Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer


I wish I had missed the first time that we kissed

'cause you broke all your promises

~Christina Perry


Capítulo 10: Dudas

Caminó con decisión hacia la puerta de la oficina. Había una rabia incontenible creciendo en su estómago que se fundía con su instinto protector. Sus zapatos resonaban contra el suelo de resplandeciente cerámica. Su rostro dibujaba una expresión adusta que era tan poco usual en ella como la indignación en sus ojos. Su mirada errabunda era casi intimidante.

Había arrebatado de las manos de la chiquilla insulsa que caminaba en la misma dirección que ella un montón de carpetas amarillentas. No le importaba su contenido, pero no tenía ánimos de permitirle a nadie que la interrumpieran. Cuando la minúscula chica quiso protestar Charlotte le envió una mirada desafiante que acalló la menor queja.

Entró sin llamar y cerró la puerta tras de sí, con cuidado de no llamar la atención de nadie. Lo último que quería eran mirones entrometidos que buscasen la forma de escuchar la conversación que tendría con la ocupante de aquella acojinada silla.

Bella estaba ensimismada leyendo y no se tomó la molestia de elevar la mirada hasta que su lectura se vio interrumpida por la súbita y ruidosa intromisión de los folders en su escritorio.

—Te lo manda Matt —dijo en un tono inexpresivo, manteniendo su rostro inescrutable. —¿La pasaste bien en tu cita? —añadió con acidez.

—Gracias —murmuró tomando las carpetas y meterlas distraídamente en un cajón. — Fue aburrido. Supongo que es lo mejor que podía esperar para una noche de San Valentín. Aunque parece que tu cita no fue excepcional.

—¿Mi cita? —inquirió con sarcasmo. Entrecerró los ojos evaluando su expresión y añadió con un tono histérico: —Mis planes para ayer fueron un absoluto desastre. Gracias por presentarte, por cierto.

—¿Presentarme adónde? —dijo con tanta hosquedad como su interlocutora. —¿A tu cita romántica con Edward? No, gracias.

Charlotte sonrió con sarcasmo. Había un brillo malicioso en sus ojos. Bella era tan transparente. Y ella no se daba por enterada. Por un segundo quiso bajar la guardia y sonreírle amablemente pero recordó las lágrimas derramadas por ella y su furia volvió a llamear dentro de ella.

—Creí que no te importaba —murmuró entornando los ojos. Tenía que aceptar que era un golpe muy bajo y debería asegurarse de disculparse pronto.

—No me importa—espetó. —Pero tampoco necesito saber qué era lo que hacían ustedes dos en la noche de San Valentín. Hay cosas que es mejor no saberlas.

—¿Estás segura de eso, Bella?

—Lo que no estoy segura es de si tu lealtad hacia mí es genuina —dijo seriamente.

—No sabes lo que estás diciendo —gruñó con intemperancia. —Sé bien a quien soy leal; pero también sé que hay secretos que no me pertenecen.

—Y son los mismos los que te atan a las personas —respondió taimadamente. —No tienes que elegir, Charlotte. Yo no necesito ser considerada como opción. Sé muy bien lo que conlleva.

—No me corresponde decírtelo. —Sus labios temblorosos fluctuaban entre gritarle lo que sabía o esperar. —Pero es mi deber aconsejarte que necesitas hablar con Edward. Yo no tengo derecho a decírtelo, pero él tampoco a ocultártelo.

—¿Por qué mis problemas siempre involucran a Edward? —jadeó. —La curiosidad mató al gato; y yo no tengo más vidas que entregarle.

—¡Caray, Bella! —se soliviantó. —Yo me deshago los sesos para que no te sientas traicionada y tú sólo lo ignoras. ¡Menuda tozuda! Y además, ¡me dejas esperándote como una idiota!

—No te dejé esperando. Tú saldrías con Edward, ¿qué caso tenía arruinarte la noche?

—Deja de ser estúpida, Bella. No hubo tal cita. Y tú dejaste que mi pobre Peter llorara horas enteras porque su «Valentín» estaba cenando con un mequetrefe en vez de estar con él como había prometido.

—¿Que yo qué? —tartamudeó Bella.

Por primera vez Charlotte relajó sus músculos y recobró su habitual aspecto carismático. Tomó una bocanada de aire, abatida y continuó:

—Creo que no te has dado cuenta—musitó con su voz de campanillas temblando—, pero está enamorado de ti. Escúchame bien, Swan, nadie, absolutamente nadie le rompe el corazón a mi bebé.

—Estás realmente enfadada, ¿cierto?

Bella no sabía si romper a reír a carcajada limpia o sentarse al lado de Charlotte a soltar un par de lagrimillas. Quizá ella no debería haber sobre reaccionado de esa forma, pero podía comprender que su instinto maternal la obligaba a proteger a Peter, y ella lo había lastimado. Vaya que la entendía.

—No tienes idea de lo que es ver sufrir a tu hijo —gruñó entredientes.

—Lo arreglaré, Charlotte, lo prometo. —Se puso de pie para rodear el escritorio y poner una mano sombre su hombro delicadamente. —Nunca quise dañarlo, lo siento. —Había una cicatriz en su corazón que amenazaba con abrirse y comenzar a sangrar de nuevo. La envolvió en un abrazo reconfortante, Charlotte no era culpable de nada y debía mantener eso en mente. —Hablaré con Peter; pero olvida que me acerque a Edward a más de diez metros.

Charlotte suspiró con cierta lástima. Besó la mejilla de Bella con una dulzura incalculable y se alejó a paso firme hacia la puerta.

—Piénsalo —sugirió. —Podría ser importante.

—Él no tiene cosa más importante que insultarme a cada paso que doy.

—Por una vez olvídate de ustedes y piensa en ti —suplicó recargada contra la puerta, con el pomo entre sus dedos lista para salir de un momento a otro.

—¿Qué podría decirme acerca de que no supiese ya?

—De ti no —asintió. —Pero, ¿qué hay sobre tu padre?

El corazón de Bella latió más fuerte. Esa era una herida que trataba de ignorar constantemente; aunque lograba fingir para sí misma, seguía estando presente por ahí, en alguna parte profunda de su alma. Una que sería parte de ella como la sal lo es del mar.

—No sé si…

—Yo no puedo decírtelo —repitió. —Pero busca a Edward. Él lo hará. Esta noche a las ocho en Il Terrazzo Carmine.

—Charlotte, no creo que sea una buena idea —murmuró con nerviosismo.

—No tienes nada que perder, sólo quizá la venda en tus ojos.


Aun si el maître no la hubiera conducido hasta la mesa, no le hubiera sido difícil reconocerlo. Sus hombros anchos se movían casi imperceptiblemente bajo su camisa de algodón blanco a cada respiración. Pudo percibir su ligera intranquilidad mientras caminaba por el corredor que se formaba entre las sillas de brillante madera. Él no podía verla, pero ella tuvo la opción de escrutarlo de arriba abajo e incluso la oportunidad de huir. Pero el lazo que los envolvía era tan fuerte que no podía seguir escapando.

—Buenas noches —dijo con voz más aguda de lo normal, temblorosa.

Él subió la mirada confundido. Estaba ensimismado, cavilando tantos pensamientos a la vez que si no estuviera frente a él, pensaría que había alucinado escuchar su voz. Esa voz tan carente de emoción y a la vez tan pacífica.

Se puso de pie con la torpeza propia del aturdimiento y le tendió la mano. Observó que sus ojos dudaban ante la perspectiva de tocarlo. Sin embargo, su mano minúscula y cálida se dejó envolver por la de él cortésmente. Le ofreció asiento dulcemente como si no hubiera una tensión bailando en el aire rodeándolos de una incomodidad tangible.

Y en ese momento, Bella se sintió la mujer más estúpida del planeta por estar ahí, sentada frente a él enfundada en el vestido más bonito que había encontrado en su armario. Estúpida Charlotte y sus frases incompletas. Estúpida curiosidad.

—No sabías que vendría —dijo ella con voz fría y con un tonillo de falsa indiferencia.

—A decir verdad yo esperaba a…

—Charlotte, lo imagino—lo interrumpió suavemente. —Siendo honesta yo tampoco sé qué demonios hago aquí.

—Te lo dijo —observó un rato después, cuando ya habían ordenado. —Le pedí que no lo hiciera y aún así lo sabes. Deberías decirme cómo consigues la buena voluntad de todos quienes te rodean —dijo amablemente, libre de sus anteriores reproches.

La luz blanca de las lamparillas se difundía a través del restaurante dando una luminosidad uniforme y, combinada con los suaves acordes de piano que daban un sentimiento de sosiego que invadía el cuerpo, completaba un ambiente de romanticismo ajeno a la situación que ellos vivían.

La tela ligera de los manteles que adornaban las mesas producía un casi inaudible susurro en el aire. Había muchas personas a su alrededor, pero nadie les prestaba atención más que los meseros insistentes que no les cabía en la cabeza que no necesitaban nada por el momento.

—Charlotte no dijo nada, sólo que era algo que no le correspondía. Y por eso estoy aquí, creo: porque te corresponde a ti decírmelo.

Edward iba contestar pero los interrumpió el chico desgarbado que los atendía esa noche. Tuvo que contenerse de no levantarse y exigirle que dejara de interrumpir su conversación. No obstante, esperó en silencio agradeciendo en voz baja.

No pudo evitar notar que Bella seguía siendo tan sencilla como antes; tenía una simplicidad que la diferenciaba de las demás. Era la clase de persona que nunca cambiaba sus gustos esenciales, como lo que ordenaría en un restaurante.

—Es bastante irónico, ¿no crees? —comentó cuando hubieron quedado solos de nuevo. —Tú y yo en un lugar como este, cenando un día a mediados de febrero. Nueva Jersey tenía cierta cualidad mágica.

—Era la magia del día de los enamorados, Edward —corrigió mirando fijamente sus cubiertos. —Pero no vine a discutir contigo la fantasía de nuestra relación.

—Si quieres la verdad, no iba a decírtelo —aceptó. —No sé porque te empeñas en hacérmelo más difícil. Pero estoy de acuerdo con Charlotte, tienes derecho a saberlo y yo no soy nadie para ir en contra de la última voluntad de alguien.

—No necesitamos más mentiras entre nosotros —dijo con sequedad que contrastaba con el brillo acuoso de sus ojos. —Tus intereses personales para no querer hablarme…

—No lo ves, ¿cierto? —la cortó, mirándola a la cara aunque ella no lo miraba a él. —No es por mí, Isabella. Nunca fue por mí.

—Se trata de mi padre. Nunca siquiera supe la razón exacta por la que se fue. Fui lo suficientemente cobarde para reprimir el deseo de saberlo para no hundirme más a mí misma. Pero no puedo comprender tus razones para no decirme de frente lo que sucedió.

—El día del funeral me sentía decaído, abatido —confesó tomando un suspiro. —Sabía que te vería ahí, era algo completamente lógico. Pero no estaba preparado para verte completamente rota. Deberías haberte visto…

—Sé cómo me sentía, Edward. Créeme que no es algo que no olvido.

—Estabas más pálida de lo normal, incluso más delgada de lo que recordaba —prosiguió sin tomar en cuenta lo que ella había dicho. —Y tus ojos… Había un sufrimiento desgarrador flotando en ellos cubiertos únicamente por las lágrimas que no dejaban de salir. No sabía quién era la más lastimada Renée o tú. No eras en absoluto la chica que recordaba, aún cuando la última vez que nos vimos no estabas en tu mejor día.

—Los hospitales me enferman —arguyó, mezclando una rabia que florecía dentro de ella junto con el recuerdo de una sensación de traición y desolación. —No es necesario esto, creo que ambos sabemos que ni el día del funeral de Charlie ni ese último día que nos vimos fueron las mejores situaciones que hube vivido.

—No lo entiendes —prosiguió picando con su tenedor la comida. —Lucías tan débil, tan vulnerable y quebrantable como nunca antes. Y no estoy tratando de herir tu orgullo —aseguró con timidez— de verdad que no. Pero yo simplemente te vi, y no pude. Aún no puedo.

—¿Poder qué, inventar cualquier estupidez que se te venga a la cabeza y esperar que te crea? La confianza se gana—añadió despegando apenas un segundo sus ojos del plato.

—No podía romperte más si es que eso es posible. Estabas destrozada y no quería ser yo quien diera el último golpe.

Su cabeza se alzó tan rápido como si tuviese un resorte. Apenas podía creer lo que escuchaba. Su cinismo era casi hiriente. Y, sin embargo, su rostro y su voz parecían ser sinceros. Pero debía recordarse que siempre había parecido sincero y eso los había llevado a donde estaban ahora.

me hiciste esto —gruñó. —Tú me hiciste quien soy ahora. Tú fuiste el que deshizo cada parte de mi vida y ahora pretendes que crea que no querías lastimarme más. ¡Por favor! ¿Por quién me tomas? Yo no necesito fingir una estúpida ingenuidad como lo hace Heidi; vine aquí por una verdad, no a un compromiso social, Edward. Yo no soy la niña idiota que está a tu disposición. Yo no soy ella.

—Es una interesante pregunta —admitió. —Por quién te tomo…La verdad es que ya no sé qué creer porque tú no eres la persona que yo conocí.

El silencio los envolvió en una ola de confusión y de acritud. Era casi tormentoso estar sentado uno frente al otro. Había tantas cosas que ella quisiera hacer… La primera sería abofetearlo tan fuerte como lo había hecho algunas semanas atrás, después largarse a llorar desamparada y finalmente plantarle un beso en los labios como solía hacerlo antes. Maldijo sus recuerdos por ser tan vívidos y poco alentadores.

—¿Así que…? —inquirió Bella cuando estaba casi por terminar su platillo.

Edward tomó un suspiro profundo y lastimero. Ella no iba a darse por vencida.

—¿En serio es necesario? —preguntó una vez más, rogando al cielo que ella desistiera. Pero no lo hizo. —Habían pasado muchos meses desde la última vez que habías venido a Washington —comenzó. —No preguntaré la razón porque ni es relevante ni me interesa tu vida personal. Era octubre, hacía mes había sido tu cumpleaños y el único contacto que habías tenido con tus padres fue una llamada de tres minutos y medio. Charlie estaba preocupado por ti.

»Renée insistía en que no deberían importunarte. Tú estabas haciendo tu vida, lejos de ahí, pero eras feliz del otro lado del país. Creo que ni siquiera ella misma podía asimilar ese hecho, pero trataba de comprender. Pero a Charlie simplemente no le entraba en la cabeza. Tenía que hacer que volvieras, que fueras una vez más la niña que él había criado. Pero tú simplemente nunca aparecías. Fue entonces que Charlie decidió ir a verte.

—¿Verme? —lo interrumpió desorientada. —Pero él nunca fue a… Oh, por Dios —exclamó comprendiendo la dirección que tomaba su relato.

—Conducía por la carretera a Port Angeles cuando comenzó a llover. Qué raro. Debió detenerse, pero no lo hizo. No tenía intención de seguir retrasándose. Y fue cuando el accidente ocurrió. Ni siquiera Renée sabía dónde estaba. Alguien vio el auto de Charlie y llamó a emergencias. Lo trajeron de regreso a Forks tan pronto como se pudo. Carlisle dijo que estaba mal, pero nunca creí que a ese grado.

»Yo estaba en casa con mi madre cuando Carlisle llamó—sus dedos jugaban temblorosos con su copa, dudando entre mirarla a los ojos o no. —Charlie quería verte; quería vernos. Juntos. Renée estaba ahí, junto a él, cuando llegué. Había perdido todo rastro de juventud que hubiera podido conservar. Su palidez enfermiza rayaba en un tono grisáceo. Sus ojos carecían de ese brillo expresivo que lo caracterizaban. Renée lloraba en silencio y Charlie acariciaba con parsimonia el dorso de su mano con sus dedos. Casi podría asegurar que se alegró de verme.

»—Edward —murmuró con voz tan baja que podría confundirse con un gemido. Dirigió una mirada a Renée en la que parecieron capaces de mantener toda una conversación si decir una sola palabra. Ella sólo asintió y se disculpó un segundo.

»Lo último que creí fue que quisiera vernos para decirme algo como eso. Se disculpó a susurros, apenas logrando mantener sus ojos abiertos.

»—Descansa, Charlie —le pedí consternado. —Después hablaremos todo lo que quieras.

»—No hay tiempo—replicó haciendo su mejor esfuerzo para que su voz sonase neutral. —¿Sabes? Nunca mereciste que tratara de la forma en que lo hice, pero debes entender que estabas robando lo que más amo en mi vida.

»—Lo sé —respondí con franqueza. Podía escuchar su pesada respiración luchando por jalar un poco de oxígeno. —No te guardo ningún rencor; no hubiera esperado menos de ti.

»—¿Dónde está Bella? —me urgió. —¿Está aquí?

»—Bella debe estar tomando un vuelo hacia aquí, Charlie. Tranquilízate, por favor —rogué. Su aspecto se volvía cada vez más débil, como si la muerte estuviera rodeándolo lentamente. —Estará aquí pronto —prometí.

»—Ay, Bella —suspiró. —Siempre tan independiente, tratando de ser autosuficiente. Pero mi pobre niña nunca lo será del todo. Ella siempre te va a necesitar a ti en su vida.

»—Tú sabes que no es así —respondí.

»—Por ahora —discrepó. —Pero sé que se necesitan tanto el uno al otro para vivir como se necesita de respirar. Por eso quiero hablarles, Edward. Necesito saber que Bella estará bien.

»—Me parece que se las ha arreglado bastante bien hasta ahora —comenté tratando de subirle el ánimo. —Bella es fuerte; sabe lo que le conviene y, sobretodo, no es estúpida. Estoy seguro de que le irá bien.

»Charlie me contempló por escasos segundos que parecían eternos. En sus ojos podía ver que él tenía la razón: no le quedaba mucho tiempo. Su voz cansada salía a susurros débiles de su boca, apenas audibles para alguien que estaba tan cerca como yo. Su rostro macilento y demacrado era casi doloroso. Sus labios estaban tan faltos de color se confundían fácilmente con su piel de un blanco mortecino.

»—Me gustaría despedirme de ella —dijo con un suspiro ahogado...

—Basta —suplicó Bella, sacándolo de sus pensamientos. Había lágrimas acumuladas en sus ojos y un dolor latente renaciendo ahora con una fuerza abrasadora inextinguible. Edward pudo distinguir en ella la culpa y el remordimiento; podía ver lo que él le estaba causando. La estaba matando lentamente con cada palabra y eso era justo lo que quería evitar. —No necesito saber los detalles. Ahórratelos y dime por qué quería verme.

—Quería que nos pidiésemos perdón el uno al otro frente a él —murmuró en voz baja. —Quería que cuando él se fuera yo cuidara de ti, sin importar nada. Para Charlie era muy importante que supieras que aunque nunca había aceptado nuestra relación porque no había nadie en la faz de la Tierra que fuera suficiente para ti, a su criterio yo estaba muy cerca. Necesitaba tu perdón.

—¿Eso es todo? —preguntó con su voz ligeramente quebrada. Tomó las cosas que había dejado sobre la mesa para comenzar a guardarlas en su bolso. Apenas lograba retener las lágrimas anegadas en sus ojos, pero mantenía la cabeza en alto, negándose a dejar atrás su orgullo.

—Me pidió que te dijera que te amaba —confesó con seguridad. —Que aunque él ya no estuviera aquí, siempre serías la mejor parte de él. Se odiaba a sí mismo por no habértelo dicho en persona; pero necesitaba que lo supieras de una forma u otra. Charlie murió apenas terminó de hablar conmigo. Renée me pidió que no te dijera nada y yo tampoco quería hacerlo… Pero al final estas cosas son inevitables.

— ¿Mi madre? —inquirió. — ¿Ella lo sabía? ¿Mi madre sabía que Charlie quería verme a ? —Edward asintió dubitativo. Ella era tan predecible. — ¿Quién más lo sabe?

—No creo que haya una persona en Forks que no sepa que Charlie Swan murió a causa de un accidente vial.

—Sabes que no me refiero a eso —exigió. Sus temores se confirmaron cuando lo vio suspirar pesadamente y respondió apesadumbrado:

—¿De verdad quieres que te conteste?

Ella se puso de pie súbitamente, tomando un respiro para tranquilizar su agitado corazón. Las lágrimas habían fluido una tras otra sin darse cuenta. Al ver su reflejo en una de las copas se recordó comprar maquillaje a prueba de agua. Gimió ligeramente cuando se apoyó sobre sus pies y recordó que su tobillo aún estaba lastimado.

—Te dije que no deberías usar tacones —advirtió mirando sus pies. Ella le envió una mirada envenenada.

—Gracias por tus consejos, Edward, son de mucha utilidad —escupió. De su bolso tomó un billete y lo dejó sobre la mesa. Antes de que él pudiera protestar, se alejó apresurándose a la puerta. De pronto el lugar se había vuelto asfixiante y necesitaba salir de ahí tan pronto como pudiera.

Mientras caminaba por la calle frente al restaurante, pudo ver por el cristal frontal a Edward bebiendo el último sorbo de su copa. Parecía acongojado. Pero en ningún momento dio señas de levantarse. Una vez más, la había abandonado cuando más lo necesitaba y eso era algo que, sin duda, jamás podría perdonar.


Introdujo la llave del apartamento en el pomo descuidadamente. Tenía un terrible dolor de cabeza. En cuanto entró se deshizo del nudo en la corbata y la arrojó a alguna parte de la sala. Se extrañó al ver que la luz de su habitación estaba encendida. Él nunca dejaba encendidas las luces.

Se acercó a paso lento, sin hacer un solo ruido. No estaba asustado, pero tampoco era tan estúpido para hacer notar su presencia. Sus hombros tensos se relajaron cuando escuchó una risilla ligera y aguda acompañada por otra igualmente aguda aunque más fuerte.

Se detuvo en el umbral para encontrarse a Charlotte sentada en su cama al lado de Peter. Esa mujer un día lo mataría de un susto. Ella estaba haciéndole cosquillas a su hijo en todo su pequeño cuerpo, lo cual era la causa de sus risas. Charlotte apenas levantó la mirada y le sonrió juguetonamente. A veces no estaba seguro de quien era más travieso, ella o Peter.

—Mira quien está aquí, cariño —murmuró Charlotte en voz baja en el oído de Peter.

El niño alzó su cabeza con curiosidad. Sus ojos azules se agrandaron y no tardó más de un segundo en levantarse y echar a correr. Era tan bajito que apenas le llegaba a las rodillas a Edward, pero eso no le impedía envolver su pierna en un abrazo. A veces Charlotte se decía a sí misma que debería dejar de incentivar ese cariño hacia Edward y a Bella pues eventualmente los querría más que a ella.

—Hola, pequeño —saludó amablemente. Se puso en cuclillas frente a él para que sus ojos estuvieran a su altura.

—Hola, Edward —le sonrió él. Besó su mejilla sonoramente, haciendo que Edward sonriera también. —Qué bueno que llegaste porque mamá es tan pesada cuando se desespera —bufó, haciendo ademanes con los brazos.

En esta ocasión, no pudo evitar soltar una carcajada. Charlotte reprendió a su hijo por hablar de más y lo envió a la otra habitación a ver el televisor, casi era hora de que fueran a casa.

—Él no tiene la culpa de que seas gruñona —la acusó. Miró sobre el sofá su bolso y, enseguida, las llaves de su apartamento. —Y acosadora —añadió. —Tendré que pedirte mis llaves de vuelta. Charlie, no es que tenga nada en contra de que vengas sin avisar pero si sigues entrando a mi casa cuando yo no estoy voy a proceder legalmente contra ti.

—No lo harías —se jactó. —Además, esto califica como una emergencia. No te la devolveré hasta que esté segura de que cierta chica duerme bajo tu mismo techo. Contigo.

—Traería a mi hermana pero ella ya tiene con quien dormir —comentó sentándose en la cama.

—Sabes muy bien lo que quiero decir —regañó. —Luces mal, querido. ¿Tan mal estuvo?

—Te dije que ella no debería saberlo —culpó con cierto resentimiento —La conozco; o al menos creo que lo hago. Ella se culpará el resto de su vida por la muerte de su padre. No importa que tan ilógico parezca, siempre encuentra la forma de culparse y torturarse a sí misma.

—Quizá necesite a alguien que le dé consuelo —animó sonriendo.

—Deberías haberla visto —suspiró. —No quería ser yo quien le hiciera esto sabiendo que no haría algo por ella después.

—Entonces libera tu conciencia y haz algo por ella, hombre. ¡No es tan difícil! —exclamó.

—No lo entiendes; a veces me olvido de por qué estamos donde estamos. Sólo tengo que mirarla tratando de ser fuerte y afrontar todo lo que se le viene encima para querer protegerla del mundo entero si fuese necesario. Pero no puedo. El rencor no es un buen amigo, Charlie, créeme. Yo tengo tanto rencor hacia ella que no puedo simplemente dejarlo pasar y pretender que nada pasó. No quiero. Ella luce frente a todos como si hubiera sido yo quien la lastimó; incluso me lo dijo a la cara. Pero mi única culpa fue confiar en ella. Tienes que creerme, Charlotte.

—Te creo —dijo cansinamente. Y era verdad, ella creía en cada palabra de Edward, pero no podía evitar pensar en las ocasiones que había visto a Bella sufrir por él. Ya no sabía a quién adjudicarle el papel de víctima y a quién el de verdugo. —No te tortures más, Edward. ¡No la tortures a ella! Te ama, de verdad que sí. Te ama tanto que no tiene ninguna objeción con que tú busques a otra persona.

—Se llama indiferencia, Charlie, te la presento. No le importa porque simplemente es un cero a la izquierda. Lo soy. Por el amor de Dios, ¿tú crees que yo haría algo en contra de alguien que ella amara? No sé si ella merece algo de mí, pero lo tiene todo.

—Cariño, a mí no me engañas —murmuró viéndolo a los ojos, segura de que había ganado. —Ayer te consumías de celos. Niega que querías ir y matar al imbécil con el que se fue. Vamos, niégalo —lo retó, aunque, para su satisfacción, sólo consiguió que él lo recordara y tratara de controlar en vano su temperamento. —No puedes, ¿cierto? Pero no te angusties, ella te cela de la misma forma. Deberías haberla visto hoy por la mañana. Mi pobre amiga creía que tú y yo habíamos tenido una cita del día de los enamorados. Y estoy muy segura de que lo que la enfurecía no era precisamente la parte de la cena.

—¿Qué quieres decir?

—No eres idiota, piénsalo. Ella creía que harías conmigo lo que solías hacer con ella cada San Valentín. No necesito detalles, estoy muy segura de saber lo que hacían.

Edward rió tratando de disimular en inminente rubor en sus mejillas. Se sentía atrapado, como un niño pequeño que lo descubren comiendo galletas antes de la cena.

—Créeme que si pudiera, no estaría aquí sentado junto a ti. Pero hay algo dentro de mí que no me deja. Es demasiado fuerte, Charlie. No puedo contra ello.

—Creo que a ella le pasa lo mismo. Está bien, si no puedes lo entiendo. Pero entiende tú que sólo quiero que seas feliz.

—Cuídala, Charlie. Justo ahora se sentirá más sola que nunca.

—Lo haré —prometió. —Por cierto, un chico le habló a la oficina pero Bella no estaba. Yo tomé la llamada; dijo que estaba preocupado porque no había respondido en su apartamento tampoco. Su nombre era Jason. ¿Sabes quién es?

—No conozco ningún Jason —dijo con una voz ligeramente enfadada. —¿No dijo su apellido?

—Black. Jason Black —pensó Charlotte, esforzándose por recordar.

—¿No es Jacob Black? —inquirió reteniendo una carcajada.

—Él —dijo ella restándole importancia. —Puedo sabotear sus llamadas si quieres.

—No es necesario —aseguró. —Debo dejar de meterme en su vida; y Jacob ha sido su mejor amigo desde que éramos pequeños.

—Creí que eras su mejor amigo —dijo con desconfianza hacia Jacob.

—Bella y yo nunca fuimos amigos. Siempre hubo algo diferente, y ya ves, ahora no somos nada —dijo con nostalgia.

—Oh, Edward… —iba a decir algo para hacerlo sentir mejor cuando escuchó el timbre. Miró la hora y frunció el ceño. —Quizá sea tu princesa que viene a pasar la noche contigo.

—Comienzo a creer que eres tú quien necesita pasar la noche con alguien. —Rodó los ojos levantándose para ir a abrir.

—Quizá —aceptó. —¿Esperas a alguien? —inquirió curiosa. Quizá fuera Emmett, como la otra noche cuando estaba con Bella. Edward negó con la cabeza y fue hacia la puerta.

Entonces Charlotte confirmó que, efectivamente, no era Emmett. Definitivamente no lo era.


Buenas noches, lindas personas.

¿Me perdonan? ¿Sí? ¿Sí? ¡Por favor! Qué puedo decir, he tenido mucho que hacer, pero la siguiente semana sí va a haber capítulo. Sé que eso dije la semana pasada pero ahora es diferente. Oh. My. Gosh. Sigue Cena Familiar. Tengo que modificarlo porque lo escribí hace como siete meses y necesito ajustarlo a nuetra historia actual y además tenemos un Edward demasiado rudo, así que tengo que cambiar eso. Pero es lo que había estado esperando desde enero del año pasado.

Por cierto el primero de noviembre se cumple un año de haber terminado Todo Comenzó en una Fiesta de Cumpleaños :') Tenía catorce por esos días, casi tengo dieciséis ahora...

Estoy tan agradecida por sus reviews. Me siento tan bien. Estoy algo decepcionada por todos los plagios que ha habido, creo que a este paso nos quedaremos sin autoras que realmente valgan la pena en muy poco tiempo. Rayos, chicas, después sólo tendrán autoras tan malas como su servidora. Pobres de ustedes... En fin, en serio tengo mucho que agradecer por los 195 reviews que llevamos y espero llegar a muchos mas :)

¿Les gustó el capítulo? Tenía la idea pero no sabía donde introducirla y aunque creo que quedó hasta cierto punto tonta, encaja con mi historia :) En serio espero que lo hayan disfrutado.

Como dato adicional, deben agradecer a mi hermosa nevermissme porque estuvo TODOS estos días diciendo: Liz, escribe. Liz, escribe. Liz, escribe. ¿QUE NO VAS A ESCRIBIR? Sin ella quizá no hubiera terminado aún.

Qué más...Oh, sí. En serio tienen que leer el El Chismógrafo de MillaPttzn. Verdaderamente es uno de mis fanfics favoritos. Ella y su amiga (y mi amiga:)) Kote Cullen Swan son buenas chicas con buenas ideas. Igual que Luciernagas y Sweet'Dangerous. Ow, y Strangeeers y Tutzy Cullen. Sí, estoy haciendo publicidad :)

Ay, mis niñas, ya no las aburro más. Una vez más, gracias.

Que tengan una excelente semana.

Besos

Liz


23.10.11