

- ¿Y mamá? – insistió la vocecilla. Como él se quedara en silencio, Anna continuó - ¿Sabes que discutió con tía Selma? ¿Sabes que lloró? Estoy asustada. Nunca había visto a mamá llorar. Pero lloró anoche, creyéndose que estaba dormida.

En la penumbra, le pareció que su padre inclinaba la cabeza sobre el pecho.

- Pase lo que pase entre tu madre y yo, eso no cambia nada entre nosotros, Anna. ¿Me has entendido?

- Sí. - dijo la niña, rindiéndose finalmente.

Durante un momento, sólo un espeso silencio pesó entre ellos. Luego, su padre la abrazó de nuevo. Muy fuerte.

- Volveré. - le prometió. - Cuida de tu madre hasta entonces.

Y se marchó rápidamente, tirando de la motocicleta apagada, como si huyera.