Los personajes pertenecen a la maravillosa Stephenie Meyer, yo solo deje fluir mi imaginación creando una historia un tanto diferente.

—9—

"¿Cómo se forma una familia?"


I could get used to this-The Veronicas.

Desde Hoy-Tommy Torres. "Esta se repetirá con Edward varias veces."

Yo te voy a amar-N´Sync.


Esa noche aprendí cosas nuevas de la mano de Edward. Aprendí que podía ser flexible cuando sus manos lo urgían y la necesidad me carcomía los pulmones, que la ropa no siempre es necesaria y que el clima puede formar parte del cálido ambiente en conjunto con el deseo. A manera de propina, descubrí rincones de mi cuerpo que antes desconocía.

En brazos de Edward, la mayor parte del tiempo me sentía fabulosa. Sus manos son delicadas cuando me toca y la forma en que sus piernas se entrelazan con las mías en medio de la noche me encanta. Mientras sus labios se mezclan con mi piel, las ganas de comérmelo completo incrementan de una forma simple pero deliciosa.

Y aún así. Con los dedos hundidos en la piel de su espalda y el aire caliente cosquilleando mi nuca, proveniente de su boca hundida en mi cuello, no pude dejar de darle vueltas a la idea que se formó en mi cabeza el instante en que Edward cayó exhausto en mi pecho. Le pasé los dedos entre las hebras cobrizas del cabello varias veces, notando la suavidad presente en ellas.

¿Cómo sería ese cabello en un bebé? ¿Cómo sería un bebé de ambos? ¿Un niño creado por los dos?

Sonreía y las ganas de llorar me invadían al mismo tiempo. Un niño era una de las mejores cosas que podría esperar de mi futuro, pero no me creía lista para ello, sobre todo si el padre del niño fuese un hombre como Edward, alguien que luchaba por amarme a mí, sin éxito aparentemente por ahora.

¿Cómo se sentiría ese niño si su padre no lo pudiese amar? ¿Qué pasaría con él si Edward decide dejarme? Después de todo, bien podría parecerle que no era suficiente, y que sus hijos debían ser rubios por necesidad. En unos meses, me mostraría su verdadero rostro y aceptaría que no tenía los cojones suficientes para amarme. Entonces me dejaría, y junto con ello a un posible niño dentro de mí. Un pequeño ser que merecía todo el amor del mundo.

Crecí como huérfana más años de los que me gustaría reconocer, y aunque las monjitas se esmeraron por crear un hogar para mí en el internado, no hubo palabras dulces en mis cumpleaños o regaños para cualquier muchacho que osase en acercárseme. Ansiaba esas cosas para mi hijo o hija, con uñas y dientes pelearía para que él tuviese lo que deseaba y necesitaba, y encontré varias razones para comprender el hecho de que Edward podía representar un peligro para mi hijo si, a fin de cuentas, él no lograba amarlo.

Un niño era cosa seria. Cuidar a los bebés de los vecinos de vez en cuando me resultaba reconfortante, pero a medida que pasaban las horas lo que más deseaban era ver a sus padres. No pensaba que con mi propio bebé fuese a ocurrir lo mismo, a fin de cuentas sería mi hijo y no quería ser una madre como la mía, pero la idea de criarlo sola se me ocurrió bastante difícil. No era imposible, lo sabía y lo comprobaba cuando veía a pequeñas y jóvenes vecinas mías, con bebés en brazos, una mochila con libros para estudiar y la gorra del uniforme cubriéndoles el rostro, pero el precio que el niño pagaba por la pérdida de un padre resultaba fuerte. Yo añoraba a mis padres a cada momento, solamente me hubiese gustado sentir su cariño y apoyo durante mis años de vida. Cada bebé tenía ese derecho y si tuviese un hijo, no me gustaría que por ninguna situación, perdiese esa felicidad que solo podía ser provocada por el amor de padres.

Lo que me llevaba a pensar que un embarazo en esta situación no era, ni bueno ni adecuado. Amaría tener un hijo de Edward, una parte de él que viviría conmigo tantos años como se pueda, pero verlo crecer, sabiendo que su padre jamás logró amarlo me resultaría amargo, aquellos pensamientos provocaron una tanda de punzadas dolorosas en mi pecho.

Parecía tan sencillo para él…y tan difícil para mí.

Era yo quién le daba mi vida, cada pedazo de mi cuerpo, corazón y alma. Edward no corría riesgo alguno si me dejaba, pues su vida de Play-Boy seguiría adelante, mientras que la mía podía quedar destrozada por causa de mis impulsivas decisiones. Supe entonces que la carga de formar esperanzas, para luego verlas reducidas a cenizas sería doble si mi hijo tuviese que vivir con ellas.

No di marcha atrás luego de pensarlo. Solo deje de acariciar los cabellos de Edward y permití que mi cabeza cayera en la mullida almohada de plumas suaves. Amaba a Edward, sin importar el paso del tiempo en nosotros o en mis sentimientos, pero involucrar a otro ser, a un ser puro, en todo este lío me resultó irresponsable, e incluso innecesario. Ese bebé, mi primer hijo llegaría al mundo cuando el huracán de emociones con Edward terminase.

Suspiré y cerré los ojos en un intento de reconstruir mis claros pensamientos sobre lo que buscaba en Edward, y luego de un par de minutos contando ovejas que, sorpresivamente vestían con gorros de lana azul, caí en los brazos de Morfeo, por el sueño y el cansancio pero con un pensamiento claro en la cabeza.

No podía quedarme embarazada.

.

.

.

Para cuando abrí los ojos, mi nariz se movía sola, en busca del delicioso olor a tocino y huevos revueltos que inundaba el lugar. Miré a mi lado y descubrí que el sitio de Edward estaba vacío y las sábanas parecían más frías que de costumbre. Pudo ser algo normal despertar así, buscándolo con los ojos y percibiendo un claro desayuno grasoso cociéndose en la estufa. Me levanté y hundí mis deditos en la alfombra suave que hacía las veces de piso, a grandes zancadas salí del dormitorio y encontré una amplia y blanca espalda llena de pecas, un brazo fuerte y delgado asiendo el mango de una sartén y una mano que tomaba la cafetera y buscaba llenar dos jarras.

Sonreí, le pasé las yemas de los dedos por la cintura y me aventuré arrebatándole la cafetera de la mano, serví el líquido caliente en los recipientes y Edward me devolvió el gesto, apagando la estufa y escurriendo el tocino con una pequeña espátula negra.

—Buenos días, Srta. Swan—la hilera de blancos dientes, perfectos e impolutos se clavaron en mi retina—Espero que su noche haya sido de las mejores.

Se acercó con cuidado, utilizando aquellos ademanes felinos que no recordaba por el paso del tiempo, luego hundió sus manos en mi cintura y acercó su rostro al mío hasta que nuestras narices se rozaron.

—Hola, Edward—respondí colocando ambas manos en su pecho, en parte para alejarlo y también para sentir su cálida piel bajo mis dedos.

— ¿Dormiste bien? —una sonrisa pícara se instaló en sus labios y me dieron ganas de mostrarle exactamente, lo bien que dormí en sus brazos. Lo cierto es que jamás mi sueño pareció tan suave y profundo, pero tuve que retener las ganas dentro de mi cuerpo y le besé una mejilla en forma inocente.

—Dormí bien, muchas gracias—me escabullí del gran beso que sus labios preparaban y tomé las tazas para servirlas en la mesa de café del salón. Regresé mirando el suelo, dispuesta a tomar los platos donde los huevos y el tocino estaban servidos pero volvió a interceptarme y estampó mi cuerpo contra la encimera.

— ¿Ocurre algo? —preguntó en un susurro. Sus ojos parecían preocupados y el destello de felicidad que había notado hace solo unos segundos se lamía las heridas en el fondo de las pupilas. Me dieron ganas de besarle el rostro hasta que las ideas negativas desaparecieran de su cabecita, pero tuve que suspirar, e infundirme ánimos a mi misma para hablarle del asunto que pensé ayer por la noche.

—Edward, yo…—titubeé un poco y pude ver el temor en sus ojos al escuchar mi timbre de voz. Para darle confianza, crucé mis brazos alrededor de su cuello y acerqué nuestros rostros—Quiero hablar contigo de algo muy importante.

—Te escucho—murmuró después de unos segundos, aumentando el agarre en mi cintura. Me sentía cómoda al verlo posesivo así que me aventuré y le besé la punta de la nariz, él pudo sonreír y el atisbo que noté en su mirada me indicó que iba por buen camino.

—Lo que pasó ayer en la noche…entre tú y yo. No puede volver a pasar—lo solté de golpe, con la voz más dulce y decidida que pude conseguir de mis cuerdas vocales. Apreté el agarre alrededor de su cuello y clavé mis ojos en los suyos lentamente, esperando una respuesta. Sus labios se fruncieron y dos líneas surcaron su frente de forma inmediata, no soltó su agarre en mi cintura pero juntó más nuestros cuerpos y tuve que mirarlo para no quejarme de la fuerza con la que sostenía mi cuerpo.

— ¿Por qué? —lo dijo de forma sencilla, con un toque de molestia en tras fondo pero con una tranquilidad aparente. No me gustó el hecho de que pudiese ocultarme cosas incluso en la voz, a pesar de que pude descubrirlo al instante.

—Yo…no sé que me pasó la noche en que te vi—comencé, inhalando fuerte para mantener mis palabras a flote con una voz segura—Entre mis planes no estaba acostarme con un hombre al que apenas conozco…

—Soy tu mejor amigo desde tercer grado—musitó con los ojos oscurecidos. EL tono de voz que empleó para hablarme fue un gran indicio de la molestia impregnada en su cuerpo por mi declaración—Por supuesto que me conoces, incluso mejor que mi padre o mi hermana.

—No nos hemos visto en ocho años—refuté con voz suave, tratando de mantener la calma mientras le hablaba—muchas cosas pudieron cambiar en ese tiempo, y de hecho, estoy segura que cambiaron.

—Puedo contarte cada cosa que hice en estos últimos ocho años—murmuró entrecerrando los ojos, con la firme convicción de convencerme construyéndose en su mirada—te daré todo lo que necesites. Cada detalle…

—Sé que lo harás—le tranquilicé, deslizando mis dedos entre los cabellos de su nuca, masajeándolos de forma delicada y sensual, como comprendí que le gustaba durante las únicas dos noches que hicimos el amor—y también te diré mi vida. Necesitamos conocernos y tenemos tiempo de sobra para hacerlo…

— ¿Entonces cuál es el problema? —retomó el cuestionario, ajustando su estrecha mirada a la mía. Suspiré antes de volver a la carga.

—No quería…dormir con cualquier hombre. Era virgen por una razón, Ed. Quería ser amada y amar, ser necesitada y necesitar. Ser deseada y desear. —Me detuve un par de segundos y lo miré, sonriendo de forma dulce para tratar de domar la bestia dentro de él—Supe entonces, que quién lograra causar esas cosas en mí ser merecía mi virginidad….

—Y mucho más—murmuró con un atisbo de entendimiento construyéndose en sus ojos. Nos quedamos en silencio un buen par de minutos y casi escuché el grillo del que tanto hablaban en las películas, esperando una palabra que saliera de sus labios. Mis dedos se cansaron de tanto masajearle la nuca y decidieron recorrerle el cuello con devoción, interesados por conocer los pocos centímetros de piel nívea que podían tocar, fue entonces cuando clavó sus ojos en los míos de forma abrupta y con una llama de deseo y felicidad en ellos—¿Si fuésemos esposos, Harías el amor conmigo?

Mi boca se abrió de golpe al escuchar su declaración. No pude más que asentir mientras la sorpresa seguía latente en mis ojos, si él fuese mi esposo no podría negarle ninguna de las actividades que se realizan en una cama.

— ¿Estás segura? —clavó sus dedos en mi cintura y me miró con intensidad. Asentí sonriendo, aún algo sorprendida. Él suspiró y sus gestos poco a poco fueron perdiendo la molestia, los labios se volvieron una deliciosa línea curva y las marcas en su frente desaparecieron por arte de magia. El agarre en mi cintura aflojó al cabo de unos minutos y una sonrisa destellante, torcida y sensual se dibujó con rapidez— ¿Para cuándo quieres la boda?

Una carcajada nerviosa salió de mis labios sin poder evitarlo.

¿Estaba él, pidiéndome matrimonio?

— ¿Te causa gracia? —murmuró burlón, con una risa en la voz. Sus labios se pegaron a mi nariz y fueron deslizándose poco a poco hasta llegar a los míos, mientras que nuestros ojos quedaron conectados a la misma altura—A mi me parece que tengo suficientes años como para sentar cabeza.

Más risitas nerviosas salieron disparadas de mi boca. No era lo que había planeado para hablar con él.

—Ya te pedí que nos casáramos ayer—me recordó mientras besaba de forma cauta mis mejillas—No debería sorprenderte, después de todo, sonreíste como respuesta.

— ¿Quieres que me case contigo? —pregunté nerviosa, con una risa entre las palabras.

—Por supuesto. —Levantó los hombros en señal de rendición—es algo que espero de todo esto, de todo lo que estamos viviendo.

— ¿Realmente has pensado en unir tu vida a la mía de esa forma? —la pregunta salió de mis labios sin opción a retenerla, y tan rápido que bien pudo ser otra risa—No es como vivir juntos, Edward. Puedes estar seguro, no será un paraíso.

—No quiero que sea un paraíso—aseguró con los ojos brillantes—estoy seguro que será difícil y requerirá de tiempo, esfuerzo y ganas de ambos lados. Cuenta con que quiero esto, Bella. Es un proyecto de vida que espero cumplir con ansias.

—Desde los dieciséis—murmuré mientras la risa nerviosa se atoraba en mi garganta. La realidad acerca de los motivos por los que querría casarse conmigo, golpearon mi estómago con fuerza. El aire parecía escapar gradualmente.

— ¿Cómo dices? —fui yo quien impuso espacio entre los dos. Las ideas se asieron con fuerza formando una hipótesis, que por supuesto, sonaba mucho más lógica que la proposición de matrimonio. Me alejé un par de pasos y lo miré de frente, con los brazos cruzados.

—Te quieres casar con una rubia desde los dieciséis y esperas los dos niños inteligentes y el perro de los comerciales. Desde niños, es tu sueño—mi voz resonó por todo el lugar, llenando rincones del dolor y la furia que sentía crecer en mi pecho—Y por alguna razón que desconozco, ahora quieres casarte conmigo, Edward. Con una morena, pálida y delgada, capaz de negarte sexo después de dos noches que no fueron sino un error. ¿Me explicas eso? ¿Por qué de repente quieres vivir tu sueño conmigo, sino soy la mujer que tanto deseas?

Sin pensarlo, mi voz se convirtió en un chillido agudo, algo semejante a un grito. Mis pies habían retrocedido varios pasos y ahora estaba frente al sofá de la estancia, con los ojos aguados y la boca seca de tanto reclamar. Después de mis últimas palabras, el salón se llenó de un silencio subliminal, casi perturbador, la niebla invisible entre los dos pudo cortarse con un cuchillo mientras las facciones de Edward se endurecían y sus manos empuñadas se balanceaban a los lados de su torso.

—Bella, realmente no quieres iniciar esta conversación—no hubo tintes aterciopelados ni sensuales, solo un frío sonido que atravesó mis oídos con la misma fuerza con la que se marchó.

Me quedé allí, observando la oscuridad quemar sus pupilas, mientras el estruendo de sus palabras se repetía en mi cabeza.

—Oh, sí. Claro que quiero—declaré mientras la cabeza comenzaba a dolerme por la horrible sensación de un secreto oculto en su mirada—De repente, tu quieres casarte conmigo y tengo todo el derecho de saber porque. ¿Es por sexo? ¿Solo quieres casarte conmigo para mantener caliente tu cama?

No hubo intención en ello, pero mis palabras sonaron más adoloridas que de costumbre. La desagradable piedra comenzó su formación en el centro de mi garganta, causando un dolor terrible al retener las lágrimas.

¿Era solo por eso? ¿Por sexo?

— ¡No! —rugió acercándose a mí. Sus manos se empuñaron en mis muñecas antes de que pudiera reaccionar—Tu no entiendes—las últimas palabras fueron solo un soplo de aliento contra mi rostro. No hubo sonido y tampoco gestos en su rostro, sin embargo, sus ojos parecían hablar por sí solos. Seguían oscuros, más que de costumbre y la tonalidad verdosa apenas se mostraba en los contornos de la pupila, las pestañas seguían cubriéndolos, como protegiendo la historia oculta tras esa máscara de oscuridad que demostraba dolor y furia.

—Hazme entender—murmuré con voz seca. La confusión llenó mi cabeza y las ganas de ahorcarlo aún más, pero traté de rogarle con los ojos una explicación convincente a todo lo que ocurría.

— ¿Quieres casarte conmigo, o no? —fue duro al hablarme y se alejó cuánto pudo, con la mandíbula cuadrada y los dedos incrustados en la palma de la mano. No pude verle a los ojos y la incertidumbre presente se mezcló con la piedra de dolor en mi garganta.

— ¿Qué no me estás diciendo, Edward? —traté de sonar calmada al hablarle, aunque me sentí adolorida por su vacía y tenue respuesta a mi pregunta anterior.

No hubo respuesta y la bomba de paciencia dentro de mi pecho explotó. Las lágrimas salieron de mis ojos sin que me diera cuenta y con desesperación, mis manos buscaron la falda horripilante que debía estar tirada en algún sitio. La encontraron mis temblorosos dedos y a los pocos segundos, mis pies se calzaban en las zapatillas húmedas de hace dos días.

—A fin de cuentas—murmuré caminando hacia la puerta del Pent-house—siempre supe que me arrepentiría de volver contigo. —Edward regresó sus ojos a mi figura y pude ver miedo en ellos mientras mis dedos giraban la manija—Pero esperaba que no fuera tan pronto.

Caminé tres pasos después de abrir la puerta, y de pronto me vi interceptada por los fuertes brazos de Edward. Me arrastró hasta el interior de la habitación y luego se colocó frente a mí, manteniendo sus brazos en mis hombros y sus ojos—ardiendo de oscuridad por dentro—en los míos. La fina línea de su boca y los ángulos de su mandíbula aún no se suavizaban.

—No te marches mientras hablamos—ordenó con voz gélida, impidiendo el movimiento de mis brazos por la presión ejercida en mis hombros.

—No hablábamos, Edward—le recordé con sarcasmo, tratando de alejarme unos cuantos centímetros—discutíamos.

—Sea lo que sea, no puedes irte—deslizó sus brazos hasta mi cintura y los entrelazó allí, formando un abrazo indestructible—Estamos juntos en esto, acabas de decirme que no sería fácil—poco a poco, sus palabras retomaban el suave tono que utilizaba al hablarme y noté sus facciones suavizarse, sin embargo, la oscuridad en sus ojos no se marchaba y es lo que más llamaba mi atención.

—Tú no hablas conmigo— le reclamé, tragándome el sollozo que esperaba en el centro de mi pecho—no me dices lo que ocurre. Solo quiero respuestas, Edward. Las merezco, a fin de cuentas, te marchaste hace ocho años, diciendo que no podrías amarme jamás, que merecía algo mejor. ¿Por qué cambiaste de opinión? ¿Por qué unirse a la mujer que espera amor, si no estás dispuesto a darlo?

—Nos pertenecemos —se limitó a decir, después de varios segundos—me conoces de toda la vida y yo a ti, sabes qué cosas me han marcado y de las que me arrepiento, y las que no conozcas, ten por seguro que te las contaré. —Quise reclamarle pero me miró con intensidad y estrechó mi cuerpo entre sus manos con delicadeza—No hay nada que quiera ocultarte, sabrás todo lo que pueda decirte.

— ¿Pero porqué…?—mi voz salió y sus dedos optaron por acariciar mi mejilla para evitar que la pregunta terminase. Fue delicado y dulce y sus ojos tomaron su tonalidad verdosa mientras la conversación transcurría, la sonrisa que tanto me gusta—esa donde la comisura derecha se torcía—se dibujó en sus labios.

—No cambié de opinión, solo maduré. —Depositó un casto beso en mi frente y siguió hablando contra la piel de allí—Sé que puedo amarte, eres la persona más terca y difícil que he conocido—soltó una pequeña risita y una mueca—semejante a una sonrisa —se dibujó en mis labios—pero te quiero a mi lado, todo los días y todas las semanas de mi vida.

Un poco de felicidad se filtró en mi cuerpo y le correspondí al abrazo, rodeando su cuello con mis brazos.

«—Así que si no quieres hacer el amor conmigo, voy a respetar tu decisión—murmuró besando varias veces el tope de mi cabeza—y si aún te gusta la idea—levantó su rostro y me miró con los ojos brillando, un par de esmeraldas refulgiendo mientras la sonrisa más dulce surcaba sus labios—¿Quieres casarte conmigo, Bella?»

— ¿Puedo preguntarte algo? —murmuré con voz cauta. No quería verlo enfadado de nuevo, la suavidad y delicadeza con las que Edward me trataba eran mucho mejores que el enojo.

Él asintió y mis mejillas se dilataron para mostrar una sonrisa más amplia.

— ¿Solo quieres casarte conmigo para dormir juntos?

—Me encanta dormir contigo—se mofó con los dientes brillando—pero supongo que podemos hacer eso siendo solamente prometidos.

—Edward—rodé los ojos y mis dedos se enrollaron en el cabello de su nuca sin pensarlo—sabes a que me refiero.

—Me encanta hacer el amor contigo—murmuró y las mejillas se me arrebolaron con mucha facilidad tras sus palabras—pero quiero casarme contigo porque quiero compartir mi vida y que tú la compartas conmigo, con o sin abstinencia—sus labios se acercaron al centro de mi oído para susurrar con suavidad— aún así, estaré esperando con ansias nuestra noche de bodas.

Mis risas nerviosas volvieron, acompañando al cruel sonrojo que me recorría el cuerpo de pies a cabeza. Edward intensificó el abrazo, hundiendo su rostro en mi cuello. Cerré los ojos y nos quedamos un par de segundos así, en silencio, en brazos del otro, recibiendo todo lo que podíamos brindar en un proceso mutuo.

Tuve que pensar varias veces en su pregunta, mientras sus labios me recorrían la vena yugular con cuidado. Fue un momento maravilloso, sentirle—de alguna forma—queriéndome, puesto que si no tuviera sentimientos por mí, poco le habría importado mi salida de la habitación y su abrazo no sería tan fuerte ni tan certero como ahora, y engañarme con la idea de que pronto me amaría resultó sencillo. Fue él quien decidió que nos quedásemos, trata de intentarlo y puedo ver la sinceridad en sus ojos cuando me habla, de la misma forma que descubrí el miedo al cruzar la puerta y la oscuridad y el misterio mientras discutíamos.

Como fuera, Edward terminaría contándome ese secreto que parece aplastarle la cabeza por causa de la culpa, así como yo, le relataría todos mis años fuera del internado. Si se convertía en un intercambio mutuo de historias, la verdad saldría a flote y podríamos armar una vida como tanto queremos. Solo entonces un matrimonio funcionaría.

—Si—susurré contra su oído, después de un buen tiempo en silencio—Vamos a casarnos.


21 de Diciembre del 2001

Forks, Washington.

Internado de las hermanas de la Caridad. Orden Franciscana.


— ¿Hey, Bells? —la voz de la pequeña niña con cabello revuelto, consiguió que Bella regresara la vista hacia ella.

— ¿Sí? —preguntó la castaña. Aún tenía los ojos hinchados por los sollozos de anoche y las bolsas bajo los mismos no querían desaparecer. Era estúpido—según la pequeña—llorar por causa de una fecha que ni celebraba.

La Navidad era para la familia, para que los hermanos se reconciliasen y los padres recibieran el regalo de verlos darse un abrazo. Ella no tenía familia, las monjitas le regalaban un suéter cada año pero los postres y la gran cena no podía realizarse debido a la baja económica que vivía la Orden Franciscana, así que todos los huérfanos se quedaban en los salones comunales del internado y comían galletas y leche caliente hasta la noche, luego la hermana Mónica servía pollo con puré y rezaban un rosario.

Ella veía irse a sus amigos cada Navidad, con la descomunal alegría inundándoles el rostro, la misma que provocaba en su adolescente pecho, pura envidia. Normalmente, su mejor amigo se quedaba porque no le gustaba ver a su hermana pequeña, inventaba excusas baratas para sus padres y cenaba con ella, incluso le regalaba su puré y chocolates que compraba con sus ahorros. Por la noche, salían a caminar y respirar el aire puro del jardín, tal vez comer un dulce o dos. Desde hace dos años—a partir del día en que su mejor amigo la besó—ella está enamorada hasta los talones de él, sus ojos brillan cuando lo ve y las rodillas le tiemblan al caminar en su dirección, pero aún no puede admitirlo por miedo a que él también la deje. Y cada Navidad, él le regala un beso dulce y suave, justo cuando la luna desaparece y el resplandor del sol comienza a formarse en el oriente.

Pero estas fechas, su mejor amigo salió de viaje con Jasper y Emmett. Según él, es necesario para que su espíritu masculino se fortalezca con actividades propias de los hombres. Ella piensa que él no se acuerda de las cosas que han vivido juntos durante esa fecha, por eso se marchó con sus amigos, olvidando lo importante que es para ella pasar la Navidad a su lado. Así que las últimas dos noches han sido de puro llanto.

— ¿Quieres venir conmigo y con mis padres? —le ofreció Alice, extendiendo su nívea mano—cenamos en el buffet de un hotel importante y luego abrimos regalos. Mi madre te ha enviado uno—musitó dejando un paquete sobre el suelo del dormitorio.

En los labios de ella se formó una sonrisa amarga. Alice estaba lista para irse a Aspen y Rosalie tomó su vuelo hace dos horas por el mensaje que recibió en su correo electrónico.

—Gracias, Ally—por un momento se debatió entre negarse o aceptar, pero pasar la noche sola, rezando rosarios mientras el resto de huérfanos hablaban con sus amigos, no le apetecía tanto como salir con su parlanchina amiga y viajar en avión ¡Por primera vez en su vida! —Quiero ir contigo. Deja y empacó unas pocas cosas.

—Lo he hecho yo—sonrió Alice y la tomó de la mano para salir corriendo hacia la entrada del internado, donde el chófer de los señores Brandon esperaba por ella.

Ambas adolescentes llegaron a la puerta y cuando se despidieron de la hermana que hacía las veces de guardia, un rugido resonó en el lugar, haciendo latir el corazón de ella—que apenas comenzaba a quebrarse—y llamando la atención de su amiga al mismo tiempo.

— ¡Espera! —su mejor amigo corría hacia ella, con dos mochilas sucias y las zapatillas de correr llenas de barro. El cabello estaba revuelto y las mejillas arreboladas lucían asquerosas tras la capa de suciedad que se mostraba en el rostro del cobrizo.

Ella detuvo su caminar y se quedó mirándolo, observando cómo corría en su dirección mientras las rodillas le temblaban.

— ¿A dónde pensabas ir? —le preguntó con el ceño fruncido.

—Verás….pasaría la Navidad con Alice. —Le tembló un poco la voz mientras le hablaba y él le tomó las manos antes de abrazarla con fuerza.

—He viajado dos días enteros en autobús para verte—gimió él, con los dientes castañeándole por el frío. Ella notó enseguida el agua que recorría los brazos cubiertos de su amigo, él estaba congelado.

—Te has ido con Jasper y Emmett, pensé que…

—Pensaste mal—reclamó él, besándole en los labios delante de la monjita y Alice—quiénes formaron una pequeña "O" con sus labios al verlo—no sacrificaría mi navidad contigo, por nada en el mundo.

Ella sonrió y escondió su cabeza en el pecho masculino, él se limitó a quitarse las mochilas de los hombros y abrazarla con más fuerza por causa del frío.

—Vamos adentro, quiero la leche de la hermana Mónica—susurró él, tomándola de la mano.

Ella sonrió y asintió, olvidando por completo a su amiga—quién se coló en la limusina de sus padres y desapareció—y a la monjita, que respiró y decidió guardar en secreto el beso del que fue testigo.

Él se sintió extraño mientras veía a su mejor amiga. Después de casi un año de haberla besado, las ganas por seguirlo haciendo le carcomían las entrañas, pasaban más tiempo juntos y en la cabeza del muchacho, las ideas acerca de ella eran confusas, un gran lío, imposible de resolver. Quería tenerla para sí solo, odiaba que alguien se le acercase aparte de sus amigos y la imagen de besarla en otras zonas, como el cuello o la nariz causaba un gran problema en sus pantalones.

De alguna forma, él fue para ella su primer amor. Y viceversa.


20 de Febrero del 2010

Michigan, Detroit.

Edificio 502. Conjunto habitacional de departamentos "Little Detroit".


Mis zapatos recorrieron el suelo de madera con cuidado, recordé lo mucho que la señora Hart odia ver rayones en su impoluto piso barato, al girar la llave en la cerradura, escuché el familiar clic que se hundía en mis oídos cada vez que entraba en mi departamento. Mis dedos se retorcieron entre los de Edward, quién apretó mi mano para calmar los nervios que palpitaban en la sien de mi cabeza.

Los últimos momentos que pasamos juntos en este sitio, no fueron de los mejores. Podría clasificarse como nuestra primera discusión y no es algo de lo que me sienta, especialmente orgullosa. Recorrí con los ojos el lugar, el sofá cómodo y las paredes malva seguían igual que siempre, la cocina lucía limpia y ningún objeto destacaba en la decoración. Mi casa era sencilla y no pensé en lo terrible que debió lucir frente a Edward la noche en que llegamos de la fiesta de ex alumnos.

— ¿Y bien? —me giré para observar a Edward, quién mantenía nuestras manos entrelazadas y me observaba a mí, en vez de a los muebles, lo cual alivió un poco el peso en mi pecho.

—Creo que podemos recoger mi ropa en las maletas y morrales que tengo y luego…

—Pedimos algo de comer—murmuró sonriéndome, me abrazó de un tirón y besó mis labios con ímpetu—cenamos y terminamos la conversación de la mañana.

Asentí después del beso, mientras el corazón me palpitaba en el pecho de una forma impresionante. Edward besaba mejor de lo que recordaba, la noche de ayer pasamos solo besándonos, con una película romántica y barata resonando en la televisión del Pent-house. Esta mañana, después de desayunar bizcotelas, malteada de mora y empanadas calientes de queso, nos abrazamos en la alfombra y comenzamos a hablar de nuestros planes.

Lo cierto es, que hablar con él y pasar tiempo juntos resulta lo más natural del mundo para mí, casi como respirar.

Llegamos a un acuerdo acerca del lugar donde viviríamos cuando casados. Edward tenía una casa en Illinois, Chicago y era su residencia fija por ahora. Las empresas que pertenecen al grupo Cullen-Masen. Holding Dime. S. A lo mantienen viajando durante un par de meses al año, así llegó a Detroit y dio con la fiesta de ex alumnos. En sí, su negocio es la construcción, tiene bloques y bloques de constructoras y arduos arquitectos trabajando en ello. En la Universidad—por lo que entendí sin confundirme—estudió Economía y tiene una maestría en Comercio Exterior, además de unos estudios que realiza para obtener un título en Arquitectura. Este es su primer semestre en esa carrera y los meses de vacaciones los está cursando ahora mismo, en cuánto al tamaño de la corporación, Edward administra las empresas de sus difuntos padres. Carlisle—su padrino y padre adoptivo—las cuidó por él hasta que tuvo la suficiente edad y conocimiento para asirlas, ahora ambos son socios y el imperio Cullen-Masen crece rápidamente. No solo por la inversión en la banca, sino por el esfuerzo implicado de ambos hombres.

Descubrí una faceta apasionada de Edward al hablar de su carrera. Las cejas se le fruncían y un brillo distinto se le plantaba en la mirada al relatar todos sus años de estudio, o las noches que dejó de dormir para presentar un examen que enorgulleciera a sus difuntos padres.

— ¿Te importaría dejarme sola un par de segundos? —Le pregunté al notar que seguía mis pasos en el corto corredor—Quiero tomar objetos personales de mi dormitorio.

Él sonrió, estrechó nuestras manos y negó con la cabeza.

—La conversación que quiero tener contigo explicaría mi comportamiento de una forma más racional—murmuró abrazándome y—al mismo tiempo—obligando a mi cuerpo a moverse en la dirección correcta—Hasta que podamos hablar, largo y tendido, tendrás que conformarte con tenerte pegado a tus talones.

Asentí, con el alma de una mujer nerviosa transitando dentro de mi cuerpo. A pesar de todos los años conociendo a Edward, que me tocase, en estos días, producía miles de choques eléctricos en mi cuerpo, dejándome aturdida por varios minutos.

Entré en mi habitación y tomé las valijas del depósito superior en mi clóset.

— ¿En qué puedo ayudar? —Preguntó dejando mi mano en libertad. Lo miré con el rostro ardiendo, apostaba porque mis orejas lucían más coloradas que de costumbre. No me hacía gracia verlo en mi dormitorio, después de las cosas que allí habían ocurrido, recuerdo con exactitud todas y cada una de sus palabras, mi forma de rechazarlo y el ardor que consiguió hacerme sentir en el vientre bajo al tenerlo dentro de mí. La sábana permanecía en el mismo sitio que cuando me fui, y eso agravó más mi estado de nervios fugitivos.

—En los tres cajones inferiores de este mueble—susurré extendiéndole una mochila algo empolvada—hay playeras, pantalones de chándal y ropa de algodón. No es mucha, pero si quieres entretenerte, puedes guardarla.

De forma implícita, le había negado el acceso a mi cajón de ropa interior. De ese me encargaría yo después de empacar lo que consideraba realmente importante.

Edward asintió y abrió el segundo compartimento en cuánto me retiré del clóset. Sus cejas se juntaron levemente al escucharme y de repente, quise saber porque lo había enfadado.

Abrí la gaveta de la mesilla veladora y tomé el álbum de fotografías que tanto atesoraba. Las imágenes que empapelaban aquel librito eran mías y de Vladimir mientras viajamos por las distintas ciudades y estados del país. Fuimos cuidadosos al recorrer las carreteras y jamás olvidaré la maravillosa forma en que me trató, aún cuando fui una perra desgraciada y sin corazón, que no supo más que enamorarlo para luego dejarlo en libertad cuando más me necesitó. Esas palabras fueron las únicas que retumbaron por mi cabeza durante más de dos meses, después de romper el vínculo tan bonito que nos unió y por algún extraño giro del destino, Kelly me las repitió cuando me aventuré a relatarle mi historia con el rumano, hace un par de años.

En otra sección muy distinta, después de tres hojas en blanco, aparecían nuevas fotografías con Ray y una flamante sonrisa en mis labios. El resplandor en nuestros ojos se manifestaba en forma de esperanza; mi corazón se oprimió al recordar sus palabras y la forma en la que—deliberadamente—decidió dejar atrás tantos años de amistad, tantos recuerdos y momentos fabulosos. Casi hermanos.

Supongo que el casi no fue suficiente para los dos, no consiguió que nos mantuviésemos unidos cuando más lo necesito.

Ahuyenté un par de fantasmas del pasado y me decidí por terminar de llenar la bolsa, después de guardar el álbum, hundí un champú de fresas y un poco de acondicionador que restaba en la botella, también mis únicas tres toallas, el perfume que Kelly me regaló de cumpleaños el Septiembre pasado y el cofre que contenía mi poca bisutería. Titubeé un poco, y finalmente guardé los grandiosos tarros de crema hidratante que Amellie me regaló después que nos conocimos.

Del mobiliario restante, sentía un profundo anhelo por llevarme la colcha donde me acurruqué durante tantas noches para alejar el frío de mi cuerpo. Caminé hacia Edward, con la bolsa en las manos y la aporré contra el filo de la cama antes de acomodarme para ayudarle.

— ¿Qué tal vas? —Susurré cruzando mis piernas al estilo oriental. Retuve varias risitas al notarlo incómodo, tratando de doblar una de mis camisetas anchas favoritas, estaba llena de franjas de colores y el cuello era en "V".

— ¿Usas esto? —Preguntó levantando la nariz, casi sorprendido. Sus manos sostenían en el aire mi prenda y mis dientes chirriaron antes de que la risa escapara con facilidad.

—Claro—respondí divertida, sus ojos parecían desorbitarse mientras mis dedos se deslizaban por otra camiseta del mismo estilo, una que fue a parar en el fondo del morral más grande donde debía guardar mi ropa. Al mirarla, noté que solo unos vaqueros—los más nuevos—y las blusas elegantes del trabajo estaban empacadas— ¿Por qué no guardas el resto de mi ropa?

—No pienso que la puedas…usar a donde vamos—respondió abandonando la tarea de doblar mi ropa. Posó sus ojos en los míos y noté cierta incertidumbre mientras sus manos atraían mi cintura a su cuerpo, hasta terminar sentada a horcajadas sobre sus duros muslos— ¿Dónde compras esas playeras?

—Me gusta ese estilo de ropa—aclaré con voz fuerte. Me sentí cómoda al hablarle, a pesar de que nuestras narices se rozaban y su aliento golpeaba mis labios cada vez que respiraba. Mis nervios empeoraron por un momento, pero sentir su piel rozando la mía en cualquier instante me brindaba aquella seguridad que faltó en mi vida durante ocho años. —Me siento cómoda al usarla y no pienso dejar de hacerlo, Edward. Es una advertencia.

—No tienes porque hacer advertencias—susurró con una sonrisa tirante en sus labios, sin embargo la arrogancia propia de su voz se mostraba en cada palabra—me gustas como eres. Aunque tu ropa parezca…horrenda.

Me reí un poco al ver la expresión de su rostro cuando volvió los ojos a la camiseta.

—Edward, esa playera es genial. Ya lo verás—musité hundiendo mis dedos entre su cabello. Parecía una costumbre de años atrás, me gustó hacerlo. Comencé a masajearle el cuero cabelludo y poco a poco, mis yemas se fueron trasladando a la piel de su nuca, se hundieron allí antes de que sus manos—una en mi cuello y la otra en mi espalda—estrecharan nuestros cuerpos hasta que mis pechos chocaron contra sus pectorales.

Gemí bajito al sentir la fricción de la tela vaquera en nuestras piernas. Yo usaba la misma mudada que ayer y él, unos pantalones negros y una playera llana. Temblé al sentir como su nuca descendía hacia atrás y la cabeza le quedaba colgando en mis manos, sus ojos cerrados y la mueca en sus labios fueron prueba suficiente de que le gustaba el masaje de mis dedos, mis labios descendieron por si solos, influenciados por la masculina y cruda fragancia que se hundía en mis fosas nasales, se colocaron en la línea de su vena yugular y sintiendo el recorrido de la sangre bajo la sedosa y aterciopelada piel, succionaron despacio y de corrido.

Edward gruñó y hundió sus dedos en mi cabello—que caía como cortina cubriendo nuestros rostros de forma lateral—alejando mi rostro de su cuello.

—Jesús, Mujer—sus dientes rechinaron al mirarme, con los ojos oscuros y el brillante deseo expandiéndose por su mirada—me pides que no… ¿Es una especie de prueba? No me castigues así, Bella. No hagas que pruebe algo que no tendré.

Mi vergüenza volvió tan pronto Edward mencionó esas palabras, consiguiendo que comprendiera el grave error que cometí al besarle el cuello. Fui yo quién le negó la idea de volver a dormir juntos, y soy la primera tratando de seducirlo en una forma desconocida para mí. Mis ojos descendieron en picada al suelo frío del lugar y sus dedos levantaron mi barbilla con mucho cuidado.

Él dejó fluir una carcajada que invadió el dormitorio y luego me abrazó despacio, alejando su cuerpo del mío tan solo unos centímetros. El sonrojo aumentó al comprender que lo hacía para ocultar a su…amigo allí abajo. Me estremecí un par de veces al notar sus labios en mis cabellos, y luego regresé mis ojos a los suyos cuando pude tomar valor para verlo a la cara.

—Lo siento, Ed…no quería…no es un castigo ni nada de eso—me apresuré a decir, la voz me salía quebrada por causa de la vergüenza—Yo solo…me deje llevar.

—Todo está bien, Bells—susurró besándome los labios de forma lenta, hundiendo su lengua dentro de mi boca con una delicadeza impresionante que terminó con el poco aire en mis pulmones. Mis dedos se hundieron en su cabello por segunda vez y sus manos rodearon mi cintura de forma elegante pero sensual, demostrando quién poseía el control del beso.

Respiré dos segundos después, cuando Edward terminó el beso y me ofreció su mano para levantarme. Le sonreí con las mejillas rojas y los ojos tímidos, buscando ocultarse del escrutinio de un fiable detective con orbes verdes. Él se dedicó a mirarme, con el brillo de misterio y el deseo creciendo en sus ojos al mismo tiempo.

— ¿Seguimos…recogiendo la ropa? —Musité después de varios segundos, cuando su mirada consiguió incomodarme hasta el punto de removerme en el sitio.

—Por supuesto—negó con la cabeza y cuando abrió sus ojos, el tono verde, simple y amoroso había regresado a su mirada. Nos agachamos al mismo tiempo y terminé de doblar y empacar todas las playeras que a él le parecían horrendas.

Edward se encargó de los pantalones de algodón y chándal y tomó las tres únicas faldas que reposaban en el tercer cajón del clóset. Me miró con ojos interrogantes, sosteniendo entre sus dedos una prenda negra y un poco abombada, descolorida por el paso del tiempo y con un botón menos en la cintura.

— ¿Qué hay con ésta? —Preguntó arqueando una ceja, con los labios fruncidos y la diversión incrustada en los ojos.

—Es una falda vieja—respondí encogiéndome de hombros.

— ¿No la recuerdas? —su voz sonó incrédula y a la vez divertida, me encontré repasando mentalmente las veces que la he usado.

—Una de las monjitas me la regaló—murmuré sonriendo—cuando estaba en tercer o cuarto de bachillerato, no recuerdo. La usaba siempre que salíamos en grupo, fuimos a varios pubs durante tu último año, me la puse una vez…había revisión al día siguiente y… ¡Ay, no!

Edward se rió al comprender que recordaba lo que pasó esa noche, yo rodé los ojos y me crucé de brazos, enfurruñada por su buena memoria y por quedar como olvidadiza delante de él.

—Estabas guapa—susurró aguantándose la risa—tenía ganas de tocarte toda. —Me sonrojé pero evité mirarlo y me limité a seguir guardando mis delantales de la hamburguesería en una maleta distinta—todos los hombres del lugar te miraban y yo te seguía como un perro guardián por el salón. Nadie debía acercársete.

Él continuó con su relato y las imágenes regresaron a mi cabeza, mucho más nítidas que en aquel tiempo incluso. Después de guardar el uniforme del Animacuore en la misma bolsa, me limité a entrelazar los dedos mientras Edward susurraba a mi oído la fatídica noche donde comenzaron mis humillaciones delante de sus ojos.

—Te coqueteé, susurré cosas a tu oído virgen que no debía—me sonrojé como si tuviera quince años de nuevo y él entrelazó sus brazos en mi cintura—y para alejarte de mí y de todos los nervios que te producía, corriste a los brazos de un hombre….que terminó siendo gay.

Sus risas estallaron por todo el dormitorio y bufé bajito mientras deshacía su agarre. Después de que el tipo me repitiera diez mil veces su estado homosexual, bebí toda la noche hasta terminar la existencia de cocteles del pub y para vengarme, salí de casa de Edward sin despertarlo y retrasarlo a la revisión.

Tomé una bolsa mientras las lágrimas rebosaban de los ojos del cobrizo y hundí un puñado de mi ropa interior en ella. Con facilidad, el cajón se fue vaciando y salí airosa por la puerta, con la risa de Edward resonando en mis oídos.

En su presencia, era tan fácil rememorar aquellos momentos de forma nítida, como si hubiesen ocurrido ayer.


Hola guapas!

Un agradecimiento enorme a: CaroBereCullen, butterfly 98, EdbEll CuLLen, yessy, Ludwika Cullen, PameHaleMcCarthyCullen, Denisse-Pattinson-Cullen, Aby, Cullen Vigo, Nikki Hale y Nany87.

Muchas gracias por todos sus lindos reviews y por apoyar la historia. Besos inmensos a la Hale y la Caro, las hermosas chicas que corrigen mis errores ¡Son grandes betas! Y las adoro. Suerte y saludos a la señorita madrazo-Ludwika-con eso de su inglés y un abrazo grande para Cullen Vigo que me hizo una pregunta muy valedera. "No entiendo esa necesidad de tenerla junto a él pero sin quererla, o realmente la quiere pero no lo sabe?" ¿Ustedes que opinan?

Denme sus teorías dando click en el globito amarillo. Quiero recomendarles una historia, se llama Apuesta a el corazón de PameHaleMcCarthyCullen, está buena! No olviden dejar sus lindos reviews ¿Por favor? El Edward cabrón y lujurioso se los agradece, les dara uno de sus besos éxtasis.

besos

valhe