Los personajes de Candy Candy pertenecen a sus autoras Mizuki e Igarashi. Esta historia es de mi autoría como todas las que he escrito y lo hago sin fines de lucro, solo por entretención.


Mi Destino Escrito con el Tuyo

CAPITULO X

Un pequeño rayo de luz

Esa noche Terry se llevó a Candy al hotel, donde la rubia pasó la noche en una de las recamaras, aunque no pudo dormir, se sentía tan afectada que le fue imposible conciliar el sueño. Estuvo todas esas horas de insomnio parada al lado de la ventana, pensando en Albert, en todo lo que estaría sufriendo por su culpa. Porque solo ella era la culpable de causarle ese dolor aquel hombre que tanto le ha brindado. Aquel hombre que siempre la amó intensamente y que de la misma manera ahora la iba a odiar y con mucha razón. Eso no dejaba de herir su corazón, no quería que Albert la odiara, no quería que ya no fuera parte de su vida, ahora más que nunca podía darse cuenta que él era el hombre de su vida, con él quería envejecer y con él quería formar una hermosa familia, una familia que ya estaba naciendo en su interior.

Terry entró a la recamara para saber cómo se encontraba su pecosa. En ese momento se dio cuenta que Candy no había dormido en toda la noche, al ver que la cama estaba intacta. Desvió sus ojos hacia la ventana de cortinas blancas, donde la vio muy afectada con el rostro pálido y sus ojos verdes rojos de tanto llorar, reflejando una tristeza que jamás había visto en la mirada de la rubia.

—Ya pecosa cálmate –le pidió Terry abrazándola.

—Me duele tanto lo que ocurrió, Albert no se merecía esto –dijo Candy sollozando.

—Pecosa yo lo se…pero así ocurrieron las cosas y fue lo mejor, ahora eres una mujer libre para que podamos estar juntos.

Candy se apartó de él.

—Terry estas equivocado yo no voy a dejar a Albert, él es mi esposo –le aclaró – ¡Nunca debiste regresar! ¡Vez lo que provocaste!

—Pero tú no lo amas pecosa, para que te empeñas en algo que no tiene ningún futuro –le dijo Terry con molestia –Olvídate de Albert y vámonos juntos lejos como lo habíamos planeado.

—No Terry no puedo hacer lo que me pides, lo siento, me regreso a la mansión Andrew –dijo Candy caminando hasta la puerta de la recamara.

Terry se le puso en frente para detenerla.

—Pecosa por favor recapacita, qué sentido tiene que continúes con un matrimonio absurdo.

—No Terry, no es ningún matrimonio absurdo yo quiero estar con Albert y con mayor razón ahora que estoy esperando un hijo de él.

—¿Qué? –exclamó Terry sorprendido.

—Que parece que estoy embarazada, estos días no me sentido muy bien. Pensaba ir al médico para que me lo confirmara.

Terry se tomó la cabeza con una de sus manos.

—No puede ser…tú esperando un hijo de Albert.

—Sí y no sabes lo feliz que me siento, por eso tengo que regresar con Albert. Ya es demasiado tarde para lo nuestro Terry. Por favor olvídame y no vuelvas a buscarme nunca más.

—¡Yo te amo pecosa! –le gritó Terry con desesperación.

—Lo se…pero ese amor no puede ser. Tienes que olvidarme Terry, estoy segura que algún dia encontraras a una buena chica que te haga feliz.

—Te enamoraste de el ¿verdad?

—Sí, amo a Albert con todo mi corazón, tal vez tarde me di cuenta de eso, pero voy hacer todo para recuperar su amor –le confesó Candy marchándose de la recamara.

Terry se quedó mirándola con el corazón destrozado, ahora sí que había perdido a su pecosa para siempre, ella amaba a otro hombre y le daría un hijo, un hijo que el soñó tener con ella, pero que ahora seria de Albert. Aunque no quisiera tenía que olvidarse de Candy, ese amor de adolescencia que por más intento tener a su lado, el destino de una u otra forma se encargaba de alejar. Sentía ganas de morir, que sentido tenía la vida si ya nunca más volvería a tener a su pecosa, ni siquiera una pequeña posibilidad de volver a estar con ella. Ahora tendría que aprender a vivir lejos de la mujer que siempre iba amar.

En la mansión del señor Edwards Fabiola se había levantado de buen animó, ya que sabía que su plan había salido como ella esperaba, a esta hora Candy y Terry estarían rumbo a Nueva York, donde nunca más la volvería a ver y las cosas volverían a la normalidad como antes que la hija de su hermana apareciera. Ahora tenía que prepararse para la mejor parte cuando William Andrew llegara de un momento a otro a la mansión, a comunicar lo que Candy había hecho. Sabía que sería un gran dolor para su padre, pero eso serviría para que la sacara a Candy de su testamento y no la quisiera ver nunca más.

Luciendo un bonito vestido en tono azulado Fabiola bajo a desayunar, donde se encontraba el señor Edwards con Sally.

—Buenos días –los saludó sentándose a la mesa.

—Buenos días hija –le contestó el anciano.

—Hoy me levanté con mucha hambre –dijo Fabiola tomando una tostada con mermelada.

—Mamá se te ve muy animada.

—Lo estoy Sally...-sonrió Fabiola –Es más he estado pensando que podríamos irnos de viaje algún lugar.

—Me encantaría mamá, pero no quiero salir fuera de Chicago, puede venir Terry a buscarme.

—Hija Terry no vendrá a buscarte, porque no te olvidas de ese muchacho, no es para ti.

—¡Yo estoy enamorada de el mamá!

—Eso se te pasará. Ya encontraras otro muchacho que se interese en ti.

—Mamá no quiero a otro chico solo a Terry –protestó Sally.

—¡Entiende que tienes que olvidarte de ese actor! –le gritó Fabiola sin importarle los sentimientos de su hija –¡Deja de comportarte como una chiquilla caprichosa!

—¡Lo que pasa que tú nunca me has querido mamá! No deseas verme feliz –gritó Sally saliendo corriendo del comedor.

—Fabiola porque le haces esto a Sally, no te das cuenta que está sufriendo –la regañó el señor Edwards.

—Es por su bien papá…ya sabrás porque te lo digo. Mejor yo le buscaré un pretendiente que le convenga –dijo Fabiola pensando en quien podría ser.

—No quiero que manejes la vida de Sally.

—Es mi hija papá, tú no tienes ningún derecho de meterte en eso.

—Claro que tengo derecho soy su abuelo y no voy a permitir que tú la maltrates. Ya se me quito el hambre –dijo el señor Edward marchándose del comedor.

—No me provoques papá, tú no sabes de lo que soy capaz -murmuró Fabiola tomando un sorbo de café.

El señor Edwards subió a la habitación donde su nieta Sally se encontraba llorando a amares por la actitud de su madre.

—Ya Sally no llores –le dijo el anciano acercándose a la cama de la joven –No me gusta verte así tan triste.

—Oh abuelito mi mama no me quiere –le dijo abrazándolo.

—No diga eso Sally, ella te quiere, lo que pasa que tiene un carácter difícil.

—Es una amargada, como ella no pudo ser feliz con papa quiere que yo tampoco lo sea.

—¿Tú quieres mucho a ese muchacho?

—Si abuelito, nunca me había enamorado así de alguien. Por eso no voy a permitir que mi mama me separe de él –dijo Sally pensando en que podía hacer para poder estar con Terry, el hombre que amaba.

Albert se había pasado toda la mañana corriendo en su caballo, tratando de sacarse ese dolor que invadía su alma. Era un dolor tan grande que no se podía comparar con nada, su corazón estaba tan herido que apenas podía respirar. Aun no podía creer que su pequeña, la mujer que tanto amaba y ha protegido toda su vida, lo hubiera traicionado de esa manera. Las lágrimas salían de sus ojos, mientras seguía corriendo como un guerrero que corría detrás de su enemigo, imaginándose que era Terry que le había rebatado a su esposa, al amor de su vida. Él no era una persona agresiva, pero tenía unas ganas de golpear a Terry, hacerle pagar por quitarle lo que más quería, el amor de su pequeña. Sin embargo en el fondo sabía que nunca había tenido ese amor, Candy jamás lo iba amar a él, solo sentía por el agradecimiento, el corazón de ella siempre fue de Terry y lo seguiría siendo el resto de su vida.

Una sonrisa irónica salió de sus labios, pensando que había sido el peor de los idiotas al pensar que podía conquistar a su pequeña. Desde que se habían casado él se dedicó a conquistarla con sus detalles y caricias, pero no, ella no pudo amarlo, porque en su corazón siempre había estado presente ese amor de adolescencia que nunca pudo olvidar. Seguramente cuando estaban juntos se imaginaba que era Terry quien la besaba y acariciaba. La rabia, los celos y el dolor lo invadía aún más hiriendo su orgullo de hombre, al pesar en que Candy solo lo utilizo.

Mientras tanto Candy tomando las fuerzas que necesitaba e imaginándose con lo que se iba a encontrar, llegó a la mansión Andrew, dispuesta a todo para recuperar a Albert, el hombre que amaba y con el que iba tener un hijo. Estaba consiente todo el daño que le había hecho, pero esperaba que Albert la escuchara y la pudiera perdonar, ahora no solo eran ellos dos, sino también estaba su hijo, que necesitaba una familia que solo ellos le podían brindar.

Cuando Elroy vio a Candy entrar al salón, sintió que su rostro se enrojecía de la furia que la invadió de verla como si nada hubiera pasado. Cuando su sobrino esa mismo noche le había contado todo lo sucedido, se dio cuenta que nunca debió permitir que él se hubiera casado con esa chiquilla sin modales, que solo ha traído problemas a la familia. De inmediato tuvo la intención de ir hablar con el señor Edward para contarle sobre el comportamiento de su nieta, pero Albert no se lo permitió. Ella no quiso contradecirlo, se veía tan afectado que prefirió respetar su decisión. Ahora sí que Candy se había pasado de la raya, ahora sí que la iba a odiar mucho más y no iba permitir que nuevamente se acercará a su sobrino.

—¡Descarada como te atreves a venir a esta mansión, después de lo que hiciste! –le gritó Elroy con unos ojos chispeante de rabia.

Candy la miró asustada, había visto muchas veces a la tía abuela enojada, pero ahora sí que estaba tan furiosa como si tuviera ganas de matarla y con razón.

—Tía abuela necesito hablar con Albert…-le dijo sabiendo cuál sería su respuesta, pero tenía que hacer todos los intentos para hablar con su esposo y aclarar la situación.

—¡Por ningún motivo, no dejare que lo veas! ¡Regrésate con tu amante!

—¡Terry no es mi amante!

—Pero te ibas a escapar con él.

—Eso fue antes que yo me casara con Albert –le aclaró Candy –Yo jamás lo engañado con Terry.

—Nunca debí dejar que William se casara contigo, siempre has sido una vergüenza para esta familia.

—Dígame lo que quiera tía abuela, sé que lo merezco. Pero no voy a dejar que se meta en mi relación con Albert el sigue siendo mi esposo.

—Pero tu dejaste de ser mi esposa desde ayer –le dijo Albert que llegó en ese momento al salón con una mirada llena de decepción y dolor.

Candy era la primera vez que veía a Albert ese hombre de mirada dulce ahora con una mirada tan triste y oscura que sintió ganas de morir, por ser la causante de todo ese dolor que Albert su esposo tenía por dentro.

—William no hables con esta muchacha –le pidió Elroy con autoridad.

—Claro que voy hablar con ella, por última vez. Tía déjame solo con Candy.

—Pero William…

—Tía por favor…

Elroy a regañadientes se marchó del salón.

—Albert tenemos que hablar de lo que pasó –le dijo Candy acercándose a el –Yo no pienso irme con Terry, yo quiero quedarme aquí contigo.

—No entiendo que haces aquí, para que quieres seguir con este matrimonio si ya se toda la verdad.

—¡Por qué no quiero dejarte Albert! –lo abrazó aferrándose a él –Tu eres mi esposo, el hombre con que quiero estar el resto de mi vida y el…

—¡No Candy! –la saco de su lado –Si esto lo estás haciendo por tu abuelo, no te preocupes no le diré la verdad, solo le diré que nuestro matrimonio no funcionó nada más. Así que vete tranquila con Terry yo me encargaré del divorcio para que puedas casarte con el único hombre que siempre has amado.

—Es que ya no amo a Terry. Eso fue un error, no te voy a negar que cuando Terry me mandó esa carta donde me decía que ya no estaba con Susana me sentí muy feliz…

—¿Que carta?

—Una carta que recibí antes de que tú llegaras de tus viajes. La noche de la fiesta te lo iba a decir, pero después sucedió lo de mi abuelo y lo de nuestro compromiso que no pude hacerlo.

—Nunca debiste ocultármelo Candy…si yo hubiera sabido que tu quería regresar con Terry yo te habría dejado libre para que fueras feliz con él.

—Lo se Albert y no sabes cuánto me arrepiento de todo eso, pero por algo ocurren las cosas porque me case contigo…

—Lo hisite para complacer a tu abuelo -la interrumpió Albert con resentimiento –¡Que imbécil fui al no darme cuenta de eso! Ahora entiendo por qué Terry regresó a Chicago y se acercó a tu prima, era porque ustedes tenían algo.

—¡No Albert yo no volví a tener nada con Terry después que nos casamos! Yo cometí muchos errores, siempre debí hablarte con la verdad. Cuando nos casamos yo seguía pensando en Terry, pero después me di cuenta que tú eres el hombre de mi vida ¡Albert yo me enamoré de ti!

—Jajajaja no creas que soy tan idiota para creerte después de todo lo que me has mentido –le dijo Albert incrédulo de lo que la rubia le estaba diciendo.

—Es la verdad Albert…créeme por favor –le suplicó sintiéndose muy mareada –¡Yo te amo!

—Candy por favor vete, ya no quiero escucharte más…

—Albert por favor escúchame, tienes que saber…-trato de decir Candy, pero cayo desmayada en el suelo.

Albert se asustó al verla caer.

—¡Pequeña! –gritó con desesperación acercándose a ella.

En eso llegó Stear al salón.

—¿Tio que pasa? –le preguntó.

—Candy se desmayó –respondió tomándola en sus brazos –Stear llama a un doctor para que venga haberla. Yo la subiré a la habitación.

—Si tio, lo are de inmediato.

Más tarde llegó el doctor que revisó a Candy. La examinó y bajó al salón donde Albert lo estaba esperando, muy preocupado, ya que a pesar de todo lo que había pasado no quería que nada malo le pasara a la que todavía era su esposa.

—¿Doctor como esta mi esposa? –le preguntó Albert acercándose al médico.

—Está bien, fue un simple desmayo.

—¿Pero por qué se desmayó…?

—Señor Andrew su esposa va tener un hijo.

Albert lo miró frunciendo el ceño.

—¿Está seguro?

—Completamente, así que felicidades en varios meses más usted será padre.

Albert de inmediato subió a la habitación donde se encontraba Candy. La noticia lo había dejado en desconcertado, su esposa estaba esperando un hijo, un hijo que él tanto quería tener ¿pero si ese hijo no era suyo? ¿si esa criatura era de Terry…?

—¡Albert! –lo nombró ella al verlo entrar.

El con paso lento y conteniendo el aliento camino hasta la cama donde ella se encontraba.

—El doctor me dijo que estas esperando un hijo.

—Si Albert, yo tenía las sospechas.

—¿Es mío o de Terry?¿Quiero la verdad Candy?

La rubia se sintió tan humillada con la pregunta de su esposo al dudar sobre su paternidad. Pero con qué cara podía reclamarle, si después de todo lo que había ocurrido era normal que él desconfiara de ella.

—Es tuyo Albert, tú has sido el único hombre en mi vida. Jamás podría mentirte en algo así –le contestó.

Él quiso dudar, pero tenía que creerle a Candy ella no podía ser tan cruel en mentirle en algo así. Además algo le decía en su interior que esa criatura era su hijo.

—¿Entonces por eso regresaste a buscarme, por nuestro hijo?

—Si…

—Ahora entiendo regresaste por qué te sientes amarrada a mí por nuestro hijo, pero no te preocupes apenas nazca nos divorciaremos.

—Albert como puedes decirme eso, comprende que no quiero divorciarme de ti, muchos menos ahora que dentro de mí hay pequeño rayo de luz que puede salvar nuestra relación.

—Pero yo sí...Candy –le dijo mirándola con dureza –Y cuando eso pase yo me quedare con nuestro hijo y tú te iras con Terry, ya tendrás más hijos con él.

Continuará…


Hola mis lindas chicas.

Espero que todas se encuentren muy bien y agradecerle por cada uno de los comentarios que he resivido con mucho respeto y cariño. Aqui les dejo otro capitulo, espero que les guste.

Un cariñoso saludo para cada una de las chicas que comentaron el capitulo anterior :

Awylin0440, Enamorada, Rubi, Patty Martinez, Pinky Rose, Silvia, Bunny, Guest, Alexy fanalbert, Natu, Luci Andrew, Kecs, Isasi, alexas90, Mary silenciosa, Adoradandrew, C.C. Suu, sayuri1707, Stormaw, lmonroe1214, Elico01, Alebeth, Guest, Karina, jeanete perez, pelusa778, EveR Blue, Jennifer, Rosa, Helem, ABA, chidamami, MadelRos, Guest, tutipeneaple, Mary silenciosa.

Muchas bendiciones para todas.