NOTA IMPORTANTE: He cambiado algo de un capítulo anterior. La cena con la familia Holmes será el día 20 de Diciembre. Lo he puesto así porque me cuadran las cosas respecto a lo que quiero hacer. Siento mucho este lío, de verdad. ¡Espero que no os haya molestado!
08
Cuento de Navidad
El día anterior Mycroft no pudo ver a Greg ya que este no acudió ha la academia, pero antes de que pudiera desesperarse él le llamó. Le dijo que no había podido ir por problemas personales pero que, al día siguiente, le vería. Después de hablar un rato de sus cosas le convenció para que leyera un cuento en el taller infantil, ya que la chica que debía de hacerlo tenía un fuerte catarro.
Mycroft se mostró un poco reacio al principio, pero las suaves palabras de Lestrade al decirle lo bonita que era su voz y lo bien que se entendía cuando pronunciaba las palabras lo terminó de convencer.
Así que, sobre las cuatro de la tarde Greg fue a recogerle. Cuando le abrió la puerta, lo recibió con un beso que aunque empezara casto comenzó a transformarse en uno de necesidad. Mycroft suspiró y se separó con cuidado.
—Te noto preocupado —le dijo Greg —. ¿Estás bien?
Mycroft se pasó la lengua por el labio inferior.
—Nunca he leído ante tanto niño. Solo eso —murmuró.
Greg le acarició la mejilla con el pulgar sin perder la sonrisa de su rostro.
—Tranquilo Mycroft, lo harás genial. Además, es un cuento conocido por todos, probablemente te lo sepas.
—¿Cuento de Navidad, de Dickens? —preguntó el pelirrojo separándose un poco de él para coger su chaqueta y su bufanda.
—Exacto. Es una versión para niños, algo más infantil pero la temática es la misma.
Mycroft asintió.
—Quizás sea uno que he leído.
—¿En serio? —preguntó Greg pasándole el casco una vez estuvieron en la calle.
—Todos hemos tenido infancia —dijo encogiéndose de hombros —. Seguro que tu también lo has leído.
Greg simplemente se encogió de hombros y fue hacia la moto, se montó y esperó a que Mycroft se acomodara en ella para arrancar. Tardaron diez minutos más que la última vez en llegar ya que un pequeño accidente estaba desviando el tráfico, pero al menos fueron puntuales. Cuando Mycroft se bajó de la moto y miró hacia la puerta gruñó.
Sherlock estaba allí en la puerta, fumándose un cigarro y mirándole con una sonrisa de superioridad.
—¿Qué pasa? —preguntó Greg quitándose el casco.
—Nada —respondió Mycroft apartando la mirada a otro sitio.
Cuando Greg se giró, para mirar a donde había mirado Mycroft. Sherlock ya no estaba. Había pagado el cigarro y había entrado al local.
—Queda media hora, ¿estás nervioso? —preguntó Greg mientras le agarraba de la manga de la chaqueta y se dirigía con él al interior.
—No tanto como esperaba. Creo que tu moto lo supera —dijo sonriendo.
—¿Aún te da miedo? —preguntó Greg.
—No es miedo. Solo una sensación extraña —dijo Mycroft abriéndole la puerta y pasando después de él —. Nunca me había montado en una. Aún me queda acostumbrarme.
Greg rió.
—Te llevaré a más lugares para que te vayas acostumbrando.
Mycroft rió. Dejó el casco de la moto en el mostrador junto al de Greg y entró la sala. La analizó y encontró a Sherlock, al fondo a la derecha, sentado en una pequeña silla mientras miraba los libros de la estantería.
Agitó la cabeza y fue hacia él, pero algo se le enganchó a la pierna. Cuando vio que era se encontró al niño que le había hecho aquel adorno navideño.
—¡Mycroft! ¡Has venido! —comentó entusiasmado mientras se separaba.
El nombrado sonrió y se agachó para quedar a su altura.
—Hola Joshua —saludó —. ¿Qué tal estás?
El niño subió la nariz para echarse las gafas hacia atrás.
—¡Muy bien! ¡Me hice otro papa Noel y empecé a hacer un árbol! —explicó emocionado —. ¿Tú que tal estás?
—Muy bien tan bien, he venido porque voy a leer un cuento.
—¡Ala! ¿Vas a leer tú? ¡Que guay! Ayer Marie nos dijo que Aida, la chica que lee los cuentos, no podía venir. Creí que no íbamos a tener cuento…
—Pues lo tendréis.
—¿Tu lees bien? —preguntó.
—Lee muy bien Joshua —le dijo Lestrade revolviéndole el pelo al niño —. ¿Has terminado lo que estabas haciendo?
—Aún no…
—Pues termínalo. Queda poquito para el cuento.
El niño asintió muy convencido y se fue corriendo a la mesa.
—Le encantas al niño —dijo Greg divertido.
Mycroft se incorporó y se pasó la mano por la nuca algo nervioso.
—Si. De vez en cuando me pasa y le caigo a los niños bien —susurró algo preocupado —. No es algo que me entusiasme demasiado…
—Bueno, eres un chico tranquilo. Eso siempre viene bien —dijo divertido.
—Y tu eres un nervio, sí, sin duda nos complementamos el uno al otro.
Greg le miró divertido.
—Ven. Te enseño el cuento que tienes que leer para preparártelo un poco —le dijo señalándole al pequeño escenario que tenía la sala donde había una silla y un cuento sobre ella.
Media hora más tarde, Greg comenzó a organizar a los niños más pequeños cerca del escenario, atenuó las luces y encendió el foco que había sobre él. Mycroft se sentó en la silla y miró al pequeño público. Sherlock estaba al fondo de la sala, sumido en las sombras y mirándole atentamente.
Cuando todo el mundo estuvo listo, Greg les mandó callar y luego alzó el pulgar en dirección a Mycroft para que comenzara a leer.
—Marley, estaba muerto; eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. El clérigo, el funcionario, el propietario de la funeraria y el que presidió el duelo habían firmado el acta de enterramiento —empezó a leer Mycroft, y la sala se tornó en un silencio y una ambiente especial.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, Mycroft acabó su cuento y los niños, que seguía mirándole con los ojos abiertos, estallaron en aplaudo. Greg también aplaudió con bastante entusiasmo, al igual que (y esto sorprendió a Mycroft) Sherlock.
Mycroft suspiró tranquilo y sonrió, algo avergonzado, se levantó y asintió brevemente hacia el público. Se quedó mirándole hasta que Greg se levantó y encendió las luces, los niños, se pusieron ha hablar entre ellos.
—Has estado magnífico —le dijo Greg al acercarse a él. Le puso la mano en el hombro y se lo apretó con cariño.
—Gracias. Estaba algo tenso al principio pero… Al final creo que ha ido bien.
Greg rió.
—Has leído de puta madre —dijo moviendo los labios.
Mycroft rió y apoyó la cabeza en el dorso de la mano de Greg, la apretó suavemente y se apartó. Vio como su hermano se acercaba a ellos lentamente y Greg, le siguió la mirada hasta que se encontró con el adolescente.
—Ah… ¿Y tú quien eres? Eres muy mayor para un cuento y muy joven para recoger a un hijo —le dijo.
—Este es mi hermano pequeño, Sherlock —le presentó Mycroft —. Este es Greg, mi am…
—Tu novio, ya —dijo Sherlock extendiendo la mano y fingiendo una sonrisa —. Encantado.
Greg alzó la ceja izquierda sorprendido y miró a Mycroft, el muchacho negó con la cabeza.
—Entonces, ¿has venido a ver a tu hermano? ¡Eso está bien! —preguntó.
—Sí. Le escuché hablar de esto y me acerqué a ver como le iba. Lo ha hecho bien —dijo Sherlock.
—Gracias —dijo Mycroft sorprendido —. Me alegro de que te gustara Sherlock.
El muchacho sonrió y asintió ligeramente. Mycroft sabía que se comportaba de esa manera tan educada solo porque había extraños delante, aunque lo agradeció enormemente.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Greg ya que no escuchó el comentario del joven.
—14 —respondió Sherlock —. Tu tendrás la edad de Mycroft, ¿no?
Greg asintió.
—Nos llevaremos unos cuantos meses. No más —dijo Greg.
Sherlock asintió ligeramente. Miró a su hermano y luego a Greg. Tras unos segundos de movimiento estiró una mano hacia Greg.
—Me tengo que ir —dijo —. Encantado de conocerte Greg —le dijo.
—Igualmente Sherlock, espero que nos veamos pronto —aseguró el muchacho estrechándole la mano.
—Adiós Mycroft —se despidió Sherlock con un movimiento de cabeza, se dio media vuelta y se fue.
Y sin decir más, se dio la vuelta y se fue.
—Tu hermano es curioso…—susurró Greg a Mycroft.
—Ya…
—Y no se parece nada a ti —le dijo de nuevo el moreno.
—No creas, en realidad es bastante parecido a mí.
—¿Sí?
—Sí. Pero eso te dejaré que lo descubras con el tiempo.
Greg rió.
—Vámonos, te invito a tomar algo.
Mycroft asintió y tras coger los cascos salieron del edificio. Se dirigieron en moto hasta un bar del centro donde Mycroft pudo conocer a varios amigos de Greg, tras eso, el chico llevó a Mycroft a su casa y se quedó a cenar. Luego se marchó excusándose en que no podía quedarse tarde ya que le habían puesto hora de llegada.
Mycroft durmió bastante bien esa noche. Había sido un día completo y Greg era el chico más maravilloso que jamás había conocido.
