Terminé de ver Shugo Chara desde que salió el último capítulo. Pero nunca leí el manga (las partes importantes de Ikuto) hoy lo he hecho y he terminado de desarrollar mi obsesión hacia él. Creo que tengo problemas ._.

Incluso, cuando viajé a Francia y subí a la torre Eiffel en agosto del año pasado… lo busqué ._.

Por cierto, empecé a releer el Violinista XD oh Dios que pena me dio leerlo, mi redacción era un poco más (MUCHO) tonta y malita de lo que ahora escribo, supongo que debo volverlo a arreglar a más decente Y_Y pero cuando termine este fanfic.

Disculpen por la tardanza, a pesar de tener la idea hecha y todo, rescribí 3 veces este capítulo. Por cierto, el 1 de agosto cumplí 16 \o/ pero no tuve internet hasta el 13 de agosto para poder subir este capi.


El aire del mar tenía un olor muy especial para mí. Representaba todo el tiempo que había estado en el barco, resultaba agradable y familiar. Aunque por alguna razón mi cabello se pusiera pegajoso con el.

Tenía calor y estaba incómoda. Me removí y me di cuenta de que me encontraba en el suelo. Me costó abrir mis ojos, los sentía muy pesados y bostecé mientras los restregaba un poco y me desperezaba. Me quité la extraña manta azul zafiro de encima y me di cuenta de que estaba en la cubierta del barco. Por poco mis ojos salían disparados de sus órbitas y yo me quedaba sin alma tras el gran susto que sentí. No solo me había dormido en la cubierta del barco…

Lo primero que admiré fue la vista llena de las sogas que sujetaban las velas. Eran muchas y se veían desordenadas aunque en realidad no lo estaban. Luego, volteé y quedé sombría de la vergüenza tras ver lo que había usado como almohada.

El pecho de Ikuto.

Dormía como un pequeño y adorable gato hogareño. Quizás en algún momento entre tantas emociones fuertes tan nuevas para mí… me desmayé.

Me llevé las manos al rostro mientras apoyaba los codos en mis rodillas. Dejé los dedos entreabiertos y cerré los ojos con fuerza. Ahora respiraba agitadamente y me sentía muy mal, como mareada. Oh Dios, él y yo nos habíamos besado ¡besado! Kissu, ¡chu!

Sacudí la cabeza mientras chillaba en un tono que le fuera imposible oír, aunque eso hacía que me doliera la garganta intentando contener todos mis sonidos de frustración, vergüenza y no sé que otras cosas ¡Aaaaah! Realmente me había besado, y no una, ni dos, ni tres ¡muchas, muchas! Tantas que había perdido la cuenta. Podía apenas recordar que mi cabeza daba vueltas, que podía sentir ambas respiraciones entrecortadas y juntas, su suave aliento sobre mi rostro. Casi no había visto sus ojos, puesto que el contacto visual en esas situaciones era uno de mis más grandes puntos débiles, pero las pocas veces que lo había hecho había sentido ganas de más y luego vergüenza por ello. Sus manos me acariciaban suavemente sin ser tan bruscas como acostumbraba a sentirlas. Luego… ah… ¿qué había ocurrido luego? Esperaba no haberme quedado dormida, pero desmayarme o haberme dormido estaban en la misma línea vergonzosa que tanto temía.

Me quedé mirando fijamente a Ikuto ¿qué le diría cuando despertase? Dejé caer los párpados y me di cuenta que entre más lo miraba, mi corazón latía con mayor fuerza. Tenía un nudo en la garganta, sentía que quería decirle muchas cosas pero tampoco sabía qué exactamente. Mis mejillas ardían señalando que me había sonrojado. Oh Dios, realmente estaba enamorada. No podía apartarlo de mi cabeza, quería tenerlo cerca. Pero no tan cerca, pero cerca. Quería volver a sentir su agradable olor, su tacto era muy suave también.

¿Cómo?

¿Cómo no podía haberme dado cuenta de todo eso? Sabía desde hacía un tiempo que estaba enamorada de él. Pero cuando fingía ser su esposa en público, no sentía nada especial cuando me tocaba, me miraba sonriente y aseguraba amarme. A pesar de ser una farsa, ahora me sentía muy mal por haber sido algo seca fingiendo, pero no sabía como hacerlo. No sabía lo que era querer a alguien. Quizás él sí, pero yo aún no sabía de eso en ese entonces, incluso había pensado que él y Rima eran algo, pero cuando se ven no parece haber algo detrás de sus miradas. Siempre amistosas, y él nunca insistía para pasar el tiempo con ella… sólo lo había pasado conmigo.

Me senté detrás de su cabeza, viéndola de un perfil diferente, desde arriba.

Pasé mi dedo con cuidado desde la punta de su nariz hasta la división de sus ojos. Su piel era tibia y suave. Esbocé una pequeña sonrisa mientras murmuraba:

—La nariz de Ikuto… —luego pasé mi dedo por su frente y lo llevé a sus mejillas— sus mejillas… —abrí más mis ojos tras decir eso con asombro y dulzura. Tocarlo me hacía sentir muchas cosquillas en toda la mano, que luego subían por mi brazo. Aparté la mano y las coloqué a ambos lados de su rostro tras arrodillarme y sentarme sobre mis piernas de ese modo.

Entonces, me incliné sobre él y sostuve su rostro al revés con ambas manos. Observando fijamente sus ojos cerrados. De repente me sobresalté cuando antes de abrir sus ojos atrapó mis muñecas con sus manos, impidiéndome alejarme como acto reflejo. No es que fuese a besarlo o algo, sólo lo admiraba de cerca… no era tan valiente para algo así… a-además…

—¿Qué tenemos aquí? —murmuró Ikuto abriendo sus ojos suavemente— un polizón —dijo fingiendo asombro.

—N-no es lo que parece —repuse nerviosa— tenías una pelusa… —sin soltar su rostro, sacudí su mejilla con uno de mis pulgares— acá…

Me detuve tras ver la seria mirada del neko hentai. Parecía saber perfectamente que mentía. Intenté apartar la mirada pero no había para donde. Tampoco quería soltarme de él y mi corto cabello cubría los lados, obstruyéndome cualquier modo de escape. Entonces él sonrió burlonamente.

—Sólo hay un precio que puedes pagar por haberme seguido anoche —empezó a decir con malicia— imagino que sabes cual es…

—¿A-Aprender a cocinar?

¡Aah! Podía ver lo que me pedía con su mirada, pero no podía. No me sentía capaz de hacer aquello por mi misma ¿querría él probar si yo era capaz de hacerlo sola? Él me había besado antes… pero yo a él… así, de la nada.

Su mirada se ablandó, esperando.

Tensé mi mandíbula sin poder borrar el enorme sonrojo que tenía. Mi cabeza empezaba a darme vueltas, y seguramente no podría evitar desmayarme.

Se fuerte, Amu ¡tú puedes! —gritó una voz animada dentro de mí. Parecía no ser la mía, que era la que estaba acostumbrada a escuchar, era más chillona. Luego otras dos, una más tranquila y otra chillona, gritaron apoyando la primera voz. Qué raro…

Oh, ¿por qué? ¿Por qué era tan difícil hacerlo? Debería estar feliz o confiada porque tenía frente a mí a uno de los hombres más apuestos y sensuales —de esos que irradian sensualidad hasta durmiendo— de Japón ¿por qué yo era tan tímida? Aunque no podía evitarlo. Cada vez era como la primera. Todo era tan nuevo… tan extraño. Miles de manos imaginarias llegaban y me hacían cosquillas en el vientre.

—Con… —empecé a decir— una condición —admiré su mirada dudosa—. Cierra los ojos.

—¿Por qué? ¬¬

—¡Porque me da vergüenza que me veas! —miré mi cabello de un lado totalmente avergonzada. Cuando devolví la mirada unos segundos después de oírlo soltar un suspiro que decía "bien, tú ganas", encontré que realmente los había cerrado.

Mordí mi labio inferior. Me acerqué sin poder controlar mi respiración. No acababa de acostumbrarme a esa perspectiva de su rostro. Su cabeza rozaba mis rodillas y eso me causaba más tornados dentro.

Quería apretar mis manos hasta hacerlas puños por los nervios, pero su rostro estaba entre mis manos y no quería lastimarlo.

Tras quedarme viendo sus labios totalmente sonrojada. Rocé los suyos con los míos sin acercarme más. Me estremecí tras sentir que toda mi piel se erizaba y la respiración de Ikuto parecía más impaciente. Sentí una descarga de adrenalina tras sentir su respiración tan cerca y de aquella manera. No pude evitarlo y lo besé. Había pensado en apartarme rápido, pero la manera en que apretó mis manos me lo impidió. Tras unos segundos, me separé de él y lo observé fijamente con los ojos entrecerrados.

—Te ves adorable cuando tu rostro está tan rojo que pareciera que explotarías —dijo entre una sonrisa que pensé también fue demasiado adorable para lo que estaba acostumbrada a ver de él.

—¡Eh! —me eché para atrás y caí sobre mi trasero tras haberme sobresaltado tanto. Ikuto se sentó como indio en mi dirección con una sonrisa sencilla y burlona, como si mis reacciones le agradasen. Yo tenía ambos puños apretados sobre mi rostro. No sabía por qué, pero ¡todo era muy… muy… arcoíris! En un momento lo tenía controlado y al otro estaba a punto de vomitarlo. Era agradable y a la vez incómodo—. Po-por si no ha quedado claro… —rayos, mi voz estaba temblando— esto significa que te quiero a ti y no a Tadase.

Él dejó caer los párpados en una seductora mirada que me hizo apartar la mía de golpe.

Luego, gateó hasta mí y me abrazó con fuerza. Entonces murmuró como si fuese un niño pequeño peleando por su manta:

—Mía.

Mi respiración se detuvo y me sentí feliz. Ah, condenadamente feliz, pero…

—Me-me estás… aplastando —dije entrecortadamente, mientras intentaba empujarlo inútilmente— ¡I-Ikuto!

/

Ambos nos habíamos cambiado con alguna ropa que había quedado en el barco. Puesto que siempre debía haber suficiente de repuesto allí por si debíamos huir por alguna emergencia y no gastar tiempo empacando. No pude evitar pasar todo el tiempo sonrojada, incluso cuando él estaba en su camarote y yo en el mío.

—Yo estoy lista —murmuré a través de la puerta—. Las esculturas también las guardé —por un momento me pregunté a donde iban a parar todas las maravillas que robaban y no vendían.

Fuera del barco, caminamos en silencio un momento. No podía evitar mirarlo de reojo cada vez que podía, pero no quería parecer una loca psicópata acosadora. Quería disimular un poco, pero tropecé dos veces, Ikuto me agarraba de la mano para volverme a levantar, pero esta última vez, no la soltó.

Me quedé mirando su mano sosteniendo la mía con gran asombro. Yo había visto gente caminando tomada de la mano, pero que Ikuto tomara la mía era algo completamente diferente y cálido. Lo había hecho cuando fingíamos, pero ahora… ahora que sabía lo que sentía realmente…

Detuve mi extraña contemplación cuando la mano libre de Ikuto estiró una de mis mejillas haciéndome chillar infantilmente.

—Te pones muy roja ¬¬ —dijo con su voz monótona sin soltar mi mejilla mientras yo me quejaba—. A veces, me pregunto cómo dejas al resto de tu cuerpo sin sangre si toda vive concentrada en tu rostro.

Hice un puchero mientras apartaba la mirada. No pude evitar dirigirla a nuestras manos tomadas otra vez. Luego de soltarme la mejilla, con una mirada muy profunda en nuestras manos, llevó éstas a su rostro, besando el dorso de la mía al mismo tiempo que la apretaba con delicadeza. Entreabriendo los ojos con una mirada profunda color zafiro.

Me quedé viéndole perpleja mientras sentía que mi corazón se sentía realmente bien. Mi sonrojo era aún más pronunciado que antes y no pude evitar soltar una pequeña exclamación.

—Tsukiyomi-kun —tras oír eso, deshizo suavemente el beso en mi mano y volteó con su mirada monótona hacia el hombre que lo había llamado. A pesar de que su rostro no expresó nada en ese momento, pude sentir que estaba enojado. Volteé a ver aquel hombre con curiosidad, pero mi cabeza aún estaba terriblemente revuelta y esperaba no pensara que estaba resfriada o algo de lo roja que estaba— buenos días.

—Buenos días —respondió él cortésmente. Cuando el hombre hizo una leve reverencia de cabeza en mi dirección, hice lo mismo.

—Lamento interrumpirlo paseando con su esposa —no pude evitar pensar en ese "Tsukiyomi Amu" de repente le daba muchas vueltas a ese apellido. Tsukiyomi se traducía como "lector de la luna" o "mirar a la noche de luna". Asociarlo a él con la noche no me parecía raro… un momento ¿Cuándo me había tomado el tiempo para pensar tanto en eso? En fin, no era Tsukiyomi Amu sino Tsukiyomi Haruhie, la esposa falsa de este chico…— sólo quería informarle de la reunión de esta noche.

—Ya sé cual es —dijo dejando caer suavemente nuestras manos, aún tomadas. Cerró sus ojos despreocupadamente—, no la he olvidado.

—Que bueno, lo esperamos esta noche entonces. Hay muchos comerciantes nuevos que tienen muchas preguntas para usted y…

Una de las cejas de Ikuto subió levemente.

—Ya lo sé, dejemos todo eso para la noche —sonó irritado— ahora… ¿podría dejarme tener una tarde sin hablar del trabajo?

—Mis disculpas, Tsukiyomi-kun —el hombre mayor de aspecto serio parecía realmente avergonzado, a pesar de ser mucho mayor que Ikuto, parecía que él intimidaba bastante cuando quería hacerlo. Luego de eso, se retiró. Ikuto gruñó y se percató de lo que realmente había hecho tras ver mi mirada aún sorprendida y sonrojada.

—Lo siento —dijo con una sonrisa de lado mientras se llevaba la mano libre a la frente. Sus ojos volvieron a ser serios cuando me miró por entre uno de sus dedos que habían tapado un poco su vista—. Hay caras que sólo te muestro a ti.

Miré al suelo intentando ocultar una sonrisa.

—Y… que solo quiero que tú veas —de repente la cercanía entre nosotros iba disminuyendo. No pude evitar respirar con fuerza por un segundo.

Como la sonrojada, la triste y sombría, la sorprendida, y la chibi, oh Dios cuando lo pillo y pone su cara chibi podría ponerle unas orejas de gato y se vería muy gracioso ¿realmente soy la única que ha visto eso?

—En cambio todo el mundo ve las mías. No puedo evitarlo —dije con desgana mientras miraba al suelo.

—No —comenzó a decir mientras me tomaba por el mentón para subir mi rostro—. Todas tus caras las he visto yo. La faceta que intentabas mostrar a todos no funciona conmigo.

¿Era eso cierto? ¿Ikuto realmente había visto la parte de mí que no le mostraba a nadie? No me podía dar cuenta de eso. Simplemente no solía prestarle atención, pero ahora me preguntaba que parte de mí solía mostrarse cuando estaba con él ¿por qué soy tan diferente? Aunque desde que había llegado al barco, sentía que podía ser yo misma. La Amu que ocultaba en mi interior frente a la mayoría de las personas salía cuando Ikuto y los demás estaban cerca.

Quizás si era la ogra odiosa y orgullosa.

/

A pesar de que me habían pasado muchas vergonzosas ese día. Ambos volvimos a casa. Estuve muy nerviosa, pues no había soltado nuestras manos. El camino a pie fue largo y silencioso. Pero estaba sonriendo. Finalmente había aceptado mis sentimientos y parecían correspondidos. No sabía qué decir o de qué hablar. Lo único que podía escucharse era el sonido de nuestros zapatos contra las pequeñas piedras del camino.

Nuestra hambre había sido saciada un rato antes, fuimos a una panadería y comimos unas cuantas cosas ricas. En ese momento me había sentido mal porque sabía que no era capaz de preparar ese tipo de cosas por mi misma, y aún Rima no me daba aquellas lecciones de cocina. No es que quisiera cocinarle a Ikuto ¬¬ … pero prepararme algo rico a mí misma era una idea que me agradaba bastante.

Oh Dios, mi mano estaba sudada y caliente. Allí ocurrían muchas cosas y sensaciones y me avergonzaba que Ikuto sintiese eso y pensara algo raro de mí ¿Era normal sudar tanto? ¡aah! Dios mío, no sé que hacer, me siento como una cavernícola o algo así.

A pesar de que el momento importante ya había pasado, y ya Ikuto no decía cosas tan… tan… ¿cómo decirlas? Algo fuera de lo normal, algo referente a lo que nos había sucedido —románticamente— anoche y hacía un rato. Si, eso. Bueno, a pesar de eso, pensé que me agradaban por igual esas dos partes de él. Si fuera siempre "amoroso" —aunque su forma amorosa siguiera siendo igual de sarcástica, fastidiosa y burlona—, no podría soportarlo. Nunca me habían gustado las personas cursis. Por suerte él no lo era ¡Oh, dioses, no saben cómo les agradezco eso!

Pasando de lado lo que me gustaba y lo que no. Cuando lo observaba de reojo mientras caminábamos, no podía evitar pensar cuánto me encantaba. Pero era algo difícil determinar en que situación estábamos. Habernos besado ¿nos convertía en algo cómo… cómo… pareja, o… o… algo así? No sabía.

¡Oh no! ¿Y si yo era otra de sus amantes? No… no podía ser, ¿cierto? ¡Rima había dicho que él lo había dejado con todas! Ay no, ¿por qué estoy pensando eso ahora?

—Pareciera que lucharas ferozmente dentro de ti —murmuró Ikuto con sus ojos cerrados calmadamente sin dejar de caminar. No pude evitar producir un pequeño sonido de exclamación.

—Ah… bueno, yo sólo pensaba —mi voz temblaba— unas cuantas cosas… —bajé la mirada a pesar de no haberla tenido fija en nada.

—¿Qué tipo de cosas?

¡Aaaah! Yo no podía hablar de eso. Era algo muy vergonzoso ¿y si se lo comentaba y me decía tonta o algo así? No, no señor. No podía…

—¿Qu-qué? —comenté nerviosa tras darme cuenta de que me observaba de reojo con una sonrisa burlona y feliz.

—Nada —soltó mi mano y me atrajo a sí abrazando mi cabeza sin dejar de caminar— no pasa nada, esposa mía.

Me le quedé viendo, sonrojada. Luego aparté la vista rápido y no dijimos más nada hasta llegar a casa.

El resto del día fue algo muy normal. No pasaron muchas cosas interesantes. Bueno, sí. Rima y los demás llegaron como fieras porque notaron mi ausencia y me reprimieron por haber perseguido a Ikuto, intentando participar en su misión. El muy idiota les contó lo que sucedió —excepto la parte de los besos— y todos me tacharon como una amenaza nuclear que no pueden volver a llevar a una misión. Bueno, al menos tendría el recuerdo de esa. Sabía que intentar convencerlos iba a ser muy difícil ahora.

Me quedé con los chicos el resto del día mientras Ikuto y Mac hacían no sé que. Conversábamos de cosas triviales y no pude evitar fijarme en unas fugaces miradas que Kuukai lanzaba a Rima. Ésta intentaba ignorarlo, pero al ver una pequeña sonrisa dibujarse en su rostro no pude evitar levantar una ceja.

—Sabes, Amu —empezó a decir Haru—. Por fin hemos terminado de construir un cañón nuevo.

—¿Ca-cañón? —¿cómo era posible que Haru manipulara cañones así como así?— ahora que lo pienso… el barco no tiene cañones.

Haru pareció divertido

—No ese barco —explicó—. El pirata.

—¿Qué, hay otro?

—¿No lo sabías? —Kuukai pareció perplejo—. Hay dos. El que conoces es el que Ikuto usa de fachada por su trabajo. En una playa escondida, tenemos el pirata, que es donde él acepta la entrada al resto de la tripulación que tú conoces como "bucaneros salvajes y sucios". Ese barco es una cosa totalmente diferente.

—¡Las velas son negras! —interrumpió Haru— hay muchas armas y sólo hay un par de camarotes, el resto es puro espacio de carga donde hay muchas hamacas viejas y almacenaje para los otros.

—¿Otros? —dije en un chillido agudo. Me sentía como un humilde gusano ignorante.

—Ya sabes —murmuró Rima— él siempre va y busca tripulación en la isla pirata que visitamos la otra vez. Lo admiran mucho por allá ¿o crees que saqueamos todo lo que nos hemos robado entre los cinco? Sería imposible vencer a otro barco con solo cinco, bueno, ahora seis. Necesitamos gente en los cañones y mucha en la cubierta para invadir al enemigo y atacar. De algún lado deben salir.

—Ya veo —soné realmente asombrada— no… no sabía nada de eso.

Así que eso realmente no era un juego de niños. Agradecía que yo no hubiese estado en esos momentos. Por libros y relatos me imaginaba muy bien el horrible y hostil ambiente lleno de destrucción que se presentaba en momentos así. Si yo estuviese en ese barco ¿cómo sería? Creo que era algo cierto que estaba acostumbrada al lujo y no a un barco sucio lleno de hombres rústicos, ordinarios y borrachos, pero a pesar de eso, hábiles y buenos luchadores.

Kuukai rió.

—Por tu rostro puedo ver que no puedes imaginártelo.

Negué con la cabeza, perturbada por aquellos pensamientos.

—Descuida, a mí siempre me esconden o me dejan en el camarote cuando pasan esas cosas —dijo Haru algo molesto—. Aunque siempre hunden al enemigo antes de que puedan siquiera disparar el primer cañón, o dañar el barco tanto como para hundirlo.

—Han dañado algunos, pero Ikuto siempre roba otro en mejor condición —aclaró Kuukai.

—¿De verdad? —dije con algo de angustia y asombro. No quería perderlos, ¿y si los atacaban muy fuerte y no podían salir de esa? ¿Y si se encontraban con piratas más fuertes y los asesinaban? ¡No quería perder a mis amigos! Tomé las manos de Rima y las apreté con fuerza— por favor, prometan que siempre se cuidarán mucho y lucharán con todo para no perder —soné dolida. Mis ojos se aguaron pero no quería llorar en ese momento. Rima me abrazó y Kuukai y Haru también se unieron.

—Siempre les patearemos los traseros, te lo aseguro —me consoló Kuukai con diversión—. Además, Haru se convierte en muy peligroso cuando tiene una espada en la mano.

Después de separarnos, volteé a ver a Haru con asombro.

—¿No creías que me encerraban desprotegido, o sí? —dijo indignado— no soy un inservible —gruñó amargamente. Luego se sobresaltó y ablandó la expresión hacia mí— ¡Espera! No quise decir eso…

Dolida, intenté ocultar mi aflicción y respondí:

—No pasada nada. Sé que no sería útil en esas situaciones. No me importa quedarme aquí…

Vi que los otros dos le dirigieron una mirada iracunda al pequeño Haru. Pero él no tenía la culpa, sabía que no había dicho eso a propósito. Yo había intentado entrenar con Mac con todas mis fuerzas, pero era inútil, su régimen de enseñanza era muy duro para mí. No podía soportarlo aunque lo intentara con todas mis fuerzas. No quería recordar esos momentos, pues eran humillantes.

Todos apartaron el tema con rapidez y almorzamos en paz. Cuando atardecía, los chicos se fueron. Rima y Mac irían a la reunión de comercio con Ikuto, pues actuaban como sus ayudantes —secretaria y administrador— en los encuentros, por lo que tenían que arreglarse.

La casa volvía a sentirse sola. Ikuto se estaba vistiendo elegantemente en el piso de arriba y yo aún no me levantaba del sofá. Cerré mis ojos por un rato, pero no pude evitar tensarme tras oír unos pasos por la escalera. Me asomé por el espaldar del sofá y mi rostro se tornó completamente rojo tras ver algo digno de un retrato.

Ikuto llevaba un traje elegante negro, su corbata era color azul zafiro —oh, que sorpresa…—. Sus zapatos brillaban impecables y su peinado era mucho más arreglado. Para remate, añadió lentes.

—¿Tienen un toque erótico, no crees? —se estaba arreglando la chaqueta, pero volteó a verme, con la cabeza a medio ver por el espaldar del sofá—. Los lentes —aclaró tras ver que no respondía. No quería admitirlo, pero era cierto. El uso de aquella palabra tan poco usada en mi vocabulario (bueno, nunca usada) llegaba a parecerme algo osada de su parte. Pero intenté ignorarlo.

—¿Por qué lo dices, te admiras a ti mismo en el espejo? —dije con arrogancia.

—No, muchas me lo dicen —dijo prolongando la palabra "muchas".

—¿Podría saber quiénes?

—Si te lo digo, seguro me impedirías ir a todas las reuniones —sonrió con burla—. Aunque ambos sabemos que no podrías evitarlo.

Refunfuñé, pensando en algo para evadir el tema.

—¿Qué tanto haces en las reuniones? —pregunté mientras él se cruzaba de brazos.

—Busco socios… —dijo pensativo, aproveché para grabar en mi memoria aquel rostro que de repente parecía inocente y bonito—, arreglo unos cuantos tratos. Gano unas cuantas admiradoras —dijo lo último con malicia en mi contra.

Reí con sarcasmo.

—Las pobres —dije con burla— no saben que el apuesto hombre que tanto admiran es un pirata fastidioso y pervertido.

Levantó ambas cejas avanzando hacia el área donde yo estaba. Una vez frente al sofá, se inclinó sobre mí con una expresión de superioridad.

—Todas ya están enteradas, saben que estoy "casado". Aun así ¿quién soy yo para evitarles admirar buen material?

¡Maldito egocéntrico!

—Quién lo diría, soy una mujer muy envidiada.

—Una pequeña muy envidiada —repuso revolviéndome el cabello con su expresión burlona—. Todos piensan que tienes como doce años. Solo tienes dieciséis apenas cumplidos ¿qué fuente de la juventud visitas para verte tan infantil?

—¿Qué prefieres? ¿Estar casado falsamente con una anciana?

—No, tú estás bien —dijo con un tono de "no está mal".

—Tú tampoco. Sabes cocinar y limpiar, con eso me basta.

Una expresión sombría llenó su rostro. Luego, me sonrió con enojo tras despeinarme aún más.

—Creo que es hora… —dijo cerrando los ojos con molestia sin ocultar su sonrisa— de asignarte las tareas del hogar ¿no crees? Hacer que tu capitán haga todo eso debería avergonzarte.

—¿De qué hablas? Todos los esposos son los que deben hacer todas las tareas —dije con la voz aguda y arrogante— ¿o acaso crees que existo para ser tu sirvienta?

—Tadase se ha salvado de casarse contigo —dijo aliviado.

—¿Cómo? —grité con enojo.

Ikuto me jaló del brazo suavemente hasta dejarme de pie.

—Como lo has oído.

De un momento me estaba jalando del brazo y al otro me besaba. Algo como una exclamación grupal llegó a mis oídos y nos separé de golpe totalmente sonrojada con la vista hacia la ventada.

—¡Chicos! —grité avergonzada mientras Ikuto volteaba despreocupadamente hacia la ventana.

—Yo —murmuró levantando una mano en señal de saludo.

—Bien hecho, muchacho —gritó Kuukai levantando el pulgar.

—Ya era hora —Rima parecía satisfecha. Cuando mi vista se dirigió a Haru, su rostro estaba totalmente sonrojado y sorprendido, mientras que el de Mac era totalmente serio y frío como de costumbre.

Temblaba como una gelatina. No solo porque de repente aquel beso había llegado demasiado rápido, sino por el público.

—Quisiera dejarlos para que nos den unos cuantos críos que cuidar, pero Ikuto tiene una reunión —ordenó Rima mientras me guiñaba un ojo.

¡Aaah mierda, mierda, mierda, no quería que se enterarán de esa formaaaa!

Antes de dirigirse a la puerta, Ikuto me detuvo colocando una mano sobre mi cabeza. Se inclinó un poco y me murmuró:

—Así que… soy un pirata fastidioso y pervertido —giré un poco el rostro con expresión confundida y un notable sonrojo en mis mejillas—. Quién lo diría, pues ya has besado a ese pirata fastidioso y pervertido. Y no te salvarás de él.

Después de decir aquello con una sonrisa burlona y egocéntrica. Se fue con Rima y Mac mientras del otro par no sabía nada. Me quedé observando la puerta con una expresión anonada. Luego, murmuré:

—Su-supongo que me gusta ese pirata fastidioso y pervertido —miré hacia un lado, avergonzada. Mi voz sonaba como que no quería admitirlo. Pero en algún momento, en la seguridad y privacidad de la soledad, tenía que hacerlo. Al menos no tenía que decirlo frente a ese neko hentai.

/

Crucé mis brazos y me recosté sobre ellos en la mesa de la cocina. Mi rostro estaba rojo e intentaba mantenerlo allí oculto. Eso era tan nuevo para ellos tanto como para mí. Hacía un buen rato que se habían marchado y los otros vuelto a su casa, tras fastidiarme un rato.

Era feliz, realmente feliz. Pero era extraño. Quiero decir, confesarse es fenomenal, pero se vuelve incómodo luego de eso. Mi manera de expresar "amor"… no era muy, ehm… "amorosa". Tampoco la de Ikuto. No es que tuviéramos que demostrarlo siempre ahora, supongo, pero seguía siendo raro pensar que, el que me besara fuera algo que se sintiera tan libre de hacer. ¡N-no es que no me gustara! Sólo que… bueno. Cada vez era como la primera, como antes había dicho. Muy impactante para mí…

Chillé y jugueteé con un adorno de la mesa nerviosamente. Planeaba subir a dormir, pues esas malditas reuniones no eran nada cortas y podían durar hasta la madrugada, pero cuando me levanté el timbre sonó y, pensando que era Kuukai con Haru, abrí la puerta sin dudarlo. Me quedé petrificada y no pude ocultar mi asombro a Tadase.

—Hola —dijo tímidamente.

Intentando actuar normal y no nerviosa, sonreí como pude, sintiéndome culpable otra vez.

—Hotori-san… bienvenido ¿a que viene la visita?

Quitándose el sombrero cortésmente, hizo una reverencia y me miró fijamente.

—He venido a despedirme.

—¿Despedirte? —parpadeé confusa.

—Verás —suspiró con cansancio, dolido—, seguiré buscando a mi prometida y zarpo mañana en la mañana. Creo que hemos creado un amigable lazo y me pareció adecuado venir a despedirme de ti y de tu esposo, Tsukiyomi Haruhie —sonrió intentando ocultar el hecho de que mencionar la búsqueda le deprimía. No pude evitar volver a sentirme el asco de persona más grande del mundo.

—Qué amable —respondí con una sinceridad agradable— pasa, te daré algo para que lleves en el viaje, como regalo.

No sabía cocinar gran cosa, pero había estado haciendo unas galletas que aprendí a hacer de niña.

—Gracias, con permiso —dijo amablemente mientras se adentraba en la casa y yo cerraba la puerta.

Ambos nos dirigimos a la cocina, era lo menos que podía hacer por él. Darle mis galletas especiales.

Las tomé de la mesa, y envolví algunas en una cajita. Luego tomé otra en una servilleta y la entregué a Tadase, que la miró con curiosidad divertida.

—Son galletas de oso con relleno de cerezas —dije con emoción—. Ayudan a subir el ánimo.

Él la mordió con algo de timidez y sus mejillas se sonrojaron tras sentir el sabor a detalle.

—Son muy buenas —dijo entrecerrando los ojos placenteramente. Oh Dios, parecía un niño pequeño.

Quería a Tadase, lo apreciaba mucho. Por dentro le agradecía sinceramente que se preocupara tanto por la Amu que conocía. Me dolía el hecho de verlo partir. En nuestros pocos encuentros había llegado a tomarle cariño. No mentían cuando decían que era un chico amable y adorable. Un príncipe. Cuando pequeña, había soñado con uno así. Ahora el ver su amable rostro y sentir su cálida presencia me hacía sonreír con amabilidad y familiaridad. Sentía una presión en mi corazón. Era cierto que no volvería con él, pero de haber sabido lo que haría: en el entonces que era Amu y debía hablar con él tras el compromiso arreglado, habría sido más amable y me hubiese cerciorado de no haberlo tratado tan mal. No se lo merecía.

Tadase, perdóname.

Apreté mis labios con culpa, mirando mis manos inquietas sobre la mesa.

Perdón.

No quería herirte así, no te lo mereces. Sollocé por dentro. No quería llorar por fuera, aunque me costara contenerlo.

—¿Te pasa algo? —dijo dirigiendo sus ojos color borgoña hacia mí con preocupación.

Si supieras lo que te hice… ¿Seguirías preocupándote así por mí?

—N-no… nada. Es que estuve cerca de las cebollas hace poco —dije señalando la cesta llena de dichos alimentos cerca del plato de galletas.

Él pasó un dedo cariñosamente por la parte donde una lágrima había bajado. Entrecerrado sus ojos amablemente.

—Las lágrimas no se te ven bien —sonrió con calidez— no querrás que Tsukiyomi-san se preocupe, ¿Verdad?

—Sí, gracias —soné muy seca. Grité por dentro ¿por qué, si era la última vez que lo vería, me sentía tan mal de no poderle dar la amabilidad y gratitud que merecía a cambio? Aunque no pudiese ver a su amada Amu otra vez, quería dejarle un lindo recuerdo ahora que podía. Un buen trato y una sonrisa amigable. Pero cuando quería hacerlo, el rostro de Ikuto pasaba por mi mente.

¿Era cierto que una pequeña parte de mí quería a Tadase por lo que estaba haciendo? No lo amaba, pero me sentía muy mal por hacerle lo que le hacía.

Porque nadie lo veía como yo. No era muy detallista pero, tras todas esas sonrisas cálidas, podía ver tristeza en sus ojos, en su presencia. Como un niño pequeño en la mitad de la calle, solo, que se ha perdido y no sabe como volver a casa. Una desolación que cada vez que veía, me hacía sentir como si una parte de mí se rompiera.

Él… realmente me amaba. Y hoy, justo en este momento, podía sentir esa tristeza con más intensidad, ¿por qué?

Me levanté, tomé más galletas y se las di. Sosteniendo el plato vacío de esa ración con mis manos

—Toma, como te han gustado puedes llevarte unas más —dije en un tono que sugería que la reunión iba a terminarse—. Gracias por haber venido.

Podía dolerme, pero debía alejarlo pronto. O si no… haría algo imprudente.

El cerró sus ojos mientras suspiraba y se levantó, guardando la caja con más galletas y tomando las de mi mano cariñosamente, envueltas en una servilleta de fina tela.

—Gracias —murmuró con una gratitud increíble—. Sabes… mi prometida también hacía galletas, una vez me hizo unas. En una reunión que nos organizaron.

—¿Sí? —dije dirigiéndome a la puerta para abrirla, mientras recordaba que ese día yo solo miraba para otra parte tras haberle ofrecido las galletas, y respondía sus preguntas con monosílabos carentes de expresión.

—Sí… ella me había hecho… —abrió sus ojos y me miró con una sonrisa triste— galletas con forma oso y relleno de cerezas.

Volteé de golpe mientras oía el plato hacerse añicos en el suelo. Mi mirada viajó rápidamente de los trozos rotos a él.

—Amu —me dijo con la voz quebrada— ¿por qué?

Todo el autocontrol que intentaba mantener se había ido a quién sabe donde. ¡Cómo pude ser tan estúpida! Ahora estaba asustada, estaba segura de que me veía tan humillada y temerosa como un animal acorralado.

—No...

—Sé que eres tú —dijo acunando las galletas con sus manos—. Desde que mencionaste las galletas. Lo he sabido.

—Yo… —no había razones para contradecirlo, ya no podía— puedo explicártelo —dije dolida.

Cabizbajo, su rostro era sombrío, no me di cuenta de que lloraba hasta que lo oí sorber por la nariz.

—Todo… —dijo con tristeza, haciéndome echar para atrás, destrozada— todo este tiempo, pensé que estabas en un lugar, asustada, siendo maltratada y torturada. Nunca me había sentido tan mal en mi vida. No podía vivir pensando que si no te encontraba, te pasarían muchas cosas malas que nunca podría perdonarme te sucedieran —subió su rostro, admirándome con una pequeña y triste sonrisa mientras su rostro estaba lleno de lágrimas que corrían— ¿y tú estabas aquí? —apretó las galletas con fuerza, pude oír algunas quebrarse.

—Tú… —sollocé— nunca lo hubieras entendido —mi voz sonaba aguda y llorosa. Me limpié otra lágrima con la manga del vestido—. Perdóname —dije avergonzada antes de empezar a llorar y cubrirme el rostro, dando un paso hacia atrás—. De verdad no te quería hacer daño ¡nunca pensé que me querías de verdad! Entonces hui en el primer tren que salió de la ciudad y éste comerciante me ofreció casarnos para poderme cambiar el nombre —inventé para no revelar la identidad de Ikuto.

—¿Y qué hay del ladrón zafiro? —dijo tomándome de los hombros sin lastimarme, hablando con desesperación— ¿por qué todos dijeron que lo vieron secuestrándote?

—¡No lo sé! —grité al apartarlo de mí con brusquedad, aun llorando.

—Es él ¿verdad? —dijo herido— ese comerciante… ¿es el Ladrón Zafiro?

—¡NO! —grité desesperada.

—Ya veo —me abrazó con fuerza, sin creerme— Amu, si él te está obligando a esto, no tienes por qué fingir —nos separó un poco y me miró fijamente mientras yo respiraba con angustia—. Ven conmigo, te sacaré de aquí antes de que él vuelva ¡puedo salvarte! Volvamos juntos y…

—¡No! —grité empujándolo— ¡yo lo amo! —lo miré con los ojos llenos de lágrimas— ¡Y… y… —grité en llanto mientras intentaba hacerlo entender— estoy… embarazada! —me estremecía el hecho de decirle una mentira tan grande, pensaría que soy una pervertida por tener relaciones tan joven— ¡no soy apta para ser tu esposa, si estoy embarazada de alguien más!

Su mirada pareció obscurecer, como si le hubiesen disparado. Su expresión era adolorida y totalmente destrozada.

—Amu… —me dijo con una expresión consternada— n-no me importa, podríamos tenerlo nosotros… no me molesta —dijo con voz temblorosa— no tienes por qué quedarte si no…

—¡Que él no me está obligando, ni me ha violado! —grité enfurecida, aún con el rostro surcado de lágrimas. Lo tomé por los hombros y lo empujé sin soltarlo hasta la pared— ¡yo lo amo a él, quiero quedarme aquí! ¡No quiero volver! ¡Tadase…! —continué, adolorida— por favor… entiende… lamento haberte dejado —tenía que ser sincera, aunque me doliera mucho—. Ahora sé que es muy tarde y no puedo volver. Amo a esta persona y… —sorbí por la nariz, mi rostro estaba totalmente rojo y no podía respirar, por lo que jadeaba— nunca la abandonaría…

Hundí mi cabeza en su pecho y lloré como una niña pequeña. Sé que lo que había hecho pudo haber herido realmente a Tadase. Pero no le podía hacer creer que Ikuto me obligaba a quedarme con él, o que realmente me habían secuestrado.

Tadase me apretó contra sí en un gran abrazo y también lloró.

—No lo entiendo… —murmuró sin parar de sollozar— te he querido desde siempre… siempre había soñado con estar contigo… ¿por qué tenías que haberte ido…?—respiró profundamente, intentando controlarse— ¿Acaso te resultaba malo? ¿No era digno de ti?

—No… no es eso —intenté calmarme como él. Nos miramos fijamente, observé su rostro lleno de lágrimas. Él nunca había llorado, frente a nadie. Tenía que haber una fuerte razón para que pudiese llorar, y esa era… que de verdad me amaba, más de lo que yo podía imaginar— no quería casarme sin amarte realmente.

—¿Y casarte con el ladrón zafiro, apenas conociéndole, era incluso mejor que eso?

Claramente la excusa que había dado iba en contra de lo que decía. Me sentí como una estúpida. Tadase acarició mi cabeza con cariño tras haber aflojado el brusco agarre que le tenía tras haberlo empujado a la pared.

—Sé que no lo amas, por esa razón. —sus ojos eran suplicantes. Tenía el corazón roto e intentaba recuperarme. Sentí un nudo en la garganta y más ganas de llorar.

Mi libertad… —gritó mi mente— mi libertad vale más que esto…

Era egoísta, era una persona egoísta ¡no quería irme! ¡No iba a sacrificarlo todo por eso, no quería hacerlo! ¡Yo amaba a Ikuto, y no quería perderlo ahora que por fin había correspondido mis sentimientos! ¡Quería a Pervertidus Maximus, no a un príncipe!

Sin poder evitarlo, Tadase me dio un beso dulce y lleno de dolor. Antes de poderme apartar asustada, la puerta de abrió de golpe. Volteé sobresaltada y admiré el rostro de Ikuto y mi sonrisa se desvaneció. Su rostro reflejaba aflicción y decepción.

—¡Ikuto, no! —grité, pero él había abandonado el umbral tras dirigirnos una mirada sombría y llena de odio.