Capitulo 10

Cinco sombras avanzaban silenciosas a lo largo del desierto occidental de Dante, tratando de avanzar rápido y a la vez pasar lo más desapercibidamente posible.
Llevaban monturas veloces y resistentes, y a pesar de ello estas mostraban signos de claro cansancio. Sus ojos rojos estaban apagados y en sus bocas se acumulaba una espumilla blanca y reseca.

El hecho de que no aguantarían mucho mas sin agua y descanso no hacía nada por levantar el ánimo un tango lúgubre de la comitiva.

– Sus maldezas– susurró Nesbiros– Tenemos que parar. Las bestias tienen que reponerse.

Sam, que iba en cabeza manteniendo el ritmo del grupo se giró un poco para lanzarle una mirada de advertencia. Nada iba a demorarlo de su misión. Si los caballos morían continuarían a pie.

– Piénsalo, Sam. Si no están en buenas condiciones no podremos usarlos a la vuelta, y encima tendrán que cargar con un peso más.

– Es cierto– añadió Valefor– No nos conviene regresar lentos al castillo. Lo más seguro es que las huestes de Lilith nos empiecen a perseguir inmediatamente, y ellos contaran con la ventaja de no están previamente cansadas.

Sam contempló el orbe morado del cielo. La versión del infierno de sol, un astro que iluminaba toda la tierra y que no se ponía nunca. Nesbiros le había explicado que estaba compuesto de almas y que era el núcleo energético del infierno.

No cambiaba nunca de color, no producía calor, pero tampoco frio. Simplemente ofrecía una luz tenue y sombría sobre todo en lo que se posaba.

– Vamos a continuar. Según mis cálculos solo nos queda medio día para llegar. Una vez allí…– Sam se apartó un mechón rebelde que le entorpecía la visión– Buscaremos un lugar para escondernos y descansar mientras observamos su organización. Buscaremos el punto más débil de su formación y entonces atacaremos.

– Mejor te ahorras lo de atacar– interrumpió Astaroth– No quiero problemas. Podemos rescatar a tu hermano sin llamar la atención.

– Bah, ¿Y qué tiene eso de divertido?–rezongó Valefor, que llevaba ya horas quejándose de lo aburrida que estaba.

No había nada que ver en el desierto, excepto interminables dunas de arena rojiza y algún que otro buitre dando vueltas en círculo en la lejanía.

Para más INRI, Sam se había hecho con el mando del grupo y no aprobaba de las charlas inoportunas. Las dos demonios estaban claramente desconcertadas con el desarrollo de la misión, y no sabían muy bien cómo actuar.

Nunca se había oído de un humano que osase dar órdenes a un demonio, y menos aun en el mismísimo infierno.

Nesbiros, en cambio, parecía aceptarlo como algo natural y para el fastidio de Sam solía cabalgar a su lado hablándole de tal o cual cosa y explicándole el funcionamiento del infierno, su jerarquía interior, sistema de desarrollo, políticas, alimentación…

Para el segundo día Sam sabia más de lo que habría deseado conocer nunca de ese lugar, y sin embargo procuraba memorizar todos los detalles por si alguna vez surgía la ocasión de usarlos en su favor.

El demonio azul parecía encontrar algo en el Winchester que lo llamaba, y más de una vez Astaroth y Valefor se miraron perplejas ante esta actitud.
Normalmente Nesbiros solo era tan educado y servil con Lucifer, o con Leviathan el odiado hermanastro de Astaroth. El pobre llevaba varios siglos intentando que hicieran las paces sin éxito.

Sagat, por el contrario, estaba tan autista como siempre. Portaba sendas ojeras y continuamente se llevaba la mano al bolsillo para sacar una petaca y llevársela a la boca.

Valefor le había advertido al principio del trayecto que no quería verla borracha y Sagat le había lanzado una mirada de odio y se había echado a llorar.

La pelirroja había mirado a Astaroth y se había encogido de hombros. Era imposible tratar de hacer razonar a la demonio alcohólica.

Nesbiros no había tardado en correr en pos de Sam para criticarla, y contarle a su nuevo favorito todo acerca de la inutilidad de Sagat como demonio desde que nació hasta la edad actual, sin saltarse ninguno de los líos románticos y un tanto grotescos de la rubia con Caronte.

– Es una desgracia para el gremio, señorito Samuel, déjeme advertirle, una desgracia. No ha hecho otra cosa en su larga vida que causar problemas– Nesbiros gesticulo para enfatizar sus palabas– Su pobre madre hace ya tiempo que la desheredo y se mudo bien lejos para no tener nada que ver con ella.

– ¿Está mal visto que un demonio sea alcohólico?– preguntó Sam sin verdadero interés. A lo largo de las horas se había dado cuenta de que Nesbiros no se callaba si no le respondía y podía ponerse muy pesadito repitiendo la misma cosa una y otra vez.

– Oh, por supuesto, señorito Samuel– respondió complacido el demonio azul– Déjeme decirle, que con la excepción del aclamado tío de sus Grandezas, Lord Gong, está mal visto por su Maldad Infernal Suprema, Lord Lucifer que sus súbditos se entreguen a esos placeres tan infames.

– Ya, infames…– Sam sacudió la cabeza incrédulo.

Y así, mientras Nesbiros seguía cotorreando sin parar, un par de metros por detrás y cuchicheando a su vez se hallaban las dos demonios.

Valefor parecía cansada y aburrida pero triunfante. Le encantaba la idea de hacer algo tan rebelde como meter a un humano en el infierno y rescatar a otro. Valefor era así, jamás se preocupaba de la política del infierno, o de meterse en problemas, y así le iba.

Lucifer la tenía bastante respeto porque la pelirroja era una excelente jugadora de póker, que siempre era bienvenida en las partidas anuales en el castillo central. Por otra parte, la demonio solía irritarle enseguida con su sentido del humor enrevesado y no sería la primera ni la segunda vez que el Príncipe del Mal la castigase duramente por algo.

Astaroth por otra parte, guardaba una relación más cordial con él, y a la vez se tomaba menos confianzas, quizá en parte debido a los siglos de escuchar a Nesbiros parlotear sobre el comportamiento adecuado de un Duque Infernal.

A la morena le preocupaban las consecuencias de la misión, y todavía se estaba preguntando en qué demonios estaba pensando cuando decidió meter ahí a Sam.
Vale, lo aceptaba. El Winchester era imponente, y los demonios siempre han tenido cierta curiosidad morbosa por los cazadores y la gente de su clase. Era como jugar con fuego, lo sabía, pero no había podido evitar sentirse impresionada por Sam en todos los sentidos.

Por otra parte, dejarse arrastrar de cabeza en algo así no había sido una buena idea, y menos dejarse liar por Valefor para rescatar a Dean, que según la demonio estaba para mojar pan. Se lo había estado describiendo una docena de veces por lo menos, mientras Sam estaba ocupado, y había conseguido despertar la curiosidad de Astaroth.

– Y tenía unas pecas monísimas. En serio, unas pecas como para adorarlas día y noche durante la eternidad y escribir poesías sobre ellas. ¡Ay¡, si Homero hubiese visto esas pecas…

– Me estas asustando con ese fetiche pequista tan extraño, en serio. Me parece bien que el tío este bueno, cachas, que tenga un cuerpo musculoso pero sin pasarse, perfectamente formado y sexy y que su rostro sea perfecto y que tenga los ojos mas verdes que Harry Potter, pero es que lo de las pecas no me entra…– Astaroth hurgó en su petate de piel y saco una bolsita de plástico. Dentro había galletas con chispitas de chocolate incrustadas y la joven le ofreció a su amiga que cogió unas cuantas sin pensárselo.

– Gracias, tengo un hambre canina. ¿Son de la tierra, no? Me encanta la comida de allí– Valefor dio un mordisco a una y se relamió– Pero en serio, no cambiaria sus pecas ni por todas las galletas con chispitas de chocolate del universo.

Astaroth puso los ojos en blanco y se centro en el camino, cuando su amiga empezaba así podía tirarse días hablando de lo mismo.