¡No tengo clases en la facultad esta semana y recién tengo que ir a dar clases el viernes! ¿Qué mejor que un capítulo para festejar?


Cosas que me pertenecen: un pulóver rojo que destiñe y mancha prolijamente todas y cada una de las prendas junto a las que se lo mete al lavarropas.

Cosas que no me pertenecen: la saga Los Juegos del Hambre. Sólo escribo por diversión y sin fines de lucro.


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Capítulo 10: Mi encantador colega de Distrito

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La cena es tranquila. Haymitch está durmiendo la mona, lo que nos deja a Effie, Nigel, Peeta y a mí saboreando una cena de tres platos, deliciosa y más abundante de lo que yo nunca tuve oportunidad de comer. Me atiborro de toda la comida posible, sabiendo que hay buenas posibilidades que ésta sea una de las últimas comidas sabrosas y abundantes que yo coma. ¿Por qué no aprovecharla?

Nigel también devora la comida, y si bien en general mantiene los modales, su desesperación por servirse una segunda porción de cada cosa habla de una vida de hambre y privaciones. Effie Trinkett insiste cada vez que dejemos lugar para el siguiente plato, pero ni Nigel ni yo le hacemos caso.

—Effie, déjalos —le dice Peeta gentilmente—. No tenemos la mitad de estas comidas en el Distrito 12, es comprensible que estén impresionados. ¿Recuerdas el año en que yo fui tributo?

—Oh, claro que sí, ¡querías saber qué ingredientes llevaba exactamente cada plato! —recuerda Effie con una risita, como si querer saber qué se está comiendo fuese una idea absurda.

—Era tanta comida, y tan deliciosa, que no pude menos que querer saber —sonríe él, claramente siguiéndole la corriente—. Déjalos comer todo lo que quieran, los dos necesitan estar lo más sanos y fuertes posible. Y hay comida más que suficiente, sería una pena que se eche a perder.

—Al menos este año tienen buenos modales —asiente Effie aprobatoriamente—. La pareja del año pasado se lo comía todo con las manos, como un par de salvajes. Consiguieron revolverme el estómago. ¡Repugnante!

Me irrita enormemente que esta mujer, con su peluca rosada y sus uñas de tres centímetros, se preocupe por algo tan relativo como los modales. Ni Leila ni Rob, los tributos del año pasado, debieron haber tenido el estómago lleno más que un puñado de veces a lo largo de sus cortas vidas, es lógico que se desesperaran al ver toda esa comida.

—Effie, ya te expliqué esto… ¿cuántas veces? —suspira Peeta, exasperado—. ¿Veinte? ¿Treinta veces? Esos chicos habían pasado hambre toda su vida. Ver tanta comida junta fue demasiado.

—Di lo que quieras, pero todos sabemos que buen porte y buenos modales abren puertas principales —anuncia Effie en un tono irrefutable y sabihondo.

—No necesitamos abrir puertas principales—masculla Nigel—. Somos tributos de los Juegos del Hambre. ¿A quién pueden importarle nuestros modales?

—¡A los patrocinadores! —exclama Effie, escandalizada—. Una buena impresión…

—¿Y cuándo nos verían comer los patrocinadores? —la interrumpo yo—. No vamos a tener cubiertos en la arena de todos modos.

Effie se queda boqueando como un pez fuera del agua. Peeta suelta una pequeña carcajada.

—¿Ves? Son inteligentes y agudos. El público va a amarlos, con modales o sin ellos —le dice Peeta a Effie, que parece aplacada y hasta contenta.

Nigel hace una mueca de asco, pero yo le sonrío a Peeta, admirada de cómo se las arregló para volver la situación a favor tanto de Effie como de nosotros.

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Terminada la cena, vamos a ver las Cosechas de los otros Distritos. Como siempre, hay voluntarios en los Distritos 1 y 2, y demasiados niños flacos y débiles que tiemblan, se asustan o hasta lloran en los demás. Algunos me llaman especialmente la atención: un chico corpulento del Distrito 2 llamado Cato que se presenta voluntario y sonríe ampliamente, una chica pelirroja de cara astuta del Distrito 5, un chico fornido y malhumorado del Distrito 7, un chico cojo del Distrito 10, y una niña de apenas doce años, morena y tímida, del Distrito 11. Cuando es nuestro turno de aparecer en pantalla, entre la caída de Haymitch, el desmayo de Peeta, los gritos de Prim y la negativa de la gente del Distrito 12 a aplaudir y en cambio el gesto de silencioso respeto, los comentaristas del Capitolio están bastante seguros que somos todos retardados mentales en mi distrito.

Está sonando el himno que cierra la transmisión cuando Haymitch llega, medio cubierto de vómito, con los ojos hinchados y apestando a alcohol.

—¿Me perdí la cena? —pregunta, arrastrando las palabras.

—Ya es tarde, yo me voy a dormir. Buenas noches a todos —dice Effie rápidamente, antes de escapar del vagón comedor tras una última mirada de disgusto en dirección a Haymitch.

—Sí, te perdiste la cena —responde Peeta fríamente—. Y la Cosecha, y la transmisión televisada de la Cosecha, y las observaciones de los comentaristas sobre tu caída del escenario.

—Estupendo —replica Haymitch, dejándose caer en una de las ornamentadas sillas.

—¿Planeas perderte los Juegos también? —pregunta Peeta, serio.

—Es una gran idea. Pásame el whisky —pide Haymitch.

Peeta toma por el cuello una botella que hay sobre una especie de aparador del rincón… y la deja caer al suelo, donde la botella se rompe en mil pedazos con un estrépito capaz de causar un infarto, el líquido claro manchando el piso de madera lustrada.

Haymitch lo fulmina con la mirada. Peeta entorna los ojos.

—Tenemos un trato, Haymitch —le recuerda Peeta con voz dura—. Comienza a correr al momento que los Juegos comienzan, y eso es cuando los tributos son elegidos, no cuando los echan a la arena.

—¿Qué trato es ése? —pregunto, confundida.

Haymitch gruñe; Peeta mira en mi dirección.

—Durante el año él puede beber todo lo que quiera, yo me ocupo de revisar que esté vivo y le llevo comida ocasionalmente. Pero en los Juegos, él tiene que permanecer lo suficientemente sobrio como para guiar a los tributos —explica Peeta—. Yo me ocupo de los patrocinadores, pero Haymitch tiene que crear las estrategias.

—Mejor que no lo haga —gruñe Nigel, despectivo—. En veinticuatro años, no salvó a nadie.

—Yo sobreviví —le recuerda Peeta.

—No porque él creó tu estrategia o te envió algo cuando estabas en la arena —replica Nigel—. Al menos, no creo que te dijera que le ayudaras a la niña sorda, y sé que no te envió nada.

Peeta no dice nada, lo que no hace más que confirmar las palabras de mi colega tributo.

—Sobreviviste, él no te ayudó —subraya Nigel—. Sobreviviste porque mataste a todos los que te hubiesen podido atacar, y después te las arreglaste para no morir.

Dicho así, suena horrible, y sin embargo es un buen resumen de los Juegos de Peeta.

—Por eso mismo, planeo que ahora sea distinto —explica Peeta, serio—. Pretendo reunir patrocinadores. Que si uno de los dos necesita un medicamento, un arma, comida, agua, abrigo, podamos enviárselo. Estuve ahí y sé lo difícil que es sobrevivir sin nada —añade.

—Quieres que la chica gane —gruñe Nigel, mirando de Peeta a mí con asco.

—Quiero que el Distrito 12 gane —replica Peeta.

—¡Quieres que gane tu novia! ¡Vamos, dilo! —se enfurece Nigel.

Yo estoy tan sorprendida y enojada que no consigo ni hablar. Estoy boqueando como un pez fuera del agua y apretando los puños.

—Katniss no es mi novia —responde Peeta, calmo—. Soy un mentor y ella es un tributo; una relación de ese tipo, si tuviese lugar, sería muy inapropiada y mal vista. Puedes preguntarle a Effie si no me crees.

Nigel se pone de pie y sale a zancadas de la habitación, furioso. Los demás nos quedamos en silencio por un momento.

—A decir verdad, sí quiero que ganes —me confiesa Peeta—, y planeo hacer todo lo que está a mi alcance para devolverte a casa lo más sana y salva posible. Pero él también merece su oportunidad, una oportunidad justa de pelear por su vida —medio se disculpa Peeta.

—Claro que es justo, y no quiero que lo sabotees a él para ayudarme a mí —le respondo—. Pero, Peeta, no sé si quiero ganar. Sabiendo lo que le pasa a algunos Vencedores… no creo que ganar sea tan maravilloso.

Veo a Peeta palidecer visiblemente. Haymitch suelta un bufido.

—Aaahh, te rendiste —dice Haymitch, como constatando un hecho—. Muy bien, Preciosa. Y dime, por simple curiosidad, ¿qué piensas hacer? ¿Salirte de tu plataforma antes de que pasen los sesenta segundos? ¿Quedarte parada ahí, esperando que los Profesionales te maten? ¿Suicidarte de alguna manera?

—¡No me rendí! —protesto, enojada.

—Sí te rendiste —me contradice Haymitch con una sonrisa desagradable—. Si no quieres ganar, te rendiste.

—¡Dije que no sé si quiero ganar, no que no voy a intentarlo! —le grito, furiosa, agarrándome a los apoyabrazos para no arañarle la cara a ese idiota.

—Si no entras a la arena convencida de que ganar es tu meta, puedes darte por muerta. En setenta y tres años, sólo hubo un Vencedor que no estuvo convencido siempre de que podía lograrlo —dice Haymitch, con una significativa mirada hacia Peeta—, y los Organizadores de los Juegos se asegurarán de que su caso sea el único. Decídete ahora: si quieres ganar, haremos todo lo posible. Si no quieres, dilo, y no malgastaremos tiempo ni recursos en ti.

Dudo por un momento. Veo la cara angustiada de Peeta, mirándome con desesperación. Oigo las palabras de Gale, sobre la gente que me necesita, oigo mi promesa de al menos intentarlo. Recuerdo a Prim llorando y suplicándome que regrese. Las palabras de Madge sobre que estoy en buenas manos.

También recuerdo otras cosas. La casa de Peeta, con las pinturas en las paredes, el piso y los muebles. A Haymitch, tan borracho que el único modo de hacerlo reaccionar había sido arrojándole una jarra de agua helada en la cara. La confesión de Peeta sobre lo que el Presidente Snow quiere hacer con él. Los relatos acerca de los otros Vencedores drogándose, cortándose o perdiendo a su familia por desobedecer.

Levanto la vista para ver a Peeta rogándome con la mirada.

Me decido.

—Voy a hacer todo lo posible por ganar. Es sólo que… me gustaría hacerlo sin convertirme en la máquina de matar que el Capitolio espera que sea. Y me temo que si hay una oportunidad de, figurativamente, escupirles a la cara y decirles mi opinión, voy a hacerlo, aún si eso me impide ganar —medio explico y medio advierto.

—Entiendo —acepta Peeta en voz baja, triste—. No me gusta la idea de que mueras, pero entiendo tu punto y… lo acepto. No quieres que cambien lo que eres, y me parece bien.

—Puaj, tanta moral y tantos principios acabarán por volverme sobrio —se asquea Haymitch, poniéndose de pie—. Sigan soñando solos.

Agarra una botella del aparador y sale de la habitación. Peeta y yo nos quedamos solos.

—Mejor vamos a dormir —sugiere Peeta—. Como diría Effie, ¡mañana nos espera un día muy, muy, muy importante! —Peeta hasta imita el tono agudo y entusiasta de la mujer, haciéndome reír—. Buenas noches, Katniss.

—Buenas noches, Peeta.

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Está saliendo el sol cuando unos golpecitos en la puerta me despiertan. Effie vino a buscarme.

—¡Arriba, arriba, arriba! ¡Va a ser un día muy, muy, muy importante! —chilla con su entusiasmo habitual.

Tengo que contener la carcajada al notar lo buena que es la imitación que Peeta hace de ella. Debe haber oído a esta mujer decenas de veces para que le salga así de bien.

El desayuno es otra ocasión para que el cocinero de nuestro tren se luzca agasajándonos con todo tipo de delicias. Pienso con nostalgia en Prim, en si tendrá suficiente de comer, mientras yo misma como todo lo que puedo y Nigel hace lo mismo, aunque con el ceño tan profundamente fruncido que me entra curiosidad por saber si se le quedará marcado. Apuesto a que su estilista consideraría eso una especie de tragedia.

—¿No van a darnos algún tipo de consejo útil? —masculla Nigel entre un bocado de huevos revueltos y un mordisco a una tajada de melón.

—¿Quieres un consejo útil? Sigue vivo —le replica Haymitch, sonriendo por encima de su vaso de jugo, al que le agregó un buen trago de licor.

Peeta suspira y pone los ojos en blanco. Yo entorno los ojos. ¿Quién entiende a Haymitch? Ayer me echó en cara que yo me hubiese rendido, y hoy prácticamente desalienta a Nigel.

—Lo hubiese esperado de él, que quiere sacar viva a su chica, pero realmente esperé un poco más de ayuda de tu parte, viejo —gruñe Nigel con la boca medio llena.

—¡Modales! —se escandaliza Effie.

—¿Y cuándo le ayudé yo a nadie? —quiere saber Haymitch.

—Podrías probar, por una vez. Digo, para saber lo que se siente —sisea Nigel.

—Nah, dame una razón mejor —replica Haymitch, echándose atrás en su silla.

—¡Que no me voy a dejar pisotear! ¡Voy a regresar a casa o morir en el intento, pero si voy morir, que sea peleando! —aúlla Nigel, furioso.

Effie empieza a farfullar algo de no gritar en la mesa, pero nadie le hace caso. Haymitch considera un momento a Nigel antes de asentir.

—Bien. Tienes coraje y un cierto estado físico —aprueba—. Preciosa, ¿sigues decidida a intentarlo?

—Por supuesto —le respondo.

Haymitch sonríe y asiente.

—Esto se está volviendo tedioso. ¿No tienes un mejor modo de incentivar a la gente, que no sea enfureciéndola? —le reprocha Peeta, que sigue mojando trozos de pan en su taza de chocolate caliente.

—Funciona —le replica Haymitch rotundamente.

—Estaba poniéndolos a prueba —nos dice Peeta a Nigel y a mí—. Cada año Haymitch da ese consejo. Si los tributos lo aceptan y se resignan, los deja librados a su suerte. Si pelean, discuten con él…

—O me golpean —añade Haymitch.

—… entonces decide que tienen "coraje" y accede a intentar ayudarles —completa Peeta.

—¿Alguien te golpeó? —pregunta Nigel, interesado.

—Sí. El chico —asiente Haymitch, señalando a Peeta.

—Haymitch dijo que no iba a perder su tiempo con una sorda y un pastelero —aclara Peeta—. Le di una bofetada y me llevé a Mellie al otro vagón.

—¿Siempre que no te gusta una respuesta golpeas a la gente? —le pregunta Nigel con malicia a Peeta—. Abernathy… el estilista…

—Sólo cuando me sacan completamente de quicio —responde Peeta con una sonrisa angelical, que de tan dulce tiene un reborde peligrosísimo.

—Como sea —Nigel se encoge de hombros como si no le importara, pero está claro que prefiere no irritar a Peeta… por si acaso. Se gira hacia Haymitch—. Entonces, ¿qué es lo mejor que uno puede hacer…?

—Cada cosa a su tiempo —lo interrumpe Haymitch, levantando una mano—. En unos minutos llegaremos al Capitolio. Los dejaremos en manos de sus estilistas. Hagan todo lo que les digan, sin discutir, sin pelear, sin gritar y sin llorar.

—¿Llorar? —pregunto, tratando que no se note mi preocupación—. ¿Qué planean hacernos?

—A ti, Preciosa, algo llamado "depilación". Y a ti, muchacho… con esas uñas llenas de polvo de carbón… algo llamado "manicura". Recuerden: obedezcan sin rechistar.

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Lo de obedecer sin rechistar es difícil. Me aguanto todo, desde el baño con esa espuma arenosa que me quita al menos tres capas de piel hasta la maldita depilación con cera, pasando por un arreglo de mis pies, que aparentemente tenían callos (a quién puede importarle, cuando los tendré dentro de zapatos todo el tiempo, es algo que honestamente no entiendo) y mis manos, cuyas uñas no eran ni lo bastante largas ni lo suficientemente regulares como para alcanzar los estándares del extraño trío que compone mi equipo de preparación; mis cutículas casi les causaron desmayos. Por fin estoy "presentable", y mi equipo va a buscar al que será mi estilista, el tal Cinna.

Los detesto. Detesto al Capitolio en general y a cada uno de sus habitantes en particular. Cada vez que veo a uno de ellos, con sus tatuajes, peinados rarísimos, uñas tan largas, pelucas de vivos colores, hasta la piel teñida y todo el cuerpo alterado quirúrgicamente, me dan oleadas de asco. No puedo verlos sin evitar pensar en que están apostando cuánto voy a durar viva, si voy a matar a alguien, si alguien va a matarme a mí… o quizás están pensando en comprar a Peeta, obligarlo a hacer algo que no quiere para mantenernos a salvo a sus amigos y a nuestros hermanos menores.

En cierto punto, sé que estoy siendo un poco irracional. Effie no parece preocuparse más que por ser ascendida a un Distrito "mejor", no está interesada en auspiciarnos ni a Nigel ni a mí (legalmente, tampoco puede hacerlo) y el trato que mantiene con Peeta es amistoso, pero su egocentrismo y falta de tacto me sacan de mis casillas. Mi equipo de preparación parece compuesto por personas demasiado bobas como para ser significativamente malas, de acuerdo. Es verdad que parecían más preocupadas por los callos de mis manos o las puntas florecidas de mi cabello que por apostar si yo muero o no, y a Peeta no se lo mencionó más que para decir que es raro que Nigel y yo nos parezcamos tan poco físicamente a Peeta viniendo del mismo Distrito, pero no me abandona la sensación de estar dejando que el enemigo haga lo que se le antoje conmigo.

Por fin llega el estilista. No sé qué esperaba, quizás una versión ligeramente menos desagradable de Quintilius Appelbaum, el estilista que Peeta hizo echar, pero me encuentro con una agradable sorpresa: Cinna no sólo se viste y comporta como un ser humano normal, también parece tener los pies en la tierra. Decido ser cautelosa con él, pero no puedo evitar sentir que quizás no sea del todo horrible.

—Tuve una larga conversación con tu mentor antes de venir aquí —me confía Cinna mientras estamos almorzando—. Considerando su experiencia anterior, Peeta no parecía muy dispuesto a confiar en nada que yo hubiese diseñado y exigió ver el traje que llevarás para la Ceremonia de Apertura.

—¿Puede hacer eso? —pregunto, tomando un bocado del pollo con gajos de naranja—. ¿Exigirte que le muestres el traje?

—No sé si puede, pero me alegré de poder mostrárselo —responde Cinna con una sonrisa—. Escuché que Peeta diseñó los trajes del año en que fue tributo, y me interesaba su opinión del trabajo de Portia y mío, viendo que él sabe lo que hace.

—¿Y qué te dijo? —pregunto, curiosa.

—Textualmente: "es la pieza de ropa más fantástica y aterradora que vi nunca" —repite Cinna, orgulloso.

—Me da miedo preguntar de qué se trata —admito.

¿Qué puede tener de fantástico o aterrador un disfraz minero? Por otra parte, si Peeta lo aprobó, no puede ser nada muy horrible o muy humillante.

—Lo verás muy pronto. Es más simple de mostrar que de describir —explica Cinna, antes de añadir con una sonrisa traviesa—. Sólo espero que no le tengas miedo al fuego.

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Mi traje es aterrador y es maravilloso, y lo es aún más cuando puedo quedarme tranquila de que no empezaré a quemarme viva al momento siguiente. Nigel también parece tener sus reservas al principio, pero pronto podemos corroborar que el 'fuego sintético' es tan inofensivo como nuestros estilistas aseguran. Instantes antes de que los carros salgan, Cinna nos grita algo que no oímos por encima de la música, y nos hace gestos.

—Creo que quiere que nos tomemos de la mano —le digo a Nigel.

—Ni en un millón de años, preciosa —me responde él con una mueca de asco. Cuando Haymitch usa ese apodo, suena burlón pero no malicioso. En cambio, en labios de Nigel suena como un insulto.

Me encojo de hombros, sabiendo que no necesito a Nigel. Me aferro al costado del carro y me preparo para deslumbrar.

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—Tuvieron un buen comienzo. Tomando el lugar de tu hermana —Haymitch mira en mi dirección—, y mostrándote como un tipo rudo —añade en dirección a Nigel, que sonríe con suficiencia—. Ahora la presentación los hizo brillar como estrellas. Todo eso está muy bien, pero no alcanza. Díganme qué saben hacer.

Es el desayuno antes del primer día en el Centro de Entrenamiento. Se supone que Haymitch está orientándonos, a falta de alguien más. Effie saludó de pasada y se fue a hablar con los patrocinadores, y a Peeta no se lo ve por ningún lado desde que anoche en la cena me cubrió respecto a la chica que ahora es una Avox… menos mal que uno de nosotros dos sabe mentir, y piensa rápido.

—Yo puedo levantar sacos de carbón que pesan cincuenta kilos —dice Nigel, orgulloso—. Tampoco soy malo en la lucha cuerpo a cuerpo. Puedo trabajar todo el día, aguantar sin comida y con poco agua.

—Impresionante —dice Haymitch en un tono que indica todo lo contrario—. ¿Sabes manejar armas? ¿Tienes buena puntería?

—La navaja —responde Nigel de inmediato—. Mi puntería es bastante buena. Solía arrojar dardos en el puesto de Flint, en el Quemador.

El puesto de Flint no es muy recomendable. Hay dardos para tiro al blanco, juegos de cartas y juegos de dados en los que la gente pierde su dinero. Yo lo evito, pero nunca falta alguien que se deja tentar por la promesa de dinero fácil y acaba perdiendo lo poco que tenía. Tengo un vago recuerdo de Nigel en el lugar, jugándose la paga de la semana.

Como con tantas cosas, hay una trampa en el trabajo en las minas de carbón: no está permitido que los menores de dieciocho años trabajen en las minas, pero los capataces contratan a los jóvenes de entre dieciséis y dieciocho años que son lo bastante fuertes para trabajar cargando los sacos de carbón en los trenes que llevan el material fuera del distrito. A Nigel esto le jugó a favor, ya que el trabajo lo hizo fuerte y resistente. Sé que Gale no acabó en ese trabajo porque al momento de morir su padre era demasiado joven, sólo tenía catorce años, y después tenía suficientes clientes de sus presas como para que le conviniera más seguir siendo cazador furtivo.

—¿Preciosa? —me pregunta Haymitch—. ¿Algo que sepas hacer?

Miro de reojo a Nigel, que me sonríe con superioridad. ¿Se cree que es mejor que yo? Ya veremos. Haymitch sólo me está preguntando en beneficio de mi compañero de Distrito, de todos modos; él sabe perfectamente sobre mis habilidades de caza. Comió más de uno de mis conejos y ardillas.

—¿Vender queso de cabra cuenta? —pregunto con inocencia.

—Algo que pueda mantenerte con vida en la arena —observa Haymitch, entornando los ojos.

—Oh… bueno, conozco algunas plantas comestibles… estaban en un libro que tiene mi mamá… —enumero con mi mejor cara de estúpida—… y sé ordeñar… y hacer trueques…

Nigel suelta una carcajada.

—A tu noviecito le costará mantenerte con vida —dice en tono fanfarrón—. Es lo que te pasa por vivir a costa de tu amante todos estos años.

No entiendo más nada. ¿A quién se refiere? No tengo un amante, y jamás viví a costa de nadie, todo lo contrario. Nigel debe interpretar como culpa mi cara de absoluta confusión.

—Vamos, a mí nadie me hará creer que cazabas esos conejos y ardillas —dice en tono complacido consigo mismo—. Yo supe enseguida que era Gale Hawthorne quien los cazaba y te los daba a cambio de… favores —enarca las cejas sugestivamente—. Ahora apuntas más alto y te quieres quedar con Mellark. No te culpo, es rico y tiene esa casa enorme. El muy idiota cree que te ama y quiere sacarte con vida de aquí. Ah, pero yo adiviné este jueguito de inmediato —advierte, entornando los ojos—. Yo me doy cuenta de las cosas.

Lo que acabo de oír es tan absurdo que me lleva un momento procesarlo todo. La acusación de que no era yo quien cazaba, sino Gale, me hiere en mi orgullo de cazadora, igual que la acusación de que Gale me daba sus presas a cambio de "favores" me avergüenza y enfurece a la vez. Ni yo haría algo así ni Gale se aprovecharía de alguien de esa manera; Gale es un gran amigo y una estupenda persona, pero no somos amantes y ni siquiera se me había ocurrido mirarlo de esa manera. En cuanto a que quiero quedarme con Peeta por su dinero, podría estrangular a Nigel por decir eso. No quiero a Peeta de un modo romántico, y aún si lo quisiera, no sería por su dinero ni por su casa ni por su fama.

Furiosa, me levanto y salgo a zancadas del desayuno/entrenamiento de Haymitch, con las carcajadas de Nigel sonando tras de mí.

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Cuando un rato más tarde nos reunimos en el ascensor para ir al Centro de Entrenamiento, me sorprende encontrarme con que Nigel no parece satisfecho ni seguro, sino gruñón y un poco apaleado. Casi diría que parece avergonzado, pero viniendo de él me cuesta creerlo.

Nos pasamos el día aprendiendo y practicando cosas. Yo hubiese creído que Nigel alardearía de su fuerza arrojando cosas pesadas por ahí, pero es curiosamente discreto. Sí trata de practicar con el arco y las flechas, pero es evidente que no sabe ni cómo tensarlo y acaba casi sacándole un ojo a uno de los encargados. Varios de los Profesionales se ríen. Me aguanto la sonrisa y me prometo ir a practicar arquería otro día, por hoy me concentro en aprender a hacer nudos y a encender fuego sin depender de fósforos. Arraso sin despeinarme en el puesto de plantas comestibles y hasta pruebo algo de camuflaje, sin demasiado éxito. Apuesto a que Peeta sería un genio con eso de mimetizarse.

A la noche regresamos a nuestro piso, donde tomamos la cena. Cinna y Portia no están, de manera que no hay nadie aportando cordura al ambiente y la comida consiste en Effie y Haymitch sonsacándonos cada detalle de lo que hicimos o dejamos de hacer, sin dejar de ser sarcástico y gruñón en el caso de Haymitch, y chillando de alegría o sorpresa cada pocas frases en el caso de Effie. Peeta aporta un bocadillo aquí o allá, pero en general no llega a decir mucho. Nigel, para mi sorpresa, cambió abruptamente de enfoque y ahora es reservado y cuidadoso, negándose a hablar de lo que sabe hacer o no. Su actitud saca a Effie de sus casillas, pero Haymitch parece curiosamente satisfecho.

Después de comer, supuestamente nos vamos todos a dormir, pero espío cuál es la habitación de Peeta y me deslizo a verlo un rato después. Quiero saber qué hay detrás del cambio de actitud de Nigel y algo me dice que Haymitch no me lo explicará. De todos modos, quiero hablar con él a solas, con tranquilidad. Es la única persona en la que realmente puedo confiar en medio de este loquero.

Golpeo con los nudillos, mirando nerviosamente por sobre el hombro. Después de las acusaciones de Nigel no quiero que alguien me vea entrando al dormitorio de Peeta, sería echar leña al fuego.

—Pase —suena su voz desde el interior.

Entro y cierro rápidamente la puerta tras de mí. Sólo entonces miro, y me sobresalto al ver una pierna, con su correspondiente media y zapato en el pie, colocada junto a la cama. La pierna acaba justo antes de la articulación de la rodilla, y es tan realista que me da un escalofrío.

—Hey, aquí —suena la voz divertida de Peeta, obligándome a apartar la vista.

Él está sentado en la cama, vestido con lo que parece un pijama ligero, la pernera izquierda arremangada hasta el muslo, y tiene un paquete de algo apretado contra el muñón.

—Oh, perdón, yo no… —no sé bien qué decir. Me avergüenza admitirlo, pero estoy morbosamente fascinada. Aunque el hecho que Peeta tiene una prótesis de la rodilla para abajo en la pierna izquierda no es un secreto, me hace sentir un poco incómoda observarlo así, como si estuviese invadiendo su intimidad.

—Está bien, no es como si me hubieses pescado desnudo… ¿qué te trae por aquí? —pregunta él.

—Yo… —dudo un momento, buscando las palabras.

Ver de primera mano la pierna mutilada hace todo esto mucho más real, de alguna manera. En el Distrito 12 Peeta siempre usaba pantalones largos, aún en verano, y jamás lo vi sin la prótesis colocada. Dejando de lado la muy leve cojera, era fácil olvidar que la mitad inferior de su pierna izquierda no es de carne y hueso.

—Siéntate —me ofrece él, señalando hacia la silla que hay cerca de la cama—. Puedo volver a colocármela si te hace sentir más cómoda —ofrece.

—No, no, está bien, no te molestes por mí —digo rápidamente, sentándome.

—Tuve que ir al médico hoy a la mañana —explica Peeta—. Aparentemente, tengo algo llamado miembro fantasma. Una parte de mi cerebro se niega a reconocer que mi pantorrilla y pie ya no están unidos a mí, de manera que sigo sintiendo picazón, cosquillas y hasta dolor provenientes de mi pie izquierdo.

—Pero… ya no tienes pie izquierdo —le digo, tratando de no sonar como una idiota.

—Precisamente: hay días en que siento mucho dolor en el pie izquierdo, o al menos yo podría jurar que me duele ese pie, sin importar que yo sé que ya no lo tengo —explica Peeta—. Le dije al médico que fue por eso que me desmayé en la Cosecha. Me dieron algunos medicamentos y habrá que esperar, en realidad no hay mucho más que hacer. Estoy probando con aplicar hielo al muñón, a ver si sirve. Pero bueno, no creo que hayas venido a oír mi historial médico. ¿Sucede algo, Katniss?

Le cuento sobre lo que pasó al desayuno. Peeta escucha con atención, haciendo muecas de vez en cuando.

—No puedo estar cien por ciento seguro, pero supongo que Haymitch le hizo ver que se había puesto en evidencia como un jactancioso y que te había dado un montón de información sobre sí mismo, mientras que sigue sin saber de qué eres capaz —comenta Peeta—. No creo que Haymitch le haya dicho a Nigel que sí eres una cazadora, y una muy buena, pero posiblemente lo hizo al menos reflexionar sobre si podía estar completamente seguro si sus tan brillantes conclusiones eran correctas.

Noto que aunque Peeta intenta controlarse, está claramente enojado con Nigel, y esa indignación a mi favor me reconforta y mucho.

—Eso nos lleva a tu estrategia. Lamento no haber estado en el desayuno hoy, pero podemos trabajar en eso ahora —sugiere Peeta. Yo asiento con entusiasmo, aliviada de saber que tendré a qué atenerme—. En los entrenamientos, procura que ni Nigel, ni los demás tributos, sepan lo buena que eres con arco y flechas. Sé que será irritante, pero es mejor dejarlo creer que realmente no sabes hacer gran cosa, para que se confíe y te deje en paz. No creo que Nigel sacaría de en medio a alguien que considera débil sólo para que haya un tributo menos, sino que retaría al más fuerte, o por lo menos a alguien de su tamaño, y por lo visto no te considera un rival.

Asiento lentamente. Pasar desapercibida es, al menos en el entrenamiento, mi mejor opción. Cuanto menos otros tributos sepan de lo que soy capaz, menos en el punto de mira voy a estar. Haymitch debe haberle dicho algo parecido a Nigel, por eso está comportándose tan… precavido.

—Haymitch y yo ya lo hablamos hoy por la tarde, y lo mejor será que los entrenemos por separado. Él va a ocuparse de Nigel, y estarás a mi cargo. Hablaremos de generalidades en las comidas y dejaremos las estrategias para las conversaciones a puertas cerradas —sigue Peeta—. Por el momento, mi consejo es éste: aprovecha a aprender algo nuevo, e intenta no sobresalir en lo que sabes.

—Podría disparar y fallar, pero así me acostumbraría a los arcos y flechas que tienen aquí —menciono—. Son distintos a los de casa.

—Preferiría no correr riesgos. Mejor no toques el arco y las flechas en absoluto, no podrías ser mediocre ni queriendo —dice Peeta con una sonrisa.

Hablamos de un par de cosas más por un rato antes de darnos las buenas noches. Abro sólo un centímetro la puerta y escucho con cuidado, pero no parece haber nadie en el pasillo, de modo que salgo en puntas de pie y cierro cuidadosamente, sin hacer ruido. Acabo de cerrar la puerta cuando doblan la esquina Nigel y un muy borracho Haymitch, al que mi colega tributo lleva medio a rastras.

Me escabullo velozmente y en silencio a mi habitación; pero aunque nadie dijo una palabra, es obvio que ambos me vieron salir del dormitorio de Peeta a altas horas de la noche.

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