Capítulo X: Aprensiones y experimentos

El sol brillaba con fuerza e iluminaba con un intenso dorado la habitación donde dormía Hermione. Eran las doce del mediodía, momento elegido por un rayo de luz para impactar los ojos de la chica, haciendo que los abriera. Bostezando groseramente, miró el reloj de su velador y, terminando de despertarse producto de lo tarde que era, se puso de pie y se dio cuenta que no tenía puesto su baby doll, sino la ropa que vestía anoche que, dicho sea de paso, apestaba a tabaco. Sentía un ligero mareo a causa del poco sueño y la luz del sol hacía que la flojera terminara por ganar la batalla y se volviera a tirar sobre la cama. Pero, recordando que una fiesta había pasado por su casa, se animó a caminar, con pasos arrastrados hacia la puerta, salir de su dormitorio, descender las escaleras y contemplar el inevitable trabajo de ese día.

Totalmente desanimada, con un cansancio que podía tumbar a un buey y sintiendo que cada miembro de su cuerpo pesaba toneladas, Hermione fue a la cocina, cogió su varita y comenzó con extraer los globos rotos y las serpentinas, desparramados sin orden ni concierto en los sillones, en las sillas y sobre el piso, amontonándolas en un rincón para luego tirarlos a la basura. El mareo era atroz, caminaba como si hubiera tomado litros y litros de licor y sus movimientos eran tan torpes como el de un sujeto al que le hubieran puesto una armadura de acero sólido. El timbre de la puerta lo oyó como si estuviera a kilómetros de allí, y kilómetros pareció andar para saber quién la había molestado y desviado de sus ineludibles deberes.

-¿Qué haces aquí? –preguntó Hermione al ver a la persona que estaba detrás de la puerta.

La mujer que había tocado el timbre miró hacia el interior, el cual estaba hecho un desastre después del evento que tuvo lugar anoche.

-Vine a ayudarte con el aseo –respondió ella-. No es necesario que lo hagas sola.

-Sabía que podía contar contigo –dijo la castaña, suspirando de alivio al escuchar las palabras de su interlocutora-. Puedes empezar limpiando la alfombra. Está llena de alcohol.

Hermione hizo pasar a Ginny a la sala de estar y cerró la puerta tras ella. La dueña de casa fue a la cocina y le facilitó un envase lleno de un líquido púrpura que olía a lavanda.

-Estas chicas jamás se controlan con el trago –dijo Hermione, más para si misma que para Ginny-. Debí haber restringido la ingesta de hidromiel. Hace a una ver estrellitas después de unas cuantas copas.

-Pues sí –respondió Ginny, vertiendo un poco de la sustancia púrpura sobre una gran mancha oscura-. La verdad es que también tengo amigas que se pasan de copas. No sé si te diste cuenta que otra dos de tus amigas estaban pasándola muy bien en el cuarto contiguo al tuyo mientras dormías. Honestamente, no creo que sea buena idea que prestes tu casa nuevamente para esta clase de eventos. Cuatro habitaciones, ¡válgame Dios!

-No las oí –negó Hermione, mirando con extrañeza a su amiga. ¿Era idea suya, o Ginny estaba algo más distante que anoche?

-Entonces debiste haberte quedado dormida al instante –dijo Ginny, pasando una escobilla por la mancha, la cual se iba aclarando lentamente-. Porque eran muy ruidosas. Lo último que escuché antes de volver a mi casa fue algo así como una maldición. Supongo que fue por placer.

Y Hermione recordó todo lo que sucedió entre su amiga y ella: cómo la había invitado a su pieza, cómo se acercaban lentamente, a tiro de beso, cómo se había separado bruscamente de Ginny y cómo la había besado sorpresivamente antes que la pelirroja abandonara su cuarto. Ahora que podía pensar en frío las cosas, creyó que se había comportado de manera temeraria pero, contra su propia voluntad, se sentía orgullosa de haberse atrevido a besarla y, como consecuencia, una pequeña sonrisa se dibujó en su cara.

—¿Qué te sucede? —preguntó Ginny al ver la cara de su amiga.

—Bueno… es que… me acordé de lo que pasó antes de irte.

La cara de la pelirroja era inescrutable.

—¿A qué te refieres?

—¿No recuerdas el beso que te di anoche?

Allí había algo decididamente extraño. Su amiga parecía incapaz de recordar algo tan vívido, tanto si le había gustado como si no y eso le hizo sentirse extrañada y temerosa a la vez.

—¿Qué beso? —Ginny lucía confundida y parecía estar pensando para si misma, como si tratara de aprehender algo que no estuviera a su alcance. Luego, su rostro se iluminó, como cuando alguien acaba de recordar algo que estuviera mucho tiempo rondando en su conciencia—. Ah, cuando me despedí de ti. ¡Claro que me acuerdo! Me tomó por sorpresa, la verdad.

—¿Te gustó?

La pregunta parecía casual pero, la verdadera intención de aquella estaba fuera de su entendimiento, lo que significaba una sola cosa: estaba comenzando a sentirse atraída por su mejor amiga, aunque a todos los demás niveles lo negara con encono.

—La verdad, es que besas muy bien —aprobó Ginny, sonriendo y palmeando el hombro de Hermione—. Pero todavía puedes aprender mucho acerca de este arte y yo te voy a enseñar muchos secretos que te ayudarán a convertirte en una experta.

—Pero…

—Sé que lo hiciste sólo por experimentar —interrumpió Ginny afablemente—, y te entiendo a la perfección. Ahora, te voy a devolver la pregunta que me hiciste. ¿Te gustó ese beso?

En el caso de Hermione no era tan sencillo responder. Ginny ya había aceptado, desde antes que saliera con Harry, que podía convertirse en una mujer lesbiana, pero ella, Hermione, todavía no sabía si le gustaban los hombres o las mujeres. Aunque, muy en el fondo, sabía que todo lo que esperaba encontrar en alguien lo hallaría en una chica, su conciencia no daba su brazo a torcer, alegando que se trataba de una violación contra la Naturaleza y que, como tal, estaba prohibida para alguien que respetaba las leyes, alguien como ella. Y, aunque resultara tentador romper las reglas, tenía miedo de las consecuencias que todo ello acarrearía.

Ese dilema era lo único que se interponía entre ella y su felicidad.

¿Quería romper los esquemas de la sociedad? ¿Deseaba saber que podía pasar si se arriesgaba a cruzar la frontera entre lo permitido y lo prohibido? Eran preguntas que pronto tendrían respuesta, para bien o para mal.

—La verdad, es que no sé por qué lo hice —respondió la castaña, sintiéndose incómoda.

—Ese es, precisamente, tu problema Hermione —dijo Ginny como si la conclusión la hubiera leído en un libro—. Siempre quieres saber el porqué de todas tus acciones, te da seguridad saber que todo lo que haces o no haces tiene una justificación detrás. Pero a veces, harás cosas de manera injustificada, cosas temerarias que, en principio, no tienen nada que ver con tu razón pero, tarde o temprano, te darás cuenta que hay algo que está más allá de tu conciencia, la que realmente sabe lo que quieres, que entiende porqué las hiciste. Un ejemplo de lo que te digo, es ese beso que me diste. No sabes por qué lo hiciste pero, tu corazón sabe la respuesta a esa pregunta. Busca en él y entenderás la verdad.

—Temo saberlo —admitió Hermione, mirando hacia el suelo.

—Es natural —dijo Ginny, en ese clásico tono de sermón que irritaba un poco a la castaña, porque era un rasgo característico de ella y no estaba acostumbrada a que la sermonearan—. Forma parte de nuestra naturaleza que tengamos miedo de la verdad, porque ésta no se ataña a bandos, no es buena ni mala. La verdad es una cosa neutra, algo que puede tanto hacer el mal como el bien y, aquella dicotomía, aquella duda acerca de su influencia nos hace temerla. Por eso, la verdad no hay que entenderla: hay que aceptarla, tenga los efectos que tenga sobre uno.

Hubo una ligera pausa, durante la cual Ginny miraba a Hermione fijamente a los ojos, pero la castaña hacía lo que fuera por evitar la mirada de su amiga.

—¿Te gustaría experimentar? —invitó Ginny cortésmente, como si se tratara de una invitación a algún evento de la alta sociedad.

—¿Experimentar qué?

—Ser lesbiana, por supuesto. Quiero que conozcas tus miedos y aprensiones y, tal vez, aprendas a ser capaz de convivir con ellos.

—Tengo miedo —repitió Hermione, con un poco de tozudez.

—Ven —la animó Ginny, dando un paso hacia las escaleras y extendiendo una mano hacia su amiga—. Aparta el temor. Que conste que sólo vas a experimentar cosas nuevas. No esperes que llegues a tener sexo conmigo si nos dejamos llevar. Te aseguro que no va a suceder nada de lo que te puedas arrepentir

Hermione juzgaba que iba a lamentar todas y cada una de las cosas que irían a hacer juntas en su pieza pero, se dejó conducir de todas formas, con el mismo extraño sentimiento de abandono que cuando bailaba con la pelirroja, subiendo los escalones uno por uno y a velocidad de tortuga, como queriendo retrasar los acontecimientos de ese día, ¿o era para disfrutar más tiempo de la suave piel de Ginny? Sea cual fuere la razón, subió las escaleras, entró a su habitación y su amiga cerró la puerta tras ella.

—Sólo para que lo sepas, no voy a comentar nada de lo que vamos a hacer a mis amigas, porque podían reírse de nosotras, como mínimo. Lo más que podrían hacer es denunciarnos al Ministerio y hasta allí llegamos —explicó Ginny mientras caminaba hacia Hermione, quien estaba ya sentada en la cama, como la última vez que estuvieron juntas, sólo anoche.

—¿Me lo prometes? —inquirió Hermione en tono de súplica—. Porque tampoco quiero que mis amigas se enteren de esto, sino se burlarían de mí.

—Te lo prometo —accedió Ginny sonriendo ante su pequeño éxito—. Te aseguro que después serás la envidia de tus amigas, que según tengo entendido, son lesbianas de parqué.

Hermione la miró sin entender.

—Significa que no tienen idea de ser lesbianas —dijo Ginny en tono lapidario, como si estuviera totalmente convencida de que todo lo que decía fuera cierto—. Creen que besarse, tocarse y tener sexo entre ellas es ser lesbianas. Por favor, Hermione, no les hagas caso si no quieres extraviarte. Aunque, pensándolo bien, puede ser esa la razón por la cual tienes tanto miedo de ser como yo.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero que creciste con un concepto equivocado del lesbianismo —contestó Ginny serenamente—. Muy pronto, vas a darte cuenta que no es muy distinto a cómo un hombre ama a una mujer. Y ahora, voy a ayudarte a entender por qué.

Ginny rodeó con un brazo a Hermione por la cintura y apegándola un poco a ella, haciendo que sintiera el calor de su cuerpo. La castaña giró la cabeza y se encontró con los ojos de su amiga, los cuales la miraban con dulzura, una dulzura foránea a la que gastaban en ella sus amigas cada vez que querían comportarse como algo más que amigas. Era como le gustaría que un hombre la mirara, ni más ni menos. Y, sin quererlo, sin siquiera imaginarlo, una repentina calidez que no tenía nada que ver con el brazo de Ginny se esparció dentro de ella, una calidez que no deseaba que se fuera… era tan exquisito, tan seductor. Involuntariamente, como si su cuerpo cobrara conciencia propia, sus brazos se aferraron lentamente al tronco de Ginny, ladeando su cabeza y recostándola sobre el pecho de su amiga. Podía sentir con toda claridad su perfume, un aroma distinto al de su cabello pero no menos atractivo, el cual la sumía en un agradable sopor. La pelirroja acariciaba a la castaña, desde la cabeza hasta la espalda y se separó de su contacto, buscando su mirada y, como si pudiera leerle la mente, Hermione también buscó sus ojos, y se traspasaron mutuamente, como quien juega al tira y afloja.

Segundos después, Hermione sintió un cosquilleo en el estómago que le era muy familiar. Lo había sentido una vez con Krum, y otra con Ron, y en ambas ocasiones había sostenido la mirada con ellos por un momento más o menos prolongado antes que, producto de la incomodidad, desviara la vista hacia otro lado. Era extraño que otra mujer le hiciera sentir algo parecido, vamos, algo exactamente igual a lo que sintió en aquellos episodios, porque pudo ver que miraba hacia la ventana, rehuyendo los ojos de Ginny.

—¿Lo ves? —dijo ella, sonriéndole en plan tranquilizador—. Tus reacciones no son muy diferentes a cuando te mira un hombre de esa forma. Una mujer que en realidad sea lesbiana es, en realidad, una mujer en apariencia pero se conduce y actúa como si fuera un auténtico hombre, con las evidentes ventajas de ser una chica. Por lo tanto, una mujer que se entrega en cuerpo y alma a otra mujer que sea lesbiana, convierte a la primera en una de ellas, porque ha decidido, ya sea de forma consciente o no, que su felicidad está en manos de otra mujer.

—Pero todavía veo a una mujer tratando de seducirme. Es extraño.

—Lo sé pero, mira más allá de las apariencias y, tal vez, encuentres algo mejor. Trata de entender cómo te sentías con respecto a los hombres y cómo te sientes ahora, y algo de razón me vas a hallar.

Aunque Hermione no se iba a dejar convencer con tanta facilidad, dentro de ella, donde la luz de la razón se perdía en la oscuridad de sus más profundos anhelos, ya había comprendido las palabras de Ginny y deseaba probar más, deseosa de ir un poco más lejos con el experimento que le había propuesto pero, su conciencia molestaba, no la dejaban vivir aquellas experiencias.

—Es difícil —se excusó Hermione, todavía fascinada por la ventana.

—Nadie dijo que iba a ser fácil —respondió Ginny, todavía mostrando aquella amable sonrisa tranquilizadora que obrara sobre el muro erigido por Hermione para bloquearse ante las nuevas sensaciones—. Sobre todo, para alguien que ha crecido con una idea claramente errónea acerca de nosotras. Pensamientos sucios, incluso pervertidos pueblan las mentes de los magos, quienes son más conservadores que los muggles en materia sexual, y nos han ridiculizado muchas veces por culpa de ser quienes somos. Ven el amor entre mujeres como algo imposible, como una aberración, como un intento desesperado de desestabilizar la sociedad que conocemos, lo cual me lleva a pensar que, para los políticos, las mujeres como yo somos terroristas, que recurren al temor a través de actos perturbadores, como besarnos en público, por citar algún ejemplo.

—Es injusto —concedió Hermione.

—Lo es. —Ginny suspiró, como tratando de espantar los malos recuerdos—. Y lo que es peor, los hombres alimentan a los prejuicios, forjando escenas de sexo entre mujeres, en donde se puede ver una clara distorsión, gracias a la cual, la mayoría de las personas nos ve como a seres de otro planeta, que dicho sea de paso, tenemos la intención de "invadirlos" y "contaminarlos". Son muy pocas las personas que ven más allá de esa caricatura que han tejido como nuestra realidad pero, no perdemos la fe en que, algún día, todo esto va a cambiar. Y seremos libres de profesar el amor entre mujeres.

Hermione sintió un curioso deseo por tomar las manos de su amiga. Y, por primera vez en su vida, no hizo caso de la voz que le negaba cualquier clase de acercamiento a una mujer que no fuera claramente amistoso. Era curiosa la sensación, algo así como una agradable vacuidad mental, en donde sus pensamientos homofóbicos quedaban relegados a un segundo plano. Sus manos no hallaron resistencia alguna y tomaron las de Ginny sin ningún problema. Después, entrelazó sus dedos con los de su amiga y las pusieron sobre sus piernas. Ambas, sentadas y mirándose mutuamente, se acercaban lentamente, la luz de sol bañando sus caras, juntando nuevamente sus frentes, y sus alientos fueron otra vez evidentes. Era como si volvieran a esa fiesta donde ambas estaban en las mismas condiciones, sólo que la primera vez no estaba el sol para iluminarlas.

Lo inevitable ocurrió, aunque lo que Hermione llamara "inevitable" había cambiado un poco desde anoche.

Esta vez, sus labios se encontraron en un beso. Tan diferente fue del que le había dado casi con prisa, que sus manos dejaron de estar enlazadas y Hermione enlazó los brazos en el cuello de su amiga y se inclinó un poco hacia atrás, dejando que Ginny tomara la iniciativa. Tan intenso era el encuentro de sus bocas que a punto estuvieron de dejarse llevar, porque la pelirroja ya había tumbado a Hermione sobre la cama y ella podía sentir su cuerpo aprisionado entre el plumón frío y el cuerpo caliente de su amiga, que ya estaba empezando a perfilarse como alguien más que una.

Ambas sintieron que estaban llevando el juego demasiado lejos, y el encanto en el que estaban sumidas se rompió con poca elegancia, pero no con la crudeza suficiente como para que se considerara un fracaso su primera incursión en el mundo que le había descrito Ginny. Aunque ella tenía razón, todavía no lograba sacarse de la cabeza los pensamientos fatalistas de siempre: ¿qué pensarían de ella al verla de la mano con otra chica? ¿Sería capaz de tolerar las burlas de la gente, el repudio y el prejuicio? ¿Cómo tendrían sexo? Aunque esta última pregunta pudiera parecer trivial, para Hermione se trataba de una imposibilidad lógica, porque ¿cómo podrían tener hijos? La única forma de tenerlos era adoptando uno pero, a ella le hubiera gustado tener un hijo a la antigua, o sea, poniéndolo de forma directa, haciendo el amor con un chico, cosa que sería imposible estando al lado de una mujer.

—¿Qué tienes? —preguntó Ginny, al ver el rostro de Hermione oscurecido por una extraña sombra que la hacían ver un poco triste.

—No… no es nada.

—Dime, no me voy a reír.

Aunque la chica estaba renuente a confesarlo, había algo en las palabras de Ginny que, de un modo raro, le aligeraban la carga y no tuviera tantos nudos de garganta para decir lo que debía, una duda que venía carcomiendo su conciencia desde que supo que podían gustarle las mujeres.

—¿Cómo hacen el amor las chicas? —preguntó la castaña de forma atropellada, como si quisiera que las palabras pasaran de largo por los oídos de Ginny y no fuera capaz de oírlas. Sin embargo, su amiga pudo escuchar cada palabra y supo que no era un motivo de risa.

—Pensé que jamás lo ibas a preguntar —contestó la pelirroja alegremente, sin pizca de picardía o ironía en su voz—. Pero, es algo que irás aprendiendo a medida que te vayas sumergiendo más en este mundo. Por el momento, sólo te diré que es algo similar a lo que hacen los chicos para excitar a una chica antes de tener sexo, sólo que lo hacemos de manera más prolongada

A Hermione le sonaba a monumental aburrimiento. Sin embargo, otra pregunta se impuso a la inquietud que albergaba.

—¿Cómo lo sabes?

Hermione creyó que Ginny se iba a sonrojar a causa de la curiosidad pero, la pelirroja permaneció impasible, lo que descolocó un poco a la castaña. ¿Tan arraigada estaba su creencia en el romance entre mujeres?

—Porque es la única forma que se me ocurre que dos chicas pueden involucrarse sexualmente —respondió Ginny tranquilamente—. ¿Te gustaría probarlo?

Hermione negó vehementemente con la cabeza.

—Sabía que no ibas a querer —dijo la pelirroja, todavía con una calma sobrenatural—. Pero, ¿te gustaría sentir las caricias de una mujer? No es necesario que te quites la ropa.

—¿Dónde me vas a tocar?

—Te tocaré como un hombre lo haría cuando está a solas con una mujer.

Hermione sabía lo que venía a continuación, pero no tenía ni las más remota idea de lo que iba a sentir en ese caso. Su conciencia todavía oponía cierta resistencia, todavía la inundaba de dudas para que no siguiera adelante con lo que Ginny le había propuesto. No obstante, tenía que aclarar, de una vez por todas, a qué bando pertenecía. Decidió darle una oportunidad: si no le gustaba, podía concluir que ella era normal pero… ¿si le gustaba? Por una parte, le daba escalofríos saber lo que significaba y, por otra, sentía que si le agradaba, ¿cómo podía sentirse mal?

La castaña se puso de pie y miró hacia la puerta. Ginny supo que ella quería seguir adelante con el experimento y se acercó, lentamente, con pasos inaudibles, extendiendo un poco los brazos, abriéndolos, para abrazar el cuerpo de su amiga. Por otro lado, Hermione sintió un ligero escalofrío cuando las manos de Ginny tocaron su cintura. No entendía por qué le provocaba tanta incomodidad, porque ya la había tocado en esa parte del cuerpo y no sintió nada parecido a lo que sentía ahora. Era como si, mientras bailaba, fuera acariciada por las manos de una amiga y, ahora, lo hiciera con las manos de una amante, unas manos que iban ascendiendo a través de su silueta, recorriendo dulcemente su geografía. La chica se ponía cada vez más nerviosa a medida que las manos de Ginny se acercaban a las montañas, deseosas de llegar allí. Eran nervios, mezclados con una sensación de escalofríos que le gustaba, hacían que añorara lo que venía a continuación.

Para un mago común y corriente, la imagen que vería si estuviera en la habitación de Hermione sería muy de ciencia ficción. Ginny acariciaba sutil y suavemente los pechos de su amiga, frotando piel contra seda, gemidos suaves, casi inaudibles, escapaban de la boca de Hermione, contra su voluntad, contra las leyes de la sociedad, contra la naturaleza. Y, aunque estuviera rompiendo las reglas dejándose tocar de esa forma, aquella sensación de ambas contra el mundo, aquel sentimiento de saber que todos trataban de conspirar contra ellas, hacía que Hermione fuera abandonando lentamente a su razón y se entregara al reino de la fantasía, a pesar de ella misma.

Y el encanto todavía no se rompía.

Ginny abandonó los pechos de Hermione y descendió una vez más a través de su cuerpo, acomodando la cabeza en su hombro, besándolo de vez en cuando, y Hermione todavía no salía del sueño en el que se encontraba sumida, hechizada por la ternura y la calidez de las caricias de Ginny, porque las sentía como si fuera las del hombre de su vida, las de ese amante que esperó por toda su vida, sin que apareciera alguna vez. ¿O lo había hecho? ¿Y si el amor de su vida fuera una mujer? En ese momento, ya no era consciente de dónde estaba poniendo Ginny la mano, sino de la agradable y tentadora calidez que sentía cuando la tocaba, una calidez que no deseaba que se fuera.

Tenía los ojos cerrados, apenas dándose cuenta que Ginny tomaba sus caderas y adentraba sus extremidades en terreno prohibido para cualquier chica, inclusive sus amigas lesbianas. Fue en ese momento en que Hermione tomó conciencia de lo que estaba haciendo su amiga, porque algo inexplicable hizo que saltara un poco en el aire y derribara a Ginny, dando con todo su cuerpo sobre la alfombra. Hermione sintió el ligero temblor y se volvió, para contemplar a la pelirroja tirada en el piso y con claros signos de no entender qué diantres había sucedido.

—¿Estás bien? —preguntó la chica del cabello castaño, tendiéndole una mano para ayudar a Ginny—. ¿No te rompiste nada?

—No, por fortuna —respondió la aludida—. Por cierto, ¿qué te pasó? Cuando te toqué la entrepierna, como que te sacudiste y pegaste un salto que me hizo caer.

—Debe ser porque me estabas acariciando en donde no debías —respondió Hermione, entre molesta y curiosa. Acababa de recordar que había pasado por una experiencia similar, con un chico que había resultado ser gay. Era dulce la sensación pero, al mismo tiempo, le asustaba saber qué venía a continuación, no como la otra vez, que se debió al hecho que ese chico era diferente de los demás.

—Bueno, tenía que hacerlo. Sólo de esa forma puedo saber dónde está el límite —respondió Ginny, llevándose una mano a la nuca y ruborizándose levemente. Hermione halló raro el comportamiento de su amiga: si sólo lo había hecho para saber hasta dónde podía llegar, ¿por qué los nervios? ¿Por qué su amiga se sonrojó? ¿Tal vez, existía la posibilidad que… que Ginny se sintiera atraída por ella? ¿Quería algo más, aparte de hacerla experimentar a ella?

Y, aunque no quisiera saberlo, en lo más hondo, Hermione anhelaba descubrirlo.


Nota del Autor: ¡Bueno! Tardé un poco en actualizar, porque estaba fuera de la ciudad, mirando unas opciones de trabajo para reparaciones de caminos, porque el terremoto dañó muchas carreteras aquí en Chile y deseo ayudar a reconstruir mi país después del desastre.

También quiero anunciar que, pronto, y si las circunstancias me lo permiten, subiré a la página una historia de tres volúmenes que, en un principio, pensé en escribir como historia propia, pero pensé que tengo tantas buenas ideas para escribir que no la voy a echar de menos. Todavía estoy pensando en cuál va ser la pareja principal, pero creo seriamente que podría ser un Dramione, por las condiciones en las que se va a desarrollar.

¡Arriba la diversidad sexual! ¡Arriba las mujeres lesbianas! (todavía no puedo conocer a una en persona)

Los saluda desde Isengard… Gilrasir