= 10. Contratos y verdades =
Las instrucciones dicen que solo requiere microondas.
Come tanto como quieras, he dejado más en las alacenas.
Vuelvo por la tarde… tal vez.
Tenemos que hablar.
Terry.
Además de la nota, la bolsa de plástico repleta de sopas, enlatados y paquetes que seguramente contendrían otro tipo de comidas para preparar; también aguardaba sobre la barra de la cocina y sin necesidad de mirar en las alacenas, Candy sabía que —efectivamente— Terry las habría repleto de más alimentos parecidos. Fuera cual fuera la razón por la que el castaño había hecho algo así, la rubia supuso que eso significaba no más comidas rápidas y por ende, no más despilfarro de un dinero que no tenían. ¿Por qué cuántas libras tendría Terry realmente, para que siguieran viviendo de ese modo?
— ¿Dónde has ido esta vez…?— susurró, tomando un paquete con arroz pre—cocido para meter al microondas, intentado encontrar en sus recuerdos, algún indicio que pudiera guiarla al sitio exacto donde Terry hubiera decidido ir aquella mañana. El vibrador en su bolsillo la hizo reaccionar. Se había despertado en punto de las nueve y se había sumergido tan pronto en la ducha que ni siquiera había pensado que Terry pudiera haberse encontrado ausente. Justo en esos momentos, llevaba encima algunas de las pocas prendas que aún permanecían limpias en su armario (pues como otras muchas cosas, lavar ropa no figuraba en sus habilidades natas); jeans, sus botines color crema y una blusa del mismo tono, con un suéter de cachemira encima.
¿Dónde demonios vives ahora?
Mataré al cretino de tu marido, apenas lo conozca.
Había escrito Susana desde Messenger, respondiendo a sus muchos mensajes que durante días, habían permanecido sin leer. Candy casi sonrió al leer sus palabras, aunque parte del coraje que le guardaba a su amiga por desaparecerse cuando más la necesitaba, la obligó a no hacerlo.
¿Dónde has estado tú?
Vivo a diez calles de Tottenham Hale. ¡Es un sitio horrible!
Le respondió, esperando una respuesta, mientras sacaba el arroz del microondas y se disponía a comerlo sentada a la mesa. Dado que la TV, era un lujo que no podían darse en esos momentos, la rubia había mantenido contacto con el mundo externo a través de su móvil, más por miedo a lo que fuera que pudiera encontrar si dejaba el apartamento que por el verdadero gusto de quedarse en casa. Siguiendo pues, con su rutina diaria, ingresó a YouTube buscando algo nuevo que mirar, cuando la respuesta de su amiga llegó en forma de burbuja.
Mamá me llevó a Finlandia. No podía entrar a mis redes.
Estoy en el aeropuerto, tengo que ir a Croacia con papá. Vuelvo en una semana, hasta entonces, por favor no mueras.
Te quiero chica sexy.
— ¿Y qué se supone que significa eso?— preguntó en voz alta, consciente de que nadie más que ella podría escucharla. Por un momento, se arrepintió de haberle escrito a la rubia buscando su ayuda. Si lo que Susana decía era verdad, no podría verla hasta sabría Dios cuando y aquello solo quería decir que tardaría encontrar un verdadero consuelo o unas relucientes llaves del pent-house de su querida amiga. Arrojando el móvil lejos de ella, siguió enfrascada en su arroz, más desesperada que antes, por encontrar una pronto salida a esa situación que se veía obligada a atravesar.
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— Pasa el producto…— le murmuró Tony a su lado— Ajá. Teclea enter, pasa el que sigue— siguió— Ahora doble enter… Bien. Abre la caja, devuelve el cambio y cierra. Recuerda que el primer ticket es tuyo y el segundo del cliente, así mantenemos el inventario de ventas que ya después te diré como llenar— sonrió. A su lado, Terry correspondió.
Llevaba jeans y zapatillas converse, se había puesto una polera blanca y con la casaca azul encima que llevaba cosido el nombre de la tienda en el lado derecho y en la espalda, parecía todo un empleado. Un simple encargado de tienda común y corriente. Aunque Anthony era consciente de que el jamás podría verle como un empleado más.
— Aprendes rápido— le alabó, como si por el momento, ese fuera el mejor cumplido que podía hacerle.
— Gracias. Tú enseñas muy bien— respondió el castaño.
— Y mira que eres mi primer aprendiz— se mofó el rubio, con esa risa que Terry había descubierto, le era común. No llevaba ni tres horas en la tienda y Anthony ya le había demostrado que no importaba acerca de que le hablara, siempre sonreía.
En el rato que Terry llevaba como nuevo empleado, el rubio le había explicado al menos unas tres veces cada función que debería desempeñar. A falta del dueño —con quién Tony dijo ya había charlado— el chico le había contratado y se estaba haciendo cargo de instruirlo, lo mejor posible. Desde como acomodar los productos, las tareas de limpieza que había que realizar y hasta la forma en que podría cobrar las compras de los clientes, Terry había prestado atención, preguntado en el momento en que tenía dudas a resolver e incluso se había equivocado mientras Anthony le ponía a prueba.
— ¿Por qué te encargas tú solo de todo el lugar?— le preguntó el castaño, cuando hubieron terminado con la caja y el rubio lo puso a acomodar el área de botanas.
— Había otro chico antes, estuvo aquí al menos dos años, pero consiguió un empleo a tiempo completo luego de la escuela y bueno, creo que ahora trabaja en Apple o algo parecido— le explicó Tony, afable.
— Ya… ¿Y tú?— siguió Terry, ya sin mirarle— ¿Estás a tiempo parcial?
— De tiempo completo, al menos hasta ahora. Tengo un empleo nocturno y repartía diarios y leche en la zona cercana a Seven Sisters, he estado aquí un mes a tiempo completo, porque había una chica que cubría mis labores en las mañanas, pero volverá a la escuela y yo debo reanudar. Además, ¿no me querrás aquí contigo todo el día, cierto?— se mofó.
Terry deseo con todas sus fuerzas poder corresponder, sin embargo, había algo en su cabeza, que se había instalado de la nada y no parecía querer irse tan fácilmente. Según Tony, su horario de trabajo se extendía toda la semana, desde las siete de la mañana, hasta las cuatro de la tarde, con un descanso de una hora para almorzar a las once del día. La paga constaría de 6£ la hora, lo que lo dejaba con un sueldo semanal de 336£. No estaba de ganas para calcular el salario mensual, pero era consciente de que ni con suerte, podría cobrar lo suficiente para los gastos que ya había previsto.
— ¿Pasa algo?— le cuestionó Anthony, advirtiendo su semblante.
— No… es solo… ¿Cómo ordenas el día para tres empleos?— le preguntó el chico, a modo de respuesta.
— Bueno, tres horas de repartidor. De 5 a 8. Seis como empleado, de 9 a 6. Y otras seis como camarero, de 7 a 1, en un salón cercano a Kings Cross— le dijo y aunque su sonrisa seguía bailando en sus labios, Terry comprendió que esperaba le comenzara a cuestionar sobre el último de sus empleos. No preguntó.
— ¿Sobrevives así?
— Eso intento— aseguró el rubio, más en un leve murmullo que un comentario real.
— Entonces ya sé que más debo aprender. Siguiendo por donde voy, jamás podré sobrevivir. Y desde donde yo lo veo, eres lo único en lo que me puedo guiar…— Terry volvió a sus ocupaciones, sin siquiera percatarse de la mirada dulce que Anthony le obsequió. Había sentido esas palabras hasta lo más profundo, nunca, sin contarla a ella, alguien le había dicho que veía en él, algún tipo de modelo.
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Una acción tan sencilla como aquella pareció un reto completo, cuando estirando la mano para abrir el enrejado del edificio, le hizo sentir una punzada de dolor en los músculos del brazo. El camión de suministros había pasado aquella tarde por la tienda y Anthony le había pedido ayuda para llevar cada caja hasta la bodega. Kilos y kilos que hacían que la rutina de pesas del gimnasio pareciera una broma. Terry no se había quejado, aunque el rubio que laboraba con él, tampoco había creído que no fuera a resentir aquel gran esfuerzo. Después de todo ¿todas esas rutinas de gym, las ponía en práctica para realizar verdaderos trabajos?
Subiendo con la misma pesadez las escaleras al departamento, ni siquiera reparó en el vecino del primer piso que lo miró con las cejas arqueadas. Lo veía cada mañana cuando Terry dejaba el edifico enfundado en sus costosos trajes, por lo que aquella casaca azul sobre su cuerpo, casi lo hizo exclamar de la sorpresa.
— ¡Dios mío!— Candy había pegado un respingo, al escuchar la puerta abrirse. Sentada sobre el sofá principal, había estado comiendo fideos chinos (de los que Terry llevó esa mañana para preparar), mientras leía la página de Facebook de un tal Liam Hemsworth, donde figuraban varias de sus mejores fotografías. Un leve sonrojo había teñido sus mejillas al ver entrar a Terry. Desde el suelo, donde había terminado tras ser sorprendida in fraganti, sus ojos verdes se abrieron como platos, al reparar en la prenda que Terry llevaba puesta.
— ¡Candy! ¿Estás bien?— le preguntó el castaño, olvidando de repente, el cansancio que pesaba sobre él. Candy no respondió, seguía pendiente del nombre bordado en la casaca y su mente trabajaba a mil por hora, intentando descifrar lo que aquello significara.
— Tú… Eso…— el castaño pareció sorprenderse, cuando reparo en lo que ella se refería. Había olvidado sacarse la casaca y aunque no pretendía ocultarle que había cogido un empleo, tampoco había planeado que la rubia se enterara de ese modo.
— Yo… conseguí empleo— sonrió como tonto y esperó que sus palabras no sonaran realmente tan idiotas como había creído que lo hacían. Frente a él, el hecho de que los ojos de la chica se volvieran, de pronto, algo más cristalino que el agua al caer del cielo, lo hizo reaccionar. Sin saber exactamente como lo hizo para no caer como idiota o atropellar a Candy a su paso, se puso en cuclillas a la altura de la dama y la sujetó por los hombros.
— ¿Hey? ¿Qué pasa? ¿Dije algo malo?— le preguntó y automáticamente se preguntó a él mismo, que de malo habría en que hubiera encontrado algún empleo— ¿Ha pasado algo?— aventuró, un segundo después. La reacción de Candy lo sacó por completo de balance.
Aferrando sus finas manos a su casaca, la rubia lo atrajo hacia ella, dejó que sus rizos rubios le rozaran la nariz al acercarse y dejó su cabeza reposar con ternura en su pecho. Pronto, sintió el llanto aflorar, las arcadas que la acometían por la fuerza de sus lágrimas y los sollozos que le dejaba escuchar. La había escuchado llorar antes, cuando se encerraba en su habitación, sin embargo, jamás habría llegado a imaginar que Candy se rompería de ese modo frente a él.
Antes siquiera de considerarlo prudente, sus manos habían rodeado ya la cintura de la chica y sus piernas soportaban el peso de ambos, sin atreverse a moverse por miedo a que ella se alejara de él.
— ¿Es cierto?— sollozó ella, entre sus brazos— ¿Realmente lo has hecho?
— ¿El qué? ¿Conseguir empleo?— cuestionó él, sin aflojar el agarre que implementaba en su abrazo. Candy apenas movió la cabeza para asentir. En un intento desesperado por conseguir la confianza de la rubia que lo sujetaba con fuerzas, el chico se alejó de ella, para mirarla a los ojos.
— ¿Y tú crees que bromearía con eso? ¿Qué podría jugar así viviendo la situación?— le preguntó— Sí, Candy. He conseguido un empleo… y… realmente no estoy seguro de poder lograrlo, porque jamás en mi patética vida había hecho algo similar, peor me voy a esforzar— prometió, y quizás esperaba convencerse a sí mismo, porque sus palabras, lograron sorprenderlo incluso a él mismo.
— Terry…— susurró ella. Si su confesión le había hecho sentir algo, lo que fuera, Terry no fue capaz de verlo. En aquellas esmeraldas brillantes, el agua volvió a acumularse y sin poder sostenerle la mirada, Candy bajo la mirada.
— Perdóname Terry…. Perdóname, por favor— suplicó.
— ¿Qué? ¿De qué hablas, Candy? ¿Qué se supone que debo perdonarte?— inquirió el ojiazul, completamente confundido.
— Yo… te arrastré a esto. Te obligue a casarte incluso cuando no querías. Te he hecho vivir esta situación para mostrarme que no eres solo una salida fácil. Incluso has cogido un empleo para que crea que realmente vivimos esto por…
— Lo estamos viviendo porque yo nos arrastre aquí— la cortó el chico, con firmeza— Estas en este lugar, lejos de tu familia, porque soy un completo imbécil. No tienes nada que ver con esto. Y si alguien tiene que ser perdonado, ese soy yo. Te he mentido todo este tiempo— sus palabras lograron acallar el sollozo de la rubia que lo miró fijamente, sin dar crédito a lo que escuchaba.
Terry tomó aire, les aguardaba una charla larga. Y el castaño no dudaba, que si Candy había permanecido ahí por sentirse culpable, le dejaría a la deriva, en cuanto se hubiera enterado de la verdad.
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— Joven Neil…— susurró la secretaría, con la oreja pegada a la puerta del despacho principal. Fuera cual fuera la respuesta, aunque resultara mínima, necesitaba saber que dentro del lugar, el hijo de los abogados se encontraba todavía cuerdo.
Hacía ya un buen rato que Neil se hubiera encerrado y sin conocer a detalle la investigación que se encontraba realizando, la secretaría esperaba que no hubiera perdido la cabeza. Dentro, el joven de ojos aceituna, repasaba una y otra vez cada línea escrita en los archivos que había recibido. Había tardado demasiado en obtener aquella información y según parecía, lo que antes había considerado como planes sencillos, se había distorsionado, a tal grado, que le costaría al menos un par de días, dar con una solución. Sin importar que tan buenos habían resultado ser sus estrategias principales, alguien había decidido actuar contrario a las especulaciones del abogado y había conseguido desatar su furia.
— Maldita seas, Eleonor Grandchester— gruñó el chico, con los dientes tan apretados que incluso pudo escuchar como crujían al hablar.
Habían pasado dos, casi tres, semanas desde la boda de Candy y desde esa noche, Neil no había escatimado en personal, para llevar a cabo sus planes. Con la más grande de las amarguras, había recordado cada ocasión en que se cruzó con Terry Grandchester y lo que antes habían sido motivos para desear que al castaño lo partieran mil rayos, se habían convertido en razones para encontrar la forma de provocar el mismo esos relámpagos.
La oportunidad perfecta para satisfacer dichos deseos, había aparecido cuando en medio de sus investigaciones, había logrado encontrar aquel pequeño detalle que el castaño había creído poder encubrir. Alguien había desfalcado severamente a Terry Grandchester y este había terminado chantajeando mucamas, personal del hotel e incluso del banco, para encubrir sus errores. Y sin embargo, no había pensado que alguien como Neil, pudiera fácilmente aprovecharse de ellos.
Habían bastado buenas sumas de dinero, algunas palabras para aliarse a las mucamas y a las banqueras y finalmente, una sola llamada con quién él sabía, había llevado a cabo el precioso robo al mimado de los Grandchester.
Lo demás, había sido cuestión de tiempo. O al menos eso había creído. Habiendo advertido en la boda, que Candy estaba realmente enamorada de Terry —asunto que había logrado sacarle de quicio— había pretendido hacerla saber, llevando hasta casa de los Grandchester las pruebas de los errores del castaño, que el chico con el que se había casado, no era más que un bueno para nada. Había creído ingenuamente, que Candy correría a él viendo a Terry ser la escoria que realmente era y olvidando todo sentimiento que le profesara, sin contar con que la madre de Terry tomara el asunto entre sus manos.
Y ahí estaba. Con Terry habitando un mugroso apartamento en las cercanías de Tottenham Hale. Y con Candy viviendo con él.
— Me pagarás esto, Grandchester. Tú y tu madre me las pagarán— se dijo, apretando con fuerza los papeles que confirmaban el nuevo domicilio de su preciosa pecosa.
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— Nunca nadie me había humillado. Ninguna dama jamás me había insultado de ese modo. Estaba iracundo, perdido, directamente herido en el ego. Así que ni siquiera le cuestione a Archie, de dónde demonios había sacado a sus amigas. Bebí, me deje consentir, me sentí el príncipe que siempre he creído ser. Terminé hasta atrás, tan ebrio que no recuerdo exactamente que bebí esa noche. Las chicas que estaban con nosotros, habían desaparecido por la mañana, así que creí que era una buena noticia. Sin llantos, sin escenas. Sexo de una noche y nada más— narró Terry, sentado en el sofá individual, con Candy en el sofá de tres plazas, frente a él.
«—Archie lo descubrió primero y juntos logramos lo que dos tontos logran: caer en pánico. No tenía idea de que hacer, no estaba seguro de cómo podría salir de esa. A estas alturas, ya deberías intuir que me meto en líos con más frecuencia que un adicto en deudas. Mamá me pidió que la viera poco después, quería que tomará el té contigo, así que opté por la docilidad. Arreglé la recámara, me ofrecí a comer con mi padre de buen modo. Acepté verte otra vez. No eras para nada la mujer que deseaba en mi vida, pero eras lo que mamá deseaba, así que cuando nos vimos por segunda ocasión, supe lo que tenía que hacer. Entonces comenzamos a salir, había sido idea tuya, pero yo acepté por mis propios beneficios. Cuando me pediste que me casara… Yo…
— ¿Viste otra oportunidad para seguir complaciendo a tu madre? ¿Otra oportunidad para usarme como ventaja, cierto?— inquirió la rubia, con los ojos fijos en él, el mentón ligeramente hacia arriba y la nariz cubierta de pecas, media pulgada más arriba que de costumbre. Terry dejó escapar el aire que había estado reteniendo hasta el momento, antes de asentir con la cabeza.
— Sabía que de casarme, mamá me dejaría en paz. Y pensé que podríamos mantener esa relación que teníamos cuando salíamos. Entonces, luego de la boda, mamá me pidió que viniera a ver este lugar, creí que pretendía comprarlo para un empleado o sabría ella para quién. Incluso me burlé del pobre idiota que terminara aquí. Entonces ella me interrogó. Me mostró las cuentas de todo lo que le debía, y de lo que sigo debiendo. Me dijo que ya no era más el chico al que sacaría de apuros y me exilio aquí. La tarde que llegamos, ni siquiera podía mirarte a la cara. Me habías pedido que te sacara de un problema y solo te arrastré a uno peor...— pasándose las manos por el cabello, Candy observó lo frustrado que el chico se sentía por esa situación y odio no poder callar, lo que salió de su boca al instante siguiente.
— Yo tampoco he sido sincera. No creo haberlo sido en todo este tiempo, ni siquiera cuando te pedí matrimonio. Sí… Estaba en problemas, aún lo estoy, pero…— la rubia se mordió la lengua, antes de continuar— Todo empezó con la casamentera. Tienes ya que saber, que ni mi tía fue jamás Miss Universo, ni mi padre presidente de la empresa. Yo ni siquiera he terminado la universidad y ¡oh! Aquí va otro secreto, no la terminaré. Perdí el año metida en las compras y las citas, no entregué ningún proyecto y he de recusar muchas materias, si quiero poder graduarme— le espetó y sintió como su voz se quebraba al admitir en voz alta, con alguien que no fuera ella, lo tonta que había sido perdiendo así las oportunidades que su padre le había dado.
«— Volví a Londres para distraerme del estrés de mi inminente expulsión o mi año repetido, pero solo me encontré con mi tía que me convenció, ridículamente, de salir con un tío rico, al cual embolsarme y tener como seguro. Te odie desde el instante en que te vi y creo que te sigo odiando en sobremanera— admitió, sonrojada— Sin embargo, también llegue a creer que podría mantener una buena farsa contigo. Pensé que podríamos ser amigo y entonces… Despidieron a papá y mi tía… El tío con el salía, la estafó. Se llevó los datos bancarios de papá y en menos de un día vació todas las cuentas. Papá terminó en el hospital, es diabético y tiene alta la presión, las medicinas… las cuentas…— sus memorias pudieron con ella, su voz se cortó y Terry extendió la mano para sujetar la de ella, con los ojos azules, más brillantes que nunca.
— ¿Cómo pagaron…?— le preguntó, visiblemente preocupado. Había interactuado realmente, poco tiempo con su suegro, sin embargo, desde la primera vez que se encontró con aquel rubio… Algo en su presencia, en su voz, en su mirada azul como el agua, lo había tranquilizado, lo había impresionado y saberlo enfermo, logró que comprendiera al cien, las preocupaciones que bañaban la voz de la rubia.
— Acudimos a un prestamista. Pedimos el dinero suficiente para cubrir las cuentas y las medicinas. Se le dio de alta la mañana de Nochebuena. Entonces visitamos al asesor legal… Él nos habló del procedimiento para el ladrón, de cómo habría que encontrarlo… También dijo que podía no ser 100% legal… No sabía qué hacer, o dónde ir. Podía ver a papá desesperado y a mi tía, sintiéndose tan culpable… Así que te llamé. No estaba segura de lo que te diría, pero… Apenas te vi, las palabras salieron sin pensarlas. Te hice creer que te convenía más a ti que a mí… Pero solo pensaba en mí— sin poder soportar más tiempo en mantenerle la mirada al castaño, Candy despegó sus verdes esmeraldas de él, mirando sus manos unidas, como si de repente, hubiera reparado en la mano de chico sobre la suya.
— ¿Dónde están ahora? Tú tía y tu padre, quiero decir— inquirió Terry, visiblemente curioso.
— N—No lo sé…— susurró la rubia— Vendieron la casa después de la boda, salieron de viaje en la búsqueda de ese tipo… Papá creía que yo estaría bien, me había casado y vivía en un sueño…
— No imaginó jamás que un pobre idiota como yo, podría terminar por arrastrarte a esta situación… ¿cierto?— la sonrisa de Terry no alcanzó siquiera sus ojos, pues en su voz, la nostalgia y la culpa se hacían tan palpables como las nevadas de todas esas noches.
— No creo ya, que seas un idiota…— susurró ella, sin mota de mentira en la voz. Terry suspiró.
— Vaya… Así que realmente, somos dos mimados— se mofó, porque a veces reír, resultaba más sencillo que afrontar de cara la situación. Si lo sabría él.
— Dos inútiles mimados…— siguió ella, a medio reír.
— Inútiles… Mimados y también condenados—
— ¿Cómo es que terminamos siendo así?— se preguntó ella, más como una cuestión personal, que como una duda expresada hacia el castaño. Terry apretó levemente su mano al escucharla y se irguió lo más que pudo, como si con ello pudiera expresar más seguridad de la que realmente sentía.
— No puedo solucionar todo lo que ya ha pasado, pero… Puedo prometerte que encontraré la forma de sacarnos de esto. Te llevaré de vuelta con tu familia— le aseguró— Volverás al sitio que mereces… Aunque ambos la hemos liado, tú tienes más posibilidades que yo— sonrió.
Sin palabras que pudieran expresar lo que realmente sentía, Candy se quedó observando a su marido, como si hubiera sido la primera vez que lo veía. En sus labios, una pequeña sonrisa se formó y sin soltar la mano del chico, se atrevió a preguntar:
— ¿Podemos, realmente, sin farsa alguna…?—
— ¿Podemos, qué?— la animó Terry, de repente ansioso por conocer la parte final, de aquella oración.
— ¿Podemos ser amigos?— cuestionó la rubia. «Amigos…» la palabra le sonó extraña, distante. Incluso amarga. La sensación que le recorrió lo hizo fruncir el ceño, pero sin dejarse aplastar por aquella repentina alucinación, se forzó a sonreír y asentir con la cabeza.
— Sí, Candy. Podemos ser amigos.
Continuará…
JulietaG.28
